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Full text of "Arturo Costa Álvarez - El castellano en la Argentina (1928)"

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Nuestra lengua (1922) 


DEL MISMO AUTOR: 


eo oooon.?tos o $s.os + or.o.oono.».o 


Nuestro preceptismo literario (1924) ................. 


ARTURO COSTA ALVAREZ 


El castellano 


en la Argentina 


1928 


Derechos reservados 


E . A 
Ss VAVMAA la 


Ñ 


<= de a 
Ss 4-% s 
VA te ES INDICE GENERAL 
INTRODUCCIÓN Páginas 
Una ojeada al panorama . . . . . . . . . . . . +... 9 
EL ESTUDIO 
La obra de los últimos veinte años . . . . . . . . . +. + 17 
La contribución filológica argentina . . . . . . . . . + 51 
LA ENSEÑANZA 
La acción social solidaria . . . . a a 59 
El campeón del castellano en la ArecnMOR PEREA 63. 
EL RÉGIMEN 
La libertad americana en la lengua castellana . . . . . . 71 
La Academia Correspondiente . . . . .. +... . . .. 81 
LA EVOLUCIÓN 
La influencia extranjera en nuestro castellano . . . . . . 89 
Albores de argentinismo . . . . . . .. . . . ... . 0. 95 
Crepúsculo de españoliamo . . . ... .. . . .. .. 99 
LEXICOGRAFÍA 
La cosa, la idea y la palabra . . . . O 
La definición, el significado y la acepción E 
El último diccionario de la Academia . . . . . . . . . +. 117 
Los vocabularios de americanismos . . . . . . . . . . . 133 
Una obra maestra de lexicografía . . . . . . . . . . . 139 
El diccionario ideológico de la lengua . . . . . .. . . 1465 
Disparatorio enciclopédico . . . . . +... +... .. . «.. 1732 
GRAMATOLOGÍA 
La neogramática del castellano . . . . . . . . +. . . . 181 
La enseñanza de la gramática . . . . . . . . . . . .« . 211 
El uso del artículo . . . . . . .. . . .. . . . .. 233 
El uso de la preposición . . . . E O 
La última gramática de la esdonifá sóázx sz... . . . 2607 
* ETIMOLOGÍA 
Etimología y etimomanÍía . . . . . +... . +... .. . 275 
Treinta etimologías de «gaucho» . . . . . . . +... . . 285 
LINGUÍSTICA 
La lingúística al uso del arqueólogo . . . . . . . . . . 313 
Una lengua curiosa: el papiamento . . . . . . . . . . . 319 
La pobre Hache, letra para todo servicio . . . . . . . . 325 
APÉNDICE 
Un libro afortunado . . . . . .... . . . . +. +. . . 333 
Temas tratados . . . . . . . +... . . . . . . . . . 341 


Autores citados . . . . . .. +... . . +. +... . ... 3435 


Introducción 


Una ojeada al panorama 


«El libro que uno escribe es una carta que envía a un lector 
desconocido; y esta carta nunca se pierde, alguna vez llega al fin 
a su ignorado destino». Esto ha dicho no sé quien, y lo repito 
porque es verdad, y una verdad bien dicha. Un libro es una 
confidencia, la voz de un alma que llama a otra, a través del 
espacio y del tiempo; y el autor encuentra a su lector cuando 
un anhelo común los aproxima y una satisfacción común los 
une. A este lector presunto quiero decir algo aquí, aparte, para. 
ponerlo entre las cosas y yo, y más cerca de mí que de las cosas, 
antes de empezar a hablar de ellas. 

Quiero decirte, lector, que, en el caso de este libro, nuestro 
anhelo común es ver refinado en todos el maravilloso instru- 
mento del lenguaje; y que nuestra satisfacción común resul- 
tará del esfuerzo que, para realizar ese anhelo, hagamos los dos 
unidos: yo, el autor, con mi función; tú, el lector, con tu aten- 
ción. Está, pues, en mi interés asegurar esta atención tuya, y 
por eso te pido que, antes de leer el libro, vengas conmigo a 
echar una ojeada al panorama sobre el cual la obra se des- 
arrolla. 

Estamos en la orilla del vasto campo donde, bajo un cielo 
luminoso, la humanidad concentra su actividad intelectual. Al 
internarse en él nuestra vista van surgiendo acá y allá, unos tras 
otros, los recintos en que cada ciencia y cada arte guarda los 
tesoros de sus triunfos en la empresa de conocer e imitar a la 
Naturaleza; recintos atrayentes por lo que muestran a través 
de las caladas verjas que los circundan, y accesibles por los: 
amplios pórticos que abren en ellos las obras maestras, las más 
grandes creaciones del genio y del ingenio humanos. Y acá y 
allá, en todas partes, vemos circular sin tregua a la muchedum- 
bre de los que andan de recinto en recinto, por las vías del es- 


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tudio, en eterna busca de explicaciones sobre el misterio del 
mundo; unos moviéndose pesadamente bajo la carga de sus du- 
das, otros deslizándose leves sobre las alas de sus creencias, y 
todos contentos de ver que se abren para ellos esos repositorios 
del conocimiento, donde se ponen en contacto directo con los 
hechos. 

Desde la orilla del campo, sobre la cual desbordan las más 
nuevas especializaciones de la Ciencia y las más recientes divi- 
siones del Arte, vamos andando también nosotros en dirección 
al centro, al núcleo primitivo de la agrupación, al sitio donde 
se alzaron antaño los templos de la Escolástica; y al llegar a 
este paraje, el paso se nos demora ante las ruinas de esos mo- 
numentos medievales, que contemplamos con respeto pero no 
<on pena, hasta que nos para de pronto la sorpresa de ver en 
medio de esas reliquias, en pie todavía, los vetustos torreones de 
la Metafísica racional, de la Teología revelada, de la Dialéctica 
ergotista, de la Retórica formulista y de la Gramática doc- 
trinaria. 

Esto, lector, nos cambia el ánimo, nos hace contemplar no 
ya con respeto sino con pena tales supervivencias de la época 
primitiva, en que el gobierno teocrático era el único posible para 
la humanidad ignara, y por tanto crédula ; sistema que, alterado 
en la forma pero mantenido en el fondo, subsiste cuando, en 
la edad media, la Escolástica establece el Dogma por principio 
y la Doctrina por método, a fin de enseñar al hombre a encas- 
tillarse en el Artículo de Fe para rehuir sus dudas, y a defor- 
mar, para amoldarlos a la Razón, los hechos de la experiencia. 
Estos vetustos torreones, resabios persistentes de esa organiza- 
ción escolástica, prueban que el hombre es ignaro y crédulo to- 
davía; y de ahí nuestra pena al contemplarlos. 

Un rumor creciente, que acaba por definirse en intermina- 
ble vocerío, nos atrae y nos lleva hacia uno de estos torreones, 
el de la Gramática, que domina el recinto de la Lengua. Una 
muralla de imponente altura, obra de dos mil años de estratifi- 
cación progresiva, rodea este recinto y extiende junto a sí una 
ancha sombra; y en esa muralla no hay vanos, no hay pórticos 
ni portones, no hay sino uno que otro portillo obscuro y estre- 
cho, sólo accesible para los sacerdotes y catecúmenos de la orto- 
doxa secta. Una densa corriente humana, incesantemente reno- 


lite 


vada, pasa al pie de esta muralla clamando por libre acceso al 
recinto en que están los hechos de la lengua ; mientras en lo alto 
de la valla infranqueable los guardianes del tesoro, apostados 
en almenas, responden a los clamores soltando a la muchedum- 
bre, para aplacar su hambre de conocimiento, los mendrugos de 
las reglas gramaticales y de los preceptos léxicos, especie de pan 
ázimo, de maná ritual para el espíritu, insípido, apelmazado e 
indigerible para el cuerpo. La muchedumbre muerde este pan, 
advierte su insubstancia, lo rechaza y lo convierte en proyectil, 
lanzándolo contra los gramáticos que, impasibles, replican vol- 
cando sobre la corriente nuevas hornadas del litúrgico mante- 
nimiento. 

El espectáculo invita a meditar. Hagamos eso, lector, sen- 
tados los dos aquí, sobre este sillar saliente fronterizo, desde el 
cual la mirada abarca el cuadro y al cual llega la sombra de la 
muralla. Esta muralla, baluarte de los gramáticos, impide al 
estudioso el conocimiento de su lengua, le substrae los hechos y 
no le da de ellos sino una elaboración pragmática. Mientras esta 
muralla exista, el estudioso no conocerá su lengua, no podrá usar 
«le una manera consciente los recursos que ofrece. Habría que 
transponer esta muralla, abriendo una brecha en ella, para po- 
der llegar hasta los hechos, a fin de analizarlos, determinar su 
característica y explicar su naturaleza, no por el dogma sino 
por la razón. ¿Será hacedera esta empresa? Sí, lector; es sim- 
ple cuestión de estudio abrirle vías al conocimiento. Anímate, 
y libremos el asalto de consuno: yo con mis fuerzas, tú con tu 
estímulo. 

Empecemos por explorar la valla, por escudriñar los mate- 
riales de esta obra escolástica. Examinemos el desarrollo de la 
gramática latina, desde Varrón hasta los humanistas, y el de 
las gramáticas de las seis lenguas más usadas, desde los huma- 
nistas hasta hoy. Vamos extrayendo de los principios y de los 
métodos de esas obras el conocimiento de la substancia y de la 
forma de las estratificaciones de la muralla. Una vez en pose- 
sión de este conocimiento, escarbemos pacientemente con las 
uñas las junturas de las piedras, aferremos los bordes con de- 
dos tenaces, hagamos con los brazos fuerte palanca, y he aquí 
que, unas tras otras, las piedras se mueven, se desencajan, vaci- 
lan y caen, y la brecha queda abierta. Pasemos, lector, por ella. 


- 12 - 


Henos ya en el recinto en que están los hechos de la len- 
gua. Estos hechos, divididos en grupos, ofrecen a los ojos una 
clasificación; y a poco andar descubrimos que la clasificación es: 
formal puramente: no en la índole del hecho sino en su figura. 
es donde se ha buscado su característica, En el terreno grama- 
tical, el principio de organización no es la función de la pala- 
bra sino su estructura; en el terreno léxico, igualmente, el prin- 
cipio de ordenación no es el significado sino la escritura. De 
ahí la falta de levadura que hace ázimo el pan de las reglas. 
gramaticales y de los preceptos léxicos. Esta comprobación, lee- 
tor mío, nos planta de golpe frente a la más dura dificultad de 
nuestra empresa: desentrañar la función gramatical y el sig- 
nificado esencial de las palabras. Ruda lucha habrá que librar 
contra la natural resistencia de las cosas a revelar su íntima. 
condición; y muy bien templadas armas necesitaremos para po- 
der vencer en ella. A Dios gracias, tenemos a mano estas armas, 
en la obra de los lógicos que, después de la Escolástica, han ex- 
plicado la relación de las ideas con los términos, desde Locke y 
Leibniz hasta Stuart Mill y Spencer; en la obra de los psicó- 
logos que han descripto sociológicamente la función del len- 
guaje, desde Herbart y Steinthal hasta Ribot y Wundt; y en la 
obra de los lingilistas que han coordinado las formas de las 
lenguas, desde Grimm y Bopp hasta Jespersen y Meyer-Liibke. 
Libros son éstos, de tal potencia lumínica que, como rayos an- 
ticatódicos, traspasan la envoltura concreta del lenguaje para 
poner al descubierto el recóndito núcleo que da su razón de 
ser a las formas y a las relaciones de las palabras. 

A la luz de estos fanales vamos haciendo cómodamente 
dentro del recinto nuestro acopio de hechos característicos; tan 
cómodamente que en cualquier momento podemos desviar la 
atención de la tarca para ponernos a recoger acá y allá, en las 
diferentes lenguas examinadas, interesantes muestras de otros 
hechos, no ya castellanos sino lingúísticos; como entretanto po- 
demos también, de tiempo en tiempo, dar esparcimiento al 
ánimo observando el continuo tropezar y trastrabillar de los 
doetos gramáticos y lexicógrafos obececados por el dogma, y los 
ridículos tambaleos y tumbos de sus émulos indoctos. También 
de esto vamos tomando nota, para que nos aproveche, porque 
la sabiduría consiste en la superación de errores. 


= 13 - 


Considerable es el acervo de datos que nos llevamos al sa- 
lir del recinto de la Lengua. Sentémonos, lector, otra vez, sobre 
el sillar saliente, para deleitarnos en contemplar y hurgar nues- 
tro tesoro. Al revolver sus materiales advertimos que a la gran 
cantidad de ellos se agrega su mucha variedad. Volquemos la 
alforja sobre el suelo para esparcir su contenido y clasificarlo 
en grueso; así podremos echar una ojeada al conjunto, que es 
también parte del panorama. Dos grandes montes han formado 
los materiales de Lexicografía y de Gramatología, y en torno 
-de ellos se apiñan en montículos los relativos al estudio cientí- 
fico, a la enseñanza, al régimen y a la evolución del castellano 
entre nosotros; y en la orilla del grupo nuevos montículos sur- 
gen con datos sobre la investigación etimológica y otros temas 
lingúísticos de interés general. Habrá que dar forma orgánica 
a todo esto para apreciarlo mejor; y habrá que escribirlo luego 
para que instruya y recree también a otros. Pensemos un poco 
-en esta nueva empresa, mientras recogemos los materiales y los 
volvemos a la alforja. Indudablemente el escritor complementa 
al investigador, y en este caso el libro sería el coronamiento del 
esfuerzo. 

Ahora, lector, con esta idea en la mente y con el tesoro a 
cuestas, tomemos el camino de regreso. En tanto que así an- 
«damos, sintiendo ya satisfecha nuestra curiosidad científica, de- 
mos la debida satisfacción al anhelo estético, observando al pa- 
sar por los dominios del Arte, en el recinto de las Letras, un 
«detalle más del panorama: la manera de ser del escritor que 
quiere influir a un tiempo en la razón, la imaginación y el sen- 
timiento. Tratemos de descubrir el secreto de su arte, lo que nos 
aprovechará también. Detengámonos, pues, un momento ante 
el escritor sobrio en palabras, porque las ideas de suyo y por 
sí vibrantes no necesitan música de cascabeles; ante el escritor 
preciso en sus términos, porque el pensamiento claro exige el 
lenguaje exacto; ante el escritor llano en sus giros, porque la 
sencillez es el mejor medio de acentuar las formas; ante el es- 
eritor ordenado en sus períodos, porque el rumbo fijo es ya la 
meta vista de lejos; ante el escritor desenvuelto en su expresión, 
porque el paso ágil salva los hoyos y las piedras del camino. De- 
tengámonos sobre todo, y por más tiempo, ante el eseritor que 
transfunde su espíritu a su obra, para hacer de ella no un sim- 


E LE A 


ple inventario de hechos sino también un relato de las impre- 
siones que éstos le causan, al realizar o al frustrar sus anhelos. 
Veamos cómo este escritor deja por eso que la razón con sus. 
dictados, el sentimiento con sus impulsos y la imaginación con 
sus visiones agiten continuamente la masa inerte de los hechos; 
veamos cómo procura moderar estas fuerzas rehuyendo las afir- 
maciones absolutas, las prevenciones fijas y los devaneos qui- 
méricos; veamos cómo trata de confortar a su ánimo en los re- 
veses mostrándole la vis cómica que en toda cosa puede hacer 
grato lo ingrato; veamos, en fin, cómo se esfuerza para impedir 
que el desengaño, ante la indiferencia ambiente, trabe la ex- 
pansión de sus ideales, suprema florescencia del espíritu. 
Lector, la ojeada al panorama ya está dada. Por ella te 
has enterado del con qué y del cómo te escribo este libro; del 
porqué y del para qué sólo podrá enterarte con fidelidad el 
libro mismo, por cuanto, en materia de móviles y propósitos, la. 
verdad la dicen siempre los actos y nunca las intenciones. 


El estudio 


La obra de los últimos veinte años 


Tal como la luz brilla en medio de la obscuridad, así está la 
libertad, limitada en todas direcciones y envuelta por la nece- 
sidad. Este admirable símil no es mío, pero me lo apropio para. 
representar el espíritu de nuestras publicaciones sobre la len- 
gua en la parte que puede llamarse típicamente argentina. Ca- 
racteriza a esta producción un anhelo de emancipación de las 
formas castellanas, que tropieza con la sujeción forzosa a tales. 
formas, puesto que en el castellano mismo es donde intentamos. 
realizarlo. Y la vehemencia de este sentimiento, exaltado por el 
obstáculo, nos ha hecho resbalar sobre la emancipación hasta. 
la independencia, en el magnífico campo de deportes intelectua- 
les que se llama la Teoría, induciéndonos a pensar que, si des- 
naturalizáramos nuestro castellano mediante aportaciones ex- 
tranjeras y vulgarismos nacionales, con el tiempo llegaríamos a. 
tener un idioma propio. Esta exaltación del sentimiento, aliada 
a nuestra tendencia atávica a resolver teóricamente los proble- 
mas prácticos, es lo que explica nuestra expresión «idioma na- 
cional», nuestra cuestión de la lengua, nuestra afición al re- 
busco de etimologías indígenas, nuestra debilidad por el uso de 
expresiones jergales, y nuestra fabricación de vocabularios de: 
argentinismos. Chispas de libertad todas éstas, que brillan so- 
bre un fondo cuya característica es otra: la necesidad; porque 
en nuestra producción sobre la lengua la cultura nos ha im- 
puesto una prédica continua del estudio del idioma, una correc- 
ción constante del lenguaje y una elaboración permanente de 
textos preceptivos y críticos para la enseñanza histórica, gra- 
matical y léxica del castellano. 

Naturalmente, si nuestro anhelo de libertad en la lenguz 
no se ha realizado aún es porque todavía no hemos atinado en 
la elección del medio conducente. Y aquí hay que hacer una ob- 
servación. Al hablar de la libertad en la lengua se acostumbra 
confundir la lengua con la literatura; se dice que tendremos 
idioma propio cuando pongamos un espíritu argentino y una. 
modalidad argentina en nuestra producción literaria. Pero la 
lengua en función es una cosa y la lengua en potencia es otra, 
y con trasladar la cuestión del terreno lingúístico al literario 
no se la resuelve; porque la manera de usar una lengua no la 


2 


- 18 - 


transforma en otra, y porque por mucho localismo que injerte- 
mos en la nuestra, su tronco será siempre el castellano. También 
hemos equivocado el camino al pensar que realizaríamos ese 
ideal de libertad a fuerza de incrustar extranjerismos y vulga- 
rismos en nuestra lengua; ahí está ella, mechada de tales ingre- 
dientes hasta el exceso, y tan castellana como siempre; tanto 
que todavía seguimos subordinados a la tutela extraña en cuanto 
a su uso gramatical y léxico, puesto que nuestras autoridades, 
para su acertado manejo, son todavía la gramática y el diccio- 
nario españoles o españolados. No hemos visto que lo que está 
«en el fondo de nuestra cuestión de la lengua no es la lengua 
misma sino su régimen, las riendas de su gobierno, es decir, su 
«gramática y su diccionario tradicionales e intolerables; no he- 
mos estudiado esos textos para descubrir que lo que los hace 
intolerables es su índole formalista y arbitraria, ni hemos estu- 
«diado el modo de cambiar esta vetusta armazón escolástica por 
otra ideológica, es decir, en armonía con nuestra idiosinerasia- 
Sin embargo, tan evidente era ayer como hoy que, para reali- 
zar nuestro ideal de libertad en la lengua, para tomar posesiór. 
de nuestro castellano, debemos ser nosotros quien establezca el 
régimen de su manejo entre nosotros. Reconozco que esta evi- 
dencia sólo es accesible por el estudio; reconozco también que 
en nuestros teóricos de la cuestión de la lengua no ha habido 
nunca estudio, sino simplemente sentimiento, impulsivo hacia la 
libertad en unos, reflexivo ante la necesidad en otros. 

Ahora bien: la falta de estudio en este caso particular no 
es más que una muestra de la falta de estudio que caracteriza 
en general a nuestra producción sobre la lengua. En cuanto a 
principios, el dogma tradicional nos satisface; en cuanto a mé- 
todos, el análisis superficial y la síntesis precaria nos bastan; 
y esto revela que no es la preparación sino la improvisación la 
base en que apoyan sus lucubraciones los que entre nosotros es- 
«criben sobre la lengua. Es corriente juzgar con benigna toleran- 
cia tales trabajos, porque se considera que sus defectos son sólo 
«de detalle. Mi disentimiento con este criterio es absoluto, porque 
«el vicio de tales trabajos es orgánico: ora atentan contra la cul- 
tura por la ignorancia que exhiben cuando confunden el habla 
local con la lengua común, y la compilación científica con la se- 
lección didáctica, y cuando presentan como particular el hecho 
general; ora estorban a nuestra evolución hacia una cultura 
propia por la rutina que encarnan, cuando aplican la evolución 
medieval al proceso lingilístico americano, el principio analó- 
«gico a la etimología, la cita de autoridad a la gramática, la defi- 
nición tautológica al diccionario, Uno que otro esfuerzo aislado, 
«demostrativo de conocimiento y de iniciativa, se pierde en esta 
masa inculta como en un jardín descuidado ahoga la maleza a 
las violetas. 


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Poner al descubierto estas violetas es obra que reclaman 
muestras aspiraciones al orden, a la belleza, a la justicia y de- 
más valores que resume la cultura; y con tal objeto voy a pre- 
séntar aquí lo más saliente de nuestra producción sobre la len- 
gua en los últimos veinte años, para juzgar tales publicaciones 
<on un criterio favorable a la preparación y a la iniciativa, y 
«decididamente adverso a la improvisación y a la rutina. Porque 
-no €es la complaciente podadera, sino la ruda azada, la herra- 
«mienta que debe aplicarse a este jardín inculto para que nues- 
“tros mejores productos en él puedan ser conocidos y apreciados 
_por propios y extraños; puesto que no es la crítica de detalles, 
-sino la de principios y de métodos, la que extirpará de raíz las 
hierbas malas, para que las buenas logren desarrollarse y cun- 
«dir libremente. Hecha esta franca declaración del criterio, y de 
su razón de ser, queda el ánimo del lector preparado para las 
impresiones gratas e ingratas del ¡juicio a que va a asistir; jui- 
«cio que no consistirá en generalizaciones sino que se concretará 
.en una nota especial para cada caso. 


1. LA CUESTIÓN DEL IDIOMA NACIONAL 


La causa del idioma argentino privativo, como toda mala 
«causa, se apoya en más de un argumento, ora teórico ora prác- 
tico. En el campo ideológico, la primera razón fué política : todo 
país libre debe tener lengua propia; la segunda fué patriótica : 
-el lenguaje del gaucho, presunto arquetipo de nuestra raza, debe 
ser la base de nuestro idioma nacional; la tercera fué democrá- 
tica : el arrabalero bonaerense, presunta encarnación genuina de 
lo más puro del alma argentina, debe imponer su jerga al país 
entero- En el terreno de los hechos, se fundó la existencia del 
idioma privativo ante todo en la diferencia de nuestra habla po- 
“pular con el lenguaje culto que registran la gramática y el dic- 
.cionario, y luego en la infiltración de extranjerismos y vulga- 
rismos en nuestra lengua. Entretanto, la causa del castellano 
ha ido demostrando la inconsistencia de estos argumentos; por- 
«que en el mundo no existe tal consorcio exclusivo de idioma y 
nacionalidad, porque el gauchesco no es sino el castellano ar- 
«caico trasplantado a América por los colonizadores, porque el 
lenguaje orillero consiste sólo en un vocabulario restringido y 
variable, y porque nuestros vulgarismos y extranjerismos no 
“son privativos sino comunes a otros pueblos de habla castellana. 

La cuestión del idioma nacional acabó a principios del si- 
glo con el triunfo de la causa del castellano, en la forma ex- 
puesta en mi libro Nuestra lengua, que detalla la historia de la 
«controversia; y durante los últimos veinte años este tema no 
ha tenido sino valor histórico para los escritores que lo han tra- 
tado. Al fin se ha reconocido que la cuestión del idioma priva- 


- 20 - 


tivo no es una cuestión de hecho sino de anhelo, y de anhelo 
extraviado; y su discusión se sigue ahora con desgano, porque 
la dialéctica no hace sino repetir los lugares comunes del caso. 

Esta cuestión ha sido examinada y resuelta científicamente 
en el libro a que se refiere la siguiente nota: 


1. RuboLr GROSSMANN: Das auslándische Sprachgut im Spunischen des Río 
de la Plata, 1926, Hamburgo, 230 p. en 8%. — Este libro, obra erudita de un lin- 
gúista argentino de origen, hoy profesor libre en la Universidad de Hamburgo, ana- 
liza y describe la naturaleza y el alcance de las aportaciones extranjeras en el cas- 
tellano del Plata. Su lectura satisface plenamente por la abundancia de las obser- 
vaciones y la lógica de las conclusiones; y también por la amplitud de vistas del 
autor, que ha preferido subir al mirador de la cultura para descubrir la trascen- 
dencia social del caso, en vez de tenderse en el suelo para detallar microscópica- 
mente las particularidades del fenómeno. El autor dice en conclusión que (traduz- 
co): «la lengua argentina mantiene, frente al asalto del material lingiiístico ex- 
tranjero, la misma fuerza de absorción que la tierra ejerce sobre todos los indivi- 
duos llegados de fuera, a los cuales nacionaliza como argentinos externa e interna- 
mente en el más breve plazo» (p. 190) y que «hasta del porvenir parece excluída 
la formación de una lengua nueva en el Plata sobre la base de la importación lin- 
gúística extranjera» (204), porque, en la evolución general de la cultura hispano 
americana, la corriente del americanismo contrarresta el asalto del europeísmo, «y la 
lengua de esta cultura específicamente americanista será un castellano que, mediante 
una pulidez progresiva, volverá a adaptarse estrechamente a la lengua de la madre 
patria» (295). Es lástima que esta obra, tan interesante por su tesis cultural como 
importante por la documentación que ofrece, resulte inexacta en algunas de sus re- 
ferencias históricas, deficiente en su información bibliográfica, errónea en muchas 
de sus etimologías indígenas, e incorrecta cuando toma por documentos lingiiísticos 
los artificios chuscos del escritor plebeyo; pero estos defectos no amenguan su mé- 
rito excepcional como método de investigación científica y como cuadro fiel e im- 
presionante del carácter arlequinesco que agume nuestro castellano en ciertos círcu- 
los; en los círculos donde campean el iliterato arriba y el analfabeto abajo, y 
donde, a causa de la inmigración cosmopolita, cuantiosa e incesante, las jergas 
gringocriollas retoñan, florecen y cunden ferazmente. ¿Se corrompe por eso nues- 
tra lengua? No, por cierto, dicen Grossmann y los hechos; mientras haya cultura 
habrá lengua culta entre nosotros. 


2. Entre los escritores que han tratado esta cuestión teóricamente en los últi- 
mos diez años descuellan los siguientes, en orden cronológico: RICARDO ROJAS, JOSÉ 
M. SALAVERRÍA, ARTURO MARASSO, ARTURO COSTA ALVAREZ, ERNESTO QUESADA, 
JUAN TORRENDELL, AMÉRICO CASTRO, MANUEL DE MONTOLÍU, LUCAS AYARRAGA- 
RAY, ARTURO CAPDEVILA, JORGE L. BORGES. 


Il. EL ESTUDIO DE LA LENGUA 


La cuestión del idioma nacional no ha impedido el estudio 
del castellano; al efecto hemos desarrollado, como he dicho ya, 
aparte de una prédica continua de este estudio y de una co- 
rrección constante del lenguaje, una elaboración permanente de 
textos históricos, gramaticales, lexicográficos y analíticos. La 
primera parte de esta producción recomienda el estudio de la 
lengua, 0 propone sus temas, o establece sus métodos; y ha em- 
pezado por diseutir el gobierno de ella, es decir, si debemos re- 
conocer la autoridad de la Academia española, o instituir otra 
propia que reglamente el uso gramatical y léxico de la lengua. 


dl e 
a) El régimen académico 


Este tema ha pasado a ser histórico; tan discutido casi 
como la cuestión de la lengua en el período anterior, en el ac- 
tual ha dejado de tratarse desde que nuestra aversión a las ins- 
tituciones dictatoriales impidió la formación de una academia 
argentina de la lengua, y desde que esa aversión, unida a nues- 
tra repugnancia a la tutela extranjera, hizo que muriera al na- 
cer, por falta absoluta de favor público, nuestra Academia Co- 
rrespondiente de la española. Rafael Obligado, que durante 
veinte años había estado luchando por la constitución de este 
cuerpo, tuvo que declarar al fin que no estimulaban a trabajar 
para la Academia española la falta de libertad de acción, 
la posibilidad de las repulsas y la inseguridad de la eficacia del 
esfuerzo, que entrañaba el sometimiento a la autoridad om- 
nímoda de esa institución (Revista de Derecho, Historia y 
Letras, XLI, 224). 

3. Sobre la creación y función de esta Academia Correspondiente han dado 
«detalles ESTANISLAO S. ZEBALLOS en Revista de Derecho, Historia y Letras (XLI, 
177) y ERNESTO QUESADA en Rafael Obligado (1920, pp. 12/14) y en La evolu 
ción del idioma nacional (1922, pp. 16/30 y 45/46); y la demostración del fracaso 


«de esta institución y de la inutilidad práctica del cargo de correspondiente argen- 
tino de la Academia española ha sido hecha en el siguiente escrito: 


4. ARTURO COSTA ALVAREZ: Historia de la Academia argentina correspon- 
diente de la española, 1928 (La Razón, agosto 14). — El autor explica la creación 
del cargo de miembro correspondiente de la Academia española, relata los esfuer: 
zos hechos por ésta para establecer esa institución en la Argentina, detalla la orga- 
nización de la Correspondiente y la ineficacia de su acción, hace notar que ni un 
solo correspondiente argentino ha presentado nunca a la Academia española el me: 
nor trabajo para retribuir el honor aceptado y justificar el título recibido; y en vir- 
tud de estos antecedentes afirma que ese cargo «ha sido y será siempre un simple 
título decorativo, que no significa ninguna actividad particular, que no está repre- 
sentado más que por el diploma en la pared, la medalla en el pecho y la reveren: 
cia agregada al nombre del autor en la portada del libro». 


b) El cultivo del lenguaje 


La enseñanza de la lengua nacional es en todas partes la 
base inconmovible de la instrucción pública; pero la composi- 
ción cosmopolita de nuestro pueblo ha atenuado algo la inflexi- 
bilidad de ese principio entre nosotros: necesitábamos maestros 
de cualquiera clase y la instrucción por cualquier medio, y a 
causa de esto dos veces, en 1894 y 1896, fracasó el proyecto 
Gómez de ley nacional sobre el uso obligatorio del castellano 
como instrumento de enseñanza en las escuelas públicas y pri- 
vadas, casi todas estas últimas sostenidas por extranjeros; y 
aparte de eso, en ciertos momentos de desconcierto idiomático 
general, el Gobierno tuvo que recomendar especialmente el estu- 
dio y el cuidado de la lengua: el ministro Quesada en 1877, el 
ministro D'Amico en 1880, el ministro Carballido en 1891, el 


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ministro Sagarna que en 1923 amplió la enseñanza de la ma- 


teria. 

5. Ninguna nota saliente ofrece la bibliografía de este orden en los últimos 
veinte años, representada por escritos de carácter simplemente catequista que fir- 
man: ENRIQUE FREXAS, JUAN B. SELVA, LEOPOLDO LUGONES, ROBERTO F. GIUSTI, 
Francisco CAMÓN GÁLVEZ, JosÉ L. SuÁREz, TORRENDELL, COSTA ALVAREZ, EMI- 
LIO M. OGANDO y RICARDO MONNER SANS. 


c) Metodología 


En la bibliografía constituída por escritos sobre el estudio: 
científico del castellano hay que citar estas piezas recientes: 


6. AMÉRICO CASTRO: discurso, 1923, en Boletín del Instituto de Filología 
t, 77; Introducción, 1924, en el primer cuaderno de este Instituto. — En el dis- 
curso 3e propone a nuestros estudiosos el análisis de las peculiaridades de nuestro: 
castellano, un castellano que, limitado al principio a Buenos Aires, se extiende 
en seguida a la Argentina y acaba por abarcar la América... y tanto de las pecu- 
liaridades fonéticas y morfológicas como de las sintácticas y léxicas... a fin de: 
establecer su evolución histórica, su extensión geográfica, su difusión social y su 
documentación literaria.... La enorme vastedad de tal plan hace de él un pro: 
grama puramente verbalista, una obra de simple aparato catedrático... En la segun- 
da publicación se recomienda el estudio científico del castellano y con tal motivo se: 
desarrollan estos atinados conceptos: «De no fomentarse la reflexión sobre el idioma, 
de seguir las personas inteligentes examinando estas cuestiones sin otro apoyo que: 
el del impulso sentimental, acabarían las generaciones jóvenes por inventar el mito 
de la argentinidad del lenguaje hablado junto al Plata... A medida que se res: 
tringe la cultura de las personas, su vocabulario y su sintaxis se van estrechando 
y anquilosando; colocados dentro del plano de lo vulgar, vulgarizamos la lengua, la 
achicamos, y acabamos por sentir la imposibilidad de decir las cosas de varias ma- 
neras... Un país hispanoamericano debe procurar singularizarse respecto de los de: 
más en la forma en que se distinguen las épocas unas de otras: mediante actitu- 
des diversas ante el mundo, actitudes que por otra parte surgen sin que nadie se 
lo proponga de un modo consciente; la lengua responde generosa a esa densidad [ ?] 
interior, y sigue caminos nuevos y fecundos sin que nadie se preocupe de señalarlos».. 


7. ARTURO COSTA ALVAREZ: La contribución argentina al estudio del castellano 
1926, 6 p. en 8*., (también en Revista de la Universidad de Buenos Aires, año XXI, 
1, 11, 2); La libertad americana en la lengua castellana, 1927, 8 p. en 8%. (tam- 
bién en Revista de la Universidad de Buenos Aires, 2%. serie, sec. 11, tomo III, 
Pp. 170). —En el primer escrito se desaprueba la tendencia de nuestros estudiosos 
a investigar la evolución peninsular del castellano, por cuanto la documentación 
genuina de este proceso es inaccesible para nosotros; y se formula el siguiente pro- 
grama, circunscripto 4 nuestra esfera de acción propia: 1% organización léxica y 
gramatical del castellano colonial, con los datos que constan en nuestros archivos 
capitulares, judiciales y eclesiásticos; 2% especificación de la influencia fonética de 
las lenguas indígenas sobre nuestra habla, y de su aportación léxica, sobre todo 
toponímica; 3% investigación de las leyes del castellano a fin de fundar la Gramá- 
tica en ellas y no en autoridades; 4% compilación del Diccionario americano de la. 
lengua castellana, destinado a darnos un léxico propio, libre de lo anticuado, de lo 
desusado y de lo ripioso en el vocabulario, y de empirismo, de dogmatismo y de doc- 
trina en las definiciones. — En el segundo escrito el autor dice que la libertad que 
los americanos deben conquistar en la lengua es la del régimen de su uso, y que 
para realizar este ideal tienen que asumir el gobierno de su propio idioma mediante 
la producción de una gramática y de un diccionario adecuados a su espíritu, que 
los emancipe de la tutela extranjera representada por las gramáticas y los diccio- 
narios que hacen los españoles y los españolados, obras que por su tradicional es- 
tructura dogmática y empírica repugnan a la idiosincrasia americana. 


d) Gramatología 


Comprende esta producción la crítica de los principios en 
«ue se basa la gramática ortodoxa, y la exposición de los que 
deben constituir la gramática científica. 


8. En el período anterior descuellan los estudios de ENRIQUE M. DE SANTA 
OLALLa, EDUARDO DE La BARRA y EDUARDO WILDE sobre el primer tema; en el ac- 
tual los siguientes, sobre el segundo. 


9. ARTURO COSTA ALVAREZ: El escritor argentino y la gramática castellana, 
1923 (Humanidades, La Plata, vi); Estudios sobre la gramática americana de la 
lengua castellana, 1923 (Humanidades, La Plata, vI1); La lengua y la literatura 
en Chile, 1924 (Nosotros, septiembre); La neogramática del castellano, 1925 (Hu- 
manidades, La Plata, X); La enseñanza de la gramática, 1928 (Humanidades, La Pla- 
ta, xvi). — En La lengua y la literatura se afirma que el vetusto plan en que 
se basan todavía por rutina la gramática didáctica y el diccionario alfabético hace. 
inservibles estos textos y es causa concurrente de la ignorancia de la lengua. La neo- 
gramática del castellano es un estudio que saca a la gramática didáctica de su 
asiento tradicional, el principio de autoridad, para presentarla sobre la base cien- 
tífica de las leyes orgánicas de la lengua; y esta teoría tiene un principio de de- 
mostración en El escritor argentino y en Estudios sobre la gramática, que analizan 
respectivamente la función del artículo y de la preposición, y dan las normas ra- 
zonadas de su uso. La enseñanza de la gramática expone los vicios orgánicos de los 
textos actuales de gramática, y detalla los puntos a que debe limitarse la enseñanza 
de esta materia en las aulas. 


10. JUAN TORRENDELL: El libro de la semana, 1924 (Atlántida, mayo 29). — 
Este crítico sostiene, con motivo de la teoría gramatical expuesta en la nota pre- 
cedente, que nuestra lengua no es un organismo a cuyas leyes, que varían con los 
siglos, están sujetos todos los que la hablan y escriben; considera que el lenguaje 
culto es la obra arbitraria de los mejores escritores, pero admite como factor deter- 
minante de esa arbitrariedad la intuición, el tino. De lo que resulta que, después 
del rodeo, el crítico está con el criticado. Los hechos que llevan a esa intuición, los 
principios que rigen ese tino, son justamente los fundamentos de la teoría criticada, 
simple trasunto de las leyes no escritas que imponen a los escritores sus preferen- 
cias gramaticales. Vamos; tal vez baste un poco, muy poco de buena voluntad, para 
que el crítico convenga con el criticado en que deducir reglas gramaticales de los 
clásicos es como atribuir al intérprete la lengua en que se expresa. 


e) Lexigrafía 


Sobre los caracteres esenciales y las condiciones necesarias 
que debe reunir el Diccionario se han producido en el período 
actual los siguientes estudios : 


11. AMÉRICO CASTRO: El problema del buen diccionario, 1923 (La Nación, 
septiembre 13 y 20); El lenguaje y los diccionarios, 1923 (La Nación, octubre 13). 
— Serie de artículos periodísticos (vale decir: un consommé de lugares comunes 
con croutes de actualidad) cuya substancia se reduce a las conocidas generalida- 
des sobre los méritos ideales y los defectos reales de los diccionarios de la lengua 
castellana. 


12. Luis ARAQUISTAIN: Necesidad de un diccionario orgánico, 1924 (La Na- 
ción, noviembre 23). — Este escritor diserta sobre la necesidad de un diccionario 
ideológico de la lengua, sin analizar los esfuerzos hechos ya en cinco idiomas, el 
castellano inclusive, para resolver el problema. De ahí que llegue a la conclusión: 


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absurda de que el «diccionario orgánico» debe ser a la vez ideológico y alfahético. 
clasificador y descriptivo... El escritor periodista está obligado, por razón de su 
oficio, a improvisar sobre cualquier tema; no tiene tiempo para estudiar, apenas 
si tiene tiempo para escribir. Y así sale ello. 


13. BALDOMERO SANÍN CANO: Palabras, 1925 (La Nación, marzo 22). — Sos: 
tiene que el diccionario de la lengua debe ser una obra popular y no erudita, e 
internacional y no española; porque «el modo de hablar del pueblo es el que debe 
estar contenido en el diccionario» y porque «los miembros de la Academia, libres 
del contagio filológico, pueden colaborar en el diccionario con la misma competen- 
cia que los periodistas, los comerciantes, los soldados, los agricultores, los artistas 
y el clero»... Muy bien; pero inventario de la lengua es una cosa (de realiza- 
ción imposible, entre paréntesis, cuando un mismo idioma se habla en veintitantos 
países) y diccionario de la lengua culta es otra cosa; y a nada bueno conduce con- 
fundir la botánica con la floricultura. 


14. ARTURO COSTA ALVAREZ: El último diccionario de la Academia, 1925 (Va- 
loraciones, La Plata, 111, 12); El diccionario ideológico de la lengua, 1927 (Huma- 
midades, La Plata, Xv); La cosa, la idea y la palabra, 1928 (Valoraciones, La 
Plata, 1v. 197); Acerca de un diccionario de americanismos, 1928 (La Razón, 
junio 19); Concepto del diccionario de la lengua, 1928 (El Argentino, La Plata, 
julio 7). — El primer opúsculo presenta los hechos demostrativos del espíritu dog- 
mático y teológico que alienta todavía al diccionario de la Academia, de sus defi- 
ciencias e insuficiencias orgánicas, de la inflación artificiosa de su vocabulario, y 
especialmente del método vicioso de sus definiciones empíricas y tautológicas. El se- 
gundo opúsculo expone la teoría, y ofrece un principio de demostración, del Diccio- 
nario Ideológico de la Lengua, que ordena las palabras por sus ideas y no por 
sus letras; la teoría desarrolla cuatro puntos: el plan orgánico, el cuadro de ca- 
tegorías, la clasificación de las palabras y la coordinación de las clasificaciones; y 
la demostración consiste en una sinopsis del plán orgánico, con las categorías fun- 
«damentales de la clasificación, y en tres artículos: ánimo (estados, disposiciones, 
sentimientos y emociones), mímica (gestos, ademanes y actitudes) y asientos (mue: 
bles y artefactos), que enumeran las voces específicas comprendidas en esos tér 
minos genéricos, y presentan coordinadamente sus significados. — El tercer opúscu- 
lo es una disquisición lógica tendiente a establecer el grado de conformidad re- 
presentativa de la idea con la cosa, y de la palabra con la idea, y en ella se llega 
a la conclusión de que la palabra no es más que un signo parcial de la idea, el 
signo de una de las características de la idea; por tanto, la determinación de los 
significados debe subordinarse a una clasificación lógica de las palabras por las 
características ideológicas representadas, y de la situación respectiva de la palabra 
en tal cuadro resultará su significación como componente parcial de la totalidad de 
la idea. Esta clasificación, que tendría por base la división en conceptos univer 
sales, generales y particulares, y por subdivisión los categoremas de género y es- 
pecie, se desarrollaría gradualmente desde los géneros sumos hasta las especies fnfi- 
mas mediante una muy larga serie de categorías intermedias que constituirían los 
géneros próximos. — El cuarto opúsculo expone el concepto del americanismo en le- 
xicografía, señala las dificultades del deslinde, y descalifica los vocabularios regio- 
nales americanos por su contenido equívoco y su valor nulo. 


15. MANUEL DE MONTOLÍU: El diccionario del castellano en América, 1925 
(Revista de la Universidad de Buenos Aires, año XXII, VI, 11, 6). — Dice este ca- 
tedrático que «los pueblos americanos deben preocuparse no sólo por su actual len: 
gua literaria, mantenida dentro de un marco académico más o menos convencio- 
nal, sino también por su lengua viva, por los dialectos nativos»; y desarrollado este 
exordio, pide a nuestro patriotismo y a nuestra cultura una acogida favorable para 
un proyecto de diccionario definitivo del castellano popular de la Argentina, que 
podría extenderse a toda la América castellana. La obra se haría sobre el plan 
de un glosario que están compilando ahora en Suiza, con los dialectos de la región 
francesa, 80 ccrresponsales seleccionados; la preparación de este glosario ha du: 
rado 18 años y ha producido 1.500.000 fichas, y hasta hoy no ha aparecido más 
que el primer cuaderno... ¿Dónde están, en la Argentina, los tahoneros necesa- 


A A A 


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rios para un amasijo de tan colosal volumen? El proyectista propone que se les re- 
clute entre los maestros de escuela de todos los rincones del país; entiende que la 
capacidad lexicográfica es un don natural del maestro de escuela en la República 
Argentina. Según el órgano oficial de nuestro Instituto de Filología (Boletín, 1, 143) 
hay ya entre nosotros 68 Calepini de esta laya: 38 de ellos son del sexo femenino, 
y no menos de 21 se concentran en el pueblito de San Isidro, en Catamarca... La 
publicación ostentosa que el referido órgano oficial hace de este resultado recuerda 
aquello de: Lista de la ropa blanca | que lleva mi hijo Crispín, | estudiante en 
Salamanca: | lo primero, un escarpín... | Y con esto aquí da fin | la lista de 
ropa blanca | que Leva mi hijo Crispín, | estudiante en Salamanca. 


16. RopoLFO LENz: Problemas del diccionario en América, 1927, 48 p. en 80. 
—Contiene este folleto el texto de una conferencia en la que se tratan someramente al- 
gunos de los problemas que implica la determinación de la nomenclatura de un dic: 
cionario americano de la lengua castellana. Esta nomenclatura sería el vocabulario 
de la lengua culta, tal como aparece en los escritos, no solamente literarios sino. 
también de todo orden (p. 32); y aquí el lexicógrafo incurre en dos excesos, por- 
Que entiende que tal léxico debe registrar lo criticable (38) y también los extranje- 
rismos o voces extranjeras no asimiladas (39), estando lo primero contra el carác- 
ter didáctico de un diccionario de la lengua, y lo segundo contra la lengua misma 
de tal diccionario. Agrega que éste debe contener también los regionalismos, y con 
tal motivo incurre en un exceso más, porque afirma que el habla popular suminis- 
trará los materiales necesarios para ello (35), confundiendo así la lengua culta y 
común con la vulgar y dialectal, cuyo inventario y análisis no corresponde al dic- 
<ionario de la lengua. Durante 36 años este autorizado lingiiista ha estado esforzán- 
dose en sus escritos para conciliar los intereses de la lingiiística (catalogación total 
e€e imparcial) con las necesidades de la cultura (selección gramatical y léxica) sin 
lograr más resultado que colocarse en una situación precaria; porque tal empresa 
de conciliación no es realizable en el terreno científico sino en el campo más am- 
plio de la cultura, por un espíritu que se emancipe de la preocupación del purismo 
y no caiga por eso en el extremo opuesto: la legitimación del vulgarismo. La cien- 
<ia está al servicio de la cultura, y no al revés; de ahí que el diccionario de la 
lengua, lo mismo que la gramática didáctica, no pueden contener «todo lo que se 
dice» sino «todo lo que se dice correctamente». Se explica que para la ciencia no 
haya valores: ni barbarismo ni solecismo, por ejemplo; pero una cultura que no se 
fundara en valores habría perdido su razón de ser. 


II. LA CORRECCIÓN DEL LENGUAJE 


La corrección del lenguaje es el respeto a las formas con- 
vencionales de la lengua, para que la expresión sea claramente 
inteligible; resulta de la observancia de las normas gramatica- 
les, del uso de las voces corrientes o de otras nuevas justifica- 
das, y de la aplicación de estas voces en su exacto significado; 
implica también la justa correspondencia de la forma de la ex- 
presión con el modo del pensamiento, pero esto es materia esti- 
lística, relacionada con el manejo artístico, no ya puramente 
práctico, de la lengua. La Gramática y el Diccionario, los dos 
libros en que se codifica el régimen de la lengua, son, pues, la 
pauta de la corrección del lenguaje; pero, como ambos libros 
tienen por base el principio de autoridad, sucede que a este ar- 
bitrio ajeno preferimos el nuestro propio, y de ahí el hecho sin- 
gular, pero explicable, de que aleguemos esos textos cuando nos 
confirman y los recusemos cuando nos desmienten. Mientras no 


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exista la gramática científica, fundada en las leyes orgánicas de 
la lengua, y el diccionario ideológico, que evite la vaguedad, la 
confusión y la tautología de las definiciones, la pauta de la co- 
rreción del lenguaje será siempre arbitraria. Inútil es decir que 
la arbitrariedad es, por consiguiente, el alma máter de nuestra. 
producción de esta especie; por lo que no entraré en la crítica. 
de sus detalles y me limitaré a enumerar sus piezas principales: 


17. Figuran en primer término, por la vasta ilustración de sus autores y por 
la importancia social del texto examinado, las críticas de AGUSTÍN DE VEDIA al len- 
guaje de la Constitución, y de ALFREDO CoLmo al del código civil. Este último tra-- 
bajo tiene su precedente en el que hizo VICENTE F. LÓPEZ en 1869 sobre el mismo: 
texto, cuando analizó el espíritu y el cuerpo de esa obra, y censuró, no sólo el prin- 
cipio imperialista, el criterio dogmático y el sentido jurídico de sus disposiciones,. 
sino también la forma gramatical de sus artículos. 


18. Los principales órganos de nuestra prensa han contribuído siempre a la: 
crítica del lenguaje usual con una sección destinada a evacuar las consultas de sus 
lectores al respecto; y en esta acción se han señalado por la amplitud de su es- 
fuerzo continuo y duradero: MONNER SANS en varios diarios y periódicos, MATÍAS 
CALANDRELLI en el diario La Prensa, SELVA en el periódico La Obra, y FRANCISCO 
ORTIGA ANCKERMANN, el chispeante «Pescatore di perle» del semanario El Hogar, 
que prefiere la sátira del disparate lógico a la crítica de la incorrección gramati- 
cal. 

19. En la sección de compilaciones de barbarismos y solecismos, al fondo pri- 
mitivo, representado por los textos de DOMINGO F. ORLANDINI, ROMÁN M. CAÑAVE-" 
RAS, JUAN SEIJAS, JUAN A. TURDERA, ENRIQUE T. SÁNCHEZ, GERVASIO MUÑOZ 
RIVERA, ANTONIO ATIENZA Y MEDRANO, ENRIQUE GARCÍA VELLOSO, RAMÓN C. Ca- 
RRIEGOS y FÉLIX F. AVELLANEDA se han agregado en el período actual tres libros de 
MONNER SANs: las Notas, los Disparates y las Barbaridades, y varios capítulos en 
De gramática y en Pasatiempos, el vocabulario de Barbarismos inserto en el dic- 
cionario de SEGOVIA, la Guía del buen decir de SELVA y las Informaciones grama- 
ticales y filológicas de CALANDRELLI. 


20. La crítica ocasional está constituída por escritos de SEVERIANO LORENTE, 
FAUSTINO J. TRONGÉ, FRANCISCO MORENO GODÍNEZ («Dr. Moorne»), JUAN BENE- 
JAM, AGUSTÍN RICHIERI, J. VALLEJO RIVERA, MIGUEL DE TORO Y GÓMEZ, COSTA 
ALVAREZ, EUSEBIO R. CASTEX, SANÍN CANO, VICENTE GARCÍA MEDINA, EDUARDO 
SCHIAFFINO, AYARRAGARAY, COLMO y LEOFPOLDO LUGONES; y en ella resaltan las si- 
guientes notas: 


21. MAURICIO SCHNEIDER: La colocación del pronombre, 1925, 20 p. en 8%; 
Las incorrecciones de don Juan Valera, 1926 (Verbum, diciembre). — En la pri: 
mera publicación este crítico examina la tendencia, abusiva entre nosotros, A pos- 
poner el pronombre átono al verbo; y la reprueba fundándose, no en las particu- 
laridades orgánicas de la lengua, esto es, en sus leyes de estructura y eficiencia, 
sino en el principio de autoridad, es decir, en «los buenos escritores». En la segunda 
publicación vindica el lenguaje castizo de Valera en Pepita Giménez, cuya correc- 
ción gramatical ha sido negada por otro crítico, y apoya sus justificaciones en los 
clásicos españoles y en el diccionario de la Academia española. Todo esto, lo de 
una y otra publicación, revela en primer lugar que este crítico de crítico, o sumo 
crítico, no conoce el léxico académico ni sabe darle el poco valor que tiene, puesto 
que declara que no ha visto la muy visible incertidumbre y contradicción de la Aca- 
demia sobre la relación de preferencia entre los vocablos «inverisímil» e «inverosí- 
mil», en las dos últimas ediciones de su diccionario; y en segundo lugar revela 
que este sumo crítico está sumido hasta el cuello en la crítica gramatical dogmática, 
es decir, fundada en autoridades. Y como este escritor no es español sino argen- 
tino, hay que deplorar su debilidad espiritual como hijo de esta tierra que pre- 
fiere comentar cosas ajenas a ella, y su pobreza espiritual como representante de 


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la nueva generación, llamada, no a remedar, sino a superar el esfuerzo de las an- 
teriores. 


22. AVELINO HERRERO MAYOR: Del reino de germanta a las aulas universita- 
rias, 1927 (La Nación, febrero 20); El aforismo de Boileou y los prevaricadores 
del buen lenguaje, 1927 (La Nación, agosto 28); Las cualidades distintivas de la 
expresión corriente, 1928 (La Nación, enero 1%.). — En el primer escrito, ampo- 
llado por la erupción pedantesca y enrevesado por el énfasis de la prosopopeya, el 
autor señala dos hechos: que nuestros estudiantes usan el lunfardo autóctono en 
vez de la germanía exótica porque no percihen la función estética del lenguaje... 
y que nuestros profesores de castellano prefieren enseñar las formas comunes de 
la lengua en vez de los diminutivos peninsulares, y hacen eso porque son naciona- 
listas... A estas dos simplezas se reduce toda la substancia de este plato, que la 
presenta nadando en una salsa chirle de pampiroladas. Los otros dos artículos son 
otras dos raciones de la misma bazofia hecha de pamplinas, pedantería y altisonan- 
cia, como todo producto del arte cursi de «hablar en difícil»; también tiene por 
objeto, como el primero, predicarnos el cuidado de la lengua ofreciéndonos su ejem- 
plo, y también como el primero tiene por efecto hacernos pensar en criollo que «pa” 
semejante candil vale más estar a oscuras»... El caso de este escritor es una mues- 
tra de cómo, en nuestro medio, puede perder toda eficacia el mejor de los pre- 
ceptos a causa del tono magistral en que se expresa. 


23. ARTURO CAPDEVILA: El idioma en la Argentina, 1928 (capítulo de Babel y 
el castellano). — Este escritor lamenta que en nuestra habla se observe la aversión 
al tú y al vosotros, y la afición al voseo y a la vizcaína concordancia de vos y de 
sus flexiones verbales con las formas te, tu y tuyo; y considerando incultos tales 
hábitos, prevé su desaparición «el día que la mayoría de los hombres cultos en la 
Argentina» corrijan su elocución... ¡Hum! al árbol torcido no hay quien lo en- 
derece; yo habría escrito: «el día que los hombres cultos en la Argentina corrijan 
esa elocución en sus hijos, secundados ante todo por las madres, y luego por la 
escuela, el teatro y la novela». 


IV. TEXTOS HISTÓRICOS 


Estas publicaciones se dividen en dos órdenes: las que des- 
criben la formación del castellano detallando su evolución, y las 
que presentan investigaciones etimológicas y filológicas. 


a) Formación y evolución del castellano 


24. Por lo general esta producción aparece en textos escolares y es simple re- 
capitulación inerte de generalidades sobre la formación y evolución medieval de la 
lengua. Entre los trabajos originales descuellan en el período anterior la mo- 
nografía de SAMUEL A. LAFONE QUEVEDO sobre el verbo, los estudios de La BARRA 
y la reseña de Toro Y GÓMEZ (Revista de la Universidad de Buenos Aires, XXVII, 
9); y en el período actual hay que mencionar especialmente los siguientes trabajos: 


25. LEOPOLDO LUGONES: El lenguaje del poema, 1916 (capítulo de El paya- 
dor). — Deliberadamente el autor resume en el lenguaje gauchesco la evolución del 
castellano vulgar en la Argentina, e historia filosófica y filológicamente esta evolu- 
ción, desde la formación del castellano, para desarrollar la génesis regional de ese 
lenguaje, cuyas características considera particularmente argentinas... De lo que 
resulta que no presenta el gauchesco como la rama rústica de nuestro castellano vul- 
gar sino como nuestro castellano vulgar por excelencia; lo que es como decir que 
entre nosotros no hubo criollos sino gauchos solamente... Se trata de un dicho 
y esto no altera el hecho; pero el lector deberá tener presente esa manera de decir 
para no confundir lo general con lo particular, como hace el autor deliberadamente, 
repito, en su empeño de simplificar grusso modo lo complejo; y pcr este detalle puede 


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verse que el capítulo que lo contiene es de disertación dialéctica y no de investiga- 
ción científica. 


26. RicarDOo ROJAS: tres capítulos de Los gaucheacos, 1917 (primer tomo de 
Historia de la literatura argentina). — En La lengua nativa el autor presenta el 
cuadro de las lenguas indígenas de nuestro territorio al iniciarse la colonización es- 
pañola, explica la preponderancia de las tres lenguas generales: guaraní, quichua y 
araucana, y su extinción gradual en beneficio del castellano. En El folklore de los 
gauchos enumera los elementos indígenas que han enriquecido al castellano, y los 
casos de hibridación que caracterizan a nuestras hablas mixtas, también en vías de 
desaparición. En El idioma de los conquistadores hace presente que el castellano 
que pasó a América con los conquistadores y con los colonizadores fué primera- 
mente la lengua popular, o familiar, o vulgar, de la que ofrece muestras sacadas de 
los archivos coloniales, y en segundo lugar la lengua culta, o académica, o litera- 
ria; y declara que el habla de los gauchos no es sino el castellano oral del siglo xv, 
que siguió una evolución en España y otra paralela en América. Toda esta obra, 
<uya preparación y cuya síntesis acusan una labor enorme, está destinada a ser de- 
finitiva por el acierto de sus conclusiones. 


27. Max L. WAGNER: El español de América y el latín vulgar [1920] en el 
primer cuaderno del Instituto argentino de filología, 1924. — Se trata de la tra- 
ducción castellana de un artículo publicado originariamente en Alemania; en él, el 
autor establece un paralelo entre la evolución del castellano en las colonias ameri- 
<anas y la del latín en las colonias romanas, para demostrar la unidad esencial de 
estas dos lenguas conquistadoras, vulgares ambas, en toda la extensión de sus res- 
pectivos campos, y la escasa influencia fonética y léxica que sobre una y otra han 
ejercido las hablas autóctonas; después de lo cual llega a la conclusión de que, por 
la acción niveladora de la común cultura americana, facilitada por el contacto per- 
manente que mantienen entre sí los pueblos de habla castellana, esta lengua no 
sufrirá en América la suerte que el latín tuvo en Europa. — Es curioso que en 
esta obra científica del siglo xx se aplique al examen comparativo de las diferen- 
cias entre la lengua culta y la vulgar el rancio criterio purista que ve en el ha- 
bla rústica una deformación de la urbana. ¿Es así realmente? ¿el castellano fué 
culto al principio y luego degeneró en vulgar? ¿O es al revést... Lo científico, es 
decir, lo natural, sería ver en la lengua culta un injerto en el tronco de la vul- 
gar, y considerar como un plausible esfuerzo de la cultura el propósito de que el 
injerto reduzca ese tronco a un pie sin ramas ni hojas ni flores ni frutos. Choca, 
pues, que se inviertan estas posiciones en una obra científica; el purista es el 
único que puede decir que «línea» se convierte en (wird zu) «linia», y «diligencia» 
en «deligencia» y «vergiienza» en «vergoenza» y «aceite» en «asaite», etcétera; lo 
que hay que decir en una obra científica es que, a tal forma en la lengua culta, 
corresponde en la vulgar tal otra. Si no, se sugiere, como en la obra purista, la 
falsa idea de que el vulgo estropea la lengua, la barbariza, cuando lo que sucede 
en realidad es que el culto refina la lengua, la civiliza. Si los lingiistas menospre- 
cian a los gramáticos porque éstos no hacen ciencia sino doctrina, sería bueno, 
para distinguirse mejor, que no repitieran las fórmulas de ellos, muy justificadas 
en ellos y absurdas en los que no están con ellos. Pero... ¿no habré perdido el 
tiempo con este comentario? ¿no será el lingiiista de hoy sino el gramático de ayer 
con otras alforjasf... La sutileza analítica, la tendencia dogmática y el apego a 
las fórmulas, características comunes a ambas castas, así lo insinúan. 


28. Penro HENRÍQUEZ UREÑA: El supuesto andalucismo de América, 1925, 
8 p. en 8% — Demostración de que es arbitrario afirmar que en el castellano de 
América predominan las formas andaluzas; porque «no hay pruebas que permitan 
atribuir a razones de población las manifestaciones lingiiísticas de nuestra América 
que coinciden, en parte, con las de Andalucía»; y el autor insinúa como explica- 
ción mejor de esos hechos «la influencia del clima sobre los fenómenos fonéticos». 
Pero no desarrolla tan escabroso tema. 


29, FRANCISCO ROMERO («Gramático»): Curiosas opiniones sobre la antigúedad 
del vasco y del castellano, 1925 (Nosotros, octubre). — Este escritor resume, sin 


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valorarlas, las opiniones de varios autores antiguos sobre el origen del castellano... 
La información sin crítica es tarea que deben dejar a los gacetilleros los que pue- 
den superarlos. 


30. JosÉ M. SALAVERRÍA: El estilo de la América castellana, 1927 (La Na- 
ción, abril 28). — Este escritor afirma que en la América castellana «el lenguaje 
corriente apenas muestra diferenciaciones dignas de tenerse en cuenta, y es cierto 
que en el tono, en el dejo, en la pronunciación y en el uso de palabras y modis- 
mos, un colombiano y un salteño se diferencian menos, pero muchísimo menos, que 
un burgalés y un gaditano». Y la razón de esta unidad estaría en el hecho de que 
«la conquista y colonización de América, aunque realizada por Castilla, práctica- 
mente fué una obra que salió de Sevilla y de su hinterland marítimo, la bahía de 
Cádiz»; y Sevilla era entonces «la gran metrópoli exploradora donde todos, proce- 
dieran de donde procedieran, lo mismo manchegos como vizcaínos, acababan por 
amoldarse al ambiente y recibir ellos también el sello, el cuño andaluz»... Eso de 
un hinterland que es marítimo, y que está del lado de afuera y no de adentro, me 
hace cosquillas; pero debo mantener la seriedad para ocuparme de lo que importa, 
y lo que importa es esto. El autor no documenta ninguna de sus cuatro afirma- 
ciones, con las que cree sentar otros tantos principios, que resultan ser proposi- 
ciones tremendamente controvertibles. Esta manera dialéctica de imponer el con- 
vencimiento, este recurso de la afirmativa categórica, ha sido siempre tan ineficaz 
para resolver cuestiones de hecho como querer sacar agua del pozo con una criba. 


31. SEVERO ALTUBE Y LERCHUNDI: Notas filológicas, 1927 (La Prensa, ju- 
nio 2, lo y julio 4). — Este filólogo vascongado atribuye a la influencia del vas- 
cuence varias particularidades de nuestro castellano en la sintaxis, en el léxico, en 
la morfología y en la fonética. De su demostración resulta que hay unas cuantas 
analogías puramente accidentales entre las formas del castellano y las del vascuence; 
cualquier otro filólogo de cualquiera otra nacionalidad podría señalar coincidencias 
de la misma especie entre su idioma y el nuestro. Pero el autor presenta como eti- 
mologías las simples analogías porque está interesado en probar la afinidad vasco- 
argentina; y al efecto ha asentado su demostración en ciertos principios elabora- 
dos ad hoc, que no enuncia y que son éstos: 1) un estado tan delicuescente del 
castellano en América que lo hacía pasible de sufrir la influencia hasta de un idioma 
tan poco afin de él como el vascuence; 2) una preponderancia de los pobladores 
vascos del Plata tan extraordinaria que imponía las formas de ese idioma al resto 
de la población; 3) una restricción tan extrema del campo de observación que 
hace considerar típicamente argentinas las voces y locuciones elegidas, aun cuando 
en su mayor parte son comunes al castellano de otros países. Asentada sobre tales 
bases, la pretendida contaminación vascuence del castellano en la Argentina se des- 
vanece al menor soplo crítico, como toda fantasía; pero de esa labor inútil queda 
una enseñanza: la conveniencia de observar el precepto de que no se debe fiar en 
las apariencias... La analogía no es signo infalible de afinidad, como el parecido 
entre las personas no es siempre prueba de parentesco. 


32. ARTURO CAPDEVILA: El embrollado problema del tú y el vos, 1928 (tres 
capítulos de Babel y el castellano). — El examen de un fenómeno es un trabajo 
científico, y a este carácter debe amoldarse el lenguaje que lo exponga; por aquello 
de que no le sienta bien un par de pistolas a Cristo. De ahí que choque ver que 
aquí se llame «embrollado problema» a una «cuestión compleja», y que se tilde de 
«sucio mal» al voseo, calificaciones propias del batallador lenguaje doctrinario. Con 
un pie en el estribo y otro en el suelo no es posible ir lejos, aparte de que son in- 
evitables los tropiezos; como el de afirmar con los gramáticos que «el vos es plural 
de por sí», cuando el uso dice y ha dicho siempre otra cosa; y el de proclamar 
con los puristas que los cultos son los árbitros de la lengua, cuando la persisten- 
cia del voseo prueba justamente lo contrario. Pero éstos son detalles; en cuanto a 
lo principal, el autor demuestra tener un conocimiento suficiente de los anteceden- 
tes y de las condiciones del hecho que examina, y un sentido práctico poco común 
para inducir causas y deducir consecuencias plausibles. Su conclusión es que el pro- 
ceso secular por el predominio de una u otra forma de tratamiento se resolvió a 
fines 'del siglo XvII, cuando en España «se tutearon los más cultos y el vos quedó 


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para los inferiores», y por consiguiente, «en Lima y en México la adopción del tú 
Xué un fenómeno de cultura y buena crianza, al paso que en lo restante de Amé- 
rica el triunfo del voseo en las masas populares no fué sino una imposición del 
£eneral atraso». 


33. JORGE L. BORGES: El idioma de los argentinos, 1928, 186 p. en 16%.—El 
Autor afirma que los argentinos no tienen más idioma que el dastellano, al Que apli- 
can una sensibilidad que, por ser argentina, no es la de otros pueblos a pesar de 
la comunidad de lengua; y de ahí que entre el castellano nuestro y el ajeno, el es 
pañol sobre todo, haya diferencias en la afición o aversión a determinados voca- 
-blos o giros, y en la comprensión de determinadas significaciones. Sus palabras son 
stas: «Dos conductas de idioma veo en los escritores de aquí: una, la de los sail- 
neteros que escriben un lenguaje que ninguno habla y que, si a veces gusta, es 
precisamente por su aire exagerativo y caricatural, por lo forastero que suena; otra, 
la de los cultos, que mueren de la muerte prestada del español. Ambos divergen del 
idioma corriente: los unos remedan la dicción de la fechoría; los otros, la del me- 
morioso y problemático español de los diccionarios. Equidistante de sus copias, el 
.no escrito idioma argentino sigue diciéndonos; el de nuestra pasión, el de nuestra 
casa, el de la confianza, el de la conversada amistad... Muchos, con intención de 
desconfianza, interrogarán: ¿Qué zanja insuperable hay entre el español de los es- 
.pañoles y el de nuestra conversación argentina? Yo les respondo que ninguna, ven- 
¿urosamente para la entendibilidad general de nuestro decir. Un matiz de diferen- 
tiación, sí lo hay; matiz que es lo bastante nítido para que en él oigamos la patria. 
No pienso aquí en los algunos miles de palabras privativas que intercalamos y que 
Jos peninsulares no entienden. Pienso en el ambiente distinto de nuestra voz, en 
18 valoración irónica o cariñosa que damos a determinadas palabras, en su tempe- 
ratura no igual. No hemos variado el sentido intrínseco de las palabras, pero sí 
Bu connotación. Esa divergencia, nula en la prosa argumentativa o en la didáctica, 
es grande en lo que mira a las emociones. Nuestra discusión será E pero 
_huestro verso, nuestro humorismo, ya son de aquí». 


b) Investigación etimológica y filológica 


34. Mantiénese todavía, en las investigaciones etimológicas, como método único, 
¿el principio de la analogía de forma y significado, aunque la descalificación de tal 
_método es universal, y entre nosotros ha sido hecha en el período anterior por 
ALBERTO NAVARRO VIOLA (Anuario bibliográfico, 1Y, 169; v, 167) y por PAUL 
GROUS8AC (Anales de la Biblioteca, 1, 385; y Une énigme littéraire, París, 1908, 
p. 249). En el períodc actual hay que mencionar especialmente los siguientes tra- 
«bajos: 
35. ROBERTO LEHMANN-NITSCHE: El retajo, 1914; El chambergo, 1916; La 
bota de potro, 1916; La ramada, 1919 (las cuatro monografías en Boletín de la 
Academia Nacional de Ciencias de Córdoba, XX, XXI y XXI11); Etimologías españo- 
Jas: gaucho, 1927 (La Prensa, febrero 6). — Los cuatro estudios folklóricos, que 
resumen amplias investigaciones tendientes a determinar el lugar, el tiempo y el 
_Imodo de las costumbres populares descriptas, son también lexicográficas por cuanto 
- precisan la geografía, la cronología y la semántica de los vocablos que significan 
.esas costumbres, y enumeran los derivados de ellos, todo a la luz de los datos que 
suministran la biblioteca léxica, científica y literaria de la materia, y la documen- 
.tación testimonial contemporánea, que comprende la observación directa del mutor. 
Yl retajo detalla todas las variedades del recurso así denominado en la industria 
ganadera criolla, y declara el origen y deslinda el significado, en los países ibero- 
americanos, de 80 vocablos que indican esa operación, o que con ella se relacio- 
nan. El chambergo indaga la etimología de este vocablo y sus aplicaciones a través 
del tiempo y del espacio, extiende la averiguación a las diversas clases de sombrero 
-de la indumentaria gaucha, e incluye otras prendas en la documentación literaria. 
La bota de potro consigna las particularidades de este artefacto criollo y de sus 
similares, hace su historia, lleva la descripción de tal forma de calzado hasta la 
_£poca más remota de la civilización, incluye el chiripá en la documentación lite- 


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yraria, dilucida la etimología de bota, y establece sus significados, sus derivaciones y 
algunas de sus sinonimias. La ramada señala el origen, el objeto y las particula- 
ridades de la construcción así denominada, y expone también la relación léxica de 
«este término con su sinónimo enramada. — En su última publicación este etimólogo 
trata de demostrar que «a los vocablos de origen gitano pertenece también gaucho»; 
.habrían formado esta voz en España los andaluces, quienes la habrían introducido 
.luego en el Plata... Muy lindo; pero la verdad no es una suma de hipótesis. 


86. VICENTE GARCÍA DE DIEGO: Sobre el argentino «yuyo», 1919 (Zeitschrift 
.des deutschen wissenschaftlichen Vereins zur Kultur und Landeskunde Argentiniens, 
Y, 133). — Considera que la forma argentina yuyo corrobora la hipótesis de una 
derivación latina: < jojuwm, que habría preponderado, entre las demás de lolium, 
«en Galicia y Portugal, y en todas las zonas del castellano; y agrega esto: «El punto 
de origen del argentino yuyo es el castellano central, o lo que de un modo vago 
_podemos llamar hoy el andaluz, en el cual no podríamos siempre precisar si un 
.férmino es del caudal castellano que fué descendiendo por Andalucía en la Recon- 
«Quista, o si corresponde al fondo de voces elaboradas según su propia fonética a 
través de la dominación árabe». — Todo en esta nota es correcto, todo menos e) 
lenguaje, que resuta anfibológico: ¿qué es lo que representa la vaga expresión 
Jdo que? ¡el castellano central precedente o el andaluz siguiente!... ¿y dónde está 
.en la frase la circunstancia condicional a que alude el podríamos!... y si se llama 
.al castellano central un punto ¡a qué dimensión atomística imperceptible queda re- 
«¿ducido todo lo que el castellano central contienef... ¿y adónde va ese caudal del 
«que sólo se dice que desciende por Andalucíaf... ¿y a qué poseedor se refiere el 
_posesivo de su propia fonética? ¡al inmediato voces, al remoto Reconquísta o al re- 
._motísimo Andaluctu?... Crea este estudioso que, para el lector de sus escritos, no 
es tarea grata estar aplicando a su estilo las despabiladeras línea a línea. 


87. LEoPOLDO LUGONES: Voces americanas de antecedencia griega, 1923 (La 
Nación, enero 14, febrero 18; Voces americanas de procedencia arábiga, 1923-1925 
(La Nación, marzo 4, 25, abril 29 de 1923; febrero 24, marzo 9, junio 1 de 1924; 
.marzo 1, abril 5 de 1925); Algo respecto a indianismos, 1924 (La Nación, mayo 
11); Nuevas etimologtas arábigas, 1927 (La Nación, febrero 13, abril 3, noviem: 
abre 27); Contribución etimológica, 1928 (La Nación, julio 29). — Este etimólogo 
repite la afirmación hecha por Groussac 23 años antes, de que está en el caste- 
llano, y no en las lenguas indígenas, el origen de casi todos los presuntos america- 
nismos; pero, en vez de ofrecer la demostración directa de esta tesis, rastreando la 
documentación de tales vocablos en el castellano antiguo, se limita a afirmar ex 
«Cáthedra, sin probarlo: 1% que los vocablos que examina surgieron en España du- 
rante el proceso medieval de la formación de la lengua; y 2% que luego pasaron a 
América en el habla vulgar de los conquistadores. Precaria es, pues, desde el prin- 
«cipio, la posición de este investigador, que construye castillos etimológicos en el aire 
de un par de hipótesis no verificadas; porque sólo el sofista puede creer que lo 
«que es verdad en muchos casos es verdad en todos. Tenemos aquí, por consiguiente, 
waina aplicación del método que la crítica lingiiística llama despectivamente scientia 
ad libitum... Menos científico aún es el fin de tales trabajos. Con esta investiga- 
.ción de derivaciones el etimólogo no se propone la alta empresa de describir tal 
«0 cual proceso en la evolución del castellano, ni siquiera de exponer tales o cuales 
mormas de correspondencia fonética, semántica o morfológica en esa evolución; su 
objeto no es lingiiístico, es sólo lexicográfico: hacer una compilación a bulto, con 
miras a la publicación de un diccionario etimológico, de cuya elaboración prepara- 
“toria ofrece muestras, según dice: «con propósitos de amena divulgación»... Su 
obra es, por tanto, empírica y recreativa; y esto explica los siguientes hechos. El 
-etimólogo se limita a establecer una relación puramente lógica entre el supuesto 
-.derivado castellano y el supuesto primitivo griego, o árabe, o bajo latino, y aplica 
su dialéctica a demostrarla; pero nada dice de las otras condiciones que la rela- 
«ción etimológica debe implicar para que, además de lógica, resulte necesaria y única, 
es decir, verdadera. No se cuida de historiar la cosa que el vocablo significa, ni 
-de comprobar la proximidad en el espacio y en el tiempo del primitivo con el de- 
rivado, ni de fundar sus derivaciones en las normas de la evolución fonética y 


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morfológica, únicos materiales con que puede fabricarse en este caso un eslabón 
sólido entre el antecedente y el consiguiente. En suma, todo el caudal de informa- 
ción que exhibe este lexicógrafo en cierne es el que le suministran otros lexicógra- 
fos en flor... Vése por esto que un etimólogo argentino del siglo XX hace tabla 
rasa de los principios elementales de la investigación científica, para plantarse en 
el período embrionario de la etimología formal, que va de san Isidoro a Ménage, 
pasando por Palencia, Venegas, el Brocense y Vossio; de modo que es uno de tan- 
tos en la hueste indisciplinada de los etimólogos que, según Quevedo, «practican 
tarea más entretenida que demostrada, y dicen que averiguan lo que inventan». 


38. FRANCISCO ROMERO («Gramático»): La etimología de perro, 1925 (Nos- 
otros, noviembre). — Considera satisfactoria la etimología: perro < Petrus o Pedro, 
que presenta Korting en su Lateinisch-romanisches Worterbuch, y nada dice de 
que Groussac, sin conocer este antecedente de 1891, propuso la misma etimología 
en la Revue Hispanique de 1906; y por Groussac justamente teníamos ya noticia 
de lo de Korting... Bien sé que es una posición filosófica sostenible la de que 
el mundo no existe fuera de nosotros; y si el desgraciado realista ingenuo se deci- 
diera a interrogar al nonato y al cadáver, ante la respuesta concordante y categó- 
rica de ambos testimonios reconocería de una vez la gran verdad del idealismo: que 
el mundo nace y muere con nosotros... Pero, aunque tengamos que enorgullecernos 
de esta gran conquista de la sabiduría alemana, sería caritativo mantener la fic- 
ción de la continuidad de la existencia del hombre sobre la tierra, para que los estu- 
diosos como (iramático no tuvieran que recargar su tarea ya difícil de decir lo 
nuevo, con la tremebunda empresa de repetir todo lo viejo. 


39. ARTURO CosTa ALVAREZ: Un problemita de etimología, 1925 (Revista de 
Filologia Portuguesa, Sño Paulo, VII, 285); Las etimologias de «gaucho», 1926, 
28 p. en AR% (también en Nosotros, LIV, 183); Utra elimología de «gaucho», 1927 
(Nosotros, LY, 212); Etimología y etimumanta, 1928 (Nosotros, LX, 347). — En 
el primer artículo el autor reproduce, ampliándolo con nuevos datos, el capítulo de 
su libro Nuestra lengua sobre el origen y la correspondencia de los nombres de 
pila Santiago, Diego, Jacobo, Jácome y Jaime; y al presentar ese escrito, el editor 
invita a los filólogos brasileños y lusitanos a llevar más lejos la investigación del 
caso. — El segundo artículo enumera y critica todas las etimologías de la palabra 
«gaucho» propuestas hasta hoy, para desaprobarlas por superficiales o arbitrarias, 
plantea los términos de este problema etimológico y detalla la bibliografía relacio- 
nada con el tema, — El tercer artículo examina y rechaza una etimología más de 
«gaucho» e incita a los etimólogos brasileños a investigar la historia y el origen 
de este vocablo en el portugués de Rio Grande do Sul y Santa Catharina, a la luz 
de las crónicas de los viajeros, exploradores, Iinisioneros y funcionarios de esa re- 
gión entre mediados y fines del siglo XvI11. — El cuarto artículo hace la historia 
y señala las deficiencias de los diferentes métodos seguidos por los etimólogos de 
todos los tiempos, y sienta las condiciones que, según el método científico, debe lle- 
nar la investigación etimológica; censura además la afición de los estudiosos a la 
obra conjetural en este campo y dice que «la etimomanía consiste en tratar la 
etimología como un lindo problema nada difícil». 


40. MARTINIANO LEGUIZAMÓN: dos capítulos de Hombres y cosas que pasaron, 
1926; Una voz del «Martín Fierro», 1926 (La Nación, abril 18); La cantramilla, 
1926 (La Nación, octubre 3). — En el volumen colecticio Hombres y cosas, el ca- 
pítulo Ceiba y seibo presenta etimologías indígenas, y el de Las quintanderas mues 
tra la procedencia portuguesa del vocablo epónimo, En los dos últimos artículos se 
ofrece el significado conjetural de cantramilla, raro ejemplar de unívoco (hapaz le: 
gémenon) porque sólo en una obra, y una sola vez en ella, aparece esa palabra en 
la literatura castellana: en el verso 4646 del Martín Fierro, que corresponde al 4644 
en la edición de la Biblioteca Argentina, cuya numeración saltea dos versos desde 
la página 112. : 


41. Juan (G. FIGUEROA BALCARCE: La famosa «contramilla», 1926 (El Argew 
tino, La Plata, octubre 3). — Por singular coincidencia fortuita este escritor pro- 
pone en La Plata, en un diario y en cierta fecha, la misma solución que Leguiza- 


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món ofrece en Buenos Aires, también en un diario y en igual fecha, para el pro- 
blema de la significación de cantramilla. Considera que esta dicción o grafía es in- 
Correcta, y que el vocablo real era contramilla y significaba, a la luz de las infor- 
maciones de Vidal en Picturesque Illustrations, la perilla alargada y puntiaguda 
que, puesta en el extremo de la caña de 32 pies, picana común de los bueyes cuarte- 
ros, servía a un tiempo de aguijada para estos bueyes, y para agregar a esa caña 
el palo de 8 pies que hacía de ella la picana de los bueyes delanteros. 


42. MANUEL LIzONDO BORDA: Voces tucumanas derivadas del quichua, 1927, 
"Tucumán, 402 p. en 8%. -— La base de este libro es un acopio numeroso de regio- 
nalismos tucumanos de origen quichua, y su objeto es presentar los caracteres lexi- 
cográficos de esas voces, especialmente la etimología; aparte de lo cual también se 
«consignan las significaciones, la difusión del vocablo dentro de la provincia, y su ex- 
tensión en el resto del país, y fuera de él en Chile y en Bolivia, a lo que se agrega 
su documentación cuando se trata de arcaísmos coloniales. Como casi todos estos 
indigenismos son nombres de lugares, de plantas y de animales, el autor ha llevado su 
laboriosidad hasta precisar la localización del topónimo y hasta registrar la corres: 
pondencia científica de las voces referentes a la fauna y a la flora, declarando en 
todos los casos sus autoridades. Por su método, pues, este libro es laudable: tiene 
una estructura orgánica que lo hace superior al farragoso y arbitrario Tesoro de 
catamarqueñismos de Lafone Quevedo; pero, en cuanto a sus principios, acusa muy 
graves deficiencias. El autor tiene un concepto acomodaticio de la ciencia y de la 
utilidad, y considera que la obra de aficionado no debe ser juzgada con rigor. Luego 
funda sus etimologías, no en su conocimiento propio del quichua, sino en los tex- 
«tos lexicográficos de Mossi principalmente, y subsidiariamente en los de González 
Holguín y Torres Rubio, prescindiendo por completo de autoridades tan altas como 
"Tschudi y Middendorf. Y por esto su libro toma un carácter reflejo, que le quita 
toda autoridad directa; y a causa de la exclusión apuntada, resulta no ser ni si- 
quiera una selección sintética de las investigaciones hechas hasta hoy por los prin- 
«cipales quichuistas en ese campo de observación. 


43. VicEnTE Ross1: Etimolojiomantas sobre el vocablo «gaucho», 1927 [Cór- 
-doba] 20 p. en 8% — Rechaza la etimología gitana atribuída por Lehmann-Nitsche 
a la voz gaucho, en primer lugar porque en la lengua de los argentinos y de los 
uruguayos no hay «iberismo» sino «una realidad indígena y negroafricana», y 
luego porque el gaucho «no ha podido ser bautizado con un vocablo gitano y tra- 
tado de extranjero en su propia tierra», y también porque «ni en gauchos car- 
navalescos se encontrarán cualidades andaluzas»... Este escritor rivaliza con Mi- 
Jlanesio en el arte de la etimología onomástica maravillosa: declara que los apelli- 
dos Moreira, Fierro, Luna, Vega, Laguna, Barrientos, Cuello, Cruz, Jiménez y Con- 
rtreras son de procedencia portuguesa. 


Y. TEXTOS GRAMATICALES 


Nuestra producción de gramáticas no responde a fines de 
exposición científica sino de enseñanza escolar; por eso estos li- 
bros no tienen el carácter de teoría de la lengua sino de instru- 
mento pedagógico. Además, por falta de iniciativa de sus auto- 
res, todos están vaciados en el molde tradicional, y en su fondo 
y en su forma no son sino repeticiones de la obra escolástica, 
que difieren entre sí en los detalles pequeños solamente. El ar- 
gumento de autoridad es su principio dogmático, el examen su- 
perficial es su método empírico, y la arbitrariedad es su crite- 
rio anacrónico; repiten también la incompleta división tetrámera 
de la materia y la heterogénea clasificación aristotélica de las 
categorías ideológicas, y siguen entrometiendo a la Lógica en 


n 
y 


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un libro que debería sólo describir las cosas y dejar a los filóso- 
fos las especulaciones sobre la razón de ser de ellas. 


a) Gramáticas 


44. La producción de gramáticas se inició entre nosotros con los libros de 
ANTONIO J. VALDÉS y de FELIPE SENILLOSA, editados a raíz de la declaración de 
nuestra independencia; y éstos fueron los primeros textos escolares de la materia 
en la América castellana. En España misma, después de la iniciativa de Torio de 
la Riva en 1798 y 1802, la gramática no se hizo elemental sino en 1828, cuando 
apareció la de Joaquín Cabezas («Jacob Saqueniza»). Ninguna nota digna de 
mención contiene esta rama de nuestra producción sobre la lengua, única por su 
estupendo desarrollo; porque, para confirmar lo de «cada maestrito tiene su librito», 
ninguno de nuestros profesores de gramática se va de este mundo sin haber im- 
preso antes su texto, que presenta un nuevo ejemplar fósil de la especie. 


db) Vocabularios ortográficos 


45. En materia de vocabularios ortográficos ningún esfuerzo se ha hecho para. 
continuar la obra magnífica de SANTA OLALLA, en 1885 - 1887, sobre homónimos, 
parónimos e isónimos (Revista de Educación, La Plata, 1x, 3 y 175; Xu, 677) que 
debería reeditarse oficialmente en volumen, a fin de divulgarla entre los maestros, 
porque en su estado actual sólo es accesible en las más grandes bibliotecas públi- 
cas. La producción de esta especie, exceptuadas las obras de MARCOS SASTRE y 
VICTORIANO E. MONTES, no es sino maleza, de la que ofrecen una muestra los dos 
libros siguientes: 


46. JosÉ SUBIRANA: Diccionario castellano homónimo ortográfico, 1892, Bue- 
nos Aires, 236 p. en 16; nueva edición con el título de Ortografía castellana 
[1914] Barcelona, 214 p. en 16% — El autor expone los principios de la ortogra- 
fía y sus reglas, y agrega un vocabulario que se caracteriza externamente por su 
gran volumen, e internamente por un concepto extravagante de la homonimia: abri- 
guémonos y abrigué monos, atalaya y ata al aya, no ruego al noruego son muestras 
de ese exceso, que llena las tres cuartas partes del libro. Salta a la vista el artificio 
de tales homonimias, y choca ver aplicado así, en una obra seria, el recurso de la re 
composición silábica: chiste habitual de los deslenguados que se recrean en fabri- 
car equívocos groseros, cuando no indecentes, como los que forman los nombres 
de los ficticios personajes D. Benito, D. Federico, D. Felipe, D. Serapio, Da. Ci- 
riaca y Da. Lucila con sus indecibles apellidos. 


47. MANUEL ZEBALLOS: Glosario ortográfico de la lengua castellana, 1924, 
284 p. en 16% — Se trata de un vocabulario de homónimos y parónimos que, en 
cuanto a la homonimia, rivaliza en extravagancia con el de Subirana: su autor cree 
que puede haber confusión entre amen y amén, salvajes y salvajez, tirantes y tiran- 
tez, víscera y visera, etcétera. Este autor va para atrás en el camino recorrido por 
Montes y Santa Olalla. 


c) Contribución a la gramática 


48. En cuanto a los trabajos de contríbución a la gramática, en el período 
anterior alimentaba a esta producción la cuestión de la ortografía, cuestión que se 
resolvió en el último cuarto del siglo pasado con la adopción definitiva de las re 
glas de la Academia española, cuando la doctrina de la uniformidad, predicada 
por MARCOS SASTRE, acabó por prevalecer sobre la teoría de la simplificación, sos 
tenida por SARMIENTO; y en esa producción descuella la erudita Ortoyrafía foné- 
dica de CAYETANO Á. ALDREY. Ahora las publicaciones de esta especie no contienen 
sino una discusión de detalles entre gramáticos ortodoxos, y en medio de esa ma- 


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raña surge una sola planta valiosa: el estudio de MONNER SANS sobre El neologis- 
mo, que refuta el sentido estrecho desfavorable, de «barbarismo», asignado a ese 
término por los gramáticos puristas, y sostiene su amplia significación de «voz nue- 
va», demostrando además que no hay razón para repudiar in límine toda voz nueva, 
como no la hay tampoco para rechazar prima facie el arcaísmo. También son dig- 
nos de nota los siguientes escritos: 

49. Jos GABRIEL: Gramática ideológica, 1917 (Nosotros, febrero); Vivir no- 
es beber o la reforma de la ortografía, 1927 (Caras y Caretas, junio 18). — La pri- 
mera publicación es un opúsculo que trata una cuestión gramatical insoluble... 
¡adorables estas cuestiones insolubles, sin las cuales la humanidad intelectual se 
habría muerto de tedio insoportable hace ya largo rato!... La cuestión es ésta: si 
en las oraciones de verbo pronominal con término de carácter equívoco hay que 
considerar a este término como sujeto en voz pasiva o como complemento en voz ac- 
tiva, y en el último caso al pronombre se como sujeto impersonal. No está demás 
explicar que el carácter del término se hace equívoco porque el verbo pronominal 
puede tener, aparte del sentido reflexivo, tanto el activo como el pasivo. El crítico 
resuelve la cuestión en esta forma: la oración de marras es activa; el pronombre 
se es su sujeto singular, y el término es su complemento; por tanto, el verbo debe 
estar en singular como el sujeto, sea cual fuere el número del complemento. Reco- 
noce que esta solución tiene en su contra el uso, pero tal inconveniente no lo arre- 
dra; y no se ha detenido a considerar que en castellano repugna al pronombre sé 
la función de sujeto, como tampoco ha visto todavía, y esto es lo grave, que la Ló- 
gica es el peor de los recursos para explicar los hechos gramaticales. En la segunda 
publicación, el autor no está por la reforma extrema de la ortografía actual; ad- 
mite la conveniencia de simplificarla un poco, pero lo que desea ver ante todo es 
que se corrija la mala pronunciación del castellano; porque esto hará desaparecer 
muchas contradicciones entre ella y la ortografía, y «más cuerdo que eliminarlos 
sería enseñar a valerse con propiedad y elegancia de muchos elementos ortográ- 
ficos que no se usan o se usan malamente, y que constituyen la riqueza musical de 
nuestra lengua, el matiz agradable, la discreta gala». 


VI. TEXTOS LEXICOGRÁFICOS 


Esta producción comprende todo texto que presenta pre- 
ceptivamente el significado de voces, locuciones y frases hechas, 
así como las publicaciones que con tales textos se relacionan; y 
también toda obra de investigación etimológica o histórica sobre 
el significado de términos pertenecientes a las nomenclaturas 
especiales de la onomástica y de la toponimia. 


a) Diccionarios generales 


Nuestro país es el único, entre todos los de la América cas- 
tellana, que ha producido diccionarios de la lengua común. Allá 
por 1871, Rufino J. Cuervo, en colaboración con Venancio G. 
Manrique, otro escritor colombiano, intentó publicar en Bogotá 
un Diccionario americano de la lengua castellana; pero la obra 
no pasó de un prospecto, del que hay detalles en la Revista Ar- 
gentina, xi, 309, Nuestra producción de esta especie se limita a 
las dos obras siguientes, ambas del período anterior: 


50. Matías CALANDRELLI: Diccionario filológico-comparado de la lengua cas 
tellana, 1880 - 1916, doce tomos en 4"., en total 128 + 3792 páginas. — Esta obra 
se desarrolla alfabéticamente hasta la voz «nabateo», y ha quedado incompleta. Su 
característica es la etimología de cada palabra y la comparación de los elementos 


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castellanos con las raíces correspondientes en las demás lenguas europeas, y de cada 
voz castellana con las de origen común en las otras lenguas neolatinas. Su vocabu- 
lario es estrictamente el del diccionario de la Academia española, del cual el autor 
saca también sus definiciones, que corrobora con citas de clásicos españoles. De ahí 
la incongruencia de esta obra que, hecha en Buenos Aires y por un argentino de 
adopción, apadrinada por eméritos patriotas y favorecida con el subsidio oficial, 
<ontradice internamente el carácter americano que tales circunstancias debieron im- 
ponerle. He aquí una muestra de esta contradicción. La segunda acepción de fili- 
bustero es la siguiente: «el que trabaja por la separación de nuestras provincias ul 
4ramarinas»... ¿Cuáles son las provincias ultramarinas que poseemos los argenti- 
nosf... El autor, que no advirtió que cualquiera de los diccionarios no oficiales 
de su época: Salvá, Domínguez, Caballero, Chao o Fernández Cuesta, era preferi- 
ble al de la Academia por los americanismos que contenía, tampoco advirtió que 
en un diccionario español las definiciones son por fuerza españolas, y que el lexi- 
<ógrafo americano debe hacer constar esto, en todo caso de discrepancia, para no 
hacer papel de autómata. 


51. ENRIQUE ORTEGA: Diccionario de la lengua castellana, 1895, 702 p. en 16% 
— Declara el autor que su obra tiene por base el Diccionario popular de la lengua 
castellana (tal vez el de Picatoste, por el tipo manual) y además el de la Academia 
«española y el vocabulario de Granada; y que en él se incluyen muchas voces nue- 
vas y de uso corriente en la América castellana. Es cierto que la iniciativa de in- 
«corporar el americanismo al diccionario general de la lengua corresponde a Salvá; 
pero Ortega llevó más lejos esta innovación admitiendo argentinismos del lenguaje 
familiar, como atorrante, farra, titeo y otros términos pintorescos, todos tan casti- 
zos y necesarios como difundidos y arraigados, y sobre todo insustituíbles por su 
<omprensión específica. Treinta años han pasado ya desde que apareció este diccio- 
nario general, y el esfuerzo no se ha repetido. Los lexicógrafos argentinos no se han 
puesto todavía a la obra de compilar el Diccionario americano de la lengua cas- 
tellana; no es la alta empresa lo que los mueve sino la vanidad aldeana, y ahí están 
todos entregados a la tarea pueril de atrapar particularidades, o a la ocupación 
Subalterna de proponer ampliaciones y enmiendas en una obra extranjera: el dic- 
«cionario español de la Academia. 


b) Contribución al diccionario general 


52. Esta producción tiene por objeto ora completar ora corregir en sus deta- 
"lles el diccionario de la lengua. En la tarea de completar se ha distinguido MONNER 
¿SANS, quien desde 1896, con sus Minucias lexricográficas, ha estado proponiendo 
a la Academia española la admisión de argentinismos; y en la de corregir han 
«desplegado su rutina los siguientes escritores: 


53. AMÉRICO CASTRO: El nuevo diccionario de la lengua española, 1925 (La 
Nación, noviembre 22, diciembre 6, 13 y 20). — Este escritor se propone demostrar 
la incompetencia de la Academia española en la obra de su diccionario, mediante la 
«exhibición de las incorrecciones e insuficiencias que contiene la última edición del 
mismo. El detalle de esta obra es lo único que interesa al crítico, que no se cuida 
.absolutamente de los vicios orgánicos de ella: la hipertrofia del vocabulario, la tau- 
tología de las acepciones y la vaciedad o el dogmatismo de las definiciones. Des- 
«cartada la paja de esta crítica — esto es, las variaciones sobre el tema de la refe- 
rida incompetencia académica, y las generalidades sobre las condiciones que, en 
cuanto a formas siempre, debe reunir un diccionario —el grano consiste en una 
«enumeración de etimologías que se corrigen, de definiciones que se reforman y de 
«contradicciones ortográficas que se denuncian. El crítico empieza declarando que: 
4Quería dar sobre este libro un juicio justo y ponderado, a fin de que mis pala- 
bras, dichas sin ánimo de enojar a nadie»... y para calificar los que considera 
«errores de la Academia recurre a este vocabulario agresivo: «disparates», «dislates», 
«absurdos» y «desatinos», «necedad», «bobada» y «tontería»; habla de los «filo- 
lógicamente indoctos que han ido a la corporación llevados por los azares de ls 


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política conservadora o del nepotismo»; e intenta ridiculizar al Secretario Perpetuo 
no por errores de fondo en su obra literaria sino por dos palabritas que hay en 
ella. Luego, antes de iniciar su tarea de corrección de faltas ajenas, hace esta falsa. 
atribución: «la ortografía introducida en Chile por Andrés Bello»; y después de re- 
prochar a la Academia el viso enciclopédico de sus definiciones de cosa, y no de 
palabra, el crítico define a su vez... ¿cómof... describiendo a lo naturalista el 
albumen y el albur, y detallando cinco acepciones de alcachofa que resultan ser 
cinco cosas, lexicográficamente representadas por una sola: el artificio de mate- 
rial diverso que reproduce la forma de ese fruto y que tiene numerosas aplicacio- 
nes; y mientras acusa a la Academia de «engolamiento, pedantería y misterio» en 
su estilo, no vacila en decir que «ir a misa» es «un esfuerzo litúrgico» y escribe 
esto: «el pedúnculo y las brácteas del involucro son comestibles antes de que éste 
llegue a floración»... Todo lo cual se resume filosóficamente en que no es dado 
a un español corregir defectos españoles; y de ahí que esta crítica resulte ser en 
substancia nada más que una paráfrasis de lo que dijo la sartén a la olla. 


54. JUAN B. SELVA: Crecimiento del habla, 1925, 240 p. en 16%. — Este creci- 
miento del habla se especifica en la obra como el desarrollo del neologismo y la su- 
pervivencia del arcaísmo en América, y un criterio de recolección a bulto, prin- 
cipalmente en el campo del vulgarismo, es el que ha regido la compilación del mate- 
rial, representado por 6000 voces y 2000 acepciones no incluídas en el léxico aca- 
démico. Hay en este libro, dos capítulos, uno de «semántica argentina» y otro de 
«modismos argentinos», de cuyo contenido resulta que se llama «argentinas» a par- 
ticularidades del castellano observadas en nuestro país, aunque se reconoce que no 
son originarias ni privativas de él; el autor está, pues, a un paso de llamar argen- 
tino al castellano porque se habla en la Argentina, aunque se hable también en otras 
partes. 


55. RAMÓN C. CARRIEGOS: Idioma nacional, 1927 (Revista de Instrucción Pri 
maria, La Plata, abril 16 y mayo 1%). — Este escritor define el significado de va- 
rios adverbios de lugar, sin investigación ideológica, simplemente según el método 
empírico tradicional, que lleva a la tautología: adelante — más allá. Y declara que 
destina tal trabajo a una gramática que prepara... ¿Qué tendrá que ver la Gra- 
mática, que explica los caracteres, con el Diccionario, que expone las significacio- 
nesi La Gramática ha establecido un sistema propio de denominaciones para divi- 
dir sus «partes de la oración» en categorías y subdividirlas en clases, y del sig- 
nificado de las palabras no toma sino la característica que corresponde a tales de- 
nominaciones; le basta ver que adelante significa «lugar», y no le interesa saber qué 
lugar es el que indica. En cambio, al Diccionario le interesa esto último, y la apre- 
ciación gramatical no le importa... Naturalmente, se puede probar todo lo con- 
trario de lo que acabo de afirmar aduciendo las gramáticas y los diccionarios exis- 
tentes... Muy bien; pero no olvidemos que, con el mismo argumento del error in- 
veterado, se pudo probar respectivamente a Copérnico, a Galileo y a Colón, que la 
Tierra constituía el centro del universo, y estaba inmóvil, y no era redonda. 


c) Lexicoyrafía especial 


56. En esta sección son dignos de mención favorable, aparte del diccionario 
naval de Luis D. CaBRaL, y de las nomenclaturas de peces y de aves por EDUARDO 
L. HOLMBERA, que pertenecen al período anterior, el esbozo de vocabulario tecno- 
lógico de SANTIAGO E. BARABINO, el vocabulario psicológico de FRANCISCA RODRÍ- 
GUEZ y la nomenclatura de capas de caballo por DÉsIRÉ BERNIER (Anales de la So- 
ciedad Científica Argentina, LXXXI, 350) que, dicho sea de paso, DANIEL GRANADA 
no ha tenido en cuenta al preparar la suya (Boletín de la Real Academia Española, 
vir, 628; vin, 58 y 187). Merece nota especial el siguiente glosario: 


57. DIRECCIÓN DE AERONÁUTICA NAVAL: Focabulario aeronáutico, 1928, 26 
p. en 8%. — Contiene 604 artículos que definen la significación de las voces y lo- 
cuciones de uso corriente en la tecnología aeronáutica. Es de lamentar que en este 


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vocabulario no aparezcan debidamente castellanizados los términos brevet, canard, 
looping, plafond, sandows, tandem y vrille, cuya grafía exótica no representa su fo- 
nótica real en nuestra lengua, por cuanto pronunciamos brevete, canar, lupin, pla- 
fón, sandos, tanden y brille. 


d) Nomencladores 


58. Entre las compilaciones onomásticas y toponímicas resaltan por su mérito 
la obra de ADRIÁN BECCAR VARELA y ENRIQUE UDAONDO, y la de HOLMBERG en 
el apéndice de Lin-Calel; y hay que dedicar nota especial a las siguientes: 


59. DOMINGO MILANESIO: Etimología araucana, 1915, 66 p. en 16%.; segunda 
edición, 1918, 98 p. en 16%. — Este opúsculo es un vocabulario que explica desati- 
nadamente el significado de cierto número de voces araucanas, topónimas casi to- 
«das; y este disparatorio ha contado, para su impresión, con el auxilio oficial. He 
ahí algo, el auxilio oficial indebido, que, a fuerza de prodigarse en el campo de 
nuestra producción bibliográfica, va a acabar por caracterizar como ínfimo el nivel 
de nuestra cultura. Los que deciden la inversión de fondos públicos en tales pro- 
ducciones, ya sean libros, folletos o artículos de revista, deben advertir que con el 
siglo xix ha pasado, para no volver jamás, el período de nuestra iniciación cultu- 
ral, en el que era forzoso alentar todo esfuerzo, por vano o trivial que fuera; ahora 
el intelecto argentino está obligado a superar ese esfuerzo porque repetirlo es de- 
mostrar ineptitud. Alentado el autor por tal apoyo, tres años más tarde hizo una 
segunda edición ampliada de sus desatinos, con una portada bombástica farandu- 
lera y con su retrato después de ella. El araucano es para este araucanista de car- 
naval la lengua madre que explica toda la nomenclatura geográfica pampeana y bo- 
naerense. Ya en la primera edición nos había curado de espanto diciendo que chan- 
cho es una voz araucana que significa puerco, y que Chacabuco es araucano, y 
Villaguay araucano, y que el compuesto galés Trelew («pueblo de Luis» por su 
fundador Lewis Jones) es también araucano; de modo que no sorprende mucho 
ver, en la segunda edición, que el araucano llega hasta explicar los apellidos espa- 
ñoles, portugueses, italianos, franceses e ingleses, y Linares es «pajas ratoneras», 
Leiva es «río o arroyo», Gnecco es «Dios del agua», Trongé es «lugar donde hay 
juntas», Ranelagh es «bajar al lugar de las apuestas»... 


60. FéLIx SaN MARTÍN: Toponimia araucana del Neuquen, 1919 (capítulo de 
Neuquen, 210 p. en 8%.) — Da el significado etimológico de 118 denominaciones 
geográficas indígenas y relata hechos históricos relacionados con esas localidades. 
El autor profesa el debido respeto a sus antecesores en este campo etimológico, y 
por tanto, al construir sobre esa base, realiza un progreso. Dos defectos de poca 
monta se advierten en su obra: la ordenación geográfica de los artículos, que no 
tiene las ventajas de la alfabética, propia de toda compilación lexicográfica, y el ca- 
pricho de varias grafías, como muluche, picuche y huiliche, que están en desacuerdo 
<on las ortodoxas y cuya heterodoxia el autor no explica. 


61. PABLO GROEBER: Toponimia araucana, 1926, 196 p. en 8%. — Este libro 
es un vocabulario de 281 artículos que llena los requisitos de la obra científica, 
en su plan y en su método. Su tema es la investigación etimológica de los nom: 
bres indígenas aplicados a la topografía del Neuquén y de la parte sur de Men: 
doza. El autor toma por base la dicción local y establece su grafía fonética me- 
diante signos convencionales cuyos valores explica. Llama a esto «transcripción», y 
lo que falta precisamente en su libro es la castellanización de esas grafías de tipo 
alemán; la n subpuntuada, la e invertida, la o y la u diacríticas son recursos gráfi- 
cos y no letras castellanas, y en la transcripción — que se distingue de la transli- 
teración en que es una adaptación fonética y no una versión gráfica — hay que 
prescindir de todo signo que no sea propio de la lengua en que la adaptación se 
hace: naturalmente, ésta resulta imperfecta, pero la deficiencia se salva, en la obra 
erudita, agregando entre paréntesis a la grafía aproximada, que es la transcrip- 
ción, la grafía exacta, hecha con los signos convencionales del caso. Habrá que co- 
rregir esto en otra edición del libro, y también habrá que suprimir entonces el ex- 


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<eso de dividir en sus elementos, y de presentar con mayúsculas y entre comillas — 
<omo cosas extrañas a la lengua — palabras que están de antiguo castellanizadas, 
<omo puelche, mapuche, pehuenche, picunche, huilliche y tehuelche. Para la inter- 
pretación de los topónimos araucanos, este etimólogo se atiene principalmente a la 
información oral, que confirma, completa o suple con la lexicográfica de Havestadt, 
Febrés, Barbará, Lenz, Schwarz («Augusta») y San Martín, y con la de los ex- 
ploradores Falkner, Cox, Olascoaga, Mansilla, Moreno y Albarracín; pero nada cita 
de Zeballos en su Descripción amena, como si ésta no fuera una voz que hay que 
oir también en tal materia, para aprobar o desaprobar sus informaciones. Caracte- 
riza a las interpretaciones el escrúpulo del intérprete, que en cada artículo ofrece 
el cuadro de los elementos entre los cuales ha hecho su elección, lo que importa dar 
la razón de ella. En la región antedicha aparecen topónimos quichuas y aimarás, 
que el investigador interpreta igualmente, apoyando sus soluciones en Middendorf y 
en Bertonio, y también en Juan Durand, etimólogo boliviano a quien reconoce com- 
petencia. Pueden tolerarse al autor ciertos rasgos germánicos en la sintaxis y en 
la tipografía; pero en un libro castellano es una incongruencia usar grafías ale- 
manas, como Kechua por quichua, y la inicial W para indicar el rumbo oeste; y 
también choca en él la profusión, igualmente germana, de la mayúscula aplicada a 
nombres comunes. Me alegro de que mis reparos a este libro se reduzcan a formas 
de escritura; en cuanto al fondo, repito que es fruto de ciencia y de conciencia, 
una obra recomendable por su plan y por su método. 


e) Investigación toponímica y onomástica 


62. En la producción de esta especie sólo aparecen dos trabajos de mérito: la 
monografía de GROUSSAC sobre varios nombres geográficos de la Patagonia (Anales 
de la Biblioteca, VIM, 387) y el estudio de ROMUALDO ARDISBONE sobre los diver- 
sos géneros de investigación que requiere la exposición científica de la toponimia 
argentina. También hay que mencionar aquí los siguientes trabajos, que se distin: 
guen no ya por sus méritos sino por sus defectos. 


63. MARTINIANO LEGUIZAMÓN: La selva de Montiel, 1903, (Revista de Dere- 
cho, Historia y Letras, XVII, 24); dos capítulos de Hombres y cosas que pasaron, 
1926: A través de un apellido y Toponimia araucana. — El primer artículo esta- 
blece el origen histórico del nombre geográfico de «Montiel». Un capítulo del citado 
libro, A través de un apellido, expone la etimología vascuence de «Leguizamón» y 
las diversas representaciones históricas de este apellido. El otro capítulo, Toponimia 
araucana, presenta etimologías indígenas conjeturales, atribuyendo las diferencias 
entre el topónimo y su presunta equivalencia a alteraciones fonéticas que no deta- 
la ni documenta... Escamotear la dificultad no es resolverla.... En el curso de 
este capítulo se dice que la obra de Febrés sobre el araucano aventaja a la de Ha- 
vestadt «por ser española su versión, mientras la de Havestadt es latina»... No se 
puede impedir que este escritor vea así la cosa; limitémonos a recordar que la am- 
plitud del horizonte depende del punto de vista, y en toda clase de perspectiva el 
alcance de la observación da la medida de la altura o estatura del observador. 


64. JuLrio BARREBA ORO: Verdadera clasificación de las lenguas aborígenes de 
la República Argentina, [Mendoza, 1926] 78 p. en 16%. — Sin conocer ni los ru- 
dimentos de la Lingiiística, este escritor acomete la empresa de demostrar que las 
lenguas indígenas de América «pertonecen al grupo de las lenguas llamadas mon- 
gólicas», y considera lenguas mongólicas al chino... y al japonés... y al tár- 
taro... La demostración de su teoría, a la que llama «descubrimiento», consiste 
en el recurso pueril de aparear dicciones comunes a las lenguas comparadas para 
deducir de su analogía su parentesco. Como consecuencia natural del plan de esta 
obra, las etimologías indígenas que ofrece son acomodaticias; por ejemplo, Arauca- 
nia se descompone del siguiente modo: ar, raíz mongólica que expresa la existen- 
cia, «ser»; nacai, voz nipona cuya significación es la de «joven, rebelde, monta 
raz»; nia, desinencia castellana (p. 20)... «Macaneo corrido» llamamos a la obra 
de esta especie los argentinos. 


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f) Vocabularios regionales 


El criterio generalmente adverso al castellano de América. 
con que se hacían en Europa, es decir, en Madrid y en París, 
los diccionarios de nuestra lengua, y que llevaba a no inventa- 
riar en ellos sino el lenguaje de los clásicos y de los clasicistas, 
originó en la América castellana la publicación de vocabularios 
regionales destinados a completar o a corregir esos diccionarios. 
Con la única excepción de la obra del dominicano Esteban 
Pichardo, el Diccionario de provincialismos de la isla de Cuba, 
Habana, 1836, la producción de este género se inició en la Ar- 
gentina con el vocabulario de Manuel R. Trelles, compilado 
en 1853; y es curioso observar que, por reacción natural, figu- 
ran en tales textos, como valiosos recursos de la lengua, voca- 
blos que forman el caudal priricipal “en las listas de barbaris- 
mos compiladas por los críticos ortodoxos del lenguaje. 


65. A la obra inicial de MANUEL R. TRELLES, Academia Argentina, JUAN M. 
GUTIÉRREZ, BENIGNO T. MARTÍNEZ, GRANADA, ENRIQUE TAGLE J., LAFONE QUE- 
VEDO y FORTUNATO A. PERALTA J., se han agregado en el período actual las 
siguientes: 


66. Ciro BAYo: Vocabulario criolo-español sud-americano, 1910, Madrid, 256: 
p. en 8% — La primera publicación de esta obra se hizo en la Revue Hispanique, 
París, 1906, x1v. Es una compilación de americanismos usados en la Argentina y 
en Bolivia, que, según el autor, «debieran tomar carta de naturaleza en España». 
Predominan los indigenismos que denominan seres y objetos de la tierra, y están en 
segundo término los regionalismos de dicción y de acepción. 


67. ToBfas GARZÓN: Diccionario argentino, 1910, Barcelona, 536 p. en 8% — 
Compilación de vocablos usuales en la Argentina, y a veces también en otros paí- 
ses de habla castellana, que no están en la 13% edición del léxico académico o que: 
figuran en ella con otro significado. Se trata casi exclusivamente de barbarismos 
que el compilador prefiere presentar, según confiesa, como efecto de «la ley inelu- 
dible y universal de la evolución de la lengua», a fin de dar a la Argentina «un 
diccionario propio». Al efecto ha buscado sus materiales en la jerga periodística, la 
monserga oficial y el guirigay arrabalero, y ha agregado a este acervo uno que: 
otro término específico de la fauna y de la flora; corroborándolo todo con citas. 
de presuntas autoridades, entre las cuales no ha vacilado en incluir la propia 
(pp. 104, 127 y 185). 


68. MIGUEL TOLEDANO (con el seudónimo «Diego Díaz Salazar»:) Vocabula- 
río argentino, 1911, 62 p. en 32%.; (con el anagrama «Manuel Gil de Oto»:) apén- 
dice de La Argentina que yo he visto, [1914] Barcelona, 10 p. en 16%. — En el 
Vocabulario el autor declara haber eliminado de su compilación todo lo que es. 
del castellano común, como expresión castiza o exótica, y que ha incluído en ella, 
aparte de los vocablos castellanos cuyo sentido ha cambiado notablemente en nues- 
tro medio, las palabras o frases lunfardas que usan a veces las personas cultas, 
excluyendo las demás, y también las voces usadas solamente entre los más rústicos. 
El apéndice de La Argentina es un glosario de varias voces y locuciones propias. 
del lenguaje familiar y del orillero, comentadas algunas, en cuanto al carácter so- 
cial del concepto, con la acritud biliosa que desarrolla en los aviesos el desengaño 
sufrido, y con la lengua soez de quien ya no tiene nada que perder. 


69. LISANDRO SEGOVIA: Diccionario de argentinismos, neologismos y barbaris- 
mos. 1911, 1096 p. en 8% — Compilación inorgánica de voces, locuciones y frases 
no incluídas en la 13% edición del léxico académico, clasificadas arbitrariamente, 


o 


ora por su localización ora por su significado ora por su estructura, en los doce- 
vocabularios que componen este indisciplinado y farragoso cuerpo colecticio. 


70. FÉLix F. AVELLANEDA: Palabras y modismos usuales en Catamarca, 
[1911] 116 p. en 8% (apéndice de la 3a. edición del Tesoro de catamarqueñismos: 
de Lafone Quevedo, 1927). — Compilación destinada a completar el vocabulario de: 
Lafone Quevedo con voces recogidas personalmente por el autor en la parte cen- 
tral y oriental de Catamarca, y entre las cuales se indican muchos barbarismos. 
Esta compilación no tiene en cuenta las hablas regionales de España y del resto: 
de la América castellana, y por tanto adolece del mismo vicio orgánico que ca- 
racteriza a todos los vocabularios de americanismos. Además, por el carácter em-- 
pírico de sus artículos, que tienden a la descripción y no a la definición, esta obra 
es más bien folklórica que lexicográfica. 


71. ENRIQUE MOLINA NADAL: Vocabulario argentino español y español ar- 
gentino, 1912, Madrid, 66 p. en 16%. — El prólogo de este opúsculo, escrito en es- 
tilo pedestre y lenguaje antigramatical, revela, en cuanto al fondo, la incultura deJ' 
sutor y su ignorancia crasa. Más adelante, los materiales del vocabulario resultan 
ser exclusivamente orilleros y lunfardos; y en la elección de vocablos soeces y en 


los detalles lexicográficos vuelven a manifestarse la incultura del autor y su igno- 
rancia crasa. 


72. WÁSHINGTON P. BERMÚDEZ y SERGIO W. BERMÚDEZ: Lenguaje del Río de: 
la Plata, 1916, 212 p. en 8%.— Se trata de un vocabulario alfabético de voces, 
modismos y refranes corrientes en la Argentina, en el Uruguay y en el Paraguay, 
que sólo llegó al artículo «acomodar», en cuyo punto ha quedado inconcluso afor- 
tunadamente. Esta obra era populachera, servil, pedantesca y absurda: tenía por: 
base las lucubraciones de los cronistas de diario y de los escritores plebeyos, se pro- 
ponía ampliar el léxico académico, proclamaba una vez al menos en cada página su 
superioridad frente a ese diccionario, y en lugar de definir sintéticamente la pala- 
bra enumeraba analíticamente sus aplicaciones. 


73. FLORENCIO GARRIGÓS: El idioma castellano en la Argentina, 1923 - 1928 
(en Caras y Caretas). — Obra en curso de publicación, una publicación en extremo- 
fragmentaria e irregular, que se desarrolla durante años en decenas de volúmenes. 
sin paginación, y que se extravía en la maraña del más vasto y variado material 
informativo, artístico y literario. Los neologismos que este lexicógrafo expone están 
documentados con citas de escritores argentinos; pero ¿acaso todo escritor argen- 
tino puede ser presentado como modelo de corrección en el lenguaje? ¿y es el dic- 
cionario de la lengua un inventario sin discernimiento, o una selección discreta 1 He 
ahí dos cuestiones previas que este lexicógrafo ha debido estudiar y resolver a fin 
de no repetir los traspiés de sus antecesores; pero ha preferido ignorarlas para. 
realizar libremente su propósito de presentar una compilación a bulto, en la que el 
criterio de cantidad excluye al de calidad, y en la que aparece como justificado. 


por el uso lo que no es una necesidad de la lengua sino una arbitrariedad del es- 
eritor. 


g) Contribución al vocabulario regional 


El propósito de presentar a todo trance una característica 
de nuestro castellano, aunque fuera inculta, ha llevado a este 
campo de actividad, el de rebusca del detalle, a buen número 
de exploradores superficiales, y de eríticos bien intencionados 
y mal orientados; entre unos y otros hay que citar especial- 
mente, en el período actual, a los siguientes : 

74. RAMÓN C. CARRIEGOS: El idioma argentino, 1904, 148 p. en 16%; Minu 
cias gramaticales, 1910, Tandil, 264 p. en 16%; Apostillas lexicográficas, 1913-1914 


(El Lenguaje, Madrid, 11, 18; 111, 59). —El capítulo final del primer libro ex- 
plica el significado de buen número de palabras y frases que el autor considera 


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«argentinismosx. El segundo libro contiene en su segunda parte un vocabulario de 
criollismos documentados con citas que, según se declara (p. 151) «demuestran 
«que los escritores nacionales y extranjeros nacionalizados no desdeñan el uso de los 
vocablos que no son castellanos». En los artículos de El Lenguaje, el autor presenta 
antecedentes clásicos peninsulares de varios presuntos argentinismos, y critica algu- 
nas impropiedades corrientes en nuestro castellano. Este escritor no ha podido en- 
«arar nunca las particularidades de la lengua con un criterio definido: ora trata 
de demostrar que tenemos un idioma propio, ora nos hace ver que hablamos cas- 
tizamente... y de este modo nos predica a la vez la licencia y la observancia... 


El barco sin brújula no va a ninguna parte; está a merced de las olas y del 
viento. 


75. MANUEL CasTRO LÓPEZ: Vocablos gallegos en el Plata, 1906, en Almana- 
que gallego para 1907, p. 71. — El autor advierte que en el diccionario gallego de 
Valladares figuran 18 vocablos del castellano del Plata que Granada, en su Vocabu- 
dario, declara de origen portugués o indígena; y presenta sus significados, no siem- 
pre concordes en ambas hablas. Los vocablos son éstos: bosta, cacho, cancela, ca- 
rozo, ceibo, choya, desmochado, fariña, invernada, nana, paisano, pataca, pucha, 
pucho, salcochar, varal, viña, zafado. Pero no intenta sugerir que estas voces hayan 
sido introducidas en nuestro castellano por la inmigración gallega. 


76. MIGUEL DE TORO Y ('I8BERT: El castellano de América [1910] capítulo de 
Apuntaciones lexicográficas, París; El idioma nacional de los argentinos [1921] 
capítulo de Americanismos, París, p. 9; dos capítulos sobre diccionarios argentinos 
en Los nuevos derroteros del idioma, 1918, París, pp. 320 y 331; El idioma de 
«un argentino, 1923, Madrid, 46 p. en 8% — En el primer libro se inserta una 
lista de 86 argentinismos suministrada al autor por Juan B. Selva. En la segunda 
publicación, el autor demuestra, con las correspondientes citas justificativas, que 
las alteraciones en que se funda el presunto idioma nacional de los argentinos, se- 
gún lo presenta Abeille, «se encuentran igualmente en el idioma nacional de los 
españoles, en el de los chilenos, de los colombianos, de los peruanos, de los vene- 
zolanos, de los centroamericanos, de los mejicanos... y hasta de los franceses». 
En el tercer estudio entresaca de los diccionarios de Garzón y de Segovia un nú- 
mero de argentinismos para presentarlos como voces corrientes en España, a fin 
de probar que ambas obras revelan en sus autores un conocimiento insuficiente del 
castellano que se habla y escribe en la Península. En el cuarto escrito clasifica 
y comenta palabra por palabra el vocabulario especial de La guerra gaucha de Lu- 
gones, con el resultado de que encuentra en él, aparte de buen número de arcaís- 
mos, no menos de 1700 voces no incluídas en el léxico académico, y que «no son 
palabras inventadas a capricho: fuera de contados neologismos personales son pa- 
labras que se usan, que forman parte del vocabulario argentino actual, y en mu- 
chos casos del vocabulario español». El crítico considera impropios o innecesarios 
algunos de estos neologismos, censura francamente determinados barbarismos y cier- 
tas grafías caprichosas, y termina con esta declaración inevitable: «Es La guerra 
gaucha un libro hecho de intento para presentar todas las variedades que abarca 
hoy el argentinismo». Luego hermana este esfuerzo de renovación de la lengua, 
«que se observa en toda América y en España, con el que realizó el gongorismo en 
su época. 


77. ROBERTO LEHMANN-NITSCHE: apéndice de Adivinanzas rioplatenses, 1911. 
— Este apéndice es un índice de 80 palabras citadas en el texto, casi todas regio- 
nales, de las que se explica el origen y el significado en sendas notas al pie de la 
página correspondiente. Entre estas notas se lee la siguiente (p. 210): «Samborom- 
bón: voz indígena, de idioma desconocido»... Asegurar que una cosa forma parte 
de otra, cuyas partes se ignoran, es contradictorio; pero es también filosófico: 
muestra el eterno conflicto de la superstición con la razón, que se manifiesta tam- 
bién en el conocido chascarrillo: «Desime la berdá, Balentín, ¿bos crés en laj áni- 
mas! — ¿Yo? ¡qu'esperansal ¡qu'é de crerl ¡no faltaría más! ¡pues nol... pero 
«que hay ánimas es siguro». 


78. Euseñio R. CASTEX: Cantos populares (apuntes lexicográficos), 1923, 160 
p. en 16%; Tópicos lericográficos, 1927, 80 p. en 16%.; Enmiendas a un dicciona- 


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rio de americanismos, 1925-1926 (veintidós artículos en La Raza). — En la pri: 
mera parte de su primer libro el autor demuestra, con documentación suficiente, 
que el criollismo de nuestros cantos populares, gauchescos o de tierra adentro, no 
es sino «rancio hispanismo». En la segunda parte prueba, con el mismo recurso 
de la cita literaria clásica, que cierto número de argentinismos tienen su origen 
en España unos y en Portugal otros, y formula esta tesis: «Esos pretendidos dic- 
cionarios de argentinismos y demás ismos no son más que listas de voces omitidas 
por la Academia; pero de ahí a que sean americanismos hay gran distancia. Descon- 
temos también los barbarismos, la chabacanería, la vulgaridad, y veremos a qué 
quedan reducidos los argentinismos, sin contar, por supuesto, los lunfardismos, que, 
los que no son italianismos, son del caló español»... Todo este detalle es cierto, 
0 poco menos; pero, en cuanto a lo fundamental, el autor no advierte que las vo- 
ces castellanas cuyo uso común se ha perdido en España y se ha conservado en 
América son americanismos. En sus dos últimas obras el autor prosigue su tarea 
de descalificar presuntos americanismos, documentando siempre sus afirmaciones. 


79. PEDRO GRENÓN: Relaciones documentales, 1924-1926 (Boletín del Instt- 
tuto de Investigaciones Históricas, 11, 108, 170, 249; 111, 48); Propiedad y antí- 
yúedad de nuestra nomenclatura pecuaria, 1925, Córdoba, 32 p. en 8%; Un estudio 
filológico, 1926 (Humanidades, La Plata, x11). — El primer trabajo es un catá: 
logo de voces familiares y campestres, y de vulgarismos prosódicos, que, a juicio 
del compilador, se consideran erróneamente como formaciones gauchescas, y que en 
realidad existen desde la época colonial, según consta en manuscritos de los siglos 
XVI, XVII y XVIIM, que ha examinado en el Archivo de los Tribunales de la ciudad 
de Córdoba. El segundo trabajo es una enumeración de términos campestres, es- 
pecialmente ganaderos, que constan en documentos también de la época colonial. E) 
tercer trabajo es el extracto lexicográfico de un documento de la última década del 
siglo xv1r archivado en el Obispado de la ciudad mencionada. 


80. AMÉRICO CASTRO: El nuevo diccionario de la lengua española, 1925 (La 
Nación, diciembre 20); Un libro alemán sobre argentinismos, 1927 (La Nación, 
noviembre 6). — La última parte del primer artículo presenta algunos argentinis- 
mos como expresiones del castellano clásico, con las correspondientes citas litera- 
rias; y en el segundo se declara que algunos de los argentinismos catalogados en 
el libro de Grossmann son voces comunes a España o a otras regiones de Amé- 
rica. — Bueno será advertir que, en esta cuestión como en tantas otras, el punto 
de vista hispano no será nunca el americano: en América el regionalismo se de- 
fine por el lugar de uso y no por el de origen. De modo que un vocablo castellano 
cuyo uso general se perdió en España y se conserva en América es un indiscutible 
americanismo, porque es en el castellano común de América donde se encuentra y no 
en el de España; así como es un hispanismo el vocablo castellano que no se usa 
en América, pero sí en España. Al definir estas posiciones no pretendo imponer a 
los españoles el criterio americano... tan absurdo sería esto como la recíproca... 
lo que quiero es abrir los ojos a los argentinos para que no sigan hablando por 
boca de extranjeros, al tratar estas cuestiones. 


81. RAÚL MoGLra: ¿Alguna vez la Academia tiene razón? 1926 (Nosotros, 
marzo); Observaciones sobre el lenguaje de Buenos Aires, 1927 (Nosotros, 
mayo). — En el primer escrito el autor afirma que la voz macanero es corriente en 
cierta región de Córdoba entre la gente del pueblo, por lo que se justifica la in- 
-«clusión de ese artículo en el léxico académico... Conque la gente del pueblo, y 
una región de Córdoba... ¿Y quién ha dicho que la gente del pueblo está en rela- 
ción directa con el Diccionario? ¿y qué tiene de argentinismo un localismo tan cir- 
eunscripto que ni siquiera llega a ser cordobesismo?... La segunda publicación es 
un trabajo analítico superficial, es decir, sin vistas a la exposición de la teoría que 
el hecho observado encarna, o a la composición del todo cuya parte se muestra; de 
ahí la falta de clasificación del material examinado, en cuyo despliegue se mez- 
clan los fenómenos fonéticos con los morfológicos y los léxicos. Este es un defecto 
ergánico, al que se agrega otro estructural: la cita bibliográfica numerosa, s0 pre- 
texto de documentación. El trabajo empírico y fragmentario, y la mutua exhibi- 
ción del esfuerzo ficherista de sus afiliados, son los vicios característicos de la 


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escuela cientificista, germanista y sectaria que el autor ha tomado por brújula. 
para sus exploraciones lingiiísticas en el mar del castellano; el tiempo se encargará 
de hacerle ver que esa brújula tiene su campo magnético fuera del círculo de los in- 
tereses culturales de América; y le hará ver también la diferencia que hay entre: 
adoptar servilmente los métodos europeos, o tomar de ellos lo que responda a nues- 
tra idiosincrasia de estudiosos, que no debe ser la de repetidores mecánicos sino la. 
de asimiladores y creadores autónomos. 


82. SANTIAGO M. LUGONES: Contribución al estudio del castellano en la Ar 
gentina, 1927 (Nosotros, enero y junio). — Se establece el significado de un nú- 
mero de voces no documentadas, y se declara que tal compilación tiene por objeto 
ampliar o corregir los léxicos que registran vocablos o modismos del lenguaje fami- 
liar y vulgar en la Argentina. Con esto el compilador demuestra su falta de prin- 
cipios como Jexicógrafo, por cuanto confunde el habla popular con la lengua de los: 
escritores, que es la que catalogan los léxicos; lo que es como confundir la gramá- 
tica parda de los analfabetos con la gramática normal de los cultos. Muy dignas 
de estudio son las formas vulgares de toda lengua; pero este estudio debe hacerse: 
con fines analíticos, muy distintos de los fines didácticos que persiguen la gramá- 
tica y el léxico. Proceder de otro modo es atentar contra la cultura, es llevar ar 
jardín yuyos. Hay que definirse como herbolario o como jardinero; mientras el 
compilador no se decida por una u otra ocupación, hará una obra que no será. 
aprovechable para el jardín del lexicógrafo por falta de documentación literaria, 
ni para el herbario del lingiiista por falta de caracterización científica. 


83. VICENTE Rossi: Rectificaciones y ampliaciones, 1927 [Córdoba] 24 p.. 
en 8%; Más rectificaciones y ampliaciones, 1927 [Córdoba] 32 p. en 8% — Comen- 
tario crítico de notas lexicográficas de varios autores, al que quita todo valor la 
falsa posición de este lexicógrafo, empeñado en prescindir sistemáticamente del 
castellano para explicar la formación de nuestros regionalismos. 


84. Completa esta lista el capítulo de Notas lexicográficas que contiene el Bole- 
tín del Instituto de Filología, 1, 1926, en el que analizan voces y locuciones de 
nuestro castellano ANGEL J. BATTISTESSA, ANA JULIA DARNET, EMILIA GONZÁLEZ, 
SANTIAGO M. LUGONES, CLARA E. MALAMUD y JUAN SERBUDO BASALDÚA. Ninguno 
de estos investigadores define su posición lexicográfica, y a todos mueve el mismo 
impulso infantil: ampliar el léxico con materiales rebuscados. En cuanto a las 
condiciones externas de sus trabajos, éstos hacen pensar, por su falta de indivi- 
dualidad y por la trivialidad de su desarrollo, en ejercicios escolares mecánicos. 


h) Glosarios gauchescos 


El gauchesco es la representación literaria de la rama rús- 
tica del castellano vulgar en el Plata, esto es, del habla de los 
gauchos, nuestros campesinos de origen peninsular desde fines 
del siglo xvi hasta fines del siglo xtx. 


85. A las compilaciones y notas de FRANCISCO J. MUÑIZ, HILARIO ASCASURI, 
LEGUIZAMÓN, MONNER SANS, FRED. M. PAGE, FRANCISCO SOTO Y CALVO y VÍCTOR 
ARREGUINE en el período anterior, se han agregado en el actual las de Bayo, WaL- 
TER LARDEN, RUDOLPH SCHULLER, LEOPOLDO LUGONES, SALAVERRÍA y LIZONDO 
BorDa; y las siguientes, que reclaman párrafo aparte: 


86. ELEUTERIO F. TISCORNIA: «Martín Fierro» anotado y comentado, 1925, 
522 p. en 8%.— La primera parte de este libro relaciona las expresiones gauches- 
cas con sus antecedentes remotos en la literatura peninsular, y la glosa es en ella 
una nota accidental; la segunda parte es un glosario, de más de 300 artículos, 
que da por primera vez forma orgánica al análisis de las voces privativas del gau- 
chesco, presentando la dicción de ellas, su grafía, su significado, su evolución y sw 
derivación. En esta última parte el autor revela suficiencia científica, destreza téc- 
nica, laboriosidad en la investigación, acierto en el discernimiento, sobricdad en la 


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«exposición, y sencillez en el estilo; y tales condiciones hacen de su glosario una 
obra de utilidad indiscutible. 

87. SANTIAGO M. LUGONES: notas en Martín Fierro, 1926, 340 p. en 16%. — 
En su prólogo el glosador demuestra falta de preparación en fonología y en crítica 
textual: 1) habla de una erre gutural que se asemeja al redoble de un tambor, y 
de otra cuyo sonido se parece al que se obtiene raspando una tabla con papel de 
lija; 2) declara que el texto es una edición depurada de errores tipográficos y de 
irregularidades ortográficas, pero nada dice de lo principal, que es: cuál de las 
diversas versiones ha elegido; advierte los deslices que sobre el lenguaje culto con- 
tiene el poema, tanto en la dicción como en la flexión, y también en el léxico, pero 
no sienta la conclusión necesaria de que en Martín Fierro hay dos lenguas mez- 
-cladas: la natural del autor y la postiza de su personaje. En el glosario, la inter- 
pretación del gauchesco se confunde con la de la lengua común, y se tratan en par- 
ticular los vulgarismos prosódicos ya explicados en las generalidades del prólogo; 
pero esto es sólo redundancia. En cuanto a lo principal, las glosas son oportunas, 
.concisas y acertadas, y os de sentir que un índice alfabético no las resuma al final del 
libro. No vacilo en decir que esta obra supera a todas sus congéneres recientes en 
.amplitud, y también en la precisión del conocimiento de la idiosincrasia gaucha: 
.sentimientos, ideas, maneras, costumbres y expresiones. 


3) Glosarios orilleros y lunfardos 


El orillero, jerga del compadrito (valentón arrabalero) y 
-el lunfardo, jerga del malevo (delincuente profesional) no son 
propiamente sino «modos de hablar» porque se reducen a sim- 
ples vocabularios, con unas 1500 voces y locuciones en total, 
-que en parte amplían el caudal común de la lengua, en parte 
reemplazan sus elementos y en parte cambian la acepción de 
«ellos. Estos lenguajes tienen por base el castellano vulgar, es 
decir, las formas vulgares del léxico, de la pronunciación, de la 
flexión y de la construcción; apenas si se observa en ellos uno 
.que otro accidente propio: en la fonética, el sonido de la equis 
gallega, representado por sh: escrushiante (sonido que fué tam- 
“bién castellano hasta el siglo xvi); en la morfología, la trans- 
posición silábica: gotán por tango (recurso común a tales jer- 
gas en otros países, y que tiene su aplicación más complicada 
en el loucherbéme y en el largonji franceses); y en la sinta- 
xis, la repetición enfática, al final de la frase breve, del primer 
miembro de ella: te digo que no quiero, te digo (lo que entre 
nosotros se llama «hablar en sángúiche», y que es también un 
rasgo italiano, del lenguaje familiar toscano, según De Amicis 
-en L'idioma gentile [1921] pp. 86 y 287). 

88. A la obra de ANTONIO DELLEPIANE en el período anterior se han agre- 


.gado en éste la de FRANCISCO PALERMO: Novísimo diccionario lunfardo, 1913-1914 
(en el diario Crítica) y las compilaciones siguientes: 


89. Luis C. VILLAMAYOR: El lenguaje del bajo fondo, 1915, 128 p. en 16% — 
Este vocabulario lunfardo amplía considerablemente el de Dellepiane; y está es- 
«erito en un estilo tan rudimentario, y presentado con tantos errores gramaticales, 
léxicos, ortográficos y tipográficos, que se puede decir, dada la especialidad de su 
tema, que, por no ser ésta una obra pulida, es justamente obra de verdad, fruto 
directo de la naturaleza. Pero hay que tomarla cum grano salis porque, empe- 
fiado en ampliar el vocabulario del bajo fondo, el autor ha introducido en su com- 


e 


pilación expresiones del lenguaje familiar pintoresco, malicioso pero decente, y sobre 
todo del soez lenguaje orillero, bravucón, insolente e injurioso, que nada tienen que 
hacer con la jerga lunfarda, que es el habla solapada y cínica del vicio y del delito. 


90, Josey HARNIST: Zum Spanischen in Argentinien, 1919 (en la Zeitschrift 
des deutschen wissenschaftlichen Vereins zur Kultur- und Landeskunde Argentiniens 
v, 520). — Acopio inorgánico de particularidades casi exclusivamente léxicas del ha- 
bla vulgar bonaerense. Las anotaciones y las significaciones son exactas, y abarcan 
desde el lunfardo, extensamente analizado, con 5us infiltraciones en el lenguaje 
familiar, sobre todo en el de los patoteros (troneras en pandilla), y desde el orillero 
con sus apodos denigrativos para los extranjeros, y la jerga hípica con sus tecnicis- 
mos, hasta... (y aquí se rompe la unidad del cuadro) los neologismus, de vocabu- 
lario y de acepción, no ya vulgares, que resultan de la comparación de nuestro 
castellano con el léxico académico. 


91. RENATA DONGHI DE HALPERIN: Contribución al estudio del italianismo en 
la República Argentina, 1925, 18 p. en 8% — Breve lista de voces y locuciones 
italianas castellanizadas, de uso circunscripto al lenguaje orillero; la preceden un 
resumen de observaciones generales acertadas sobre el tema, y una exposición plau- 
sible de los principios lexicográficos fundamentales adoptados para el caso. 


92. VICENTE Ros81: Supuesta contribución al estudio del italianismo, 1928, 
[Córdoba] 44 p. en 8%. — Crítica que en parte corrige y en parte confirma el es- 
tudio de Halperín sobre la materia. 


VII. TEXTOS ANALÍTICOS 


Comprende esta producción las publicaciones en que se 
analiza o define el habla particular de las clases inferiores : el 
gauchesco de los antiguos campesinos, el orillero de la plebe ur- 
bana, el lunfardo de los profesionales del vicio y del delito, y 
las jergas gringocriollas de los inmigrantes analfabetos, entre 
las que descuellan el bachicha y el cocoliche, de los genoveses 
y de los napolitanos, respectivamente; y prepondera en estas 
publicaciones la exposición de las características del gauchesco, 
y el examen fonético, morfológico y léxico de sus elementos. 

Sarmiento fué el primero que llamó la atención, en 1843, 
sobre el hecho de que el lenguaje del gaucho no era más que un 
castellano andaluzado, y en 1885 sobre el carácter artificial del 
gauchesco literario. Lo primero lo confirmó Monner Sans en 
1894, en El lenguaje gauchesco, antes que los críticos peninsula- 
res dijeran otro tanto; lo segundo lo ha demostrado Calixto 
Oyucla en su Antología, pero no ha sido visto por Rojas ni por 
Leguizamón en sus análisis del Martín Fierro: Rojas no tiem- 
bla al declarar que esta ficción cultigauchesca es «valiosísimo 
documento filológico», y Leguizamón tampoco se estremece al 
decir que su vocabulario es «expresión fidelísima de las hablas 
populares de hace medio siglo». El superlativo de estos escrito- 
res evidencia su pasión, y la pasión ofusca; muy grande es la 
diferencia que la ciencia debe ver entre la naturaleza y el arte, 
entre el original y la copia, entre el modelo y la imitación, por- 
que media entre uno y otro extremo toda la distancia que se- 
para al cuerpo de su reflejo, y a la persona de su retrato. 


- 47 - 


93. Descartando las numerosas publicaciones de esta especie en las que el 
análisis es puramente superficial, y entre las cuales sobresale la de ARREGUINE (La 
Nación, 13 agosto 1900), quedan apenas como producciones de carácter científico, 
durante el período anterior, el estudio de GASTÓN MASPERO, fundamentalmente erró- 
neo, porque ve en el gauchesco una degeneración del castellano académico, y el 
de PAE, mucho más amplio y científico, porque es comparativo y porque se apoya. 
no tanto en la lengua artificial de los versificadores gauchescos como en datos re- 
cogidos personalmente por el autor en nuestro medio. 


94. En el período actual se ha producido, en este orden de los textos analíti- 
cos, una obra maestra, que es el ya citado libro de GROS8MANN. Este libro contiene 
copiosas listas de extranjerismos introducidos en nuestra lengua, con mención de las 
influencias que los presentan, del medio en que se usan, de su grafía, de su dic- 
ción y de su significado; como también el análisis de las alteraciones fonéticas, 
morfológicas y sintácticas del castellano en boca de los extranjeros de diversas na- 
cionalidades; el de las modificaciones prosódicas y ortográficas del extranjerismo 
en nuestro castellano; y el de su morfología y sintaxis especiales. Aparte de tanta 
información y observación valiosas, contiene también, y esto es deplorable, buen 
número de transcripciones del periódico El Fogón de Montevideo, presentadas co- 
mo documentos fidedignos del bachicha y del cocoliche; absurdo tan palmario como 
lo sería tomar por testimonios de la evolución de las lenguas románicas las maca- 
rroneas que lucubraban por burla los escritores satíricos del siglo xvi en Italia, en 
Francia y en España. El carácter artificial de esas composiciones chuscas no ha. 
saltado a los ojos de este estudioso lingiiista, que ha venido a realizar así, provo- 
eando una carcajada de ultratumba, la predicción irónica de Miguel Cané en El 
eriollismo: Recuerda este autor una observación de Littré a propósito del apuro 
en que se verían los antropólogos y filólogos del siglo XXX, cuando, al excavar el 
suelo de la Martinica ya inhabitada, descubrieran cráneos de negros junto a ins- 
cripciones francesas; dice Cané que en igual aprieto se verán los que, en un por- 
venir remoto, exhumen en nuestras bibliotecas los productos de la literatura coco- 
liche, y agrega: «Nuestros choznos gozarán tal vez entonces de alguna sabia y eru- 
dita disertación sobre El idioma nacional de los argentinos a principios del si- 
glo XX; estudio de filologia comparada sobre la conocida obra: «Lis amori de Ba- 
chichín cum Marianina, per il hico del duoño de la funda de lo mundungo»... 
Como se ve, no ha sido menester que transcurra más que un cuarto de siglo para 
que haya aparecido, confirmando esa ironía, la sabia y erudita disertación sobre 
tal tema. 


VIM. PARODIAS JERGALES 


Las producciones de este género pertenecen a la literatura, 
y su bibliografía no es, por tanto, de este sitio. Si se incluyen 
aquí algunas es para llamar la atención sobre el error de los 
que consideran que esas produceiones son documentos lingiiísti- 
cos, es decir, manifestaciones reales del lenguaje que presentan. 
Este error comete Toro y Gisbert con la composición que cita 
en Americanismos (p. 19) sin advertir su palabrerío artificial. 
Para el estudio científico de estos lenguajes no debe conside- 
rarse documento la parodia, por la deformación que implica 
necesariamente; y es parodia, por ejemplo, toda obra de versi- 
ficación gauchesca hecha por escritores cultos, cuya habla co- 
rrecta irrumpe continuamente en la media lengua de sus per- 
sonajes. El lenguaje del gaucho era, repito, la rama rústica del 
castellano vulgar del Plata en los siglos XVII y XIX, y su docu- 
mentación fidedigna está en los archivos judiciales y militares, 


- 48 - 


y también en los cuadros de costumbres de los prosistas Ro- 
berto J. Payró, Martiniano Leguizamón y Benito Lynch; la do- 
-cumentación del orillero y del lunfardo se encuentra en los vo- 
-«cabularios correspondientes y en los cuentos de José Severino 
Alvarez (Fray Mocho); y la documentación de las jergas 
italocriollas, en las primeras publicaciones anónimas de esa 
-clase, genuinamente populares, hechas en los periódicos bonae- 
renses de 1886 a 1890, principalmente en El Laberal, en Fígaro, 
en Don Basilio, en La Broma y en uno que otro semanario de 
-caricaturas del mismo período. 

He aquí la lista, en orden cronológico, de las parodias idio- 
máticas que sobresalen entre sus congéneres, unas por el inge- 
nio de su inspiración, otras por el arte de su composición, otras 
solamente por la notoriedad que les ha dado la cita de algún 
filólogo. 


95. [RAMÓN ROMERO]: Los amores de Giacumina per il hicos dl duoño di la 
.fundita dd Pacarito [1886]. — Este opúsculo, escrito en la jerga bachicha del ge- 
novés acriollado, creó el género llamado impropiamente cocoliche, nombre que co- 
rresponde en propiedad a la jerga del napolitano acriollado. Reproduce con fideli- 
dad las características del bachicha. 


96. [Anónimo] Caló porteño, 1887 (La Nación, febrero 11). — Artículo de 
«costumbres que contiene un largo diálogo entre compadritos, y con ello la primera 
«documentación literaria del orillero. 


97. [Anónimo] Encuentro con una china, 1893, apéndice de El idioma del 
delito por Dellepiane. — Ingeniosa composición métrica en la que se cuentan, en es- 
tilo apropiado y casi exclusivamente con el vocabulario lunfardo, los preliminares 
y las resultas de un caso de estafa mutua, hecho corriente en las relaciones del 
vicio con el delito. 


98. SEVERIANO LORENTE: en Decadencia de la lengua castellana en la Repú- 
blica Argentina, 1897, p. 26 (también en el Diccionario de Garzón, artículo cha- 
.ludo). — Soneto compuesto de términos gauchescos mezclados con otros orilleros y 
otros insólitos, y aplicados con tan poco acierto en cuanto a su significado que la 
-composición, en vez de ser una caricatura, resulta un disparatorio. 

99. J. VÍCTOR TOMEY: ¿Quiere Vd. aprender el argentino? 1910 (Hojas selec- 
tas, Barcelona, 1x, 721). — Este escrito intenta presentar en forma amena, por 
su contraste con las expresiones correspondientes del castellano peninsular, una se- 
rie de argentinismos espigados casi todos en el vocabulario del lenguaje casero y ca- 
llejero. 


100. MIGUEL TOLEDANO («Manuel Gil de Oto»): El idioma [1914] en La 
Argentina que yo he visto, p. 76. — Serie de quintillas en que el autor ensarta há- 
bilmente ciertas expresiones de nuestro castellano, casi todas del lenguaje familiar, 
que chocan necesariamente al español, habituado a dar otro sentido a esas pala- 
bras. 


101. AUGusTO GONZÁLEZ CASTRO («El reportero X»): El señor Juan Filólogo 
Pérez, 1923 (El Mundo Argentino, julio 25). — Diálogo chusco en el que uno de 
los interlocutores habla un castellano artificial, cuyo vocabulario aparece mechado 
de extranjerismos, vulgarismos, tecnicismos deportivos, y voces del gauchesco, del 
bachicha, del cocoliche, del orillero y del lunfardo. Grossmann, en Das auslándische 
Sprachgut, pp. 199 a 204, se ha tomado el trabajo de glosar estos términos en nú- 
mero de 156. 

102. L. AMBRUZZI, en El Hogar, 1924, enero 11. — Soneto burlesco que ofre- 
ce una muestra del castellano italianizado, al que no hay que confundir con la 
jerga italocriolla, constituída por algún dialecto italiano castellanizado. 


- 49 - 


Al llegar aquí al término de su lectura, el lector advertirá 
que su ánimo no se inclina a una apreciación favorable del cua- 
«Aro que ofrecen nuestras publicaciones sobre la lengua; pero 
tan pronto como haga el debido esfuerzo para relegar al fondo 
de la escena lo que no vale, verá surgir al frente ciertos valores 
positivos de que podemos jactarnos: Sarmiento, Sastre y Aldrey 
en la ortografía, Santa Olalla en la gramática, La Barra en la 
fonética, Navarro Viola y Groussac en los principios y métodos 
de la etimología, Groeber en la toponimia araucana, Toro y 
Gómez en la historia de la lengua, Rojas en la evolución de 
nuestro castellano, Monner Sans y Selva en la prédica del buen 
decir, Ortiga Anckermann en la crítica del lenguaje, Trelles y 
Granada en la lexicografía regional, Tiscornia en la lexicogra- 
fía gauchesca, Grossmann en el análisis científico. 

Es de esperar que el estudio habrá multiplicado este elenco 
cuando, dentro de otros veinte años, vuelva a hacerse este in- 
ventario. 


Sinopsis de la clasificación 


1. La cuestión del idioma nacional 1-2 VI. Textos lexicográficos: 


11. El estudio de la lengua: a) Diccionarios generales .... 50-51 
a) El régimen académico .... 34 b) Contribución al diccionario 
b) El cultivo del lenguaje .... 5 gOneral .oooocooccccocncno 52-55 
€) Metodología ........0.... 6-7 c) Lexicografía especial ..... 56-57 
d) Gramatología ............ 8-10 d) Nomencladores ........... 58-61 
e) Lexigrafía ............... 11-16 e) Investigación toponímica y 
III. La corrección del lenguaje... 17-23 ONOMÁStiCA ....0ooooooo... 62-64 
IV. Textos históricos: 1) Vocabularios regionales .. 65-73 
a) Formación y evolución del g) Contribución al vocabulario 
castellano ........ Ponmms.. 24-33 TOgional ...ooocoooooomoo.- 74-84 
b) Investigación etimológica y h) Glosarios gauchescos ..... 85-87 
filológica ................. 34-43 i) Glosarios orilleros y Junfar- 
_V. Textos gramaticales: O 88-92 
a) Gramáticas ............ á 44 . 
b) Vocabularios ortográficos . 45-47 VII. Textos analíticos ......... 93-94 
-c) Contribución a la gramática 48-49 VIII. Parodias jergales ...... 95-102 


Academia Argentina, 65. 
Aldrey, 48. 
Altube y Lerchundi, 31. 
Ambruzzi, 102. 
Araquistain, 12. 
Ardissone, 62. 
Arreguine, 85, 98. 
Ascasubi, 85. 
Atienza y Medrano, 
Avellaneda, 19, 70. 
Ayarragaray, 2, 20. 
Barablino, 56. 
Barrera Oro, 64. 
Battistessa, 84. 
Bayo, 66, 85. 
Beccar Varela, 58. 
Benejam, 20. 
Bermúdez S. W., 72. 
Bermúdez S. W., 72 
Bernier, 56. 
Borges, 2, 33. 
Cabral, 56. 
Calandrelli, 18, 19, 50. 
Camón Gálvez, 5. 
Cañaveras, 19. 
Capdevila, 2, 23, 32. 
Carriegos, 19, 55, 74. 
Castex, 20. 78. 
Castro A., 2, 6, 11, 
53, 80. 
Castro López, 75. 
Colmo, 17, 20. 
Costa Alvarez, 2,4, 5, 7, 9, 
14, 20, 39. 
Darnet, 84. 
Dellepiane, 88. 
Dirección de Aeronáutica 
Naval, 57. 
Figueroa Balcarce, 41. 
Frexas, 5. 
Gabriel, 49. 
García de Diego, 36. 
García Medina, 20. 
García Velloso, 19. 
Garrigós, 73. 
Garzón, 67. 


19. 


- 50 - 


Autores comentados 


Giusti, 5. 
González E., 84. 
González Castro, 101. 
Granada, 56, 65. 
Grenon, 79. 
Groeber, 61. 
Grossmann, 1, 94. 
Groussac, 34, 62. 
Gutiérrez, 65. 
Halperin, 91. 
Harnist, 90. 
Henríquez Ureña, 28. 
Herrero Mayor, 22. 
Holmberg, 56, 58. 
La Barra, 8, 24. 
Lafone Quevedo, 24, 65. 
Larden, 85. 
Leguizamón, 40, 63, 85. 
Lehmann-Nitsche, 35, 77. 
Lenz, 16. 
Lizondo Borda, 42, 85. 
López, 17. 
Lorente, 20, 98. 
Lugones L., 5, 20, 25, 
37, 85. 
Lugones S. M., 82, 84, 87. 
Malamud, 84. 
Marasso, 2. 
Martínez, 65. 
Maspero, 93. 
Milanesio, 59. 
Moglia, 81. 
Volina Nadal, 71. 
Monner Sans, 5, 18, 19, 48, 
52, 85. 
Montes, 45. 
Montolíu, 2, 15. 
Moreno Godínez, 20. 
Muñiz, 85 
Muñoz Rivera, 19. 
Navarro Viola, 34. 
Ogando, 5. 
Orlandini, 19. 
Ortega, 51. 
Ortiga Anckermann, 18. 
Page, 85, 93. 


Palermo, 88. 

Peralta, 65. 
Quesada, 2, 3. 
Richierl, 20. 
Rodríguez, 56. 
Rojas, 2, 26. 
Romero F., 29, 38. 
Romero R., 95, 
Rossi, 48, 88, 92. 
Salaverría, 2, 30, 85. 


Sánchez, 19. 
Sanín Cano, 13, 20. 
San Martín, 60. 


Santa Olalla, 8. 45. 
Sarmiento, 48. 
Sastre, 45, 48. 
Schiaffino, 20. 
Schneider, 21. 
Schuller, 85. 
Segovia, 19, 69. 
Seijas, 19. 

Selva, 5 18, 19, 54. 
Senillosa, 44. 
Serrudo Basaldúa, 84. 
Soto y Calvo, 85. 
Suárez, 5. 
Subirana, 46. 
Tagle, 65. 
Tiscornia, 86. 
Toledano, 68, 10C. 
Tomey, 99. 

Toro y Gisbert, 76. 
Toro y Gómez, 20, 24. 
Torrendell, 2, 5, 10. 
Trelles, 65. 
Trongé, 20. 
Turdera, 19. 
Udaondo, 58. 
Valdés, 44. 

Vallejo Rivera, 20. 
Vedia, 17. 
Villamayor. 89. 
Wagner, 27. 

Wilde, 8. 

Zeballos E. S., 3. 
Zeballos M., 47. 


(En esta bihliografía, Buenos Aires es siempre el lugar de edición de los li- 
bros, folletos, revistas, diarios y periódicos mencionados, salvo cuando se nombra 
otra localidad. La indicación del tamaño de los volúmenes se basa en las dimen- 
siones corrientes de la hoja de papel de obra (centímetros: 65x95, 72x92, 74x110, 
82x118) de cuyos dobleces resultan estos formatos: en 32% desde el mínimum hasta 
15x10; en 16% desde más de esta medida hasta 20x15; en 8% desde más de esta 
medida hasta 30x20; en 4% desde más de esta medida hasta el in-folio y el in-plano, 
formatos inaplicables a la clase de volúmenes aquí citados. El número de páginas 
que se indica es el que suman las diversas numeraciones del texto). 


La contribución filológica argentina 


Hace un siglo que el término «filología» empezó a perder, 
en el uso corriente, su amplio significado tradicional de «estu- 
-dio de la vida intelectual de un pueblo antiguo», para aplicarse 
a representar sólo una parte de ese concepto; y en estos tiem- 
pos «filología» no significa estrictamente sino la investigación 
histórica de las expresiones de una lengua en su literatura, des- 
pués de un breve período durante el cual, con la calificación 
de «comparada», representó la investigación histórica de las 
formas estructurales de varias lenguas afines, investigación que 
es hoy la base de la Lingilística. Por consiguiente, la Filología, 
en su concepto actual, es esencialmente la crítica de las expre. 
siones históricas de una lengua, y sólo por extensión comprende 
la descripción de las formas históricas de ella. De ahí que los 
fincs y métodos de sus investigaciones sean también dos, uno 
para cada caso: el empírico, que expone, mediante la cataloga- 
ción de expresiones, el desarrollo de una lengua en su caudal 
literario, y el científico, que explica, mediante la concordancia 
de formas, la evolución de una lengua en su estructura. Pero, 
en uno y otro caso, es siempre una sola lengua, y solamente en 
el curso de su historia, lo que constituye el campo de las inves- 
tigaciones filológicas, que tienen por eso como base la crítica 
textual del documento antiguo. 

A propósito de filología, como de cualquiera otra disciplina, 
hay que distinguir entre el estudio y la investigación : el estu- 
dio lleva a la adquisición de los conocimientos universales in- 
dispensables para fundar una cultura; la investigación tiene 
por objeto constituir una cultura diferenciada, mediante el exa- 
men directo y la crítica propia de los hechos. Por tanto es evi- 
dente que, en materia de filología, cuya base, repito, es el do- 
cumento, el campo argentino de investigación se restringe para 
comprender sólo lo que, por medio del documento original, po- 
demos analizar y apreciar directamente. De ahí que nuestra 
esfera de investigaciones filológicas deba ser siempre la ameri- 
cana, y no pueda ser nunca la europea; y como el medio se su- 
bordina al fin, y el método a la materia, fuerza es también 
que los argentinos tengamos nuestro método propio para reali- 
zar tales investigaciones. Explícase que en España la necesidad 


- 52 - 


de una reacción vigorosa contra el preceptismo gramatical, el 
formalismo etimológico y el purismo académico haya llevado a 
un grupo de filólogos a la posición extrema del cientificismo y 
al método analítico de tipo alemán, igualmente extremo. Acá, 
en nuestro país, tales excesos no tienen ambiente favorable y 
resultan incongruentes; acá no ha habido nunca campeones del 
precepticismo gramatical, ni del formalismo etimológico, ni del 
purismo académico; el escepticismo en cuanto a dogmas grama- 
ticales es nuestra característica, consideramos la etimología con- 
jetural como obra de ingenio y no de erudición, y una toleran- 
cia discreta es la enseña que levantan todos los que nos pre- 
«dican la corrección del lenguaje. 

De muy distinta índole, en relación con las españolas, han de 
ser, pues, nuestras investigaciones filológicas. Ante todo, nos- 
-otros no contamos con los textos originales que guarda España, 
y nunca podremos colaborar en esa parte del campo científico 
con los que viven en la cuna de nuestra lengua. Ese caudal in- 
formativo está lejos de nuestro examen directo, y de ahí que ta- 
les estudios deban quedar librados enteramente a la actividad 
de los filólogos españoles; los argentinos nos plantamos en muy 
mal terreno cuando intentamos hacer obra mejor que la de 
ellos, en la esfera propia de ellos y sin los recursos con que 
e¿uentan ellos. La documentación es la base indispensable de la 
investigación histórica, que sólo logra acercarse a la verdad 
cuando amplía considerablemente el número de los autoriza- 
«dos testimonios. Con respecto al castellano clásico y preclásico, 
cuya documentación original se encuentra toda en Europa, ¿qué 
valor puede tener lo que afirmemos nosotros, los argentinos, es- 
tando como estamos a 2500 leguas de los archivos y de las bi- 
bliotecas que guardan los correspondientes testimonios? Para 
intentar tal género de investigaciones no tenemos más recurso 
que una que otra edición o reimpresión moderna, en la que, 
«cuando no se equivocó el copista o el impresor, hizo subrepticia- 
.mente una corrección docta el editor o el comentarista. Más que 
precaria, enteramente inútil me parece toda labor hecha en 
América en esa rama filológica del castellano. 


* 


Los argentinos tenemos nuestra esfera propia en estas inves- 
tigaciones, representada por los productos de la cultura ameri- 
“ana, que están al alcance de nuestra observación personal; una 
-«esfera tan propia que los españoles no podrían actuar con auto- 
ridad en ella. Tenemos, ante todo, la organización léxica y gra- 
matical del castellano colonial, esto es, del idioma común en que 
se fundieron, bajo nuestro cielo, las diferentes hablas afines 
de los colonizadores procedentes de las diversas regiones del 
reino de Castilla. Mientras no conozcamos esta fuente inme- 


a 


diata del castellano en América, continuaremos en la infrue- 
tuosa tarea actual de intentar explicar los orígenes de nuestra 
lengua a la manera española, esto es, refiriendo el castellano de 
América a la lengua culta de los peninsulares de la época clá- 
sica, mejor dicho, al lenguaje literario del siglo de oro; falsa 
posición que es causa de nuestro error constante : el estar viendo 
americanismos en lo que no aparece en tales textos, ni en sus 
derivaciones directas que son el diccionario y la gramática es- 
pañoles o españolados. Porque la verdad es que, si no todas, 
casi todas nuestras presuntas creaciones populares estaban en 
los labios de los colonizadores poco cultos y nada literatos que 
poblaron la América castellana, habla cuya existencia no han 
querido reconocer hasta ahora el diccionario y la gramática es- 
pañoles o españolados, porque sus rutinarios autores actuales 
creen que el castellano está en pañales todavía, y siguen apli- 
cándole, para inventariarlo y explicarlo, el mismo método doe- 
trinario que en los siglos XV, XVI y XvHn se justificaba por el 
proceso de fijación de la lengua. En la Argentina, el castellano 
no se fijó bajo la acción de esta tutela académica, y nuestros ar- 
chivos capitulares, judiciales y eclesiásticos ofrecen abundantes 
materiales a la obra de establecer los caracteres originarios de 
nuestra lengua; en estas indagaciones, limitadas al léxico, está 
empeñado de un tiempo a esta parte el benemérito padre Gre- 
nón, de Córdoba, con el aplauso de nuestro Instituto de inves- 
tigaciones históricas. En esta labor benedictina, el padre Gre- 
nón está solo en toda la extensión de la América castellana, y 
eso es realmente lamentable. 

Tenemos luego la evolución del castellano en nuestro propio 
territorio, al contacto de las lenguas indígenas primero, y des: 
pués al rozarse con las de los inmigrantes europeos. En cuanto 
a las lenguas indígenas, la influencia fonética y la aportación to- 
ponomástica son la materia interesante cuando se trata del es- 
tudio particular del castellano. Desde el punto de vista cientí- 
fico universal, lo más interesante es el estudio de las lenguas 
indígenas en sí mismas; y hay que decir que este interés, nada 
utilitario, puramente platónico, no ha decidido aún a nadie en- 
tre nosotros. no obstante el ejemplo que nos dan Chile, Brasil 
y Estados Unidos, a organizar y completar la labor fragmenta- 
ria y empírica, rudimentaria a veces, pero siempre valiosa, que 
en este terreno han realizado los gramáticos coloniales, y luego 
López y Barbará, Mossi y Lafone Quevedo, Outes y Lehmann: 
Nitsche. El estudioso Juan Benigar, de Pulmarí, Neuquén, está 
empeñado, desde hace seis años, en la investigación científica 
de los topónimos araucanos; pero lo ocupa preferentemente la. 
preparación de la gramática araucana, una de cuyas partes, la 
fonética, está por terminar. No veo la hora de que salga a luz 
alguno de esos estudios, porque, dada la competencia de este 


a 


araucanista, lo que publique será siempre obra seria, nueva y - 
valiosa. 

Más vasto aún es el campo que ofrece a nuestra actividad la 
investigación de las leyes del castellano y la formación de su 
inventario general. Sobre esto no tenemos hasta ahora, en toda 
la América castellana, sino crítica pedagógica y compilación 
localista. Las generaciones instruídas en la materia por los tex- 
tos de la vetusta escuela no han producido profesionales de la 
cátedra y de la crítica capaces de superar a sus maestros, des- 
prendiéndose del dogmatismo y del empirismo escolásticos, para 
dedicarse a la investigación y a la catalogación científicas de 
los hechos de la lengua; por lo que los estamos viendo... parva 
leves capiunt animas... seguir haciendo la crítica léxica por el 
trivial patrón valbuenista, y en lo gramatical mantenerse fieles 
a la superstición hereditaria. Para ellos es mucho más cómodo 
y seguro encastillarse en la tradición y confiarse a la rutina; y 
por eso, en pleno siglo xx, tienen todavía por artículo de fe que 
la lengua castellana, nueva Atenea gloriosa, salió de la cabeza 
jupiteriana de los clásicos del siglo de oro; para ellos las obras 
de éstos son la Sagrada Escritura, cuyo verbo divino la Esco- 
lástica ha codificado en la gramática doctrinaria e inventariado 
en el diccionario alfabético, y por tanto consideran que sería 
pecado contra el Espíritu Santo alterar las bases de esos dos 
libros canónicos. 

Desde hace ya más de un siglo nuestro espíritu americano, 
que tantas instituciones europeas ha repudiado por incompati- 
bles, protesta contra la subsistencia de una Gramática y de un 
Diccionario que, por mucho que se reformen externamente, 
mantienen su carácter tradicional, justificado sólo en Europa, 
de institución escolástica, esto es, empírica, dogmática y doe- 
trinaria. No vivimos sino clamando contra los defectos de estos 
grimorios, pero todavía no hemos visto que esos defectos no es- 
tán en los detalles sino en la estructura, sobre todo en el espí- 
ritu que alienta a tales obras. Y como a todos, repito, nos place 
enfrascarnos en la crítica pedagógica y en la compilación loca- 
lista, todavía no ha surgido el segundo Bello que ha de prose- 
guir y terminar la obra de emancipación de nuestra Gramática, 
para fundar en leyes y no en reglas el uso de los recursos de 
la lengua; como tampoco ha surgido todavía el Webster caste- 
llano que ha de darnos nuestro propio diccionario, libre de lo 
anticuado, de lo desusado y de lo ripioso en el vocabulario, y de 
empirismo, de dogmatismo y de doctrina en las definiciones. 


* 
Nuestro material de investigaciones no está, pues, en España, 


en sus archivos y bibliotecas, en sus becerros y códices, ni en 
los manuscritos primitivos ni en las ediciones primeras de los 


- 55 - 


escritores preclásicos y clásicos del castellano. Esto por una 
parte; por la atra, el culto a la tradición no es la obsesión de 
los intelectuales americanos, para quienes es más brillante pro- 
grama aplicarse a preparar los triunfos del porvenir, que po- 
" nerse a cantar lúgubremente las pasadas glorias. En fin, tam- 
poco se aviene con nuestra idiosincrasia, que repite la amplitud 
de los horizontes de nuestra América, entregarnos al análisis 
extremo, esto es, sumirnos en el pozo de la especialización para 
examinar las capas geológicas, cuando tanta tierra inexplorada 
hay aún en la superficie. Admitimos el análisis sólo en la me- 
dida necesaria para fundar una síntesis; por el momento nos 
urge dominar el conjunto de las cosas, y la especialización ven- 
drá después. Por esto, por la naturaleza del mundo en que vi- 
vimos, y no por petulancia, somos poliglotos, polígrafos y poli- 
técnicos. 

Sin embargo, seguir los caminos trillados, repetir lo ya he- 
cho, remedar la obra de los que representan a la escuela grama- 
tical y léxica que tuvimos que pedir a la tradición, al iniciarse 
el aluvión cosmopolita, para impedir nuestro extravío en el 
lenguaje, ésa es todavía, para nuestra cómoda inercia, la tarea 
que consideramos impuesta por las cireunstancias. No adverti- 
mos que, constituída ya esa escuela, esto es, asegurado el mante- 
nimiento de la lengua heredada, nuestra necesidad actual no es 
ya la lucha contra la exaltación patriotera, fomentadora del 
idioma privativo, que esa escuela ha morigerado, evitando la 
preponderancia de la jerga, y por tanto la formación de una 
nueva lengua franca, o sabir, o papiamento; ahora, nuestra ne- 
cesidad cada vez más imperiosa, en este país argentino cada vez 
más impregnado de cosmopolitismo, es que esa escuela funcione 
acertadamente, enseñando de una manera intensa y eficaz el 
castellano, para impedir que lo inficionen, en las letras, el ga- 
limatías de los truchimanes, la monserga de los pedantes y el 
guirigay de los politiqueros; y en el habla, la algarabía gringa, 
la jacarandana orillera y la jerigonza lunfarda. Menos aún ad- 
vertimos que, para que esta enseñanza sea intensa y eficaz, de- 
bemos aplicar nuestro más grande esfuerzo a crear, como ins- 
trumentos indispensables, una gramática que exponga las leyes 
orgánicas de la lengua y explique su función imperativa, en 
vez de prescribir reglas contradichas por excepciones, y de pro- 
poner modelos que entre ellos se desautorizan, así como un die- 
cionario que defina la palabra por su significado privativo y no 
por su analogía con las congéneres, porque esto es pura y sim- 
ple e inepta tautología. 

¿Sentiremos alguna vez los argentinos un anhelo de emanci- 
pación de la secular tutela que nos obliga a considerar nuestra 
lengua propia como un bien ajeno, puesto que, al parecer, sólo 
en España se puede inventariar autorizadamente su vocabula- 


- 56 - 


rio, y sólo allá se puede explicar autorizadamente su uso gra- 
matical ? Si es lógico que esta obra la haga el intelecto españo) 
para España ¿no es igualmente lógico que el intelecto ameri- 
cano se encargue de ella en América? No se trata de trasladar 
a América la Academia de la lengua, sino de dar a los ameri- 
canos su propia autoridad en la disciplina que la enseñanza de 
la lengua representa; de la misma manera que, cuando nos in- 
dependizamos políticamente, no fué para trasladar a América 
el trono español, sino para regirnos con nuestras solas fuerzas. 
¿Tenemos estas fuerzas para asumir el régimen de nuestra len- 
gua? Dudar de ello sería desconocer la eficacia de la escuela 
que pedimos a España hace cincuenta años y que ha estado pre- 
dicándonos el empleo de las mejores formas del castellano, ha- 
ciéndonos conocer y admirar sus riquezas técnicas y artísticas, 
y que ha tratado de estimular a nuestras inteligencias para que 
examinemos hondamente esta lengua nuestra, en sus elementos 
y en su mecanismo, porque sólo el conocimiento cabal de ella 
puede darnos el dominio de ella. ¿ Y cómo llegar a este conoci- 
miento si nuestro espíritu americano no forja sus propios ins- 
trumentos de investigación y no elabora sus propios métodos 
de estudio, adaptados unos y otros a su particular idiosinera- 
sia? Mientras la Gramática y el Diccionario de nuestra lengua 
sean obra ajena, será fatal que los americanos, los argentinos 
al menos, sigamos repudiando, como Alberdi, Echeverría, Sar- 
miento, López y Gutiérrez, lo que no nos habla sino de subalter- 
nería. Pero, me apresuro a decirlo, de esta ingrata situación no 
nos va a librar la voluntad solamente, si ante todo no la apli- 
camos a erear, por medio del estudio, las necesarias armas de 
emancipación, que son, repito, nuestra Gramática y nuestro Die- 
cionario americanos, y americanos no por su carácter externo 
sino por su espíritu libre de tradicionismo, de rutina y de cate- 
quismo. 


La enseñanza 


— o XP o ai. O PPP NO AAN Pm. 


La acción social solidaria 


El cuidado de la lengua, a los efectos de mantener su unidad 
y corrección, es una cuestión de orden social y de trascenden- 
tal importancia, que en todo momento deben atender las clases 
dirigentes; porque ¿cómo aunar las ideas y emociones colecti- 
vas de un pueblo si no es común el medio de expresión de esas 
ideas y emociones? ¿y cómo elevar su cultura si no se refina 
su habla? ¿y cómo nutrir su inteligencia y educar su senti- 
miento si la lengua, único medio de inculcar tales enseñanzas, 
no es inteligible porque no es correcta? Es evidente que, para 
realizar esta triple función suya: crear la solidaridad nacional, 
elevar la cultura y servir de instrumento para la instrucción y 
educación, la lengua resultará tanto más eficaz cuanto más uni- 
forme sea y cuanto más depurada esté de las incorrecciones con 
que la ignorancia por un lado, y la petulancia por el otro, ha- 
cen confusa o pedantesca la expresión de los conceptos. 

En nuestro país, tres factores conspiran permanentemente 
contra la corrección y consiguiente eficacia del idioma nacional : 
1* la falta de tradición secular literaria, que hace del castellano, 
para nosotros, una lengua ajena, por cuanto sus autoridades 
consagradas son extrañas a nuestra nacionalidad; 2” la intro- 
ducción de libros y demás impresos escritos en idiomas extran- 
jeros, recurso indispensable para la ampliación y el progreso 
de nuestros conocimientos; 3” la inmigración cosmopolita, que 
forma hogares donde no es el castellano la lengua que apren- 
den nuestras criaturas en el regazo de la madre y en las rodi- 
llas del padre. De ahí que el tipo común del habla en nuestro 
país revele en nosotros un grado de cultura inferior al de todo 
pueblo dueño de una lengua propia, autóctona, desarrollada por 
él mismo, y por él solamente, en el curso de los siglos. De ahí 
que el lenguaje de nuestros oradores y escritores, hasta entre 
los universitarios y entre los literatos, sea el más indisciplinado 
del mundo. De ahí también que, en nuestras escuelas, al incon- * 
veniente de que los alumnos no llegan a ellas con el debido co- 
nocimiento elemental de nuestra lengua, se agrega la dificultad 
de que, a causa de la preponderancia de la filiación extranjera, 
no es posible encontrar maestros en los que el dominio del cas- 
tellano sea la primera aptitud docente. 


- 60 - 


Mientras no hayamos creado nuestras autoridades propias. 
en la materia, esto es, los estilistas, gramáticos y lexicógrafos: 
del castellano en la Argentina; mientras la inmigración cosmo- 
polita sea necesaria para el erecimiento económico de este país, 
y el tributo a la ciencia y a la literatura extranjeras sea indis- 
pensable para nuestro desarrollo intelectual, subsistirán esas 
causas de la corrupción de nuestra lengua. En consecuencia, 
por el momento no es posible curar este mal necesario, y para 
combatirlo no hay más recurso que los paliativos. Estos son : la 
escuela, que debe contrarrestar la influencia malsana del ho- 
gar extranjero; el lenguaje oficial, que debe ser ejemplo de 
exactitud y disciplina; y la obra literaria, que debe hacernos. 
conocer las bellezas del castellano y despertar y mantener en 
nosotros el amor a él. Y en tanto que obran estos paliativos, 
nuestro progreso natural en las ciencias y en las letras irá pre- 
parando el específico indicado para el caso: nuestra gramática 
propia, nuestro léxico propio y nuestros estilistas propios, lla- 
mados a emancipar nuestro castellano de toda autoridad extra- 
ña y a darnos la conciencia, que hoy nos falta, de que esta len- 
gua es un bien nuestro, inherente a la nacionalidad argentina. 

Con respeeto a la acción que a la escuela toca desarrollar en 
este plan, no voy a exponer aquí el mejor método de enseñar 
la lengua a nuestros escolares. Cualquier recurso de este gé- 
nero fracasará siempre por la ineptitud de los encargados de: 
aplicarlo. En las presentes cireunstancias, y mientras la ma- 
yor parte, la totalidad casi, de nuestros maestros y de nuestros 
autores de textos escolares no tengan el dominio de la lengua 
y el conocimiento de sus formas cultas, la ineficacia de la en- 
señanza de esa asignatura, que administran directamente los 
macstros de gramática e indirectamente todos los demás, resi- 
dirá siempre en la pobre locución de ellos, sea cual fuere el valor 
pedagógico o didáctico del método o del texto en las clases de: 
idioma nacional; porque es una ley de la naturaleza que en las 
criaturas siempre ha de poder más el ejemplo que el precepto. 
De modo que, cuando nuestras autoridades escolares quieran 
obrar eficientemente para mejorar la suerte de la lengua entre: 
nosotros, forzoso será que traten ante todo de reformar la lo- 
cuela del maestro y el lenguaje del autor de textos. 

Para esto último bastaría establecer, como condición previa: 
de la aceptación de todo texto escolar sobre cualquiera materia, 
_ el visto bueno gramatical y léxico de un censor oficial en fun- 
ción docente, esto es, obligado a puntualizar en sus informes las 
incorreeciones, a fin de inducir al autor a salvarlas, En cuanto: 
a los maestros, hay que advertir que en los adultos el estudio 
metódico y perseverante no puede ser ya sino voluntario; y 
cuando se trata de materia elemental, como se considera por 
error inveterado el estudio de la gramática y del léxico, tal es- 


= 61 = 


tudio les inspiraría la más resuelta aversión si se les impusiera 
como un deber. Además, la imposición de este deber a los' maes- 
tros rebajaría su autoridad profesional, por lo que sería vio- 
lento y desdoroso a la vez someterlos a semejante disciplina. 
Pero si el procedimiento imperativo está fuera de lugar en este 
-easo, el método persuasivo podría reemplazarlo. 

Demostrar al maestro, con la exposición de nuestros antece- 
dentes históricos, cómo hemos estado perdiendo el tiempo con 
la quimera de emanciparnos de nuestra lengua heredada me- 
diante la creación de un idioma privativo; hacerle ver cuánto 
más patriótico, cuánto más cómodo y cuánto más digno es abra- 
zarnos al castellano como a cosa propia para cultivarlo con amor 
y acierto; y hacerle sentir cuánta satisfacción moral, cuánta 
fruición intelectual, cuánto goce espiritual hay en manejar la 
lengua con tal arte que la hagamos expresar hasta la más tenue 
sutileza de nuestro pensamiento y la más leve delicadeza de 
nuestro sentimiento, sería el programa que a mi juicio debe- 
rían proponerse las autoridades escolares para obtener, por 
medio de conferencias continuas de los inspectores seccionales 
-en los principales centros de población, la colaboración indis- 
pensable del maestro en la empresa de reprimir la corrupción 
de la lengua entre nosotros. 

Naturalmente incumbe a la escuela la tarea de contrarrestar 
la influencia malsana que sobre la lengua de nuestras criatu- 
ras ejerce el hogar de nuestros inmigrantes cosmopolitas. Pero 
.4 qué puede hacer la escuela para librar a los adultos del perni- 
-cioso ejemplo que en el mismo sentido dan la calle, la literatura 
mercantil, el teatro plebeyo y la prensa populachera? Forzoso 
es, pues, que el gobierno complete esa obra inicial de la escuela. 
Por lo que se refiere a la calle, el recurso sería invitar a los 
intendentes municipales a promover la sanción en todo el país 
.de una ordenanza que prohibiese la fijación o circulación en la 
vía pública, y en los vehículos, de letreros o avisos incorrecta- 
mente escritos. En cuanto a la literatura mercantil, al teatro 
plebeyo y a la prensa populachera, visto que la censura gra- 
matical y léxica no se conciliaría con la libertad de expresión 
-del pensamiento, la influencia malsana de su lenguaje inco- 
rrecto sólo podría combatirse, mientras se eleva la cultura del 
«pueblo, único remedio radical. con el estímulo oficial a la pro- 
ducción literaria de lenguaje depurado, es decir, con la institu- 
ción de un premio anual para la obra mejor escrita en cuanto 
a precisión léxica y a corrección gramatical. Un recurso más 
sería promover la divulgación, por medio de las bibliotecas pú- 
“blicas, de todo libro que trate de infundir el amor a la lengua, 
demostrando de una manera explícita o en forma sugerente la 
necesidad de su cultivo y las ventajas de este esfuerzo. 

En cuanto al literato, su acción social con respecto a la len- 


- 62 - 


gua consiste en mantenerla en equilibrio entre las dos fuerzas 
que se disputan el predominio sobre ella: la libertad de evolu- 
ción, que tiende a desintegrarla en neologismos, y la necesidad 
de tradición, que tiende a fosilizarla en arcaísmos. El neólogo 
conspira contra la unidad de la lengua, y la unidad de la len- 
gua es una grande y preciosa obra secular de la cultura, cuya 
conservación y cuyo desarrollo debe cuidar todo escritor, tra- 
tando de que su originalidad literaria se manifieste en la fuerza 
de sus modos de pensamiento y no en la violencia de sus for- 
mas de expresión, tal como, en lo personal de su figura, trata 
de distinguirse por la manera de llevar el traje y no por la ex- 
travagancia de sus prendas. Y el arcaísta, a su vez, conspira 
contra la eficacia de la lengua, porque ésta, ceñida dentro de 
los moldes antiguos, no podría expresar la renovación que en- 
trañan los conceptos modernos. Como leve toque ocasional, el 
arcaísmo refuerza el cuerpo y el aroma de la expresión, del 
mismo modo que un jarro de vino añejo compone un tonel de 
vino nuevo; pero preferir sistemáticamente determinados. voca- 
blos obsoletos a las voces que han triunfado sobre ellos suplan- 
tándolos, lleva a abolir estas últimas, a proseribirlas del vocabu- 
lario propio, como si fueran sordida verba; con lo que el ar- 
caísta enriquece tanto la lengua como enriquece su casa el que, 
por amor a la antigualla, trae a la sala los trastos del desván, y 
lleva al desván los muebles de la sala. 

En fin, sólo en las naciones donde la escuela, el gobierno 
y el escritor se esfuerzan de consuno en cuidar la lengua, para 
mantener su unidad y su expresividad, es donde aparece ele- 
vado el nivel de la cultura; porque el lenguaje, que resume el 
saber y el gusto, es el signo más seguro de ella. Y duele tener 
que decir que este esfuerzo conjunto, esta acción social solida- 
ria, no existe entre nosotros; y de ahí la situación inferior en 
que nos vemos por dentro y en que nos ven de fuera. 


El campeón del castellano en la Argentina 


Señoras, señores : 

En la historia del castellano en la Argentina, la figura de 
Ricardo Monner Sans se alza, enhiesta y gallarda, represen- 
tando una lucha y un triunfo. Un pintor de batallas y de vie- 
torias no puede hacer revivir al héroe, en toda la realidad de 
su grandeza, si no lo presenta de relieve, sobre el campo del 
combate como fondo, y con la expresión del vencedor como au- 
reola. Debo hacer como el pintor si quiero hacer revivir ante 
vosotros, con su particular característica, a esta personalidad 
de luchador triunfante; debo empezar por trazar el fondo de 
su cuadro, el campo de la cultura del habla, en el que, durante 
casi cuarenta años, libró su lucha y alcanzó su triunfo. 

La base de nuestra cultura es la heredada tradición hispana; 
pero su estructura tiende a desarrollarse con caracteres pro- 
pios, en armonía con nuestra idiosincrasia de pueblo nuevo, li- 
bre de atavismos constringentes; y por eso, en cuanto a las ins- 
tituciones sociales, hemos tenido que realizar un esfuerzo de re- 
novación, de adaptación y de creación, no poco considerable. 
Lograda en 1862 la organización nacional definitiva, al cabo de 
cincuenta años de ensayos infortunados, trágicos a veces, y Or- 
ganizado también el desarrollo económico, al fin podemos en- 
tonces emprender la obra de organización de la cultura: eri- 
giendo las instituciones destinadas al estudio de las ciencias, 
suprema conquista de nuestra inteligencia, y también al de las 
artes, sublime floración de nuestro ingenio. Al iniciarse esta 
obra se tropieza de inmediato con la cuestión de la lengua, por- 
que la lengua es el instrumento indispensable de la cultura. Per- 
mitidme una digresión necesaria en este punto. 

Habéis observado, señoras y señores, que en el reino animal 
hay una escala de voces que, en cuanto a intensidad, va desde 
el leve piar del polluelo hasta el bramido cavernoso del león; y 
que, en cuanto a tonalidad, va de lo desagradable a lo agradable : 
empieza en el rebuzno y el relincho, y refinándose cada vez más 
en ronquido, en gruñido, en aullido, en chillido, acaba en el 
arrullo y el gorjeo de las aves gárrulas y canoras. Así también 
en la especie humana hay lenguajes que empiezan en los ron- 
quidos y chasquidos de los hotentotes, en los gruñidos y silbidos 


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de otros salvajes, y refinándose cada vez más, acaban en las 
modulaciones musicales de los idiomas europeos. Pues bien: de 
la misma manera, en toda lengua de pueblo civilizado hay una 
escala de expresiones, que empieza en el mascullar y el barbu- 
lar de los rústicos, y refinándose cada vez más, al pasar de lo 
rústico a lo plebeyo, de lo plebeyo a lo vulgar, y de lo vulgar 
a lo noble, acaba en la dicción clara y fluída del orador diserto. 
Y esto es así porque, como el hombre se diferencia de todos los 
demás seres de la creación por la circunstancia de que es el 
único de ellos que no está conforme con su condición de animal, 
y se ha propuesto serlo cada vez menos, con la esperanza de que 
algún día dejará de serlo totalmente, he ahí que se ha desarro- 
llado en nosotros, en el curso de unos diez mil años, un instinto 
que nos incita a refinar constantemente nuestros modos natu- 
rales, a tal punto que, aún entre nosotros mismos, ha llegado a 
establecerse una emulación que nos induce, a los que formamos 
cierta clase en la sociedad, a distinguirnos del común de las 
gentes, por la figura, por los modales, por el habla. Y para dis- 
tinguirnos por el habla hemos creado, dentro de cada idioma, 
lo que se llama la lengua culta; y ahí tenéis, señoras y señores, 
cómo y por qué el cultivo de la lengua es una de las bases cons- 
titutivas de la cultura social. 

Decía que, al iniciarse entre nosotros la organización de la 
cultura, se tropieza de inmediato con la cuestión de la lengua; 
porque este medio imprescindible para la difusión de la ciencia, 
y poderoso recurso de arte, y signo inequívoco de la condición 
social, aparece desorganizado entonces entre nosotros. La in- 
fluencia francesa, impuesta por la cultura, ha desnaturalizado 
nuestro castellano eserito, y el contacto demasiado íntimo de las 
clases altas con las bajas, impuesto por la política, ha vulgari- 
zado el habla de nuestra gente decente. Surge entonces, como 
exigencia imperiosa de la cultura, la necesidad de restablecer 
la lengua culta. Pero esto piensan los reflexivos, y los imagina- 
tivos tienen otra idea... los adorables imaginativos, ese Qui- 
jote, mitad del alma nuestra, que tanto trabajo da a Sancho, la 
otra parte... Las irregularidades de nuestro castellano los in- 
ducen a creer que en este país se está formando un idioma pri- 
vativo... ¡gloriosa empresa patriótica sería la de favorecer su 
«desarrollo para que los argentinos pudieran distinguirse en el 
mundo por una lengua propia y exclusiva!... y a poco andar, 
en 1876, anuncian la preparación de un diccionario del «len- 
guaje argentino», obra que se redujo a un prospecto con doce 
voces de muestra. Mientras los soñadores, con Rafael Obligado 
al frente, se entreticnen en esto, los prácticos dan comienzo a 
la reorganización de la lengua culta ajustando la ortografía a la 
de la Academia española, porque en este punto acaba por pre- 
valecer la doctrina de la uniformidad, predicada por Marcos 


- 65 - 


Sastre, sobre la teoría de la simplificación, sostenida por Sar- 
miento; pero en lo principal, en cuanto al léxico y a la sintaxis, 
la empresa de restauración de la lengua culta se paraliza por 
falta de maestros aceptables: se ha descartado por rancio el mo- 
-delo arcaico de los clásicos castellanos, se repudia por afectado 
el estilo hiperbatónico y pomposo que está de moda entonces en- 
tre los escritores de la Península, y la situación es de expec- 
tativa; cuando, de pronto, la dificultad se resuelve felizmente 
y de una manera inesperada. El régimen opresivo que precedió 
en España a la revolución de 1868 primero, y después la caída 
de la república en 1874, obligan a expatriarse a buen número 
de intelectuales españoles, que llegan al Plata y son recibidos 
con palmas, especialmente en Buenos Aires, donde encuentran, 
en el magisterio y en el periodismo, sus medios de vida más ade- 
«cuados. 

Empiezan a actuar entonces en nuestra prensa, alentados por 
Benito Hortelano que desde Caseros está en ella, Casimiro Prie- 
to, Romero Jiménez, López Benedito, Rafael Barreda, Salvador 
Alfonso, Martínez Villergas, Enrique Ortega, Carlos de Egoz- 
cue, Antonio de Aleu, Rafael Calzada, López de Gomara, y más 
tarde Alonso Criado, Martín Herrera, Enrique Frexas, Eusta- 
quio Pellicer, Federico Leal, Javier Santero, Carlos Malaga- 
rriga, Ricardo Fors, Severiano Lorente, Julián de Vargas, Po- 
leró Escamilla; mientras se esfuerzan en el aula José María To- 
rres, Guillermo Parodi, Santa Olalla, López Lorenzo, Bernardo 
"Troncoso, Gregorio Martí, Cayetano Aldrey, Baldmar Dobra- 
nich, y más tarde Hidalgo Martínez, Benigno Martínez, Monner 
Sans, Moreno Godínez, García Velloso, Atienza Medrano, Vera 
González. Lo que nuestra cultura debe a esta pléyade, que nos 
auxilió en la obra de adaptar el castellano a la modalidad ar- 
gentina, y lo que le debe también nuestra técnica literaria, no ha 
sido escrito aún; presento la cuenta a nuestros historiadores de 
la literatura y de la cultura para que salden su deuda con esos 
argentinos de adopción, que confirmaban cordialmente a nues- 
tro lado el imperial apotegma de Casimiro Prieto: «España está 
donde se habla el castellano, y donde se habla el castellano está 
mi patria». 

En las redacciones de los grandes diarios se establece enton- 
ces verdadera camaradería entre el escritor porteño y el eseri- 
tor español; y en la antigua sala de profesores de este Cole- 
gio Nacional de Buenos Aires, un vínculo también de compa- 
ñierismo liga a los catedráticos españoles con sus colegas argenti- 
nos. Un sociólogo dirá que la afinidad de raza, la comunidad en 
el concepto ideal de la vida, y por tanto en los anhelos, en los 
gustos y en las costumbres, era lo que llevaba a esa unión; un 
filólogo tiene que decir que la lengua era el agente de ella, por- 
que la lengua en sí, con la razón que entrañan sus vocablos, la 


5 


sebo 


sensibilidad que muestran sus giros, y el arte que desarrollan 
sus sonidos, es el reflejo completo del alma humana; y por eso 
la unidad de lengua lleva a los hombres necesariamente a la 
armonía de formas en el pensar, en el sentir y en el idear; y de 
ahí la mutua simpatía. Corto aquí esta reflexión un poco tras- 
cendente, y vuelvo a los hechos de la historia. Al fin las insti- 
tuciones culturales quedan organizadas, y la lengua entra en 
la vía del refinamiento. Pero no todo es trillado en esa vía; hay 
quien hace rodar piedras sobre ella, y a cada paso se tropieza 
con las puntas y las aristas que a ese avance opone la ineul- 
tura; además, aquella idea del idioma privativo ha ido tomando 
cada vez más cuerpo, a causa de que el espíritu nacionalista, al 
reaccionar violentamente contra la irrupción cosmopolita, ha re- 
cogido esa idea y ha hecho de ella el estandarte de su campaña 
eriollista en las letras. Y allá por 1889, cuando la cuestión lla- 
mada del idioma nacional entra en su momento crítico, llega 
acá Monner Sans; probablemente con tantas esperanzas como 
incertidumbres acerca de lo que va a ser de él, y seguramente 
muy lejos de figurarse ni la lucha que iba a emprender ni el 
triunfo que iba a lograr. 

Desde el primer momento su actividad es múltiple: se inicia 
como docente en el colegio Lacordaire y como publicista en el 
diario La Nación, y poco tarda en actuar también como autor 
y orador. En tanto que empieza así su cuádruple faena, observa 
que, en la Argentina, el castellano está oscilando entre dos fuer- 
zas opuestas: la criollista que quiere hacerlo particular, típica- 
mente nuestro, y la de la cultura, que quiere mantenerlo gene- 
ral, común para todos; y ambos bandos extreman su porfía : 
unos se abrazan al gaucho, los otros a la Academia... Todo en 
Monner Sans: su tradición española, su ideal de cultura, su 
función docente, su devoción literaria, su conocimiento técnico 
de la lengua, lo incitan a plegarse al bando conservador inter- 
viniendo en la contienda; pero el respeto a sí mismo y a los 
demás, que era la primera de sus virtudes sociales, le prohibe 
inmiscuirse en una cuestión que considera ajena, propia de los 
argentinos, que sólo a ellos corresponde discutir a causa de su 
carácter nacionalista; y mientras la cuestión dura, se abstiene 
de escribir sobre ella entre nosotros. Se limita a estudiar el 
pleito, a examinar la cosa en disputa, y cuando llega a cono- 
cerla resuelve asumir frente a ambas partes la posición que iba. 
a ser el baluarte de su lucha y la causa de su triunfo. En pri- 
mer lugar juzga que el lenguaje gauchesco, punto fundamental 
de la controversia, es un miembro legítimo de la familia caste- 
llana, tan castizo como su hermano el andaluz; y dice esto en 
1894, antes que Unamuno llegue en el mismo año a idéntica con- 
clusión ; luego publica Minucias lexicográficas para pedir la in- 
corporación al léxico académico de varias voces argentinas, y 


- 67 - 


para presentar artículos de un vocabulario gauchesco que está 
organizando. En segundo lugar, juzga que la crítica del len- 
guaje debe censurar, no los vulgarismos de los ignaros, porque 
su corrección toca a la escuela, sino las vulgaridades de los doc-. 
tos, porque son éstos, y no los otros, quienes estropean la len- 
gua; y entonces escribe, contra esas vulgaridades, sus Notas al 
castellano en la Argentina. Más tarde ataca a la intransigencia 
purista sosteniendo en El neologismo la necesidad de legitimar 
las voces nuevas, en las que no ve sino los naturales retoños de 
toda lengua viva. He ahí cómo, en esta lucha suya contra am- 
bos bandos, al dar a cada cual una parte de la razón disputada, 
ejerció una acción conciliadora, que, aceptada por unos y por 
otros, fué su triunfo. Y se explica este triunfo, porque su 
arma en tal lucha no fué el insoportable dogmatismo del pe- 
dante: usó en cierta medida el medio imperativo del precepto, 
pero prefería el método persuasivo de la demostración, al que 
lo inclinaba su temperamento bondadoso, primera de sus pren- 
das de carácter; y por eso es que en su obra de publicista se 
consagra especialmente al examen crítico de la literatura caste- 
llana, y a la compilación filológica, para poner de relieve la 
riqueza actual y virtual de nuestra lengua, y también su be- 
lleza; y de ahí que su producción docente, sobre gramática, lexi- 
cografía y pedagogía, represente menor volumen que sus com- 
posiciones poéticas, dramáticas y oratorias, y sus estudios his- 
tóricos, literarios y filológicos; cuantiosa labor que dura casi 
cuarenta años y que aparece lanzada a los cuatro vientos, espar- 
cida en muchos libros y folletos, revistas y periódicos y diarios, 
como si hubiera querido sembrar de notas castellanas la Ar- 
gentina. 

Esta difusión extraordinaria de su obra, en tan amplio espa- 
cio y en tan largo tiempo, ha dado a Monner Sans entre nos- 
otros una notoriedad que supera en mucho a la de todo otro crí- 
tico de la lengua; y ha hecho de él, por excelencia, el Campeón 
del Castellano en la Argentina. Por eso he empezado esta diser- 
tación diciendo que, en la historia de nuestra lengua, la figura 
de Monner Sans se alza, enhiesta y gallarda, representando una 
lucha y un triunfo. Es muy sabido que los hombres de letras 
hemos tratado a Monner Sans manifiestamente de la misma 
manera que tratamos al Diccionario y a la Gramática; pero en 
nosutros, como en todos los humanos, lo ostensible disimula lo 
recóndito, y por tanto ; también muy sabido que no hay un 
solo escritor entre nosotros que no tenga en su biblioteca un die- 
cionario, una gramática y las Notas al castellano en la Argen- 
tina... Mucho tiempo ha de pasar antes que se haga evidente 
para la generalidad, lo que hasta ahora no hemos visto sino los 
estudiusos: el alcance social de la obra de Monner Sans, su in- 
fluencia directa en el cultivo de nuestra lengua; es forzoso que 


- 68 - 


así sea, que este reconocimiento tarde, porque el esfuerzo su- 
premo de la actividad humana que la cultura representa, coma 
que es síntesis selectiva de innumerables tentativas malogradas 
y bien logradas, vo puede dar sus frutos de inmediato en cada 
caso. Sin embargo, es evidente hoy, hasta para la generalidad 
de los vbservadores, el hecho de que ahora cultivamos la len- 
gua con un celo que no hemos tenido nunca antes de ahora; y 
pregunto si es posible considerar ajeno a este hecho el esfuerzo 
de quien entre nosotros dedicó su vida entera, con tesón de lu- 
<hador y con fervor de apóstol, a demostrarnos la riqueza y la 
belleza del castellano, y a transfundirnos algo siquiera del amor 
icólatra que tenía él a nuestra lengua. 

Señoras, señores: se tacha de parcialidad al juicio contempo- 
ráneo: yo tacho de incomprensión al juicio histórico; y afirmo 
«que el móvil y el resultado de nuestros actos no pueden ser eo- 
nocidos, en toda su verdad e integridad, sino por quienes han 
vivido con nosotros. Por eso os he hablado como acabáis de oirlo, 
«con decisión y con firmeza; porque ereo que el juicio contem- 
poránco es el único juicio justo, aunque haya en él pasión o in- 
terés, puesto que, como muy bien sabemos, la posteridad no está 
exenta tampoco de pasión o de interés cuando hace sus juicios 
retrospectivos. La obra social de Monner Sans queda así juzga- 
«da, y su valor cultural queda así establecido; y esa obra es 
«ejemplar y es plausible. Hagamos llegar a su autor esta san- 
-ción de su esfuerzo. Evoquemos su imagen; llamémosla a este 
recinto para que reciba nuestro aplauso... Ahí está; aparece 
“tal como era: con la figura elegante que el alma artista reviste; 
«el paso elástico del que sabe adonde va; el ademán desenvuelto 
del que sabe lo que hace; la frente alta de la mente noble; la 
mirada límpida de la conciencia recta; la sonrisa dulce del co- 
razón sensible; y el nimbo de gloria que circunda al que ha 
cumplido dignamente su misión personal y social en este mundo. 
¡Sea para él nuestro aplauso. 


El régimen . 


La libertad americana en la lengua castellana 


Señoras, señores : 

Libertad es un concepto tan amplio que ofrece un campo muy 
vasto a las especulaciones del intelecto. Aun cuando se circuns- 
criba a la libertad humana, el concepto abarca tanto todavía que 
ha dado origen a más de un sistema filosófico y a más de una 
doctrina ética y moral; porque o se afirma o se niega la libertad 
del hombre ante la naturaleza, entre sus semejantes y consigo 
mismo. No temáis; no voy a aburriros con una disertación más, 
que sería la millonésima, sobre un tema de tanta trascendencia. 
Dejo a los filósofos sus insolubles cuestiones. Admito que sería 
muy interesante averiguar si el hombre tiene, o no, la facultad 
de hacer, de elegir y de no hacer; doy la cosa por averiguada 
y digo que, aun cuando la libertad no exista y lo que gobierna 
al hombre sea la fuerza soberana de la necesidad, a esa fuerza 
ciega opone el hombre su voluntad consciente, decidido a rom- 
per tales ligaduras. Nada importa que este propósito sea vano; 
por el contrario, la inutilidad práctica del esfuerzo es justa- 
mente lo que lo ennoblece; queda en pie su idealidad: la aspi- 
ración del hombre a superar a la naturaleza, porque no se con- 
forma con ser lo que es, y lucha tesoneramente por ser más de 
lo que es. Exaltación sublime, porque con ella se acerca el hom- 
bre a su Creador, aunque no lo alcance. Está en el alma de este 
pobre ángel desterrado ese afán irrealizable de subir de nuevo 
al cielo con sus alas cortadas, embarcado en las nubes de sus 
quimeras; de la misma manera que, como si impetraran a Dios, 
suben las plantas con sus aromas humildes, y las montañas con 
sus cumbres arrogantes, hacia el empíreo donde brillan los as- 
tros con serenidad perenne, chispas etéreas que tal vez no son 
en esencia sino los anhelos frustrados de nuestros corazones, que 
tanto más ansían cuanto menos logran. 

La libertad de acción y de conciencia es una de estas ansias, 
la suprema, del hombre civilizado. Sin entrar a considerar, como 
el filósofo, si la libertad absoluta es o no un mito, el hombre 
cree en esas libertades relativas, y aplica todas sus fuerzas 
a conseguirlas. Aspira a la libertad política y a la libertad re- 
ligiosa para poder sentir, pensar, querer y obrar de tal modo 
que su vida sea un bienestar constante. Funda, pues, su bienes- 


ie 


tar en esas libertades; a tal punto que, cuando le faltan, arras- 
tra una existencia miserable. Volvamos la vista atrás en el tiem- 
po, por un momento: echemos una ojeada al viejo mundo eu- 
ropeo cuando, al iniciarse la edad moderna, se castigaba con la 
muerte, por pravedad herética, al que no profesaba una reli- 
gión determinada, y por lesa majestad al que no se sometía al 
arbitrio de un monarca. Pavoroso es el espectáculo que en el 
siglo xv1 ofrece toda la humanidad civilizada, desde los países 
escandinavos hasta el Mediterráneo y desde la Europa oriental 
hasta el Atlántico. Las tres furias infernales: la rivalidad di- 
nástica, la ambición imperialista y la intolerancia religiosa man- 
tienen permanentemente a todos esos pueblos en una vida de 
agonía extrema, provocando sin tregua guerras tras guerras, ora 
civiles por el gobierno propio, ora extranjeras por la expansión 
territorial o por la hegemonía política. No hay trono que no 
sea objeto de una contienda armada continua; ni hay país rico 
y débil, como Italia, Alemania y Flandes, que no sea la presa 
despedazada de los reyes, emperadores y papas que se lo dis- 
putan a sangre y fuego. Y sobre este campo inmenso de ma- 
tanzas, como para colmar de horror el cuadro, se alzan innu- 
merables, en todas partes también, los cadalsos del despotismo 
real y las hogueras del fanatismo sectario, donde se consuman 
las hecatombes de Enrique vin, de María Tudor y de Elisabet 
en Inglaterra, las decapitaciones de Calvino en Ginebra, las de- 
gollaciones de hugonotes en Francia, las atrocidades del duque 
de Alba en Flandes, las ejecuciones de la Inquisición de estado 
en Venecia, y los autos de fe del Santo Oficio en España y en 
Portugal. Y mientras esto pasa en el suelo, en el subsuelo gimen 
los miles de enterrados vivos en las mazmorras y en los pozos. 

¿Por qué este frenesí de tortura y de exterminio, esta sed in- 
saciable de sangre y lágrimas? Porque estaba entonces en dis- 
puta el dominio absoluto del mundo civilizado: el material por 
los monarcas, el moral por las iglesias; y el arma de esta lu- 
cha era en ambos terrenos, entre los monarcas y entre las igle- 
sias, la violencia: la violencia contra la libertad de acción del 
ciudadano y contra la libertad de conciencia del creyente. Las 
ciencias y las artes, en pleno Renacimiento, realizaban entonces 
grandes obras, pero esta cultura espiritual no lograba emanci- 
par al hombre de sus instintos brutales, y por eso continuaba 
todavía en la sociedad civilizada el régimen de opresores y opri- 
midos que constituía la tradición política de la humanidad desde 
los tiempos primitivos. Y este estado social de violencia, de 
opresores y oprimidos, en vez de remediar, agravaba para el co- 
mún de los hombres las dificultades naturales de la vida, mul- 
tiplicadas entonces por la densidad de la población, la incul- 
tura del suelo y la destrueción de los bienes acumulados. Los 
millones de soldados y merodeadores en la guerra, que eran los. 


- 73 - 


millones de forajidos y mendigos en la paz, consumían más de 
lo que producían el pastor, el labrador y el artesano; la tierra 
esquilmada por los incendios y las devastaciones, los tributos y 
los impuestos, los diezmos y las primicias, no sustentaba ya a la 
humanidad, y el hambre crónica era, después de las guerras y 
las persecuciones, la tercera calamidad reinante en todos los 
pueblos, y la causa de la predisposición de las masas a la ma- 
tanza y al saqueo. De esta calamidad del hambre crónica hablan 
abundantemente los eronistas en sus relatos, las lenguas en sus 
refraneros y+las literaturas en sus cuadros de la vida de esos 
tiempos. . 

- De pronto, a consecuencia del descubrimiento de América, 
sobrevino el alivio. Un nuevo mundo de infinita riqueza y de 
extensión inmensa se ofrecía a la avidez de recursos de los opre- 
sores y al ansia de libertad de los oprimidos. Los opresores fue- 
ron los primeros en lanzarse a este Nuevo Mundo para satis- 
facer en él su codicia; debían disputar al indígena la posesión 
de las tierras en que vivían y de los tesoros que guardaban, y 
su arma en tal lucha fué, como en Europa, la violencia ; hicieron 
sanguinariamente la conquista del territorio, y saquearon des- 
enfrenadamente los templos, los palacios y hasta los tugurios 
para arrebañar el oro, la plata y las joyas que había en ellos. 
Luego, a fin de explotar el suelo y el subsuelo, organizaron el 
gobierno, dándole por base la europea también: en economía el 
monopolio, y en política el despotismo, agravado con una nueva 
institución inicua: la esclavitud del indio y del negro. Entre 
tanto, para las masas de los oprimidos de Europa, estas violen- 
cias de América, si acaso las conocían, se atenuaban hasta des- 
aparecer detrás del espejismo ereado por los relatos fabulosos 
de la extensión y de la riqueza de las nuevas tierras; visión que 
les ofrecía un contraste mirífico con la miseria material y mo- 
ral que los rodeaba: no veían en América sino campos floridos, 
bosques fruetuosos, minas preciosas, que se extendían sin tér- 
mino, bajo un cielo no velado como el suyo por los humos de la 
guerra, en una atmósfera no impregnada como la suya por los 
vahos de la sangre, sobre un suelo no surcado como el suyo 
por los arroyos de lágrimas. Y entonces, a mediados del si- 
glo xvi, repentinamente reventaron, en todos los países atlánti- 
cos de ese Viejo Mundo, como los raudales de un desborde in- 
contenible, las corrientes de emigración que traían a esta nueva 
tierra prometida a los oprimidos de España, de Portugal, de 
Francia, de Holanda y de Inglaterra; y la civilización fué sen- 
tando así sus reales en América, desde el San Lorenzo hasta el 
Plata. Llegaban acá los emigrados, y la libertad ansiada, el ideal 
irrealizable en Europa, se hacía para ellos una realidad en Amé- 
rica; porque el absolutismo y el fanatismo, parásitos de la mi- 
seria económica, morían al oxigenarse sobre este suelo ubérrimo 


- 74 - 


en toda clase de dones. Ante esta maravilla, el emigrado quiso 
ser americano y no europeo; y este anhelo, fruto de la tierra 
generosa, fué creciendo cada vez más, por obra de la misma 
tierra, en los hijos de emigrados, y en los hijos de estos hijos 
progresivamente, hasta que se concretó en una voluntad deter- 
minada: crear en América un estado social que no tomara de 
Europa sino lo que se conciliase con un ideal de libertad omní- 
moda. El americano trabajó, pues, con ardor y tesón durante 
casi tres siglos, tolerando necesariamente el régimen despótico 
que lo auxiliaba en su lucha con la naturaleza y que lo ampa- 
raba en la posesión y el goce de sus bienes; palmo a palmo fué 
conquistando los campos con el arado, los bosques con el hacha. 
las minas con el pico; se multiplicó en número, se agigantó en 
fuerza, y al fin pudo proclamarse independiente, para realizar 
de inmediato su sueño de democracia en política y de tolerancia 
en religión; y para emprender más tarde la revisión total de los 
valores europeos que constituían su cultura colonial. Este an- 
helo, este esfuerzo y esta obra de emancipación han acabado por 
caracterizar al americano como tipo específico en la humani- 
dad civilizada: como hombre libre; y esta condición suya es 
precisamente lo que justifica su existencia en mundo aparte, en 
este Nuevo Mundo. 

La libertad es, pues, en los americanos la esencia de su natu- 
raleza, su razón de vida; y de ahí que las manifestaciones de 
este espíritu se repitan continuamente en la historia de Amé- 
rica hasta constituir una tradición firme que se extiende desde 
el San Lorenzo hasta el Plata, y desde los albores del siglo xv1 
hasta hoy, y que en la época de la Colonia empieza en los pri- 
meros conquistadores que se emanciparon de los gobiernos de 
Santo Domingo, de Cuba y de Panamá, y acaba en el último de 
los funcionarios de la Corona que se atrevió a escribir al pie 
de una orden real: «Se acata, pero no se cumple». Reconozco 
que la historia de América libre registra, sin embargo, manifes- 
taciones contrarias al espíritu de libertad. ¿Acaso hay cielo 
sin nubes? Después de la Colonia, el odio de razas ha originado 
innúmeras matanzas de negros y de indios, y la hostilidad al 
mestizo y sobre todo al mulato subsiste aún en parte; también 
ha habido y hay imperialismo en las naciones, y dictadura en 
los gobiernos; y en el campo de la cultura las demostraciones 
de vasallaje a los principios y métodos europeos abundan to- 
davía. Pero tales hechos no son los que prevalecen en la histo- 
ria; estas manifestaciones del servilismo, del servilismo que es 
la causa madre de la prepotencia política y de la subalternería 
intelectual, son puramente episódicas en la obra de independen- 
cia realizada ya en América, obra que se especifica en las liber- 
tades sociales prorlamadas por las constituciones de todos sus 
estados; esos actos de prepotencia y de subalternería son inci- 


O 


dentes que pasan por encima de esta obra trascendental sin al- 
terarla, como pasan las nubes por la atmósfera sin cambiar el 
fondo azul del cielo. Como el cielo azul, así es, profundo, cons- 
tante e inmutable, el anhelo de libertad de los americanos; y 
este sentimiento es lo que hace que los argentinos, los america- 
tos de esta parte del Continente, tengamos una aversión instin- 
tiva, más que reflexiva, a todas las preocupaciones europeas: al 
odio de razas o de nacionalidades, al imperialismo y al despo- 
tismo en política, al fanatismo en las creencias, al dogmatismo 
en los principios, al tradicionismo en las instituciones, a la ru- 
tina en los procedimientos. Libertad de examen, libertad de jui- 
cio, libertad de método, es nuestro programa de vida cultural, 
que completa el de libertad política y religiosa, el de libertad 
de acción y de conciencia. Libertad, libertad, libertad, es el grito 
sagrado que nuestro himno hace oír a los mortales, resumiendo 
en esa triple afirmación estentórea nuestro anhelo supremo 
como hijos de esta tierra americana. 

¡Cuán fuertemente vibra este sentimiento en los hechos y en 
los dichos de Moreno, Alberdi, Echeverría, Sarmiento, Mitre, 
López, Gutiérrez y demás creadores de la cultura nuestra! ¡y 
cuánta luz esparcen esos faros sobre la ruta que debemos se- 
guir los argentinos hacia la meta de un estado social de alta 
cultura propia! Ahí, en las doctrinas de ellos, están concreta- 
dos nuestros anhelos ae libertad en todos los órdenes, todo la 
que nos toca hacer a nosotros como continuadores de una obra 
cuyos cimientos, tarea ciclópea, echaron ellos. Y en una de las 
partes de esta obra, nada hemos hecho todavía. De esta negli. 
gencia voy a hablaros, ella es el tema de esta conferencia: no 
hemos iniciado aún la conquista de la lengua, la realización de 
la libertad americana en el gobierno, extranjero todavía, de 
nuestra habla castellana. 


Dentro de diez años hará un siglo que Alberdi expresó nues- 
tro primer anhelo de libertad en el régimen de la lengua pro- 
clamando el principio de que «una lengua es una facultad in- 
herente a la personalidad de cada nación» (Obras completas, 1, 
132). Poco después declaraba Echeverría el mismo sentimien- 
to: «El único legado que los americanos pueden aceptar y acep- 
tan de buen grado de la España, porque es realmente precioso, 
es el del idioma; pero lo aceptan a condición de mejora, de 
transformación progresiva, es decir, de emancipación» (Obras 
completas, Iv, 102). Mientras esto dicen Alberdi en Buenos Ai- 
res todavía, y Echeverría ya en Montevideo, Sarmiento y Ló- 
pez expatriados en Chile hacen oír también sus voces por el 
mismo ideal. Sarmiento dice: «Los idiomas se tiñen con los eo- 
lores del suelo que habitan... Una vez dejaremos de consultar 


- 76 - 


a los gramáticos españoles, para formular la gramática hispano- 
americana... América debe entrar en posesión de su propia len-- 
gua y adaptarla a la expresión de sus necesidades» (Obras, XIL,. 
184; xx1x, 333). Y López dice: «Mi sistema es escribir en la len- 
gua culta que usamos los argentinos; desde que yo sea entendido 
por ellos, no tengo que pedirle licencia a la academia de Ma» 
drid para usar palabras nuestras que todos usamos cultamente 
y que tienen una acepción propia, clara y establecida entre nos- 
otros» (transcripción en el periódico La Ondina del Plata, Bue- 
nos Aires, 9 julio 1876). Y esta ansia de emancipación del ré- 
gimen español en el uso de nuestra lengua late continuamente 
en el corazón de nuestros prohombres, hasta que de pronto asume 
por primera vez formas concretas en un acto tan sorprendente 
por lo insólito como ruidoso por su trascendencia : el rechazo que 
hace Juan María Gutiérrez del título de miembro correspon- 
diente que la Academia española le ofrece. 

Examinemos de cerca este hecho, que es la manifestación más: 
elocuente del espíritu americano ansioso de libertad también en 
el gobierno de la lengua. Gutiérrez no ha aspirado nunca al título 
que le presentan; se lo ha discernido la Academia española para 
demostrarle, con tal honra, que la madre patria apreciaba y re- 
compensaba su amor entrañable al castellano, su estudio pro- 
fundo de la literatura española clásica y moderna, y su es- 
fuerzo para unir intelectualmente a todos los pueblos de Amé- 
rica mediante compilaciones poéticas y bibliografías de sus es- 
eritores. Pero no era el deseo de agradar a España lo que mo- 
vía a Gutiérrez a cuidar el castellano, a convivir con sus lite- 
ratos y a divulgar sus obras; procedía así porque consideraba 
al castellano como un bien propio, y tomaba posesión de él en 
toda forma, y quería demostrar la riqueza de este vínculo de 
los americanos, y difundir entre ellos sus bellezas. De modo que, 
al recibir el diploma no pedido ni esperado, pensó que ese tí- 
tulo iba a trabar su acción de americanista, a impedirla quizá, 
porque no podría conciliarla con el interés de la Academia espa- 
ñola; interés adverso a toda forma de americanismo, por cuanta 
.España ambicionaba establecer una especie de dominio espiri- 
tual sobre las naciones nacidas de sus colonias de América, En- 
tonces, al ver el dulce lazo que así se le tendía, Gutiérrez reac- 
cionó violentamente, estalló como un cohete, según su propia 
expresión; rechazó el honor que se le hacía, por tres razones 
fundamentales: porque el americano no podía aceptar la subor- 
dinación a una tutela europea, aunque fuese espiritual; porque 
el republicano no podía formar parte de una institución mo- 
nárquica; y porque el escritor actual en esta parte del mundo 
no podía reglar el uso de su lengua por los cánones del purismo, 
que era el uso de esa lengua en otros tiempos y en otra parte 
del mundo. He aquí sus palabras al respecto, escritas en una 


mm 
= 171 - 


«carta confideucial dirigida a un amigo: «Tendremos un diecio- 
nario y una academia que nos gobernará en cuanto a los impul- 
sos libres de nuestra índole americana en materia de lenguaje... 
y no escribiremos nada sino pensando en nuestros jueces de 
Madrid... Yo he cumplido con mi deber... Rehusé del impe- 
rio (del Brasil) la cruz que me ofrecieron; por razón análoga 
no he querido el diploma académico... En fin, yo he procedido 
«como americano libre» (Relaciones históricas, por Vicuña Mac- 
Kkenna, segunda serie, 1878, p. 976). No fué el acto del re- 
pudio, ni las razones especiosas cortésmente alegadas por el re- 
nunciante en su nota a la Academia, lo que dió a este episodio 
una resonancia que dura todavía; el desaire inferido estaría ya 
olvidado si hubiera sido un simple incidente, personal. Lo que 
“ha hecho de la actitud de Gutiérrez en tal cireunstancia un acon- 
tecimiento de tanta trascendencia que hoy todavía, a los cin- 
«cuenta años de producido, sigue excitando al sentimiento penin- 
sular y al nuestro, es el móvil americanista de esa actitud, su 
-carácter inequívoco de manifestación de un anhelo de libertad . 
que España no puede considerar sino con gran disgusto y que 
nosotros no podemos ver sino con infinita complacencia. Por- 
-que esa actitud es, en substancia, la afirmación categórica del 
derecho de los americanos a regir su propia lengua castellana. 

Desde entonces, desde hace cincuenta años, el anhelo de eman- 
«cipación de nuestra lengua, expresado como ideal por Alberdi, 
Echeverría, Sarmiento y López, y concretado en hechos por 
Gutiérrez, ha estado manifestándose continuamente en nuestros 
“pensadores como una voluntad argentina. Rafael Obligado fué 
el más activo exponente de esta voluntad, actitud que, en la 
«época ya remota de «la cuestión del idioma nacional», le valió 
a un tiempo los acres denuestos de los puristas, que lo llamaban 
-««poeta pampeano, salvaje, avestrucero», y los piropos melosos 
.«de los criollistas, que calculaban ganarlo así, por cuatro caro- 
zos, para su causa. Otro espíritu rebelde a toda sujeción espiri- 
tual a España fué Lucio V. López, cuya graciosa sátira, la 
Epístola por las buenas letras, dice elocuentemente cuál es el 
«sentimiento argentino al respecto. En fin, para citar uno más 
de los pensadores de la misma generación : Ernesto Quesada, al 
«criticar en El problema del idioma nacional el absolutismo del 
régimen español del castellano, nos recuerda entre líneas que 
nuestro ideal de emancipación de la lengua no es ya un simple 
anhelo sino una voluntad argentina. 

Entretanto ¿qué hemos hecho, desde Gutiérrez hasta hoy, 
para realizar esta voluntad? Perder el tiempo en disertar retó- 
"ricamente sobre el tema, en formular programas inconducentes, 
en multiplicar las gramáticas calcadas en la española, y en re- 
“volver las heces de nuestra habla para constituirnos a todo trance 
“nna característica, aunque fuera inculta; empeño pueril que 


- 78 - 


ha producido varios vocabularios pomposamente titulados «ar- 
gentinos», cuya base es el gauchesco, el cocoliche, el orillero y 
el lunfardo. Todas estas trivialidades hemos hecho, y nada de 
lo necesario para asumir el gobierno de la lengua que hablamos 
y escribimos; y por eso, para no errar en el manejo de ella, te- 
nemos que recurrir todavía a la gramática y al diccionario es- 
pañoles o españolados. En esta mezquina y deprimente situa- 
ción de colonos españoles en la lengua estamos aún los argenti- 
nos por haber creído que, para ser dueños de nuestro castellano, 
nos bastaba afirmar esta voluntad y proclamarla a todos vien- 
tos. No vimos desde el principio, ni lo vemos todavía, que la 
voluntad necesita un arma para luchar, y triunfar, e imponerse, 
y realizarse, y que esa arma es la fuerza; la fuerza que en la 
política se llama “dea, en la economía trabajo, en el arte ins- 
piración y en la ciencia estudio. No hemos estudiado las formas 
del régimen tradicional de nuestra lengua; no hemos examinado 
a fondo los dos libros en que se codifica ese régimen : la Gramá- 
tica y el Diccionario; no hemos descubierto la estructura dog- 
mática y empírica de la gramática y del diccionario españoles 
o españolados, ni nos hemos puesto a cambiar esa armazón eu- 
ropca, estrecha y autoritaria, por otra liberal y amplia, es decir, 
americana. Eso era lo que había que hacer, porque la Gramática 
y el Diccionario son las riendas del manejo de la lengua. 

Pero el estudio nos es penoso; y por eso en el presente caso, 
como en tantos otros, hemos preferido a la observación y a la 
reflexión la improvisación y el tanteo; y en esto han coincidido 
los dos bandos que, desde hace cincuenta años, discuten entre 
nosotros, teóricamente e interminablemente, la cuestión de la 
lengua. Los revolucionarios han creado el mito del idioma pri- 
vativo, exclusivo de los argentinos, a cuya realización se llega- 
ría mediante la degeneración paulatina de nuestro castellano, 
ocasionada por una saturación suficiente de aportaciones ex- 
tranjeras y vulgarismos nacionales; y los más audaces sostienen 
que ese idioma privativo ya existe, o está por existir, tantas son 
las variaciones que ofrece nuestra habla, comparada con las de 
otros pueblos castellanos. El estudio habría revelado a estos ilu- 
sos que, para que una lengua se corrompa por la ignorancia 
rústica, por la presión extranjera o por la irrupción plebeya, es 
menester que en ese medio social no haya una clase ilustrada 
que contrarreste tales avances, ofreciendo en su lenguaje culto 
ideales más altos, pensamientos más amplios, sentimientos más 
nobles y modos de decir más bellos que los del campesino, del in- 
migrante y del compadrito; y el estudio les habría revelado 
también que la lengua común es una selección de sus formas ge- 
neralizadas, y no una suma de sus expresiones regionales y lo- 
cales, porque las particularidades dialectales varían de un lu- 
gar a otro y no ofrecen por tanto la unidad que la lengua co- 


- 79 - 


mún requiere. Y los otros, los conservadores, que tampoco es- 
tudian, han sostenido por su lado que el cambio de gobierno 
de la lengua se realizará automáticamente el día que se subs- 
tituya en América a la Academia española por una academia 
autóctona. El estudio habría revelado a estos otros ilusos que las 
instituciones dictatoriales repugnan a la democracia americana; 
razón por la cual murió al nacer, por falta absoluta de favor 
público, nuestra Academia argentina correspondiente de la es- 
pañola, es decir, una entidad nacional subordinada a una enti- 
dad extranjera, como ha nacido muerto también nuestro fla- 
mante Instituto de filología, precisamente por ser otra entidad 
nacional subordinada a una entidad extranjera. 

No es por tales caminos por donde vamos a llegar a ser due- 
ños de nuestro castellano; lo que hay que hacer es tomar las 
riendas de su gobierno con una gramática y un diccionario 
americanos que nos libren de la tutela extranjera. Pero estos li- 
bros no serán americanos por sus caracteres externos: el lugar 
de la edición, la nacionalidad del autor, el localismo de sus 
detalles; serán americanos por su plan científico, no empírico, y 
sobre todo por su espíritu libre del tradicionismo que constituye 
la medula de la gramática y del diccionario españoles o españo- 
lados. Nuestro anhelo de libertad exige esta emancipación pro- 
vocando a cada momento entre nosotros, como acabamos de 
verlo, manifestaciones persistentes e inequívocas. También re- 
clama esa emancipación nuestra cultura, porque, si hemos de 
elevar el nivel social, tenemos que cultivar la lengua, y no es 
posible cuidar con interés sino lo propio. Usar lo que poseemos 
en común con otros no es hacerlo propio; para tomar posesión 
de nuestro castellano debemos ser nosotros quien establezca el 
régimen de su manejo entre nosotros. Pero no hay régimen sin 
dominio, ni dominio sin conocimiento, ni conocimiento sin es- 
tudio. De modo que, para lograr ese régimen, hay que estudiar; 
y este estudio ha de hacerse en todas partes: en el hogar, que es 
donde empieza el conocimiento de la lengua, en la escuela, que es 
donde se desarrolla, y en la tribuna del orador y del escritor. 
que es dende se perfecciona. Acostumbramos usar la lengua de. 
una manera mecánica e inconsciente; como una cosa que está er 
cl dominio de la naturaleza y no en el nuestro, lo mismo que 
usamos mecánica e inconscientemente el aire que nos alienta y 
que nosotros no fabricamos, y el sol que nos calienta y que nos- 
otros no encendemos. No es ése el caso de la lengua; hay que 
poner conciencia e inteligencia en el uso de ella, porque la len- 
gua no es un bien de la naturaleza como el sol y el aire; es una 
obra del hombre, una costumbre social, con formas buenas y 
malas que debe distinguir todo el que quiera demostrar buen 
gusto. Lo mismo que el caminar bien, y que el vestir bien, el 
hablar bien es una cuestión de gusto. Y el gusto se adquiere por 


- 80 - 


la educación, y la educación de la lengua se hace por un medio 
“único, tan eficaz como agradable: la audición de los buenos ora- 
«dores y la lectura de los buenos escritores. Y en cuanto al len- 
guaje, son buenos oradores y buenos escritores los que usan la 
lengua con claridad gramatical, con precisión léxica y con des- 
envoltura artística en la expresión. 

Maravillosa es la influencia emulativa del lenguaje: las cria- 
turas hablan como las madres que las crían, los alumnos como 
los maestros que los instruyen, los jóvenes como las niñas que 
Jos estimulan. ¿Por qué es así? Por lo que he dicho al princi- 
pio de esta disertación: porque el instinto de subir cada vez 
más alto está en el alma de todo ser humano. Aprovechemos, 
pues, la influencia emulativa del lenguaje para que las nuevas 
Seneraciones adquieran el dominio de la lengua y preparen así 
la realización de nuestro ideal de libertad en el régimen de ella. 
Si la madre forma el habla de las criaturas, y el maestro des- 
arrolla la de los alumnos, y la niña refina la de los jóvenes, es- 
tudien la madre, la niña y el maestro los recursos del lenguaje 
«en las obras literarias, que es donde la lengua alcanza su más 
alta expresión técnica y artística; amplíen su caudal de pala- 
bras y de giros, adquieran el hábito de hablar no sólo por ne- 
cesidad sino también por deleite, porque el lenguaje humano 
es a la vez, como el de las aves, un medio de comunicarse y de 
-recrearse. Entonces la lengua de la madre no será ya una reta- 
'hila de admoniciones inarticuladas como chasquidos de látigo; 
-ni el lenguaje de la niña será ya un chisporroteo de términos 
ponderativos y denigrativos, detonantes como cohetes; ni la elo- 
«cución del maestro será ya una cantilena de aforismos secos y 
aturdidores como los golpes del martillo sobre el yunque. La 
lengua de la madre será un arrullo amoroso, la de la niña un 
<gorjeo atrayente, y la del maestro un canto persuasivo. Y así, 
cuando nuestro lenguaje familiar y social se haya hecho una 
«bra consciente y deje de ser una función mecánica, habremos 
conquistado el dominio de la lengua y habremos tomado en 
nuestras manos el régimen de ella; con lo que se habrá reali- 
zado al fin nuestro ideal de libertad americana en la lengua 
castellana. 


La Academia Correspondiente 


El sentimiento regionalista, el «amor al terruño» es tan fuer- 
te en España que priva a veces sobre el interés nacional, pro- 
vocando manifestaciones singulares, desconocidas en otros paí- 
ses. Se observa, por ejemplo, al estudiar el castellano, que Es- 
paña es el único país que tiene permanentemente en juego dos 
denominaciones distintas para su lengua, una regional impuesta 
por la historia. y otra nacional exigida por la política; se ob- 
.Serva asimismo que España es el único país cuyo diccionario 
consiste en un conglomerado de regionalismos. Desde su primera 
edición, en 1726, el diccionario de la Academia española tuvo 
«que acoger provincialismos; y aunque al calificarlos así los des- 
calificaba, porque hacía saber en la página XIx que «a todas 
las voces expresivas, y propiamente castellanas, no les añade ca- 
lificación», la vanidad aldeana vió siempre en la acogida aca- 
«démica del provincialismo un homenaje de la metrópoli al te- 
rruño, creyendo que ese calificativo importaba solamente una 
localización geográfica. Con el andar del tiempo, la Academia 
misma, en su afán de atesorar riquezas léxicas, fué olvidándose 
poco a poco de que la lengua de un pueblo es el conjunto de 
«sus expresiones comunes y no un catálogo de las voces cireuns- 
criptas a cada localidad, hasta que llegó a pensar que el regio- 
nalismo formaba parte de la lengua general; entonces resolvió 
repudiar su misión de promover la unidad del habla, y se puso 
a cultivar el dialectismo para hacer un léxico rico de cantidad 
y no ya de calidad. Con tal fin, al comenzar el último tercio del 
.siglo pasado, ereó la institución de «académicos correspondien- 
tes», que se asentó en varias regiones de la Península y que 
poco después, en 1870, se extendió a los países castellanos de 
América; y sea cual fuere el programa lírico asignado a los aca- 
.démicos de América, la función real de ellos ha sido siempre 
una sola: proponer a la Academia la admisión de regionalismos 
-en su léxico. 

El programa lírico resulta de las razones que dió la Aca- 
-demia, por boca de uno de sus miembros, como fundamento de 
la resolución de crear las Correspondientes; estas razones cons- 
tan en el tomo 1v de sus Memorias y son en substancia las si- 
«guientes: «En virtud de cireunstancias sobrado notorias y dolo- 


6 


- 82 - 


rosas para que sea necesario precisarlas, en las más de las repú- 
blicas hispanoamericanas es más frecuente el comercio y trato 
con extranjeros que con españoles; y si pronto no se acude al 
reparo y defensa del idioma castellano en aquellas regiones lle- 
gará la lengua, en ellas tan patria como en la nuestra, a bas- 
tardearse de manera que no se dé para tan grave daño reme- 
dio alguno. ¿Bastarían a impedirlo los esfuerzos de nuestra Aca- 
demia, hasta hoy felizmente muy estimada y muy respetada en- 
tre las gentes de letras hispanoamericanas, si no contase con 
otros medios que sus publicaciones dogmáticas y la colabora- 
ción individual y aislada de sus muy dignos correspondientes ? 
No lo ha creído así la Academia... En nuestra época el prin- 
cipio de autoridad, si no ha desaparecido, está por lo menos 
grandemente debilitado: todo se discute, y a nada se asiente sin 
previo examen; por desdicha, basta con frecuencia que la auto- 
ridad afirme para que la muchedumbre niegue. Cierto que en 
materia literaria el triunfo es casi siempre de la Academia, por- 
que rara vez pronuncia fallo que muy fundado no sea; pero 
cierto también que no son pocas las ocasiones que ha tenido que 
rendirse al uso, y que consagrar con su sanción más de un vo- 
cablo y de un modismo a que, con razón de sobra, comenzó por 
oponerse. Y si tal sucede aun dentro de casa, es evidente que 
más es de temer a la distancia de su esfera de acción, y donde 
no tiene más derecho a que se la escuche que aquél que la ra- 
zón lleva a todas partes consigo. Verdad es que cada uno de nues- 
tros ilustrados y celosos correspondientes de América procura 
y seguirá procurando, sin duda, en el lugar de su residencia, 
propagar y arraigar las buenas doctrinas de la Academia res- 
pecto a la lengua; pero no cabe tampoeo desconocer que los es- 
fuerzos individuales, por grandes y útiles que los supongamos, 
serán insuficientes al fin deseado... Hoy, pues, que la Acade- 
mia nada monopoliza, y acaso nada más que su tradición lite- 
raria representa, con estos únicos y valederos títulos, «llamando 
a todos y oyendo a todos», debe y puede pugnar por que en el 
suelo americano el idioma español recobre y conserve, hasta 
donde cabe, su nativa pureza y grandilocuente acento. Para ello 
le ha bastado sólo una reforma, grave y trascendental sin duda, 
pero que, partiendo de lo existente, para mejorarlo, cabe dentro 
de la naturaleza y legales límites de su instituto : acordó la crea- 
ción de academias de la lengua castellana o española, como co- 
rrespondientes suyas y a su semejanza organizadas». 

Nuestro país estuvo entre los primeros que se vieron favore- 
cidos con esta delegación; en 1873, la Academia española nom- 
bró individuos suyos, en calidad de correspondientes, a Juan B. 
Alberdi, Vicente F. López y Juan M. Gutiérrez. Poca suerte 
tuvo en tales nombramientos. Alberdi se declaró contra la tutela 
académica en América diciendo que «no puede un país sobe- 


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rano dejar en manos del extranjero el magisterio de su lengua» ; 
López se encogió de hombros y dijo: «No tengo que pedirle li- 
cencia a la Academia de Madrid para usar palabras nuestras»; 
y Gutiérrez rechazó el título, ostensiblemente porque no podía 
colaborar en la empresa de poner trabas puristas a la libre ex- 
presión del pensamiento, y en el fondo porque, como republi- 
cano, no quería formar parte de una institución monárquica, y 
como americano no quería rendir vasallaje espiritual a una au- 
toridad extranjera. Fuerte impresión debió causar a la Acade- 
mia este desaire, porque se mantuvo tres lustros sin volver a 
acordar a un argentino el favor de su título de correspondiente; 
hasta que, en las postrimerías del siglo, salió de pronto de su 
cornucopia una chorrera de nombramientos que recayeron en 
Carlos Guido y Spano, Rafael Obligado, Estanislao S. Zeballos, 
Bartolomé Mitre, Calixto Oyuela, Vicente G. Quesada, Angel J. 
Carranza, Ernesto Quesada, Luis L. Domínguez y Carlos M. 
Ocantos. Estos favores, tan espontáneos como los anteriores, 
fueron produciéndose sucesivamente, entre 1889 y 1898, y no 
tuvieron más efecto que causar la sorpresa consiguiente al fa- 
vorecido, quien por lo general no hacía declaración alguna al 
respecto; por lo que el hecho no trascendía al público ni en 
forma de noticia ni de comentario. 

Al iniciarse esta serie de nombramientos, en 1889, se hizo una 
tentativa para organizar la Academia Argentina Correspon- 
diente; pero el esfuerzo se frustró por falta de apoyo en los 
círeulos literarios. Mientras Rafael Obligado, que era el padrino 
de la idea, argúía que la Correspondiente sería «un baluarte 
contra la corrupción de la lengua» y «enriquecería con argen- 
tinismos al léxico académico», Juan A. Argerich replicaba que 
la Correspondiente sería «antipatriótica, perfectamente inútil 
y descaminada», y pedía que «no delegáramos nuestra so- 
beranía intelectual en elementos que no tenían con nosotros sino 
un remotísimo parentesco»; y Mariano de Vedia decía: «Niego 
la necesidad y la conveniencia de una academia que nos espa- 
ñolizaría». Poco después, en 1892, se produjo el ruidoso fra- 
caso de la gestión de Ricardo Palma ante la Academia española 
en favor del peruanismo, y esta repulsa, que empañaba el bri- 
llo del título de académico correspondiente de esa corporación, 
no pasó inadvertida para nosotros... En diversas ocasiones, 
antes y después de los infructuosos esfuerzos de Obligado y de 
Palma para dar a su título el valor de un cargo, Francisco A. 
Berra, Vicente G. Quesada, Alberto del Solar, Lucio V. Mansi- 
lla y Estanislao S. Zeballos recomendaron la conveniencia de 
establecer la Correspondiente; pero sus voces no tuvieron eco. 

Aunque esta experiencia de treinta años había demostrado 
ya suficientemente que el espíritu argentino rechazaba la vin- 
culación ofrecida, porque la juzgaba impropia e inútil, la Aca- 


Eo 


«demia española no cejó en su empeño de crearla; y en la pri- 
mera década de este siglo reanudó la serie de sus nombramien- 
tos, favoreciendo con ellos a Eduardo Wilde, Pastor S. Obli- 
gado, Santiago Estrada, Joaquín V. González, Belisario Roldán 
y Marco M. Avellaneda, quienes encontraron cómodo asumir 
con tal motivo la misma actitud pasiva de sus predecesores. Y 
«de esto resultó que, en el espacio de cuarenta años, la Acade- 
mia española había llegado a nombrar diecinueve académicos 
«argentinos, sin que en tan largo período uno solo de ellos hu- 
.biera presentado nunca a esa corporación el menor trabajo para 
retribuir el honor aceptado y justificar el título recibido. Pero 
la Academia persistió en su propósito, y con motivo del cente- 
nario de 1910 envió a Buenos Aires a don Eugenio Sellés, quien, 
secundado por nuestros círeulos oficiales, atentos entonces a 
“promover todo género de manifestaciones fraternales con 
España, logró que los correspondientes, en número de once 
«entonces, se constituyeran en cuerpo «bajo el alto patrocinio 
y con la augusta presencia de Su Alteza Real la Serenísima 
Señora Infanta de España, Doña María Isabel Francisca de 
Borbón, que dió su venia para ello», según reza la antidemo- 
crática acta respectiva. 

Presidida por Vicente G. Quesada, con Calixto Oyuela como 
secretario, esta Academia tenía por miembros a Carlos Guido 
¿y Spano, Rafael Obligado, Estanislao S. Zeballos, Ernesto Que- 
.sada, Carlos M. Ocantos, Eduardo Wilde, Pastor S. Obligado, 
«Joaquín V.. González y Belisario Roldán. Pero el único que hizo 
trabajo efectivo en ella fué Rafael Obligado, quien desde su ju- 
ventud era aficionado a coleccionar argentinismos, y ya en la 
vejez quería realizar su sueño de verlos incorporados al diecio- 
nario de la Academia española, Con tan segura base, propuso a 
sus colegas la compilación de un vocabulario de argentinismos, 
que sería sometido a la Academia española, mientras Zeballos 
"proponía a su vez el examen erítico de los argentinismos ya 
contenidos en el léxico académico. Ambas proposiciones fueron 
.aceptadas, la tarea fué repartida entre los correspondientes, 
asignándose una letra a cada uno; pasó el tiempo, no se hizo 
nada, y al fin Obligado mismo tuvo que declarar que «no esti- 
mulaban a trabajar para la Academia española la falta de li- 
bertad de acción, la posibilidad de las repulsas y la inseguridad 
.de la eficacia del esfuerzo, que entrañaba el sometimiento a 
la autoridad omnímoda de esa corporación». Y en substitu- 
ción del programa anterior propuso que se invitara a la Aca- 
«demia española a admitir sin beneficio de inventario los voca- 
bularios de americanismos que le enviasen las Correspondientes, 
para publicarlos aparte del diccionario general. La nueva pro- 
"posición fué aceptada, la invitación fué hecha, y la Academia es- 
«pañola dió la callada por respuesta. 


- 85 - 


Dos veces más se reunió la Correspondiente para hacer los. 
nombramientos que debían completar el número reglamentario 
de sus miembros, que es de dieciocho. En 1912 confirió el título 
a Osvaldo Magnasco, José M. Ramos Mejía, Enrique E. Riva- 
rola, José N. Matienzo y Samuel Lafone Quevedo; y en 1916 a 
Norberto Piñero, Angel de Estrada y Ricardo Rojas. Pero nun- 
ca se realizó el acto de recepción de los electos, y por falta de 
esta formalidad su título no llegó a hacerse efectivo. Ernesto 
Quesada, que desde 1914 había sucedido a su ilustre padre en 
la presidencia, se esforzaba para mantener en pie la Corres- 
pondiente, que languidecía cada vez más y que desde 1916 no 
volvió a reunirse. Disolvióse, pues, de hecho esta Academia, 
para confirmar una vez más nuestra aversión instintiva a todo: 
régimen autoritario de la lengua, a toda obra intelectual en co- 
mún, a toda institución dictatorial y a todo vasallaje espiritual ; 
y el cargo de académico correspondiente volvió a ser entre nos- 
otros lo que había sido siempre, lo que puede alirmarse que 
será siempre: un simple título decorativo, que no significa nin- 
guna actividad particular, que no está representado más que 
por el diploma en la pared, la medalla en el pecho y la reveren- 
cia agregada al nombre del autor en la portada del libro. 

Tampoco este fracaso ha decidido a la Academia española a 
desistir del propósito de tener una sucursal entre nosotros. Pen- 
sando, en su ilusión, que bastará cambiar los académicos para 
que la Correspondiente vuelva a la vida, acaba de nombrar a 
Ricardo Rojas, Enrique Rodríguez Larreta, Leopoldo Lugones, 
Arturo Capdevila, Manuel Ugarte, Manuel Gálvez, Gustavo 
Martínez Zuviría y Leopoldo Díaz, y les ha pedido que consti- 
tuyan la nueva Academia y que hagan los nombramientos ne- 
cosarios para completar su número. A esto se reduce la infor- 
mación recibida hasta hoy, que nada dice acerca de si la Aca- 
demia española considera vacantes o no las plazas de Quesada, 
Oyuela, Ocantos y Avellaneda, académicos nombrados por ella 
misma, y de Rivarola, Matienzo y Piñero, académicos electos 
por la Correspondiente. 

De modo que éste será el primer asunto que deberán conside- 
rar los nuevos académicos si alguna vez logran reunirse; y ese 
asunto será para ellos cuestión seria si los miembros anteriores 
hubieran sido exeluídos por la Academia española, porque no po- 
drían prestarse a ser instrumento de esa exclusión y tendrían 
que nombrar de nuevo a los excluídos. Y el sigundo tema que 
deberán tratar es el programa de sus actividades; tema que les 
planteará un dilema : o se deciden a aceptar la función limitada 
y subalterna que les señala la Academia española, o resuelven 
proponer a ésta mejor programa que el de cultivar lexicográ- 
ficamente el dialectismo. Casi es inútil decir que podrán aho- 
rrarse todas estas dificultades si no se reunen, esto es, si si- 


- 86 - 


guen el ejemplo de sus predecesores quedándose con cl título 
sin asumir el cargo; y no sería difícil que llegáramos a saber 
de pronto que todos ellos piensan con la independencia y con 
la altivez de don Juan María, aunque no están dispuestos a 
obrar con la violencia que puso en el caso este maestro incom- 
parable de virtudes republicanas y de anhelos americanos. 

Probablemente el epílogo de la presente historia está ya es- 
erito, y cuando se produzca hará ver que el espíritu argentino 
es fundamentalmente el mismo a través de los tiempos. 


PP 5 PP PPP e e A 


La evolución 


La influencia extranjera en nuestro castellano 


Hace medio siglo, cuando nuestro castellano estaba afrance- 
sado en los escritos por influencia de las lecturas que imponía 
el estudio y agauchado en el habla porque la política exigía el 
contacto inmediato de los dirigentes con las masas, apareció un 
tercer factor, la inmigración cosmopolita, que, a su vez tam- 
bién, amenazaba alterar la lengua. De este peligro hablan José 
M. Estrada en 1871, José T. Guido en 1873 y Juan M. Gutié- 
rrez en 1876; y a fuerza de repetirse tal especie desde enton- 
ces, la supuesta desnaturalización de nuestro castellano por obra 
de la inmigración cosmopolita llegó a hacerse un lugar común 

en la dialéctica de todos los que escribían sobre el tema. En la 
larga controversia sobre la suerte del castellano entre nosotros, 
esa presunta influencia desnaturalizadora ha servido siempre de 
argumento tanto a los conservadores como a los revolucionarios, 
que la alegaban para demostrar ora una degeneración en dialec- 
tismo que se debía contener, ora una evolución hacia un idioma 
propio que se debía estimular. Pero nadie se cuidó nunca de 
estudiar el fenómeno en su naturaleza y en su alcance; todos 
se conformaban con la afirmación dogmática de la existencia de 
esa contaminación, pensando cómodamente que, si se formulaba, 
era porque alguien se había tomado el trabajo de comprobarla. 
En realidad nadie había hecho eso; se creía que, como la exis- 
tencia de injertos extranjeros en la lengua era evidente, de la 
misma manera era evidente su influencia desnaturalizadora so- 
bre el fondo castellano. Yo negué esta influencia, sin embargo, 
en mi libro Nuestra lengua, por la sencilla razón de que no la 
veía... 

De fuera nos llega ahora un libro, cuya importancia recono- 
cerán nuestros pocos filólogos, y nuestros muchos aficionados a 
la filología improvisada, cuando sepan que «en él se analizan 
minuciosamente y se describen ampliamente la naturaleza y el 
alcance de las aportaciones extranjeras en el castellano del Plata. 
Este libro, escrito en alemán, es obra de un lingilista nacido en 
la Argentina y formado en Alemania: el doctor en letras Ro- 
dolfo Grossmann, catedrático suplente en la universidad de 
Hamburgo; la obra se titula (traduzco): Las aportaciones ex- 
tranjeras en el castellano del Eío de la Plata; contribución al 


- 90 - 


problema del idioma nacional argentino, y forma el tomo VIII 
de las Comunicaciones y disertaciones sobre temas de filología 
románica que publica el Seminario de lenguas y culturas romá- 
nicas de la dicha universidad; es un volumen en 8”. de vi-224 
páginas, impreso en papel de buena pasta y color límpido, con 
una corrección tipográfica impecable, no obstante la variedad 
lingúística del material contenido. Y su lectura satisface plena- 
mente por la abundancia de las vbservaciones y la lógica de las 
conclusiones, y también por la amplitud de vistas del autor, 
que ha preferido subir al mirador de la cultura para descubrir 
la trascendencia social del caso, en vez de tenderse en el suelo 
para detallar microscópicamente las particularidades del fenó- 
meno. 

El autor presenta en el primer capítulo el cuadro de los com- 
ponentes del castellano de América: los elementos hispánicos 
regionales, los indígenas americanos, y los europeos modernos 
no españoles; describe la comprensión del concepto «castellano 
del Plata» y los caracteres de la documentación de esta rama 
de la lengua común; y expone los antecedentes históricos de la 
teoría del «idioma nacional argentino». En el curso de este ca- 
pítulo declara que el castellano de América quedó fijado en la 
época colonial con el predominio del castellano general sobre 
los regionalismos peninsulares (p. 4) y después de haber asimi- 
lado cierto número de indigenismos (p. 7); de sucrte que, en 
cuanto a ambos componentes, no hay ni puede haber ya diferen- 
cia entre el castellano de América y el castellano de España; y 
en cuanto a la influencia del habla extranjera, dice que (tra- 
duzco): «la manía del extranjerismo corrompe el alma de los 
españoles mismos» (p. 10); por todo lo cual «aunque la len- 
gua común inferior sudamericana se aparta algo todavía del 
castellano castizo, la diferencia entre la lengua de los sudame- 
ricanos cultos y la lengua de los españoles también cultos, sobre 
todo en su forma escrita, se limita a un mínimum» (p. 5). De 
ahí el autor pasa a examinar en detalle la aportación extran- 
jera en el castellano del Plata, para averiguar si está formán- 
dose acá un idioma particular por tal vía; al efecto analiza en 
el segundo capítulo el neologismo, o extranjerismo castellani- 
zado de tipo revancha, y en el tercer capítulo el exotismo, o ex- 
tranjerismo textual de tipo soirée, presentando largas listas de 
ellos con mención de la influencia que los introduce, del medio 
en que se usan, de su grafía, de su dicción y de su significado; 
después, en el cuarto capítulo, expone las particularidades de 
las lenguas mixtas, esto es, las alteraciones fonéticas, morfoló- 
gicas y sintácticas del castellano en boca de los extranjeros de 
diversas nacionalidades; y en el capítulo quinto detalla las mo- 
dificaciones prosódicas y ortográficas del extranjerismo en nues- 
tro castellano, y su morfología y sintaxis especiales. Como se ve, 


- 91 - 


el campo de observación tiene en esta obra toda la extensión y 
profundidad que requiere el estudio cabal de la materia. 

He aquí ahora las conclusiones de este estudio. Con respecto 
al neologismo el autor dice (traduzco) : «Los mismos factores 
que obran acá sobre el habla argentina, modificándola, están 
cambiando también simultáneamente, en la proporción del caso, 
el carácter del habla mejicana, del habla venezolana, del caste- 
llano europeo, así como del alemán mismo, del francés o del in- 
glés; todos estos neologismos juntos constituirían un vocabulario 
internacional, pero no de argentinismos» (pp. 57, 58). En cuan- 
to al exotismo o extranjerismo textual, el autor, embargado por 
el examen de las particularidades del fenómeno, no ha visto 
que, mientras el vocablo conserva su carácter extranjero en la 
dicción y en la grafía, no forma parte constitutiva de la lengua 
en que se injerta. En cambio sus conclusiones sobre el habla 
extranjera son acertadísimas: en primer lugar, esta habla se 
divide en varias lenguas mixtas y por tanto no presenta un 
frente único contra el castellano (p. 160) ; en segundo lugar, es- 
tas lenguas no son fijas, sufren alteraciones continuas en sus 
elementos, hasta en un mismo individuo; y en tercer lugar, no 
se transmiten: aparecen en los inmigrantes incultos y analfa- 
betos (p. 161), reaparecen muy atenuadas en los hijos, por obra 
de la instrucción pública, y desaparecen totalmente en los nie- 
tos; de modo que «las lenguas mixtas son hablas personales, y 
nunca lenguas populares o nacionales» (p. 162). Luego, con res- 
pecto a la presunta influencia desnaturalizadora de la aporta- 
ción extranjera sobre el fondo castellano, el autor hace esta afir- 
mación categórica: «En el dominio sintáctico, la influencia ex- 
tranjera es casi enteramente nula en relación con la totalidad 
de las manifestaciones sintácticas; en el morfológico, están li- 
bres por completo de esa influencia todas las clases de palabras 
que forman la estructura de la lengua, como pronombres, ar- 
tículos, numerales, conjunciones, preposiciones; en el fonético, 
sólo unos cuantos sonidos ajenos al castellano se han admitido 
como enriquecimiento, pero la base de la articulación vernácula 
en general no experimenta el menor cambio... La lengua ar- 
gentina mantiene, frente al asalto del material lingilístico ex- 
tranjero, la misma fuerza de absorción que la tierra ejerce so- 
bre todos los individuos llegados de fuera, a los cuales nacio- 
naliza como argentinos externa e internamente en el más breve 
plazo» (p. 190). En fin, en el capítulo sexto se sienta esta con- 
clusión general: «Hasta del porvenir parece excluída la forma- 
ción de una lengua nueva en el Plata sobre la base de la im- 
portación lingúística extranjera» (p. 204); porque, en la evo- 
lución general de la cultura hispanoamericana, la corriente del 
americanismo contrarresta el asalto del europeísmo, «y la len- 
gua de esta cultura específicamente americanista será un caste- 


- 92 - 


llano que, mediante una pulidez progresiva, volverá a adaptarse: 
estrechamente a la lengua de la madre patria» (p. 205). 

Henchido de datos como está este libro, no es extraño que 
abunden en él los errores de detalle, debidos en su mayor parte 
a la cireunstancia de que el autor ha recurrido a informaciones. 
de segunda mano para ampliar el acervo de sus observaciones. 
personales. Hay que indicar estos errores porque pasarlos por 
alto sería contribuir a su propagación, dada la autoridad del li- 
bro que los contiene. Son errores de detalle decir que fué «larga. 
residencia en la Argentina» una estada de sólo ocho meses en la 
sola ciudad de Buenos Aires (p. 2); atribuir a Bello la ortogra- 
fía americana (5); transcribir las etimologías de Lenz sobre: 
chancho y gaucho, y no sus rectificaciones y ampliaciones al res- 
pecto, expuestas en el mismo diccionario (7); citar el Nastasio: 
de Soto y Calvo a propósito de poemas con glosario de indige- 
nismos, términos que ese libro no contiene, y pasar por alto- 
nada menos que el Lin-Calel de Holmberg (7) ; considerar a Se- 
govia una autoridad en etimología (8 y 9); afirmar que la ma- 
yor parte de los vocabularios regionales de América son obra. 
de la pedantería académica, cuando, por el contrario, casi la to-- 
talidad de ellos tiende a justificar el vulgarismo (11); catalo- 
gar textos de gramática ortodoxa y de crítica literaria como li- 
bros que tratan especialmente del castellano en la Argentina 
(16) ; decir que en la monografía de Page sobre el gauchesco la 
documentación es puramente literaria e incompleta, cuando,. 
por el contrario, tiene por base la observación directa y es com- 
parativa (16); llamar «refutacioness (Gegenschriften) a es- 
tudios tan superiores a la simple crítica ocasional como El pro- 
blema del idiuvma nacional por Quesada y A propósito de ame- 
ricanismos por Groussac (17); atribuir al libro de Segovia el 
tema del artículo de Unamuno sobre el libro de Garzón (18); 
asegurar que se han publicado muestras de un diccionario de 
argentiniemos por Obligado, lo que no ha sucedido nunca (19); 
clasificar entre los vocabularios de indigenismos el prospecto 
de Tagle, que no consigna ningún término de esa especie (19); 
asignar a Morel-Fatio una nota erítica sin tal firma (20); atri- 
buir, no ya al libro de Segovia sino al libro de Abeille, el tema 
del citado artíenlo de Unamuno sobre el libro de Garzón (20); 
decir que Obligado «se ha declarado por el idioma argentino 
independiente, pero en estrecha unión econ el castellano easti- 
zo» (hat sich fir die selbstindige argentinische Sprache, jedoch 
in ostarkor Anlehnung «an das Castizo - Spanische eimgesetzt) 
cuando uno de los dos términos de tal conciliación excluye 
necesariamente al otro (21); titular «jurista» al Mariano de 
Vedia que no es jurista (21); afirmar que Alberdi (26) eseri- 
bió «jefe de obra» (chef-d*oeuvre) cuando su expresión fué 
«obra jefe» (Obras completas, 1, 340), 


- 93 - 


Pero éstas son minucias. Dos errores, no ya de detalle sino 
«de bulto, tengo que señalar especialmente: uno histórico y otro 
.científico. 

El error histórico es decir que Sarmiento fué «el primero que 
«desarrolló la idea de un idioma privativo argentino» (19) y que 
.a Gutiérrez «se le considera entre los verdaderos promotores de 
la tendencia separatista en la evolución del idioma nacional ar- 
.gentino» (20). El error sobre Sarmiento se explica porque el 
autor, en vez de leer a Sarmiento, ha leído a un tal Emilio H. 
del Villar, escritor madrileño, quien, en La Ilustración Espa- 
ñola y Americana (30 noviembre 1902), confunde la campaña 
.de Sarmiento en 1842, contra los retóricos de Chile, con la que 
-medio siglo más tarde hicieron los idiomólogos en Buenos Aires, 
.al decir que Sarmiento «figuró en primer término» entre los 
escritores argentinos que, «dando una extensión excesiva al 
«concepto de independencia (que en todo cerebro americano ocu- 
pa un lugar preeminente) han querido, no sólo crear para su 
país una literatura independiente de la nuestra, sino lo que 
-ellos han llamado un ¿idioma nacional». Y el error sobre Gutié- 
rrez se explica también por copia, probablemente de El pro- 
blema del idioma nacional por Quesada (pp. 64 y 78). La ver- 
dad del caso es que fué Alberdi, en sus años juveniles, como 
.Figarillo del periódico La Moda en 1837, el primero que 
enunció y desarrolló la idea de la formación patriótica de un 
idioma argentino privativo; pero Mariano de Vedia, en su po- 
lémica de 1889, adjudicó equivocadamente esta paternidad a 
-Juan M. Gutiérrez, y después de él fueron cayendo sucesiva- 
mente en el mismo charco: del Solar en Cuestión filológica, Que- 
.sada en El problema del idioma nacional, Selva en El castellano 
de América, García Velloso en un folleto de igual título, Urien 
.en sus Apuntes sobre Gutiérrez, Menéndez Pidal en La lengua 
española, Casares en Crítica efímera, y ahora Grossmamn... 
Esta seguidilla evoca la visión de los carneros de Panurgo, prue- 
ba una vez más lo precario de la información de segunda mano, 
y pone en evidencia que mucho de lo que se escribe no es fruto 
«de la propia observación del hecho actual o de la indispensable 
comprobación del hecho histórico. 

El error científico es éste: Para presentar ejemplos del ha- 
bla del analfabeto criollo o extranjero, el autor hace gran nú- 
mero de transcripciones del periódico El Fogón de Montevi- 
deo, con el carácter de documentos fidedignos del bachicha y 
«del cocoliche; el absurdo es tan palmario como lo sería tomar 
por testimonio de la evolución de las lenguas románicas las ma- 
-carroneas que luecubraban por burla los escritores satíricos del 
siglo xvi en Italia, en Francia y en España. El carácter arti- 
ficial de esas composiciones chuscas no ha saltado a los ojos de 
«este estudioso lingijista, que ha venido a realizar así, provo- 


- 94 - 


cando una carcajada de ultratumba, la predicción irónica de 
Miguel Cané en El criollismo: Recuerda este autor una obser- 
vación de Littré a propósito del apuro en que se verían los an- 
tropólogos y filólogos del siglo xxx cuando, al excavar el suelo 
de la Martinica ya inhabitada, descubrieran cráneos de negros 
junto a inscripciones francesas; dice Cané que en igual aprieto 
se verán los que, en un porvenir remoto, exhumen en nuestras 
bibliotecas los productos de la literatura cocoliche, y agrega: 
«Nuestros choznos gozarán tal vez entonces de alguna sabia y 
erudita disertación sobre El idioma nacional de los argentinos 
a principios del siglo XX; estudio de filología comparada sobre 
la conocida obra: «Lis amori di Bachichín cum Marianina, per 
il hico del duoño de la funda de lo mundungo»... Como se ve, 
no ha sido menester que transcurra más que un cuarto de siglo 
para que haya aparecido, confirmando esa ironía, la sabia y 
erudita disertación sobre tal tema. 

El lector advertirá, sin embargo, que estas deficiencias del li- 
bro de Grossmann en nada amenguan el valor de su tesis, ni 
su importancia documental, ni su interés como método de in- 
vestigación científica, ni su mérito como cuadro fiel e impre- 
sionante del carácter arlequinesco que asume nuestro castellano 
en ciertos círeulos; en los círculos donde campean el iliterato 
arriba y el analfabeto abajo, y donde, a causa de la inmigra- 
ción cosmopolita, cuantiosa e incesante, las jergas gringocrio- 
llas retoñan, florecen y cunden ferazmente. ¿Se corrompe por 
eso nuestra lengua? No, por cierto, dicen Grossmann y los he- 
chos; mientras haya cultura habrá lengua culta entre nosotros. 


Albores de argentinismo 


En el tercer volumen de sus escritos en prosa, Jorge Luis 
Borges relata, como en los anteriores, las andanzas de su espíri- 
tu ansioso de conocimiento, disconforme con las verdades soba- 
das y resuelto a descubrir otras nuevas; por tanto rechaza el 
dogma, la convención, el consenso mismo. Se trata de una posi- 
ción extrema; pero desde Inquisiciones hasta El idioma de los 
argentinos, a través de El tamaño de mi esperanza, va mode- 
rándose progresivamente esta inquina a lo establecido; en cuan- 
to a la lengua, por ejemplo, el autor ya no se deleita en violar 
sus formas, aunque, en cuanto al estilo, sigue empeñado en la 
elaboración sintética del giro, y así seguirá hasta que advierta 
que la expansión de la rosa es preferible a la concentración de 
su aroma. No voy a detenerme en éstos ni en otros detalles del 
proceso evolutivo que representan los libros de Borges; lo que 
me interesa es la evolución misma, y de ella tengo que decir 
que me place porque es exactamente la normal: a dos volúme- 
nes de canciones han sucedido tres de razones, y ya Se prepara 
uno de construcciones. El desarrollo de este escritor es, pues, 
tan regular como el de la planta: ayer lanzó su tallo a lo alto, 
hoy está hincando raíces en lo profundo, mañana esparcirá a su 
alrededor flores y frutos. 

Una recomendación de equilibrio en este desarrollo es opor- 
tuna aquí, visto que el joven pensador está pidiendo a la filo- 
sofía más de lo que la razón humana puede dar, porque la Ver- 
dad es inasequible. El propósito que declara de «resolver el 
mundo» es simple jactancia, simpática y graciosa por la auda- 
cia y el donaire. La vida no nos impone tal empresa; la vida 
no impone problemas insolubles; el hombre es quien para su 
deporte los plantea. Lo vitalmente necesario para nuestra inte- 
ligencia de las cosas es que, en las especulaciones filosóficas, lle- 
guemos cuanto antes al término, que no es la Verdad, ni una 
parte de ella; es otra cosa, es la convicción de que el mundo no 
se subsume en la comprensión del hombre, que el conocimiento 
humano tiene un límite, y este límite no es saberlo todo, ni es 
saber que no se sabe, sino saber que no es posible saberlo todo. 
La metafísica sólo es esfuerzo proficuo cuando demuestra esto 
último, ofreciéndonos la afirmación relativa como un escalón 


- 96 - 


¡angosto entre.el borde de la realidad y el precipicio del nihilismo 

intelectual. El problema que nos impone la vida espiritual es 
otro: ¿cómo hacer para evitar que la sensibilidad, la razón y la 
imaginación se estrangulen entre ellas por preponderancia? Y 
la solución teórica de este problema es dar a cada cual lo suyo; 
razonar, por ejemplo, es saludable, pero ejercer con exceso una 
facultad es atrofiar las otras. 

A pesar. de esta tendencia a engolfarse en la titulada Ciencia 
de las ciencias, no es la afición filosófica la característica de 
Borges; lo que hace que este nombre tenga ya un significado 
«Aistintivo es la posición que su dueño ha asumido, de campeón 
.del nacionalismo intelectualizado, del argentinismo progresivo, 
no del regresivo. He aquí su credo: «Ser argentino en los días 
.peleados de nuestro origen no fué seguramente una felicidad ; 
fué una misión. Fué una necesidad de hacer patria; fué un ries- 
go hermoso que comportaba, por ser riesgo, un orgullo. Ahora 
es ocupación descansadísima la de argentino. Nadie trasueña 
que tengamos algo que hacer. Pasar desapercibidos, hacernos 
.perdonar esa guarangada del tango, desereer de todos los fer- 
vores a lo francés y no entusiasmarse, es opinión de muchos. 
Hacerse el mazorquero o el quichua, es carnaval de otros, Pero 
la argentinidad debería ser mucho más que una supresión o que 
.un espectáculo. -Debería ser una vocación». 

Debería ser un instinto, digo yo... Pero hagamos a un lado 
el drama y veamos la acción del personaje. Borges es uno... 
el número uno por más nuevo y más vibrante... del puñado que 
formamos los.que combatimos sin contradicciones el carácter 
subalterno de nuestra cultura, obra de remedo y de bambolla. 
-Se ha plantado en la crítica literaria, y regaña incisivamente, 
cuando no gruñe sañudo, contra lo ordinario y lo trivial, adu- 
ciendo consideraciones estéticas que traslucen pensamientos fi- 
«losóficos. y sentimientos autóctonos. Y al pasar se mete con la 
lengua....porque la ha hecho suya y la quiere tan plástica 
hoy como ayer, cuando la fecundaban los clásicos y los preclá- 
.«sieos. Un conocimiento bastante de otros idiomas le ha revelado 
, que el castellano. carece de algunos recursos expresivos, no obs- 
tante sus cuantiosas sinonimias; y quiere crear esos recursos 
sin cuidarse, y así me gusta, de que sus letras raras caerán como 
gotas de tinta en el. mar del castellano usual. Los gramáticos lo 
“llamarán neólogo;'la cultura ve en él un ideólogo, para el cual 
“la lengua no debe tener formas rígidas sino flexibles, y adapta- 
“bles a todas las presiones del sentir y del pensar; por lo que 
. proclama y ejerce la libertad de derivar, de componer, de re- 
formar palabras, de hacerlas trasvasar las casillas gramaticales, 
, de retrotraer su significado actual borroso al clarísimo origi- 
nario... Bien, muy bien; aplaudo una actitud tan resuelta, im- 
- puesta por una necesidad personal tan imperiosa; y la aplaudo 


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sin reservas porque no temo que el ejemplo cunda, y que nues- 
tra lengua caiga en un dialectismo individual ininteligible. El 
arte de innovar no es don de todos; los más estarán siempre por 
la cómoda pasividad del repetir, para acentenar lo adocenado, 
y esto basta para que nos vuelva el alma al cuerpo a los que 
queremos que la lengua sea un medio de universal inteligencia. 

En esto también, Borges es de los nuestros: afirma que los 
argentinos no tienen más idioma que el castellano, al que apli- 
<an una sensibilidad que, por ser argentina, no es la de otros 
pueblos a pesar de la comunidad de lengua; y de ahí que en- 
tre el castellano nuestro y el ajeno, el español sobre todo, haya 
diferencias en la afición o aversión a determinados vocablos o 
giros, y en la comprensión de determinadas significaciones. Las 
palabras mismas de Borges al respecto son éstas: «Dos condue- 
tas de idioma veo en los escritores de aquí: una, la de los sai- 
neteros que escriben un lenguaje que ninguno habla y que, si 
2 veces gusta, es precisamente por su aire exagerativo y carica- 
tural, por lo forastero que suena; otra, la de los cultos, que 
mueren de la muerte prestada del español. Ambos divergen del 
idioma corriente: los unos remedan la dicción de la fechoría ; 
los otros, la del memorioso y problemático español de los diccio- 
narios. Equidistante de sus copias, el no escrito idioma argen- 
tino sigue diciéndonos; el de nuestra pasión, el de nuestra casa, 
el de la confianza, el de la conversada amistad. Mejor lo hi- 
-cieron nuestros mayores. El tono de su escritura fué el de su 
voz : su boca no fué la contradicción de su mano. Fueron argen- 
tinos con dignidad: su decirse criollos no fué una arrogancia 
orillera ni un malhumor. Escribieron el dialecto usual de sus 
días: ni recaer en españoles ni degenerar en malevos fué su 
apetencia... Dijeron bien en argentino: cosa en desuso. No 
precisaron disfrazarse de otros ni dragonear de recién venidos, 
para escribir. Hoy, esa naturalidad se gastó. Dos deliberaciones 
opuestas, la seudo plebeya y la seudo hispánica, dirigen las 
escrituras de ahora. El que no se aguaranga para escribir y se 
hace el peón de estancia o el matrero o el valentón, trata de 
españolarse o asume un español gaseoso, abstraído, interna- 
cional, sin posibilidad de patria ninguna... Muchos, con 
intención de desconfianza, interrogarán : ¿Qué zanja insupera- 
ble hay entre el español de los españoles y el de nuestra con- 
versación argentina? Yo les respondo que ninguna, venturosa- 
mente para la entendibilidad general de nuestro decir. Un matiz 
de diferenciación, sí lo hay ; matiz que es lo bastante nítido para 
.que en él oigamos la patria. No pienso aquí en los algunos mi- 
les de palabras privativas que intercalamos y que los peninsula- 
res no entienden. Pienso en el ambiente distinto de nuestra voz, 
en la valoración irónica o cariñosa que damos a determinadas 
palabras, en su temperatura no igual. No hemos variado el sen- 


7 


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tido intrínseco de las palabras, pero sí su connotación. Esa diver- 
gencia, nula en la prosa argumentativa o en la didáctica, es 
grande en lo que mira a las emociones. Nuestra discusión será 
hispana, pero nuestro verso, nuestro humorismo, ya son de 
aquí». 

Para Borges, pues, es el espíritu argentino lo que hace argen- 
tina la materia en que se encarna, también cuando esta encar- 
nación se llama idioma. Si es así, no sé por qué nuestro espí- 
ritu sería argentino en el humorismo y en el verso, y no lo se- 
ría en la seriedad y en la prosa; tal vez la característica argen- 
tina en el habla espontánea sea justamente una dualidad de pro- 
sa poética o de poesía prosaica, en la que se explayan un sen- 
tir y un pensar que oscilan siempre entre lo jocoserio y lo tra- 
gicómico para evitar extremos... Pero no me saldré de mi tema, 
que en esta ocasión no son los problemas que Borges trata, sino 
su actitud frente a ellos; y acabaré diciendo que me alegro de 
que en nuestro campo de estudios del castellano haya surgido 
una luz como ésta, que, al proyectarse sobre gramatiquerías y 
lexiquerías, traspasa las formas externas de la lengua para po- 
ner de manifiesto el núcleo ideal que encubren. La forma es su- 
perficie inerte por fuera; por dentro es expansión pujante, y 
esto último importa más que lo primero, porque es lo que lo ex- 
plica y justifica. 


Crepúsculo de españolismo 


Concluída la lectura de Babel y el castellano por Arturo Cap- 
devila, cesa el remolino de las impresiones que causa, y en la 
calma éstas van repartiéndose en tres órdenes: pasión, razón y 
arte, porque el autor ha hecho esta vez una obra de sentimien- 
to, pensamiento e ingenio armónicamente combinados. Y esa 
triple serie de impresiones acaba por resumirse en las reflexio- 
nes siguientes. 

Caracteriza al espíritu del autor, en este libro, un gran amor 
a España, mejor dicho, un pasional arrebato, visto que su forma 
constante de expresión es el ditirambo. Esta pasión es lo que 
le hace creer que, si nuestra lengua castellana, nuestra litera- 
tura castellana, nuestra democracia americana y nuestra soli- 
daridad americana valen algo, su valor no se debe también al 
esfuerzo nuestro sino al esfuerzo de España exclusivamente. 
Creencias de esta naturaleza, fundadas en el sentimiento, no se 
discuten; y si el presente libro fuera solamente una de tantas 
loas a España, no habría que apreciar sino su mérito artístico. 
Pero el libro es didáctico: su objeto es persuadirnos de que de- 
bemos enorgullecernos de tener por lengua nativa el castellano; 
y al efecto se hacen en él las declaraciones pertinentes, y entre 
ellas se afirma que no conservaremos nuestra lengua castellana 
y no lograremos nuestra solidaridad americana, si no hacemos 
de Madrid la capital del idioma y el centro de la vinculación in- 
telectual entre los pueblos castellanos. Débiles nos considera el 
autor cuando aconseja este recurso; y en extremo débiles a 
juzgar por el valor de tal recurso. A mí me parece que los ar- 
gentinos no nos hemos emancipado para andar requiriendo la 
tutela espiritual de la madre patria, como la criatura que se 
arrepiente de alguna rebeldía; y me parece también que es un 
acto poco digno de un pueblo libre transferir a otro pueblo la 
tarea de velar por su propia lengua y por su propia influencia. 
Debe ser csta consideración elemental lo que ha hecho que hasta 
hoy a ningún escritor argentino, ni a los más amigos de Es- 
paña, ni a Calixto Oyuela mismo, se le haya ocurrido nunca 
afirmar, como afirma el autor, que Madrid es la capital del 
idioma y el centro necesario de la solidaridad americana. Yo no 
veo diferencia alguna de significado al comparar la primera par- 


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te de esta afirmación con la proclama que hizo a fines del siglo 
pasado Leopoldo Alas, cuando dijo que los españoles son los 
amos del castellano en España y fuera de ella; ni al comparar 
su segunda parte con la proposición que hizo recientemente un 
grupo de españolitos invitando a los intelectuales americanos a 
regirse por «el meridiano de Madrid»... Y por eso llego a la 
conclusión de que el espíritu del autor no es argentino, es es- 
pañol en este libro. 

Es también cosa del espíritu del autor la vehemencia de su 
temperamento, que no conoce graduación en los valores y oscila 
sin transiciones entre los extremos del ditirambo y del dicterio. 
Como espectáculo, esto es siempre divertido; como medio de ex- 
citar sentimientos y de inculear ideas es recurso ineficaz entre 
los cultos. Ha pasado ya la época del dogmatismo intolerante, 
que dictaba a la humanidad la lección de subordinar sus apre- 
ciaciones y juicios a sus afectos y aversiones, y trataba de im- 
buirle sus afectos y aversiones; la libertad a que aspiramos nos 
ha impuesto el deber de dejar al corazón el derecho de elegir, y 
a la razón la facultad de declarar la verdad o el error por sí 
misma. Hoy menos que nunca, el ditirambo o el dicterio prue- 
ba la bondad o la maldad de las cosas; uno y otro no prue- 
ban sino el ánimo exaltado de quien los usa. De ahí que tales 
recursos se reserven para los libros de entretenimiento y estén 
proscriptos de los didácticos; pero el autor no piensa así: cree 
que la laudatoria prueba lo bueno y la invectiva lo malo... y 
éstos son resabios atávicos. del tradicional españolismo. Así se 
explica que, en su luminoso estudio sobre el voseo, es decir, so- 
bre el uso de «vos» en lugar de «tú», y en su disertación so- 
bre el idioma en la Argentina, prodigue la invectiva con la mis- 
ma facilidad con que en otros capítulos prodiga ia laudatoria, 
llamando al voseo: «sucio mal», «negra cosa», «viruela del 
idioma», «ruín voseo», «horrendo voseo», «verdadera man- 
<ha del lenguaje argentino», «ignominiosa fealdad», «calami- 
toso rasgo», y acabando por exclamar: «¡Victoria obscura de 
la barbarie sobre la cobardía !»... porque, a su juicio, con el 
gobierno de Rosas, que invirtió los valores sociales, se restable- 
ció el voseo, «que hubo de parecer una adecuada forma de adu- 
lación y bajeza federal», y por tanto «el horrible voseo ríopla- 
tense es una ignominia más de los tiempos de Rosas»... Luego 
reaparece el dicterio cuando el autor dice: «En nuestra Argen- 
tina, la chusma no ha querido otra cosa que formar una len- 
gua: no ha podido». Y este dieterio nos hizo abrir los ojos azo- 
rados. Porque como el pueblo bajo no ha intentado nunca la 
docta y trascendental empresa de formar un idioma argentino 
privativo, habría que entender que se alude a los escritores que 
sostuvieron la conveniencia de esa obra, y que fueron sucesi- 
vamente: Mariano A. Pelliza, Juan A. Argerich, Mariano de 


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Vedia, Luciano Abeille, Carlos Olivera, Carlos Pellegrini y 
Francisco Soto y Calvo. Por supuesto que no ha estado en la 
mente del autor dar semejante aplicación a su invectiva; y esto 
demuestra cabalmente que el dicterio, lo mismo que el ditiram- 
bo, tienen el grave inconveniente de las palabras gruesas: que 
exceden siempre en su alcance la intención del que las usa... 
De modo que el autor nos ofrece de esta manera el espectáculo 
de sus pasiones, no en un poema lírico, sino en una obra didác- 
tica; y esto importa una confusión de géneros que conspira con- 
tra la eficacia del esfuerzo. 

En cuanto al estilo del autor, a su arte elocutivo mejor dicho, 
se observa que hay en él exuberancia de epítetos, metáforas y 
alegorías; y el estilo sería poético si a esas galas se unieran el 
ritmo y la armonía de la frase. Pero Capdevila prefiere la ma- 
nera de decir incisiva a la persuasiva, y su elocución se asemeja 
más al bullir de un manantial entre las piedras que al resbalar 
de un hilo de agua sobre el llano. Además, como escribe para 
exponer ideas más bien que para exhibir imágenes, su libro, a 
pesar del exceso de énfasis y de figuras, no es el bordado de un 
retórico: hay tela fuerte, y no débil cañamazo, debajo de tales 
flores, algunas de ellas preciosas; por ejemplo, la metáfora de 
la metamorfosis del pensamiento, que es un brillante rasgo de 
ingenio, así como es una delicada filigrana la descripción poé- 
tica de la flora, de la fauna y de la gca de las Filipinas en la 
época de la Conquista. 

Placentero es también el examen de las ideas expuestas en 
este libro. Ante todo impresiona la considerable suma de obser- 
vaciones en él contenidas, y que presenta a Capdevila como 
un estudioso infatigable; luego impresiona igualmente el acierto 
de los juicios, que acusan en Capdevila una poco común capaci- 
dad de discernimiento, salvo cuando la parcialidad españolista 
tuerce su criterio. Y a estas excelencias del libro se agrega que 
es siempre un anhelo de mayor cultura lo que inspira las ad- 
moniciones de que está sembrado y que acentúan su carácter di- 
dáctico. Daré una muestra de cllas: «Atender al idioma es 
atenderse uno mismo; y conservarlo puro, cuidar de la propia 
identidad psicológica; sin contar aún con que el amor al idio- 
ma es una forma, la más bella porque da frutos de arte, de la 
fidelidad con la patria... Una de las mayores fortunas del 
pueblo argentino es hablar un idioma de extensión universal. 
Queremos que esta fortuna no se amengúe. Todo gran pueblo 
nace a su destino con un patrimonio de posibilidades gigantes- 
cas. Si es de veras un gran pueblo, este patrimonio con que nace 
debe acrecentarse en sus manos. Si no es de veras un gran pue- 
blo, en sus manos perece»... Y la siguiente es una de sus mu- 
chas observaciones atinadas: «Buenos Aires, lejos de ser una 
ciudad que se descastellaniza, es el más activo centro de caste- 


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llanización que hoy exista. En mira de Buenos Aires, no de Ma- 
drid, hay en este momento millares de hombres que aprenden 
castellano, así en Berlín como en Bruselas, así en el Japón co- 
mo en el Canadá. En Buenos Aires, no en Madrid ni en Casti- 
lla entera, es donde se rinde al castellano el mayor número de 
gallegos, catalanes o vascos. Al Plata lo que es del Plata». 

Pero, por la razón que ya he dado, no todas las conclusiones 
«lel autor son aceptables. Puede admitirse ésta: «Por el idioma 
común puede volverse hermosamente solidario el destino de 
América»; y esta otra: «Hay que reconocer la existencia del 
imperio espiritual del castellano, cuya inviolabilidad debería ser 
un dogma de la raza. Grande cosa es este imperio espiritual, y 
acaso salga valiendo más con el tiempo que un real imperio po- 
lítico». En cambio, no puede admitirse que se afirme que los 
americanos necesitamos de España para nuestro conocimiento 
mutuo, ni que la capital del imperio castellano está en Madrid; 
y a cesta afirmación de Arturo Capdevila conviene oponer la 
de otro paladín del españolismo entre nosotros, Calixto Oyuela, 
quien ha dicho más discretamente esto: «La capital del gran 
imperio literario castellano estar donde más nutridos y brio- 
sos se muestren el genio ereador y la cultura» (Estudios lite- 
rarios, 1915, p. 304). 

Así es; y lo que tenemos que hacer los argentinos no es echar- 
nos otra vez como criaturas en el regazo de la madre, para que 
ella haga por nosotros, sino cumplir nuestro deber con nuestro 
propio esfuerzo. Luchemos. pues, para conquistar la hegemonía 
espiritual en América; y luchemos sobre todo contra nosotros 
mismos, contra nuestros resabios atávicos, para evitar que és- 
tos ahoguen los dictados de la razón en los desbordes del sen- 
timiento. 


Lexicografía 


La cosa, la idea y la palabra 


Las manifestaciones del ser, tanto las del mundo exterior 
como las del mundo interior, se representan en nuestra mente 
bajo dos formas: imágenes e ideas. La imagen es la represen- 
tación sensible; la idea es la representación inteligible. No es 
del caso dividir esta última clase de representaciones mentales 
en nociones, conceptos e ideas puras porque no voy a considerar 
tales representaciones en detalle sino en conjunto, y por tanto 
puedo dar al término idea toda la extensión y comprensión del 
verbum mentis; igualmente llamaré cosas, para unificar la ex- 
presión, a todo lo que existe real, conceptual e imaginariamente, 
esto es, a todos los objetos de las representaciones mentales, por 
la misma razón de que no voy a considerar aquí tales objetos en 
detalle sino en conjunto. 

Mi propósito es establecer el grado de conformidad repre- 
sentativa de la idea con la cosa, y de la palabra con la idea. 
Adviértese ante todo que la idea surge entre la inteligencia y 
la realidad como síntesis de la acción combinada de una y de 
otra; pero entre las formas mentales y las reales no hay la co- 
rrespondencia del molde con el objeto en él vaciado, y por eso 
las ideas no son tantas como sus representaciones, y a cada una 
de las manifestaciones del ser, es decir, a cada uno de los atri- 
butos de cada cosa, no corresponde una idea singular. Aunque 
en el mundo exterior y en el mundo interior no hay sino ca- 
racteres singulares, lo que se representa en nuestra mente como 
idea es siempre un compuesto de esos caracteres, y al mismo 
tiempo un compuesto típico: nuestra inteligencia ve su objeto 
a la vez como un conjunto de características y como un indi- 
viduo de una especie. 

Esto se explica por las condiciones de nuestra inteligencia, 
a cuyos modos de concebir se subordina la concepción llamada 
idea. En primer lugar la idea es extensiva porque no nos es 
dado considerar nada aislado sino en relación con otra cosa, 
y de ahí que reduzcamos la diversidad a la unidad, para poder 
comprenderla, aplicándole el principio de identidad, base de la 
asimilación del conocimiento, principio que establece semejan- 
zas y diferencias, y relaciones de parte y todo, de causa y efecto, 
de continente y contenido, de sucesión y de cambio entre las 


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cosas. En segundo lugar, la idea es comprensiva porque nues- 
tros órganos de visión intelectual, la intuición y la reflexión, 
son insuficientes para penetrar la esencia de las cosas y para 
descubrir la totalidad de sus atributos, y a causa de esta limi- 
tación, que obsta al conocimiento integral de la cosa en todas 
las determinaciones de su existencia, sólo percibimos sus carae- 
teres comunes, que no son sino vislumbres ocasionales de la rea- 
lidad. De modo que podemos tener una imagen, o representa- 
- ción plástica indivisible, de lo singular; pero nuestra idea de 
lo singular es compuesta, como se evidencia cn cuanto intenta- 
mos analizar sus elementos, esto es, describir la imagen, No hay, 
pues, ideas singulares; el concepto mismo de unidad, o significa 
una composición: la pluralidad en conjunto, o una descompo- 
sición: lo diseontinuo en lo continuo. 

Nuestras ideas no son, pues, una para cada cosa, sino una 
para cada serie de conjuntos característicos que discernimos en 
las cosas. La inteligencia descompone en conceptos analíticos la 
comprensión sintética y la continuidad real de las cosas, para 
tener un visión más detallada y exacta de su composición inte- 
rior. Producto de este análisis es la abstracción, que hace inte- 
ligibles las representaciones sensibles, substituyendo las múlti- 
ples imágenes individuales, complejas y confusas, por ideas sin- 
téticas y precisas de los atributos de las cosas. De ahí que las 
ideas, aun de las cosas concretas, sean abstractas, como la ima- 
gen misma es siempre genérica; toda la inteligencia se mueve 
en un plano de abstracción conceptual, sobre el plano de la in- 
tuición experimental. Tal es la naturaleza de las ideas, ya sean 
particulares, generales o universales; no hay entre estas divi- 
siones sino una diferencia de grado en la abstracción que va 
ampliando progresivamente el contenido extensivo a expensas 
del comprensivo. Todas las ideas son, pues, abstractas; no hay 
ideas coneretas sino cuando, en vez de considerar su naturaleza, 
atendemos al carácter material de su contenido. De modo que 
toda idea, repito, es un conjunto de características, aplicable a 
una serie de cosas que tenemos por idénticas; conjunto en el 
cual cada característica presenta la idea con un viso propio, 
como cada una de las diversas facetas del diamante presenta 
la totalidad de éste bajo una luz particular. 


Ahora bien: así como la idea es una representación incom- 
pleta de la cosa porque sólo contiene lo que nuestra inteligen- 
cia puede percibir en las cosas, así también la palabra es a su 
vez un signo parcial de la idea. Si la palabra fuera un signo 
total de la idea bastaría una palabra para expresar cada idea; 
sucede que, por el contrario, es necesaria una serie de pala- 
bras (polionimia) para enumerar todas las características que 


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abarca cualquiera idea. La palabra es sólo el signo de una de 
las características de la idea; pero, así como la faceta presenta 
con su luz particular una visión imprecisa del diamante entero, 
así también la palabra evoca en nuestra mente, bajo un aspecto 
particular, el conjunto impreciso de la idea, y no, una por una, 
todas sus características. 

Demuestra también que la palabra no representa el con- 
junto preciso de la idea, el hecho de que la palabra no se suelda 
con la idea, y una misma palabra con distintas significaciones 
(homonimia) puede servir de signo a diferentes ideas. Por esto 
el significado de la palabra depende siempre del contexto. Consi- 
derada aisladamente, la palabra es una posibilidad y no una 
realidad de significado; es como el trazo en el dibujo, que por 
sí solo se reduce a una raya, a un valor geométrico, como lo es 
un tosco ángulo agudo por ejemplo, y sólo en unión con otros 
trazos forma la figura, adquiriendo entonces un valor ideoló- 
gico, como sucede cuando el tosco ángulo agudo resulta ser el 
perfil de una nariz. No olvidemos que el habla es una serie de 
sonidos articulados y no una serie de palabras; que la descom- 
posición de la frase en palabras es sólo un artificio, un pro- 
ducto del análisis científico. No olvidemos tampoco que no hay 
que atribuir al pobrísimo contenido ideológico de una palabra 
el mundo de ideas que cada palabra puede sugerirnos por aso- 
ciación. 

La palabra es una unidad puramente gráfica y arbitraria, 
resultante de la escritura; toda tentativa para definir la pala- 
bra como unidad ideológica ha fracasado siempre necesariamen- 
te, Ante todo ¿qué es unidad ideológica? ¿la expresión de una 
sola idea, como en canto? En tal caso no habría unidad ideoló- 
gica en cantó, palabra que, aparte de la acción de cantar, ex- 
presa las ideas de la persona, del tiempo y del modo de esa ac- 
ción. Por otra parte, si consideramos unidad ideológica al com- 
puesto de un elemento prineipal con los accesorios que se le 
aglutinan en función gramatical ¿por qué hay unidad ideoló- 
gica en dígaselo y no la hay en se lo dije? En fin, si resolvié- 
ramos definir la palabra como unidad ideológicamente indivisi- 
ble, tropezaríamos primero con la desmentida de la aglutina- 
ción en la escritura, y luego con que una palabra ideológica- 
mente indivisible como tela, puede partirse en dos a pesar de 
esa unidad, como en : te la doy; y ni los monosílabos serían uni- 
dades ideológicamente indivisibles por cuanto también se les 
puede dividir en signos con valor ideológico de letras. ¿Qué ra- 
zón, pues, si no es la de escritura, puede explicar que deme, 
adonde y porque sean unidades ideológicas, y me de, de donde 
y para que no lo sean, y que las dos unidades ideológicas de lle- 
var he en lo antiguo se hayan fundido en una: llevaré? Repito 
que la palabra es una realidad en la grafía, no en la expresión 


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ni siquiera en la dicción, y por eso las pausas que dividen las: 
palabras en la escritura no corresponden a las que hacemos en. 
la elocución; decimos naturalmente: enunlugar delamancha, y 
escribimos artificialmente: en un lugar de la Mancha... Y he- 
cha esta observación sobre la forma de la palabra volvamos al 
análisis del fondo. 

La palabra no es una materialización sonora de la idea, 
una concreción in re de la abstracción in mente; las palabras 
no son más que nombres que damos a las ideas para que su ex- 
presión resulte cómoda. Calcúlese cuán embarazosa sería esta 
expresión si, en vez de hablar con los continentes de las ideas, 
habláramos con el contenido de ellas. Las palabras son, pues, 
nombres que ponemos a las ideas para distinguirlas entre sí, y 
no para describirlas; y las palabras prestan este servicio apela- 
tivo con las mismas limitaciones con que prestan el suyo los 
nombres que ponemos a las personas, también para distinguir- 
las, y no para deseribirlas, De esto resulta que, como la idea es 
una abstracción de la cosa, y como la palabra es sólo un signo 
parcial de esta abstracción, la palabra viene a representar la 
cosa tan imprecisamente como presenta a la persona una foto- 
grafía tomada, no del cuerpo de ella, sino de la imagen de su 
cuerpo reflejada en un espejo: si en el espejo se había perdido 
ya por completo la substancia del cuerpo, transformado en fi- 
gura, en la fotografía se pierde una parte considerable de sus 
accidentes, entre ellos la posibilidad de que la imagen estática 
reproduzca, como puede hacerlo el reflejo, los movimientos del 
cuerpo representado. 


No es éste el concepto corriente del valor significativo de 
la palabra. Durante siglos y siglos estuvo la Escolástica incul- 
cando a la humanidad ilustrada la creencia de que podíamos 
penetrar la esencia de las cosas con sólo forjar palabras que la 
representaran; como también nos era posible descubrir verda- 
des con sólo harajar proposiciones; y su celo en tal empeño lle- 
vó a los escolásticos hasta propugnar que tales creaciones men- 
tales eran positivas realidades, sobre las cuales podíamos fun- 
dar afirmaciones absolutas: «hay en los seres una «substancia 
individual concreta», que es la ecceidad, contrapuesta a una 
«esencia específica abstracta», que es la quididad»... El reinado 
de la Escolástica acabó hace cuatro siglos, pero todavía los es- 
colásticos pueden más que los eríticos, porque los efectos de su 
enseñanza secular perduran en el lenguaje, todavía saturado de 
abstracciones en función de realidades. 

Nuestra inteligencia, moldeada en tal escuela por la vía 
del lenguaje usual en los textos, está tan habituada a tomar el 
signo por la cosa, que, a pesar de la crítica filosófica, todavía 


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nos cuesta grande esfuerzo contrariar la tendencia a seguir 
esa doctrina escolástica. Al principio era una figura de retórica 
atribuir a las cosas inanimadas sensibilidad, voluntad y discer- 
nimiento; en la actualidad se ha hecho ya imposible hablar de 
Otra manera, especialmente para los hombres de ciencia, que 
transfunden a la fuerza material no un espíritu adecuado a ella 
sino un espíritu calcado sobre el alma humana: «por simpatía 
€s como el mercurio se une al oro». No es la intención reducir 
.€el macrocosmo al mierocosmo, pero el lenguaje induce a ello; en 
verdad, es comodísimo, aun cuando sea error grave, tomar la 
palabra por la idea, y la idea por la cosa. Aparentemente esto 
simplifica la expresión del pensamiento; en realidad la falsea 
“porque atribuye a la cosa todo lo que nos place poner en la pa- 
labra. Y el resultado final de este uso acomodaticio del lenguaje 
es habernos convencido, y muy profundamente, de que, cuando 
pronunciamos una palabra, sobre todo si es sonora, enunciamos 
una idea, y una idea vibrante; porque tenemos por evidencia 
«que cada palabra representa una idea, y a veces más de una... 

Las palabras no son sino posibilidades de significado, que 
«corresponden a posibilidades de pensamiento. Para que las pa- 
labras sean ideas es menester que se relacionen entre ellas, no 
«sólo externamente, es defir, en forma gramatical, sino también 
internamente, es decir, siguiendo al pensamiento que trata de 
realizar posibilidades de expresión por medio de esas posibilida- 
des de significado. Si las palabras por sí solas fueran ideas, con 
ellas se podría substituir al pensamiento ausente. Es cierto que 
no falta quien las use con tal fin; no menos cierto es que tal fin 
no se logra, porque no es con humo con lo que se hace el fuego. 

Acostumbramos definir el lenguaje oral como un medio de 
«expresión emotiva e intelectual. Esta definición es incompleta, 
porque el lenguaje con palabras tiene otra función más, muy 
bien analizada ya por la Psicología, aunque de ella no se han 
«ocupado nunca los lógicos, ni los lingilistas ni los filólogos ni 
“los gramáticos. Esta función adicional del lenguaje es exclusi- 
vamente fisiológica con apariencias de psíquica. La fruición 
nerviosa que la actividad de las cuerdas vocales causa en los 
órganos de la fonación basta a veces para inducir al habla. Ha- 
“'blar de esta manera es cantar sin música, es decir, sin hacer el 
especial esfuerzo muscular que la afinación de la voz impone. Y 
“son varias las formas que asume este lenguaje mecánico, ente- 
ramente falto de contenido emotivo o intelectual. Empieza tal 
uso de las palabras en la garrulería inconsciente de la criatura, 
“sigue en la estoglosia del niño, o sea en el palabreo rítmico de 
ciertos juegos infantiles, constituye el masculleo incoherente del 
devoto abstraído en la oración, y se hace un accidente patoló- 
gico en el caso particular de endofasia que se llama glosolalia ; 
«de la cual son pródromos inequívocos la versificación vacía de 


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emociones y de ideas, el cacareo grandilocuente del declamador 
callejero, y el embolismo de los metafísicos mistagogos y de sus 
émulos los sociólogos campanudos, individuos, los de estas cua- 
tro categorías, que creen tener ideas en el cerebro o sentimien- 
tos en el alma porque tienen palabras en la lengua. 


Lo que acabo de decir me ha desviado del tema, que no es 
aquí la psicología del lenguaje sino su lógica. Confieso haber 
cedido esta vez a las incitaciones de la tentadora Digresión, 
que se hace tanto más insinuante cuanto más árida es la ma- 
teria del discurso. Justamente lo más difícil en la tarea de es- 
eribir no es saber lo que se va a decir, sino lo que se va a ca- 
llar, a fin de precisar el pensamiento; esto lleva al escritor a 
una lucha continua, sin tregua ni respiro, con la susodicha Di- 
gresión, para estar rechazando incesantemente el cúmulo de 
consideraciones accidentales que se apiñan en tumulto junto a 
los puntos de la pluma, en demanda premiosa e imperiosa de 
que se las concrete en letras. Y decidir lo oportuno y lo in- 
oportuno en cada caso es empresa en la cual no siempre la ra- 
zón se sale con la suya; a veces, para aliviarse, cede el paso al 
sentimiento... 

Vuelvo al tema. La palabra no es la realidad sino la posi- 
bilidad de la idea. Leroy, en Le langage (1905, pp. 91-98) al 
estudiar la naturaleza real de la significación, dice terminan- 
temente: «Sería burdo error admitir que la evocación de la 
imagen visual causada por la percepción de un nombre consti- 
tuye realmente la percepción verbal de la palabra; decir 
que la palabra se comprende cuando evoca una imagen, y no 
se comprende cuando no la evoca»; y cita en su apoyo a Paul- 
han, quien ha sentado esto: «Comprender una palabra, una 
frase, no es tener la imagen de los objetos reales que esa pa- 
labra o frase representa, sino sentir en sí un débil despertar 
de las tendencias de todo género que despertaría la percepción 
directa de los objetos que la palabra o frase representa». 

En efecto, comprender no es ver simplemente; es mucho 
más: es integrar una cosa en un sistema de relaciones. Por eso 
la significación de la palabra no resulta de la relación del signo 
con la cosa, sino de la relación de la idea de esta cosa con las 
ideas de otras cosas. 


La definición, el significado y la acepción 


Las palabras en sí mismas no son ideas; y cuando se trata 
de definirlas, de establecer su significado, resulta desacertado 
saltar de la palabra a la idea para explicar aquélla por ésta, es 
decir, para ahogar en la amplitud de la idea la restricción de 
la palabra. La idea no puede definir la palabra porque lo com- 
plejo no puede precisar lo simple. La palabra sólo puede expli- 
carse por la diferencia de su característica ideológica en rela- 
ción con otras características de la idea representada; la fa- 
ceta no se define por el diamante sino por su forma y situación 
en el diamante. El valor ideológico de la palabra es relativo, y 
esta relatividad hace que la determinación de los significados 
deba subordinarse a una clasificación lógica de las palabras, 
fundada en el carácter de las ideas representadas; porque de la 
situación propia de la palabra en tal cuadro resultará su sig- 
nificación como componente parcial de la totalidad de la idea. 
Así se explica, dicho sea de paso, que la definición de una pa- 
labra requiera una serie de otras palabras, representativas de 
las situaciones que en el cuadro de clasificación rodean al com- 
ponente analizado. 

Lógicamente consideradas, las palabras son susceptibles de 
dos clasificaciones: la gramatical, por funciones oracionales, y 
la lexicográfica, por la característica de los significados; en 
cuanto a la clasificación de los significados mismos, ésa no es 
ya de palabras sino de ideas. Ahora bien: no existe un cuadro 
de clasificación lexicográfica de las palabras; lo único que existe 
es la base para fundarlo y el método para desarrollarlo. La base 
es la división en conceptos universales, generales y particulares; 
el método es la subdivisión según los categoremas de género y 
especie; paso por alto la inarmónica serie de divisiones, sin prin- 
cipio fundamental ni coordinante, que ofrecen los tratados de 
Lógica al clasificar los términos. La Escolástica resolvió a su 
modo este problema de las clasificaciones lógicas cuando, en las 
postrimerías de su reinado, preparó los primeros textos analí- 
ticos de las lenguas modernas: se abrazó a las categorías ideoló- 
gicas de Aristóteles para explicar las funciones en la Gramá- 
tica, y recurrió a lo que llamaba «ideas universales» para ex- 
poner las significaciones en el Diccionario. De ahí la unifor- 


- 112 - 


midad ortodoxa de todas las gramáticas en materia de estruc- 
tura; de ahí también la uniformidad ortodoxa del método de 
la definición en todos los diccionarios, donde los conceptos uni- 
versales de substancia y materia, modo y atributo, propiedad y 
cualidad, virtud y facultad, acción y efecto, y otros, aplicados 
no a las especies inmediatas sino a todas, hasta a las más re- 
motas, suplen la falta de una escala de categorías intermedias 
entre los géneros sumos y las especies ínfimas, escala destinada 
a establecer la particular comprensión específica e individual 
que da su valor ideológico a la palabra. Es obvio que esta de- 
finición de las palabras por géneros supremos extensísimos, y 
«<asi sin comprensión, nos deja a obscuras sobre el valor ideoló- 
gico particular del término. Agréguese a esta deficiencia orgá- 
nica de los diccionarios el pueril recurso tautológico de expli- 
.cear una palabra por su congénere, y éste por otro hasta cerrar 
el círculo, lo que también nos deja a obscuras sobre el signi- 
ficado de tales palabras, y se verá cuán burdo esfuerzo repre- 
senta la obra del diccionario actual en el campo de la investiga- 
ción científica. 

De esta situación desairada no saldrá la Lexicografía sino 
cuando el lexicógrafo renuncie a distribuir las palabras a mi- 
llares entre unas cuantas categorías representativas de concep- 
tos universales, y funde sus definiciones en una clasificación ló- 
gica de las palabras, desarrollada gradualmente desde los géne- 
ros sumos hasta las especies ínfimas, mediante una muy larga 
-serie de categorías intermedias que constituyan los géneros pró- 
-ximos. Y cuando renuncie también al ineficaz recurso de la des- 
.cripción empírica, como substituto cómodo de la definición cien- 
tífica. La descripción no debe aplicarse sino a las palabras que 
no son susceptibles de definición ; esto es, a las que representan 
los géneros que pur supremos no pueden ser especies, y las es- 
pecies que por ínfimas no pueden ser géneros. 


Así como las cosas superan incomparablemente en número 
a las ideas, así también las ideas, a su vez, superan incompa- 
rablemente en número a las palabras, y de ahí el necesario ca- 
rácter polisémico de éstas. Una misma palabra, siempre con el 
mismo significado, se traslada de un campo mental a otro, ya 
sea para aplicarse a representar lo abstracto por medio de lo 
-conereto, o lo conereto en un orden por medio de lo conereto 
en otro; y estas diversas funciones, a las que llamamos «acep- 
«ciones», constituyen la polisemia del término. Por ejemplo: 
«agudo», en el campo concreto, in re, es lo que acaba en punta, 
“y como lo que acaba en punta penetra, decimos «agudo», en el 
.campo abstracto, in mente, para significar «penetrante», como 
«en dolor agudo, ingenio agudo; y «cálculo», que es «piedra» en 


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el orden material, en el intelectual es «cuenta», porque en lo 
antiguo se contaba con piedras. Otra especie de traslación se 
produce cuando atribuímos a un sentido la determinación de 
una cualidad cuyo reconocimiento es función de otro, diciendo, 
por ejemplo, color chillón, como si el oído calificara la visión, 
O voz áspera, como si el tacto apreciara la audición. En todos 
estos casos la palabra trasladada es la misma; en otros se ha 
modificado, como el ordiri latino, tecnicismo del tejedor, que 
por una parte ha dado ordenar y por la otra urdir; pero aquí 
ya no hay acepciones sino palabras distintas, como en el caso de 
la homonimia, esto es, cuando una misma palabra, misma en 
cuanto a forma, llega a significar, y éste es el caso de hombre, 
<osas tan distintas como el ser humano y un juego con naipes. 

Ahora bien: para establecer lo que es acepción hay que 
empezar por distinguir el significado de la acepción. Cuando 
decimos: un libro de muchas hojas, la idea de «hojas» es pre- 
<isa porque referimos la hoja al libro; pero cuando decimos: 
muevo la hoja, la palabra «hoja» sugiere una idea imprecisa, 
porque puede significar la hoja de un libro, o de una planta, 
o de un cuchillo, o de una puerta. ¿Cuál es, pues, la idea esen- 
cial de «hoja», idea imprecisa porque es esencial, que hace a 
esta palabra capaz de representar igualmente una parte de co- 
sas tan distintas como el libro, la planta, el cuchillo y la puerta * 
Esta idea esencial es la de «lámina movible», idea genérica que 
explica las diferentes aplicaciones específicas de la palabra y 
que constituye por eso el significado general de ella. 

Pero significado general no quiere decir significación pri- 
mitiva; esto último indica origen, y lo otro es valor. Sea cual 
fuere la significación primitiva de una palabra, el lenguaje da 
a esta palabra diferentes aplicaciones analógicas, y de tal uso 
resulta su significado general, es decir, su valor ideológico, que 
casi siempre coincide con el etimológico. Es indudable que 
«hoja» surgió como denominación de una parte de la planta; 
es indudable también que no se dió tal nombre a esa parte por- 
que fuera una lámina movible; pero no menos indudable es 
que, al desarrollarse la lengua, fué extendiéndose el uso de esa 
palabra, a la que se consideraba adecuada para representar, 
por analogía, láminas movibles de otra naturaleza. 

El significado es uno solo y esencial; la acepción es múlti- 
ple y accidental. El sentido recto (o primitivo o literal o propio) 
y el sentido lato (o extensivo) subdividido en el sentido tras- 
laticio de la analogía y en el sentido figurado de la metáfora, 
constituyen las diferentes acepciones que pueden tener las pa- 
labras; y entre ellas la primera, la del sentido recto, es siempre 
la que tiene en su uso corriente la palabra. Pero el empirismo 
escolástico, que constituye la medula hereditaria de los lexicó- 
grafos, hace que éstos consideren acepciones a las aplicaciones 


8 


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de cada acepción en diferentes órdenes, y también que llamen 
acepciones a las funciones gramaticales de la palabra y a la 
localización del uso de ella en el tiempo y en el espacio; véase 
el mal ejemplo que da al respecto el diccionario de la Acade- 
mia española en la página xx11 de su última edición. El diecio- 
nario actual, dicho sea de paso, es una maraña de clasifica- 
ciones tan inextricable como lo es la gramática, a causa de que 
ambas obras son hijas del mismo empirismo escolástico desor- 
denado. También suelen confundir los lexicógrafos la connota- 
ción con la significación y la acepción, y no estará aquí fuera 
de lugar decir que connotación es la significación compleja de 
la palabra que expresa a la vez el atributo y el sujeto, el pri- 
mero directa y el segundo indirectamente, así como denotación 
es la significación simple de la palabra que nombra una cosa: la 
denotación de «blanco» es una gradación determinada en la es- 
cala de los colores, y la connotación de «blanco» es la cosa que 
tiene tal color. Hecha esta eliminación previa de los factores 
ajenos al problema, estamos ya en condiciones de ver clara- 
mente lo que es acepción y lo que no lo es. 

Acepción no es ni la aplicación ni el significado de la pa- 
labra, ni su función gramatical ni su uso en el tiempo o en el 
espacio; acepción es simplemente el sentido recto o lato en que 
se emplea la palabra. Pero el referido formalismo atávico lleva 
a los diecionaristas a distinguir las palabras entre sí por su 
forma solamente, no por su significado; y de ahí que acumulen 
en un mismo artículo significaciones distintas y acepciones re- 
petidas. Es obvio que, si el diccionario se propone establecer 
significados, los significados es lo que debe exponer primordial- 
mente, subordinando a ellos las palabras; y la observancia de 
este principio lleva naturalmente a considerar palabras distin- 
tas las que tienen distintos significados, aunque se escriban de 
igual manera, y aunque en la lengua primitiva se resuelvan en 
una sola. Está bien que la Gramática no considere como pala- 
bras diferentes cada oficio gramatical de una misma forma, por- 
que el oficio gramatical es accidente; pero la significación es 
substancia, y así como los sinónimos se unen ideológicamente a 
pesar de su estructura distinta, así se divide ideológicamente 
una misma palabra en palabras distintas cuando esta forma 
tiene significados diferentes. La forma flor, por ejemplo, se di- 
vide en dos palabras porque tiene dos significados diferentes. 

Veamos esto en detalle. La palabra flor es una misma en los 
tres sentidos: recto, traslaticio y figurado, cuando en ellos con- 
serva su significado general de brote. En el sentido recto, 
flor es el brote de la planta diferenciado del vástago, de la hoja 
y del fruto; y como la flor es un conjunto de formas delicadas, 
aromas gratos y colores suaves, la consideramos como un adorno 
de la naturaleza, como la más preciada manifestación sintética 


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de la vida orgánica, y por eso la damos y la recibimos como un 
don. De ahí la acepción figurada: la flor de la virginidad, la 
flor de la sociedad, las flores, o epítetos lisonjeros, que brotan 
de nuestros labios para la mujer atrayente; y es flor también la 
afortunada combinación de puntos valiosos que surge fortuita- 
mente en los juegos de azar. Luego, por analogía, llamamos flor 
a todo brote sutil y efímero de partículas que se desprenden 
de los cuerpos y se fijan en la superficie de ellos; y de ahí la 
acepción traslaticia que aplica la palabra al polvillo de la fruta 
en el árbol, a la película flotante en las fermentaciones alcohó- 
licas y a las irisaciones del metal candente repentinamente en- 
friado. Y otra palabra distinta es flor cuando significa superfi- 
cie, es decir, la extensión limitativa de un cuerpo, significado 
que tiene esta palabra cuando denomina el lado superior de la 
piel adobada y cuando se usa en las locuciones de tipo «a flor 
de agua». Reducir a uno solo estos dos significados, porque el 
brote se produce en la superficie, sería una sutileza. 


De este análisis resulta evidente que la significación, la 
acepción y la aplicación son inconfundibles: significación es el 
valor ideológico, acepción es el sentido recto o lato, y aplica- 
ción es el uso de la palabra en las acepciones que tenga. Acep- 
ción no es, pues, la aplicación sino la razón de ser de ella, es 
decir, la extensión a varios órdenes del significado de la pala- 
bra. Por consiguiente, si el Diccionario tiene por objeto expli- 
car el valor ideológico de las palabras, catalogar las aplicacio- 
nes de ellas es empresa ajena a tal objeto, y sobre todo irreali- 
zable a causa de la vastedad de tales usos. Bréal cita en su Essaí 
de sémantique un diccionario francés-alemán en el cual, para 
facilitar las referencias, el caudal verbal de la lengua aparece 
dividido en no menos de 234 lenguajes especiales de las cien- 
cias, de las artes, de los oficios y de las profesiones; y como es- 
tas cuatro ramas no son más que una parte del árbol frondoso 
que desarrolla, en cuanto a géneros de ocupaciones, la actividad 
material y mental del hombre, salta a la vista que los usos es- 
peciales de las palabras se multiplican hasta hacerse innumera- 
bles. Se explica así la conveniencia de presentar los tecnicismos 
en vocabularios especiales, lo que coincide con la conveniencia 
de que el diccionario de la lengua sea sólo un registro de pala- 
bras comunes, de significaciones generales y de acepciones co- 
rrientes. 

La obra del diccionario, aun así reducida, está preñada de 
dificultades. Caleúlese cuán frustráneo será el esfuerzo cuando 
se acopla a esa empresa ya ardua la ímproba tarea de definir 
los tecnicismos. 

Toda palabra empleada en lenguaje especial es un sinóni- 


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mo; o se trata de un término técnico, como ulótrico, que no 
dice nada más que crespo en antropología, o se trata de la sig- 
nificación específica de una palabra común, como ofrecer en el 
lenguaje religioso. Sinónimos son los términos que se diferen- 
cian entre sí por su comprensión no ya de primer grado, como 
las especies de un género, sino de segundo grado, como se di- 
ferencian entre sí los individuos de una especie; y el vocabu- 
lario técnico está formado por palabras que tienen esta com- 
prensión de segundo grado, la cual restringe considerablemente 
la extensión de sus aplicaciones hasta reducirla a un solo or- 
den. La definición de un sinónimo implica, pues, a causa de la 
amplitud comprensiva del término, no sólo la enunciación de 
la característica de la idea, sino también la enunciación de la 
diferencia en la característica. Blanco y negro son colores, y el 
primero es difundente y el segundo es absorbente; pero, para 
el músico, una blanca y una negra, sin dejar de ser colores, son 
sobre todo valores, y para el antropólogo son tipos, y para el 
tipógrafo son caracteres, etcétera. Aparte de que cada cual 
«asigna a las palabras el significado especial (la aplicación es- 
pecial del significado, mejor dicho) que le interesa, cada indivi- 
duo ve el mundo con ojos propios, y así sucede que la palabra 
ave, por ejemplo, sugiere al cocinero una característica limita- 
dísima, circunseripta a la cacerola, mientras que al naturalista 
le presenta otra muy amplia, la de una de las grandes divisiones 
del reino animal. Así como la humanidad no es cuerpo simple 
sino colectivo, así es el lenguaje, una suma de expresiones indi- 
viduales que en vano intentamos unificar. De ahí los diferentes 
lenguajes en que se descompone toda lengua; de ahí las distin- 
tas lenguas. Suele explicarse la diversidad de lenguas por la 
diversidad de concepciones del mundo entre los hombres; obser- 
vando más profundamente se ve que esta diversidad de concep- 
ciones está ya en cada lengua, en la infinita variedad de apli- 
caciones del significado a que están sujetas las palabras para 
amoldarse al pensamiento de cada uno de los que las usan. 

No es posible, ni hace falta, el inventario total de las for- 
mas de una lengua: ni el de las combinaciones gramaticales ni 
el de las aplicaciones léxicas. Lo mismo que la Gramática, el 
Diccionario debe limitarse a establecer los modos de expresión, 
sin entrar en la enumeración incompleta e inútil de sus aplica- 
ciones; el significado primario ante todo, y el secundario en las 
acepciones extensivas, debe ser su único objeto, y con eso el le- 
xicógrafo tiene ya un cúmulo de problemas que resolver. A esta 
tarea debe aplicar todas sus luces, renunciando, como he dicho 
ya, al recurso de ahogar la definición de la palabra en la am- 
plitud de la idea, y de disimular la falta de análisis de las acep- 
ciones bajo un acervo de aplicaciones del vocablo en diversos 
órdenes. 


El último diccionario de la Academia 


LA FORMA 


Exteriormente la nueva edición del léxico académico man- 
tiene sus rasgos tradicionales con leves diferencias de detalle. 
Tanto el formato como el volumen y el peso son los mismos de 
la edición anterior porque el papel más delgado, y también más 
blando, compensa un aumento de doscientas páginas. La encua- 
dernación imita el estilo antiguo en el lomo, que, además de con- 
tener la indicación del texto sobre tafilete de color, aparece in- 
erustado de oro directamente sobre la pasta, luciendo sobre un 
fondo de arabescos cuatro medallas con el busto de tres barbo- 
nes medievales: un guerrero, un monarca y un mitrado; conje- 
turo que se trata del Cid Campeador en ambos perfiles, de Al-. 
fonso el Sabio y de san Isidoro de Sevilla. La portada exhibe, 
dentro de un amplio recuadro de carácter arquitectónico, una. 
nueva estilización del erisol académico, que se alza sobre tré- 
bedes y entre llamas en el campo de un escude escultural or- 
lado en lo alto por la tradicional divisa, y que tiene por cimera. 
una corona real. El texto, dividido siempre en tres columnas, 
está nítidamente impreso en un tipo de más ojo y menos re- 
baba que el anterior, lo que hace más fácil la lectura; y para el 
encabezamiento de los artículos se ha elegido, con poco acierto, 
un antiestético cuerpo de mayúsculas monumentales. 

En su Advertencia la Academia hace saber, entre las ge- 
neralidades del caso, que ha ampliado liberalmente el vocabula- 
rio con tecnicismos, neologismos y regionalismos, sobre todo con 
americanismos; y en sus Reglas previene que la nota de regio- 
nal no quiere decir que la voz sea reprobada en la lengua lite- 
raria o culta. Agrega que para los americanismos se ha atenido 
sólo a los vocabularios que andan impresos, y que espera de las 
Academias Correspondientes que la ayudarán a enmendar en 
las ediciones futuras los probables errores. Se ve, pues, que la 
Academia sigue repudiando su misión de promover la unidad 
de la lengua, para lo cual lejos de catalogar las diferencias de- 
bería eliminarlas; al perder en su diccionario, desde 1884, su 
posición secular de resistencia a la innovación, posición que la 
tenía anclada en el purismo, no ha acertado a entrar en la co- 
ariente didáctica, que la habría salvado de embarrancar en ba- 


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jos fondos, y no hace sino ir a la deriva para embicar ora a 
un lado ora a otro, cediendo alternativamente a los impulsos 
de la vanidad aldeana, que la tuerce hacia el regionalismo, y 
de la presunción científica, que la endereza hacia el tecnicismo. 

La Academia hace esta vez una tentativa para definir el 
carácter enigmático del vocabulario que constituye la armazón 
de su léxico: dice que ha incorporado a éste «el habla común de 
las personas ilustradas». De modo que la Academia admite al 
fin que la lengua es ante todo el habla, y que hay una lengua 
culta aparte del lenguaje literario; pero luego explica que se 
trata de «la lengua comúnmente hablada y escrita por las per- 
sonas cultas y las que con éstas más íntimamente se relacio- 
nan»... y así nos quedamos otra vez sin saber cuál es la len- 
gua del léxico académico, porque las personas que «más íntima- 
mente se relacionan con las cultas» son los criados y las nodri- 
zas, los enfermeros y las parteras, el masajista, el barbero y el 
pedícuro... 

Tampoco puedo aplaudir su deslucido esfuerzo para pre- 
sentar como innovación lógica lo que no es sino una medida po- 
lítica: me refiero a su nueva denominación de la lengua. Es 
una pobre razón de pie de banco la que aduce la Academia 
para justificar su reforma; si ella dice que la lengua no puede 
llamarse con propiedad castellana porque, aparte de lo caste- 
llano, también contiene regionalismos aragoneses, leoneses e his- 
panoamericanos, el buen sentido dice que tampoco se la puede 
llamar con pippiedad española, porque, aparte de lo español, 
también contiene lo americano. En realidad de verdad, este 
cambio no tiene más causa ni objeto que aplacar los celos loca- 
listas de los provincianos españoles no castellanos, uniendo fra- 
ternalmente, en la denominación nacional de la lengua, a todos 
los peninsulares; y la Academia misma reconoce el carácter po- 
lítico de esa denominación, cuando dice que también son len- 
guas españolas el vascuence, el catalán, el gallego, etcétera... 
«todas las otras lenguas que se hablan en España». Y se apre- 
sura a declarar que «al preferir ahora uno de los nombres no 
desecha en modo alguno el otro». Muy bien: aunque así no fue- 
ra, los americanos no tenemos nada que hacer con ese pleito pe- 
ninsular; y como nuestra lengua es la que en el siglo xvi im- 
portaron los colonizadores, procedentes de lo que se llamaba 
«el reino de Castilla» — y esa lengua no era ya el dialecto de 
Castilla sino el idioma del reino — por tanto, nuestra lengua 
seguirá llamándose «el castellano», por respeto a la Historia. 


LO SECUNDARIO 

Interiormente la nueva edición del léxico académico man- 
tiene también sus raseos tradicionales. 

Ante todo persiste, y con mayor ahinco, en la inflación a 


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fuelle batiente del vocabulario. No menos de diez son los recur- 
sos a que apela con tal objeto. 


1”: la palabra fósil. — Confiésase en las Reglas que estos fó- 
siles proceden, ora del vocabulario de la Edad Media, y enton- 
ces tienen la nota de anticuados, ora del vocabulario de la Edad 
Moderna, y entonces tienen la de desusados. La literatura es- 
pañola antigua es un hecho de interés universal, que requiere 
ser presentado especialmente, como cuerpo aparte, en la totali- 
dad de sus caracteres, la lengua inclusive; sin embargo, todavía 
no ha visto la Academia que hay que dar a lo clásico y a lo 
preclásico su diccionario propio, y descargar de ese lastre he- 
rrumbroso y embarazoso al diccionario de la lengua usual. 


2%: la jerigonza. — Los vocablos de la germanía que regis- 
tra el léxico académico no existen, fuera de él, sino en los tex- 
tos clásicos. No hay más que compararlos con los que contienen 
los vocabularios jergales de Salillas y de Besses para advertir 
que esos vocablos no son células orgánicas sino petrificaciones; 
la verdad es que, si hay un lenguaje que no admite absoluta- 
mente la fijación, ese lenguaje es el de la hampa, que se suici- 
daría antes que consentir en la permanencia e invariabilidad de 
sus medios de expresión privativos. 


3": el tecnicismo. — Pululan en esta edición, lo mismo que 
en las anteriores, los tecnicismos de todas las ciencias, artes y 
oficios; no faltan ni los de astrología y alquimia, ni los de he- 
ráldica y tauromaquia, ni los de gnomónica y relojería... Y esto 
hace del léxico académico un tutilimundi de la Enciclopedia, 
que obsta a que sus redactores concentren el esfuerzo en la ta- 
rea esencial: catalogar y explicar el idioma común. 


4o: el gentilicio. — Una razón de simple comodidad fué lo 
que, desde el principio, indujo a los autores de diccionarios a 
dividir la lengua en dos partes, a causa de que en la lengua hay 
nombres propios y nombres comunes. Quedaron excluídos en- 
tonees del caudal léxico los primeros, por ser propios; pero, cu- 
riosa contradicción, no quedaron excluídos los derivados corres- 
pondientes, de naturaleza tan propia como sus primitivos. De 
modo que el léxico académico contiene buen número de gentili- 
cios históricos y geográficos, porque éstos son gran recurso para 
estirar el catálogo; y como al vocablo «aronita lo define por 
Aarón y al vocablo abderitano por Abdera, he ahí que el con- 
sultor tiene que recurrir a algún otro libro para saber qué es 
lo que significan en castellano las palabras Aarón y Abdera... 
Aparte de esto hay que decir que en el léxico académico, ates- 
tado de tales derivaciones, sobran, por no ser vocablos usuales 
o de uso general, todos los gentilicios que ya no existen sino 
en la Historia, y todos los derivados geográficos de ínfima 
categoría, puramente lugareños. 


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5: la variante fonética u ortográfica. — Este recurso du-- 
plica, o poco menos, la extensión de la nomenclatura. La Aca- 
demia confunde adrede el vocabulario ortográfico con el de la. 
lengua, como confunde adrede la lengua desusada con la usada. 
Hay casos en que dedica a un mismo vocablo hasta cuatro ar- 
tículos, como en la serie de subscribir, suscribir; subscripción, 
suscripción; subscripto, subscrito, suscripto, suscrito; subscrip- 
tor, subscritor, suscriptor, suscritor. 

6: la variante femenina. — También pululan los artículos 
inútiles en que la forma femenina es gramatical y no léxica, 
porque no representa una formación particular ni un concepto 
nuevo, no hace sino modificar en su desinencia el vocablo mas- 
culino para atribuir el otro sexo a los animales, a los dignata- 
rios, a los funcionarios, a los profesionales, a los artistas, a los. 
artesanos y a los menestrales, 

7o, 8%, 9% y 10%: el participio pasado, el participio presente, 
el aumentativo, el diminutivo. — Otras tantas formaciones gra- 
maticales o lexicológicas, es decir, de composición libre, que 
nada tienen que hacer en el diccionario cuando el derivado con- 
serva el radical y la significación del primitivo. La flexión in- 
terna o terminal que agrega al significado de la palabra la idea 
accidental de género, número, modo, tiempo y persona, es una 
forma gramatical (derivado cireunstancial) que toca explicar 
a la Morfología en la Gramática; y la terminación que cambia 
el grado de calidad o de cantidad del primitivo es una forma 
lexicológica (derivada también circunstancial) que toca explicar 
a la Lexicología, también en la Gramática. Toca a su vez a la 
Lexicografía explicar en el Diccionario el valor ideológico de 
las terminaciones que cambian el oficio gramatical de la pala- 
bra (derivado oracional) ; pero con las formaciones gramatica- 
les o lexicológicas nada tiene que hacer el Diccionario, que es 
el inventario descriptivo de las voces de una lengua y no de las 
variaciones cireunstanciales de ellas. 


He aquí una lista de los rasgos tradicionales que, aparte 
de la inflación hiperbólica del vocabulario, mantiene la Aca- 
demia en la nueva edición de su léxico. 

La definición del substantivo por el verbo. — Se elude la 
definición del substantivo verbal mediante el cómodo expediente 
de elasificarlo, diciendo que es «acción y efecto» del verbo co- 
rrespondiente. Cuando el verbo tiene más de una acepción, la 
Academia no siempre hace saber si el substantivo correspon- 
diente convicne o no a todas ellas; hay casos en que la aplica- 
ción o inaplicación es obvia, y entonces cita la acepción conve- 
niente; en otros surge la duda, y entonces no cita nada. Lo que 
demuestra que, las más de las veces, el cómodo expediente de la 
clasificación no lleva sino a una definición grosso modo. 


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La acepción inútil. — La falta de plan metódico, de disci- 
plina en la obra del léxico académico, se revela palmariamente 
en que, contra el espíritu de economía del esfuerzo, manifiesto 
en la práctica citada en el párrafo anterior, surge el espíritu 
contrario, de derroche inútil del esfuerzo, manifiesto en el he- 
cho de que se detallan escrupulosamente las acepciones del sen- 
tido lato, aunque no hagan sino reproducir el significado recto, 
y las del verbo intransitivo y reflexivo, aunque no hagan sino 
repetir la significación transitiva. 


La seudo locución. — Locución es la unión indisoluble de 
vocablos que, desprendiéndose de su significación o función pro- 
pia, asumen otra en conjunto; forzoso es que el diccionario ex- 
ponga este significado especial. Y 'no es locución la asociación li- 
bre de vocablos, en la que cada uno de éstos conserva y expresa 
su propia significación; innecesario es, pues, que el diccion”:. 
explique estas combinaciones, porque no hará sino repetir lo ya 
dicho al definir sus componentes en los artículos respectivos. Sin 
embargo, el léxico académico trata las asociaciones libres como 
locuciones, esto es, define la combinación, principalmente las de 
un término genérico con otro específico, aun cuando éstos man- 
tengan en ella su significado corriente; y de ahí que los ar- 
tículos tomen a veces el carácter de «extracto de catálogo», y 
hasta de catálogo industrial, como en el caso de aceite, producto 
del cual se consignan veintiuna variedades, cuya mención en el 
diccionario sólo se justificaría si cada una de ellas tuviera en 
la lengua su vocablo privativo. 


La locución incompleta. — Persiste el léxico en presentar 
incompletas las locuciones conectivas, callando la preposición 
que rigen. De modo que seguiremos ignorando si hay que de- 
cir: de acuerdo a o de acuerdo con, por temor a o por temor de, 
en torno a o en torno de, etcétera. Cuando la Academia acabe 
de advertir que, en la estructura de las locuciones, la preposi- 
ción no tiene valor ideológico, renunciará a tratar tales forma- 
ciones como asociaciones libres; y su léxico, no sólo presentará 
las locuciones completas, sino que agregará a los verbos, adjeti- 
vos y adverbios, cuando lo tengan, su régimen obligado. 


La omisión de los sufijos. — El léxico consigna las prepo- 
siciones inseparables y demás prefijos, pero sigue omitiendo to- 
talmente los sufijos, componentes no menos dotados de valor 
ideológico que aquéllos. 

La etimología a medias. — Sólo por excepción lleva el lé- 
xico a su término natural la investigación etimológica; lo co- 
rriente es que la limite a la transeripción del radical extranjero, 
dejando al lector la tarea de averiguar como pueda el signifi- 
cado de la raíz de esos radicales. Diré de paso que, cuando una 
etimología no sale a primera vista, el léxico académico la em- 


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puja disimuladamente con el codo para que caiga al suelo como 
si no existiera, o para pasársela a alguna otra lengua; la de 
farpa, por ejemplo, ha pasado de un codazo a Portugal... Sin 
embargo, farpa está diciendo a gritos su etimología, tan griega 
como la de arpón... Hay que señalar también la ridícula pifia 
de que a otro derivado griego: carozo (< caryopse) de uso tan 
generalizado en toda la mitad oriental de la América del sur, la 
Academia lo hace proceder del cor latino... 


La intrusión gramatical, — He demostrado ya, al detallar 
la inflación del vocabulario, que la Academia no puede distin- 
guir entre diccionario y gramática; naturalmente, cuando se 
trata de definir el vocablo, tampoco puede distinguir entre sig- 
nificado y función. Su léxico está cuajado de intrusiones en el 
campo gramatical; a veces no se contenta con ver las cosas a 
través de la gramática, y se substituye a ella: al final del pri- 
mer artículo que dedica a la se lee este precepto: «esta forma 
propia del acusativo no debe emplearse en dativo». 

La desorganización interna. — Obra de muchas manos, el 
léxico académico abunda en inconsecuencias de toda especie, 
que son las manifestaciones inevitables de su desorganización 
interna. Una especie de estas inconsecuencias es que, al redac- 
tar sus definiciones, la Academia no siempre tiene en cuenta la 
significación que atribuye a las palabras en sus artículos res- 
pectivos; por ejemplo, el mahometismo es una «secta» en su ar- 
tículo, y también en mahometano, pagano y secta, pero en alco- 
rán, islam e islamismo es una «religión»... y gran diferencia hay 
entre religión y secta, según la Academia misma; y meticulosi- 
dad aparece en el artículo «distingo» con una significación que 
está muy lejos de autorizar su respectivo artículo; como tam- 
bién se da a acepción, en la página xx, una serie de significa- 
dos erróneos e inconciliables con la definición del vocablo en 
su propio artículo. Otra especie de inconsecuencia es que, cuan- 
do tiene que elegir entre variantes ideológicas, la Academia no 
siempre usa la que en su léxico señala como preferible; véase 
el roleo inserto en la definición de «arabesco». Otra es que, 
cuando explica un vocablo como variante, no indica directa- 
mente la forma preferible, sino que se deleita en pasear al lec- 
tor por el diccionario, remitiéndolo a alguna forma intermedia, 
y a veces eslabonando entre sí las intermedias. En fin, la incon- 
secuencia se manifiesta hasta en detalles tan nimios como la 
ortografía y la acentuación; véase el caso de obscuridad, vocablo 
que aparece sin la be etimológica en los artículos «sombra» y 
«tiniebla», y también el caso de lexicográfico, endosmosis y 
erosmosis, cuya acentuación falta a la regla formulada en el 
penúltimo párrafo de la página 1272. Estas inconsecuencias, 
aparte del desconcierto que causan al lector, tienen el inconve- 
niente de presentar a la Academia infringiendo sus propios pre- 


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ceptos y poniendo así de relieve, ella misma, la indisciplina de 
su obra. 

No entra en mi plan hacer la crítica del lenguaje del 1lé- 
xico académico; pero no puedo menos de señalar la zurdez del 
redactor de la Advertencia, para quien el provincialismo (que 
es un vocablo o giro) «conserva gran porción de vocablos», y el 
americanismo (que es otro vocablo o giro) «atesora muchas 
voces americanas»; y la chapucería del que ha escrito en las 
respectivas definiciones que lorodromiía es «una curva que sir- 
ve para navegar», y vigilia una «acción» y sueño un «acto»... 


LO PRIMORDIAL 


Aparentemente el valor y el mérito de un diccionario están 
en la extensión de su nomenclatura; porque es corriente que se 
le consulte para saber si una palabra es o no de la lengua culta, 
o de aquella parte de la lengua vulgar que ocasionalmente los 
cultos hacen también suya; y es obvio que, cuanto más liberal 
sea el léxico en la compilación de su vocabulario, tanto mayor 
será el número de sus lectores satisfechos. Este concepto utilita- 
rio del «primer libro de una lengua» prevalece desde hace casi 
un siglo, desde que Salvá amplió el vocabulario del léxico aca- 
démico, y es la causa del carácter cada vez más enciclopédico y 
particularista de los diccionarios actuales. 


El vocabulario incongruente. — En el caso de la Academia, 
este criterio que sacrifica la calidad de las expresiones en bene- 
ficio de la cantidad de ellas, importa una contradicción con el 
programa de toda institución didáctica, y con el carácter de 
todo diecionario de la lengua, cuyo objeto es, como el de la 
gramática, promover la unidad del habla y la perspicuidad de 
la expresión. Un diccionario de la lengua es por esto, en cual- 
quiera parte del mundo menos en España, una obra de selec- 
ción discreta y no de compilación a bulto; no tiene el fin cientí- 
fico de inventariar todas las formas de la lengua sino el pro- 
pósito práctico de enseñar las formas ejemplares de ella, usua- 
les y comunes a todos. De modo que, por su necesario carácter 
didáctico, el diccionario de la lengua no puede contener sino el 
caudal de voces y locuciones que usan en común, social y fami- 
liarmente, las personas cultas; y esto excluye de él lo no culto, 
que es el vulgarismo, lo no común, que es el regionalismo y el 
tecnicismo. y lo no usual que es el obsoletismo. Carece, pues, 
de principios científicos, en cuanto a vocabulario, un léxico como 
el de la Academia, que mezela la lengua culta con la vulgar, la 
nacional con la regional, la común con la técnica, y la moderna 
con la antigua; estas voces especiales, las vulgares, las regiona- 
les, las técnicas y las antiguas, deben tener sus glosarios pro- 
pios, no ya preceptivos sino descriptivos. 

Como he dicho ya, esta contradicción de la Academia con 


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su programa, contradicción que se advierte en el diccionario 
pero no en la gramática, proviene de que esa corporación se 
muestra demasiado sensible a la presión del espíritu regiona- 
lista, que conspira contra la unidad de la lengua, y a la presión 
del espíritu estrictamente científico: espíritu de naturalista que 
ve una lengua genuina en la vulgar y una lengua adulterada 
en la culta, espíritu de botánico que ve en el cultivo un burdo 
remedo de la naturaleza, espíritu de enclaustrado que ve una 
pedantería en el esfuerzo de la cultura para refinar el habla, y 
que por tanto es adverso a toda forma de régimen de la lengua. 

Sobre la conveniencia o inconveniencia de mantener y fo- 
mentar, o de combatir y extirpar, las influencias que, al llegar 
hasta el seno de la Academia, hacen incongruente el caudal de 
voces y locuciones contenido en su léxico, no tengo nada que 
decir; ésas son cosas del fuero interno español, que sólo a los 
españoles incumbe discutir. Me limito a hacer constar que un 
diccionario de la lengua que incluye el vulgarismo, el regiona- 
lismo, el tecnieismo y el obsoletismo está en pleito con su pro- 
pósito, que no es dar a conocer todas las formas del castellano 
sino propender a que éste se extienda en el territorio y se re- 
fine en las personas; y que falta a muy elementales principios 
científicos un léxico que confunde la asociación libre con la lo- 
cución, los derivados gramaticales con los lexicológicos, el oficio 
gramatical con la acepción, y la acepción con la aplicación, y 
que define la extensión por géneros sumos y la comprensión por 
analogías, cuando no define por simple tautología. 

La definición empírica. — Pero si el vocabulario es parte 
importante del léxico, no por eso es la parte principal. Al bus- 
car en él una palabra, en la generalidad de los casos deseamos, 
no sólo comprobar su legitimidad, sino también verificar su sig- 
nificado; y ninguna utilidad tendría, por tanto, un diccionario 
que no satisticiera ambas necesidades, que fuese un simple ca- 
tálogo enumerativo. Tan así es que existen diccionarios de de- 
finición que no son sino breves glosarios, y en cambio no se 
concibe que pueda haber un diccionario sin definiciones, por 
copiosa que fuera su nomenclatura. La definición es, pues, lo que 
da valor al vocabulario, que por sí solo no dice nada. Permíta- 
seme afirmar, por esto, que en un diccionario lo primordial es 
la definición, y lo secundario es la nomenclatura; y secundario 
no quiere decir «poco importante», sino «menos importante». 

Ahora bien: ¿qué es lo que ofrece la nueva edición del lé- 
xico académico con respecto a lo que constituye su primordial 
objeto? La definición ha sido siempre el talón de Aquiles de la 
Academia en su función lexicográfica, y como en el caso del 
héroe troyano, tal debilidad no tiene eura. Inútil es decir que, 
en cuanto a eso, el nuevo léxico demuestra que la Academia está 
aún en las mismas, no obstante su interés en modernizarse. 


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La Academia española de la lengua tiene, a pesar de su 
edad, candideces notables. Una es creer que va a dar carácter 
científico a su léxico atiborrando de tecnicismos el vocabulario, 
y en cuanto a las definiciones, describiendo los árboles, los pe- 
ces y los pájaros con la prolijidad del naturalista. Otra candi- 
dez notable es creer que la incorporación del neologismo basta 
para modernizar su diccionario; esto es como pretender que 
basta poner un traje nuevo a un carcamal para que se le tenga 
por mozo. Fosilizado en la estratificación escolástica, el léxico 
académico no distingue en sus definiciones entre el idioma co- 
mún y la lengua docta; sigue considerándose un vocabulario 
erudito como los de Palencia, Lebrija, Santa Ella, Covarrubias 
y Terreros, y compite ambiciosamente con la Filosofía, la Cien- 
cia y la Técnica en la tremenda empresa de la definición real. 
Con tal propósito traslada a sus páginas, limitándose a abre- 
viarlas, las definiciones que han sido hechas para los tratados, 
sin advertir que la función del diccionario no es distinguir las 
ideas entre sí sino las palabras unas de otras; para lo cual debe 
condensar el significado, y cada acepción, en una noción sim- 
ple en su forma, precisa en su sentido y privativa en su alcance. 

Definición nominal es una cosa; definición real es otra. En 
el tratado filosófico o científico o técnico, la definición de sus 
términos debe ser real, debe distinguir las ideas unas de otras, 
enumerando todos los elementos que cada una comprende; en 
el diceionario de la lengua la definición de los vocablos debe 
ser nominal, debe presentar la idea en alguna de sus caracterís- 
ticas solamente. La palabra es el signo de la idea, pero no la re- 
presentación total de ella, y por eso el lenguaje, como medio de 
comunicación intelectual, es imperfecto; sin hablar de su ma- 
nifiesta insuficiencia como medio de expresión del sentimiento. 
Grave error cometería un filósofo si en su discurso substituyera 
una idea por otra; y sin embargo, le está permitido cambiar de 
palabra al referirse a una misma idea. ¿Por qué es esto? Por- 
que la palabra no representa la idea en su totalidad sino alguna 
de sus características; por eso, para cada idea hay más de una 
palabra, y es obvio que, sea cual fuere la palabra elegida, es de- 
cir, la característica con que se enuncie la idea, ésta surgirá en 
la mente siempre la misma. Se llama sinónimas a las palabras 
que expresan una misma idea; pero, como se ve, sinonimia no 
quiere decir homología, sino identidad esencial con caracteriza- 
ción distinta, porque, dentro del género próximo que les es co- 
mún, hay una diferencia específica entre los sinónimos, 

Aparte de esto, de que la Academia no ha visto todavía 
que la definición por género próximo y diferencia específica es 
la única definición léxica satisfactoria, su diccionario conser- 
va aún, por automatismo rutinario, el carácter bilingúe del lé- 
xico primitivo que explicaba el griego por el latín, y luego el 


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latín por el castellano; y en vez de definir la palabra (definir 
es limitar) refiriendo su concepto a la idea genérica que le da 
su esencia, intenta explicarla por el principio de analogía, en- 
volviéndola en una serie de sinonimias encadenadas, a cada una 
de las cuales define a su vez del mismo modo; lo que lleva fa- 
talmente al círculo vicioso, por cuanto, como cada término va 
explicándose por su vecino en la rueda, resulta que, al comple- 
tarse la vuelta, no ha quedado explicado ninguno de ellos. En 
verdad, nada es más ajeno al carácter del léxico académico que 
la definición cireunscripta, único medio de establecer el des- 
linde de las palabras para evitar el uso arbitrario de ellas; y 
de ahí que este «primer libro de la lengua», destinado en prin- 
cipio al cuidado de la lengua, parezca hecho adrede para auto- 
rizar el estropeo de la lengua, porque la definición analógica, 
que es la más cruda forma de tautología, sirve admirablemente 
para mantener en la penumbra el significado de las palabras. 


La acepción múltiple. — Por otro lado, cuando se trata de 
vocablos que representan hechos y no conceptos, el léxico aca- 
démico, en vez de definir la palabra, apela al recurso empírico 
de describir la cosa, o sea, de localizarla como parte de un todo. 
Este procedimiento ahorra la investigación ideológica, tarea ar- 
chipenosa, y de ahí su auge; la descripción del análisis es mu- 
chísimo más fácil que la composición de la síntesis. De modo 
que el léxico académico no conoce como medios de definición 
sino extremos, aparte del pueril acoplamiento analógico: o se 
prende a la Metafísica, a la Teología, al Derecho canónico y de- 
niás tratados especulativos, para subordinar la lengua a la doce- 
írina, o recurre a la deseripción o localización de la cosa para 
eludir la explicación de la palabra. Y este recurso lo lleva ne- 
cesariamente a la especificación de los diferentes destinos de la 
cosa, para establecer los diversos órdenes de ideas a que se apli- 
ea el vocablo, aunque éste conserve en todas esas aplicaciones el 
significado que le es propio. Con lo que, olvidando su condición 
de diccionario, el léxico académico asume el carácter de manual 
de arte. 

Veamos un caso típico de este desborde. El verbo abrir tie- 
ne un solo significado recto: «hacer penetrable un cuerpo dán- 
dole discontinuidad en la superficie»; una sola acepción en 
sentido traslaticio: «iniciar una acción»; y una sola acepción 
en sentido figurado, como verbo reflexivo: «descubrir uno su 
interior a otro». Pues bien : el léxico académico le asigna veinti- 
trés acepciones, porque, en vez de definir la palabra, describe 
la operación. Así nos dice minuciosamente cómo hay que hacer 
para abrir una puerta: (acepción 2) hacer girar las hojas, (3) 
descorrer el pestillo o cerrojo, desechar la llave, levantar la al- 
daba o desencajar cualquiera otra pieza o instrumento seme- 
jante; si se trata de los cajones de un mucble (4) tirar de ellos 


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hacia afuera sin sacarlos del todo; si se trata de los ojos (5) se- 
parar un párpado de otro; si de un libro (5) separar una o va- 
rias hojas de las demás para dejar patentes dos de sus páginas ; 
si de partes del cuerpo o piezas unidas (6) separar las unas de 
las otras de modo que entre ellas quede un espacio mayor o me- 
nor, o formen ángulo o línea recta; si de los pliegos de un li- 
bro (7) cortarlos por los dobleces; en otros casos (8) para abrir 
hay que extender lo que estaba encogido, doblado o plegado; en 
otros (9) hay que hender, rasgar, dividir; en otros (13) hay 
que vencer, apartar o destruir cualquier obstáculo que cierre la 
entrada o la salida de algún lugar, o impida el tránsito; en 
otros (10) para abrir hay que hacer (sic); en otros (11) si se 
trata de cartas, paquetes, sobres, cubiertas o cosas semejantes, 
hay que despegarlos o romperlos por alguna parte para ver o 
sacar lo que contengan; y las flores (18) para abrirse deben 
separar unos de otros, extendiéndolos, los pétalos que estaban 
recogidos en el botón o capullo. Y con la misma minuciosidad 
nos dice cómo hay que hacer para abrir, en el sentido de iniciar 
una acción: tratándose (14) de cuerpos o establecimientos po- 
líticos, administrativos, científicos, literarios, artísticos, comer- 
ciales o industriales, para abrirlos hay que dar principio a las 
tareas, ejercicios o negocios propios de cada uno de ellos; y tra- 
tándose (16) de certámenes, coneursos de opositores, subscrip- 
ciones, empréstitos, etcétera, para abrirlos hay que anunciar y 
publicar las condiciones con que deben llevarse a cabo... Corto 
aquí la transcripción, que es ya demasiada larga. 

Veamos ahora un caso típico de lo esencial, que es la falta 
completa de método en la definición, es decir, en la investigación 
ideológica del significado de las palabras. El artículo espíritu 
es una manifestación elocuente de este vicio orgánico de la obra. 
La primera acepción es teológica: «ser inmaterial y dotado de 
razón», y no puramente filosófica: «substancia inextensa». La 
segunda es inexacta : «<alma racional», porque de ella resulta que 
en los animales no hay espíritu, visto que el alma de ellos no 
es racional; esto aparte de que, como es forzoso definir alma 
como «espíritu humano», resulta una tautología definir espíritu 
como «alma». La tercera da carácter general a la acepción par- 
ticular del vocablo en la expresión espíritu de profecía, y ex- 
plica esa acepción como «don sobrenatural y gracia divina», ol- 
vidándose de que hay espíritu, no sólo de profecía, sino también 
de empresa, de conquista, de invención, de d:sciplina, de com- 
pañerismo, de oposición, de contradicción, etcétera; por lo cual 
el vocablo se debe definir en tales aplicaciones como una facul- 
tad en unos casos y como una tendencia en otros, sin entrar a 
considerar si tal facultad o tendencia es, o no, un «don sobre- 
natural y gracia divina». La cuarta acepción ofrece un concepto 
enigmático: «virtud, ciencia mística», que tal vez está por «ins- 


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piración divina». La quinta pudo reducir a dos palabras: «alien- 
to vital» un concepto que se desarrolla en doce; y la sexta con- 
tiene cinco conceptos que representan uno solo: «ánimo». La 
.séptima, «vivacidad, ingenio», es un galicismo formidable, uno 
de los neologismos que en esta edición se estrenan: «vivacidad, 
ingenio» es la traducción del esprit francés, y no una acepción 
«del espíritu castellano. La décima consta de nueve palabras, y 
ninguna de ella es la adecuada: «efluvio»; y la undécima dice 
«parte o porción más pura o sutil», en vez de decir sencilla- 
mente «esencia». Huelga la serie de ociosas sinonimias de la 
.acepción duodécima, porque repiten la acepción de «aliento vi- 
tal», en la cual pudieron entrar los ejemplos del sentido figu- 
rado; en cambio falta la acepción específica de espiritu contra- 
puesto a letra, en la que el vocablo significa «sentido esencial 
y no formal», como en el ejemplo: espíritu de la ley. Huelga 
también, por ser un término de uso tan cireunseripto como ve- 
tusto, el concepto cartesiano de espíritus animales; así como una 
exposición exacta de las varias acepciones del vocablo habría 
ahorrado las definiciones especiales de espíritu de contradic- 
ción, espiritu vital y levantar el espíritu. Y esas superabundan- 
-cias formales no compensan las omisiones substanciales: faltan 
las acepciones de espíritu de Dios («inspiración divina»), de 
espíritu de cuerpo («sentimiento de solidaridad»), la que dan 
al vocablo los espiritistas («substancia sensible del alma de un 
muerto») y las de espíritus celestes («los ángeles») y espíritus 
bienaventurados («las almas de los santos en el Paraíso»). 

Esta carencia total de criterio científico y de sentido lexi- 
cográfico para subordinar a un método adecuado, a un proce- 
dimiento racional y normal, la dificilísima investigación de las 
definiciones, es la característica saliente del léxico académico 
en cuanto a su primordial objeto de exponer la significación de 
las palabras. Y tan seria deficiencia no es la única; al exami- 
nar el detalle de las definiciones saltan a los ojos del observa- 
dor, en manada, los gazapos que en la maleza de la lexicogra- 
fía académica tienen su abrigada madriguera. Pido disculpa al 
lector porque voy a presentarle una lista más; pero la obra de 
un diccionario es muy compleja, y es forzoso que su análisis 
se desarrolle en cuadros. 

En cuanto a sus accidentes, no ya a su esencia, los siguien- 
tes son los vicios orgánicos que caracterizan a las definicio- 
nes del léxico académico : 

1%: la obscuridad. — No creo que la Metafísica sea obscura 
por necesidad ; en lo que creo es en la obscuridad mental de al- 
gunos metafísicos. Por ejemplo: en la del autor de esta defi- 
nición de subsistencia: «Complemento último de la substancia 
-o acto por el cual una substancia se hace incomunicable a otra». 
Este eruditísimo intríngulis es ininteligibie para quien no sepa 


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«que, en Metafísica clara, subsistencia es simplemente «la exis- 
tencia individual, completa e incomunicable de los seres». 

2%: la confusión. — Se define reproductor como «animal 
destinado a mejorar su raza»... ¿Su raza? ¿sus propias carac- 
terísticas?... No es posible tal milagro; lo posible es que nos 
sirvamos de un animal superior para crear productos que me- 
_Joren la especie inferior representada por su pareja. 

3": la vaguedad. — El léxico académico define entidad 
.como «lo que constituye la esencia o forma de una cosa». Para 
el que sabe, esa definición es inexacta; la exacta sería: «con- 
Junto de las propiedades que constituyen la esencia o los atri- 
butos de una cosa»; para el que no sabe la definición acadé- 
mica de entidad le enseña que este concepto es una vaguedad, 
porque su significación oscila entre dos ideas, no del mismo or- 
den, sino de órdenes ineonciliables; ¡ahí es un grano de anís la 
distancia que separa a «esencia» de «forma», aunque se de a 
«forma» el sentido aristotélico!... Esta disyuntiva incongruente 
me recuerda un chascarrillo: «¿ A que no adivina usted qué es 
esto, don Ruperto? — ¡ Hombre, si se está viendo! Eso es un la- 
.drillo o una pera». 

4%: la ambigiedad. — En el léxico académico, la ambigie- 
«dad aparece generalmente en la redacción cautelosa de las defi- 
niciones, elaboradas ex profeso para que se las pueda interpre- 
tar de más de un modo; pero también hay casos en que la am- 
bigúedad resulta, no del texto de la definición, sino del valor 
ideológico que se atribuye a la palabra: véase el artículo civil, 
dlonde este vocablo aparece con el sentido de «sociable, urbano, 
atento», y a renglón seguido con el de «grosero, ruin, mezquino, 
vil»... y lo mismo pasa con originario, que se define a la vez 
como lo que «da origen» a alguien o algo, y lo que «trae su ori- 
gen» de alguien o algo... Un diccionario hecho con el criterio 
del respeto sagrado al texto literario, sobre todo al de lenguaje 
arcaico, contiene necesariamente estos despropósitos. 

5%: la transgresión. — Es posible que, invitada a justificar 
la primera acepción de cosa que ofrece en su léxico, la Acade- 
mia exhibiera más de un texto de filosofía escolástica que la 
sustenta; pero tan venerable y caduca autoridad no obstaría a 
que siguiéramos resistiéndonos a llamar «cosa» a la idea y al 
concepto, al recordar que la confusión de la idea con la cosa, y 
por tanto de la lógica con la dialéctica, ha sido causa constante 
«de errores en las especulaciones filosóficas. Baste este botón para 
muestra de las transgresiones semánticas en que incurre el lé- 
xico académico, al atribuir a un vocablo la significación que es 
propia de otro. 

6: la contradicción. — Dice el léxico académico que re- 
“nuevo es «vástago», y luego que yema es «renuevo». He ahí una 


9 


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de sus innumerables contradicciones, porque si renuevo es vás- 
tago no puede ser yema, O si es yema no puede ser vástago, 
puesto que ni el vástago es yema, ni la yema es vástago. La cau- 
sa de esta confusión está en que falta en esas definiciones el 
concepto genérico de «brote». 


7%: el contrasentido. — La Academia ha descubierto, según 
la nona acepción de vano, que hay «harneros sin agujeros»... 
Como esta maravilla sólo existe en la provincia española de 
León, muy pocos han de ser los que tienen la dicha de contem- 
plarla. En cambio, a todos nos es dado saborear, frente a frente 
con la cosa, este estupendo descubrimiento de la Academia in- 
erustado en la definición de otro: «la suma semejanza entre dos 
cosas o personas distintas»... Esto recuerda lo de: Anoche de 
madrugada | ya después de mediodía... y hace saber que Juan 
de la Encina está trovando todavía. 


8: la insuficiencia. — La fórmula incompleta «persona o 
cosa» salta a los ojos a cada instante, en las páginas del léxico 
académico, para hacer saber que la Academia ha resuelto su- 
primir al animal cuando tiene que expresar la totalidad de los 
seres y de las cosas de este mundo. Sus razones tendrá para ello, 
pero no las ha dicho ni se adivinan... Hasta en materia gra- 
matical revela el léxico la insuficiencia de sus definiciones : véa- 
se la de flexión, según la cual «flexión» es sólo «desinencia» y 
excluye las formas del género y del número. 

9%: la superstición. — La Academia vive, a juzgar por lo 
que dice en su léxico, en un mundo mejor que el nuestro, en el 
limbo de las ercencias ingenuas, donde no se distingue entre la 
realidad y la ficción. Por eso afirma que la sirena atraía con 
su canto a los navegantes para extraviarlos; por eso afirma en 
selenita que en la Luna hay habitantes. 


10: la tautología. — No buscaré la tautología en la defini- 
ción de los términos abstractos para que no se diga que quiero 
hacerme el caldo gordo; tengo una a mano, en el citado caso de 
renuevo, y es ésta: si renuevo es una especie de vástago ¿qué 
es vástago? La Academia contesta que vástago es «renuevo»... 
Con la misma soltura nos dice que poner es «colocar», y que 
colocar es «poner»... ¿Y costumbre? Costumbre es «hábito». 
¿Y hábito? ¡Pero, hombre! hábito es «costumbre»... También 
nos dice que, para saber dónde está el norte, nos basta saber 
donde está nuestra derecha; y cuando le preguntamos, en mano, 
dónde está nuestra derecha, responde que, para saber eso, de- 
hemos saber dónde está el norte... Y lo malo es que no pode- 
mos quejarnos porque esto nos pasa por preguntones, como nos 
lo hizo ver Valbuena allá por 1889, en su Fe de erratas de la 
duodécima edición del léxico académico, contándonos esto, poco 
más o menos: «¿ Quiere decirme usted si ésta es la acera de en- 


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frente? — No; la acera de enfrente es aquélla. — Pero... si 
vengo de allá... y allá me dijeron que la acera de enfrente era 
ésta. — Repito que es aquélla. — ¡ Mal haya el diablo! ¡ qué poca 
suerte! me quedo sin saber cuál es la acera de enfrente». 

Defectos ya de tercer orden, pero no leves, en las definicio- 
nes del léxico académico, son... Disculpa, lector, otra lista; 
será la última... Son: el floreo retórico, como en la quinta acep- 
ción del artículo poesía; el datismo orgánico, que siembra todo 
el libro de oes optativas, signo traidor de la incertidumbre in- 
terna; la perisología, que surge ante la dificultad de la defini- 
ción para ahogarla en palabras; la cortesanía palaciega, que 
tiene una de tantas muestras en la prolija acepción tercera de 
alteza; y la forma marcadamente catequista, de instrucción re- 
ligiosa, que revisten los artículos relativos a los conceptos éti- 
cos universales, porque, así como la Academia no distingue en- 
tre diccionario y gramática, tampoco distingue entre dicciona- 
rio y catecismo. 


EL FONDO 


Realmente el último diccionario de la Academia es una obra 
acabada de ciencia empírica, de filosofía dogmática y de ética 
teológica. Y debemos pensar que este libro es fiel reflejo de la 
clase de inteligencia y de sentimiento que prevalece en el pueblo 
que lo produce; por la razón de que el léxico académico no es 
fruto de la inspiración y acción de un hombre, sino la obra tra- 
dicional, deliberada y colectiva de una institución nacional, nu- 
merosa y prestigiosa. No sería extraño, pues, que en España 
fueran méritos de esta obra los que yo, con mi criterio ameri- 
cano, considero defectos. 

De suerte que, si el léxico académico fuera una cosa de Es- 
paña y para España, sería una impertinencia que emitiera yo 
mi juicio sobre si es buena o mala esa cosa ajena; pero como la. 
Academia solicita abiertamente el concurso americano para su 
obra, esta obra, ofrecida a América, deja de ser una cosa para 
España, aunque siga siendo de España, y por consiguiente ejerzo 
mi derecho al decir que la recuso, no tanto por sus formas de- 
fectuosas, como por su fondo, su esencia, su substancia, y en 
cuanto a esto, no tanto por su dogmatismo y misticismo, como 
por el empirismo, la superficialidad, la insignificancia de su 
lexicografía. 

Y pregunto a los americanos si podemos seguir esperando 
de España el diccionario ejemplar que necesitamos, modelo de 
sobriedad en su vocabulario, de método en su organización y de 
ciencia en sus definiciones. Les pregunto si necesitamos más 
pruebas todavía para convencernos de que las instituciones tra- 
dicionales de Europa no van a reformarse para ponerse a nues- 
tro servicio. Les pregunto si no ha sonado, hace ya mucho, la 


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hora de que hagamos, con nuestro propio Webster, Littré o 
Salvá, el diccionario americano del castellano. 

E invito a los lexicógrafos americanos, que hasta hoy no 
han producido sino obra fragmentaria y localista, a que levan- 
ten más sus aspiraciones y acometan la empresa de americani- 
zar el diccionario de la lengua común a todos — dando el se- 
gundo lugar en su mente al regionalismo hasta hoy imperante 
en ella — para hacer de ese libro una obra de utilidad univer- 
sal, y digna del respeto filosófico por la elevación de su espí- 
ritu, y del aprecio científico por la profundidad de su conoci- 
miento. Les recordaré una vez más que los angloamericanos no 
necesitaron más que cincuenta años después de su independen- 
cia para comprender que no debían esperar de Europa su pro- 
pio diccionario. 


Los vocabularios de americanismos 


Hace tres años, el escritor portorriqueño Augusto Malaret. 
publicó un Diccionario de americanismos, de 642 páginas en 8* 
máximo, que a la singularidad de su tema, porque es el primer 
libro de su especie que abarca toda la América castellana, agre- 
gaba dos más: su impresión por mimeógrafo y el tipo mecano- 
gráfico de su texto, Ahora este autor acaba de publicar un fo- 
lleto de 100 páginas, también en 8” máximo, con el título im- 
propio de Fe de erratas (errata es sólo el error manual), y este 
folleto tiene también su singularidad : aunque es un suplemento 
no está destinado a ampliar sino a reducir la obra original. El 
autor ha llegado a saber, en parte por sí mismo y en parte por 
sus críticos, que algunos de sus presuntos americanismos son 
vocablos comunes a América y a España, y otros son derivacio- 
nes de voces castizas; y presenta la lista de estas tachas para 
que el lector de su diccionario las tenga en cuenta. De modo 
que el autor mismo — y hay que felicitarlo por esta actitud va- 
liente — es quien da a la lazada de su obra el tirón que, al «co- 
rrerse el punto», va a reducir el tejido al ovillo primitivo; por- 
que puede preverse que, alentados recíprocamente el autor y 
sus críticos. las tachas han de multiplicarse, las Fes de erratas 
irán sucediéndose, y el Diccionario de americanismos vendrá al 
fin a contener apenas un puñado de indigenismos por cada re- 
gión de la América castellana. 

Con lo cual se habrá restablecido la verdad del caso, y no 
quedarán de esta empresa sino las enseñanzas que entraña, y 
que voy a exponer aquí. Son dos: la primera se refiere al ca- 
rácter del Diccionario de americanismos; la segunda, al espíritu 
de su autor en función de lexicógrafo americano. 


Podría pensarse que todo lexicógrafo que usa el término 
«americanismo» fija el valor preciso de este vocablo; no he en- 
contrado todavía uno que se haya animado a tanto. Definir po- 
siciones es cosa que asusta : equivale a ofrecer desnudo el pecho 
a la saeta enemiga; más prudente es envolverse en nubes, co- 
mo un dios mitológico en aprietos, y esto es lo que hacen todos 
los que escriben sobre americanismos en América y en Europa. 


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Del examen de los vocablos que presentan con tal nombre re- 
sulta que el término «americanismo» empieza por hacerse am- 
biguo cuando se aplica indistintamente a la voz usada en toda 
la América castellana y a la voz usada sólo en una región de 
ella. Luego se hace confuso cuando se le emplea para indicar 
unas veces el origen y otras veces el uso de la palabra: unos 
consideran americanismo el vocablo originario de América, sin 
advertir que en ninguna lengua del mundo se llama america- 
nismo a chocolate, como no se llama sinologismo a te; otros con- 
sideran que no es americanismo el vocablo originario de Es- 
paña, cuyo uso, perdido en ese país, se ha conservado en Amé- 
rica; y en ambos casos la consideración del origen está fuera de 
lugar, porque el regionalismo, en todas las lenguas, resulta del 
uso y no de la procedencia. En fin, el término, ya ambiguo y 
ya confuso, se hace borroso cuando se considera que america- 
nismo es la palabra o el giro solamente, y que la acepción ame- 
ricana de una palabra común a América y a España no hace 
de ella un americanismo; como si el americanismo consistiera en 
letras y no en ideas. 

Por esta variedad de significaciones del término puede cal- 
eularse cuán heterogénea será la naturaleza de los vocablos con- 
tenidos en un diccionario de americanismos cuyo autor no em- 
pezó por delimitar el concepto que iba a ser el alma de su obra, 
estableciendo que americanismo es la voz, locución, acepción o 
giro de uso exclusivo en alguna región de la América caste- 
llana, sea su origen cual fuere, americano, hispano o exótico. Y 
éste no es el único vicio orgánico del libro que examino; tam- 
poco se ha cuidado el autor de establecer en él otros dos princi- 
pios fundamentales de su obra: el medio de distinguir lo pro- 
pio americano de lo común hispanoamericano, y el medio de dis- 
tinguir el regionalismo culto del vulgar, declarando la forma 
en que había resuelto ambos problemas. 

La verdad es que estos problemas son insolubles en el pre- 
sente caso. El americanismo en lexicografía no es una esencia, 
es una diferencia; no es lo que está en América, es lo que está 
en América y no está en España. Por tanto, sólo la comproba- 
ción de que una expresión usual en América no es también 
usual en España puede autorizar la afirmación del america- 
nismo. ¿Y dónde está el inventario total de la lengua usual en 
España? No existen sino diccionarios incompletos de la len- 
gua culta, y de la vulear no hay sino pocos y exiguos vocabu- 
larios regionales, que ni abarcan toda el habla de cada región 
ni representan todas las regiones. De suerte que falta el tér- 
mino de relación indispensable para establecer la diferencia- 
ción que se llama americanismo. 

En cuanto al vulgarismo, ¿cómo distinguir la expresión 
culta de la vulgar en los vocabularios regionales americanos si 


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sus autores, empeñados en aportar al caudal de la lengua co- 
mún el mayor tributo posible de voces y acepciones privativas, 
se han cuidado bien de no separar el grano de la paja, y por lo 
general no han vacilado en presentar como metal de ley la cha- 
falonía del barbarismo, la ganga del habla campesina y la es- 
coria de la jerga arrabalera? Y si esta distinción no está en ta- 
les libros ¿cómo podría hacerla quien basa su obra en ellos y 
no es el autor de ellos? Por eso he dicho que no es posible dis- 
tinguir el regionalismo culto del vulgar en el presente caso. 

A estos vicios internos del Diccionario de americanismos se 
agrega un defecto externo, tan grave que quita toda autoridad 
a la obra: el autor ha omitido la enumeración de sus fuentes 
informativas. Ha creído que podía cubrirlas con su nombre, y 
no ha pensado que no iba a ser posible atribuir a su conoci- 
miento propio y directo, de visu e in situ, la existencia y la sig- 
nificación de todos los vocablos regionales de América. 


Visto ya el carácter de esta obra, veamos el espíritu de su 
autor, tal como aparece en ella, 

Ningún diccionario francés, inglés, alemán o portugués di- 
vide su caudal de voces en regionalismos; en cambio, todo die- 
cionario castellano hecho en España cuida celosamente esta di- 
visión, es decir, cultiva el dialectismo. Esto se explica porque 
en España persiste la tradición de que el castellano es la lengua 
de la Corte y de los Clásicos, localizada geográficamente en am- 
bas Castillas; por lo que la lengua del resto del país no es cas- 
tellana, y hay que poner a sus voces o acepciones la marca que 
las distinga por provincia o por región, y de ahí que en el lé- 
xico académico estén representadas todas las regiones, inclu- 
sive las de habla gallega, vascuence y catalana. Esto obliga a 
hacer aquí una digresión. Si bien puede explicarse que voces de 
esas hablas se hayan incorporado al caudal común de la lengua 
y por eso figuran en el diccionario, lo que no podría explicarse, 
sino como un contrasentido, es que el diccionario presentara 
esas cosas propias como ajenas; pero si de lo que se trata es de 
acepciones gallegas, vascuences o catalanas de voces castellanas 
¿acaso forman parte del caudal de una lengua las acepciones 
que sus voces tienen en otras lenguas ? 

Vuelvo al tema. El lexicógrafo español no tiene interés en 
la unidad del castellano sino como lengua aristocrática y litera- 
ria; si pudiera, y en eso se empeña, reduciría otra vez el cas- 
tellano a la lengua de la Corte y de los Clásicos; como no puede, 
incorpora los corpúsculos al núcleo, pero los tiñe para que se 
avergiiencen. Naturalmente, cuando llegó el momento, la voz 
americana recibió esta tintura: en 1846, al hacer su edición 
ampliada y corregida del léxico académico, Salvá incluyó en su 


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obra el americanismo llamándolo «voz provincial de América»... 
Del desprecio metropolitano a las provincias, en la lexicogra- 
fía española, es buena muestra antigua la tirria del castellani- 
zado Valdés contra el andaluz Lebrija en Diálogo de las len- 
guas; y es buena muestra moderna la parte final de este esco- 
bazo higiénico del conde de la Viñaza (Biblioteca, col. 1812) : 
«... que son voces corrompidas por el vulgo, galicismos in- 
aceptables y provincialismos americanos»... Como se ve, el ame- 
ricanismo es en España el último orejón del saco. 

No sé si todos los provincianos españoles sienten halagada 
su vanidad aldeana por esta distinción con que los acaricia el 
lexicógrafo español, como acaricia el gato; lo que sé es que a. 
todo lexicógrafo americano le place recibir de su colega espa- 
ñol esta caricia, y por eso se ha puesto a su servicio y es su más 
activo colaborador en la empresa de cultivar lexicográficamente 
el dialectismo. Después que el dominicano Pichardo en 1837, y 
el argentino Trelles en 1853, hicieron los primeros vocabula- 
rios regionales de América, esta producción ha estado des- 
arrollándose de año en año en progresión geométrica, y ha lle- 
gado ya al punto de que constituye un centenar de libros y fo- 
lletos que afirman americanismos, y otro centenar de escritos 
que los desmienten. 

En resumen: la empresa de compilar americanismos es 
tiempo perdido cuando excede el círculo de los indigenismos au- 
ténticos; sólo se justifican la tarea docente de compilar barba- 
rismos para repudiarlos, y la tarea científica de compilar vul- 
garismos para analizarlos, relacionarlos y explicarlos lingúísti- 
camente. Además, esa empresa es una ocupación subalterna 
cuando tiende directa o indirectamente a remendar una obra 
ajena: el diccionario hecho en España. En fin, esa empresa es 
impolítica en América, porque, si a los españoles les interesa el 
cultivo del dialectismo en su diccionario, a los americanos nos 
interesa, por el contrario, la eliminación de diferencias en nues- 
tra lengua culta, para que se amplíe cada vez más el campo de 
nuestra comunión espiritual. 

Adviertan de una vez nuestros lexicógrafos que la lengua 
culta y la lengua vulgar son inconciliables, porque es irreducti- 
ble la diversidad de valores que crea y mantiene las diversas 
capas sociales; de modo que no es posible fundir en un todo la 
lengua culta y la vulgar, ni la común y la dialectal, cuando se 
trata de un diccionario, porque la razón de ser del diccionario 
es justamente la selección que valora: el diccionario, así como 
la gramática, son libros didácticos, hechos para enseñar las me- 
jores formas de un idioma, Adviertan de una vez que compilar 
vulearismos destinados a ampliar el diccionario es atentar con- 
tra la cultura, es llevar al jardín yuyos, como lo he dicho en 
otra parte; y por tanto el lexicógrafo, para no hacer obra in- 


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útil, tiene que definirse, o como jardinero o como herbolario,. 
justificando sus vocablos en el primer caso con la documenta-- 
ción literaria, y en el segundo con la caracterización científica. 


El diccionario americano de la lengua castellana es lo que: 
deben hacer nuestros lexicógrafos; un diccionario cuyo ameri-- 
canismo consista no tanto en la geografía de sus voces: y acep-- 
ciones, como en su espíritu libre de las preocupaciones tradicio- 
nistas y de los métodos rutinarios que caracterizan al lexicó-- 
grafo español. Para esta obra no hace falta saber qué parte del 
caudal de la lengua es también española; ni hace falta saber 
cuáles son los vulgarismos que diferencian el habla popular en 
las diversas regiones de América. Lo indispensable, para hacer: 
esa obra y cualquiera otra sobre la lengua, es que nuestros le- 
xicógrafos y nuestros gramáticos sepan que en los libros espa- 
ñoles no van a encontrar el análisis cabal de los hechos caste-- 
llanos; y que, para conocer una lengua, es forzoso salirse de 
ella y verla también por fuera, en sus relaciones de semejanza 
y de diferencia con otras lenguas. Aparte de que no es tampoco: 
en la biblioteca científica española, sino en la francesa, en la 
alemana, en la inglesa, y también en la italiana, donde van a. 
cneontrar los principios de psicología, de lógica y de estética 
que explican hasta donde es posible los fenómenos del lenguaje: 
y las formas de las lenguas. En todas las ramas de la ciencia 
hemos conquistado los argentinos, gracias a la promiscuidad 
lingúística de nuestros textos de estudio, cierta relativa liber- 
tad de espíritu; y no puede decirse que sea francesa nuestra. 
psicología, italiana nuestra sociología, inglesa nuestra economía, 
alemana nuestra filosofía. En cambio, nuestra lexicografía y 
nuestra gramatología son netamente españolas; como nuestros 
lexicógrafos y nuestros gramáticos se atienen sólo a los textos 
españoles para el estudio científico del castellano, el espíritu es- 
pañol se infiltra en ellos fatalmente y los hace obrar y hablar 
como españoles. 

El caso del Diccionario de americanismos ofrece pruebas 
de esta contaminación. Al interesarse en el castellano de Amé- 
rica, hasta el extremo de haber realizado la labor inmensa que 
representa esa obra, su autor siente y piensa como americano; 
pero, al dar por base a esa obra el plan español de la división 
léxica de la lengua en regionalismos, procede como si fuera es- 
pañol. Luego, en el prefacio de su Fe de erratas, llama con 
acierto «desgraciada costumbre» al sistema lexicográfico espa- 
ñol de sus colegas de América, esto es, el sistema de la compi- 
lación a bulto, de la acumulación sin discernimiento, de la os- 
tentación cuantitativa y no cualitativa, sin advertir que, cuando 
refundía esas compilaciones en su obra, él también procedía 


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como sus colegas. En fin, el autor siente y piensa como ameri- 
cano cuando, en el mismo prefacio, hace esta declaración : «No 
nos interesa poco ni mucho la inclusión de los americanismos en 
el diccionario de Madrid»; pero, antes y después de eso, habla 
como un académico español cuando llama «dialecto» al caste- 
llano de América, y cuando dice que los vulgarismos «ni limpian 
ni fijan ni dan esplendor a la lengua». 

Los americanos debemos desprendernos de las expresiones 
pegadizas que se nos inerustan en el lenguaje a fuerza de leer 
libros europeos; y tan impropio del americano es un galicismo 
como un hispanismo. Y es hispanismo toda voz, locución, acep- 
ción o giro exclusivo de los españoles; por ejemplo, el califica- 
tivo de «española» recién adoptado por el léxico académico para 
presentar su lengua como unidad nacional en la portada, mien- 
tras en el texto la detalla como un conglomerado de regionalis- 
mos de España y de otros países que no son provincias de Es- 
paña... Sea el chirrido de esta discordancia el punto final de 
este artículo, y sírvale de colofón artístico este justo estallido 
de Groussac: Cet étonnant dictionnaire de 1'Académie, dont 
chaque édition nouvelle fait regretter la précédente!.. 


Una obra maestra de lexicografía 


La Sociedad francesa de filosofía, con asiento en París, ha 
publicado recientemente, en dos volúmenes, un Vocabulaire 
technique et critique de la philosophie, que es obra de sus miem- 
bros y corresponsales dentro y fuera de Francia, bajo la direc- 
ción de su secretario general M. André Lalande. Es ésta una 
nueva edición, considerablemente ampliada, de la publicación 
primitiva, que en forma de entregas estuvo haciéndose durante 
veinte años en el Bulletin de la dicha asociación, a medida que 
la obra se desarrollaba alfabéticamente en toda su complejidad ; 
porque no se trata de un simple vocabulario de definición, sino 
de un libro que comprende las correspondencias alemana, in- 
glesa e italiana de cada término, y a veces la griega y la la- 
tina, con la exposición de los significados del vocablo francés, 
el examen crítico de sus acepciones y aplicaciones, y el resumen 
de la discusión de los colaboradores sobre el sentido de ciertos 
términos de contenido ideológico controvertible. Y en esto úl- 
timo consiste precisamente el valor intrínseco del Vocabulario, 
porque la substancia de él ha sido elaborada por un grupo de 
eruditos franceses, ingleses, alemanes e italianos, y la dirección 
de la obra se ha limitado a consignar los acuerdos y a decidir 
en última instancia los desacuerdos; de modo que el Vocabula- 
rio es fruto de un esfuerzo común disciplinado. 

Extrínsecamente considerada, esta obra constituye el más 
moderno, el más amplio, el más completo, el más cómodo y el 
más satisfactorio de los vocabularios filosóficos que existen. Es 
el más moderno por la fecha de su preparación; el más amplio 
porque su vocabulario desborda sobre los de sociología, biología, 
historia, derecho y economía; el más completo porque, en los 
casos de paronomasia, expone el distinto significado del término 
en otras lenguas; el más cómodo porque, como transcribe el 
texto auténtico de sus autoridades, ahorra las buscas y las com- 
probaciones; el más satisfactorio porque, en sus observaciones 
eríticas, da la razón de sus afirmaciones, y en sus notas com- 
plementarias ofrece elementos para que el consultor elija entre 
el significado que se le presenta como mejor, y los que no lo- 
graron triunfar en el cambio de ideas de los colaboradores, y 
que conviene conocer para la justa interpretación de los textos 
en que aparecen ocasionalmente. 


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Con lo que antecede estaría dicho todo acerca del mérito de 
este libro si no fuera que hay en él algo más que, en el campo 
de la Lexicografía, le da un valor especial y muy alto: los prin- 
cipios de lógica que han presidido la determinación y el comen- 
tario de los significados, es decir, que han regido el criterio le- 
xicográfico de su director. Estos principios no sólo realzan el 
valor del Vocabulario a que se aplican sino que revisten interés 
general, porque establecen normas para resolver los problemas 
inherentes a toda obra lexicográfica que aspire a ser tenida por 
científica; y por eso voy a exponerlos aquí. 


En primer lugar ha prevalecido el concepto de que el fin 
de un diccionario no es inventariar automáticamente la diversi- 
dad de los significados resultantes de la fluctuación del uso, 
sino fijar los que deben predominar. De modo que se ha hecho 
un esfuerzo realmente ímprobo para encontrar la fórmula de 
definición que armonice los significados del término en cada 
uno de sus sentidos: propio, extensivo, figurado, general y par- 
ticular, a la luz de su uso actual, y no pocas veces del histórico 
también; y cuando la coordinación no ha sido posible se ha + 
currido a la enumeración. El principio establecido es, pues, que 
el diccionario debe ser didáctico, pero no arbitrario; en otras 
palabras, su base debe ser, no el uso, sino el mejor uso, y no el 
mejor uso ideal, sino el mejor uso real. 

Buena muestra de la tremenda dificultad que entraña a 
veces la determinación del significado de un término técnico, la 
da este Vocabulario en el artículo hasard, especialmente en la 
nota complementaria que resume la discusión sobre sus cinco 
acepciones y cuyos detalles constituyen un caso de análisis ideo- 
lógico en extremo interesante. Sabido es que el tecnicismo se 
caracteriza por el desarrollo de su comprensión, tan amplia a 
veces que acaba en sutileza; lo no muy sabido es que el signi- 
tficado de ciertos vocablos varía continuamente, en cada uno de 
nosotros, según los estados de ánimo, al punto de que la sola 
manera de nombrar una cosa implica su valoración. De esto se 
presenta un ejemplo luminoso en la parte crítica del artículo 
condition, cuando se recuerda que «causa» es el nombre que da- 
mos a la cireunstancia que nos place considerar preeminente 
entre las otras; y por eso, en el caso de un objeto que se rompe 
al caer, llamamos «causa» de la rotura a la fragilidad del objeto, 
o a la inestabilidad de la posición que tenía, o a la dureza del 
cuerpo con el cual chocó, o a la torpeza del que lo volteó... Muy 
interesante es todo esto, repito; pero las consideraciones de este 
género que contiene el Vocabulario demuestran precisamente 
cuán fácil es confundir el análisis lexicográfico con el análisis 
ideológico, o sea la definición de palabra con la de cosa; desliz a 


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que están expuestos los que, por razón de sus estudios, se han 
habituado a ver en la palabra la idea y no el signo de la idea 
en el lenguaje. La investigación de la naturaleza del azar o de 
la causa es materia filosófica; la investigación de la caracterís- 
“tica que hace de azar o de causa un concepto distinto de los de- 
más, es materia léxica; aquélla es cuestión de esencia, ésta lo 
-€s de simple diferencia. 

El segundo principio establecido es que el lexicógrafo debe 
«documentar en fuentes primeras los significados, porque ésa es 
la mejor prueba de la verdad de sus afirmaciones. De ahí que 
este Vocabulario funde directamente sus definiciones en el texto 
de los filósofos y de sus comentadores, y no cite otras autorida- 
«des léxicas sino cuando, en la crítica, busca corroboraciones. 

El tercer principio se relaciona con la polisemia, y en este 
punto es donde se manifiesta abiertamente el carácter didáe- 
tico de la obra, al recomendar que se renuncie al cómodo tér- 
mino genérico y se busque el específico toda vez que el uso de 
“una misma palabra con significados variables ha hecho borrosa 
su comprensión y ocasiona confusión de ideas. El término «nos- 
-otros», por ejemplo, a consecuencia de su elástica comprensión 
-es' siempre ambiguo, como lo demuestra el Vocabulario en el ar- 
“tículo nous; porque puede significar la humanidad entera, o los 
«contemporáneos representados por el que escribe, o los filóso- 
fos que profesan la misma doctrina, o puede ser sólo una forma 
-discreta del yo personal; además puede tener tanto el sentido 
-«distributivo, si se refiere a cada hombre en particular, como el 
colectivo, cuando indica a los hombres en general; y el Voca- 
bulario hace ver que la frase «no deseamos las cosas porque 
tengan valor, sino que damos valor a las cosas al desearlas» 
puede significar, a causa del pronombre (explícito en francés, 
implícito en castellano) que cada cual crea el valor al desear 
la cosa, o por el contrario, que es la colectividad humana quien 
«establece los valores y los impone al individuo. 

Otro caso interesante es el del término naturaleza. En pre- 
sencia de la particular polisemia de este término, M. Lalande 
.aconseja que, para evitar graves equívocos, se le substituya, se- 
gún convenga, por principio vital, por esencia, por instinto o 
inclinación, por temperamento o carácter, por universo, por de- 
terminismo. El análisis ideológico de este término suscitó una 
animada controversia, que resumieron Lachelier y Lalande, uno 
en favor y otro en contra del libre uso del vocablo. Lachelier 
«sostuvo la conveniencia de mantener la «unidad esencial de 
-significado» que importan las diversas aplicaciones de esa voz, 
«cuyo sentido predominante en un caso particular comprende 
siempre, como una nota contiene a sus armónicas, los que se 
«descartan momentáneamente». Y expuso así sus razones: «¿ Hay 
«que proscribir tan severamente los términos de este género? El 


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empleo exclusivo de una palabra más precisa, especial para cada 
acepción, haría desaparecer lo que en esa amplia significación 
está contenido como realmente uno, y profundo y filosófico a 
la vez, Quizá no habría que distinguir y especificar tanto los 
significados, sino dejar que toda palabra evolucione libremente 
del uno al otro, con tal que uno sienta que entre esos significa- 
dos hay relaciones de filiación y una identidad fundamental. 
Las palabras de una lengua no son fichas; también ellas tiene 
su physis. No representan un número determinado de signifi- 
caciones; en ellas, como en todo lo viviente, hay infinito». A lo 
cual contestó Lalande de esta manera: «Concedo totum; pero 
con dos reservas. La primera es que, en el estudio crítico del 
vocabulario, se permita elegir los puntos más importantes entre 
las gradaciones continuas de la transformación semántica, para 
anotarlos y darles realce; sobre todo cuando esos movimientos 
de significado llegan hasta dar a una misma palabra, como su- 
cede en este caso, ciertas acepciones diametralmente opuestas. 
La segunda es que, en el uso de la lengua, la elasticidad de los 
términos no sirve, como se ve a menudo, sino para enunciar fór- 
mulas especiosas, que suenan bien, en las que la impresión fa- 
vorable causada por las palabras encubre pensamientos confu- 
sos, que se desvanecen en el análisis, o sofismas, cuya debilidad 
aparece cuando se les traduce. La palabra naturaleza es una 
de las que suministran más ejemplos de estos defectos». 


Pero no todo es excelencia en esta obra, tan cuidada en 
sus detalles; y es sensible que en ella no se haya hecho esfuerzo 
alguno para quebrar la rutina que mantiene en auge todavía, 
con el carácter de norma insustituíble, el molde escolástico en 
que se funde la definición léxica de las palabras. Consiste esta 
norma en clasificar el concepto particular en algún género 
sumo, salteando el próximo y disimulando con una exposición 
prolija de la comprensión la vaguedad de la extensión así asig- 
nada al término. Este léxico, lo mismo que cualquier otro, no 
hace que la definición localice el concepto en el cuadro de 
nuestros conocimientos, empezando por decir el orden a que 
pertenece y acabando por señalar el lugar que en ese or- 
den ocupa; se limita a exponer la diferencia, y a la esencia 
la envuelve en algún vago concepto universal. De modo que, 
también en este caso, el lexicógrafo tiene a mano un surtido de 
voces representativas de abstracciones supremas, totalmente fal- 
tas de comprensión, a las que recurre para ahorrarse la clasi- 
ficación genérica del definido: y acción, carácter, propiedad, 
estado, modo, etcétera, son sus más sobados comodines o suple- 
faltas para el caso. 

Me explico que el mótodo escolástico de la definición lé- 


- 143 - 


xica sea el único posible mientras no exista una clasificación 
orgánica de los conceptos que, como el diagrama de Porfirio, 
los desarrolle en orden de mayor a menor extensión, mediante 
una larga escala de géneros próximos que se interpongan entre 
los géneros sumos y las especies ínfimas. Lo que no me explico 
es que esta clasificación no se haya establecido todavía, para 
remediar las graves deficiencias del método usual de la defini- 
ción en los diccionarios. 

De suerte que también en este léxico aparecen todas esas 
deficiencias, características del empirismo lexicográfico de los 
humanistas. Vemos en él, por ejemplo, que se define la abnega- 
ción como renunciamiento, y esto es tautología; la ausencia 
como carácter, y esto es embolismo; la acción como operación, 
y esto es un dialelo; la afección como movimiento del ánimo, y 
esto es perisología; vemos además que en él, como en todo otro 
diccionario, se hace de la sinonimia, análisis diferencial que de- 
bería ser el alma de las definiciones, un recurso supletorio usa- 
do ocasionalmente para ampliar la definición insuficiente; por 
ejemplo, el examen del sentido empírico de cosa en relación con 
el de hecho y con el de objeto. La verdad es que, si estos tres 
términos tuvieran en el Vocabulario, en sus respectivos artícu- 
los, su definición precisa, individual e inconfundible, su dife- 
rencia específica resultaría de esas definiciones y sería ocioso 
reunirlos para exponer su sinonimia; pero, si la cosa está bien 
definida en el Vocabulario, como una especie de la realidad, en 
cambio el hecho aparece definido en su artículo por lo que, 
etcétera, y el objeto también por lo que, etcétera... Este lo que 
desempeña una función curiosa en los diccionarios: tiene la apa- 
riencia de un elemento gramatical impuesto por la mecánica de 
la lengua, parece ser una bisagra destinada sólo a unir al defi- 
nido con el definente, y en realidad forma parte del definente 
y tiene por objeto substituir en él al concepto que debería pre- 
sentar la extensión del definido. Se verá mejor la función sola- 
pada de este seudo nexo suponiendo que se le aplicara a defi- 
nir ave, y se dijera que ave es lo que vuela, con lo cual que- 
daría ignorado el concepto de animal que hay en ave, El lo que 
lexicográfico representa, pues, el género ignorado de la espe- 
cie, y esta fórmula evasiva sólo puede tolerarse cuando se aplica 
a los conceptos que, por ser universales, no tienen género; caso 
en el cual no están hecho ni objeto, conceptos que, como el de 
cosa, se subordinan al de realidad, 

No hay un solo diccionario que pueda considerarse cientí- 
fico, esto es, obra de lógica, a causa del método adoptado uni- 
versalmente para las definiciones; además, la vaguedad de las 
afirmaciones a que esc método arrastra inevitablemente hacc 
que tales libros no llenen su fin didáctico de coadyuvar a la 
unidad del habla y a la perspicuidad de la expresión. Algunas 


- 144 - 


“tentativas se han realizado para organizar el cuadro de clasi- 
ficación ideológica de las palabras, que sería la base de un méto- 
do científico para formular las definiciones léxicas; ahí están el 
Thesaurus de Roget, el Inventario de Ruíz León, el Diction- 
maire logique de Blanc, el apéndice del Traité de stylistique 
_frangaise de Bally, y mi bosquejo de Diccionario ideológico de 
la lengua. A esto se reduce la lista, porque las obras de Ro- 
bertson, Sanders, Schlessing y Benot son adaptaciones de la 
.de Roget; y las de Boissiére, Premoli, Rouaix, Schéfer, Or- 
sat Ponard y Gómez Carrillo no tienen por base una disposición 
ideológica de las palabras sino el socorrido orden alfabético. Es 
de desear que alguien supere estas tentativas, y logre el con- 
senso necesario para que se establezca un plan de clasificación 
orgánica de las palabras; tal vez la Sociedad francesa de filo- 
sofía, que cuenta con tantos lógicos eméritos entre sus miem- 
bros y corresponsales dentro y fuera de Francia, esté en las 
mejores condiciones para llevar a cabo esta obra. 


El diccionario ideológico de la lengua 


ANTECEDENTES 


Ningún hecho nuevo se ha producido en este sector curioso 
de la Lexicografía desde 1922, cuando en mi libro Nuestra len- 
gua expuse y examiné los esfuerzos realizados hasta enton- 
ces, en cinco idiomas, para resolver el problema de catalogar 
las palabras de la lengua en su orden racional, según su sig- 
nificado, y no según su escritura. En ese examen se descarta- 
ban los «vocabularios metódicos», cuya base es el orden analí- 
tico y aleatorio llamado «de materias», tanto porque tales tra- 
bajos son fragmentarios, como porque la disposición de sus ma- 
teriales es enteramente arbitraria, análoga a la que ofrecen las 
listas de nombres de cosas que complementan las gramáticas ele- 
mentales de lenguas extranjeras, y a la que presentan los ma- 
nuales o las guías de conversación cuyo prototipo es el Vocabu- 
laire systématique de Ploetz (1876... 1913) y cuyo arquetipo 
e€s el complemento gráfico del Etymologisches Worterbuch por 
Pinloche (1922). Tampoco entraban en ese examen las obras en 
que la ordenación ideológica aparece substituída por una lista 
alfabética de términos genéricos de extenso significado, elegi- 
«dos a capricho, bajo cada uno de los cuales se desarrollan lar- 
gas enumeraciones de términos específicos, promiscuamente 
agrupados por el amplísimo principio de la analogía de signi- 
ficados; el Dictionnaire analogique de Boissiére (1862) es la 
mejor obra de este género, el cual comprende el Vocabolario no- 
menclatore de Premoli (1909), buen modelo del tipo enciclopé- 
.«dieo descriptivo, el Dictionnaire des idées de Rouaix (1898), el 
Dictionnaire des qualificatifs de Schéfer (1905) y el Vocabola- 
rio delle idee de Orsat Ponard (1914). Y por la obvia razón de 
-“su carácter de copia, tampoco fueron incluídas en ese examen 
las cuatro adaptaciones de que ha sido objeto la obra ejemplar 
-de Roget, y que son: el Dictionnaire idéologique de Robertson 
(1859), el Deutscher Sprachschatz de Sanders (1873-7), el 
Deutscher Wortschatz de Schlessing (1892) y el abominable 
Diccionario de ideas afines (1896) atribuido a Benot y compi- 
lado en realidad por la trinca Palomero-Bueno-Catarineu, es- 
-«critores de comentada actuación en los círculos madrileños. En 


10 


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resumen, lo que constituía la materia de análisis en el referido 
estudio crítico era el Thesaurus of English words and phrases 
de Roget (1852), el Inventario de la lengua castellana de Ruiz 
León (1879) y el Dictionnaire logique de Blanc (1882) ; que- 
daron entonces por examinar el Analytical dictionary of the 
English language de Booth (1835) y el Traité de stylistique de 
Bally (1909), obras que se obstinaban en mostrarse inaccesi- 
bles y que sólo ahora he podido conseguir: la primera, gracias 
al eximio rastreador Baker, de Birmingham, y la segunda en 
virtud de una reimpresión reciente, De modo que al fin puedo 
completar el referido estudio con el siguiente par de notas. 

El diccionario de Booth (un volumen de 700 páginas, en 
cuarto mediano, impreso con nitidez y escrito con una tersura 
aun más delicada) es un libro esencialmente descriptivo, que 
inventaría en forma racional los elementos de la lengua inglesa, 
explicando el origen de ellos, su función gramatical y su signi- 
ficado. La parte léxica rompe con el orden alfabético para pre- 
sentar las palabras de modo que cada «jefe de familia» enca- 
bece la prole de sus derivados y compuestos, plan que un siglo 
antes había adoptado la Academia francesa en su primer die- 
cionario; pero, lo mismo que en éste, en la obra de Booth las 
agrupaciones se suceden al azar, sin trabazón entre ellas. En tal 
sentido, esta obra carece de estructura orgánica; por lo que 
ninguna ayuda ha podido prestar a la solución del problema 
del Diccionario Ideológico. 

Bally limita su diccionario ideológico a lo que interesa al 
fin particular de su manual de estilística. Al efecto hace de él 
un esbozo rudimentario, circunscrito a los términos abstractos 
usuales, que reproduce el plan orgánico de Roget en lo primor- 
dial solamente, con la. plausible intención de desarrollarlo sobre 
la base de la división jerárquica, por género y especie, y no de 
la división distributiva, por órdenes de ideas, que predomina 
en la obra ejemplar. La intención es plausible, pero no el re- 
sultado del esfuerzo; porque dentro de cada grupo no existe la 
coordinación debida, y el azar se ha encargado de organizar el 
material correspondiente. Además, este esbozo ticne una grave 
deficiencia: el plan orgánico se desarrolla con un criterio res- 
trictivo, contraindicado en este caso, que reduce a menos de 
300 las 1000 categorías del original; como Sanders, mal inspi- 
rado también, las había reducido ya a 688 en su adaptación. 

En 1925 apareció un Diccionario ideológico compilado por 
Gómez Carrillo y de Sola, que sólo por escrúpulo de inventa- 
rista puede mencionarse aquí. El socorrido orden alfabético es 
el armazón de esta obra, que así desmiente en su interior la 
ideología que promete en su portada, La determinación de los 
géneros está librada al arbitrio, y la de las especies se rige por 
el omnímodo principio de la afinidad, que lleva derechamente 


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al cajón de sastre: abanico, calor, aire fresco, nácar, plumas, 
coquetería, forman grupo... 

Ahora bien : el referido estudio crítico, completo ya con es- 
tas notas, pone en evidencia las causas de que ninguna de las 
tres obras maestras producidas hasta hoy, la de Roget, la de 
Ruiz León y la de Blanc, haya realizado satisfactoriamente la 
idea del Diccionario Ideológico. He aquí esas causas: la falta 
de lógica del plan orgánico (Roget) o su base empírica (Ruiz 
León) o su carácter dogmático (Blanc); la limitación del 
cuadro de categorías (Roget, Ruiz León); el método irregu- 
lar de clasificación (Roget); y la forma de descarnada nomen- 
clatura que reviste el material ordenado (Roget, Ruiz León, 
Blanc). Y de esto resulta que, para la cumplida realización del 
Diccionario Ideológico, hay que observar los siguientes prin- 
cipios. 

TEORÍA DE LOS PRINCIPIOS 

1* El plan orgánico debe ser en su esencia filosófico sin. 
dogmatismo: el fruto del esfuerzo combinado de la razón con 
la crítica; y en su estructura debe ser armónico y simétrico: 
debe tener su punto de partida en el más general de los con- 
ceptos, en una idea primera, suprema y universal, y por transi- 
ciones lógicas debe ir acercándose gradualmente, dentro de cada 
orden de ideas, a los nombres particulares e indivisibles con que 
representamos los hechos y sus caracteres, mediante una escala. 
de categorías cada vez menos extensas y cada vez más compren- 
sivas, que se sucedan jerárquicamente y por filiación inmediata. 
Esta organización, que divide las ideas en órdenes, géneros y 
especies, será la cuadrícula indispensable para dar la debida 
estructura armónica y simétrica al conjunto de las palabras de 
la lengua; porque son reglas de lógica que la clasificación debe 
fundarse preferentemente en un solo principio, y desarrollarse 
formando un sistema regular, en el sentido de que sus partes 
se relacionen entre sí naturalmente, es decir, con armonía, y tam- 
bién con simetría, esto es, sin atrofia en unas e hipertrofia en 
otras. Este sistema presentará las palabras de la lengua tal 
como se registran las ideas en nuestra mente, donde no se agru- 
pan en orden alfabético sino según sus relaciones de afinidad 
esencial, ora como especies de un género ora como partes de 
un todo; y permitirá encontrar en el libro un vocablo especí- 
fico ignorado u olvidado consultando al efecto el desarrollo de 
un vocablo genérico del mismo orden, aun cuando este último 
concepto no sea el del género inmediato a la especie del tér- 
mino buscado; sobre todo, suministrará abundantes recursos 
al que, para mejorar la primera e imperfecta forma de expre- 
sión que se le ocurre, quiera substituir por un término genérico 
y vago un término específico cuya precisión considera inopor- 
tuna, o cambiar un vocablo poco expresivo o demasiado expre- 


- 148 - 


sivo por un congénere que sea más elocuente o menos elocuente; 

2” La división y subdivisión del cuadro de categorías debe 
llevar al extremo el número de ellas, en cada orden de ideas, 
para que vayan sucediéndose por filiación inmediata de género 
y especie, y presentando paralelamente, como categorías corre- 
lativas, los conceptos contrarios e intermedios. Esta multiplici- 
dad de categorías permitirá que la agrupación de las especies 
que constituyen cada género se limite a un pequeño racimo de 
palabras ligadas entre sí por la identidad de su significado 
esencial, limitación indispensable porque en las enumeraciones 
largas, y por tanto heterogéneas, es enorme el esfuerzo que im- 
pone a la atención el análisis de los elementos que se le ofrecen 
en tal forma y en tanta cantidad; 

3" La clasificación de las palabras en el Diccionario Ideo- 
lógico, esto es, la determinación de la categoría a que cada una 
de ellas pertenece, depende necesariamente del significado esen- 
cial que se asigne al término; porque es también una regla de 
lógica que la definición debe subordinarse a la naturaleza de la 
clasificación que presupone. Por consiguiente, el Diccionario 
Ideológico sólo debe tomar de la definición real aquello que la 
haga nominal, es decir, lo que presente la idea expresada por el 
vocablo con la característica propia que hace de ella una espe- 
«ie dentro del género correspondiente; lo que quiere decir que 
debe condensar el significado de la palabra, y cada acepción 
«de ella, en una noción simple en su-forma, precisa en su sen- 
tido y privativa en su alcance. Esto permitywá colocar cada pa- 
labra en el lugar propio que le señala la lengua, en uno o más 
órdenes de ideas, lugar que se justifica por la diferencia espe- 
cífica que distingue a esa palabra de sus congéneres; 

4" Las clasificaciones deben ser coordinadas; esto es, den- 
tro de cada categoría las palabras clasificadas no deben presen- 
tarse en lista, como nomenclatura de elementos inconexos, sino 
que deben ligarse entre sí mediante la exposición de sus res- 
pectivas diferencias específicas, para que aparezcan como las 
piezas combinadas que forman una estructura, ya sea ésta el 
desarrollo gradual de la idea común a todas, o la enumeración 
relacionada de conceptos, seres o eosas similares. Esto permitirá 
conocer el significado simple, preciso y privativo de cada pala- 
bra, lo que, lejos de desautorizarlas, confirmará sus aplicacio- 
nes extensivas; aparte de lo cual hará que el Diccionario Ideo- 
lógico sea, no un libro de consulta ocasional, como lo es el die- 
cionario alfabético a causa de sus informaciones desgranadas, 
sino un libro que permita la lectura continua. Tan útil como 
descansada, y aun entretenida, será esta lectura, en virtud de 
la coordinación que ofrecerán sus materiales, tanto en el orden 
vertical de las categorías, que desarrolla la admirable estrue- 
tura orgánica de la lengua, como en el orden horizontal de las 


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clasificaciones, que expone la gradación, no ya admirable sino 
maravillosa, de que son susceptibles las ideas. 

Debo advertir que no he llegado a esta teoría del Dicciona- 
rio Ideológico por la fácil vía de la especulación abstracta; hay 
que ver en ella el fruto de muchas tentativas ocasionales, he- 
chas en un período de treinta años, para dar con la solución 
práctica del problema. Ahora, a fin de agregar a la teoría un 
principio siquiera de aplicación, voy a hacer aquí un resumen 
de esas tentativas, seguro de que no logrará la aprobación de 
todos (filósofos, lexicógrafos y escritores), pero no menos se- 
guro de que, justamente por su deficiencia, inducirá a otros a 
trabajar para mejorarlo. En materia de aventuras arriesgadas, 
nadie se mueve aunque todos están muy convencidos de su ca- 
pacidad para realizarlas; pero, en cuanto uno hace punta, en- 
tonces todos se precipitan a demostrar que ellos valen más que 
el precursor, al que despachurran si pueden y cuyas picadas 
en el monte aprovechan sin agradecerlas, Esto último no im- 
porta; lo otro, lo de que se muevan todos, es en alto grado con- 
veniente para el progreso de nuestros conocimientos; y a esti- 
mular esta acción, no a hacer un ostentoso despliegue de erudi- 
ción vanidosa, responde la publicación de esta monografía. 

La exposición que resume esas tentativas se divide en 
cuatro partes, que corresponden a los cuatro puntos de la teo- 
ría: el plan orgánico, el cuadro de categorías, la clasificación 
de las palabras y la coordinación de las clasificaciones. 


EL PLAN ORGÁNICO 


Conceptos universales.—Ante el espectáculo del mundo ex- 
terior y de su propio ser, o mundo interior, espectáculo que lo 
desconcierta por la infinidad, instabilidad y confusión aparente 
de sus fenómenos, el Hombre, obligado a subordinarse a la Na- 
turaleza y empeñado en obrar en parte sobre ella y en subs- 
traerse en parte a ella, se esfuerza, siguiendo una tendencia in- 
herente a su espíritu, para descubrir las leyes que rigen y ex- 
plican los hechos que observa. Hace luego un esfuerzo de sín- 
tesis más intenso, para tener el concepto de algo supremo que 
explique las leyes universales, y que a la vez se explique a sí 
mismo suficientemente, y concibe entonces lo Absoluto, como 
lo que tiene en sí su propio origen y término. Llama a lo Abso- 
luto el Ser por antonomasia, y lo considera el primer principio 
y la razón última de la Realidad, esto es, de lo que nos repre- 
sentamos como existente; lo Relativo es esta Realidad, porque no 
podemos concebirla sino como efecto determinado de una causa 
determinante; y la llamamos Universo cuando la consideramos 
como la unidad organizada de un sistema. El sentimiento reli- 
gioso, otra tendencia innata del hombre, objetiva esta concep- 
ción de lo Absoluto, hace de ella una entidad, la plasma en un 


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designio, una voluntad y una fuerza en función perenne, la 
personifica en fin, y esta hipóstasis es Dios, al que cada reli- 
gión define diferentemente, y que la nuestra presenta como un 
ser increado, uno y simple, perfecto e inmutable, inmenso y 
eterno, omnisciente, omnipresente y omnipotente. 

Según Hegel, lo absoluto se desarrolla en realidad para vol- 
ver de ella a lo absoluto. Esto es el Devenir, al que llamamos 
Actividad cuando lo consideramos como estado esencial de to- 
dos los seres, tanto animados como inanimados, y al que llama- 
mos Evolución cuando se concreta en la realidad como proceso 
permanente y alternativo de integración y desintegración de los 
hechos que observamos. Al analizar este proceso advertimos que 
en el ser hay algo que constituye su fondo y es la Esencia, y 
algo que está en él como manifestación constante y es el Modo; 
distinguimos también en él algo que permanece idéntico a tra- 
vés del devenir, y decimos que eso es Substancia. Al estado de 
lo que así se substancia lo llamamos Existencia; denominamos 
Materia a la substancia extensa, divisible e impenetrable, y Es- 
píritu a la substancia inextensa. 

Conceptos fundamentales. — He dicho ya que, para expli- 
carnos los Hechos, tratamos de descubrir las Relaciones necesa- 
rias que los ligan; luego, refiriendo los hechos a nosotros mis- 
mos, esto es, relacionándolos con nuestros ideales, establecemos 
sus Valores, en cuanto satisfacen o no a nuestros anhelos de Ver- 
dad, de Bien, de Belleza, de Utilidad y de Cultura. Y aquí lla- 
mamos Hecho a todo lo que percibimos por intuición, Relación 
al vínculo racional que establecemos entre los hechos, y Valor 
a la apreciación que hacemos de los hechos. Estos tres órde- 
nes de ideas: Hechos, Relaciones y Valores, son, pues, la sín- 
tesis extrema de las impresiones mentales que refleja el len- 
guaje verbal, fuera del círculo de las abstracciones supremas, 
representadas en parte por los conceptos universales enuncia- 
dos. Estos órdenes deben ser, por tanto, la división fundamen- 
tal de nuestras impresiones mentales a los efectos de la clasifi- 
cación ideológica de las palabras que las presentan. 

Conceptos generales. — El principio de agrupación de es- 
pecies debajo de los géneros que las comprenden es el que rige 
la construcción del cuadro de categorías destinado a ser la 
pauta de la clasificación; y los conceptos generales que com- 
prenden el resto de las abstracciones supremas (o sea de nues- 
tras ideas primas o innatas, consubstanciales con la razón del 
hombre) son los que establecen estas categorías. Pero ese prin- 
cipio de división jerárquica no es excluyente, es sólo predomi- 
nante; si rigiera exclusivamente, los conceptos más amplios ab- 
sorberían los cireunseritos y se harían depositarios de enormes 
masas de palabras, con la confusión consiguiente. Calcúlese el 
desarrollo monstruoso que tendrían las categorías supremas en 


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que, por apego secular a las «universales» de la Escolástica, los 
diccionaristas acostumbran clasificar las ideas al definir los vo- 
cablos, si en la obra del Diccionario Ideológico no se intercala- 
ran órdenes sucesivos entre esas categorías y los vocablos co- 
rrespondientes. Un plan de tal naturaleza llevaría a la acumu- 
lación de todas las palabras de la lengua al pie de las diez o 
doce abstracciones quintaesenciales que (como cosa, acción, efec- 
to, substancia, materia, atributo, propiedad, cualidad, especie, 
principio, virtud y facultad) contienen en su amplísima exten- 
sión el mundo inmenso de las ideas. 

De modo que, tanto por la conveniencia práctica de evitar 
estas aglomeraciones caóticas, como por la necesidad lógica de 
que cada palabra aparezca clasificada dentro del campo que le 
señalan sus aplicaciones, es forzoso alternar con aquel principio 
de división jerárquica, por género y especie, otro de división 
distributiva, por órdenes de ideas. Por esto, después de haber 
establecido los tres órdenes de distribución fundamentales: He- 
chos, Relaciones y Valores, el principio de división jerárquica 
entra en función para distinguir: entre los hechos, los natura- 
les, los biológicos, los psíquicos y los sociales; entre las rela- 
ciones, las de afinidad, de orden y de cantidad; y entre los va- 
lores, los de la razón, la moral, la estética, la pragmática y la 
cultura. Luego, el principio de división distributiva reaparece 
toda vez que la agrupación de especies de un mismo género es 
tan considerable que por sí misma se parte en órdenes: el orden 
en que el término genérico, ampliado en su comprensión por 
una idea accesoria, origina una serie de específicos. 

Ahora bien: el término específico, aunque se clasifica en 
el orden que le corresponde por la idea accesoria del género pró- 
ximo a que pertenece, se define necesariamente por su género 
sumo. De ahí que la intercalación de órdenes entre el género 
sumo y la especie ínfima no atenta sino en la forma, en benefi- 
cio de la claridad del cuadro, contra el principio fundamental 
de la obra, que es la filiación genealógica. Este principio se 
mantiene en el fondo de ella, que es la definición. 

Tabla sinóptica. — La siguiente tabla sinóptica presenta el 
plan orgánico completo en cuanto a las categorías de las rela- 
ciones y de los valores; no así en cuanto a las de los hechos, 
porque las ramificaciones cada vez más vastas que abarca el 
plan en esta parte de su desarrollo hace imposible su sinopsis 
total en reducido espacio. Por consiguiente, en cuanto a los he- 
chos, la tabla muestra sólo las bases del plan y las primeras 
etapas de su desarrollo. Además, como la clasificación de las 
palabras que la lengua contiene no está hecha en su totalidad 
sino en principio, no debe verse en esta tabla sinóptica nada 
definitivo en el detalle, sino el mayor grado de precisión que 
puede establecerse a priori en una construcción de esta clase. 


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Conceptos universales 


lo ABSOLUTO a la REALIDAD 
DIOS ne UNIVERSO 
EXISTENCIA e SER 

ESENCIA ade MODO 
BUBSTANCIA pus MATERIA 
ACTIVIDAD eses ESPÍRITU 
DEVENIR ei EVOLUCIÓN 


HECHOS 


Lechos naturales 
FUERZA 
atracción|repulsión 
MOVIMIENTO 


oscilación 

rotación 

traslación 
contracción|expansión 
compresión |dilatación 
tracción 
impulsión|expulsión 
fricción 

percusión 


TIEMPO 


duración 
ocasión 
período 


ESPACIO 


ocupación 
extensión 
dirección 
lugar 
situación 


FORMA 


línea, superficie, volumen 
figura, postura 


CUERPO 


astronómico 
inorgánico|orgánico 


ELEMENTO 


germen 
parte 


ESTADO 


luz, calor 
electricidad, magnetismo 
agregación |disgregación 


Conceptos fundamentales 


RELACIONES 


Conceptos generales 
Hechos biológicos 
VIDA 


nacimiento, crecimiento 
complexión 
esfuerzo¡descanso 
decadencia, muerte 


CONSERVACIÓN 


alimentación 
adaptación, preservación 
salud|enfermedad 


REPRODUCCIÓN 


generación, fecundación 
gestación, germinación 
parición, brote 


CARACTERÍSTICA 
procedencia, parentesco 
edad, físico, sexo 

Hechos psíquicos 

ALMA 
facultad, conciencia, ánimo 
SENSIBILIDAD 


instinto, sentido 
sensación, percepción 


ENTENDIMIENTO 


atención, memoria 
conocimiento, inteligencia 
imaginación, razón 


VOLUNTAD 


albedrío, libertad 
preferencia|relegación 
afirmación|negación 


LENGUAJE 


voz, mímica, habla 
escritura, simbolismo 


VALORES 


Hechos sociales 
RELIGIÓN 


credo, artículo de fe 
el otro mundo 

culto, rito 
sacerdocio 
justo|pecador 
ortodoxia|heterodoxia 


SOCIEDAD 


agrupación, vinculación 
dominación|subordinacióm 
emancipación 


INSTITUCIÓN 


autoridad, jerarquía 
delegación 
obligación |liberación 
derecho 

demarcación 
propiedad, dinero 


ACTUACIÓN 


comunicación, información 
trato 

imperio|sujeción 

trabajo 

colaboración |oposición 
gestión |transmisión 

lucha |solaz 

manera, costumbre 


PRODUCCIÓN 


ciencia |teoría 
arte 
técnicalindustria 


PRODUCTO 


obras de arte 

escritos 

víveres 
construcciones, enseres 
artefactos, materiales 


AYINIDAD 


causa jefecto 
finalidad |medio 
unidad |variedad 
identidad |diversidad 
semejanza|diferencia|contraste 
concordancia |discordancia 
congruencia incongruencia 
ORDEN 

disposición 
unión |desunión 
conexión [separación 
reunión|dispersión 
organización | desorganización 
regularidad [irregularidad 

sucesión 

principio] fin 


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Relaciones 


CANTIDAD 


extensión 
todo|parte 
completo|incompleto 


generalidad | particularidad 
za grueso|delgado 


repetición|frecuencia|rare 
duración 

antigijedad|novedad 

permanencia |fugacidad 
distancia 

cerca | lejos 


continuación! interrupción |alternación 
anterioridad |simultaneidad [posterioridad 
anticipación|inmediación |retardación 
preparación [improvisación |postergación 


RAZÓN 


real|ideal 

evidencia|arcano 

verdad |error 
neresidad|contingencia 
predeterminación |casuulidad 
racional|irracional 
inteligible/ininteligible 
elocuencia |divagación 


MORAL 
ética 

bienjmal 
Justicia|injusticia 
régimen|arbitrariedad 
deber|falta 

virtud 
humanidad|inhumanidad 
prudencia|imprudencia 
paciencia|impaciencia 
fortaleza |flaqueza 
humildad |soberbia 
austeridad |corrupción 
templanza|licencia 
sobriedad|gula 
continencia|incontinencia 

dote 

bondad |maldad 
inocencia|malicia 
modestia|presunción 
sencillez|afectación 
dignidad|indignidad 
nobleza | vileza 
veracidad|falsedad 


Valores 
MORAL (sigue) 
dote (sigue) 
sinceridad |hipocresía 
franqueza |disimulo 
probidad|artería 
sensatez|insensatez 
mesurajexageración 
constancia |veleidad 
firmeza |flojedad 
largueza avaricia 
diligencia|pereza 


ESTÉTICA 


belleza |fealdad 
gracia|sosería 
sublime|ridículo 
armonía|inarmonía 
adorno|charrada 
elegancia|cursilería 
aliño|desaliño 


PRAGMÁTICA 
bienestar 

provecho|daño 
suerte: desgracia 
seguridad |peligro 
comodidad |incomodidad 
facilidad ¡dificultad 

utilidad 
menester|superfluidad 
oportunidad!inoportunidad 
eficacia|ineficacia 
principal|accesorio 
importanciajinsignificancia 
medianía 


CANTIDAD (sigue) 


dimensión 
alto|bajo 
largo|corto 
anchojangosto 


- grande|mediano|chico 
proporción 
más|menos 
mucho|poco 
suficiencia|insuficiencia 
exceso|merma 
graduación 
liviano]|pesado 
intensidad|laxitud 
velocidad lentitud 
número 
unidad |pluralidad 
cardinal, ordinal 
partitivo, colectivo 
múltiple|cronológico 


PRAGMÁTICA (sigue) 


interés 
proeza|trivialidad 
agradable|desagradable 
apreciable¡despreciable 

ventaja 
superioridad|inferioridad 
éxito|fracaso 
perfección|imperfección 
pureza|impureza 
original|imitación 
corrección |incorrección 

habilidad 
acierto|desacierto 
aptitud!lineptitud 
destreza |torpeza 
cuidado|descuido 
previsión |imprevisión 
sociabilidad 

mansedumbre|hurañía 
docilidad | rebeldía 
desenfado|timidez 
urbanidad¡rusticidad 
delicadeza|rudeza 
respeto|insolencia 
composturajextravagancia. 
decencia|indecencia 


CULTURA 


civilización|barbarie 
progreso|atraso 
saber|ignorancia 
ingenio¡estupidez 
laboriosidad jociosidad 


- 134 - 


Estoy seguro, repito, de qte este plan orgánico no satis- 
fará a todos; pero, antes de rechazarlo, convendrá advertir que 
sólo se le podría substituir por otro igualmente inconciliable 
con el pensar común, por la sencilla razón de que es imposible 
la comunidad de ideas al respecto: cuando se trata de los con- 
ceptos universales, y aun de los generales, la determinación de 
ellos y su relativa ubicación en el cuadro de nuestras nociones 
es por fuerza el resultado de una decisión personal. Ahora bien: 
lo arbitrario no es condenable cuando es inevitable por ley de 
la naturaleza, y mucho menos cuando lo preside la razón ase- 
sorada por la crítica, y no es obra del dogma, ni del azar, ni 
del capricho. 


EL CUADRO DE CATEGORÍAS 


He dicho ya que debe llevarse al extremo el número de las 
categorías, usándose para ello con toda amplitud el recurso de 
la división jerárquica, por género y especie, y sólo en la medida 
indispensable el de la división distributiva, por órdenes de 
ideas. Este último recurso no debe aplicarse sino restrictivamen- 
te, porque nada es más opuesto al principio del Diecionario 
Ideológico — en el que las palabras se agrupan por su correla- 
ción genérica, exponiendo cada cual la diferencia que la distin- 
gue de las demás de su especie — que el principio descriptivo 
que informa al diccionario enciclopédico, cuyo objeto es enume- 
rar los diversos elementos componentes de la unidad tratada. 
Todos los deslindes son difíciles; pero ninguno lo es más que el 
que, en esta tarea de clasificación ideológica, tiende a distin- 
guir el género y la especie, de la parte y el todo. Nuestra estrue- 
tura mental, o nuestro atavismo intelectual, es tal que, cuando 
intentamos explicarnos un hecho nuevo, en vez de examinar di- 
rectamente la naturaleza del fenómeno, tratamos de averiguar 
ante todo, como antecedente necesario, cuál es el campo en que 
se produce; de la misma manera, en presencia de una palabra 
cuyo significado ignoramos, para no interrumpir la lectura nos 
limitamos a considerar el orden de ideas a que pertenece, y de 
este orden deducimos su sentido aproximado, lo que nos basta 
para seguir leyendo. El Diecionario Ideológico no debe contra- 
riar esta tendencia, aunque la distribución no se concilia con la 
clasificación; pero debe limitarse a satisfacerla en lo indispen- 
sable, para mantener la unidad de su plan, esto es, para que el 
principio fundamental de la composición de géneros por espe- 
cies predomine sobre el principio auxiliar de la descomposición 
del todo en partes, 

Otra disciplina que hay que observar celosamente es la de 
división extrema de las categorías, Por no haberse hecho una 
norma de este principio estropean la obra de Roget dos gravísi- 
mos defectos: la relación remota del concepto general con el es- 


- 105 - 


pecial que incluye, y la acumulación excesiva de especies en 
un solo género. El martillo está clasificado en la categoría de 
impulso y separado apenas del concepto primario de espacio por 
los escalones de impulso y de movimiento, como apenas está se- 
parada de esa misma abstracción suprema la silla, por los esca- 
lones de soporte y de dimensión; y los muebles son instrumentos 
directamente relacionados con la volición; y la soga está entre 
los vínculos, que son una división de la cantidad; y la cuchara 
es un vehículo, clasificada a la par del tren y frente al buque. 
Esto en cuanto al defecto de la relación remota; el otro, el de 
la acumulación excesiva, se hace más evidente en la adaptación 
castellana de la obra de Roget, esto es, en el Diccionario de ideas 
afines: nada menos que 3050 nombres de toda clase de ocupa- 
ciones tendría que leer en este libro inepto el que hubiese per- 
dido el término cantarín y tratara de encontrarlo en él; aparte 
de que sólo por adivinación habría podido saber que ese tér- 
mino está incluído en la categoría titulada agente... 

En nuestro plan, el martillo (para no citar más que un 
ejemplo) no tiene nada que hacer con el impulso, ni con el mo- 
wimiento, ni con el espacio; es una herramienta de percusión, 
específicamente diferenciada de la maceta, el mazo, la porra, el 
macho, el acotillo, el destajador, la porrilla, el malleto, la man- 
darria, la maza y el pisón; y la herramienta es uno de tantos 
enseres, como las piezas de ferretería, de quincalla y de mer- 
cería, y el utensilio, el útil, el instrumento, el mueble y la ropa; 
y los enseres, las obras de arte, los escritos, los víveres, las cons- 
trucciones, los artefactos y los materiales componen los diversos 
productos del hombre; productos que, junto con los modos de 
producción, las formas de actuación, las clases de institución, 
los principios de sociedad y las cosas de religión abarcan la to- 
talidad de los hechos sociales. Espero que esta enumeración 
hará ver suficientemente el extremo a que debe llevarse la divi- 
sión de las categorías para que la clasificación de las palabras 
sea cireunserita, y por tanto precisa y satisfactoria. 


LA CLASIFICACIÓN DE LAS PALABRAS 


La definición. — He demostrado ya, en Nuestra lengua, 
que en castellano no hay sino un diccionario en cuanto a defi- 
niciones: el de la Academia española, que todos los demás re- 
producen servilmente en esa parte; y en mi análisis crítico de 
la última edición de este léxico he puesto en evidencia que la 
obra se caracteriza, en cuanto al fondo de sus definiciones, por 
el empirismo, el dogmatismo y el misticismo, y en cuanto a la 
forma de ellas por la obscuridad, la confusión, la vaguedad, la 
ambigiiedad, la transgresión, la contradicción, el contrasentido, 
la insuficiencia, la superstición y la tautología ; aparte de lo cual, 
y como defectos de tercer orden, están el floreo retórico, el da- 


- 166 - 


tismo orgánico, la perisología, la cortesanía palaciega y la re- 
dacción catequista de los artículos relativos a los conceptos éti- 
cos universales. Supongo al lector en posesión de estos antece- 
dentes, o le indico el medio de conocerlos, y esto me ahorra la. 
tarea de repetir lo ya dicho. Refiriéndome a ese análisis críti- 
co, doy, pues, por sabida la absoluta nulidad del léxico acadé- 
mico ante el criterio lexicográfico científico, y por conocidos 
también los principies.que deben regir la investigación de los 
significados; y me limito a decir que fracasaría necesariamente 
toda tentativa de clasificación ideológica de las palabras que se 
hiciera sobre la base arbitraria, superficial y tendenciosa de las 
definiciones del diccionario actual. 

Además, por razón de su particular esencia, el Diccionario 
Ideológico debe tener, en cuanto a las definiciones, su base pro- 
pia; porque, como he dicho ya, es regla de lógica que la defini- 
ción ha de subordinarse a la naturaleza de la clasificación que 
presupone. En el Diccionario Ideológico la definición debe ser, 
repito, una noción simple en su forma, precisa en su sentido y 
privativa en su alcance, para que cada palabra aparezca con el 
significado particular que le asigna la lengua; y esto no es re- 
formar la lengua, es simplemente corregir el diccionario actual, 
que dice cualquiera cosa menos cuáles son el género próximo y 
la diferencia específica de la idea que expresa la dicción ana- 
lizada. En cambio, el Diccionario Ideológico tiene que ser 
un clasificador inexorable: debe dar a cada palabra su lugar 
propio en el organismo de la lengua, el puesto que le corres- 
ponde por la significación privativa que la distingue de sus 
congéneres. De esta manera, y porque sus dictados no serán au- 
toritarios como los del diccionario alfabético, sino que resulta- 
rán de los hechos mismos, el Diccionario Ideológico podrá lu- 
char eficazmente contra la tendencia universal a desvirtuar el 
significado de una palabra dándole el de otra, cuyo uso acaba 
así por perderse; tendencia tradicional, que en pleno siglo de 
oro inspiró a Covarrubias esta reflexión de su Tesoro: «En los 
vocablos sucede lo mismo que en los instrumentos del servicio 
humano, en los quales ay uso, que es el fin para que se hizie- 
ron, y ay abuso, que es los fines a que los hombres por seme- 
janca los aplican, como un cuchillo sólo se hizo para cortar, pero 
elavándole en un madero y colgando algo dél sirve de clavo»... 
y se mella, podemos agregar, y la silla sirve de escalera y se 
desvencija, y la botella sirve de candelero y se ensucia, y... la 
consecuencia forzosa de tales manejos es que el instrumento se 
estropea. 

Bien sé cuán natural es esta tendencia a la unificación que 
la necesidad de economizar esfuerzo impone a todas las lenguas ; 
pero también sé que contra esa tendencia está la no menos na- 
tural que erea la diferenciación, impuesta por la necesidad de 


- 157 - 


ser entendido; y no olvidemos que el objeto del diccionario de 
la lengua es justamente propugnar la diferenciación, como re- 
<urso de precisión, para coadyuvar al fin social de que el idioma 
común se mantenga siempre, a través de su evolución, en el 
punto de su mayor eficacia. 

El vocabulario. — El Diccionario Ideológico debe tener en 
<uenta el sentido recto y el sentido lato, esto es, todas las acep- 
«ciones de cada palabra, para clasificarla en las categorías co- 
rrespondientes; pero uno de sus principios inviolables es, como 
acabo de decirlo, repudiar todo caso de transgresión semántica ; 
y no entiendo por transgresión semántica la acepción exten- 
siva que se da a un vocablo, ya sea la traslaticia de la analogía 
-O la figurada de la metáfora, sino el caso en que se asigna 
.a una palabra la significación que es propia de otra. Transgre- 
sión semántica es la que hacemos de un tiempo a esta parte, por 
«Obra del automatismo analógico de los truchimanes que tradu- 
.cen el texto inglés de los telegramas noticiosos para los diarios; 
en la lengua inglesa, contemplate significa «considerar» y tam- 
bién «prever», y es humano y es tonto que, si Chamberlain o 
Lloyd George, Coolidge o Kellogg declaran, según los truchi- 
manes, que están «contemplando» una cuestión, o que la reso- 
lución tomada «contempla» tales o cuales cosas, es humano y es 
tonto, repito, que nuestros ministros, nuestros legisladores y 
cualquier funcionario, y todo periodista, traten de ponerse a la 
par de esos personajes hablando su misma lengua. Pero, aparte 
«de que en castellano «contemplar» no es «considerar» ni «pre- 
ver», en castellano «contemplar» tiene un fuerte tinte de «delec- 
tación», que no es el de simple «atención» que acompaña a «con- 
“siderar», a «examinar», a «estudiar»; y por eso el uso de «con- 
templar» por «considerar» y «prever» es impropio. 

Si se advierte que una obra de clasificación como el Diccio- 
nario Ideológico corre el riesgo de hacerse farragosa por acumu- 
lación excesiva de materiales, se convendrá en que un criterio 
restrictivo debe presidir la elección de las dicciones; y este eri- 
terio exige que el Diccionario Ideológico deseche las variantes 
fonéticas u ortográficas, y las formas de pronunciación vulga- 
res, y también todo derivado circunstancial, esto es, que se li- 
mita a cambiar el accidente gramatical del primitivo (género, 
número, modo, tiempo, persona) o a graduar su calidad (super- 
lativo, despectivo) o su cantidad (aumentativo, diminutivo, fre- 
cuentativo) ; como debe desechar también todo derivado oracio- 
nal, esto es, que se reduce a cambiar el oficio gramatical del pri- 
mitivo. 

Esto último requiere una explicación. Las necesidades del 
lenguaje imponen la repetición de una misma idea en varios vo- 
«cablos que la presenten como acción (verbo), o como efecto, 
.agente y posibilidad (substantivo), o como cualidad y capaci- 


radica] común, concurren a CXpresar una misma idea en diferen. 
tes modos oracionales; x al efecto deben preferirse el substan- 
tivo y el substantivado, “Rara dar homogeneidad al material 
de la obra, Porque esa parte de la Oración es la que más abunda 


tas expresiones ; Y que sería un complemente valioso de cada 
artículo la inclusión, Cn sus respectivas categorías, las fra. 
ses hechas, ora Populares, ora históricas, Ora literarias que en- 
trañan un concepto filosófico, es decir, de universa] aplicación. 
No ya restrictivo, sino liberal, debe ser e criterio eldctivo 
del vocabulario, Porque el castellano actual n 
llano artístico de la Corte o de los Clási 
los que han. cultivado su Inteligencia, 
clusivamente la llamada literaria, es 
versal : sufre necesariamente las infiltr 


ilustradas hacen también suyos. Pero 
regir para el tecnicismo recóndito, cuy; 
al especialista; ni para el obsoletismo 
de que los lexicógratos del castellano renuncien al secular em 
peño purista de retrotracr la lengua a 
neologismo inútil, nacido de la ignorancia de los recursos idio- 
Máticos, o de la afición a] exotismo, o de la tendencia a la pe- 
dantería, o del gusto pueril por las derivaciones cacofónicas. 


- 159 - 


Precisamente el Diccionario Ideológico, inventario ordenado de 
las ideas representadas por las palabras de la lengua, pondrá 
en evidencia que hay un buen número de voces que están ca- 
yendo en desuso, desalojadas por el neologismo inútil, sobre 
todo por la acción transgresora de los vocablos comodines, bo- 
rrosos, absolutamente inexpresivos, cuyo modelo hoy día es el 
sobado contralor, que entre nosotros acumula treinta acep- 
ciones: las suyas propias, las del control inglés y las del con- 
tróle francés. 


LA COORDINACIÓN DE LAS CLASIFICACIONES 


He aquí tres artículos del soñado Diccionario Ideológico, 
bosquejos imperfectos de lo que serían en definitiva, cuando la 
clasificación de todas las palabras estuviese hecha, y hubiera 
concluído también la tarea final de precisar las definiciones. 


ANIMO 
(ESTADOS, DISPOSICIONES, BENTIMIENTOS Y EMOCIONES) 
ÁxIMO es el centro de las sensaciones afectivas; y llama- 
mos estados, disposiciones, sentimientos y emociones a los cua- 
tro órdenes en que esas sensaciones se manifiestan. 


Estados 


Los estados de ánimo originados por el placer o el dolor, 
sentido o previsto, son: el gusto o el disgusto, la delicia o la 
tristeza, la calma o el abatimiento; los que se originan del con- 
flicto de las ideas son: la creencia o la duda, la decisión o la 
indecisión, la preocupación o la despreocupación. 


El placer del ánimo tiene en gusto su forma tenue; se acre- 
cienta en contento, luego en recontento, que es gran contento, 
y se manifiesta vivamente en alegría. Esta va acentuándose en 
gozo y regocijo hasta hacerse júbilo, que es alegría intensa, y 
alborozo, que es alegría extrema. 


La gama del dolor del ánimo empieza con el disgusto, al 
que llamamos desabrimiento, sinsabor y desazón, o escozor y 
resquemor, o pesar, para compararlo respectivamente con las 
sensaciones físicas del paladar irritado, o de la quemadura ar- 
diente, o de la carga opresiva. Si va en aumento, el disgusto 
se hace amargura, desconsuelo, angustia, desolación, que es an- 
gustia extrema. El dolor intenso es duelo, si pasajero, y pena, 
si permanente; el punzante es aflicción, desesperación, congoja; 
el profundo es pesadumbre; el agudo y persistente es tribula- 


gusto 
contento 
recontento 
alegría 
gozo 
regocijo 
júbilo 
alborozo 


disgusto 
desabrimiento 
sinsabor 
desazón 
escozor 
resquemor 
pesar 
amargura 
desconsuelo 
angustia 
desolación 
duelo 

na 
aflicción 
desesperación 
congoja 
pesadumbre 
tribulación 


mortificación 
tormento 
tortura 
compasión 
<ondolencia 


«delicia 
«deleite 


goce 

fruición 

regodeo 
.embeleso 
.«mbobamiento 

alelamiento 
«enajenación 
arrobamiento 

éxtasis 

dicha 

ventura 

felicidad 
"bienaventuranza 

beatitud 


tristeza 
entristecer 
tétrico 
lúgubre 
fúnebre 
murria 
:zangarriana 
morriña 
melancolía 
esplín 
nostalgia 
soledad 
-desdicha 
contristarse 
«conmiseración 


calma 
tranquilidad 


-quietud 
placidez 
.alivio 
consuelo 
desahogo 


.abatimiento 
desánimo 
desaliento 
depresión 
caimiento 

-desfallecimiento 
deliquio 
desmayo 

-consternación 
postración 


- 160 - 


ción, mortificación, tormento, tortura. Compasión es el pesar 
que causa la desgracia ajena; condolencia es el duelo ajeno com- 
partido. 


El placer constante es delicia; deleite es la absorción en el 
placer; goce es el deleite continuo, que, cuando es muy vivo, se 
hace fruición, y en lo familiar regodeo. La admiración placen- 
tera causa el embeleso, en lo familiar embobamiento, alelamien- 
to, porque priva de la razón; cuando entraña la privación de los 
sentidos es gradualmente enajenación, arrobamiento, éxtasis. 
La delicia continua es dicha, ventura, felicidad; bienaventuran- 
za es el goce de Dios en el cielo, y beatitud es la felicidad su- 
prema. 


La pena constante determina un estado de ánimo que es 
tristeza; entristecer es causar tristeza; tétrico, lúgubre, fúnebre 
califican lo muy triste o lo que causa suma tristeza, relacionán- 
dolo respectivamente con la negrura, la lobreguez y la muerte. 
En lo familiar, murria es la tristeza ocasional, zangarriana la 
habitual y morriña la permanente. Melancolía es la tristeza sin 
causa precisa; esplín es la melancolía connaturalizada. Nostal- 
gía es la pena de estar lejos de la patria, o de los deudos o ami- 
gos; soledad es el pesar por la ausencia de alguien o algo, unido 
al deseo de volver a verlo; desdicha es el estado de pena cons- 
tante. Contristarse es compartir la tristeza ajena; conmisera- 
ción es la desdicha ajena compartida. 


Calma, tranquilidad, paz, sosiego son estados de reposo re- 
lativo para el ánimo: la calma sucede a la agitación, la tranqui- 
lidad a la turbación, la paz a la irritación, el sosiego a la in- 
quietud. Quietud es el estado de reposo absoluto para el ánimo; 
placidez es la quietud habitual. Alivio es el estado de ánimo de- 
terminado por la atenuación del pesar o de la pena; consuelo es 
este estado cuando una impresión grata se sobrepone a la in- 
grata; desahogo es el estado del ánimo descargado del peso que 
lo oprimía. 


Abatimiento es la debilidad pasajera del ánimo; desánimo, 
desaliento dan a este estado cierta duración; depresión, cat- 
miento, desfallecimiento, deliquio, desmayo, consternación mar- 
can los grados crecientes del abatimiento; postración es su 
grado extremo. 


- 161 - 


Creencia es el estado de ánimo del que intuitivamente tiene 
:a algo por verdad realizada o probable; convicción es la creen- 
-ela basada en la reflexión. La expectativa de que se compruebe 
la creencia o la convicción determina un estado de ánimo que se 
llama certeza, certidumbre, seguridad; y que se hace de incer- 
tidumbre, inseguridad, cuando la creencia'o la convicción no es 
firme. Duda es el estado del ánimo cuando vacila entre la afir- 
mación y la negación de algo. Desengaño es el estado de ánimo 
-del que ve desmentida por la realidad su creencia o convicción. 


Decisión, determinación, resolución es el estado del ánimo 
cuando ha establecido su posición ante una dificultad o una 
duda; indecisión, indeterminación, irresolución es el estado 
opuesto; perplejidad, titubeo, vacilación es la oscilación del 
ánimo entre la indecisión y la decisión. 

Preocupación, prevención es el estado del ánimo impedido, 
por una impresión previa y persistente, de reaccionar con liber- 
tad ante algo; despreocupación es el estado opuesto. Obse- 
sión es la preocupación embargante; es también el sometimiento 
«absoluto del ánimo a una fuerza extraña. 


Disposiciones 


La sensación o la perspectiva de placer o dolor determina 
en el ánimo un estado particular que revela el carácter y la in- 
tensidad de la impresión sentida o esperada; y de este estado se 
origina una disposición favorable o desfavorablé para las im- 
presiones que llamamos humor, o talante, o temple. Estas dis- 
posiciones son: la jovialidad o la seriedad, el interés o la apatía, 
el deseo o el hastío, la paciencia o la impaciencia. 


Jovialidad, jocundidad es la disposición a la alegría; serie- 
dad es la disposición refractaria, y a veces hostil, a la alegría; 
en este último caso, adusto es el calificativo que se aplica a la 
persona así dispuesta. La seriedad, que en su grado primero es 
formalidad, al acentuarse se hace gravedad, y también solemni- 
dad, que es la gravedad exagerada; cara de vaqueta describe 
familiarmente la expresión del que demuestra una gravedad 
exagerada. 


Interés es la disposición del ánimo cuando cede a la atrac- 
<ión que sobre él ejerce alguien o algo. Inclinación es la primera 


11 


creencia 
convicción 
certeza 
certidumbre 
seguridad 
incertidumbro 
inseguridad 
duda 
desengaño 


decisión 
determinación 
resolución 
indecisión 
indeterminación 
irresolución 
perplejidad 
titubeo 
vacilación 


preocupación 
prevención 
despreocupación 
obsesión 


humor 
talante 
temple 


jovialidad 
jocundidad 


“seriedad 


adusto 
formalidad 
gravedad 
solemnidad 

cara de vaquecta 


interés 
inclinación 
propensión 
tendencia 


querencia 
apego 
afición 

celo 

fervor 
dedicación 
consagración 


apatía 
indiferencia 
impasibilidad 
imperturbabilidad 
indolencia 
displicencia 


deseo 
apetencia 
aspiración 
apetito 
gana 
reconcomio 
anhelo 
afán 
ardor 
prurito 
comezón 
rabanillo 
avidez 
ansia 
dentera 
antojo 
golondro 
capricho 
ambición 
emulación 
curiosidad 
envidia 
codicia 
avaricia 
hastío 
abnrrimiento 
fastidio 
tedio 
hertura 
saciedad 


paciencia 
sufrimiento 
conformidad 
resignación 
longanimidad 
impaciencia 
serenidad 
impavidez 
presencia de ánimo 
impertérrito 


- 162 - 


etapa del proceso de aproximación consiguiente; ésta se decide 
en propensión, se manifiesta en tendencia y se realiza en que- 
rencia. Apego es la realización incipiente de la querencia, y afi- 
ción es la realización cumplida de ella. Celo es el interés ex- 
tremo en algo; fervor es el celo ardiente; dedicación, consagra- 
ción es el celo que lleva a la abdicación de todo otro interés. 


Apatía es la disposición refractaria a las impresiones en 
general. Indiferencia es esta disposición para una impresión 
particular. La indiferencia contra la opresión del ánimo es im- 
pasibilidad, contra la agitación es imperturbabilidad y contra el 
dolor es indolencia. Displicencia es el estado de ánimo más dis- 
puesto a la indiferencia que al interés es úna imprtsión dada. 


Deseo es la inclinación deliberada al logro de algo; apeten- 
cia, aspiración es su primer grado, y apetito, gana, el segundo. * 
La inclinación íntima a un afecto es en lo familiar reconcomio. 
El deseo vehemente es anhelo, el extremoso es afán; el inquieto 
es ardor, prurito, comezón, en lo familiar rabanillo; el apasio- 
nado es avidez; el angustiado es ansia, en lo familiar dentera. 
Antojo, golondro, es el deseo vivo y pasajero; capricho es el an- 
helo irrazonable. Ambición es el anhelo de conquistar el poder, 
la celebridad o la simple notoriedad; emulación es el deseo de 
superar a otro. Curiosidad: es el deseo de saber. Envidia es el 
anhelo de hacer propio el bien ajeno; codicia es el afán de po- 
secr ese bien; avaricia es la avidez de atesorar riquezas. 


Hastío, aburrimiento, fastidio, tedio marcan la gradación 
ereciente del cansancio del ánimo para reaccionar ante deter- 
minadas impresiones; hartura es este cansancio cuando predis- 
pone contra tales impresiones; saciedad es esta predisposición 
cuando tiene por causa el exceso en la satisfacción del deseo. 


La disposición del ánimo cuando soporta la impresión in- 
grata sin alterarse es paciencia; ésta se hace sufrimiento ante 
la contrariedad y conformidad ante la adversidad. Resignación 
es la conformidad definitiva; longanimidad es la resignación 
constante, hecha hábito. Impaciencia es la disconformidad del ' 
ánimo ante la contrariedad. Serenidad es la resistencia que opo- 
ne el ánimo a las impresiones que pcdrían alterarlo; impavidez, 
presencia de ánimo es la serenidad ante el peligro; impertérrito 
es el que, provocado a ello, no se aterra ni intimida. 


- 163 - 
Sentimientos 


Sentimiento es la inclinación o repulsión a lo que, respec- 
tivamente, nos causa o promete placer o dolor. Los sentimientos 
son de fe, de amor propio, de simpatía y antipatía, de agrado, 
desagrado y pesar. 

Fe es, según san Agustín, el sentimiento que nos mueve a 
creer en la verdad incomprensible, porque comprender no es 
ya creer sino saber. Religión es el sentimiento de veneración y 
adoración a un ser supremo del cual nos consideramos eriatu- 
ras. Esperanza es el sentimiento que nos mueve a tener por se- 
gura la realización del deseo. Confianza es el que nos mueve 
a tener por segura la ayuda probable de alguien o de algo; des- 
confianza es el sentimiento contrario al de confianza. 


Amor propto es el sentimiento que la conciencia de su va- 
lía infunde al hombre; dignidad es el que lleva al cuidado de la 
propia integridad moral; pundonor es el que lleva a la demos- 
tración celosa de la propia dignidad. Orgullo es el amor propio 
ostentoso en sus manifestaciones; egoísmo es el amor propio ex- 
clusivo y excluyente; egolatría es el ¿mor propio fanático. Hu- 
mildad es el reconocimiento íntimo de la propia flaqueza e in- 
suficiencia. 


Simpatía es la inclinación a lo que causa o promete placer. 
La simpatía lleva al aprecio cuando reconocemos valor en el 
ser o la cosa que nos atrae; cuando reconocemos su superiori- 
dad, la simpatía se hace respeto, reverencia, que es gran res- 
peto, y veneración, que es sumo respeto; en otros casos, la sim- 
patía se hace afecto. Este sentimiento es instintivo y asciende 
gradualmente desde el simple enternecimiento, que es ocasio- 
nal, y la ternura, que es constante, al cariño, y luego a la dilec- 
ción, a la predilección, que es el cariño especial, y por último al 
amor, que se defihe en esencia como el anhelo del placer, esto 
es, como el deseo vehemente de posesión de lo que se considera 
un bien. Pasión es el amor excesivo; adoración es el amor extre- 
moso; idolatría es el amor enajenado; erotismo es el amor sen- 
sual. Devoción es el amor religioso; piedad es el amor entraña- 
ble a los padres y a las cosas santas; caridad es el amor al pró- 
jimo. La simpatía que acordamos a nuestros semejantes en sus 
desgracias es humanidad; y el sentimiento que nos impulsa a 


sentimiento 


te 

religión 
esperanza 
confianza 
desconfianza 


amor propio 
idad 


pundonor 
orgullo 
egoísmo 
egolatría 
hugildad 


simpatía 
aprecio 
respeto 
reverencia 
veneración 
afecto 
enternecimiento 
ternura 
cariño 
dilección 
predilección 
amor 

pasión 
adoración 
idolatría 
erotismo 
devoción 
piedad 
caridad 
humanidad 
misericordia 
filantropía 
benevolencia 
altruismo 
patriotismo 


antipatía 
desafecto 
desamor 
menosprecio 
desdén 
desprecio 
aversión 
repugnancia 
animadversión 
inquina 
ojeriza 
animosidad 
mala voluntad 
malquerencia 
enemiga 

odio 

hincha 
aborrecimiento 
abominación 
execración 
malevolencia 
misantropía 


agrado 
satisfacción 
arradecimiento 
. geratitud 
complacencia 


desagrado 
descontento 
desplacer 
decepción 
despecho 


pesar 
lástima 
arrepentimiento 
remordimiento 
compunción 
contrición 
atrición 


- 164 - 


tratar de mejorar su suerte es misericordia en el caso particu- 
lar y filantropía en el general. Benevolencia es la inclinación a 
querer el bien para otros, y altruísmo es la que lleva a no aspi- 
rar al bien propio a costa del bien ajeno. Patriotismo es el amor 
a la patria. 


Antipatía es la repulsión a lo que causa o promete dolor. 
Del desafecto, del desamor, que son respectivamente la nega- 
ción del afecto y del amor, este sentimiento pasa, en gradación 
creciente, al menosprecio, y luego al desdén, al desprecio, para 
hacerse aversión y repugnancia, y por último animaduersión, in- 
quina, ojeriza y animosidad, que es ojeriza tenaz. Cuando la an- 
tipatía implica el deseo del mal para el objeto de ella, es mala 
voluntad, malquerencia, y luego enemiga, odio, que es hincha 
en lo familiar; aborrecimiento, abominación y execración son 
grados extremos del odio, Cuando la antipatía es general e im- 
plica el deseo del mal para todos se llama malevolencia; misan- 
tropía es la aversión afectada al trato humano; la aversión real 
es un caso patológico, un síntoma de hipocondría. 


Agrado es la reacciórt placentera del ánimo ante una acción 
propia o ajena; satisfacción es el agrado resultante de la reali- 
zación del deseo. El sentimiento que nos induce a considerarnos 
obligados a corresponder a un favor recibido se llama agradec:- 
miento si es ocasional, y gratitud si es constante. Complacencia 
es el agrado ajeno compartido. 

Desagrado, descontento, desplacer es el sentimiento que 
causa la acción no placentera, propia o ajena. Decepción es el 
que determina el desengaño que frustra nuestro deseo; despecho 
es la decepción saturada de malquerencia que engendra en los 
aviesos el desengaño sufrido. 


Pesar es el sentimiento que nos causa la acción propia cuan .- 
do, después de realizada, la juzgamos mala : lástima es el que 
nos causa el yerro ajeno. Arrepentimiento es el pesar cuando 
nos infunde el deseo de reparar el agravio hecho; remordi- 
miento es el pesar cuando nos abruma la consideración de: 
daño causado. Compunción es el dolor de haber cometido un 
pecado; contrición es el dolor de haber ofendido a Dios con 
el pecado; atrición es el dolor de habernos dañado a nosotros 


mismos con el pecado. 


- 165 - 


Ya sea por el concepto pesimista que el cristianismo nos 
ha imbuído sobre la condición esencialmente dolorosa de la vida 
en este «valle de lágrintas», ya sea porque Schopenhauer tiene 
razón cuando afirma que el placer no existe, y lo único que 
sentimos es el dolor o la cesación del mismo, lo cierto es que 
en castellano y en otras lenguas sentir se ha hecho por antono- 
masia la equivalencia de «sentir dolor», y se dice sentimiento 
por decir «pesar» o «pena». Deplorar y lamentar, cuyo senti- 
do recto es «llorar» y «gemir», toman el de «afligirse» al pasar 
al lenguaje figurado, viniendo a significar, respectivamente, 
aflicción con llanto o con lamento. De la misma manera, «su- 
frir» y «padecer», cuyo sentido recto es «soportar», to- 
man por extensión la acepción de «soportar dolor»; y en lo 
moral sufrimiento y padecimiento significan dolor que oprime. 


Emociones 


La perspectiva del placer o dolor excita ante todo el áni- 
mo, luego provoca en él un impulso tendiente a atraer el placer 
o a rechazar el dolor. Esta excitación y este impulso, porque cau- 
san la agitación del ánimo, ge llaman emociones. La sorpresa, 
la animación y la turbación son las reacciones del ánimo ante 
la simple expectativa; el enfado es la reacción contra el dolor 
sufrido; la inquietud, la vergúenza y el pudor son las reaccio- 
pes ante el dolor probable. 

Sorpresa es la reacción del ánimo ante lo imprevisto o lo 
inesperado; sobrecogimiento es el estado de ánimo durante esta 

* reacción; extrañeza es la forma tenue de la sorpresa, que tiene 
en admiración su expresión más viva. Son grados de admira- 
ción cada vez más altos, ante lo extraordinario o lo incompren- 
sible, el asombro, la maravilla, y luego el estupor, la estupefac- 
ción y el pasmo, que implica la suspensión de los sentidos. Ató- 
nito, en lo familiar turulato, se dice de la persona que se halla 
en este estado. 

Animación es el movimiento del ánimo; éste se inicia con 
la simple excitación, pasa a la sobreexcitación y luego al aca- 
loramiento, se acentúa en la agitación, que es la animación muy 
viva, y acaba en la exaltación, que es la animación inmoderada, 
y en el frenesí, que es la exaltación extrema. Entusiasmo es la 
exaltación placentera ante lo que nos admira o cautiva. 


sentir 
sentimiento 
deplorar 
lamentar 
sufrimiento 
padecimiento 


emoción 


BOTpresa 
sobrecogimiento 
extrañeza 
admiración 
asombro 
maravilla 
estupor 
estupefacción 
pasmo 
atónito 
turulato 


animación 
excitación 
sobreexcitación 
acaloramiento 
agitación 
exaltación 
frenesí 
entusiasmo 


turbación 
perturbación 
conturbación 
alteración 
conmoción 
inmutación 
aturdimiento 
atontamiento 
atolondramiento 
aturrullamiento 
desconcierto 
confusión 
trastorno 


enfado 

enojo 
mohina 
incomodidad 
resentimiento 
pique 

atufo 
fanfurriña 
encono 
rencor 
indignación 
exasperación 
irritación 
exacerbación 
cólera 

ira 

arrebato 
saña 

furia * 

furor 

rabia 
iracundia 
perrengue 


inquietud 
molestia 
desasosiego 
sobresalto 
alarma 
zozobra 
ansiedad 
temor 
cuidado 
recelo 
celo 

celos 
celotipia 
aprensión 
miedo 
susto 
grima 
horror 
espanto 
pavor 
terror . 
pánico 


vergilenza 
Aavergonzar 
correr 
delivadez 
suspicacia 
pudor 
Pudibundez 
verecundia 


- 166 - 


Turbación, perturbación, conturbación son los primeros 
erados de la alteración. Alteración es todo estado accidental del 
ánimo; conmoción es_la alteración profunda; inmutación es la 
conmoción repentina que se manifiesta por la actitud, el ade- 
mán o el gesto. La turbación puede llevar, afectando los senti- 
dos, al aturdimiento, al atontamiento, al atolondramiento, en lo 
familiar al aturrullamiento; y de ahí a las gradaciones del des- 
orden mental: el desconcierto, la confusión, el trastorno. 


La reacción del ánimo contra lo que lo molesta levemente 
es enfado; contra lo que lo molesta gravemente es enojo. Son 
formas tenues del enojo la molina, la incomodidad y el resen- 
timiento, en lo familiar el pique, el atufo, la fanfurriña, que es 
el enojo leve y pasajero; cuando dura, el enojo se hace encono 
y rencor, que es el resentimiento arraigado y tenaz; son for- 
mas cada vez más acentuadas del enojo, la indignación, la exas- 
peración, la irritación, la exacerbación, la cólera y la ira. Arre- 
bato es la ira cuando causa el enajenamiento; saña es el enojo 
ciego; furia, furor es la ira exaltada; rabia es la furia demente. 
Iracundia es la propensión a la ira; perrengue se llama, en lo 
familiar, al que demuestra esta propensión. 


Inquictud es la reacción del ánimo contra un, peligro vago; 
molestia, desasosiego son sus formas tenues; sobresalto, alarma, 
es la inquietud causada por un peligro repentino; zozobra es la 
inquietud continua; ansiedad es la inquietud angustiosa. Temor 
es la reacción del ánimo contra un peligro que ereemos cierto; 
cuidudo, recelo son sus formas leves; celo es el recelo de que * 
otro nos quite el bien que poseemos o pretendemos; celos es el 
recelo de que la persona amada ponga en otro su cariño; celoti- 
pia es la pasión de los celos; aprensión es el recelo de hacer 
algo que pensamos que puede sernos perjudicial. Miedo es el 
temor angustioso, y susto es el temor repentino; gríma, horror 
es el impulso del ánimo para rechazar lo que lo atemoriza; es- 
panto, pavor, terror es el horror supremo; pánico es el terror 
sin causa real. 


Vergiienza es la reacción ante la posibilidad de que se nos 
atribuya una indignidad; y es la confusión que nos causa ver 
que nuestra indienidad ha sido descubierta, Avergonzar, correr 
es provocar la vergúenza en otro. Delicadez es la reacción del 


> 187 - 


ánimo ante lo que ofende o tiende a ofender a nuestro ser mo- 
_ral; suspicacia es la delicadez recelosa. Pudor es el impulso ins- 
tintivo que nos lleva a cubrir las intimidades del cuerpo; pudi- 
bundez es el pudor exagerado. Verecundia es la propensión a 
la vergúenza. ' 


MIMICA 
(GESTOB, ADEMANES Y ACTITUDES) 
Mímica es la expresión de ideas y de impulsos del ánimo 
por medio de gestos, ademanes y actitudes, voluntarios o invo- 
luntarios. 


Gesto es el movimiento del rostro que se hace con tal ob- 
jeto; si el movimiento es del cuerpo, o de una parte del cuerpo, 
principalmente de la mano, se llama ademán; actitud es la pos- 
tura del cuerpo cuando traduce un impulso del ánimo; seña es 
todo ademán de sentido convencional. Acción es el conjunto de 
actitudes, ademanes y gestos con que el orador y el actor acom- 
pañan sus expresiones; garabatos son los movimientos descom- 
pasados que se hacen con los dedos y las manos; garambainas 
es, en lo familiar, los gestos y ademanes afectados o ridículos. 


Sonrisa es la expansión de las mejillas que, en señal de 
agrado, dilata la boca, entreabre los labios, entorna los ojos y 
endulza la mirada. Guiño es la señal de connivencia que se hace 
a otro disimuladamente, cerrando un ojo para volver a abrirlo 
en seguida, con lo que se indica ocultación; guiñada es el guiño 
acentuado. Ceño es la demostración de enojo que se hace arru- 
gando el entrecejo; el ceño muy sañudo es sobreceño. Mueca es 
la contracción del rostro, que indica dolor o disgusto, y burla 
cuando es remedo; puchero es la mueca infantil que general- 
mente se resuelve en llanto. Gesticulación es el gesto continua- 
do; mohín el acentuado; visaje, con jeribeque en lo familiar. 
el exagerado; figurería es el gesto ridículo o afectado. En lo 
familiar coco está más cerca del mohín que de la mueca, y alco- 
carra al contrario. 

Melindre es el ademán con que se afecta una delicadeza ex- 
cesiva. Dengue es el melindre mujeril; damería es el dengue 
presuntuoso. Árrumaco es el ademán o gesto cariñoso; remilgo 
es el ademán o gesto mujeril con que se demuestra gracia. 


gesto 
adomán 
actitud 

seña 

acción 
garabatos 
garambainas 


sonrisa 
guiño 
guiñada 
ceño 
sobreceño 
mueca 
puchero 
gesticulación 
mohín 
visaje 
jeribeque 
figurería 
coco 
alcocarra 


melindro 
dengue 
damería 
arrumaco 
remilgo 


sonrojo 
rubor 
bochorno 
soflama 
SOnroseo 


señal de la cruz 
signar ? 
sabtiguar 
persignar 
santiguada 
santiguo 


palmoteo 
castaficta 
higa 
zapateta 


amago 
aspaviento 
pasmarota 
pasmarotada 
contorsión 
reconcomio 
repullo 
respingo 


- 168 - 


El encendimiento súbito y pasajero de las mejillas es son- 
rojo, rubor, bochorno, signoj respectivos de la turbación, del pu- 
dor y de la vergiienza; soflama es el encendimiento causado por: 
la sobreexcitación nerviosa; sonroseo es la soflama atenuada. 


La señal de la cruz es un ademán ritual de la religión eris- 
tiana, que se hace para preservar del mal a algo, cubriéndolo- 
con el símbolo de la Redención trazado con un movimiento de 
la mano. Signar es hacer tres veces la señal de la cruz sobre la 
propia persona, la primera en la frente, la segunda en la boca. 
y la tercera en el pecho; santiguar es hacerla una vez, de la 
frente al pecho y de un hombro al otro; persignar es sig- 
nar y santiguar a continuación. Santiguada, santiguo, es el 
ademán de santiguar. 


Palmoteo es la sucesión de golpes ruidosos que resultan 
de hacer chocar una con otra las palmas de las manos, en se- 
ñal de aprobación o alegría; castañeta es el ademán con que 
se expresa la prisa, y consiste en hacer resbalar la yema del 
cordial, apretada contra la del pulgar, para que suene al cho- 
car con el pulpejo; cuando se trata de expresar la pondera- 
ción, el ademán consiste en sacudir la magno con el índice 
suelto para que suene al chocar con el cordial. Higa es el ade- 
mán de prevención, desprecio o injuria que consiste en apuñar 
la mano mostrando la punta del pulgar entre los nudillos del 
índice y del cordial. Zapateta es la palmada que se da en el 
pie, brincando al mismo tiempo, para manifestar regocijo. (La. 
voltereta, el brinco y la pirueta son «retozos»; la cabriola y la 
gambeta son «mudanzas»). 


Amago es el ademán inicial de una acción, por lo general 
amenazante, El ademán con que se exagera la sorpresa es aspa- 
viento; cuando lo que se exagera es la admiración, el término 
es pasmarota, que tiene en pasmarotada su ponderativo. Con- 
torsión es el torcimiento del cuerpo que causa el dolor físico, y 
es ademán grotesco por remedo. Reconcomio es el ¿movimiento 
de hombros y espaldas, análogo al que causa una comezón, con 
el que se significa desabrimiento. Repullo es el movimiento re- 
pentino del torso hacia atrás, que denota sorpresa o susto. Res- 
«pingo es el movimiento del cuerpo con que se expresa repug- 
nancia para cumplir una orden. M 


- 169 - 


Saludo es la inclinación de cabeza hacia abajo que se hace 
ante otro en señal de simpatía; reverencia es la inclinación del 
torso hacia adelante en señal de respeto; genuflexión es el en- 
cogimiento del cuerpo erguido, doblando las rodillas, en seña] 
de sumisión; humillación, en lo familiar zalema, es el saludo 
que extrema la humildad. 


El contoneo y el quiebro son movimientos del cuerpo que 
se hacen por donaire: contoneo es el movimiento rítmico y al- 
ternativo del hombro y de la cadera; quiebro es la inclinación 
lateral del torso sobre la cintura. Cernidillo, en lo familiar, es 
el andar menudo y contoneado; taconeo es el andar arrogante, 
haciendo sonar los tacones; haldeo es el balanceo de las faldas 
en la marcha apresurada; halconeo es el porte, las miradas, los 
gestos y los movimientos de la mujer que trata desenvuelta- 
mente de atraer al hombre. 


1 
ASIENTO 


(MUEBLES Y ARTEFACTOS) 
ASIENTO, es el mueble o artefacto, o cualquier otro medio, 
que nos permite la posición erguida cargando el peso del cuer- 
po sobre las nalgas. (Los asientos de montar son «aparejos»). 


La mayor variedad de formas la ofrece el mueble de cua- 
tro pies para una persona. Silla es este mueble si tiene respaldo; 
si tiene también brazos es sillón. En lo antiguo, la silla era ca- 
dera, y también cadira, y el sillón era silla de caderas. Según 
Calandrelli, la palabra «cadera» (que proviene de «cátedra») 
presenta etimológicamente como «objeto en que uno se sienta» 
la parte del cuerpo que designa; es tan verosímil que, por ex- 
tensión, se haya llamado «cadera» al asiento artificial, tomo es 
verosímil que, según afirma Eduardo de la Barra, el mueble 
«cadera» haya dado su nombre a la parte del cuerpo «cadera». 
La silla plegadiza, de pies cruzados en aspa, se llama silla de 
tijera. El sillón de muelles con respaldo inclinado es butaca; 
poltrona es la butaca más amplia y cómoda que la común. Me- 
cedora es el sillón cuyos pies encajan apareados en dos listones 
perpendiculares al respaldo y que, combados hacia abajo, per- 
miten el balanceo. Luneta es el sillón+de platea en los teatros. 


Trono es el sillón con gradas y dosel que en el Viejo Mundo 
usan en las ceremonias los más altos dignatarios; en las igle- 


saludo 
reverencia 
genuflexión 
humillación 
zalema 


contoneo 
quiebro 
cernidillo 
taconeo 
haldeo 
halconeo 


silla 

sillón 

cadera 

cadira 

silla de caderas 
silla de tijera 


trono 
faldistorio 
solio 

sedo 


sitial 
camón 
estalo 

silla curul 
cátedra 
banca 


banquillo 
taburete 
tajuelo 
trípode 
<amoncillo 
cojín 
escahel 
silletín 
posadero 
sillete 
garabito 


hanco 
bancada 
arquibanco 
banqueta 
escaño 
diván 
canapé 
confidento 
sofá 
otomana 
Juho 


. testera 


vidrio 
pescante 
traspuntín 
bixzotera 
empanadilla 


e 4 


sias su nombre es faldistorio. El sillón con dosel es solio 3 sele 
es el trono o solio de un prelado en función; sitial es el sillón 
de los dignatarios en los actos solemnes. Camón es en España 
el trono que se coloca para los reyes junto al presbiterio de 
la real capilla; estalo es el asiento de coro en las iglesias. Silla 
curul era el asiento de marfil de los ediles romanos. Cátedra 
es el asiento en alto que ocupa el maestro en el aula. Banca 
es entre nosotros el sillón del legislador en el recinto de las 
cámaras. . 


Banquillo es el asiento del procesado ante el tribunal. Tabu- 
rete es el asiento de tres o cuatro pies sin brazos ni respaldo; 
tajuelo es el taburete rústico; trípode es el taburete de tres 
pies; camoncillo es el taburetito de estrado; cojín es el al- 
mohadón que sirve para sentarse o para que apoye los pies el 
que está sentado; escabel es el taburetito que sirve para esto 
último. Silletín es el nombre del escabel en las provincias es- 
pañolas HR León y Zamora; posadero es el asiento bajo y re- 
dondo, de espadaña o soga de esparto, que se usa en Toledo 
y en la Mancha; sillete es en la Rioja española el taburete de 
anea o paja, con travesaños en los pies. Garabito es el asiento 
alto, con casilla de madera, que usan las vendedoras en las 
plazas de España. 


Bunco es el asiento largo sin respaldo que da cabida a va- 
rias personas; bancada era el banco de remeros; arquibanco 
es el asiento formado por la tapa de un area o por las de va- 
rias puestas en fila. Banqueta es el banco guarnecido. Escaño 
es el banco con respaldo. Diván es el banco o escaño guarne- 
cido con almohadones sueltos. Cunapé es el escaño mullido o 
esterillado; confidente es el canapé para dos personas; sofá 
es el canapé con brazos; otomana es el sofá de estilo turco o 
árabe. Duho es, según la Academia, una voz americana que 
significaba banco o escaño; se trata, seguramente, no de un 
americanismo sino de un regionalismo cireunserito, y probable- 
mente de un obsoletismo. 


Testera es el asiento trasero del coche, en que se va de fren- 
te; vidrio es el delantero, en que se va de espaldas; pescante 
es el del cochero; traspuntín es el asiento suplementario y ple- 
gadizo que hay en algunos coches, especialmente en los auto- 


- 171 - 


móviles; bigotera es el asiento postizo que se arma enfrente de 
la testera; empanadilla era en Andalucía el asiento de quita y 
pon que había en los estribos de los coches antiguos. 


Poyo es el banco de material que se fabrica, arrimado a la 
pared, en el zaguán o junto a la puerta de las casas. Bandín es 
- el asiento colocado en las embarcaciones, junto a las bandas de 
popa. Grada es el asiento que forma escalón corrido; gradería 
es el conjunto de gradas; anfiteatro es la gradería semicircu- 
lar; circo es la gradería circular. Paraíso, galería es la gradería 
más alta en los teatros de varios pisos; tendido es la gradería 
descubierta y próxima a la barrera en las plazas de toros; ta- 
bloncillo es el asiento de la fila más alta de esta gradería. Senta- 
dero es cualquiera piedra, madera, tabla o tronco de árbol que 
se utiliza como asiento. 


Esta formá de presentación de las clasificaciones tiene, so- 
bre el sistema de la nomenclatura descarnada, la ventaja de 
ahorrar el esfuerzo de recordar el significado de las palabras 
que se examinan, o el trabajo de buscar ese significado en otro 
texto; aparte de que, como he dicho ya, tal disposición hará dei 
Diccionario Ideológico un libro que permita la lectura continua, 
tan útil como descansada, y aun entretenida. En fin, no está 
demás decirlo, tal disposición demostrará también la probidad 
«del lexicógrafo, que de esa manera tendrá que declarar franca- 
mente su concepto del significado preciso de cada palabra. 


EL ÍNDICE DE CONCORDANCIAS 


Un índice alfabético agregado al Diccionario Ideológico, 
que contenga todas las palabras tratadas, con la sola mención 
de las categorías en que se hallan, tendrá doble ventaja: seña- 
lará el lugar donde está el término genérico o específico que se 
quiere examinar en sí mismo o en sus afines, y evitará que se 
busque en vano en el libro un vocablo que, por ser un tecni- 
<ismo recóndito, o un obsoletismo fósil, o un neologismo inútil, 
no haya sido incluído en él. 


CONCLUSIONES 


Demostrado así, con lo que antecede, que es factible la 
obra de un Diccionario Ideológico satisfactorio, falta sólo es- 
'bozar los servicios de incalculable importancia que prestaría. 
Al efecto voy a resumir aquí lo que sobre el particular he dicho 
ya en Nuestra lengua. ¡ 

El primer servicio del Diccionario Ideológico sería hacer 
que, al llamado de una palabra, surgiera la idea representada 


Poyo 
bandín 
grada 
gradería 
anfiteatro 
circo 
paraíso 
galería 
tendido 
tabloncillo 
sentadero 


- 172 - 


mostrando, mediante la serie de los diferentes vocablos especí- 
ficos, todas sus características; con lo cual la palabra ayudaría 
a analizar el pensamiento, y éste, a su vez, se serviría mejor 
de la palabra. 

El segundo sería fijar de una manera precisa el signifi- 
cado de las palabras, que, puestas cada una en su sitio, no usur- 
parían ya el lugar de otras; por lo que tóda consulta al Dic- 
cionario Ideológico llevaría a hacer más precisa y eficaz la elo- 
cución. 

El tercero sería sacar del olvido voces expresivas que es- 
tán cayendo en desuso por negligencia; y de esta manera el 
Diccionario Ideológico acrecentaría el caudal de recursos del 
escritor y del orador. 

El cuarto sería facilitar la enseñanza escolar del vocabula- 
rio: el Diccionario Ideológico sería el complemento que falta a 
la Gramática; porque hoy la escuela enseña a usar las palabras 
pero no a hacer acopio de ellas, por lo menos en una forma me- 
tódica, racional, deseansada y placentera. 

En fin, el quinto servicio sería ayudarnos a vencer nues- 
tra indiferencia por el estudio del léxico, actitud que nos hace 
esclavos del extranjerismo, polilla que estropea todas las len- 
guas, y nuestro castellano especialmente. Cuando el escritor, 
que es el vehículo principal de esta plaga, tuviera a mano el 
Diccionario Ideológico, es decir, el medio de encontrar la forma 
vernácula que expresa justamente la idea del vocablo intruso, 
— y con enorme ventaja a causa de las asociaciones inherentes 
a su tradición literaria — el escritor preferiría siempre su voz 
a la voz de otro, porque la conciencia y la fuerza de su perso- 
nalidad lo llevarían a dar realce a sus propias prendas antes 
que a engalanarse con lo ajeno. 


Disparatorio enciclopédico 


La gramática y el diccionario de cada lengua no son los úni- 
<os auxiliares indispensables del traductor. La variedad de los 
temas a que se aplica su trabajo, y la necesidad de tener sobre 
<ada uno de esos temas las nociones imprescindibles para no 
andar a tientas y a tropezones por terra ignota, lo obligan a 
proveerse de un auxiliar más, no menos indispensable: la en- 
ciclopedia de cada lengua. 

Mucho se ha escrito para demostrar que la enciclopedia, 
como obra didáctica, es condenable desde varios puntos de vista : 
el filosófico, el científico y el moral; se ha dicho de ella que es 
incompleta en sus informaciones y dispersa en sus doctrinas, 
cuando no contradictoria, y que fomenta en sus lectores la pre- 
“sunción, la ligereza de las opiniones y la superficialidad de los 
estudios. Pero la enciclopedia se ha impuesto, a pesar de sus 
defectos e inconvenientes, porque es el medio más cómodo y más 
amplio de comunicación entre los hombres, a los efectos de la 
-difusión del condeimiento. Con mucho mayor razón se ha cla- 
mado contra la enciclopedia moderna, obra que agrega a los 
defectos e inconvenientes del tipo clásico la incompetencia de 
sus autores, faltos de preparación técnica para la selección, 
coordinación y presentación de los materiales. La verdad es que 
aquel propósito elevado de Bayle, Chambers, Diderot, Ersch, 
Lardner y Larousse,: de hacer de la enciclopedia una cátedra 
para los hombres eruditos de su tiempo, ha degenerado en fin 
mercantilista en la mente de los editores de hoy, que no son ya 
un Panckoucke, ni un Brockhaus, ni un Meyer; y la cátedra de 
“eruditos se ha convertido en alcándara de loros anónimos, que 
presentan como descubrimientos propios los conceptos filosófi- 
eos proclamados desde hace siglos, o que exponen mecánica- 
mente, sin examen crítico, las últimas novedades de las cien- 
.cias y de las artes; y que, como es forzoso que suceda cuando 
-se hace obra inconsciente, incurren por confusión de ideas, y 
por falta de método expositivo, en errores, contradicciones e in- 
congruencias que dejan a uno pasmado ante el vuelco completo 
que har dado las cosas en este orden. La enciclopedia moderna 
“no es ya obra de «enciclopedistas», en el sentido noble del tér- 
mino, sino «especulación de librería». La cosa conserva la forma 


- 174 - 


y el nombre, pero se ha cambiado a fondo su esencia y su valor. 

Con todo, la enciclopedia moderna, tal como aparece en 
los diccionarios llamados enciclopédicos, porque son a la vez de 
letras, de ciencias y de artes, tiene una utilidad práctica indis- 
cutible: es el compendio de la biblioteca universal, un registro 
sumario de datos principales sobre la historia del hombre en 
todo tiempo y en todas partes, sobre su constitución y carác- 
ter, sus ideas y actos, sus tendencias y costumbres, sus triunfos 
y derrotas en la lucha por conocer a sus semejantes para pre- 
valecer sobre ellos, y por comprender a la naturaleza para pre- 
dominar en ella. Limitado su objeto al suministro de esos da- 
tos principales, considerado como guía preliminar para investi- 
gaciones ulteriores en el campo particular de cada ciencia, arte 
o literatura, el diccionario enciclopédico tiene, repito, una uti- 
lidad práctica indiscutible. El peligro que entraña es que el es- 
tudioso se ciña a obtener esa información de carácter general y 
aproximativo, se contente con adquirir y exhiBir ese simple bar- 
niz de conocimiento. Pero el traductor no consulta el dicciona- 
rio enciclopédico para investigar un asunto determinado sino 
para conocer sus características, conocimiento indispensable, he 
dicho ya,,para andar con paso seguro por la vía de la interpre- 
tación correcta del autor que tiene por delante. 


> 
La naturaleza tetribuye con jugos Qulcísimos a la abeja que 


se encarga de transportar entre las flores el polen fecundante. 
También tiene su grata recompensa el tradubtor que, al hacer 


esos traslados fecundos entre las lenguas, acude una que otra: 


vez a los diccionarios enciclopédicos. Hay en estos libros más 
de una gota de néctar insospechado. De tiempo en tiempo, al 
consultarlos en lo más duro de nuestra faena ingrata, nos su- 
cede que una arista desprendida del artículo que estamos hus- 
meando encuentra el camino de las fosas nasales, se pone a ti- 
tilar en la garganta, y este cosquilleo imprevisto nos hace soltar 
una carcajada de gozo o un estornudo de indignación, fenóme- 
nos reflejos igualmente aliviadores y agradables. 

Reirse o indignarse en tales casos es tal vez una cuestión 
de temperamento, ajena a la naturaleza del agente exterior. Por 
ejemplo: a nuestro D. Juan María no lo hacían reir los desba- 
rros lexicográficos de los españoles de su tiempo; al contrario, 
en ocasión de su rechazo del diploma académico, dos veces, 
una en la nota a la Academia y otra en la polémica con Viller- 
gas, comentó airadamente una reflexión jaculatoria del místico 
Serrano en el prólogo de su Diccionario Universal, y un par de 
necedades en el diccionario castellano de la Sociedad He Lite- 
ratos de 1853; el austero prohombre consideraba esas notas sui 
géneris como demostración concluyente de que la lexicografía 


- 175 - 


española estaba entonces en un atraso lamentable. Está así to- 
davía. A fines del siglo pasado, el ingenio español aplicado a 
ese arte dió a luz un libro, no sólo de utilidad nula, sino tam- 
bién de mala fe: el Diccionario de Ideas Afines, plagio inepto 
perpetrado por la trinca Palomero-Bueno-Catarineu y presenta- 
do como obra de Benot; y en pleno siglo xx la Enciclopedia Ilus- 
trada Seguí nos ofrece esta muestra del espíritu retrógrado y su- 
persticioso que prevalece aún en los círculos científicos de nues- 
tra madre patria; «DEMONIACAS... Que pueden existir y existen 
casos de verdadera posesión demoniaca no es lícigo dudarlo, si 
no queremos desmentir principios y afirmaciones de la teología 
cristiana. El demonio-es un ángel tan creatura de Dios como el 
ángel bueno; y Dios puede darle destinos y determinarle servi- 
cios que entren en el plan general de su Providencia». 

Yo también me siento un poco indignado ante estas cosas, 
que afectan de una manera ingrata a nuestra estirpe; pero no 
tengo la autoridad de D. Juan María, temo parecer pedante si in- 
tento comentarlas «echando por la tremenda». Por consiguiente 
hago un esfuerzo para dar otra vía de escape al cosquilleo, y 
suelto la carcajada. Y en este estado de ánimo, más dispuesto a 
reir que,a gruñir, te invito, lector, a que echemos juntos un 
vistazo a varios diccionarios enciclopédicos que tengo por delante. 


* 


Una enciclopedia es por fueta, materialmente tronsiderada, 
un monumento bibliográfico. Aparte de la historia oficial de 
China, que cuenta ya con 3075 volúmenes, recuérdese que hay 
enciclopedias de más de cien volúmenes: la de Panckoucke 
(francesa) tiene 201; la de Ersch (alemana) 140; la de Lard- 
ner (inglesa) 132. Ahora bien: aunque no se trate de estos me- 
gaterios, la masa siempre imponente de una enciclopedia su- 
giere la idea de que, por dentro, la obra es también un monu- 

" mento de ciencia en el fondo y de corrección en la forma. Y 
esto hace que un yerro en alguna de ellas sea tan inconcebi- 
ble, tan inadmisible, como una errata en un misal iluminado, o 
como una falta de ortografía en un pergamino caligrafiado. 
Ante uno de esos desbarros nuestro buen sentido grita : ¡error!... 
Pero ¿qué autoridad tiene nuestro buen sentido para enmen- 
dar la plana a las sumidades enciclopedistas? Muy natural es 
que, en conflicto con tales pontífices, dudemos más bien de 
nuestro buen sentido, y tratemos de encontrar una explicación 
lógica a lo que, a primera vista, nos parece desatino. 

Por ejemplo: creíamos saber que, desde que se fueron del 
mundo los patriarcas bíblicos, rara vez pasan de los cien años 
los longevos más pertinaces; pero los diccionarios enciclopédi- 
cos nos presentan personajes modernos que han vivido varios 
siglos. El de Fernández Cuesta nos cuenta que Arnaldo de Bres- 


- 176 - 


<ia, «sectario del siglo x11... volvió a Italia en 1111... y fué 
(quemado vive en 1555»... tal vez lo quemaron por eso al ma- 
«crobita, porque hacía ya cuatro siglos y medio que vivía; y se- 
gún la misma autoridad, otro macrobita fué Godofredo de Bu- 
llón, que «nació en el siglo 11... y murió en 1100»... esto es, 
.a los diez siglos de edad. También ha habido personajes que 
han vivido para atrás: el diccionario de Zerolo afirma que el 
pintor sevillano Rodríguez de Velázquez vivió desde 1594 hasta 
1560; y con la misma seriedad nos dice que ha habido más de 
un resucitado, aparte de Lázaro, del Hijo de la Viuda, de la 
Hija de Jairo, del Hijo de la Sunamita, y de Jesucristo mismo, 
_y entre esos resucitados debemos contar, al papa León 111, que, 
«después de muerto en 816, volvió al mundo en 835, según el ar- 
tículo «Santiago», sólo para conceder la traslación del obis- 
«pado de Iria Flavia a Santiago de Compostela. Por el mismo 
“Zerolo sabemos ahora que Alcalá y Henares, a quien creíamos 
-del siglo xvm, fué «un poeta del siglo xt»; y el gran die- 
cionario enciclopédico de Larousse nos revela un caso extraor- 
-.dinario de supervivencia en su artículo sobre Guillermo Postel, 
de quien dice: «en 1564 se retiró al monasterio de Saint-Martin- 
des-Champs, donde acabó sus días, mas no por eso dejó de pro- 
fesar». Pero el personaje más curioso en este orden eremenal 
es el cardenal Rodrigo Jiménez que nos presenta el Nouveau La- 
rousse Illustré; este hombre excepcional vivió en el siglo x1 se- 
gún el artáfulo «mozarabique», y también en el siglo xn por- 
que estuvo en la jornada de Talacara (Calatrava?) y también 
.en el siglo xvI porque murió después de una visita hecha al 
papa Inocencio 1x. Los ingleses y los americanos cuecen ha- 
bas de la misma especie: la Cyclopaedia of Names de Smith 
asegura, en el artículo sobre la novela Princesse de Cléves, que 
su autora Mmc. de La Fayette (1634-1693) hace actuar en esa 
-obra a «una de sus contemporáneas», María Estuardo (1542- 
1587). Contemporánea quiere decir, pues, del siglo antes. 

En el citado diccionario de Fernández Cuesta hay dos no- 
tas destinadas a corregir un par de nociones falsas arraigadas 
en nosotros, una sobrg el camino que hay que tomar para ir al 
polo norte y la otra sobre el peso que pueden tener los diaman- 
tes. En el artículo «Cruzada», refiriéndose a la Cruz del Sur, 
dice: «Constelación situada hacia el polo antártico, por medio 
de la cual los navegantes se dirigen al polo norte». Y en el ar- 
tículo «diamante» afirma estotro: «El diamante más notable 
es el del rajá de Borneo, que pesa 867 quintales». 

También Zerolo, en su enciclopedia, trata de instruirnos 
mejor acerca de la idea que debemos tener del sotabanco; dice 
que ése «es un piso sobrepuesto al tejado». Como toda casa aca- 
ba en tejado, es incuestionable que un piso que tenga por suelo 

-el techo debe tener por techo el cielo. En este diccionario de Ze- 


- 177 - 


rolo, el enciclopédico, y también en su hermanito, el de la len- 
gua, salidos ambos del vientre de la- misma madre Garnier de 
París, se observa este hecho, que al principio intriga angustio- 
samente: en las viñetas decorativas puestas a la cabeza de cada 
sección alfabética aparecen figuras de seres, símbolos y cosas 
que nada tienen que hacer con esa letra en castellano; por ejem- 
plo: la viñeta de la F' nos ofrece una fourchette, una face, un 
faucon y una fouine, y la de la G una grenouille, un gland y 
una girouette. De modo que sólo un francés puede saborear la 
ingeniosa relación de esas figuras con la letra a que sirven de 
ornamento. Y el suplemento de esa obra enciclopédica, que ya 
no es de Zerolo pero que es hijo de la misma madre Garnier de 
París, nos obsequia en la misma forma con unos cuadros de es- 
tilo funerario cuyos asuntos nada tienen que hacer tampoco, en 
«castellano, con la letra a que se aplican. En este suplemento en- 
.contramos en el artículo «Querlon» la noticia de que el poeta 
griego Aquiles Tacio no se llamaba así sino Grec Tatius. No hay 
ningún enigma en esto; busca, lector, el mismo artículo en el 
suplemento del Nouveau Larousse Illustré, coteja ambos textos, 
y exclamarás: «¡ Ahora lo comprendo todo!». .. y de paso apre- 
ciarás en lo que vale, como plagiario y como traductor, al enci- 
clopedista D. Claudio Santos González, que recomiendo a tu 
clemencia. 

En el Diccionario Enciclopédico Hispano-Americano de 
Montaner y Simón se lee en el artículo «sonambulismo» lo si- 
guiente: «Cuando así sucede y no es posible una vigilancia ac- 
tiva, deberá recurrirse al hidrato de cloral, como medio más 
nocivo para producir el sueño durante una larga temporada»... 
¿Quién se anima, después de esto, a usar ese soporífero, denun- 
<iado como el medio más nocivo ? 

La citada enciclopedia Seguí nos revela que nuestro Olega- 
rio Andrade tuvo doble personalidad, una argentina y otra por- 
tuguesa. Exhibe juntos dos retratos suyos, uno de la juventud y 
otro de la edad madura, y en el artículo que lo presenta joven 
no nos dice nada nuevo; pero en el que lo presenta maduro 
nos hace saber que nuestro poeta fué también un escritor por- 
tugués que se hacía llamar allá Joao de Andrade e Corvo... 
¡Y el muy pícaro nunca nos dijo nada de esa travesura suya en 
Portugal! 

En el moderno Larousse, también ya citado, leemos esto: 
«SÉPHARDIN : nombre que se daba en la edad media a los fusi- 
les de España y de Portugal». ¿A los fusiles? ¡ Qué casualidad ! 
Porque ése era precisamente el nombre que se daba en la edad 
media a los judíos de España y de Portugal. 

Esta misma enciclopedia, en su artículo sobre nuestro Sar- 
miento, dice que el gran hombre «se voua á la propagation de 
Vinstruction publique et a la création d'un outillage national». 


12 


+ 178 > 


Ahora bien: outillage significa, a elegir: «juego de herramien- 
tas» y «equipo del obrero»; ¿y a crear esto se consagró Sar- 
miento? ¿se confirma así aquello de que Sarmiento tenía co- 
sas de loco?... Hay que elegir entre este extremo y el otro: 
que estamos en presencia de una traducción irrisoria de «ar- 
senal», por alusión al arsenal de Zárate. 

Que el diablo ha hecho de las suyas en esta enciclopedia lo 
demuestra claramente su definición de «triálogo», que es ésta : 
«diálogo entre tres personajes». 

Podría decirse que, por tales desatinos, este Nouveau La- 
rousse Illustré se muestra sucesor indigno de su glorioso antece- 
sor, el Grand dictionnaire universel du XIX:. siecle, si no fuera 
que hay en esta última obra varias cosas que hacen pensar en 
la posibilidad de un caso de infección congénita. Porque ¿qué 
dice el glorioso antecesor en la primera columna de la pá- 
gina 1095 de su tomo vi? Lo siguiente: «Río de la Plata, fleuve 
de l'Amérique du Sud... doit sa dénomination... soit a cause 
de la limpidité de ses eaux (sapristi!) soit plutót parce qu'il 
coule des paillettes d'argent» (sacré nom de nom d'un chien !) 
. .. los juramentos son míos, y pido al lector que los perdone. 

El diccionario de la Academia española no es enciclopédico ; 
pero marcha hacia esa meta con paso precipitado, en su afán 
de inflar a fuelle batiente el vocabulario. Ya están representa- 
das en él, con la flor de sus tecnicismos, todas las ciencias, to- 
das las artes y todos los oficios. Por consiguiente, como conato 
de enciclopedia, esa obra puede ser citada aquí. El caso que da 
lugar a la cita es significativo: demuestra que la lexicografía 
española tiene características ingénitas y encomiables, que nues- 
tro D. Juan María, en un momento de ingenuidad, tomó por 
accidentales y censurables. Por naturaleza, un léxico español es 
un producto inimitable y también incomparable; el léxico es- 
pañol genuino es así porque el lexicógrafo español, también ge- 
nuino, es único en su especie; a él se refería disimuladamente 
Ariosto cuando dijo en su obra maestra: Natura il fece, e poi 
+ruppe la stampa. En su edición de 1925, el libro que limpia, 
fija y da esplendor dice: «Mula, hembra del mulo».:. En la 
próxima edición dirá, con el mismísimo acierto: «Sillón, ma- 
cho de la silla»... Porque en ambos casos la función sexual es 
la misma: si el mulo y la mula se ayuntan inútilmente, tam- 
bién se ayuntan el sillón y la silla sin que resulte de ello un ta- 
burete. Esta inutilidad es patente, la ve cualquiera; pero el 
instinto genésico de la Academia es tremendo, no obstante aque- 
lla célebre comprobación anatómica que hizo Domínguez... 

Ante estas cosas de la Academia española empiezo a indig- 
narme otra vez, por aquello de la comunidad de estirpe... 
Lector, mejor será que me despida de tí ahora, antes que se bo- 
rre de tus labios la sonrisa. 


Gramatología 


La neogramática del castellano 


Como en la crítica de la gramática tradicional que hago en 
Nuestra lengua hay sólo primeros principios y demostraciones 
fragmentarias de la gramática que están pidiendo, desde hace 
medio siglo, los progresos en la ciencia del lenguaje, presento 
aquí mi teoría completa de esta obra. 


FIN SOCIAL DE LA GRAMÁTICA 


Obra de una convención tácita, como es en su origen tanta 
otra institución social, la Lengua es variable por naturaleza, 
como el Hombre mismo, como toda manifestación de la vida hu- 
mana; aparte de que, por su razón de ser, como medio de co- 
municación espiritual entre los hombres, debe mantener sus ele- 
mentos sujetos a perpetua mudanza a fin de suministrar cons- 
tantemente nuevas formas de expresión a los nuevos modos de 
nuestro pensamiento en evolución perenne. El proceso de reno- 
vación celular continua, involuntaria e inconsciente, es la con- 
dición natural de todo organismo o cuerpo vivo, si entendemos 
por vida toda función orgánica, autónoma o subordinada; de 
ahí que, aun cuando la Lengua no es en realidad sino un reflejo 
de la actividad humana, podamos llamarla sin metáfora un or- 
ganismo, puesto que en ella se observa el proceso biológico uni- 
versal: la asimilación y la desasimilación, a los efectos del cre- 
cimiento, del desarrollo y de la desintegración final, que lleva 
a nuevas germinaciones iniciales en ciclos sucesivos. Nada pierde 
de su eficacia una lengua, a causa de esta instabilidad de sus 
elementos, mientras no salva los límites de una comunidad y de 
una generación; pero, cuando surge la necesidad social de ex- 
tender el uso de ella a otras comunidades y a nuevas genera- 
ciones, la legislación, la religión y la poesía intervienen para 
consolidar, por medio de la tradición, sus caracteres fonéticos, 
morfológicos, sintácticos y léxicos, a fin de promover a través 
del espacio y del tiempo, mediante la unidad de expresión, la 
unidad de pensamiento necesaria para la cohesión de los di- 
ferentes grupos sociales en el territorio, y para la continuidad 
de la acción y de la ideación nacionales en la historia. Sobre 
el habla popular, constituída por los diversos dialectos regiona- 
les, se asienta entonces el idioma común, cuya doble forma oral 


- 182 - 


y escrita es el medio general de comunicación entre los habitan- 
tes del país, la voz por todos entendida, que a todos hace cono- 
cer las manifestaciones de la vida común contemporánea, y que 
les transmite la memoria de los hechos y pensamientos de los 
comunes antepasados. Y el instinto de emulación que incita al 
hombre a descollar entre los de su círculo, tiende a afirmar este 
imperio del idioma común sobre el dialecto regional; porque en. 
el idioma común está la lengua culta, que es el índice del des- 
arrollo espiritual de un pueblo, y esta lengua, cuya forma eseri- 
ta son las Letras, ofrece a los más aptos, tanto en esa forma 
como en la oral, el medio de demostrar la altura de sus ideas y 
la depuración de sus gustos sobre el nivel inferior, y también 
sobre el mediano. 

Está, pues, en el orden de la naturaleza la diversificación 
constante del lenguaje por la alteración fonética, la diferencia- 
ción morfológica y la desviación semántica; tendencia que, me 
repito, es la condición necesaria de un organismo destinado a 
encarnar las múltiples y variadas impresiones intelectuales y 
sentimentales de los pueblos, euyos individuos se renuevan sin 
límite y sin tregua. Y precisamente contra este orden de la na- 
turaleza está el idioma común, cuya esencia es la invariabilidad 
«de sus elementos, como necesidad y razón de su existencia; esta 
clase de lenguaje representa la condensación artificial en medio 
de la delicuescencia natural. Y sólo así, esforzándose para man- 
tener la unidad de sus elementos, es como el idioma común 
puede obrar eficazmente sobre el habla popular, para realizar 
el fin social de uniformarla; al efecto, trata ante todo de su- 
plantar los dialectos regionales, e influye luego, con la lengua 
«culta que lo subdivide, sobre la lengua vulgar, que lo completa, 
para corregirla en lucha persistente contra sus inextirpables 
atavismos. Porque es la lengua culta en ambas formas, la oral 
y la escrita, la fuerza que hace que el idioma común se fije y 
3e mantenga en determinados caracteres. Y entonces, para en- 
señar el uso y para mostrar los recursos de esta lengua culta, 
de este medio indispensable de mantenimiento y difusión del 
idioma común, surgen la Gramática y el Léxico, textos que en 
sus orígenes latinos tenían por objeto explicar una lengua ajena, 
y que por esto, por la especial estructura que les impuso tal fin, 
y que se mantiene hasta hoy, han sido siempre inadecuados 
para explicar la lengua propia. 

De modo que es el principio de necesidad, manifiesto en el 
determinismo del instinto social del hombre, lo que lleva a la 
fijación de una lengua, en oposición al principio de libertad, que 
tiende a favorecer el cumplimiento de la ley natural de evolu- 
ción a que el lenguaje está sujeto. Una observancia estrecha de 
aquel principio de necesidad conduce a los extremos del puris- 
mo, fuerza conservadora que afirma su posición combativa en 


- 183 - 


el culto a la tradición literaria, y cuyo prevalecimiento, al 
substraer por completo la lengua culta a la influencia renova- 
dora, causa su anquilosis, su parálisis y su muerte; así como un 
acatamiento ciego a la ley de evolución, hostil a toda influen- 
cia tradicionista, causa la confusión por exceso de formas de 
expresión y tiene por consecuencia la desintegración del idioma 
común, su caída en el dialectismo, su pérdida como vínculo so- 
cial. De ahí que la subsistencia del idioma común dependa de 
su estabilidad constante en un punto en el cual ceda con difi- 
cultad a la fuerza revolucionaria que lo llevaría demasiado le- 
jos, aferrándose para ello a los principios conservadores. Esta 
es precisamente la misión de los escritores en cuanto a los des- 
tinos de su lengua : conciliar la necesidad con la libertad, la fi- 
jación con la evolución, rechazando constantemente los dictados 
absolutos del purismo y los caprichos irrazonables del vulgaris- 
mo. Surgen así dos de las «leyes del uso», siempre citadas por 
los gramáticos didácticos, nunca definidas por ninguno: la ley 
de conservación y la ley de renovación, fundamentales ambas, 
pero contingentes a causa de su recíproca acción contraria. 


CONCEPTO DE LA GRAMÁTICA 


Muy preciso y muy claro es, pues, en nuestros tiempos 
el fin de la Gramática: describir el carácter, la función y la 
combinación de los recursos idiomáticos para facilitar su acer- 
tado manejo, y propender así al mantenimiento y a la difusión 
del idioma común. Pero hay que advertir que nunca ha tenido 
el gramático este concepto del carácter práctico de su obra, y 
siempre ha cedido a la ambición de realizar más alta empresa : en 
lo antiguo hizo de la Gramática la introducción de la Filosofía, 
el medio de instruirnos en los principios constitutivos de la Ló- 
gica formal, esto es, en la psicología del entendimiento; y en la 
actualidad estamos viendo que sólo se ha librado de esta pre- 
ocupación para entregarse a otra, cuando trata de hacer de la 
Gramática la introducción de la Lingúística, el medio de ins- 
truirnos en los principios constitutivos del Lenguaje, esto es, 
en la embriología de las palabras. Inútil es decir que, cuando se 
subordina a la Lógica o a la Lingúística, la Gramática renun- 
cia totalmente a llenar el fin de explicar el uso técnico de la 
lengua, y la única aspiración que satisface es la filosófica de in- 
dagar el origen, la esencia y la razón de las cosas. 

A cualquier punto adonde dirija uno los ojos en el vasto 
campo de los estudios gramaticales no ve sino confusión en 
cuanto al concepto de la Gramática; y como nada se adelanta 
con tales confusiones, es bueno que — después de declarar la 
innegable utilidad de la gramática lógica para la Filosofía, 
de la gramática histórica para la Filología, de la gramática com- 
parada para la Lingiística y de la gramática clásica para la 


- 184 - 


Literatura — reconozcamos, confesemos y observemos la verdad 
de que en ninguna de esas gramáticas, ni en todas juntas, está 
la teoría de la lengua actual, es decir, la exposición de las 

* normas de su uso. Porque ni la expresión de las ideas está su- 
jeta siempre al raciocinio, que la gramática lógica analiza; ni la 
función de la lengua actual se rige por los antecedentes de su 
formación, que la gramática histórica investiga; ni las particu- 
laridades de cada lengua se explican por los rasgos comunes 
de todas ellas, que la gramática comparada describe; ni es fae- 
tible, ni necesario, ni siquiera deseable, que el idioma común se 
modele por el lenguaje literario, que la gramática clásica ex- 
plica. 

Indudablemente en la Gramática, lo mismo que en el Die- 
cionario, están Jas formas cultas que reemplazan a las vulgares 
en la elocución de las personas ilustradas; pero lo que consti- 
tuye el caudal más considerable en tales obras no son esas for- 
mas refinadas sino las que usan en común los cultos y los vul- 
gares. Por consiguiente es erróneo el concepto de la Gramática 
que presenta a la lengua culta como el conjunto de las expresio- 
nes privativas del lenguaje académico o literario, lenguaje que 
es la organización lógica o la modelación artística del habla; en 
la Gramática, y también en el Diccionario, la lengua culta com- 
prende mucho más que eso: es el idioma común depurado de 
las expresiones que han sido declaradas vulgarismos y refinado 
con las formas selectas que los substituyen. 

Otros dos conceptos erróneos de la Gramática hay que co- 
rregir: el de los cientificistas de la Lingúística para quienes la 
enseñanza teórica de la lengua es inútil porque «no se habla 
por reglas gramaticales», y que tienen a la lengua vulgar por 
«lenguaje genuino» y a la lengua culta por «artificio»; y el 
de los teóricos de la Crítica, para quienes la voz pública es la 
ley suprema del lenguaje. A los primeros hay que decir que la 
Ciencia se asienta en la Civilización, y es insensato asestar ha- 
chazos a la rama en que cabalgamos; y que su amor naturalista a 
lo inculto se reconciliará con el respeto social a lo culto, si con- 
sideran que está en la naturaleza que, al lado del cardo silves- 
tre, florezca el rosal maravilloso. Y a los segundos hay que de- 
cir estotro: pretender que la Gramática ha de subordinar la 
lengua culta a la vulgar, por la razón demagógica de que la 
fuerza está en el número, es ignorar a la vez el fin social de la 
Gramática y la escala de valores que está en todos los órdenes 
de la naturaleza; y hay que decirles también que, cuando para 
favorecer a la licencia desorganizadora, se funda en el jus el nor- 
ma loquendi el principio de que el uso de la lengua es arbitra- 
rio, se falsea deliberadamente, o no, la sentencia horaciana de 
que «el uso es el árbitro que establece la ley y la norma del 


- 185 - 


lenguaje». ¿Debo agregar que, una vez estabiecida, la ¡ey obliga. 
a todos, el árbitro inclusive, hasta que una nueva sanción la. 
cambie ? 


ORÍGENES DE LA GRAMÁTICA CASTELLANA 


La fijación del castellano se afirma en el siglo xv1, cuando, 
consumada la reconquista de la Península e iniciada la explo- 
tación de América, hay en España holgura y riqueza sobradas, 
en las clases superiores, para que el cultivo de las letras cunda 
copiosamente, mientras la Imprenta divulga el libro con más 
celeridad y amplitud que el copista. Aparecen entonces las gra- 
máticas destinadas a sceundar la acción de la lengua culta en la 
empresa de mantener y difundir el idioma común: a la de Le- 
brija, en 1492, siguen las de Busto (1533), Valdés (1535), Mu- 
ñoz (1583), Abril (1583), Patón (1614), Correas (1627) y Vi- 
llar (1651) dentro de España, y otras tantas fuera de ella, por- 
que el castellano es el idioma extranjero que más se estudia en- 
tonces en Europa; pero la escritura es el primer recurso auxi- 
liar para la fijación de la lengua, y la Biblioteca de La Viñaza 
cita 55 tratados de ortografía castellana publicados en los si- 
glos XV, XVI y XVII 

Durante estos siglos el castellano va consolidándose cada 
vez más en sus caracteres, principalmente dentro del lenguaje 
literario, mientras a los clásicos del siglo de oro suceden otros 
escritores; y por esto parece que se va acercando el momento 
de que se repita en España el hecho histórico citado por Lebrija, 
de que los primeros gramáticos «fueron vencidos de los que 
después dellos escribieron»; porque la fijación no puede ser ab- 
soluta, y la lengua culta, de la cual la literatura toma su len- 
guaje, va variando con el tiempo, y por tanto a los viejos mo- 
delos hay que substituir los nuevos; pero en España esta subs- 
titución no se produce. A principios del siglo xvi, el castellano 
literario, instigado por Luzán, intenta emanciparse del servi- 
lismo a los dechados del siglo de oro, para asimilarse formas 
francesas que amplíen o modernicen las castizas, y esto provoca 
la reacción conservadora, que, extremando su actitud, quiere 
cristalizar el lenguaje literario en el molde clásico. Como avan- 
zada de esta fuerza y sostenes de tal propósito aparecen las gra- 
máticas de Gayoso (1743), Gargollo (1768), San Pedro (1769) 
y Puig (1770) hasta que la Academia, poniéndose al frente de 
la reacción ya preparada por su Diccionario de Autoridades, 
lanza al campo de batalla su primera gramática en 1771, y hace 
de ella tres ediciones más antes que acabe el siglo; entretanto 
Garcés aporta en 1791 el contingente de su código purista, y los 
retóricos, apoyándose en Forner, Vargas Ponce, Capmany y 
Hermosilla, luchan también a brazo partido con los innovado- 
res, que han empezado con Feijoo y han culminado en Cienfue- 


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gos. El arma de los reaccionarios, gramáticos y retóricos, es el 
prestigio literario de los escritores del siglo de oro; he ahí la 
causa del hecho sorprendente de que, confundiéndose en esa 
lucha el prestigio literario con la idoneidad gramatical, los au- 
tores que sólo podían ser maestros de la lengua en su tiempo 
quedan consagrados como tales dos siglos después, en el xv, 
y pasan a serlo en el x1x, y también en el actual, y lo serán por 
toda la eternidad, salvo que aprendamos alguna vez a ver el 
castellano tal como es realmente, y no tal como querrían verlo 
los que adoran el pasado, menosprecian el preseute y del por- 
venir no se cuidan. 

Desde la de Lebrija hasta la de la Academia, tienen todas 
estas gramáticas de los primeros siglos del castellano la misma 
base aristotélica, la misma estructura donatiana y el mismo es- 
píritu dogmático de la obra del Nebrisense; y éstas son todavía 
las características de la gramática contemporánea. El escolás- 
tico en función de humanista descendía sólo a ocuparse con las 
«lenguas vulgares» para demostrar su filiación latina, propósito 
que lo llevaba a descartar en ellas toda particularidad que no 
pudiera explicarse así, y a atribuirles en cambio caracteres que 
les eran desconocidos; y hoy todavía Cejador, embrollando el 
significado con la función, nos habla de «participios deponen- 
tes» en el mismo libro en que declara su desdén a «la música 
celestial que se tocaba en las escuelas latinas, y por rutina en 
las castellanas» (La lengua de Cervantes, t. 1, pp. 226, 293). 
Más lejos aún va Robles Dégano, que, haciendo el mismo em- 
brollo, ha descubierto la existencia en castellano de la voz me- 
dia de la lengua griega (Gramática general, p. 175). 

A esta preocupación del escolástico se agregan natural- 
mente, en la obra de la gramática, todas las que caracterizan el 
sistema que subordina la filosofía a la teología. Partiendo del 
dogma que hace «artículo de fc» de la excelencia gramatical 
atribuída a la elocución clásica, elevada sin libre examen a la 
categoría de perfecto modelo, el gramático se abraza al cómodo 
empirismo para enumerar los hechos sin establecer sus normas, 
esto es, para analizar formalmente los elementos de la elocu- 
ción sin referirlos a las leyes de la lengua, lo que lo lleva, en 
cuanto a principio, a explicar la Lengua por la Lógica, des- 
pués de haber deducido de la Lengua la Lógica, y en cuanto a 
método, al desgraciado sistema de la regla desmentida por la 
excepción; y recurre a su sutileza de casuísta para atribuir ín- 
Aole moral a las formas de expresión, a fin de aplicar a la ense- 
fñanza de la lengua los principios éticos de su método didác- 
tico, y a fin de que, en este conflicto fantástico del bien y el 
mal gramaticales, pueda decidirlo todo el arbitrio de su pro- 
pia autoridad. Por su carácter, esta gramática es, pues, un 
análisis de formas, sin síntesis que las refiera a modos; y por 


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su método es un cuerpo de doctrina, en el que el criterio de au- 
toridad reemplaza a la investigación científica, y en el que, 
por consiguiente, el magister dixit es el principio y el regis ad 
exemplar, la imitación servil, el canon. Y por obra de esta gra- 
mática escolástica, desde temprano quedó establecida, como he 
dicho ya, «la moral gramatical», que hace de la lengua un ente 
sujeto a Pureza y a Corrupción, términos que trasuntan el 
mito poético del Paraíso y la Caída, y el dogma religioso de la 
Gracia y el Pecado... preocupación teológica de los gramáticos 
que embargó también, por atavismo, a los primeros lingilistas 
del siglo xIx, para quienes las lenguas del mundo, maravillo- 
sos jardines en la antigúedad, habían degenerado en vil maleza. 
Mientras la Gramática se hace así en España, siempre 
amoldada al patrón originario, los solitarios de Port-Royal des- 
arrollan la teoría alejandrina repetida por Sánchez el Brocense 
en 1587, y descubren en 1660, mediante la especulación filosó- 
fica, que las lenguas se rigen por principios comunes y pueden 
reducirse a la unidad; y siguiendo esta tendencia, un siglo más 
tarde, en 1767, Beauzéc escribe su Gramática general o «expo- 
sición razonada de los elementos necesarios para servir al estu- 
dio de todas las lenguas». A los ideólogos, exaltados nominalis- 
tas, seduce esta teoría de la unidad de las lenguas, que con- 
firma su doctrina filosófica, y empieza entonces la serie de las 
gramáticas generales en Francia, y luego en España cuando, 
después de la traducción que hace Caamaña (1822) de la Gra- 
mática general por Destutt de Tracy, vemos a Hermosilla en 
1835, a Arbolí en 1840, a García Luna en 1845 y a Balmes en 
1847, que, atentos a atrapar a la inasequible Quimera de la len- 
gua universal, publican también sendas gramáticas generales. 
Tan altos ejemplos incitan a los gramáticos del castellano a 
aplicar esa misma ciencia especulativa a la explicación de nues- 
tra lengua. Al efecto, piden sus luces a Condillac, que en 1756 
ha escrito su gramática deductiva, en la que intenta demostrar 
cómo la Lengua puede ser espejo fiel de la Lógica, para justifi- 
<ar su apotegma de que «una ciencia es una lengua bien hecha»; 
y como producto del esfuerzo de ellos en igual sentido surgen las 
gramáticas lógicas, mejor dicho: filosóficas, que crean tantas 
filosofías gramaticales como textos. Persisten en todas estas 
obras las características escolásticas del criterio de autoridad, 
del análisis formal y de la moral gramatical, y su única nove- 
dad está en una terminología abstrusa, en una argumentación 
ergotista y en una dialéctica trascendentalista, que hacen de 
esos textos, no manuales de gramática, sino tratados de metafí- 
sica. Calleja (1818), Noboa (1839), Flórez (1853), Fernández 
Monje (1854), García (1854), y los anacrónicos Brenes Mesén 
(1905) y Robles Dégano (1922) son los representantes más 
<onspicuos de esta escuela, que se cuida poco de la lengua y 


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mucho de encasillar el examen de ella en divisiones más filo- 
sóficas que las ortodoxas, sin que por eso el examen dé más lu- 
ces. La controversia interminable es la característica de esta es- 
cuela, empeñada en resolver el insoluble problema de subordi- 
nar la Gramática a la Lógica, cuando no a la Metafísica ; desde 
hace un siglo están disputando sus adeptos unos con otros, a 
veces con los vivos y más frecuentemente con los muertos, so- 
bre la clasificación de las formas en categorías, y sobre la defi- 
nición de éstas, y sobre la ordenación de las funciones y sobre 
la nomenclatura de los diferentes órdenes; y entretanto segui- 
mos todos ignorando las leyes de la Lengua, por haberse he- 
cho cuestión primordial de las leyes de la Gramática... ¡Ah 
Racine inmortal! hay que repetir aquí tu célebre dicho: 


Avocat, il s'agit d'un chapon... 


lo que en paráfrasis castellana es: «Abogado, el pleito es sobre: 
si el perro se llevó o no el pollo cebado, y no sobre lo que Aris- 
tóteles escribió en su Política»... 


DESARROLLO DE LA GRAMÁTICA CASTELLANA 


Frente a las primeras manifestaciones de esta tendencia ul- 
tracientífica y contra el propósito purista de fosilizar la len- 
gua culta, se alza Salvá en 1830, ofreciendo una gramática. 
del castellano «según ahora se habla», en la que el principio de 
autoridad se asienta tanto en los clásicos del siglo de oro como- 
en los literatos posteriores, favorecidos al efecto por el autor 
con la dignidad gramatical del perfecto modelo. Su teoría inno- 
vadora es ésta: «Por muy respetables que sean las obras de 
nuestros mayores, no sólo no debemos ponernos por su autori-- 
dad en guerra abierta con el uso, reteniendo las palabras y gi- 
ros suyos que mira éste como anticuados, sino que tenemos un 
derecho incontestable a calificar algunos de contrarios a las re- 
glas gramaticales de aquella época, y a reputar otros por verda- 
deros galicismos o italianismos». Tal es la teoría, pero la prác- 
tica es otra; porque, cuando este gramático desaprueba algún 
pasaje de sus modelos, «indica su autoridad para el que prefiera 
seguirla». Este traslado al lector de las contradicciones del uso: 
— cuestiones insolubles para el criterio que no las juzgue a la 
luz de las leyes propias de la lengua — es justamente una de las. 
causas del desprestigio universal de la gramática tradicional. 

A Salvá sigue Bello, en 1847, por la vía de las innovacio- 
nes, con una tentativa tan débil como la de su predecesor para 
modificar los caracteres de la gramática tradicional : prefiere la. 
psicología espiritualista de los ideólogos a la lógica de los esco- 
lásticos para explicar algunos de los hechos gramaticales; modi- 
fica en parte la estructura alatinada del texto; corrige en uno 
que otro detalle la nomenclatura; y aquí y allá amplía y ahonda 


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«el análisis, pero sin salirse de lo formal. En esto último lo se- 
<unda Cuervo (1867), que se especializa más tarde en la inves- 
tigación histórica de las formas de expresión, y Caro (1870) 
«que se ocupa sobre todo de la ortología ; y los principales conti- 
nuadores de la obra analítica de Salvá y de la obra teórica de 
Bello son Suárez (1885) y De la Peña (1898). De modo que a 
simples retoques de la estructura gramatical y de su termino- 
logía, y a la ampliación del material de análisis, y a la exten- 
sión y profundización de la crítica siempre formal, y a un eri- 
terio menos estrecho que el de los puristas para la selección 
de los perfectos modelos, se reduce toda la obra de innovación 
realizada por la generalidad de los gramáticos, inclusive la Aca- 
<lemia, que, junto con los ya nombrados, desarrollan sus activi- 
dades durante el siglo pasado y el presente, desde Martínez Ló- 
pez (1841), Avendaño (1844), Benedetti (1871), Martí (1876), 
Salleras (1877), Martínez García (1881), Díaz Rubio (1884), 
Isaza (1889), Nonell (1890). Monner Sans (1893) y Santa Ola- 
lla (1898), hasta Constantín (1900), Pérez Barreiro (1900), 
Padilla (1903) y Selva (1915). 

Durante el último cuarto del siglo pasado cambia funda- 
mentalmente el concepto de la Gramática, como teoría cientí- 
fica de las lenguas, cuando los neogramáticos de la Psicología 
Colectiva, inspirándose en Steinthal, establecen el principio de 
que la evolución del lenguaje, tal como la presentan las com- 
probaciones de la gramática comparada, se rige por leyes incons- 
«cientes y constantes, sobre las cuales la acción individual no 
ejerce influencia alguna. Esta teoría determinista contradecía 
resueltamente el principio tradicional que veía en la Lógica y 
en el Arbitrio, esto es, en la Razón y en la Voluntad del hom- 
bre, las causas eficientes de las formas del lenguaje, y que con- 
sideraba las modificaciones de las lenguas como fruto de un 
esfuerzo racional que tendía siempre a lo mejor, de una ma- 
“nera más o menos consciente o deliberada. La nueva teoría gana 
terreno rápidamente, y en el campo de la gramática didáctica 
empieza entonces a vislumbrarse la posibilidad de explicar los 
recursos gramaticales, no por la Lógica y el Arbitrio, sino por 
la relación natural de las formas de expresión con los estados 
«de conciencia y con los movimientos del ánimo que los coordi- 
nan; y así va afirmándose cada vez más la convicción de que 
la lengua no es una cosa hecha sino una obra en curso, no es un 
«depósito sagrado que hay que conservar incólume e invariable, 
sino un caudal propio que cada generación maneja y reforma 
según sus necesidades especiales. 

En España, de esta posibilidad de explicar la Lengua por 
la Psicología se percata Benot, que comulga con Destutt de 
Traoy ante el altar de la gramática general, y que en 1890, con 
Arquitectura de las lenguas, abre la primera brecha en el cas- 


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tillo de la gramática tradicional, cambiando su técnica funda- 
mentalmente, al substituir el análisis lógico, instrumento de la 
Escolástica, por el análisis ideológico, instrumento de la Psico- 
logía; y por esa vía asaltan la fortaleza Cejador (1905), Lan- 
chetas (1908) y Alemany (1917), autor de las dos últimas edi- 
ciones de la gramática académica. Luego secunda a éstos Lenz, 
con La oración y sus partes (1920), plausible ensayo de gra- 
mática general inductiva, que, fundándose en los principios for- 
mulados por Wundt sobre el lenguaje, hace el análisis esencial 
de los recursos gramaticales para establecer sobre una base no 
ya puramente lógica, sino también psicológica, las clasificacio- 
nes y definiciones que constituyen la técnica gramatical. Para 
este análisis el autor busca sus materiales tanto en los idiomas 
de la civilización como en el habla de los pueblos que llama eufé- 
micamente «de baja cultura», aunque no tenga ninguna; y pro- 
cede así porque se ha propuesto construir un molde gramatical 
adaptable a todas las lenguas. Al efecto, investiga sólo la ela- 
boración del pensamiento a la luz de las formas de expresión, 
esto es, examina lo que podría llamarse la faz interna del len- 
guaje; y de la faz externa, es decir, de la transmisión del pen- 
samiento, no se cuida; no atiende a la relación espiritual entre 
el que habla y el que escucha, no comprueba cómo la forma de 
expresión se subordina a la impresión que se desea causar, no 
estudia la manera que tiene de reflejarse en el habla nuestra 
necesidad de ser comprendidos a un tiempo por ambas vías, 
esto es, lógica y psicológicamente. En otras palabras, el por qué 
o la causa eficiente de los recursos gramaticales es el tema de 
este libro, que del para qué o la causa final nada dice; el ins- 
trumento es lo que deseribe y no su modo de obrar; lo que se 
explica porque el autor no concibe la Gramática como texto de 
enseñanza de la lengua, sino como tratado científico preparato- 
rio de la Lingúística. Su teoría es que la lengua propia puede 
y debe aprer.derse con el ejercicio del habla, de la lectura y de 
la composición, método mecánico que, dicho sea entre parénte- 
sis, es tan insuficiente como el otro, el doctrinario; sin embargo, 
aquí y allá, una que otra vez en el curso de sus publicaciones, 
Lenz reconoce la utilidad de la gramática didáctica para «escri- 
bir el lenguaje literario»... Date obolum Belisario se ha di- 
cho magnánimamente este naturalista al pensar en nuestra po- 
bre lengua culta, antinatural, artificial, hechiza... 

Ahora bien: nada de toda la innovación que queda aquí 
relacion: da ha alterado la base de la gramática tradicional: el 
método de examen sigue siendo empírico, y el principio de auto- 
ridad, del ejemplo literario, algo atenuado desde Salvá y Bello, 
y descartado por Benot, se restablece en Cejador y en Lanche- 
tas, y vuelve a cobrar todo su imperio en Alemany. Mantié- 
nese, pues, el perfecto modelo; subsiste el análisis formal pura- 


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mente, sin referencia a las leyes propias de la lengua, esto es, 
a las necesidades lógicas y psicológicas de la expresión; y el ar- 
bitrio sigue siendo el alma máter de la Gramática... voila 1'en- 
nemi!... Y este mal que aflige a la Gramática, por no haber 
cambiado con los tiempos, ha acabado por hipertrofiarla: es 
una consecuencia inevitable de la falta de síntesis — saludable 
proceso eliminativo de los residuos de la asimilación — el des- 
arrollo hiperbólico del análisis, que en los textos más recientes 
asume ya caracteres atomísticos, comparables con los de las gra- 
máticas históricas del castellano, que desde Farré (1886), Mu- 
gica (1891), Dobranich (1893), Araujo (1897) y Torres (1899), 
hasta Menéndez Pidal (1904), Hanssen (1913) y Diego (1914), 
son la simple reproducción libresca de los monumentales fiche- 
ros en que se concreta y resume la erudición mecanizada. Baste 
aquí esta escueta mención de tales libros, que sólo se ocupan en 
investigar la formación de los elementos idiomáticos, lo que 
nada explica de la función actual de ellos, porque hace ya mu- 
cho tiempo que no hablamos etimológicamente cuando hablamos. 
Vuelvo al tema. Esa hipertrofia de la gramática contemporánea 
revela que el gramático ha caído en el extremo de creer que la 
Gramática debe ser, como el Diccionario para las palabras, el 
catálogo de todas las formas de expresión posibles; y en el cuer- 
po de sus textos hay ya varios órdenes alfabéticos, aparte de 
las llamadas «copias» en la sintaxis... recursos que son el me- 
dio socorrido de cubrir la falta de clasificación científica. 
Pero, para suplir la ciencia, está el aparato cientificista, 
que refunde el saber en el conocimiento de la minucia, y el en- 
tendimiento en la capacidad para discernirla, y el talento en 
la habilidad para realzarla. Este criterio resuda en todos los 
libros analíticos que acabo de citar, para cuyos autores la mi- 
sión de la Ciencia no es elevar al hombre sobre la naturaleza, 
a tal altura que la comprenda en sus generalidades, sino ente- 
rrarlo en ella, y trastornarlo, despavorirlo y pasmarlo con la 
interminable exhibición de sus particularidades. Tal vez esta 
afición a la minucia es un rezago de la sutileza escolástica, que 
por atavismo reaparece en el estudioso de estos tiempos. Sea 
ello como fuere, de ahí parte el absurdo de que el gramático 
de esta escuela se empeña en ver en la lengua lo que no ve en 
ella el que la usa; y entre otras cosas, se deleita en analizar uno 
a uno los elementos de las locuciones, tratando como asociacio- 
nes libres las unidades indisolubles que esas formas compuestas 
o correlativas constituyen, ya sea con núcleo variable o invaria- 
ble. Este propósito de compilar todas las formas de expresión 
posibles, sobre ser irrealizable es innecesario: la tradición oral 
y escrita es el medio natural de conocerlas, y lo que debe expli- 
car la Gramática es la fórmula, la manera normal de combinar 
los elementos que componen las formas. Pero esto es peccata mi- 


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muta en las gramáticas contemporáneas; paso a considerar 
sus atentados contra la Razón, contra la Verdad y contra el 
Método... Porque, ingrato es decirlo, el espíritu de los gra- 
máticos de este siglo es todavía el mismo que observó el Bro- 
ense en sus tiempos: Grammaticorum turba plane sensu com- 
“muni caret... 


FALSAS BASES DE LA GRAMÁTICA TRADICIONAL 


Es evidente que la gramática hecha con el criterio de que 
-el mérito literario implica la idoneidad gramatical, y fundada 
por eso en la elocución de los escritores clásicos y de los imita- 
dores subsiguientes, no puede aspirar sino a explicar la lengua 
«de tales autores. Por grande que sea, el prestigio de una litera- 
tura clásica y seudoclásica no llega a tanto que cristalice a per- 
petuidad la lengua culta; ésta, en el uso de la generalidad de 
los oradores y escritores, está sujeta, aunque en menor medida 
que la vulgar, a la influencia renovadora, porque tal es la con- 
dición natural de toda lengua, y a ella no se substrae el idioma 
«común sino en parte. 

Aparte de que en todas las literaturas hay escritores que 
son a un tiempo literariamente eximios y gramaticalmente inco- 
rrectos, y por eso es falsa la base de la gramática que considera 
perfectos modelos a los escritores clásicos y a sus imitadores, 
-sin previo examen de sus títulos gramaticales; y aparte de que 
la lengua varía con los siglos, y lo que era corriente ayer es 
raro hoy y habrá desaparecido mañana, por lo que también 
.es falsa la base de la gramática que considera como mejores las 
formas de expresión antiguas; aparte de esto, hay que advertir 
que en ninguna literatura está, ni podrá estar nunca, todo el 
idioma común; por lo que es falsa también la base de la gra- 
mática que, al dar carta de privilegio a las formas de expresión 
.que aparecen en las letras, y encartamiento de proscripción a 
las que no han tenido la suerte de figurar en los libros, es sólo 
“una representación incompleta de los recursos gramaticales de 
la lengua. En el siglo xv1, y aun en el xvi, el gramático podía 
aspirar a imponer al idioma común en cierne el patrón del len- 
guaje literario; pero en el siglo xvim y en el xrx el idioma co- 
mún llegó a la plenitud de su desarrollo, y desde entonces no 
«cabe ya en tan estrecho molde. 

Ahora, si del principio que establece la materia de ense- 
ñanza pasamos a considerar el método de la gramática tradicio- 
nal, hay que decir que la eficacia del libro doctrinario era posi- 
ble en los tiempos en que la Escolástica tenía el cetro en el 
mundo intelectual, y el hombre debía pensar y obrar por man- 
-damientos. En la actualidad, cuando hace ya cuatro siglos que 
la mente humana se emancipó de la medieval tutela, y el libre 
«examen de la filosofía moderna ha substituído al dogma de los 


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escolásticos en todas las disciplinas científicas, una gramática 
que tenga su principio en la autoridad del perfecto modelo, y 
su método en el precepto afirmativo o negativo, es un anacro- 
nismo inaceptable. Y esto explica que, desde hace un siglo o 
poco menos, el mundo entero abomine a la Gramática, única 
ciencia positiva que no se ha emancipado aún de las especula- 
ciones de la Escolástica. 

En fin, en cuanto a la estructura del texto, esto es, a la 
técnica gramatical — al cuadro de clasificación de las palabras, 
de los complementos y de las oraciones, con sus definiciones 
más o menos metafísicas y con su nomenclatura más o menos 
filosófica, — hay que decir que cuatro siglos de tentativas frus- 
tradas debieron bastar para que se comprendiera lo irrealiza- 
ble de la empresa de encasillar los recursos gramaticales en divi- 
siones lógicas, porque el lenguaje humano no es obra de la ra- 
zón sino en parte, y en ningún tiempo ha correspondido a cada 
palabra o locución una función gramatical única, como tam- 
poco han tenido nunca un significado único las palabras o lo- 
<uciones. 

Ahora bien: a estos yerros fundamentales de la gramática 
tradicional en su principio, en su método y en su estructura, 
yerros que concurren a desautorizarla como obra científica, se 
agrega uno más: el de su eriterio empírico. que determina su 
absoluta ineficacia actual como obra didáctica. Este criterio 
es el Arbitrio, la apreciación personal, el elemento subjetivo 
mechado como enjundia en la relación de hechos del análisis 
«descriptivo. 

Al formarse el idioma común bajo la influencia de la len- 
gua culta, auxiliada por el lenguaje literario que es su flores- 
cencia, quedaron establecidas las normas del uso, esto es, las le- 
yes propias de la lengua; y cn la gramática tradicional apunta 
el Arbitrio cuando se presenta como perfectos modelos del buen 
decir a determinados escritores. Para la Escolástica, tales auto- 
ridades son el hecho primero, la realidad suprasensible, el prin- 
cipio insondable e indiscutible, la verdad intuitiva, el dogma, 
en fin, que necesita su cómodo empirismo para ahorrarse la in- 
vestigación y exposición de las leyes propias de la lengua. He 
ahí cómo la gramática tradicional está inculeando desde hace 
siglos la falsa idea de que es el Arbitrio el que preside el uso 
«de los recursos gramaticales. A juicio de sus empíricos autores, 
la elección gramatical de las múltiples y variadas formas de 
expresión es una cuestión de «gusto», que se hará de «buen 
gusto» si se imita al perfecto modelo presentado; y así se ha 
establecido y se mantiene el absurdo tradicional de que hablar 
y escribir bien en lo gramatical es un arte, una cuestión de inge- 
nio, una habilidad que sólo puede adquirirse por imitación, sal- 
vo el raro caso de que se tenga por don natural; cuando en rea- 


13 


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lidad es una cuestión de técnica, de conocimiento y aplicación 
de las leyes nada estéticas que, como fruto de una laboriosísima 
convención tácita dentro de cada lengua, han creado los dife- 
rentes recursos gramaticales, y asignan a éstos un lugar deter- 
minado en la frase, según el modo de pensamiento que se quiera 
expresar. 

Ante el hecho manifiesto de que los escritores no coinciden 
en su manera de usar los recursos gramaticales, el Arbitrio 
aparece nuevamente en la gramática tradicional cuando el gra- 
mático se erige en juez que acepta a unos escritores y rechaza 
a otros, mediante un fallo siempre interesado, porque es favo- 
rable para el escritor que confirma la doctrina formulada, y 
desfavorable para el que la desmiente. Al efecto, el gramático 
crea una entidad que denomina «el uso» y que no define; de 
lo que resulta que tal entidad indefinida es simplemente el ar- 
bitrio personal del gramático mismo, que completa con su pro- 
pia autoridad el cuadro de sus autoridades ejemplares. 

Luego, y aquí se evidencia una vez más el Arbitrio, la Es- 
colástica no admite que se pongan en tela de juicio sus mode- 
los; y así como llamaría blasfemo y réprobo al que pretendiera 
desconocer la idoneidad gramatical de sus escritores ejempla- 
res, así también llamaría hereje y condenado al que pensara que 
lo que ella presenta como texto sagrado puede ser espurio. Sin 
embargo, como el autor mismo no ha impreso sus libros, no es 
posible saber qué hay en ellos que sea propiamente de él, y no 
del copista, o del impresor, o del reeditor, o de la «mano de 
gato» del gramático. Cuando se trata del castellano clásico y 
preclásico ¿dónde están los textos genuinos o fidedignos? No 
sólo en el contenido hay discordancia, sino hasta en el nombre 
de los autores y en el título de las obras: a un Lebrija se opone 
un Nebrija, y a un Diálogo de las lenguas un Diálogo de la len- 
gua; ni siquiera sobre el valor fonético de las letras hay acuer- 
do: todavía estamos sin poder saber si la equis del Quixote era, 
en vida de Cervantes, una gutural o una paladial... Vuelvo a 
los textos. Comúnmente se trabaja con las ediciones del siglo 
xix, con la de Rivadeneyra sobre todo. ¿Qué sucedió a Cuervo 
cuando, en lo mejor de la tarea de su monumental Diccionario, 
notó de pronto que los textos de que se servía como autoridades 
estaban plagados de errores indoctos y de correcciones doctas ? 
Se le cayeron los brazos, vió que su coloso tenía los pies de ba- 
rro, y suspendiendo su obra se puso a estudiar afanosamente el 
castellano antiguo en sus fuentes prístinas, con la esperanza de 
vencer la tremenda dificultad de reconstruirlo, como bien o mal 
lo había hecho ya, con respecto al francés, su inspirador Littré. 
¡Y en esos textos infieles buscan sus ejemplos los gramáticos ! 

Se explican, pues, el desconcierto y el desaliento del que, 
eon espíritu investigador, consulta la gramática tradicional 


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para resolver sus dudas sobre la elección de los recursos gra- 
maticales. A menos que se trate de un ente servil, nacido para 
imitar a ciegas y por mandato, el escritor aspira a resolver ta- 
les dudas por el conocimiento del mecanismo propio de la len- 
gua, para ajustar a él sus expresiones; y se le va el alma a los 
pies cuando advierte que no hay acuerdo entre los escritores so- 
bre el uso de los recursos gramaticales, y que, aun entre los es- 
tilistas, más de uno contradice a otro en eso, y a veces se con- 
tradice a sí mismo. Esto lo lleva a pensar que, aun cuando todo 
es orden en la Naturaleza, en la Lengua todo es desorden... 
¿Qué hacer ante la contradicción o ante la diversidad? Ante 
la contradicción, atenerse al fallo del gramático; ante la diver- 
sidad, apelar al gusto propio; lo que importa, en ambos casos, 
decidir la cuestión por el arbitrio. 

En fin— y ésta es la evidencia palpable del imperio del 
Arbitrio en la gramática tradicional — entre los gramáticos es 
fatal e irremediable la divergencia de sus juicios sobre el valor 
ideológico de los recursos gramaticales y de sus combinaciones, 
como también sobre el grado de autoridad de sus perfectos mo- 
delos; y por tanto sus fallos sobre la corrección o incorrección 
difieren fundamentalmente. Algunos, en su obsesión purista, no 
vacilan en aplicar la ridícula razón de jerarquía literaria a la 
solución de las cuestiones gramaticales; dice Hermosilla : «licen- 
cia tolerable en un poeta como fray Luis de León, en otro de in- 
ferior nota sería reprensible» (Arte de hablar, 1869, p. 171). 
Al instituir al Arbitrio como soberano de la Lengua, cada uno 
de ellos se ha hecho a su vez esclavo de tal amo; y la facultad de 
opinar por impresiones, de preferir por simpatías, de decidir 
por tendencias, de introducir, en fin, el perturbador elemento 
subjetivo en la tarea analítica, es justamente la razón de ser de 
los gramáticos, lo que los crea, los nutre y los exulta... ¡Qué 
espectáculo el que ofrecen! Dentro de la ortodoxia misma, Sal- 
vá corrige a los puristas; y a Salvá, Martínez López; y a Mar- 
tínez López, Bello; y a Bello, Cuervo; y a Cuervo, Suárez; y a 
Suárez, De la Peña; y a todos, la Academia; y a la Academia, 
todos... Hay detalles sobre los cuales ningún acuerdo es posi- 
ble; por ejemplo, si tal nombre en tal frase está en acusativo, 
en dativo o en ablativo. Sobre esto, cada cual tiene su propio 
e invariable parecer, su convicción firme e inquebrantable, y se 
dejará desollar antes que renunciar a ella. 

— ¿Tan importante es la cosa? — preguntará el lector. 

No te rías, lector; lo mismo es en castellano acusativo que 
dativo y que ablativo; con cualquiera de estos marbetes latinos 
que se le ponga, cualquier nombre tendrá siempre en cualquie- 
ra frase la mismísima forma gramatical y la mismísima fun- 
ción de complemento. 

— Y entonces ¿para qué pleitear sobre el caso? 


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- 196 - 


Para pleitear sobre algo; porque, si se le quitara al gra- 
mático escolástico el recurso del distinguo, del tránseat, del con- 
<edo, del nego y del ergo, dejaría inmediatamente su oficio, que 
habría perdido para él todo atractivo. 

De modo que el escritor que recurre a la gramática tradi- 
cional para salvar su dificultad de elegir los recursos gramati- 
<ales, se encuentra con la estupenda revelación de que no hay 
Gramática, pero sí gramáticos, y en abundancia, y en disere- 
pancia. Ante esta Gramática incoherente y contradictoria, mons- 
truo policéfalo de tantas cabezas como gramáticos ha habido, 
el escritor estudioso renuncia a ocuparse de gramatiquerías; y 
en unos casos se decide a imitar sin comprende», y en otros a 
«optar sin discernimiento. Y como esto, en vez de satisfacerlo, lo 
fastidia, exclama desesperado: 

— ¡Oh! ¡la Lengua es toda arbitrio! 

No, eseritor amigo; la gramática tradicional es toda ar- 
bitrio. 

PRINCIPIOS DE LA GRAMÁTICA CIENTÍFICA 


Sea cual fuere el origen de las lenguas, cada lengua es una 
convención tácita; y la convención es siempre arbitraria en su 
base: principio quieren las cosas. Pero si la convención se es- 
tablece es justamente para que todos renuncien a la acción in- 
dividual facultativa, y todos concurran a la acción colectiva es- 
tipulada; y en el caso de la lengua, la estipulación comprende 
el uso de determinados elementos idiomáticos y la observancia 
de determinadas normas para combinarlos gramaticalmente. De 
modo que en ninguna época y en ningún pueblo los ereadores 
de la literatura han cercado la lengua, ni tales o cuales formas 
de ellas, por ejemplo, el artículo y el condicional de las len- 
guas románicas; su acción se ha limitado a realzar ciertas pa- 
labras y ciertos giros, ayudando con ello a la lengua culta en la 
formación, conservación y propagación del idioma común. Por- 
que el lenguaje escrito no es sino un instrumento en la em- 
presa de fijar y consolidar en determinados caracteres la len- 
gua de un pucblo; la tradición oral, que el lenguaje escrito re- 
fleja, es la fuerza que obra tal milagro, y del idioma común que 
así se va formando, o que así se ha formado, es de donde las 
leyes, la religión y la poesía sacan sus recursos de expresión para 
contribuir a mantener y difundir ese medio de comunicación 
espiritual. Para esto, los literatos y los gramáticos, y demás es- 
eritores, eligen lo que consideran las mejores formas, en lo que 
no siempre aciertan; como lo demuestra, en los tiempos de la 
fijación del castellano, la crítica de Valdés al lenguaje del Ama- 
dís de Gaula y al diccionario de Lebrija. La Gramática y el 
Diccionario fundados en autoridades desde hace sólo dos siglos, 
al principio por reacción purista y después por automatismo ru- 


1 


- 197 - 


tinario, nos han infundido la arraigada creencia de que los es- 
eritores antiguos crearon la lengua, y los clásicos la pulieron. 
La falsedad de esta presunción es evidente: si esos escritores 
se hubieran expresado en una lengua propia, cada uno en la 
suya o todos en una misma, nadie, fuera de ellos, los habría en- 
tendido, ni en vida de ellos ni después de ellos. Como ha suce- 
dido todo lo contrario, que han sido entendidos siempre, forzoso 
es reconocer que el lenguaje de esos escritores es simple testimo- 
nio de lo ya existente en su medio; esto es, de una lengua culta, 
florescencia de un idioma común, que funcionaba antes que 
ellos y junto con ellos, y que después de ellos ha sido el vehícu- 
lo indispensable para que la comprensión de su lenguaje lle- 
gara hasta nosotros. 

En cualquier momento de su existencia, la lengua precede, 
pues. al que la usa literariamente. El arte del escritor es la ex- 
presión justa, es decir, la exacta correspondencia de la palabra 
y del giro elegidos con el modo de pensamiento elaborado. Ahora 
bien: ¿cómo podríamos reconocer que la expresión de un eseri- 
tor es justa si no fuera porque nosotros, a la par del escritor, 
conocemos los elementos de nuestra lengua, y por tanto podemos 
inducir de la expresión, a través de las palabras y los giros que 
transmiten la idca, ciertos estados de conciencia y ciertos mo- 
vimientos del ánimo que los coordinan? De modo que no son 
una propiedad particular del eseritor, sino un bien común, los 
recursos de la lengua; y lo que caracteriza al estilista no es el 
uso de un lenguaje privativo, sino su acierto para manejar las 
formas de expresión comunes, que todos conocemos en lo esen- 
cial, aunque no todos podamos usarlas apropiadamente, a nues- 
tra vez, por falta de capacidad para discernir sus leves dife- 
rencias ideológicas. Es cierto que no hemos necesitado estudiar 
la Gramática para comprender lo que oímos o lo que leemos, 
comprensión que implica conocer, vocabulario aparte, la fun- 
ción técnica de los recursos gramaticales; pero también es cier- 
to que, si tenemos este conocimiento, es por la enseñanza gra- 
matical que de nuestras audiciones y lecturas hemos sacado; y 
de este estudio de la lengua no han estado dispensados nunca 
los hombres cultos: en cuanto a los clásicos del castellano, re- 
cuérdese cuán luminosamente refleja Valdés en Diálogo de las 
lenguas el celo al respecto de los escritores de su tiempo. Explí- 
case muy bien que despreciemos la gramática tradicional, y las 
razones de ello ya están dadas; pero de la ineficacia de esta 
clase de gramática no debemos inferir que el uso gramatical no 
tiene normas, y que cada cual maneja la lengua a su antojo, es 
decir, tiene el don maravilloso de expresarse en un lenguaje 
privativo, y de ser entendido a pesar de eso. 

En la acción que decide la expresión gramatical no hay ar- 


AN bitrio. Con toda la multiplicidad y variedad de sus recursos, el 


esencial de las palabras y de los giros, facultad que se desarro- 
lla extraordinariamente en algunos, hasta conferirles el don de 


A A. . 


- 199 - 


o lógico, como del afectivo o familiar, y del poético o artístico, 
pero sólo de sus normas gramaticales relativamente constantes 
e invariables, netamente caracterizadas, y con exclusión de toda 
otra; porque en materia de lenguaje, como en cualquier otro 
orden de la naturaleza, la complicada trabazón de los fenómenos 
hace absolutamente imposible su deslinde a los efectos de la 
clasificación, cuando, a la par de los casos típicos, se intenta 
considerar también los similares. Luego el gramático debe ha- 
cer de estas leyes el fundamento de su obra; y después de ha- 
berlas establecido pondrá en elaro, por médio de ellas, a qué 
modos especiales de pensamiento responden las diferentes for- 
mas de expresión, y hará ver cómo se justifica así la multiplici- 
dad y variedad de los recursos gramaticales. No en la Lógica ni 
en la Estética sino en la Psicología es donde hay que realizar tal 
investigación, de la que resultará que el lenguaje humano es 
un compuesto de sensibilidad, de razón y de arte. De ahí que 
la Gramática sólo pueda hacer el análisis ideológico de los re- 
cursos gramaticales; y que corresponda a la Estilística la ex- 
posición de los principios que rigen la elección expresiva de los 
elementos de la elocución; y que toque a la Retórica la descrip- 
ción de los medios de aplicación artística de estos elementos. 
Porque la función del lenguaje oscila entre los extremos de la 
Lógica y de la Estética, con la Psicología por medio; y de ahí 
que el Lenguaje sea una mezcla de sensibilidad, razón y arte. 

Y muy conveniente será, para la eficacia de su obra, que 
el gramático se cure de su tendencia secular a la empresa am- 
biciosa, limitándose al análisis del lenguaje exterior, y dejando 
al lógico el estudio de las relaciones entre la Razón y la Len- 
gua, y al psicólogo el de las relaciones entre la Conciencia, cen- 
tro de las apercepciones, y la Palabra, signo de las representa- 
ciones. Nada dificulta más la enseñanza de una materia prác- 
tica que las disquisiciones teóricas con que la recarga la erudi- 
ción pedantesca. La Gramática no debe seguir siendo, como 
ha dicho Horne Tooke creo, «una de las primeras cosas que se 
enseñan y la última que se aprende». 


LA LÓGICA EN EL LENGUAJE 


Mucha confusión reina en los textos acerca de las relacio- 
nes de la Lógica con el Lenguaje; confusión que procede unas 
veces de que no se distingue entre la lengua misma y su teoría 
gramatical, y otras veces de la tendencia a resolver con una 
afirmativa o negativa categórica una cuestión que es de suyo 
muy compleja. Se lleva y se trae a la Lógica a propósito de la 
manera de hacer la Gramática, y se la lleva y se la trae también 
para vincularla o desvincularla con las particularidades de las 
lenguas, a causa de que nuestro sentido de la relación natural 
pugna por establecer estas correspondencias: 


- 200 - 


1* entre la idea de la cosa y el sonido que tiene la palabra.. 

2* entre las categorías filosóficas y las categorías gramati- 
cales, que son las partes de la oración. 

3" entre las formas gramaticales, que son los accidentes de 
género y número, declinación y conjugación, y la clase de rela- 
ción que indican; 

4" entre la razón y la estructura de las palabras. 

Y aumenta la confusión la circunstancia de que hay auto- 
res que, en el primer caso, llaman «cosa» a la idea, y «pala- 
bra» al sonido; en el segundo, «formas» a las categorías; y en 
el tercero, «categorías» a las formas... Así como aumentan 
también la confusión los que afirman que el Lenguaje es a la 
vez el efecto y la condición del pensamiento lógico, porque las 
palabras son todas abstracciones o generalizaciones; como si el 
significado fuera el único carácter de la palabra, como si ésta 
no comprendicra, a más del significado, los elementos gramatica- 
les de la estructura, de la fonación, de la relación y del orden. 

En cuanto a la correspondencia entre la idea de la cosa y 
el sonido de la palabra que la expresa, en el principio, conside- 
rado el caso dentro de los estrechos límites de una sola lengua, 
se pudo pensar que había una relación natural entre ambos tér- 
minos. No se concebía que el lenguaje pudiera haber nacido de: 
otro modo; los indos, los griegos y los eslavones creían, cada 
uno por su lado, que los no indos, no griegos y no eslavones 
no sabían hablar sino gruñir, y por eso los indos llamaban a los 
extranjeros «bárbaros» (mlechchha), los griegos «deslengua- 
dos» (aglossoi) y los eslavones «mudos» (niemiec). Esta teo- 
ría de una lengua natural fué sostenida por los gramáticos de 
Alejandría, según los cuales todo en el lenguaje era analogía 
(conformidad con la razón) ; más tarde, los de Pérgamo sostu- 
vieron lo contrario, la falta de relación natural entre la idea 
expresada y el sonido elegido, y afirmaron que la base del len- 
guaje era justamente la anomalía (disconformidad) y el arbi- 
trio del uso. Luego, durante el Renacimiento, los humanistas, 
inspirándose en las especulaciones de Orígenes, corroboradas 
por san Jerónimo, formularon la teoría de la lengua única pri- 
mitiva, proclamando dogmáticamente que en el hebreo, la len- 
gua santa, estaba el origen de todas las lenguas de la humani- 
dad; y grandes esfuerzos etimológicos se hicieron entonces para 
probar a posteriori esa afirmación; esfuerzos que iban a repe- 
tir más tarde, en el siglo pasado y aún en éste, los fanáticos biz- 
caitarras del vascuence, presunta lengua madre del castellano. 
Las conclusiones últimas de la Lingúística tienden a presentar 
como más probable la teoría de la diversidad de las lenguas en 
su origen; y a esta inducción nos llevaría directamente el exa- 
men de las lenguas existentes, si no tuviéramos en cuenta que su 
estado actual es el resultado de una evolución de muchos mi- 


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llares de años. Puede ser y puede no ser que en las primeras 
formas del lenguaje de la humanidad haya habido una relación 
natural entre la idea y el sonido que la expresaba; pero, si tal 
relación existió alguna vez, en las lenguas actuales se habría 
perdido totalmente por obra de la alteración fonética: no hay 
una sola de ellas que no tenga homófonos, y esto es todo lo con- 
trario de la designación de un sonido especial para cada idea. 
Aparte de eso, la diversidad entre ellas, en cuanto a vocabula- 
rio, no puede ser más considerable: apenas hay tres palabras 
primitivas comunes al grupo de las principales lenguas euro- 
peas: vino, sal y saco; y en cambio tenemos, entre muchos otros 
casos análogos, que «bog» significa Dios en ruso, libro en nor- 
danés, nudo en húngaro, proa en sueco, pantano en inglés; ade- 
más, es evidente que cada lengua ha bautizado las cosas con el 
nombre de la característica que le parecía más saliente: en 
cuanto al «tornillo», por ejemplo, los griegos vieron en él la 
espira, y lo llamaron helix; los latinos el caracol: cochlea; los 
alemanes y los ingleses el surco que abría: schraube y screw; 
los castellanos su función giratoria de torno diminuto: tornillo ; 
los franceses y los italianos el sarmiento enroscado de la vid: 
vis y vite; y los portugueses algo que se parecía al huso: para- 
fuso. Podría alegarse que la teoría de la lengua única primitiva 
no implica necesariamente la unidad de vocabulario, y se funda 
más bien en la analogía de la estructura gramatical, sobre todo 
en la comunidad de las categorías, Pero, aparte de que hay len- 
guas que no tienen géneros, y aparte de que no son comunes a 
todas ellas las clases de número y de persona y de tiempo, si 
hacemos consistir la estructura de la hipotética lengua madre 
en la capacidad propia del hombre para distinguir la cosa de 
la acción, y el agente del paciente, y la situación de la cualidad, 
etcétera, tal hipótesis resultará ser una verdad pueril, puesto 
que con esa afirmación, que hace tabla rasa de la diferencia es- 
pecífica (vocabulario) y también del género (formas gramati- 
cales), no se habrá dicho sino que la mente humana es una sola 
entre los hombres. 

Sobre la correspondencia entre las categorías filosóficas y 
las gramaticales hay que decir ante todo que esta cuestión im- 
plica otra más trascendental, a la que acabo de aludir: la con- 
formidad o disconformidad de la estructura gramatical de las 
lenguas con los principios lógicos del entendimiento en la for- 
mación y expresión de las ideas. A mediados del siglo XvI sur- 
gió, por obra del Brocense, la teoría de la posibilidad de cons- 
truir una lengua universal de estructura filosófica, y en esa 
teoría, repetida por Leibniz, se inspiraron también los solita- 
rios de Port-Royal para afirmar que todas las lenguas, no obs- 
tante su diversidad de formas léxicas, eran obra de lógica en 
su estructura gramatical, y una sola en el mundo. Esta tesis, 


- 202 - 


sostenida en el siglo xv por Beauzée, fué madre infortunada 
de las «gramáticas generales» deductivas, textos doctrinarios 
que, partiendo del dogma de la unidad del lenguaje primitivo, 
dogma que la influencia de Leibniz no había destruído aún, se 
aplican a demostrar, fundándose en los caracteres comunes de 
las lenguas existentes, la posibilidad de la lengua filosófica ar- 
tificial; y sientan de paso la teoría, establecida en principio por 
Condillac, de que las lenguas actuales pueden ser regularizadas 
lógicamente, por dictado de los gramáticos y obra de los eserito- 
res, lo que da origen a las «gramáticas lógicas», mejor dicho, 
filosóficas. Estas gramáticas, las generales y las filosóficas, du- 
ran hasta mediados del siglo último, cuando las investigaciones 
de la Lingilística demuestran la inconsistencia de la teoría de 
la lengua lógica, porque la Lengua no es fruto exclusivo de la 
Razón, y la inconsistencia de la teoría de la lengua universal, 
ante la imposibilidad, revelada por la evolución natural del 
Lenguaje, de mantener su unidad a través del tiempo y del es- 
pacio. Tan estéril es la controversia que suscita esta última teo- 
ría, así como la no menos traqueada del origen de las lenguas, 
que la Société de Linguistique de París prohibe a sus miem- 
bros, desde hace cincuenta años, la presentación de comunica- 
ciones sobre uno y otro tema. En cuanto a la correspondencia 
entre las categorías filosóficas y las gramaticales, considerada 
esta cuestión no ya en su fondo sino en su forma, hay que decir 
que esto dependerá de que el gramático se subordine al lógico 
(o al revés, según la teoría de Sayce), para que uno ajuste su 
clasificación al cuadro que construya el otro. Al principio, y 
en todo momento en que haya prevalecido la lógica aristotélica, 
la concordancia ha existido, porque desde Dionisio de Tracia 
hasta Varrón, desde Varrón hasta Donato, desde Donato hasta 
Lebrija, y desde Lebrija hasta hoy, la totalidad de los gramáti- 
cos en el tiempo antiguo, y la mayoría en el actual, han preferido 
siempre la clasificación aristotélica. Decir, pues, que las cate- 
gorías filosóficas corresponden o no a las gramaticales, es ocio- 
so; eso dependerá siempre de la Lógica y de la Gramática que 
se comparen. Además, en este punto la Filosofía toca a la gra- 
mática didáctica no en lo esencial sino en un detalle de su es- 
tructura solamente; en la Filosofía, las categorías son concep- 
tos sintéticos fundamentales, que cada sistema o escuela abs- 
trae a su manera, pero en la gramática didáctica tales catego- 
rías sólo son un medio de dividir en partes los elementos de la 
oración a los efectos de su análisis descriptivo. ¿Acaso va a ser 
más eficaz la Gramática, como texto de enseñanza, porque re- 
nuncie a tratar por separado cada parte de la oración, y en 
cambio asigne sendos capítulos a la Relación, a la Cantidad, a 
la Cualidad y a la Modalidad, o a otras categorías filosóficas ? 
Puede asegurarse que, por el contrario, cuanto más sintética 


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quiera hacerse la clasificación gramatical de los elementos idio- 
máticos, tanto más generales serán sus términos, y por consi- 
guiente tanto más amplios en su extensión y vagos en su com- 
prensión; y dado el carácter analítico de la Gramática, la apli- 
cación a ésta de tales divisiones sintéticas sería un contrasen- 
tido. Convendría no confundir, so pretexto de gramática cien- 
tífica, el tratado de filosofía con el manual práctico. 

Por lo que se refiere a la correspondencia entre las formas 
gramaticales y la clase de relación que indican, se explica bien, 
por la limitación de los recursos fonéticos, que las lenguas no 
puedan señalar una sola clase de relación a un sonido determi- 
nado; y por eso una misma forma representa distintas funcio- 
nes, y una misma función está representada por diferentes for- 
mas. El principio lógico de la «unidad de forma por unidad de 
función» no puede, pues, aplicarse a la Lengua. En castellano 
hay cuatro maneras de expresar el género; y por otra parte, la 
s, que es signo del número en castellano, es signo del artículo 
en holandés (y en castellano en el curioso caso del vocablo ser- 
gas) y es signo del genitivo en otras lenguas; y el plural, que 
en castellano, portugués y francés se indica con consonante (la 
s del acusativo plural latino) en las otras dos lenguas románi- 
cas, el italiano y el rumano, se indica con vocales (la e y la 1 
del nominativo plural latino). 

En fin, también se relaciona a la Lógica con el Lenguaje 
cuando se dice que éste es por fuerza un fruto de nuestra ra- 
zón, o por lo menos de nuestra inteligencia. Pero ¿cómo podría 
ser el Lenguaje una obra exclusiva de la inteligencia, si el Len- 
guaje es la exteriorización del alma humana, y en ésta, al lado 
de la inteligencia, y a veces encima de ella, está el sentimiento? 
En cuanto a las relaciones de la Lógica con la estructura de 
las palabras, para demostrar que la razón no ha intervenido 
siempre en eso bastará citar estos casos de ilogismo crudo: la 
cireunstancia de que yo y tú no tienen género en singular, pero 
lo tienen en plural aunque el sexo de las personas representadas 
no coincida; el caso del adjetivo su, que concuerda en género 
con el antecedente en inglés, con el consiguiente en portugués 
y con ninguno de los dos en castellano; la invariabilidad del 
redundante infijo si en el verbo ensimismarse, cuyas formas 
deberían ser lógicamente: yo me enmimismo, tú te entimismas, 
él se ensimisma... o con más lógica aún: yo me enmismo, tú te 
enmismas, él se enmisma; las formas tautológicas conmigo, con- 
tigo, consigo, completadas por las anticuadas connosco O con- 
musco y convusco, en las que la terminación go o co es un se- 
gundo con: el cum latino. ¿Y qué lógica puede haber en que la 
boca de las lenguas románicas haya sido sacada de los mofletes 
latinos: buccas... y en que el Sol en francés (soleil) sea un di- 
minutivo: soliculum... y en que el nombre del órgano en que 


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centralizamos poéticamente los afectos ostente en castellano y 
en portugués un tosco e innecesario apéndice aumentativo: cor- 
azón?... El ilogismo estructural es justamente lo que abunda 
en las lenguas, y muy pocos son en ellas, como excepción a esta 
regla, los artificios reveladores de una intervención erudita, 
entre los cuales descuellan el duplicado culto junto al término 
vulgar, y las terminaciones reglamentarias del infinitivo. 


LAS LEYES DEL CASTELLANO 


Pero si entendemos por lógica en el lenguaje, no la corres- 
pondencia del sonido con la idea, ni de la categoría filosófica 
con la gramatical, ni de la flexión con la relación, ni de la ra- 
zón con la estructura de la palabra, sino un orden regular de 
cosas constituído por una relación directa entre el modo de 
pensamiento y la forma de expresión, entonces puede decirse 
que hay lógica, si no en la formación y el carácter de los ele- 
mentos idiomáticos, al menos en su oficio y en su combinación 
gramaticales. Lo que determina esta lógica funcional es la ac- 
ción de las leyes propias de la lengua, que organizan y modelan 
las formas de expresión, y las adaptan a los modos de pensa- 
miento, para asignar una forma dada a cada modo determi- 
nado. Porque hablar no consiste sólo en decir algo, sino tam- 
bién en decirlo de cierta manera, ya sea para graduar la rela- 
ción natural que creemos ver entre las cosas, ya sea para satis- 
facer la necesidad psicológica, o aprovechar el recurso artístico, 
de dar un timbre especial a la idea que queremos comunicar; 
aparte de lo cual es forzoso que ajustemos nuestro lenguaje al 
tema que tratamos, y a la capacidad mental o al desarrollo in- 
telectual de la persona a quien nos dirigimos. De ahí la necesi- 
dad de «modos de pensamiento», que son los moldes en que se 
vacian las formas de expresión; y la admirable multiplicidad y 
variedad de los elementos idiomáticos no representa una super- 
abundancia de formas de expresión sino la admirable multipli- 
cidad y variedad de los modos de pensamiento. 

Las leyes orgánicas del castellano, leyes de función perma- 
nente, son las que rigen sus caracteres fonológicos, lexicológicos, 
morfológicos y sintácticos. Las leyes de eficiencia, leyes de fun- 
ción contingente, son las que rigen las formas de la elocución ; y 
se explican y formulan de esta manera. 

Para que llene su objeto primordial de transmitir ideas y 
comunicar emociones, el lenguaje debe ser claro, porque el len- 
guaje es sólo un mtermediario, y en tal función tiene que ha- 
cerse tan transparente que se borre fundiéndose en la expresión, 
que no llame la atención sobre sí mismo, que no la desvíe de 
los conceptos que presenta. La claridad de la expresión (en 
cuanto a lo gramatical, léxico aparte) resulta de la corrección, 
de la concisión, de la precisión y del orden, todo lo cual concu- 


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rre al acierto de la construcción sintáctica, cuya regularidad 
evita dudas sobre la relación recíproca de sus elementos. Esta 
necesidad de cuidar la elocución surge de nuestro natural pro- 
pósito de ser comprendidos; y no por cortesía, sino para cauti- 
var la atención del lector u oyente, a fin de dirigirla adonde 
nos convenga, es por lo que debemos ahorrarle esfuerzo. En 
esta necesidad natural se funda la «ley de economía de la aten- 
ción», que, junto con la «ley de facilidad de la aprehensión», 
aplican en lo gramatical los dictados de la «ley de eficiencia» 
(Spencer, The philosophy of style) suprema reguladora del 
uso del lenguaje en sus tres modos: intelectual, afectivo y ar- 
tístico. 

Corrección es la concordancia y la correlación justas; esta 
condición resulta de la estricta observancia de las leyes que ri- 
gen la correspondencia de las formas gramaticales, y del prin- 
cipio de lógica que preseribe la ilación de las ideas, a fin de 
evitar las chocantes anacolutas (deficiencias o incongruencias 
de la construcción), de las cuales es un ejemplo típico este caso 
corriente: el sujeto enunciado desaparece a poco, detrás de la 
maraña de una incidencia demasiado larga, y ahí queda olvi- 
dado, sin que se le asigne acción alguna, mientras, echando 
mano de un sujeto nuevo, el discurso toma otro rumbo en su: 
desarrollo. Esta o cualquiera otra forma de anacoluta, al suge- 
rir una dirección falsa, frustra la expectativa del lector u oyen- 
te, porque la imaginación de éste trata siempre de formularse 
anticipadamente, guiada por las primeras indicaciones, la to- 
talidad del pensamiento que el mecanismo verbal está transmi- 
tiéndole; o porque, según Steinthal, «la comprensión de la repre- 
sentación mental formulada exige la presencia simultánea del 
principio y del fin de su enunciación analítica» (Gesammelte 
kleine Schriften, 1880, p. 121). Impone estas condiciones eorrec- 
tas de la elocución la ley de facilidad de la aprehensión, dictada 
por la necesidad natural de facilitar al lector u oyente la com- 
binación de los eonceptos que se le ofrecen. 

Concisión es la elipsis, impuesta por la ley de economía de 
la atención, que permite omitir el elemento oracional ya enun- 
ciado, o implícitamente expresado en otros, o que el lector u 
-oyente puede deducir del contexto. 

La precisión resulta de la prolepsis, que, al fijar la aten- 
ción del lector u oyente en lo principal con más fuerza que en 
lo accesorio, pone en obra la ley de facilidad de la aprehensión. 

Orden es la forma de construcción, que en sus dos modos, 
el directo y el indirecto, se subordina también a la ley de facili- 
-dad de la aprehensión. 

Hay que entender por «orden directo» en la construcción, 
no lo reglamentario sino lo ordinario, esto es, lo habitual, y 
por tanto lo más frecuente; aunque el orden indirecto, menos 


- 206 - 


común, es también usual y corriente, y tan normal por eso co- 
mo el directo. Y es impropio que la Gramática llame a este úl- 
timo «regular», «natural» o «lógico», porque nada es más re- 
gular por lo lícito, ni más natural por lo espontáneo, ni más 
lógico por lo razonable, que la elocución en la cual el orden di- 
recto está alterado para que la forma de expresión se adapte al 
modo de pensamiento, siguiendo la ley psicológica enunciada 
por Wundt en estos términos: «La sucesión de las palabras co- 
rresponde a la de las representaciones; por esto tienen prece- 
dencia las partes de la oración que expresan las representacio- 
nes que con más fuerza afectan al sentimiento o excitan a la 
atención» (Grundriss der Psychologie, 1905, p. 371). 

Este hecho psicológico, actuando como causa, lleva a alte- 
rar el orden directo, por la ley de prolepsis. La flexible sinta- 
xis castellana permite a esta ley una función muy amplia, ape- 
nas restringida por las normas invariables que enumera la ley 
orgánica de construceción. Ahora bien: el orden directo y el or- 
den indirecto ofrecen sus respectivos medios de expresión a la 
transmisión de las ideas y a la comunicación de las emocio- 
nes. El directo, propio del estilo llano, es el molde del lenguaje 
filosófico, porque nuestro concepto del orden en la naturaleza 
es que la causa precede al efecto, el principio a la consecuen- 
cia, el medio al fin, el agente a la acción, el determinante al 
determinado, la substancia al accidente, la esencia a la cuali- 
dad. En el estilo llano del lenguaje filosófico las ideas no se 
suceden al azar, según el capricho de la imaginación, como en 
el estilo artístico del lenguaje literario; sino que se escalonan : 
rigurosamente en el orden que exige la Lógica, porque el ob- 
jeto final de la Ciencia es exponer relaciones con la Razón por 
guía, mientras que el propósito de la Literatura es causar im- 
presiones con la Fantasía por numen. Por eso, en el lenguaje 
filosófico, el orden directo y la precisión del vocablo, el tér- 
mino específico, son indispensables para presentar la realidad; 
y por tanto, la llaneza del estilo y la repetición del vocablo no 
son defectos sino necesidades, y la brevedad se impone porque 
se está hablando a la razón, al pensamiento, cuyo lenguaje in- 
terior es álgebra; y de ahí que, al revés, en el lenguaje litera- 
rio, el orden indirecto y la vaguedad del vocablo, el término ge- 
nérico, sean indispensables para presentar la idealidad; y por 
tanto la variedad del estilo y el cambio de vocablo no son de- 
fectos sino necesidades, y la ampulosidad se impone porque se 
está hablando al corazón, al sentimiento, cuyo lenguaje interior 
es música. Pero el lenguaje común no es nunca ni enteramente 
lógico ni enteramente poético; es un término medio entre la 
razón y el arte, entre lo intelectual y lo estético, en el que tam- 
bién tiene parte la sensibilidad, que es la nota predominante en 
el lenguaje afectivo. 


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Estas consideraciones nos han llevado a los dominios de la 
Estilística; contentémonos con esta ojeada furtiva al interesan- 
te campo y volvamos a la Gramática. 


FUNDAMENTOS DE LA NEOGRAMÁTICA 


El conocimiento de los elementos gramaticales de la len- 
gua propia es uno de los que deben inculcarse en la primera 
edad escolar, cuando la capacidad de la memoria supera a la 
de la razón. La Neogramática presupone el conocimiento de es- 
tos elementos, en su carácter, sonido y escritura; y sobre esa 
base enseña la función y la combinación de ellos, o sea, el me- 
canismo de la lengua, y demuestra que el dominio de ésta, a los 
efectos de su uso gramatical, es cuestión, no de memoria infan- 
til, sino de razonamiento adulto. Por consiguiente, la Neogra- 
mática es un texto de enseñanza superior, es decir, complemen- 
taria. 

Este texto, tal como ansío verlo, abandona totalmente la 
vetusta estructura lógica que ha constituído hasta hoy el cua- 
dro de distribución de la materia en la generalidad, o casi to- 
talidad, de las gramáticas. El asiento y la armadura de la obra 
son las leyes propias del castellano, las orgánicas permanentes 
y las de eficiencia contingentes; y su cuerpo es la exposición de 
las prescripciones de estas leyes. Sólo después de construído 
este edificio es cuando una clasificación cualquiera ordena con- 
venientemente dentro de él las funciones y combinaciones gra- 
maticales, exponiendo sus diversos significados ideológicos a 
la luz de las leyes de la lengua. Estas leyes son las que expli- 
can cómo y por qué el uso gramatical de la lengua no es facul- 
tativo, y aunque el sentido general de la frase se mantenga, la 
expresividad de sus términos varía con cada forma. 

En cuanto al espíritu del ncogramático, lo veo emancipado 
de la ereencia tradicional en una edad de oro del castellano, por- 
que, según Meillet, «la realización perfecta de la lengua no se 
encuentra en ninguna parte» (Apercu de l'histoire de la langue 
grecque, 1920, p. 357); y también lo veo más inclinado a creer, 
ya que nuestra mente no puede librarse de preocupaciones, que 
nuestra lengua, como todas las demás de la civilización, tiende 
al perfeccionamiento. Esta posición le permitirá mirar con igual 
simpatía el principio de libertad que lleva a la renovación sa- 
ludable de las formas de expresión, y el principio de necesidad 
que tiende a la cristalización gloriosa de la veneranda antíqui- 
tas; y por consiguiente desechará el criterio escolástico subje- 
tivo de la pureza y la corrupción, para juzgar el uso de la 
lengua, y adoptará el criterio científico objetivo de la corrección 
o incorrección de su manejo. No tema que tal posición parezca 
precaria al pensar que cl criterio científico genuino, criterio de 
observación desinteresada, no admite la apreciación de los he- 


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«chos que tiende a organizarlos en escala de valores relativos; 
en primer lugar, hay ciencia abstracta y ciencia aplicada, y para 
esta última la valuación de los hechos es indispensable; en se- 
gundo lugar, si algo se opone diametralmente a la esencia de la 
gramática didáctica, ese algo es la consideración de los hechos 
del lenguaje al solo objeto de describirlos y catalogarlos. El 
gramático no es un observador impasible, sino un espectador 
sensible, de la función de la lengua, atento a la necesidad de 
mantener el idioma común en el punto de su mayor eficacia, y 
«que, por tanto, a los caprichos «naturales» de la lengua vulgar 
tiene que oponer las normas «artificiales» de la lengua culta, 
como en la mesa se opone el recurso artificial del tenedor al uso 
natural del dedo; con lo que el gramático sirve el fin social de 
la Cultura, no menos importante que el fin universal de la 
Ciencia, servido a su vez por el lingúista. 

Pero la apreciación de los hechos gramaticales ha de fun- 
«darse en su conformidad o disconformidad con las leyes de la 
lengua, o en su eficacia o ineficacia como nuevas formas de ex- 
presión; y nunca en el arbitrio del gramático, ni tampaco en el 
erróneo principio de su mayor o menor grado de generalización, 
porque no es necesariamente lo mejor lo que más abunda. Esto 
último se refiere a la innovación solamente; porque, en cuanto 
a las formas de expresión ya consagradas por el uso, su efi- 
cacia, sean ellas cuales fueren, ha quedado establecida de hecho. 
Y al estudiar la incorrección hay que tener de ella el concepto 
justo; porque si la incorreeción proviene, por lo común, de la 
ignorancia, o del automatismo analógico que induce a aplicar me- 
cánicamente a todo caso las formas más usuales, en otras oca- 
siones la incorrección responde a un esfuerzo para hacer más ex- 
presiva la elocución, esfuerzo de innovación que a veces es acier- 
to, y con mucho mayor frecuencia desacierto, porque el len- 
guaje no es obra de un ser omnisciente e infalible, sino de seres 
humanos imperfectos. Por esto, en toda lengua hay permanente- 
mente un acervo de formas irregulares que, con todo el aspecto 
de incorrecciones y superfluidades, responden a una necesidad 
legítima de expresión intensa, de expansión, de exuberancia y 
de creación; son, pues, tentativas de reforma, que hay que exa- 
minar con interés, porque ése es justamente el fondo de las re- 
novaciones que impone la evolución natural de las lenguas, En 
esta función crítica, más que en su conocimiento de las formas 
consagradas, reside la capacidad del gramático, cuya acción no 
debe ser puramente policiaca, no debe limitarse a verificar la 
observancia o inobservancia de las leyes que rigen el uso de la 
lengua; y su eriterio ha de ser el que impone la necesidad de 
que el mecanismo verbal se simplifique progresivamente. 

De este proceso de simplificación gramatical progresiva, 
«que es, según Jespersen, la tendencia histórica comprobada de 


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todas las lenguas de la humanidad (Language: its nature, dev- 
elopment and origin, 1923, p. 366), la mayor suma de ma- 
nifestaciones está siempre en el lenguaje hablado; y por eso 
no hay que ver todo el caudal de la lengua en el lenguaje es- 
<rito, que es, según Vendryes, «la capa de hielo que se forma 
en la superficie del río» (Le langage, 1921, p. 325). Este len- 
guaje está siempre más cargado de anacronismos debidos a la 
influencia literaria, que de neologismos dictados por los cam- 
bios en la vida de los pueblos; «razón por la cual el estudio de 
una lengua d:be basarse, hasta donde sea posible, en el len- 
guaje hablado del período que se considere» (Sweet, A new En- 
glish grammar, 1900, t. 1, p. 203), porque «ésta es la única 
lengua real y viviente que existe» (Bally, Traité de stylistique, 
1909, t. 1, p. 29). Pero si, por un lado, como dice Dauzat, 
«hay que guardarse de atribuir demasiada importancia, en de- 
trimento de la lengua hablada, a la sintaxis muchas veces arti- 
ficial de los escritores» (La philosophie du langage, 1912, 
p. 215), por otro lado, el estudio de la función regular del 
mecanismo de una lengua no podría fundarse precisamente en 
la sintaxis desarticulada del lenguaje hablado, forma incom- 
pleta de la expresión, que el gesto y la entonación deben inte- 
grar, cuando no el ingenio del oyente mismo; de modo que el 
gramático tendrá el tino necesario para no caer en el extremo 
de considerar preeminente una u otra clase de lenguaje. 

En fin, como he dicho ya, el gramático debe renunciar a 
la obra ambiciosa, impregnada de lógica, de psicología y de lin- 
gúística, porque conviene que su texto de gramática sea un ma- 
nual práctico y no un libro destinado a demostrar la prepara- 
ción de su autor en Lógica, en Psicología y en Lingúística. Siga 
-este consejo de Delacroix: «Ante todo debe evitar el sofisma del 
especialista que olvida ciertas categorías de hechos, y que con 
tanta facilidad se hace dialéctico» (Le langage et la pensée, 
1924, p. 56). Trate también de emanciparse de la pedantería 
de interpolar antecedentes históricos en el análisis de los he- 
chos actuales de la lengua; porque, como con tanto acierto dice 
Brunot, «no es la gramática histórica quien puede suministrar 
el cuadro de una exposición exacta y verdadera de la lengua 
actual» (La pensée et la langue, 1922, p..x11); y sobre todo, 
substráigase totalmente a la preocupación purista de que el pen- 
samiento debe ajustarse a las formas de expresión establecidas, 
porque la verdad es todo lo contrario: «la palabra está al ser- 
vicio del pensamiento, y no el pensamiento al servicio de la pa- 
labra» (Weil, De l'ordre des mots, 1879, p. 82); tenga pre- 
sente que, «para el iniciado, el pensamiento crea el lenguaje, 
el hombre habla porque piensa; para el ignorante, el lenguaje 
erea el pensamiento, el hombre piensa porque habla» (Ossip- 
Lourié, Le langage et la verbomanie, 1912, p. 35). 


14 


- 210 - 


OBJETO DE ESTE ESTUDIO 


Sé que en el mundo intelectual argentino, lo mismo que en 
todo otro, hay inteligencias para las cuales la investigación es 
penosa, y el razonamiento es odioso; y por eso se abrazan desde 
temprano al dogma que más les place, y con él viven y con él 
mueren en unión estrecha e indisoluble. Las inteligencias de 
esta clase, parientas cercanas de los bienaventurados que pre- 
fieren admirar lo que no entienden a aplaudir lo que compren- 
den, rechazan de plano toda proposición innovadora, mosca im- 
portuna que intenta sacarlos de su mental modorra; de modo 
que picrde el tiempo todo el que las invita al saludable ejerci- 
cio del estudio. Pero también sé que hay en nuestro mundo in- 
telectual otras inteligencias, para las cuales el conocimiento de 
las cosas es una razón de vida, y la ampliación del mismo un 
afán inextinguible; y a éstos es a quienes debe dirigirse el que 
tenga que ofrecer un medio de que nos enseñoreemos mejor del 
mundo, para penetrar más hondamente en la esencia de nues- 
tro propio ser y de la naturaleza que nos rodea. A estos cere- 
bros abiertos me dirijo, y les pregunto si es o no interesante el 
estudio del lenguaje, «testigo viviente y parlante de toda la 
historia del género humano». Y a ellos dedico este trabajo, con 
la esperanza de que los incite a llevar más lejos la investigación 
cuyos primeros resultados he resumido aquí. 

Aridos estudios son éstos, porque nada tienen que ofrecer 
al espíritu positive de nuestro siglo, y por tanto no cuentan con 
el estímulo externo, ni siquiera con una erítica entendida que 
demuestre la fuerza o la flaqueza de la posición asumida. No 
importa, lectores míos, los de cerebro abierto; sobrepongámo- 
nos a esta ingrata sensación de aislamiento, y digamos como 
Humboldt : «En el límite de los conocimientos exactos, como si 
fuera en la cima de un alto ribazo, la vista se complace en ten- 
derse hacia las regiones lejanas: las imágenes que percibe pue- 
den ser sólo ilusiones... pero como las visiones engañosas que, 
en tiempos muy anteriores a Colón, ercían columbrar los habi- 
tantes de las Canarias o de las Azores, ellas también pueden 
levar al descubrimiento de un mundo nuevo». 


La enseñanza de la gramática 


Varios vicios orgánicos mantenidos por la rutina en los tex- 
tos didácticos de la Gramática castellana concurren a frustrar 
la enseñanza de esta materia en las aulas. He aquí la lista de 
ellos. 

El espíritu tradicionista. — Como toda otra institución so- 
cial, la lengua evoluciona perennemente; por tanto es anacró- 
nica la Gramática que en el siglo XX cita a santa Teresa, a Er- 
cilla, a Cervantes, a Quevedo, etcétera, como modelos del buen 
decir. Además, a ningún fin práctico conduce tal ostentación ; 
porque, o las expresiones de esos escritores no subsisten en la 
lengua actual, y entonces la cita es inoportuna, o están en uso, 
son del dominio común, y entonces la cita es supcrflua. La Gra- 
mática no debe ser tradicionista sino contemporánea, recono- 
ciendo que su objeto hoy día es mantener la unidad de la len- 
gua en el espacio, y no su invariabilidad a través del tiempo. 
Como ya no tiene que presentar el habla de la Corte y de los 
Clásicos en España sino la lengua común de las personas ilus- 
tradas en todo país castellano, al establecer las formas prefe- 
ridas que constituyen esta lengua debe apoyarlas, no en el 
principio de la «autoridad ejemplar», justificado en los tiem- 
pos de la fijación del idioma, sino en el principio impersonal 
del «mejor uso», fundado en la mayor eficacia expresiva de las 
formas preferidas. 

El método doctrinario. — La lengua no es una creencia, 
cuya inculcación requiera el imperio de la autoridad dogmáti- 
ca; es una evidencia, cuyo conocimiento teórico se transmite 
mediante análisis y síntesis. Su enseñanza no es, pues, un caso 
de preseripción de determinados cánones, o «reglas, excepcio- 
nes y licencias», sino de descripción de las «leyes orgánicas» que 
han ido constituyéndose en el curso de la formación y fijación 
de la lengua, leyes que no son imperativas como las civiles, ni 
necesarias como las naturales, sino constantes simplemente, como 
las de la armonía en música. Por consiguiente, la enseñanza 
gramatical no debe ser dogmática y doctrinaria, como la del 
catecismo y cualquiera otra materia inteligible, sino descrip- 
tiva, como es la enseñanza de toda realidad sensible; y a las 
fórmulas autoritarias del magister dixit y del regis ad exemplar 


A TA AAN 


- 212 - 


como método, debe reemplazar la simple exposición y explica- 
ción de los hechos gramaticales. * 

El criterio arbitrario. — Son una consecuencia necesaria 
de la institución del principio de autoridad, no sólo el método 
doctrinario en la exposición sino también el criterio arbitrario 
en el juicio. En los easos frecuentes de desacuerdo en el uso gra- 
matical de la lengua, la Gramática falla autoritariamente la 
cuestión citando en apoyo de sus decisiones a escritores insti- 
tuídos por ella en perfectos modelos del buen decir. Aparte de 
que la idoneidad gramatical de tales autoridades no está demos- 
trada, porque el mérito literario no la implica, — visto que todo 
escritor, por eximio que sea, está sujeto, por sua humana natura- 
leza, a la ineludible alternativa del acierto y del yerro,—descali- 
fica tal recurso el hecho de que el gramático mismo es quien clige 
la autoridad que le conviene; por lo que se ve claramente que 
el gramático mismo es quien falla la cuestión, tocando a su ar- 
bitrio las teclas del órgano para que la voz de la autoridad ejem- 
plar suene en vez de la suya. El desacuerdo en el uso gramati- 
«cal de la lengua, desacuerdo que llega a la contradicción cuando 
se manifiesta en las obras de un mismo escritor, y a veces entre 
pasajes de una misma obra, proviene de que no todo escritor 
posee en grado suficiente o ejerce en todo momento «el sentido 
de la lengua», es decir, la facultad de discernir sutiles diferen- 
cias ideológicas entre palabras o giros al parecer equivalentes. 
De modo que es «el sentido de la lengua» el criterio que debe 
aplicar la Gramática, y no el de autoridad, para resolver tales 
cuestiones, demostrando, con el examen comparativo del caso, la 
muyor eficacia expresiva de la forma que declare preferible. 

El carácter formalista. — El aferramiento de la Gramática 
a los principios dogmáticos y a los métodos doctrinarios del 
escolasticismo medieval que la creó, explica la persistencia del 
formalismo que caracteriza todavía la índole de su contenido, en 
puena con el progreso de nuestros conocimientos en el campo 
de la Lingiñística. Porque la Gramática contiene sólo la exposi- 
ción analítica y la catalogación empírica de los elementos de 
la elocución, y nada que tienda a establecer las relaciones y las 
generalizaciones que exige toda obra científica. La observación 
superficial la satisface plenamente, y de ahí que se desarrolle 
en páginas y páginas de interminables enumeraciones. a fin de 
suplir con esta sutileza del análisis la falta de síntesis que re- 
duzca a un grupo de normas generales la infinidad de casos 
particulares, Otra muestra del formalismo de la Gramática es 
que, en ella, la clasificación por palabras (el substantivo, el ad- 
jetivo, etcétera) suplanta a la clasificación por funciones (la 
substantivación, la adjetivación, etcétera), por lo que, en vez 
de aparecer cada función bajo todas sus formas, lo que sería 
claro, se acumulan bajo eada forma todas sus funciones, lo que 


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es turbio. La Gramática, en primer lugar, no debe ser un in- 
ventario de formas sino un cuadro de fórmulas, y por tanto no 
debe consignar más hechos que los indispensables para estable- 
cer las normas; y en segundo lugar debe presentar las funcio- 
nes organizadas en conjunto armónico, y no como las ofrece 
hoy, distribuídas de una manera dispersa e inconexa por todo 
el libro, siguiendo a las partes de la oración que las desempe- 
ñan, en un maremágnum de repeticiones, restricciones, amplia- 
ciones y contradicciones sin término. 

El plan desordenado. — El cajón de sastre es utilísimo : 
presta el gran servicio de ahorrar la ordenación, reuniendo en 
un sitio común todas las cosas; pero lo que se busca en un ca- 
jón de sastre tarda mucho en aparecer, si no es que desaparece 
escurriéndose por el revuelto medio. En cuanto a la organiza- 
ción de sus materiales, la Gramática es un cajón de sastre: un 
baturrillo de formas, funciones y significaciones entremezcla- 
das. Hay partes de la oración que aparecen clasificadas y de- 
nominadas arbitrariamente, unas veces por su estructura, otras 
por su oficio, otras por su significado; y hay ocasiones en que 
los tres caracteres se acumulan, como en el caso del adjetivo, 
presentado revueltamente como primitivo (forma) y determina- 
tivo (función) y numeral (significación). Tal plan orgánico, 
resabio de la desordenada clasificación de los términos en lu 
Lógica escolástica, no es de distribución: es de acumulación. 
Así sucede que también se confur.de en él lo imperativo con lo 
facultativo de las formas gramaticales, al punto de llamarse 
reglas, esto es, «modos de hacer», a lo que ya está hecho y no 
se puede cambiar: por ejemplo, el género de los substantivos. 
Agréguese a tales confusiones la que resulta de subordinar las 
funciones a las formas, método que lleva a los contrasentidos 
de adjetivos que son pronombres o adverbios, y adverbios que 
son conjunciones, y pronombres que son adverbios o conjuncio- 
nes, y se reconocerá que el desorden de los materiales, por di- 
visión incompleta y clasificación imperfecta de la materia, ca- 
racteriza la estructura de la Gramática actual. 

La división incompleta. — Falta en los textos actuales la 
exposición de buen número de particularidades de la lengua, 
cuyo conocimiento es necesario para el acertado uso gramati- 
cal de ella. Las partes de la Gramática no deben ser cuatro 
sino siete: la Taxología, que reuna y amplíe las nociones dis- 
persas e incompletas que contienen los textos actuales sobre 
clasificación de las palabras por su forma, función y signifi- 
cado lógico, incluyendo las expresiones de sentido especial (mo- 
dismos e idiotismos) o relacionado (homónimos, parónimos, isó- 
nimos, antónimos y sinónimos) así como los expletivos y todo el 
capítulo de la interjección, que no es una parte de la oración, 
porque no tiene oficio alguno en :lla, sino una forma elocu- 


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tiva cuyo análisis es materia de clasificación puramente ideoló- 
gica; la Fonética, que reemplace a la retórica Prosodia actual 
por la exposición sucinta de los sonidos, de los acentos, de los 
tonos y de las pausas; la Ortografía, sin más reglas que las de 
acentuación, puntuación y división silábica; la Lericología, que 
trate de la formación de palabras y locuciones por composición, 
derivación, combinación y adaptación, precisando lo faculta- 
tivo en este orden, especialmente la derivación que cambia la 
desinencia del primitivo para presentarlo como otra parte de la 
oración, o para agregar a la idea que expresa un grado de ca- 
lidad (superlativos, despectivos) o de cantidad (aumentativos, 
diminutivos, frecuentativos) ; la Morfología, que detalle los ac- 
cidentes de género, número, persona, tiempo y modo; la Sinta- 
xis, que explique la concordancia y la correlación, el régimen 
(uso de las preposiciones) la relación (uso de conjunciones) y la 
construcción; y la Estilística, que exponga las condiciones de 
la corrección, del orden, de la concisión y de la precisión, de 
cuyo cumplimiento resulta la eficiencia elocutiva. Un tratado 
completo de la lengua, obra científica y no ya didáctica, que 
comprenda toda la materia que podría llamarse Logotecnia, debe 
contener cuatro partes más: la Embriología, que desarrolle la 
formación y la evolución de la lengua; la Etimología, que pres- 
criba el método de la investigación genealógica de las palabras; 
la Semántica, que enumere las leyes de extensión y variación d2 
los significados; y la Lexicografía, que establezca la división de 
la lengua en lenguajes y que siente los principios de la defini- 
ción y de la determinación de acepciones, así como las normas 
de la catalogación alfabética e ideológica de las palabras. 

La clasificación imperfecta. — La clasificación de los ele- 
mentos elocutivos, fundada en las categorías aristotélicas, ha 
dividido esos elementos en «partes de la oración», y ha estable- 
cido para cada una de estas partes una denominación propia, 
que indica solamente la función primaria de la palabra, des- 
cartando las secundarias, De esto resulta que la denominación 
es impropia cuando la palabra desempeña un oficio gramatical 
secundario: de ahí los adjetivos que son pronombres, y los pro- 
nombres que son adverbios, y los adverbios que son conjuncio- 
nes, etcétera. Es evidente que tales palabras en tales funciones 
secundarias no son, en resumidas cuentas, ni adjetivos ni pro- 
nombres ni adverbios ni conjunciones; se trata de funciones 
especiales que, por tanto, requieren denominaciones propias. De 
modo que, dentro del cuadro actual de las categorías gramatica- 
les, cuadro suficiente, que no requiere ampliación ni reducción, 
debe darse denominación propia a esas partes ambiguas de la 
oración, que son las siguientes: los numerales, que funcionan 
como substantivos, adjetivos y pronombres; los verbales, por- 
que el infinitivo, el gerund "> y el participio no son flexiones per- 


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sonales ni temporales sino terminaciones que hacen del verbo, 
respectivamente, un substantivo, un adverbio y un adjetivo, 
pero con carácter de estado o acción, y no de sujeto, objeto o 
condición; los enunciativos (pronombres) que son los artículos 
y los adjetivos demostrativos e indefinidos en función prono- 
minal; los graduativos (adverbios) que son los adverbios, ad- 
jetivos y pronombres que hacen este oficio; y los conectivos 
(conjunciones) que son los pronombres relativos, adverbios re- 
lativos, participios y gerundios en función conjuntiva. Y en la 
Sintaxis debe ampliarse también la división de los hechos, por- 
que la relación conjuntiva, así como la correlación verbal en 
la oración compuesta, son funciones importantísimas que re- 
quieren un tratamiento especial, en sendos capítulos propios. 

La preocupación latina. — En su origen, la Gramática te- 
nía por objeto preparar el estudio del latín, y de este carácter 
le quedan todavía algunos resabios que falsean el cuadro de las 
particularidades propias del castellano. El humanista conside- 
raba a las lenguas románicas como «lenguas vulgares» degene- 
radas del latín, instituído en lengua sabia; y si descendía a 
ocuparse con tales lenguas era sólo para demostrar su filiación 
latina, propósito que lo inducía a descartar de ellas toda par- 
ticularidad que no pudiera explicarse así, para adjudicarles, 
en cambio, caracteres que les eran desconocidos. Al castellano, 
por ejemplo, se le asignaron el género neutro, y la declinación, 
y la voz pasiva, aunque nuestra lengua no tiene inflexiones, 
«desinencias ni flexiones para eso: la inflexión del presunto neu- 
tro es la masculina, y la diferencia que hay entre el bueno y 
lo bueno, o entre éste y esto, no es de género sino de extensión 
en el significado, limitada en el primer caso, ilimitada en el 
segundo; en cuanto a la declinación, ni para los pronombres 
personales existe por cuanto no hay formas para el genitivo ni 
para el vocativo ni para el ablativo; y es curioso que la pre- 
sunta voz pasiva tenga que construirse con las flexiones activas 
«del verbo ser y con un participio que no por ser pasado es pasivo. 
Hora es ya de que se haga tabla rasa de estas latinerías; la Gra- 
mática debe explicar el castellano mismo, sus formas propias, y 
no las formas latinas a través del castellano. 

La ostentación erudita. — La gramática didáctica no debe 
ser un tratado científico sino un manual práctico, porque su 
objeto es describir el carácter, la función y la combinación de 
los elementos de la lengua para que este conocimiento lleve al 
acierto en la elección de los medios elocutivos. Por consiguiente, 
la gramática didáctica no debe desbordar su campo, ni frus- 
trar su objeto, enfrascándose en el análisis sutil del erudito, y 
menos aún debe intrusarse en las investigaciones del lingilista 
sobre la formación y la evolución de las palabras, ni en las teo- 
rías del retórico sobre el uso artístico de ellas, ni en las especu- 


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laciones del filósofo sobre la razón de ser de ellas. Hay que 
descargar a la gramática didáctica del pesado lastre erudito que 
la tiene hoy con la borda a flor de agua, cargada de sutilezas 
analíticas, y de referencias históricas, y de definiciones lógicas, 
y de nociones y prescripciones retóricas. La Gramática es un 
estudio primario, y de los estudios primarios no deben partir 
las correlaciones econ los superiores, sino a la inversa: son los 
estudiantes de lingiística, de filología, de psicología, de lógica 
y de retórica los que deben saber gramática, y no al revés. 
Mientras los textos de gramática no se reformen de tal 
modo que estos vicios orgánicos desaparezcan, no desaparece- 
rán en las aulas los factores que en todo tiempo y en todo lu- 
gar han conspirado y conspiran insidiosamente contra la ense- 
ñanza eficaz de la materia, frustrando la acción de todo maes- 
tro, por competente y hábil que sea. No voy a presentar aquí 
las bases científicas de la gramática didáctica para no repetir. 
lo ya dicho al respecto en La neogramática del castellano; mi 
tema en esta ocasión es otro: la enseñanza de la gramática. Y 
habiendo empezado por demostrar que esta enseñanza no puede 
hacerse según los textos existentes, a causa de los vicios orgá- 
nicos que los informan, debo terminar estableciendo sumaria- 
mente las nociones que en materia gramatical deben inculcarse, 
con un desarrollo sobrio que evite cuidadosamente la minucia. 
Estas nociones son simplemente las leyes orgánicas del caste- 
llano, leyes de forma y de función, precedidas por la clasifica- 
ción taxológica de los elementos de la elocución y completadas 
con las normas de la eficiencia elocutiva. He aquí el detalle. 


LOS ELEMENTOS DE LA ELOCUCIÓN 


No hablamos con palabras ni con frases sino con sonidos 
orales, determinados y constantes, que combinamos para expre- 
sar emociones o comunicar ideas, La Gramática es quien, para 
distinguir y examinar los elementos de la elocución, divide los 
sonidos orales en frases y en palabras, y las palabras en síla- 
bas y en letras. Llama letra al sonido vocálico puro: la vocal, 
y a la articulación que lo modifica : la consonante; sílaba al so- 
nido aislado, ora vocálico simple (a) o compuesto (ai), ora mo- 
dificado por articulaciones puras (la, al, por) o mixtas (gro,. 
plan, obs, pers, trans); palabra a la sílaba o serie de sílabas. 
que la escritura presenta separadamente; oración a la palabra 
o serie de palabras con que enunciamos algo. 

Para enunciar algo, de alguien o de alguna cosa, ejerce el 
hombre, por medio de las lenguas, su facultad natural del len- 
guaje. Se enuncia un estado o una acción, y esto implica un 
ente o agente, sujeto en primer término, y en segundo un atri- 
buto, desarrollado a veces por un predicado o por un comple- 
mento que expresa una condición del sujeto o un objeto de la 


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acción, Se llama verbos a las palabras que expresan los estados 
y las acciones, y nombres a las que presentan a los sujetos, loy 
objetos y las condiciones. El nombre es substantivo cuando de- 
nota el sujeto u objeto del estado o de la acción, y adjetivo 
cuando declara la condición del sujeto u objeto; y el substan- 
tivo puede ser limitado en su extensión por su prótesis, que es. 
el artículo, puede ser determinado en su comprensión por el 
adjetivo, y puede ser representado sucintamente por el pronom- 
bre. El adverbio determina, sucintamente también, la compren- 
sión del verbo. 

La simple adherencia establece la relación del substantivo- 
con el artículo o adjetivo, del pronombre con el adjetivo, y del 
verbo con el adverbio. Basta la yuxtaposición de esas partes en 
que se divide la oración analíticamente, para formar las unida- 
des lógicas, o miembros en que se divide la oración sintáctica- 
mente, y que son: el sujeto, el verbo y el complemento; y la 
yuxtaposición de estos miembros basta a su vez para establecer 
la relación del sujeto con el verbo, y del verbo con el comple- 
mento, salvo cuando hay que precisar la especie de relación que: 
liga el complemento al verbo. Para esto último, así como para. 
establecer en qué sentido se relacionan entre sí los componen- 
tes de cada miembro de la oración cuando es complejo, las. 
oraciones de cada período elocutivo, y estos períodos entre sí, 
son menester otras palabras que, divididas en dos clases, se re-- 
parten tales funciones: la preposición y la conjunción. 

La preposición entra en juego, con función sintáctica, para 
establecer la especie de relación que resulta de su valor ideoló- 
gico, cuando el complemento, de cualquiera parte de la ora- 
ción que sea, tiene carácter nominal, es decir, cuando consiste 
en un substantivo o substantivado, o infinitivo, o pronombre, o 
adverbio u oración substantiva; además se emplea sin valor 
ideológico, en función lexicológica, como simple signo de trans- 
formación, para construir las locuciones heteróclitas llamadas: 
«modos gramaticales», que amplían el léxico con formas adje- 
tivales, adverbiales, prepositivas y conjuntivas. La conjunción. 
precisa, mediante su valor ideológico, la clase de circunstancia. 
que relaciona entre sí a las oraciones o a los miembros conjun- 
tos de la oración, es decir, a los varios sujetos, verbos o com- 
plementos de una misma oración; así como cuando se da a es- 
tos miembros un complemento verbal, esto es, con el verbo en 
modo personal. 

Mucho se ha discutido el cuadro ortodoxo de las categoidas 
gramaticales; pero de las proposiciones hechas para reformarlo 
no resulta que se le pueda mejorar. En primer lugar, porque 
los críticos, en vez de unificar sus dictados, proponen solucio- 
nes contradictorias: unos, los lógicos, quieren reducir las partes 
de la oración; y otros, los empíricos, quieren ampliarlas. En 


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segundo lugar, porque las soluciones propuestas son inconcilia- 
bles con el plan obligado de la Gramática : la restricción lleva- 
ría a acumular el material examinado en unas cuantas catego- 
rías lógicas, abstracciones supremas que no favorecerían ni a la 
facilidad ni a la claridad del análisis; y la ampliación, por otro 
lado, desvirtuaría la base de la clasificación, que es la función 
-oracional, porque, aun cuando el infinitivo, el participio, el ge- 
rundio, el numeral, el enunciativo, el graduativo y el conectivo 
tienen una estructura especial, no por eso su función principal 
se especializa: es la misma del substantivo, adjetivo, pronom- 
bre, adverbio o conjunción. 

Del examen atento de las categorías gramaticales ortodo- 
xas resulta que éstas se justifican todas y que la enumeración 
es completa. El substantivo se caracteriza como entidad, es de- 
«cir, como sujeto u objeto del estado o de la acción; el verbo como 
enunciativo del estado o de la acción con flexiones de persona, 
tiempo y modo; el adjetivo como complemento inmediato y ca- 
bal del substantivo, cuya comprensión determina; el adverbio 
también como complemento inmediato y cabal del verbo, lo que 
lo distingue de la conjunción; el pronombre como sustituto del 
-substantivo, del cual se diferencia, así como del substantivado, 
en que no admite artículo; el artículo como prótesis del subs- 
tantivo, cuya extensión determina, diferenciándose del adjetivo 
en eso y en que no puede substantivarse como sujeto u objeto; 
la preposición como índice del complemento nominal, diferen- 
ciándose de la conjunción en que no admite al verbo en modo 
personal; y la conjunción como medio de relación entre perío- 
«dos elocutivos, oraciones o miembros conjuntos de la oración, O 
entre éstos y sus complementos verbales. En cuanto a la inter- 
jección, ésta, como he dicho ya, no es parte de la oración por- 
que no tiene función alguna en ella; es una parte de la elocu- 
ción destinada a acentuarla, como el expletivo que, en tal ofi- 
«io, tampoco es parte de la oración : llamar preposiciones a entre 
y hasta en las frases: ENTRE cuatro lo llevaron y HASTA el padre 
lo desprecia, importa el contrasentido de presentar como com- 
plemento al sujeto. 

Pero si el cuadro de las partes de la oración no requiere re- 

forma, en cambio es inaceptable la clasificación que dentro de 
este cuadro hace la gramática ortodoxa; y esta clasificación debe 
«corregirse y ampliarse en la forma ya indicada, para tratar es- 
pecialmente los numerales, verbales, enunciativos, graduativos 
y conectivos, con lo que desaparecerá una de las más graves 
«causas de confusión y desorden que ofrecen los textos actuales; 
sobre todo en el capítulo de los pronombres y en el de los ad- 
verbios, donde el gramático ortodoxo olvida que el pronombre 
no admite artículo y que las funciones respectivas del pronom- 


Y 


bre (como sujeto u objeto), del adverbio (como complemento 


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cabal) y de la conjunción (como conectivo) son inconfundibles. 

No sólo por sus ventajas prácticas sino también por una 
razón lógica se impone esta reforma de la clasificación actual: 
porque, si la Gramática hace del «oficio gramatical» la base de 
su plan de división de la oración en partes, este principio le 
exige que subordine las formas a las funciones, esto es, que en 
el capítulo destinado a cada oficio considere tanto la forma 
que desempeña tal función constantemente como la que la des- 
empeña eventualmente y que, porque acumula así más de un 
oficio, debe tener una denominación especial que la distinga. 
En consecuencia, aparte de que hay que dar capítulo propio a 
los numerales, porque funcionan indistintamente como substan- 
tivos, pronombres y adjetivos, el capítulo del substantivo debe 
incluir al substantivado y al nombre de acción (presente de in- 
finitivo); el del pronombre al enunciativo (éste, ése, aquél; 
cualquiera, alguno, ninguno, todo, en función pronominal) ; el 
del adjetivo al substantivo adjetivado y a ambos participios; el 
del adverbio al gerundio y al graduativo (mucho, poco, bastante, 
demasiado, harto, en función adverbial; algo, nada, todo; más, 
menos, muy, tan, cuan) ; y el de la conjunción a los conectivos 
ora pronominales (quien, cual, que, cuyo) ora adverbiales (don- 
de, cuando, cuanto, como) ora participiales (dado, visto, su- 
puesto, incluso; durante, mediante; excepto, salvo). Igualmente 
los modos gramaticales deben ser tratados en el capítulo que co- 
Tresponda, porque hay modos adjetivales (de-nota califica como 
notable) ; adverbiales (de-balde complementa como gratuitamen- 
te); prepositivos (en-dirección-a relaciona como hacia) ; y con- 
Juntivos (en-tanto-que une como mientras). 


LEYES FONÉTICAS 


IL Los sonidos elementales del castellano son veintiséis: 
cinco de ellos son fundamentales y autónomos: las vocales a, e, 
¿, 0, u; los demás, llamados consonantes, son accesorios y subor- 
dinados, porque en la elocución no se usan aisladamente sino 
«omo ampliativos del sonido fundamental con que se combinan, 
y en el que influyen con sus articulaciones. Si en el alfabeto es- 
erito aparecen veintiocho signos, es porque en él falta el sonido 
de la ere fuerte, y sobran en cambio tres letras: la hache, que 
es muda, y la cu y la zeta, cuyos sonidos son los mismos de la 
ce fuerte y de la ce suave, respectivamente. La base de la es- 
critura castellana es la fonética; pero, en la obra de adaptación 
del signo al sonido, se ha echado mano de cuatro recursos que 
contradicen ese principio: las letras mudas (la hache, y ade- 
más la u en las sílabas gue, gus, que, qui); las de vario sonido 
(la ce y la ge suenan de un modo delante de a, o, u, y de otro 
modo delante de e, ¿; y la ere suena a veces suave y a veces 
fuerte) ; las de sonido igual (la ye suena como la 2; la ce, la ye 


y la ka, delante de e, i, suenan respectivamente como la zeta, 
la jota y la cu; y delante de a, o, u, la ka suena como la ce); 
y las que, a más de usarse con su valor propio, sirven de signo 
diacrítico para modificar el valor de la consonante a que se 
agregan (la hache, la ele y la ere en los digramas ch, ll y rr). 


II. Las vocales débiles 2, u, se combinan en una sola dic- 
ción, uniéndose una con la otra, o cada una de ellas con las vo- 
cales fuertes a, e, o, en todas las posiciones; por lo que los dip- 
tongos son catorce, Cuando alguna de las vocales a, e, o, se in- 
tercala entre las débiles se produce el triptongo; pero el nú- 
mero de estas combinaciones se limita a siete: ¿ai, ¡au, uai, uau, 
¿ed, uet, tor (apreciáis, míau, guay, guau, despreciéis, buey, hioi- 
des). 

III. Las consonantes también se unen entre sí para consti- 
tuir una articulación mixta; pero el castellano, lengua eminen- 
temente vocalizada (¿qué otro idioma puede ofrecer varias se- 
ries de esta estupenda escala de homofonías: patarata, mete- 
rete, tiquismiquis, zorrocloco, cucurucho?) ; el castellano, decía, 
no favorece las combinaciones de consonantes (en las que el ale- 
mán se recrea: schrumpft... una vocal influída por la frio- 
lera de ocho consonantes). Tales combinaciones se limitan en 
castellano a la fusión de los sonidos ele y ere con los de be, ce 
fuerte, de, efe, ge suave, ka, pe y te, cuando alguno de aquéllos 
se intercala entre alguno de éstos y una vocal; salvo que las 
combinaciones tl y dl no existen, serían violentas en nuestra len- 
gua; cuando estas letras aparecen juntas en la escritura per- 
tenecen a dos sílabas distintas: atlas (at-las), adlátere (ad-lá- 
tere, forma incorrecta de a látere). Además, el sonido ese puede 
agregarse al de la consonante con que acaba una sílaba: abs, 
ins; y las sílabas en que la pe se antepone a la ese (psicología) y 
la ge y la eme a la ene (gnomo, mnemotecnia) no son propias 
de la lengua castellana. 


IV. Hay un solo acento prosódico, que es de intensidad 
unas veces: ¿cómo?... y que otras veces, al cambiar de asiento 
en la palabra, altera su significado: depósito, deposito, depositó; 
y hay cuatro entonaciones para variar el carácter de la frase: 
la enunciativa (te amo), la interrogativa (¿eres tú?) o dubita- 
tiva (¿será él?), la enfática (¡qué mujer!) y la exclamativa 
(¿gran Dios!) o imperativa (¡ven acá!) ; y cuatro pausas sin- 
tácticas: la terminativa (representada en la escritura por el 
punto cuando es total, o por el punto y coma cuando es par- 
cial), la reticente (representada por los tres puntos), la prepa- 
ratoria (representada por los dos puntos) y la suspensiva (re- 
presentada por la coma); esta última pausa cambia a veces el 
sentido de la frase: la mujer que es débil siempre llora y la 
mujer, que es débil, siempre llora; en el primer caso, que es 


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eventual y significa cuando, y en el segundo es causal y signi- 
fica porque. 


V. El acento recae sucesivamente, con fuerza cada vez 
mayor, ora en la última sílaba de la palabra (voz aguda), ora 
en la penúltima (voz llana), ora en la antepenúltima (voz es- 
drújula); y su posición no varía en el plural ni tampoco en 
los compuestos por yuxtaposición de palabras de la lengua. 
También se asienta el acento en la sílaba que precede a la pe- 
núltima (voz sobresdrújula); pero el castellano no se presta 
a este refuerzo extremo de la acentuación, como lo prueban la 
transposición del acento en los plurales de carácter, régimen y 
espécimen, y el hecho de que todos los sobresdrújulos son for- 
mas literarias y no del lenguaje llano. 


LEYES LEXICOLÓGICAS 


VI. La lengua castellana ha utilizado en su formación to- 
dos los procedimientos lexicológicos : los de composición con pre- 
fijos y yuxtaposiciones, y los de derivación con sufijos. Tam- 
bién hay en ella locuciones destinadas principalmente a sumi- 
nistrar, en forma analítica, las partes de la oración para las 
cuales no hay forma sintética en el léxico, o, si la hay, se la 
considera insuficiente. La locución se distingue de la asocia- 
ción libre en que constituye una expresión ideológicamente in- 
divisible, porque sus elementos no conservan sus valores pro- 
pios, léxicos o gramaticales, sino que se desprenden de ellos 
para asumir un valor único y especial que comprende a to- 
dos. Hay locuciones que, léxicamente consideradas, son modis- 
mos, porque su significado real no resulta del literal: irle bien 
o mal a uno; y hay otras que, sintácticamente consideradas, son 
idiotismos, porque su construcción es antigramatical: a-ojos- 
vistas, En cuanto a su estructura, la locución se divide en dos 
clases: el compuesto, formado con palabras del mismo oficio 
gramatical: lengua-madre, y a veces con enlace conjuntivo: 
días-y-días, uno-que-otro; y el modo, que es la combinación he- 
teróclita cuyos diversos componentes pierden sus oficios gra- 
maticales respectivos para desempeñar en conjunto uno solo: 
de-nota equivale al adjetivo notable; de-balde al adverbio gra- 
tuitamente; en-dirección-a a la preposición hacia; en-tanto-que 
a la conjunción mientras. 


VII. La composición facultativa no tiene restricciones en 
castellano; pero, constituído ya el caudal de la lengua, esta ne- 
cesidad tiende ahora a satisfacerse mediante la formación ana- 
lítica (locución) y no sintética (vocablo), salvo para los tec- 
nicismos. La locución se forma, ya sea por aposición (lengua- 
madre), o mediante una preposición inicial (de-balde) o final 
(conforme-a), o una conjunción final (así-que), o una correla- 


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ción de dos preposiciones (en-dirección-a, de-pies-a-cabeza), o 
de preposición y conjunción (en-tanto-que), o intercalando entre 
dos términos una preposición (cara-a-cara) o una conjunción 
(uno-que-otro, días-y-días). 

VIII. La derivación facultativa se limita, en el orden lé- 
xico, a la formación, con radicales existentes, de nombres y 
verbos, y también de adverbios de modo; lo que lleva a neolo- 
gismos a veces armónicos y útiles, a veces cacofónicos e inútiles. 
En el orden gramatical se recurre al prefijo o al sufijo para 
atribuir un grado de calidad (superlativos, despectivos), o de 
cantidad (aumentativos, diminutivos, frecuentativos) a los subs- 
tantivos, adjetivos, verbos y adverbios, a veces latinos, cuyo 
concepto admite tales graduaciones. 


IX. La posición relativa de la palabra en la oración no 
influye en su forma, salvo que el artículo el pierde su vocal 
cuando lo preceden las preposiciones a y de. También en la an- 
teposición, aunque no en todos los casos, los adjetivos grande, 
santo, ciento, tuyo, tuya, suyo, suya, y los adverbios tanto y 
cuanto, pierden la última sílaba; y la última vocal los adjeti- 
vos uno, alguno, ninguno, bueno, malo, mío, mía, primero, ter- 
cero, postrero, cualquiera. Igualmente las formas del impera- 
tivo pierden su última letra delante de los enclíticos nos y vos, 
y este último pronombre pierde a su vez la consonante inicial 
al agregarse al verbo. Asimismo, cuando se suceden en la elo- 
cución dos o más adverbios terminados en -mente, es corriente 
suprimir esta terminación en todos menos el último. 


LEYES MORFOLÓGICAS 


X. Al formarse las lenguas flexionales, de cuyo tipo es el 
castellano, la idea accesoria del género y del número en el nom- 
bre, y de la persona, el tiempo y el modo en el verbo, se ha in- 
eorporado al vocablo mediante una modificación de su desinen- 
cia y a veces de su radical. Estas flexiones se distinguen de las 
derivaciones en que no son variantes facultativas sino impera- 
tivas, y también en que establecen, entre las diferentes partes 
de la oración a que se aplican, la relación de concordancia, por 
cuanto son como un sello que marea la comunidad de la idea 
accesoria (accidente gramatical) que expresan. Las flexiones 
de género y número, que son siempre terminales, se aplican a 
los substantivos, adjetivos, artículos y pronombres; las de per- 
sona, tiempo y modo al verbo. 


XI. No sólo las personas y los animales, sino también los 
seres inanimados y las cosas, y toda entidad abstracta, tienen 
género en nuestra lengua. Morfológicamente no hay más que 
dos géneros: el masculino y el femenino; y la forma del pre- 
sunto género neutro es la masculina. En cuanto a su relación 


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con el sexo, las formas del género en los substantivos son cua- 
tro: la flexión terminal, niño, niña; la denominación distinta,. 
hombre, mujer; el artículo, el joven, la joven; y la aposición, 
la perdiz-macho (o garbón), el buho-hembra, formas que dan 
lugar a la curiosa contradicción de un «la» macho y un «el» 
hembra. La flexión terminal es el único medio de expresar el 
género en los pronombres, adjetivos y artículos. La flexión in- 
terna para el género no existe en castellano: décimoquinto, dé-. 
cimoquinta; y por eso es forzoso dividir el compuesto en sus. 
elementos cuando se quiere expresar el género en ambos: edi- 
ción décima quinta. 

XII. Los números son dos: el singular y el plural; y salvo. 
en los pronombres personales que tienen forma especial para 
el plural, éste consiste en un incremento del singular. Existe: 
además el plural por agregación : la expresión uno y otro equi- 
vale, en cuanto al número, a los dos, como lo demuestra la fle- 
xión plural del verbo: uno y otro viven. La flexión interna para. 
el plural no existe en castellano: montepio, montEpíos, con la 
única excepción de cualesquiera, quienesquiera. 

XITI. Las personas gramaticales son tres en ambos núme- 
ros: la que en el discurso se presenta a sí misma como sujeto u: 
objeto del estado o de la acción; aquélla a quien se habla, cuan- 
do de ella se habla; y aquélla de quien se habla, cuando no se 
habla de sí mismo ni del que escucha; porque en el discurso 
puede presentar uno a sí mismo, o al que escucha, como si fuera 
un tercero. Es lógico el orden gramatical que, en la serie de 
las personas, da el primer lugar a la que habla, porque nuestra 
visión del mundo tiene en cada uno de nosotros el centro de ob-. 
servación, y en consecuencia nuestro yo ocupa siempre el pri- 
mer término; y cuando dirigimos la palabra a otro, ponemos a 
éste en segundo término, es decir, entre nosotros y todo lo de- 
más, que viene a quedar así en tercer término. 


XIV. El conjunto de las flexiones verbales se llama con- 
jugación, e incluye las formas en que la flexión precede al ver- 
bo (tiempos compuestos). Hay tres órdenes de conjugación, que 
corresponden a las tres terminaciones únicas del verbo como: 
nombre de acción: -ar, -er, -ir; y en cada una de estas conju- 
gaciones hay tres clases: la general (regular), la particular 
(irregular) y la defectiva. La presunta voz pasiva no existe en 
castellano, por cuanto no hay flexiones especiales para ella. 


XV. La conjugación comprende cuatro modos: el indica-- 
tivo, el potencial, el imperativo y el subjuntivo. En el modo 
indicativo el verbo enuncia el estado o la acción como una rea- 
lidad, en el potencial como una eventualidad, y en el imperativo 
como una voluntad; en el subjuntivo, la enunciación aparece 
subordinada a otra, que se expresa simultáneamente como real 


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«0 eventual o volitiva. Las formas del presunto modo infinitivo 
no son flexiones verbales, por cuanto no indican tiempo ni per- 
sona, sino terminaciones que hacen del verbo un nombre de ac- 
ción (presente de infinitivo), o un adjetivo (participios), o un 
adverbio (gerundio), pero conservándole su carácter esencial, 
porque esas formas expresan, como el verbo, un estado o una 
acción, y no un sujeto u objeto ni una condición. 


XVI. Los tiempos de la conjugación son ocho: el presente, 
el pasado (pretérito indefinido), el futuro; el antepresente 
(pretérito perfecto), el antepasado (pretérito anterior) y el 
antefuturo (futuro pertecto); y un pasado relativo (pretérito 
imperfecto) y un antepasado relativo (pluscuamperfecto) para 
el estado o la acción concurrente. El tiempo es determinado en 
el indicativo e indeterminado en los otros modos; por lo que 
en estos últimos la clasificación de las flexiones sólo puede fun- 
«darse en la estructura. | 


LEYES SINTÁCTICAS 


XVII. El substantivo impone su género y su número al 
“artículo y al adjetivo que lo determinan, y al pronombre que 
lo substituye; el pronombre impone los mismos accidentes al 
adjetivo que lo acompaña; y el sujeto impone al verbo la flexión 
«le su persona, en cuanto al número solamente, y las de género 
y número al adjetivo en función de predicado. 


Concordancia del género 


XVIIT. Por eufonía, el artículo singular toma la forma 
masculina cuando precede inmediatamente a un substantivo fe- 
menino que empieza con a acentuada, salvo los nombres de pila; 
pero este cambio del artículo no altera el género del substan- 
tivo, que sigue imponiendo la forma femenina al adjetivo que 
lo acompaña o al pronombre o artículo que lo substituye: el 
alma tierna; el ave que canta ahora es otra, es La verde, 


XIX. Cuando el adjetivo se aplica a un conjunto de subs- 
tantivos de distinto género toma, por predominio, la forma 
masculina: la carta y el sobre pedidos. 

XX. Los pronombres yo, tú, nos, vos, usted, así como los 
tratamientos señoría, excclencia, etcétera, son comunes a ambos 
géneros; por consiguiente, el género del adjetivo en función de 
predicado concuerda, no con tales formas, sino con el sexo de 
las personas por ellas representadas: Usted es caritativa; vues- 
tra escelencia es justo. 


Concordancia del número 


XXI. En los casos de pluralidad por agregación, el verbo 
y el adjetivo concuerdan en plural con los sujetos y los subs- 


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tantivos singulares que componen la pluralidad: el padre y el 
hijo trajeron la carta y el sobre pedidos. 

XXII. La concordancia no es una relación ideológica sino 
una relación formal, puramente gramatical. Por eso el sujeto, 
cuando es un nombre colectivo singular, concuerda con el verbo 
en singular, no obstante la pluralidad de su significado: el ejér- 
cito marchó. La expresión : más de uno es también un colectivo 
singular, porque al número gramatical del pronombre (uno) 
no lo altera el graduativo (más de) que se le aplica; y de ahí 
que la forma singular del sujeto imponga la forma singular al 
“verbo: más de uno vino a verme. 


XXIIT. Cuando el sujeto es una expresión compuesta de 
<antidad y entidad en distinto número, el verbo concuerda con 
la cantidad o con la entidad según convenga; decimos: una 
nube de mosquitos llenó el aposento, cuando queremos presentar 
la masa y no sus componentes; y decimos: la mitad de los sol- 
dados murieron, cuando queremos presentar los individuos y 
mo el conjunto. 


XXIV. El verbo ser, usado como cópula, presenta, ora un 
atributo, refiriendo lo particular a lo general, ora una equiva- 
lencia entre conceptos particulares o generales. En este último 
caso, que es el de la definición recíproca (todo hombre es ani- 
“mal racional = todo animal racional es hombre) los términos de 
la relación, como tienen la misma extensión genérica, son in- 
vertibles, pueden permutar sus respectivas funciones de sujeto 
y atributo de la oración, sin alterar el sentido de ella. Por 
tanto, en tales casos, el verbo puede concordar con uno u otro 
término: Lo mejor que tiene son los hijos; o los hijos es lo me- 
jor que tiene. 

XXV. Una extensión del principio de que el predicado 
puede imponer su flexión de número al verbo haciéndose el 
“sujeto de la oración, explica la construcción: se dicen cosas, 
equivalente a cosas son dichas. Hace posible esta forma de ex- 
presión el hecho de que el verbo pronominal usado en tales 
-casos carece enteramente de sujeto, porque el pronombre se es 
siempre complementario en castellano y porque en castellano es 
“posible la oración impersonal, sin sujeto explícito ni implícito: 
llueve, hace frío, hay temores, es tarde. De lo que resulta que 
el pronombre se en tal función tiene por único objeto indicar el 
carácter impersonal del verbo a que se aplica: en se dice, el su- 
jeto de la acción es una entidad deliberadamente indetermina- 
da, que oscila entre los extremos de las que presentan las for- 
mas: alguien dice y todos dicen. Lógicamente considerada, la 
construcción se dicen cosas es un idiotismo, porque si el verbo 
es impersonal debe estar en singular; pero esto no autoriza al 
lógico para proponer que se diga correctamente: se dice cosas, 


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porque los idiotismos no se corrigen; usarlos o no usarlos es 
todo lo que se puede hacer con ellos. Y es obvio que no debe 
usarse tal construcción cuando se presta a equívoco, como en se 
alaban los autores, cuyo sentido puede ser: los autores se alaban 
o los autores son alabados; y habría que decir, usando la a pro- 
tética que distingue al objeto del sujeto de la acción: se alaba 
a los autores. 


XXVI. La falta de concordancia en el caso especial de los. 
adjetivos singulares que acompañan a un substantivo plural: 
las lenguas griega y latina, se explica porque en esta expresión 
los adjetivos se singularizan para descomponer al substantivo- 
plural en sus unidades específicas. Como se explica también la 
forma singular del artículo y del adjetivo que acompañan a 
una pluralidad de substantivos presentados como unidad lógica :. 
la simple exposición y explicación del caso. 


Concordancia de la persona 


XXVII. Como cualquier otro tratamiento, el pronombre 
usted, que substituye por respeto al vos — forma que a su vez. 
substituye al tú por énfasis en el estilo elevado, y por familia- 
ridad en el lenguaje llano — se aplica a la segunda persona con 
las formas verbales de la tercera; y el pronombre vos, cuyo sig- 
nificado es siempre singular, como lo demuestra el predicado, 
se usa con las formas verbales del plural: Vos, don Pablo, sows 
docto. 


XXVIII. Cuando son de diferente persona las entidades 
que forman por agregación el sujeto compuesto de un verbo, 
éste toma la flexión plural de la primera persona si el sujeto 
la comprende, o de la segunda si no la acompaña la primera: 
tú y yo iremos; tú y él iréis. 


El complemento 


XXIX. La situación subordinada del complemento no se 
expresa en castellano con desinencias; por eso en nuestra len- 
gua no hay casos ni declinación, ni para los pronombres perso- 
nales. Esa relación se establece por simple yuxtaposición, o con 
preposiciones o conjunciones que, mediante su valor ideológico 
propio, indican la especie de relación que liga al complemento 
con su antecedente. 


XXX. Complemento inmediato, o de yuxtaposición, es el 
que, sin nexo alguno, como el adjetivo y el adverbio, se agrega 
al substantivo, pronombre o verbo para determinar su com- 
prensión; complemento mediato nominal es el que, mediante un 
nexo prepositivo, introduce un substantivo o substantivado, in- 
finitivo, pronombre, adverbio u oración substantiva; comple- 
mento mediato verbal es el que, mediante un nexo conjuntivo, 


- 227 - 


presenta un verbo en modo personal, por lo que se le llama pre- 
ferentemente «oración subordinada». 


XXXI. Nuestra lengua distingue cuatro complementos 
del verbo, dos inmediatos y dos mediatos: el material, el ad- 
verbial, el objetivo y el circunstancial. El complemento mate- 
rial presenta la materia en que se conereta la acción del verbo; 
y no requiere preposición cuando la acción se concreta en una 
cosa inerte o así considerada: amo MIS LIBROS, la cormente des- 
vió EL ARENAL, llevo EL PERRO a su casilla, llevo al perro su Co- 
MIDA, prefiero PEDRO a Paco; y requiere la preposición a como 
prótesis cuando. la acción se concreta en una entidad autónoma 
o así considerada: amo A Di0s, AL ARENAL desvió la corriente, 
prefiero a PEDRO. El complemento adverbial presenta un lu- 
gar, un tiempo, una cantidad o un modo de la acción del verbo, 
mediante un adverbio o modo adverbial, o frase nominal que 
expresa tiempo o cantidad; y no requiere preposición: está 
AQUÍ, vino AYER, habla MUCHO, acudió DESPUÉS; anda DE-ACÁ- 
PARA-ALLÁ; llegará EL DOMINGO, cuesta TRES PESOS, El comple- 
mento objetivo presenta el objeto que recibe la acción del ver- 
bo; y requiere la preposición a como prótesis: llevo AL PERRO 
su comida, El complemento cireunstancial presenta alguna par- 
ticularidad de la acción del verbo, que no es la materia ni el ob- 
jeto de ella; y requiere preposición porque es necesario indicar 
en qué sentido se aplica a la acción del verbo la particularidad 
enunciada : llevo el perro A su casilla; prefiero Pedro a Paco; 
voy A estudiar, vengo DE estudiar, me entretengo EN estudiar, 
me contento CON estudiar, vivo PARA estudiar, no duermo POR 
estudiar, no puedo estar SiN estudiar. 


XXXII. Con respecto al complemento, los verbos se divi- 
den en dos clases: los que no lo requieren, porque son atribu- 
tivos (o neutros), es decir, porque tienen sentido cabal por sí 
mismos; y los que lo requieren necesariamente, porque no son 
sino copulativos, como haber, ser y estar, o porque son incepti- 
vos, es decir, porque enuncian la acción en su principio sola- 
mente, como hacer, tener, querer, dar, pedir, decir, sentir y de- 
más. Y, por la clase de complemento que lo acompaña, el verbo 
es activo o pronominal: activo es el verbo cuya acción se con- 
creta en una materia, ya sea cosa inerte o entidad autónoma : 
amo mis libros, amo a Dios; pronominal es el verbo cuya aeción 
se concreta en el sujeto, representado en función pasiva por el 
pronombre complementario correspondiente: yo me abstengo, 
nosotros nos ayudamos, Juan y Pedro se tutean. 


XXXIII. El verbo neutro, como tiene en sí mismo su atri- 
buto, no necesita el complemento material que presenta la cosa 
inerte, o así considerada, en que la acción se concreta: Juan 
duerme; pero admite el complemento objetivo, que presenta el 


- 228 - 


objeto de la acción: Juan duerme al niño. Si damos al verbo 
neutro un complemento material, lo hacemos activo: Juan duer- 
me un sueño tranquilo; y si le damos el pronominal correspon- 
diente al sujeto, lo hacemos reflexivo: Juan se duerme. El verbo 
pronominal, como conereta su acción en la materia que le ofrece 
el pronombre complementario, esto es, en el sujeto mismo en 
función pasiva, tiene en éste su complemento material: me 
cuido; y sólo admite el objetivo: me cuido a má mismo. Si le da- 
mos otro complemento material, el pronombre átono no presenta 
ya al sujeto como materia de la acción sino como objeto de ella 
o complemento objetivo: me cuido las manos. El verbo activo 
admite ambos complementos: el material y el objetivo, porque 
su acción puede tener a la vez una materia en qué concretarse 
y un objeto que la reciba : enseño el francés a mis hijos; y cuan- 
do no tiene complemento alguno se hace neutro: yo enseño. Y 
las tres clases de verbo admiten el complemento adverbial y el 
complemento circunstancial, que presentan alguna particulari- 
dad de la acción enunciada. 


XXXIV. Los pronombres de primera y de segunda per- 
sona del singular tienen formas especiales para la función de 
sujeto: yo y tú respectivamente; y para la de complemento tie- 
nen las formas me, mí en la primera del singular, te, tí en la 
segunda del singular, nos en la primera del plural, os en la se- 
gunda del plural; y el de tercera persona tiene las formas com- 
plementarias se, sí, tanto para el singular como para el plural. 
Fuera de las formas me, te, se, nos y os que embeben la a proté- 
tica del complemento material u objetivo, y conmigo, contigo y 
consigo que aglutinan la preposición del cireunstancial, toda 
otra forma de pronombre personal requiere, cuando no es su- 
eto, la preposición que indique en qué sentido complementa a 
su antecedente. 


XXXV. El pronombre de tercera persona tiene otras cua- 
tro formas complementarias: lo, la, le y se, que también embeben 
la a protótica; las dos primeras constituyen, con diferencia de 
género, el complemento material del verbo, y las dos últimas, 
-comunes a ambos géneros, representan el objetivo, usándose se 
en vez de le, por eufonía, delante de lo y la o sus plurales. El 
«empleo de estas formas se resume en las siguientes frases: llamé 
al niño, LO llevé aparte, LE dí el libro y sE LO recomendé; llamé 
a la niña, La llevé aparte, LE dí la carta y SE LA recomende. Es 
corriente equivocar la aplicación de estas formas porque no 
se distingue entre el complemento material y el objetivo; la di- 
ferencia es fácil de advertir si se comparan entre sí las frases : 
llevo EL perro a su casilla, en que «perro» es la materia en que 
la acción se conereta, y llevo AL, perro su comida, en que «perro» 
es el objeto de la acción; de modo que, al reemplazar en tales 


- 229 - 


casos el nombre por el pronombre complementario, hay que 
decir: LO llevo a su casilla (LO =EL perro) y LE llevo su comida 
(LE =AL perro). 


El régimen prepositivo 


XXXVI. Hay verbos, substantivos, adjetivos, adverbios y 
modos prepositivos que imponen a sus complementos la prepo- 
sición que debe encabezarlos; y, entre los verbos de esta clase, 
los hay que cambian de significado según la preposición que 
se agregan. En todos estos casos la preposición forma parte in- 
tegrante de tales palabras o locuciones, constituyendo su régi- 
men obligado; por lo que la elección de ella no es facultativa. 


XXXVII. La elección de la preposición sólo es faculta- 
tiva cuando esta partícula, sin ser régimen obligado, precede al 
complemento circunstancial; tiene entonces función libre, con 
valor ideológico propio, y de ahí que pueda elegirse cualquiera 
de ellas para llenar las necesidades del caso. 


La relación conjuntiva 


XXXVIIT. La conjunción es el medio de especificar la re- 
lación verbal entre las oraciones coordinadas, y entre la subor- 
dinada y la principal o un miembro de ella; y el modo conjun- 
tivo desempeña la misma función entre la oración principal y 
la subordinada, o entre dos o más períodos elocutivos. Sin em- 
bargo, puede haber oraciones coordinadas por simple yuxtapo- 
sición: unos vienen, otros van, todos se mueven. Cuando el nexo 
es una correlación de conectivos, el primero de éstos puede apa- 
recer precediendo a la subordinada que, en el orden indirecto, 
se antepone a la principal: apenas pisé el puerto cuando olvidé 
el peligro; y es un error de la gramática ortodoxa llamar en 
estos casos principal a la oración que presenta, no la acción, 
sino la cireunstancia en que la acción se produce. 


La correlación 


XXXIX. Correlación es la correspondencia verbal entre 
las oraciones coordinadas, y entre la principal y la subordinada, 
En la coordinación, que es un conjunto de oraciones relaciona- 
das pero no dependientes entre sí, la correlación impone la uni- 
dad del modo verbal solamente; en la subordinación, el verbo 
de la oración principal puede estar en indicativo, potencial o 
imperativo, y el de la subordinada en indicativo, potencial o 
subjuntivo; y a cada modo y tiempo del verbo principal co- 
rresponde determinado modo y tiempo del verbo subordinado. 
Estas correspondencias son tantas y tan complejas que su ex- 
posición debe desarrollarse en paradigmas, lo mismo que la con- 
jugación. Hace sonreir el esfuerzo ingenuo de la gramática orto- 


- 230 - 


doxa para exponer teóricamente, y aun en forma de reglas, ta- 
les relaciones. 


XL. El orden directo, que en castellano es el de la cons- 
trucción descendente, da en la oración el primer lugar al su- 
jeto, el segundo al verbo y el tercero al complemento de éste; 
y, entre los complementos, el inmediato precede al mediato. La 
oración principal precede a la subordinada. El artículo, y tam- 
bién el adjetivo determinativo, preceden al substantivo, y el 
calificativo lo sigue. El verbo auxiliar precede al participio. El 
adverbio precede al adjetivo y al adverbio modificados por él, 
y sigue al verbo. El pronombre átono se antepone al verbo en 
indicativo, potencial y subjuntivo, y se pospone en imperativo e 
infinitivo; cuando concurren dos de estos pronombres, el de 
primera o segunda persona se antepone al de tercera, y la for- 
ma se precede a todas. lia partícula negativa precede a la parte 
de la oración a que se aplica, pero el pronombre proclítico se 
interpone entre ella y el verbo. La preposición y la conjunción 
se intercalan entre los términos que relacionan. 


XLI. Son invariables las posiciones respectivas : del artícu- 
lo con el substantivo; del pronombre relativo con su antece- 
dente; del auxiliar con el participio; del adverbio con el ad- 
jetivo y con el adverbio modificados por él; de los pronombres 
átonos entre sí y con respecto al verbo en imperativo e infini- 
tivo; de la partícula negativa con respecto al pronombre proclí- 
tico y a la parte de la oración a que se aplica; y la preposi- 
ción y la conjunción son inseparables del segundo término de 
la relación. Con estas limitaciones, la flexible sintaxis caste- 
llana permite toda transposición e inversión. 


XLIT. El castellano, en mayor medida que cualquiera otra 
lengua, a causa de la variedad de sus flexiones, permite la omi- 
sión del elemento oracional ya enunciado, o implícitamente ex- 
presado en otros, porque el lector u oyente puede deducirlo del 
contexto. 


LA EFICIENCIA DE LA ELOCUCIÓN 


Para que la elocución llene su objeto de expresar inteligi- 
blemente las ideas, es menester que sea clara; y la claridad re- 
sulta del uso correcto y de la colocación ordenada de los ele- 
mentos oracionales. La eficiencia de la elocución depende, pues, 
de la corrección y del orden, euyos principios son los siguientes : 

1”. Se evitarán dudas sobre el valor ideológico de las pala- 
bras y locuciones, empleándose las que componen el caudal de 
la lengua, y en su acepción conocida; u otras nuevas que una 
necesidad común justifique, o las corrientes en una acepción 
especial, con la explicación del significado que se les atribuya. 

2% Se evitarán contradicciones entre el género de elocu- 


- 231 - 


ción y la función social del orador y del escritor, que es difun- 
dir la cultura, usándose, como caudal propio, las formas selee- 
tas del lenguaje culto, que son las que registran la Gramática 
y el Léxico, con exclusión de los localismos y vulgarismos; los 
cuales sólo deben figurar, en los cuadros de costumbres, como 
característicos del ambiente y del habla de los personajes pre- 
sentados. 

3". Se evitarán dificultades sobre la relación recíproca de 
los elementos oracionales, observándose estrictamente las leyes 
de la concordancia, de la correlación, del régimen y de la cons- 
trucción. 

4 Se evitarán obscuridades en la expresión cuidándose la 
ilación de las ideas; por tanto: 

a) No se omitirán los elementos esenciales de la oración; 
en caso de anacoluta y de cualquiera otra clase de elipsis, el ele- 
mento omitido debe sobrentenderse sin esfuerzo; 

b) Entre los términos relacionados no se intercalarán ele- 
mentos extraños a la relación, ni se presentarán yuxtapuestos 
elementos que no estén relacionados entre sí; 

c) No se quebrará la unidad de un concepto compuesto acu- 
mulando entre sus elementos incidencias encadenadas, que im- 
pidan relacionar los primeros con los últimos; 

d) Se graduarán, en cualquier orden, las enumeraciones 
presentadas en grupo, para facilitar, por la vía de lo simple, 
el acceso a lo complejo; 

e) No se alterará sin motivo el orden directo, porque la 
prolepsis intempestiva llama sin objeto la atención sobre lo 
accesorio desviándola de lo principal. 

La perspicuidad que estas prescripciones aseguran es la 
condición primordial de la elocución eficiente, pero no es la 
única; la concisión y la precisión deben acompañarla, para que 
«el esfuerzo de atención requerido al lector u oyente no sea ex- 
cesivo o no se frustre. En lo gramatical, a la concisión se llega 
por la elipsis, y la precisión resulta de la prolepsis; aquélla aho- 
rra la atención y ésta la encamina, Procediendo por instinto, en 
el lenguaje hablado tratamos de hacer borrosas todas las partí- 
.culas de la oración, y acentuamos la entonación en las partes 
esenciales para que impresionen al oyente más que las acciden- 
tales; de la misma manera, en el lenguaje escrito recurrimos a 
la elipsis y a la prolepsis, es decir, a la omisión y a la inver- 
sión, para que lo principal solicite la atención del lector con 
más fuerza que lo accesorio. 

Con este tema importantísimo, el de la eficiencia de la 
elocución, es decir, lo que constituye la corrección, el orden, 
la concisión y la precisión, debe terminar la enseñanza de la 
gramática en el curso superior. Hay que explicar qué es lo que 
causa las ambigiedades, las contradicciones, las dificultades y 


- 232 - 


las obscuridades en la expresión, e indicar los medios de evi- 
tarlas. Hay que explicar también cómo y por qué no es indi- 
ferente, aunque podemos optar por una u otra cosa, la men- 
ción o la omisión del artículo, del sujeto pronominal y de la 
preposición; ni es indiferente emplear el artículo definido o el 
indefinido, un modo o tiempo del verbo por otro, y el infinitivo 
por el substantivo; ni es indiferente anteponer o posponer el 
adjetivo al substantivo, y el sujeto, el complemento y el pro- 
nombre átono al verbo, y la oración subordinada a la principal. 
Hay que explicar, igualmente, cómo y por qué, aun cuando po- 
demos optar, repito, por uno u otro de estos recursos, el uso de 
uno u otro influye en la eficiencia de la elocución; de lo que 
resulta, en definitiva, que, si es facultativo pensar de cualquier 
modo, una vez elegido el modo de pensamiento es imperativo 
emplear la forma de expresión correspondiente. Y esto no es 
cuestión de arte literario, como lo considera la vieja escuela, 
sino de técnica gramatical. 


El uso del artículo 


Este capítulo es un esbozo de lo que podrían ser las páginas: 
de la gramática que fundara en lógica la elección de los ele- 
mentos de la lengua a los efectos de la expresión del juicio. Se 
vería que esta lógica no es una armadura forjada a priori 
para encajar la lengua adentro, sino al revés, un modelado de 
ella, la descripción anatómica y fisiológica de la entidad, hasta: 
hoy nebulosa, que conocemos bajo el nombre enigmático de «ge- 
nio o índole del castellano». Lo que tal libro reformaría no se- 
ría el mecanismo de la lengua sino el concepto falso, de arbi- 
trariedad representada por «autoridades» ejemplares y por 
«usos» caprichosos, en que los gramáticos acostumbran basar 
sus dogmas, porque, ignorantes todavía de la naturaleza, la teo- 
eracia sigue siendo para ellos el régimen salvador. 

Nadie niega que fué el arbitrio quien dió a la lengua sus: 
leyes fundamentales y quien hace que entre estas leyes cadu- 
quen unas y surjan otras; pero hay que reconocer que, una vez. 
hecha la convención, ya no es el arbitrio, sino sus leyes, lo que 
rige a la lengua directamente. Respetemos el derecho a la inno- 
vación, pero no proclamemos su absoluto imperio; porque, si 
la reforma fuera siempre el régimen, la lengua estaría en deli- 
cuescencia permanentemente y perdería todas sus ventajas como- 
medio fácil y rápido de comunicación intelectual entre los hom- 
bres. Observemos, pues, las leyes de la lengua; aceptemos el 
uso y rechacemos el abuso en virtud de esas leyes, y no en ho- 
menaje a tales o cuales autoridades, los grandes sacerdotes del 
culto, antiguos, modernos y contemporáneos. Para nosotros, los 
argentinos, la fuerza que puede ganar nuestra voluntad no es la 
de la autoridad sino la de la ley. No sé si alcanzarán a discernir 
la diferencia los que no son argentinos; no sé si el concepto de 
autoridad es uno mismo en esta tierra y en todas las demás; sos- 
pecho que no, porque hay indicios vehementes de eso: uno de 
ellos es la sumisión universal al magister dixit imperativo de 
la gramática escolástica, en auge todavía. 

Ahora, entrando en materia, diré que el objeto del pre- 
sente estudio es establecer la razón del uso del artículo y de la 
elección de sus clases; es decir, la correspondencia de esta forma 
de expresión con el modo de pensamiento que representa. 


- 234 - 


MENCIÓN DEL ARTÍCULO 


El artículo limita la extensión del concepto que expresa el 
substantivo a que se aplica; el definido lo individualiza, el in- 
definido lo especifica solamente. Porque el substantivo no indi- 
vidualizado ni especificado significa en toda su extensión la 
entidad nombrada, sea su comprensión cual fuere: tengo pan; 
bebo agua fresca; Andrés es médico; hago libro, no folleto; eso 
no es cosa mía; abrigo grandes esperanzas; vengo de paseo; voy 
4 misa; me quedo en casa; vendo goma en polvo. 

El artículo definido hace que el substantivo nombre una 
entidad individualizada y consabida: dame el libro; se está in- 
vestigando el crimen misterioso; vino el médico; se tendió al 
pie del árbol. 

El artículo indefinido hace que el substantivo nombre una 
entidad, no aisladamente, sino como indeterminado represen- 
tante de una especie: invitó a un amigo; una explosión hizo vo- 
lar todo; propongamos una solución definitiva. 

Hay que tener siempre presente la distinta función de am- 
bos artículos, el definido y el indefinido, para no incurrir en 
anfibologías. Si decimos: Rosa y Laura contaron La misma cosa, 
y si decimos Rosa y Laura contaron UNA misma cosa, habremos 
expresado conceptos muy diferentes; en el primer caso, que 
Rosa y Laura confirmaron lo que alguien había dicho antes que 
ellas; en el segundo, que Rosa y Laura contaron por igual algo 
que no determinamos. Véase, además, la diferencia de estas 
frases: el abrigo estaba hecho con piel de mono (el material, 
sin idea accesoria) ; el abrigo estaba hecho con piel de UN mono 
(parte de la piel de un solo mono) ; el abrigo estaba hecho con 
LA piel de UN mono (toda la piel de un solo mono) ; el abrigo 
estaba hecho con La piel DEL mono (toda la piel de un mono 
consabido) ; el abrigo estaba hecho con UNA piel de mono (en- 
tre todas las pieles posibles [especie] la de mono [individuo] 
es la empleada). 

Cuando el propósito es presentar como una cualidad el con- 
cepto del substantivo, y no es concretar en entidad específica 
su concepto general, la aplicación del artículo contrariaría tal 
propósito. Por eso resulta incorrecto el uso del indefinido en 
frases como éstas: Andrés es (un) médico; Juan no es (un) 
buen padre; puede muy bien cualquiera llegar a ser (un) gran 
hombre sin estar dotado de (un) talento ni de (un) ingenio su- 
perior, con tal que tenga valor, (un) juicio sano y (una) cabeza 
bien organizada. Véase la influencia del artículo en tal función 
comparando la significación respectiva de estas dos frases: eso 
es pan (concepto absoluto: se considera al pan en su natura- 
leza); y eso es un pan (concepto relativo: se distingue al pan 
de otros objetos). 


- 236 - 


Contribuye a aumentar las dificultades del uso de un y una 
la circunstancia de que estas formas son, a la vez, artículos in- 
definidos y numerales en función adjetival. Hay que discernir, 
pues, su carácter ante todo; y me parece inútil decir que, 
cuando el propósito es numerar, el numeral es indispensable. 

La influencia del francés, lengua en la que es ley funda- 
mental que el nombre se enuncie siempre con artículo, nos ha 
hecho perder la noción del oficio propio de esta partícula en 
castellano; de ahí nuestra tendencia a llenar de un y una in- 
útiles el discurso. Permítaseme insistir en lo ya dicho, repitién- 
dolo con otras palabras y otros ejemplos. 

Por fuerza hay que especificar al substantivo cuando se 
quiere señalar en su concepto algo que lo distingue de sus con- 
géneres; porque el artículo indefinido sirve para eso justa- 
mente, para establecer, con respecto al substantivo a que se 
aplica, la relación del individuo con la especie. Diremos, pues, 
Buenos Aires es una gran ciudad cuando queramos presentar 
esta ciudad entre otras; y diremos Buenos Atres es gran ciudad 
cuando queramos presentar a esta ciudad sin aludir a otras. De 
modo que el artículo indefinido es innecesario, y perturba la 
mente con su inútil referencia a la especie, cuando queremos 
presentar la cosa de una manera absoluta, sin el menor propó- 
sito de relacionarla con sus congéneres. Por eso es impropio el 
uso del indefinido en la frase: Andrés es (un) médico; como, 
por el contrario, sería inconveniente suprimir el indefinido cuan- 
do hay que aludir a la especie, y de ahí que digamos: Andrés 
es un médico de la escuela naturalista, porque, al enunciar la 
especie, es forzoso especificar al individuo. 

Con respecto al artículo hay que anotar aquí otro adefesio 
galicado: el uso del adjetivo demostrativo en lugar del artículo 
definido. El galicista escribe: lo atacó una de Esas enfermeda- 
des que no perdonan; y al escribir así lanza al lector al campo 
circundante en busca de la enfermedad que le señala y que el 
lector no encuentra. No era la intención del escritor mostrar 
al lector la enfermedad sino mentársela simplemente; pero el 
escritor ereyó que eran una misma cosa mentar y mostrar. La di- 
ferencia es enorme: porque, cuando se escribe, no se puede in- 
vitar a ver sino lo que ya ha sido presentado, de la misma ma- 
nera que, cuando se habla, no se puede señalar sino lo que el 
oyente tiene por delante. 

Otro adefesio galicado, y van tres. «Uno» y «otro», usa- 
dos como pronombres, no admiten el artículo; éste sólo debe 
acompañarlos cuando se les usa como adjetivos substantivados. 
Sin embargo, la influencia francesa hace que digamos, con in- 
útil gasto de saliva o tinta: el uno o el otro, el uno y el otro, la 
una a la otra, la una con la otra, etcétera, en vez de uno u otro, 
uno y otro, una a otra, una con otra, etcétera. 


- 236 - 


En fin, he aquí el cuarto adefesio galicado que se rela- 
ciona con el artículo. «Se ofende al buen juicio del lector con 
una aclaración que éste no pide» (copio esta expresión feliz de 
Cortejón en Arte de componer, p. 106) cuando, influídos por 
el francés, usamos el posesivo «su» en vez del artículo definido. 
Criticando este uso en Notas jocaserias a la 1a. traducción espa- 
ñola del Telémaco, Capmany dice: «El español con la boca come 
y con los ojos ve; pero el francés no puede comer sino con su 
boca, ni ver sino con sus ojos». 

Mucho debemos a la lengua francesa, que en libros de va- 
lor inapreciable nos ha enseñado casi todo lo que sabemos del 
progreso de las ciencias, de las artes y de las letras en el uni- 
verso entero; pero, por Dios, tengamos alma de hombre y no 
de niño, y no por esa razón utilitaria sacrifiquemos, como dicen 


Y 


los italianos, la lingua del cuore a la lingua del pane. 


OMISIÓN DEL ARTÍCULO 


Aplicado exclusivamente a una entidad consabida, conside- 
rada única, el substantivo se hace nombre propio, esto es, se 
individualiza en esencia, y por consiguiente rechaza el artícu- 
lo: Enrique duerme; conozco a Pérez; pido a Dios bendito; voy 
a Estados Unidos. Decir: «EL Tasso» es un italianismo innece- 
sario; decir «eL Dante» es error eraso. En cuanto a la aplica- 
ción del artículo al nombre de pila femenino: la Juana, la Inés 
y la Dolores vinieron hoy a verme, esta práctica vulgar se ex- 
plica por la costumbre tradicional del mote apelativo, origen 
del nombre de persona: de la Gorda, la Tuerta y la Sucia, a la 
Juana, la Inés y la Dolores, el paso era fácil. 

Ciertos nombres genéricos se hacen propios en el círculo 
familiar porque se les usa continuamente como apelativos, apli- 
cados siempre a una persona consabida; de ahí la omisión del 
artículo: hoy vino tío; madre ha salido. 

Todo substantivo usado como título, o como denominación 
especial, va sea aisladamente o en aposición, presenta en toda 
su extensión la entidad a que se aplica, sea su comprensión 
cual fuere; en consecuencia, el artículo desaparece: capítulo 
veinte; gramática castellana ; crimen misterioso; llegaron los dos, 
padre e hijo; Diego Torres, doctor en medicina; el rey profeta; 
«rosa» es el nombre de esa flor. Pero en el título el artículo es 
indispensable si se quiere enunciar una entidad consabida: El 
robo de ayer. Dicho sea de paso, son antonomásticos todos los 
nombres de periódicos que se inician con ese artículo: El Dia- 
rio, Los Debates, El Norte de Buenos Altres. 

El artículo no debe aplicarse al infinitivo ni a la oración 
de relativo cuando funcionan como sujetos, porque en tal fun- 
ción tales conceptos son absolutos y deben ser presentados en 
toda su extensión: comer es bueno, haber comido es mejor; que 


- 237 - 


Luis va a venir es seguro. Por consiguiente, es incorrecto de- 
<ir: mi descanso es (el) pelear; me tiene inquieto (el) que Luis 
ao venga. En cambio, el artículo es indispensable cuando al in- 
finitivo, usado como sujeto, acompaña un adjetivo o un modo 
adjetival, porque el concepto deja de ser absoluto en cuanto se 
le asigna alguna comprensión: el mentir de las estrellas es un 
seguro mentir. 

La omisión del artículo se explica en las locuciones porque, 
en las construcciones de esta especie, el substantivo se emplea 
siempre en sentido absoluto: a-pie; con-rumbo-a; en-materia-de. 

Los adjetivos indefinidos, los demostrativos y los posesivos 
individualizan o especifican el concepto general del substantivo 
a que se aplican; por eso tales adjetivos eliminan el artículo 
siempre que preceden al substantivo, esto es, cuando, como de- 
terminativos particulares de la extensión, absorben al deter- 
minativo general: préstame unos (o unos cuantos) pesos; algún 
perro será; no tiene ningún mueble; pide cualquiera cosa; cada 
Oveja con su pareja; las chicas iban con sendos tarros; escribo a 
cierto sujeto; he venido varias veces; no toda mujer es bella; 
dame otra naranja; Juan, Pedro y demás individuos de la cua- 
drilla; no sé cuáles flores prefieres; lo amenacé de tal modo 
Que se asustó; nadie va a verlo sino tal cual necesitado; tantos 
trabajos me agobian; tendrás cuantos amigos quieras; dime qué 
gente es ésa; toma este libro, ese papel y aquella pluma; pón- 
ganme estotra (o esotra) prenda; no conozco a tal persona; lle- 
garon ambas (o entrambas) cartas; quiero mi bienestar, tu 
tranquilidad y su dicha, nuestra unión y vuestra prosperidad; 
via la niña cuyo hermano es militar. 

Otro, demás y todo pueden no ser indefinidos, en cuyo 
caso, para cambiar de carácter, exigen que el substantivo a que 
se aplican sea determinado por el artículo o por el demostra- 
tivo: la otra luz; esas otras cosas; la demás gente; los demás 
papeles; todo el día; todo un día; toda una señorita; todos los 
«meses; todo aquel año. 

El adjetivo calificativo no excluye al artículo aunque tenga 
“significación demostrativa y se anteponga al substantivo. Debe 
«decirse: el mencionado pintor, el antedicho pintor, el sobredi- 
-Cho pintor, el susodicho pintor... y el dicho pintor también. 

Los adjetivos demostrativos este, ese, aquel, todos los po- 
3esivos menos cuyo, y el indefinido cualquiera pueden colocarse 
«después del substantivo, y en este caso no eliminan el artículo, 
porque, en vez de absorberlo, lo amplían: el libro este, ese, 
aquel; la madre mía, tuya, suya, nuestra, vuestra; una cosa 
«cualquiera. Alguno y ninguno lo eliminan en ambas posiciones, 
como que el indefinido entra en la composición de los dos vo- 
«cablos: algún chico será; no hay remedio alguno; no tiene nin- 
gún mueble; no llega hombre ninguno. 


- 238 - 


Tal, como adjetivo demostrativo, equivale a este, ese, aquel, 
y en consecuencia elimina al artículo cuando va antepuesto al 
nombre. Sin embargo, el diccionario académico nos propone que 
digamos: el tal drama, la tal comedia... ¿ Así se limpia, se fija 
y se da esplendor?... Cuando tal es demostrativo hay que de- 
cir: tal drama, tal comedia; y si tal es calificativo, un drama 
tal, una comedia tal. Sin artículo, tal puede ser adjetivo indefi- 
nido: lo amenacé de tal modo que se asustó; o demostrativo: no 
conozco a tal persona; tal origen tuvo su ruina; haced tales y ta- 
les cosas, y acertaréis; o calificativo: tal (igual) cosa jamás se 
ha visto; tal (tan gran) falta no puede cometerla un varón tal 
(semejante); o pronombre indefinido: no haré yo tal; o adver- 
bio: tal me habló que no supe qué responderle. Con artículo y 
en función autónoma es siempre adjetivo substantivado: un tal 
Cárdenas; el tal (o la tal) se me acercó. 


ELIPSIS DEL ARTÍCULO 


La supresión del artículo delante del segundo y demás 
substantivos de una serie enumerativa hace a todos ellos apo- 
sitivos del primero, o funde en unidad lógica los conceptos ex- 
presados: en el príncipe, niño y soldado hay una sola persona 
que reune esas tres condiciones; en los méritos y servicios de 
mi padre hay una sola masa, compuesta de esas acciones. 

Es obvio, pues, que la elipsis del artículo en tales enume- 
raciones, como recurso tendiente a dar brevedad a la expresión, 
no procede cuando el propósito no es formar unidad lógica; 
el oso, la mona y el cerdo acudieron; ni cuando las partes enun- 
ciadas no pueden formar unidad lógica a causa de su heteroge- 
neidad o de la falta de relación entre ellas. De modo que es in- 
correcto decir, como propone la gramática académica, el celo, in- 
teligencia y honradez de Fulano, porque las tres cualidades 
enunciadas no tienen la afinidad indispensable para componer 
una masa homogénea, aparte de que tal forma de presentación 
de esas cualidades no tendría objeto práctico, y al contrario, 
la individualización les daría más realce. Además, esa frase 
ofrece un rasgo marcadamente ilógico: para hacer una amalga- 
ma, para fundir varios conceptos en uno usando como fundente 
el artículo, es forzoso que éste convenga en género y número 
a todos los substantivos: la altura, anchura y largura de la 
mesa son suficientes. 

La elipsis del artículo tiene sus ventajas; pero no olvide- 
mos que la repetición de esa partícula en las enumeraciones, 
aunque cause cacofonías, puede ser recurso excelente cuando se 
quiera acentuar la individualización o especificación de las par- 
tes enumeradas. No olvidemos tampoco que una brevedad de- 
masiado estricta y apretada no tiene partos felices, sino los 


abortos que se llaman anfibologías., 


- 239 - 


En las expresiones alternativas la elipsis del artículo no 
puede hacerse cuando se da a elegir entre entidades diferentes, 
porque es indispensable individualizar o especificar cada una de: 
ellas: que venga un cura o un médico; dame el libro o la libreta ' 
en que está eso. En cambio, la elipsis debe hacerse, para evitar: 
la ambigiúedad, cuando lo que se da a elegir no es otra cosa. 
sino otro modo de nombrarla u otra forma de ella: vino el cura 
o vicario de la parroquia; dame el libro o cuaderno en que está: 
eso; y en estos casos la supresión resulta lógica porque la indi- 
vidualización o especificación es una sola, y está hecha ya por 
el primer artículo. 


EL ARTÍCULO Y LOS NOMBRES PROPIOS 


Cuando damos a un nombre de persona el carácter espe- 
cífico, esto es, cuando la entidad representada no es ya un in-. 
dividuo sino el tipo de una especie, el concepto de ese nombre 
propio se hace general y el artículo es indispensable entonces. 
para limitar la extensión de tal significado: que venga el otro 
Pérez; hay en esta lista un González que no ha venido; juntá- 
ronse representantes de las tres Américas; hay un Cristo en 
todo hombre humanitario; abundan los Juanes y los Josés; ese 
poeta es el Homero entrerriano; este pintor es un Rafael; en. 
el mundo estelar están inmortalizadas las Pléyades y las Híades. 

Aplicado a un nombre de persona al que no se da ese ca- 
rácter específico, el artículo indefinido obra como expletivo,. 
presenta enfáticamente a la persona en todas sus cualidades ca- 
racterísticas: ¡un Avellaneda competir con un Cervantes! 

El artículo definido acompaña sin función gramatical a un 
nombre propio cuando es parte integrante de él, y forma con 
él un todo indivisible: vivo en La Plata; el apodo de Peñaloza: 
era «el Chacho». 

Este artículo se usa, además, para evitar que se tome por 
nombre de persona o personificación, o por denominación geo- 
gráfica o cosmográfica, lo que es nombre propio de cosa: la Bi- 
blia; la Iliada; las Geórgicas; el Quijote; el Larousse; el Ze- 
rolo; el Olimpo; el Parnaso; el Erebo; el Capitolio; el Vati- 
cano; el Escorial; la Alhambra. Sin embargo, desde hace algu- 
nos años, un eserúpulo de exactitud ha creado y sostiene entre: 
nosotros la tendencia a enunciar los impresos, principalmente 
los periódicos, por el título que ostentan; en lo antiguo, el ar- 
tículo era indispensable para nombrarlos, y decíamos : «el Telé- 
grafo» (por Telégrafo Mercantil) ; «el Semanario» (por Sema- 
nario de Agricultura, Industria y Comercio) ; «el Correo» (por 
Correo de Comercio) ; «la Gaceta» (por Gazeta de Buenos Ay- 
res); hoy día, por ese eserúpulo de exactitud no usamos el ar- 
tículo sino cuando forma parte textual del título: toma «La Na- 
ción» y alcánzame «La Prensa»; estoy subscrito a «Nosotros» y 


- 240 - 


a «La Razón»; encontrarás la nota en «El Hogar» y en «Caras 
y Caretas». 

Aplicado a un nombre propio, un calificativo le da com- 
prensión, y en consecuencia lo desindividualiza, le asigna con- 
<epto general dentro de esa comprensión; por tanto, el artícu- 
lo se hace indispensable pára individualizarlo o especificarlo 
en su nueva aplicación : el Dios de los cristianos; la Argentina 
moderna; una Semíramis convencional; el prudente Andrés. 

Naturalmente, el artículo definido acompaña al nombre 
propio cuando éste no es tal en esencia sino un nombre gené- 
rico individualizado por antonomasia: el culto de la Virgen; los 
pintores del Renacimiento; el Sol es el centro de nuestro uni- 
verso; la Luna es satélite de la Tierra; la constelación de la 
Ballena; Enrique el Pajarero. 

El apellido es esencialmente de género masculino y número 
singular, como nombre propio de varón y de uno solo; por con- 
siguiente, si hacemos de ese nombre propio e individual un nom- 
bre común y genérico, y queremos aplicarlo a una mujer o a 
más de una persona, el artículo es indispensable como deter- 
minativo, y en tal carácter toma las flexiones correspondientes 
al sexo y al número de las personas representadas: la Gorriti, 
una Pizarro, las Almagro, los Alvear, los Herreros. Porque lo 
impone la eufonía toman la desinencia plural los apellidos que 
acaban en o, en armonía con la terminación del artículo mascu- 
lino: los Sarmientos, los Carbós, los Rodós. 

En algunas denominaciones geográficas individualizadas 
por el artículo definido y determinadas por un adjetivo o por 
un substantivo en aposición, el nombre genérico de la caracte- 
rística geográfica ha desaparecido, por obvio, con el tiempo, a 
pesar de lo cual ha quedado subsistente el artículo, que acom- 
paña al adjetivo substantivado, o al apositivo, convertido uno u 
<otro en nombre propio: el (océano) Atlántico; el (mar) Medi- 
terráneo; las (islas) Malvinas; el (lago) Nahuel-Huapt; el 
(río) Paraná; el (arroyo) Maldonado; el (pico) Aconcagua; 
los (montes) Andes. En estos casos el artículo no tiene ya fun- 
ción determinativa sino pronominal, como signo del nombre des- 
aparecido que indicaba la característica geográfica, y su uso 
en tales easos se justifica; en cambio es incorrecto emplearlo 
cuando no representa ninguna característica geográfica sobren- 
tendida, como en las denominaciones: el Brasil, el Perú, el Chaco, 
la Patagonia, donde esa partícula, que tarda ya en desaparecer, 
no es sino un rezago de la antigua práctica que aplicaba el ar- 
tículo a los nombres de países para distinguirlos de los nom- 
bres de personas o personificaciones. 

Una elipsis impuesta también por lo obvio del substantivo 
genérico suprimido explica la presencia del artículo junto a 
los nombres de los días de la semana, nombres que son tan pro- 


- 241 - 


pios como los de los meses, aunque unos y otros se escriban en 
castellano con minúscula para ahorrar esfuerzo, dada la conti- 
hua necesidad de citarlos: iré a verte el (día) jueves; viene 
aquí todos los (días) viernes. Por una sinécdoque que da a 
«abril» el sentido de «primavera» se explica el artículo junto a 
un nombre de mes en la frase: en el abril de la vida, hispanis- 
mo que los de este hemisferio austral no podemos hacer nuestro. 


APLICACIONES ESPECIALES DEL ARTÍCULO 


Es un error en que incurren casi todas las gramáticas de- 
cir que la aplicación del artículo substantiva la palabra cuya 
función normal en la oración no es la del substantivo. El artícu- 
lo no es más que el signo de esta metamorfosis, cuya causa es 
el hecho de que hacemos de la palabra una entidad autónoma 
al emplearla, no en función oracional, sino como nombre de 
sí misma, o al presentar su concepto en lo absoluto de su signi- 
ficado. Cuando decimos: Lo, como artículo, no tiene género ni 
número, presentamos como substantivo esa partícula; cuando 
«decimos: QUERER €s PODER, substantivamos esos dos infinitivos. 
Ahora bien: esta substantivación importa, naturalmente, dotar 
de extensión y comprensión al substantivado, y de ahí que 
pueda aplicársele el artículo cuando sea necesario: el LO neutro 
da mucho que hacer a los gramáticos; el yo egotista es, a la vez, 
orgulloso y vanidoso; es un seguro MENTIR el MENTIR de las es- 
trellas; respondió a mis apremios con un MAÑANA dilatorio; el 
-CON y el SIN prepositivos son elementos ideológicos antitéticos; 
los PORQUÉS del preguntón no me fastidian; se oían los AYES an- 
gustiosos del herido; al «qué dirán» temoroso que ella objetaba, 
oponía yo un cínico «no importa». 

Cuando el artículo se aplica a un adjetivo o a un modo ad- 
jetival que no acompaña a un substantivo, su función es pro- 
nominal : representa una entidad individualizada o especificada, 
que el adjetivo o el modo adjetival determina o califica: es UN 
perdido; es UNA loca; soy UN bendito; habló UN tal Cárdenas; 
pido EL mío; peor es EL otro; EL tal (o LA tal) se me acercó; 
acudieron LOS demás; interrogamos a Luis, EL cual no sabía 
nada; nos acompañó EL que acababa de llegar; prefiero EL se- 
gundo; guárdate Los dos; pierdo EL décimo; dale EL doble; EL 
bueno de Pedro; Pedro EL bueno; La taimada de la patrona; 
quiero EL verde; se me allegó EL de la capa; no me gusta EL de 
tela sino EL de puño; cuéntame LO de la riña; afirmo LO que es 
cierto; nos pusimos a gritar, Lo cual no dió resultado, 

El artículo neutro se aplica al adjetivo en función autó- 
homa para hacer una entidad de la determinación o calificación 
general así enunciada, caso que presentan los tres últimos ejem- 
plos y también este otro: Lo mejor es enemigo de Lo bueno; y 
se aplica al adjetivo en función subordinada para hacer una 


16 


- 242 - 


entidad de la calificación particular que enuncia ese adjetivo con 
las desinencias propias del caso: alaban a tu esposa por LO 
buena, y a tus hijos por LO cariñosos e ingeniosos. 

Aplicado a un substantivo, este artículo lo adjetiva, le 
quita el carácter de cosa para darle el de cualidad representa- 
tiva del carácter distintivo de esa cosa: Isabel I era tan grande 
en LO mujer como en LO reina; Juan vivía a Lo príncipe. De la 
misma manera substantiva al adverbio, para hacer de su con- 
cepto una entidad: entonces ví Lo lejos que el puente estaba; 
me admiró Lo pronto que el chico estuvo de vuelta. 

Como en el caso de la aplicación directa del artículo al 
calificativo geográfico (el [océano] Atlántico), una elipsis, im- 
puesta también por lo obvio del substantivo suprimido, explica 
la anomalía gramatical de las numerosas locuciones del tipo de: 
a LA antigua, a LA francesa, en las que está sobrentendido el 
substantivo «usanza» o «manera», como lo está «uso» o «modo» 
en las de este otro tipo: AL contado, AL contrario, y como lo es- 
tán otros substantivos, a veces no fáciles de determinar, en: 
estar en Las últimas (boqueadas), hacer de Las suyas (Cosas), 
salirse uno con LA suya, ver uno LA suya, tomar LAS duras con. 
LAS maduras, y demás modismos congéneres. 

Con esta función especial del artículo sin nombre se rela- 
ciona la función más curiosa aún de la como pronombre sin 
antecedente, esto es, usado para representar algo que no ha 
sido nombrado nunca, como en los innumerables modismos de 
tipo: arreglárseLas, ahí me Las den todas, no La hagas y no LA 
temas, etcétera. Esta anomalía es común a todas las lenguas 
románicas, y el crecido número de expresiones elípticas de esta 
naturaleza que existen en castellano invita a considerarlas como 
resultados no de un capricho accidental sino de una delibera- 
ción metódica. Es evidente que su objeto es hacer una alusión 
indeterminada, con el fin malicioso de intrigar al oyente, pro- 
vocar sus conjeturas, dar alas a su imaginación y frustrar su 
curiosidad si intenta indagaciones. 

En su forma singular el artículo definido tiene valor 
ideológico de plural cuando el substantivo a que se aplica re- 
presenta, no un individuo consabido, sino la especie entera, por 
antonomasia: el hombre es mortal; el zorro es astuto; la pal- 
mera es esbelta; el campo es más sano que la ciudad. Por esta 
misma función del artículo, agregada a la pronominal que ejer- 
ce junto al adjetivo substantivado, sucede que, cuando éste ex- 
presa una cualidad personal, la forma masculina, hecha signo 
de «hombre», y la femenina, hecha signo de «mujer», represen- 
tan la generalidad de los hombres y de las mujeres, limitada en 
su extensión a la comprensión que enuncie el atributo: EL 
bueno va a la gloria; La intrigante es siempre hipócrita; LA fea 
es por lo común simpática. 


- 243 - . 


CONCLUSIONES 


Lo que antecede demuestra bien cuán diversas son las fun- 
ciones de la partícula de la oración, tan insignificante al pare- 
cer, que se llama artículo, y cuán complejo es su uso, y cuánta 
diferencia sutil hay en sus aplicaciones. Nada extraño es, pues, 
que se hallen continuos errores respecto a estas aplicaciones, 
tanto en los escritores como en los gramáticos mismos, la Aca- 
demia española entre ellos. En este capítulo hemos señalado, 
no las aplicaciones elementales, porque no escribimos para prin- 
cipiantes, sino aquéllas cuyo discernimiento requiere una capa- 
cidad crítica más que mediana; facilitar este análisis y este 
juicio a los estudiosos es nuestro objeto, e invitarlos a que 
funden en lógica su uso de la lengua. No se es purista ni rela- 
mido ni amanerado por eso, sino por el vocabulario y por el 
estilo; la corrección gramatical no es ni la tela del traje ni su 
corte, es simplemente su compostura y aseo, y no basta evitar 
las manchas de grasa y las motas de barro, también hay que 
aventar el polvo. De este polvo, que a veces es caspa copiosa y 
pertinaz, trata precisamente este capítulo. Y si la corrección 
gramatical es eso desde el punto de vista práctico, desde una 
altura mayor es una obra de arte que empieza por halagar el 
sentido estético del escritor, y que da luego a su figura, en el 
mundo de las letras, un brillo distintivo de elegancia. En sín- 
tesís: si el escritor es inteligente e interesante, lo dicen sus 
ideas; si es culto y entendido, lo dice su vocabulario; si es na- 
tural y desenvuelto, lo dice su estilo; y si es limpio y aliñado, 
lo dice su gramática. 

Ahora, para cerrar este capítulo con una enseñanza más, 
agregaré lo siguiente, que es una demostración de la particu- 
larísima función ideológica del artículo, cuya omisión o cuya 
elipsis, y cuya forma definida o indefinida, causan sendas al- 
teraciones importantes en el sentido de la expresión. Advierta 
el lector la diferencia de significado entre estas dos frases: 
EL rayo la mató y UN rayo la mató. En esta última forma, UN 
rayo la mató, especificamos el trágico meteoro sin individuali- 
zarlo, y por tanto lo presentamos de una manera rápida, sin 
detenernos en él nada; en la primera forma, EL rayo la mató, 
individualizamos el fenómeno para darle carácter antonomás- 
tico, y en consecuencia hacemos que, a la idea de un rayo parti- 
cular, se agregue en nuestra mente la vislumbre de los efectos 
de todos los rayos que hemos visto o imaginado. Una diferencia 
análoga puede advertirse entre estas otras expresiones: blanca 
como nieve (como un copo de nieve) y blanca como LA nieve 
(como todas las nieves conocidas). 

Penétrese bien el lector del distinto valor ideológico del 
substantivo presentado sin artículo, o con artículo definido, o 


. - 244 - 


con artículo indefinido. Y cuando haya dominado el punto 
comprenderá cuánta incuria hay en decir, como los actuales tex- 
tos de gramática, que tal y tal formas son correctas, sin ex- 
plicar qué valor ideológico tiene cada una de ellas, dejando la 
elección al arbitrio de quien busca en esos textos, no una au- 
torización o una prohibición solamente, sino también una guía 
en los casos de clección dudosa. Salta a los ojos el error de la 
Academia cuando dice, en su Gramática, que hay ocasiones en 
que ambos artículos son equivalentes, y pone por ejemplo la 
Írase: UNA mujer honesta es corona de su marido, dando así, a 
causa del indefinido, carácter fortuito a un concepto que sólo 
tiene valor si se generaliza. Diré de paso que esta frase está 
en el capítulo xx11 de la segunda parte del Quijote; pero Cer- 
vantes escribió LA, y n0 UNA. ¿Cómo es que, si El hizo eso, se 
atreve la Academia a enmendar a su Pios la plana?... Diré 
también que, aun cuando esa gramática afirma lo contrario, no 
es lo mismo decir: canta como ruiseñor, canta como UN ruiseñor, 
canta como EL ruiseñor, porque la adopción de una u otra for- 
ma no es cuestión de gusto, de simetría o de eufonía, sino de 
fuerza expresiva, subordinada al valor que el escritor quiera 
dar a su frase, ya que le está permitido presentar el modelo 
del ruiseñor con carácter genérico, o específico, o universal. 

La lengua es un instrumento musical comparable al piano, 
porque tiene, como él, dos usos: el uso vulgar, cuando ese ins- 
trumento, hecho elavicordio de estropajo, acompaña al baile, al 
canto y a la conversación también; y el uso artístico, cuando 
se instrumento, hecho laúd magnífico, acaricia el oído y embe- 
lesa el ánimo con la filigrana de sus sones melódicos y armóni- 
<os, muchos de ellos tenues y sutiles, e inaccesibles por eso 
para el común de las gentes. 


El uso de la preposición 


Expuestas ya, en los capítulos precedentes, las considera- 
ciones que a mi juicio exigen la reforma fundamental del ruti- 
nario plan escolástico de la Gramática, para que en la exposi- 
ción de los hechos gramaticales el raciocinio propio reemplace 
al criterio de autoridad, y la evidencia al precepto, y la lógica 
al arbitrio, voy a ofrecer aquí, con el análisis de las funciones 
de la preposición, una prueba más de que es posible fundar en 
lógica la Gramática cuando se trata del uso de las partes de la, 
oración, es decir, de la elección y ordenación de ellas en el dis- 
Curso. 

En castellano, la preposición desempeña dos funciones gra- 
maticales diferentes: una lexicológica y otra sintáctica. Se em- 
plea en función lexicológica, sin valor ideológico, como simple 
signo de transformación, para construir las locuciones heteró- 
clitas llamadas «modos gramaticales», que amplían el léxico su- 
ministrando en forma analítica partes de la oración para las 
cuales no hay forma sintética, o si la hay, se la considera insu- 
ficiente. Y entra en juego con función sintáctica, para estable- 
cer la especie de relación que resulta de su valor ideológico. 
cuando hay que dar a alguna parte de la oración un comple- 
mento nominal, es decir, que consista en un substantivo o subs- 
tantivado, o infinitivo, o pronombre, o adverbio u oración subs- 
tantiva. 


MODOS GRAMATICALES 


Como el modo gramatical es una especie de locución, hay 
que empezar por definir esta última. «Locución» es la unión de 
vocablos que se distingue de la asociación libre en que consti- 
tuye una expresión ideológicamente indivisible, porque sus ele- 
mentos no conservan sus valores propios, léxicos o gramatica- 
les, sino que se desprenden de ellos para asumir un valor único 
y especial que comprende a todos. 

Hay locuciones que, léxicamente consideradas, son «modis- 
mos», porque su significado real no resulta del literal : irle bien 
o mal a uno; y hay otras que, sintácticamente consideradas, son 
«idiotismos», porque su construcción es antigramatical: a-ojos- 
vistas. En cuanto a su estructura, la locución se divide en dos 


- 216 - 


clases: el «compuesto», formado con palabras del mismo oficio 
gramatical: lengua-madre, y a veces con enlace conjuntivo: 
días-y-días, uno-que-otro; y el «modo», que es la combinación 
heteróclita cuyos diversos componentes pierden sus oficios gra- 
maticales respectivos para desempeñar en conjunto uno solo: 
de-nota equivale al adjetivo notable, de-balde al adverbio gra- 
tuitamente, en-dirección-a a la preposición hacia, en-tanto-que 
a la conjunción mientras. 

La función de la preposición en el modo es, pues, hacer he- 

teróclita la parte de la oración a que se antepone para darle 
un oficio distinto del normal. Sin embargo, en el caso del modo 
adverbial que tiene por núcleo un adverbio, la preposición no 
cambia al adverbio su oficio propio como parte de la oración 
sino su carácter normal en tal oficio, que es denotar el lugar, 
el tiempo o la cantidad; le deja su función gramatical, pero lo 
convierte en adverbio de modo. Compárese: lo veo cerca con 
lo veo de-cerca; llegó pronto con llegó de-pronto; tengo menos 
<on tengo de-menos. 
: La preposición empleada así, en función lexicológica, sin 
valor ideológico, como simple signo de transformación, es, pues, 
la característica del modo gramatical, sin más excepción que 
uno que otro modo prepositivo o conjuntivo; otra caracterís- 
tica del modo gramatical es su molde, formado por una corre- 
lación de preposiciones, o de preposición y conjunción, en la 
cual se intercala el núcleo nominal variable. Pero no es la es- 
tructura, sino la función, lo que clasifica al modo gramatical 
en cuatro órdenes: el modo adjetival porque sirve de adjetivo, 
el modo adverbial porque sirve de adverbio, el modo preposi- 
tivo porque sirve de preposición, y el modo conjuntivo porque 
sirve de conjunción. 

El modo adjetival tiene por signo inicial las preposicio- 
nes A, DE, EN y POR: pintura al-óleo, loco de-remate, libro en- 
blanco, venta por-mayor. 

El modo adverbial tiene por signo inicial las preposiciones 
A, ANTE, BAJO, CON, DE, POR, SIN Y SOBRE: andar a-pie, vivir ante- 
todo, estar bajo-tutela, comer con-ansia, trabajar de-noche, de- 
cir en-broma, limpiar por-encima, creer sin-duda, poner sobre- 
aviso; o se forma correlacionando DE con A, EN y PARA: de-pies- 
a-cabeza, de-trecho-en-trecho, de-acá-para-allá; o intercalando 
A, CON y TRAs entre los dos miembros de una expresión gemi- 
nada: cara-a-cara, codo-con-codo, golpe-tras-golpe. 

El modo conjuntivo tiene por signo inicial las preposiciones 
CON, EN, POR y SIN: con-todo, en-cambio, en-efecto, en-fin, en-re- 
sumen, por-consiguiente, por-lo-tanto, por-tanto, por-último, sin- 
embargo; o por signo final la conjunción QUE O COMO, con núcleo 
adverbial: así-que, así-como, una-vez-que, tan-pronto-como, ya- 
que, pero los de núcleo participial no admiten sino QUE: dado- 


- 247- 


que, puesto-que, supuesto-que, visto-que; y los hay que tienen a 
la vez preposición inicial y conjunción final, formados por la co- * 
rrelación de las preposiciones A, CON, DE, EN y POR con la conjun- 
ción QUE: a-medida-que, al-punto-que, con-tal-que, de-modo-que, 
en-tanto-que, por-más-que. También se forman modos conjun- 
tivos por yuxtaposición o correlación de dos adverbios: ahora- 
bien, no-bien, si-bien, no-obstante, apenas... cuando; o correla- 
cionando un adverbio con la conjunción QUE: tanto... que. 

El modo prepositivo se forma mediante una correlación de 
Jos preposiciones: A y DE, A y POR, CON y A, CON y DE, DE y CON, 
DE y DE, EN y A, EN y DE, POR y A, POR y DE. Muchos de estos 
modos prepositivos son índice de oración substantiva prece- 
dida por el enunciativo QUE: a-fin-de-que, por ejemplo. Otros 
se forman agregando al núcleo la preposición A, CON O DE: fren- 
te-a, junto-a, conforme-a, respecto-a, tocante-a; junto-con, con- 
forme-con; fuera-de. 

He aquí la lista de algunos de los vocablos que constituyen 
el núcleo nominal en los modos prepositivos formados por co- 
Trelación : 

a... de: beneficio, cargo, causa, consecuencia, diferencia, 
excepción, favor, fe, fuerza, guisa, gusto, instancia, juicio, ley, 
manera, merced, modo, nombre, pedido, pesar, propósito, punto, 
razón, ruego, semejanza, título, través. 

al... de: cabo, canto, dorso, encuentro, frente, igual, lado, 
margen, rededor, tenor. 

a... por: tiene por núcleos todas las medidas y todas las 
<antidades. 

con... a: arreglo, relación, respecto, rumbo, sujeción. 

con... de: intención, miedo, motivo, objeto, pretexto, pro- 
pósito, tal. 

de... con: acuerdo, conformidad. 

de... de: parte, propiedad. 

en... a: atención, comparación, conformidad, correspon- 
dencia, cuanto, dirección, orden, proporción. 

en... de: ademán, apoyo, ausencia, busca, calidad, cam- 
bio, carácter, caso, consideración, contra, cumplimiento, de- 
manda, defensa, favor, homenaje, honor, interés, lugar, medio, 
mérito, mitad, opinión, oposición, perjuicio, pos, presencia, ra- 
zón, reemplazo, señal, situación, substitución, torno, vez, virtud, 
vista. 

por... a: amor, miedo. 

por... de: arte, culpa, medio, obra, orden, resultado, te- 
nor, vía. 

Una ojeada a la lista de estos moldes correlativos revela 
un hecho singular: el apareamiento alfabético de sus formas: 
a con de y por; con con a y de; de con con y de; en con a y de; 
por con a y de, Esta singularidad coincide con otra no menos 


- 248 - 


.curiosa : el hecho realmente extraño de que 14 de las 17 prepo- 
siciones castellanas forman también parejas alfabéticas: a y 
ante, con y contra, de y desde, en y entre, hacia y hasta, para y 
por, sin y sobre. Se diría que una intención deliberada ha pre- 
sidido la organización de esta parte de la estructura del caste- 
llano, si no fuera la imposibilidad absoluta de una delibera- 
ción previa en la formación y evolución de los elementos de las 
lenguas. 


COMPLEMENTOS 


La situación subordinada del complemento no se expresa 
en castellano con desinencias; por eso en nuestra lengua no 
hay casos ni declinación, ni para los pronombres personales. 
Esa relación se establece por simple yuxtaposición, o con pre- 
posiciones o conjunciones que, mediante su valor ideológico pro- 
pio, indican la especie de relación que liga al complemento con 
su antecedente. 

Al efecto nuestra lengua ha distribuído en esta forma sus 
respectivas funciones a las preposiciones con que cuenta: desde 
indica la situación originante determinada por el complemento 
a que se antepone, y hasta la finalizante; a la expectante, y de 
la proveyente; en la incluyente, y entre la circundante; por la 
agente, y contra la renitente; con la concurrente, y sin la absti- 
nente; hacia la atrayente, y para la recipiente; sobre la subya- 
cente, y bajo la dominante; ante la presenciante, y tras la pre- 
cedente; según la conformante. Las demás posiciones relativas 
posibles se expresan con conjunciones o con modos prepositivos 
y modos conjuntivos, formas analíticas de la relación, que no 
sólo completan la serie de las preposiciones y conjunciones sino 
que pueden reemplazar a éstas perifrásticamente. 

Señalar estas situaciones, determinadas en cada caso por 
el complemento, es lo que hace la preposición al relacionar los 
términos que une; y el carácter de la relación así establecida. 
sólo puede resultar del significado que tenga la combinación de 
los tres elementos. Por tanto, es arbitrario asignar a las prepo- 
siciones el significado de las relaciones que establece; sin em- 
bargo, desde hace más de un siglo se está perdiendo lastimosa- 
mente el tiempo en la vana empresa de querer precisar el sig- 
nificado de la preposición por ese medio; esto es como empe- 
ñarse en atribuir a la forma del broche el servicio que pres- 
tan las piezas que une. 

Nuestra lengua distingue cuatro complementos del verbo: 
el material, el adverbial, el objetivo y el cireunstancial. El com- 
plemento material presenta la materia en que se concreta la ac- 
ción del verbo; y no requiere preposición cuando la acción se 
conereta en una cosa inerte o así considerada: amo MIS LIBROS, 
la corriente desvió EL ARENAL, llevo EL PERRO a su casilla, llevo 


- 249 - 


al perro SU COMIDA, prefiero PEDRO a Paco; y requiere la pre-- 
posición a como prótesis cuando la acción se concreta en una 
entidad autónoma o así considerada: amo A DIOS, AL ARENAL. 
desvió la corriente, prefiero a PeDro. El complemento adverbial 
presenta un lugar, un tiempo, unha cantidad o un modo de la 
acción del verbo, mediante un adverbio o modo adverbial, o- 
frase nominal que expresa tiempo o cantidad; y no requiere 
preposición: está AQUÍ, vino AYER, habla MUCHO, acudió DES- 
PUÉS; anda DE-ACÁ-PARA-ALLÁ ; llegará EL DOMINGO, cuesta TRES. 
PESOS. El complemento objetivo presenta el objeto que recibe 
la acción del verbo; y requiere la preposición a como prótesis : 
llevo AL PERRO su comida, El complemento circunstancial pre-- 
senta alguna particularidad de la acción del verbo, que no es. 
la materia ni el objeto de ella; y requiere preposición, por- 
que es necesario indicar en qué sentido se aplica a la ac- 
ción del verbo la particularidad enunciada: llevo el perro 
A su casilla, prefiero Pedro a Paco; voy A estudiar, vengo DE. 
estudiar, me entretengo EN estudiar, me contento CON estudiar, 
vivo PARA estudiar, no duermo POR estudiar, no puedo estar SiN 
estudiar. Sólo cuando precede a este complemento es cuando la 
preposición tiene función libre con valor ideológico propio, y de: 
ahí que pueda elegirse cualquiera de ellas, salvo cuando es ré-- 
gimen obligado, para llenar las necesidades del caso. 

Los pronombres de primera y de segunda persona del sin- 
gular tienen formas especiales para la función de sujeto: yo y 
tú respectivamente, y para la de complemento tienen las for- 
mas me, mí en la primera del singular, te, tí en la segunda del 
singular, nos en la primera del plural, os en la segunda del 
plural; y el de tercera persona tiene las formas complementa- 
rias se, sí, tanto para el singular como para el plural. Fuera de 
las formas me, te, se, mos y os que embeben la a protética del 
complemento material u objetivo, y conmigo, contigo y consigo 
que aglutinan la preposición del circunstancial, toda otra forma 
de pronombre personal requiere, cuando no es sujeto, la pre- 
posición que indique en qué sentido complementa a su antece- 
dente. 

El pronombre de tercera persona tiene otras cuatro formas. 
complementarias: lo, la, le y se, que también embeben la a pro- 
tética; las dos primeras constituyen, con diferencia de género, 
el complemento material del verbo, y las dos últimas, comunes 
a ambos géneros, representan el objetivo, usándose se en vez de 
le, por eufonía, delante de lo y la o sus plurales, El empleo de 
estas formas se resume en las siguientes frases: llamé al niño, 
LO llevé aparte, LE dí el libro y SE LO recomendé; llamé a la 
niña, La llevé aparte, LE dí la carta y SE LA recomendé. Es co- 
rriente equivocar la aplicación de estas formas porque no se dis- 
tingue entre el complemento material y el objetivo; la diferencia 


- 250 - 


es fácil de advertir si se comparan entre sí las frases: llevé EL 
perro a su casilla, en que «perro» es la materia en que la acción 
se concreta, y llevé AL perro su comida, en que «perro» es el ob- 
jeto de la acción; por eso, al cambiar en tales casos el nombre 
por el pronombre complementario, hay que decir: Lo llevé a su 
casilla (LO =EL perro) y LE llevé su comida (LE= AL perro). 


REGÍMENES 


Hay verbos, substantivos, adjetivos, adverbios y modos pre- 
positivos que imponen a sus complementos la preposición que 
debe encabezarlos; y entre los verbos de esta clase los hay que 
cambian de significado según la preposición que se agregan. 
Un complemento puede poner cualquiera preposición a su ca- 
beza; pero, al aplicarse a tales verbos, substantivos, adjetivos, 
adverbios y modos prepositivos, tiene que adoptar la que cada 
uno de éstos ha instituído en acólito suyo. En todos estos casos 
la preposición forma parte integrante de tales palabras o locu- 
ciones, constituyendo su régimen obligado, por lo que la elec- 
ción de ella no es facultativa. 

Al advertirse que, en estos casos, un cambio de preposi- 
ción, cuando lo admite el verbo, da otra acepción a éste, se eree 
generalmente que la preposición es lo que causa esa diferencia 
de significado. Si así fuese, si la preposición tuviera la facultad 
de alterar en un sentido dado la significación del verbo a que 
se agrega, esa misma preposición alteraría en el mismo sentido 
la significación de todo otro verbo, y tendríamos el fenómeno 
extraordinario de que la simple relatio, representada por la 
preposición, podía cambiar la naturaleza de la actio y de la 
passio que representa el verbo. La lógica no admite esto, y la 
verdad es que no pasa semejante cosa. Lo que sucede solamente 
es que el verbo tiene de por sí su acepción propia, o más de 
una, y para unirlo a su complemento es indispensable usar, en 
cada caso, la preposición que indique precisamente en qué sen- 
tido particular se aplica a la acción del verbo, en tal acepción, 
alguna circunstancia de ella. De igual suerte, cuando hay que 
dar complemento a un substantivo o a un adjetivo en función 
de predicado, no toda preposición es aplicable, porque el subs- 
tantivo o adjetivo tiene de por sí, lo mismo que el verbo, su 
acepción propia, o más de una; y como pasa también con el ré- 
gimen del verbo, la preposición que el substantivo o adjetivo 
rige es la que exige la acepción del caso para relacionarse de 
una manera dada con su complemento. 

Ahora bien: a causa de su aplicación a innumerables parti- 
cularidades de la relación especial que cada una de ellas esta- 
blece, las preposiciones de uso más frecuente: a, con, de, en, 
pura y por, han tomado un valor ideológico complejo, nada fá- 
«cil de precisar a primera vista; y por esto, porque el valor de 


- 251 - 


esas preposiciones no es tan evidente como el de las demás, el 
escritor falsea continuamente el régimen del verbo o del subs- 
tantivo o del adjetivo. El remedio específico de esta incorrección 
está en el conocimiento del valor ideológico de cada preposi- 
ción; pero como esto no es accesible a todos, porque la determi- 
nación de tales valores raya a veces en sutileza, puede reco- 
mendarse como sucedáneo el recurso de la consulta al Léxico, 
donde toda palabra de régimen obligado debe figurar con la 
preposición que exige cada una de sus acepciones. El común de 
los escritores prefiere hacer del régimen una cómoda cuestión 
de memoria, y no una engorrosa empresa de discernimiento; 
está en su derecho, y el lexicógrafo debe ponerse a su servicio, 
siguiendo el buen ejemplo dado al respecto por Elías Zerolo, 
Miguel de Toro y Gómez, y Emiliano Isaza, en sus dos obras 
conjuntas : el diecionario enciclopédico y el de la lengua. 

Con el adverbio que admite complemento la dificultad del 
régimen no existe porque el medio de relación es siempre una 
preposición determinada. Por ejemplo, hay que usar de con los 
adverbios de lugar o cantidad, y con los que son de tiempo y or- 
den a la vez; pero no admiten complemento los demostrativos 
de lugar: aquí (salvo en las exclamaciones obsoletas de tipo: 
¿aquí del rey!), ni acá y allá (a menos que sean términos de 
comparación), ni ahí, allí y acullá; y hay que advertir que 
donde, aquende y allende contienen ya esa preposición como 
elemento lexicológico e ideológico a la vez. 

En cuanto al régimen de los modos prepositivos formados 
por correlación, las preposiciones a y de, y también con y por 
en escasa medida, a!ternan en tal función; y como se trata de lo- 
cuciones, en las que las palabras no suman sus valores indivi- 
duales sino que se desprenden de ellos para asumir en con- 
junto uno especial, el Léxico debe presentarlas en toda su inte- 
gridad como uniones indisolubles, y no en parte, como combina- 
ciones de régimen libre, declarando si debemos decir: con-arre- 
glo-a o con-arreglo-de, en-comparación-a o en-comparación-de, 
en-torno-a o en-torno-de, de-acuerdo-a o de-acuerdo-con, por- 
temor-a o por-temor-de. 

Curioso es el hecho de que la Academia española de la len- 
gua, que en su Gramática intercala (como remiendo en capa 
nueva) treinta páginas de léxico sobre la materia, no toca este 
último tema ni por pienso, y en su Diccionario corre como gato 
por ascuas sobre tales locuciones, saltando infinidad de ellas, y 
de las más usuales, como: a-causa-de, con-motivo-de, en-favor-de, 
en-proporción-a, por-medi0-de; y agregando por rarísima excep- 
ción el régimen. Todo esto se explica porque la Academia no 
ha estudiado el punto todavía; en sus definiciones de «por tan- 
to» y «en vista» no da pie con bola al manejar una de esas 
locuciones, y escribe unas veces en-atención-a, y otras en-atención 


- 252 - 


-de... y para ella es lo mismo decir con-respecto-a o con-respec- 
to-de... y a-bencficio-de o en-beneficio-de... (en el artículo 
«favor»). Verdad es que para la Academia no hay en la len- 
gua un ente más insignificante y despreciable que la preposi- 
ción; dice en su Gramática que es impropio llamarla parte de: 
la oración, y la tilda de «partícula», cosa que no se anima a. 
hacer con el artículo ni con la conjunción; y declarando dog- 
máticamente que «no tiene valor de por sí en el habla», arrum- 
ba la cuestión sin ventilarla. 


ELIPSIS DE LA PREPOSICIÓN 


La brevedad de la expresión es una condición a la que 
aspira necesariamente toda lengua, porque es natural y univer- 
sal la tendencia a obtener el fin deseado con el menor esfuerzo 
posible. En el caso del lenguaje, la ventaja de la brevedad es 
doble: aprovecha ante todo al que habla, y en segundo lugar al 
que escucha. Ahora bien: la brevedad de la expresión es ideoló- 
gica cuando está en la manera sintética de concebir el juicio, y 
es gramatical cuando está en la manera sucinta de formularlo. 
Analizar lo primero corresponde a la Estilística, y examinar lo 
segundo a la Gramática; con lo que queda dicho que aquí voy 
a ocuparme solamente de la brevedad gramatical, consistente 
en la supresión de elementos de la oración fáciles de ser sobren- 
tendidos. 

El castellano tiene en este particular gran ventaja sobre 
otras lenguas: puede evitar en absoluto la repetición tediosa de 
las partículas de la oración: artículos, pronombres, preposicio- 
nes y conjunciones, cuya abundancia tiende a dar a la elocu- 
ción un viso desagradable de agua revuelta, que no permite ver 
nítidamente nada, ni por transparencia ni por reflejo. Es cierto 
que nuestras impresiones mentales son más rápidas aún que las 
de la retina, pero no por eso el cerebro, como el nervio óptico, 
deja de fatigarse cuando se le impone un esfuerzo de adapta- 
ción instantánea y sin tregua a una serie de excitaciones bre- 
vísimas € incesantemente renovadas; de ahí que, procediendo 
por instinto, en el lenguaje hablado tratamos de hacer borro- 
sas todas las partículas de la oración y acentuamos la entona- 
ción en las partes principales para que impresionen a nuestro 
oyente más que las accesorias; y como en el lenguaje escrito 
no tenemos tal recurso, apelamos a la elipsis, que es la supresión, 
y a la prolepsis. que es la inversión, para que la atención del 
lector se fije directamente en los conceptos esenciales del dis- 
Curso. 

Cuando se trata de enumeraciones o alternaciones sería 
tan inútil como fastidioso repetir en cada caso el artículo, la 
preposición o la conjunción común a todos los términos; y de 
la misma manera, la expresión gana en fuerza cuando elimina- 


- 253 - 


mos el agente pronominal, porque la flexión del verbo basta ge- 
neralmente para indicar el sujeto. Tales elipsis, así como la de 
partes y miembros de la oración que pueden sobrentenderse, 
responden al mismo fin primordial de abreviar la expresión; 
pero son más que facultativas, imperativas, porque, si la enun- 
ciación de partes y miembros de la oración sería sólo redun- 
dante, la de partículas sería chocante a causa de su inutilidad 
completa. 

De modo que la preposición debe suprimirse en las enume- 
raciones y alternaciones cuyos términos pueden ser presentados 
como unidad lógica, lo que no es el caso de las individualizacio- 
nes; por eso puede decirse: rodaron de marfil y oro las cunas, 
y aplicase al análisis y examen de las obras; y es forzoso decir: 
.se ríe de mí o de ti; escribo a Juan y a Pedro, aunque la carta 
sea una sola. Hay que advertir además que, cuando se aplica 
un calificativo a uno solo de los términos de la enunciación, és- 
tos no forman ya unidad lógica, y sería incorrecto suprimir el 
“segundo por su en esta frase: por su peregrina hermosura y por 
su talento; como tampoco puede haber unidad lógica cuando 
cada verbo tiene complemento propio, y hay que decir: lo que 
depende de otra cosa y está asido a ella; la poesía vive de las 
¿mágenes materiales y saca de ellas su mayor gala y hermosura; 
en vez de: lo que depende, y está asido a otra cosa; la poesía 
vive y saca de las imágenes materiales su mayor gala y hermo- 
.Sura, frases incorrectas ambas porque, contra la voluntad del 
escritor, presentan el primer verbo sin complemento alguno. Y 
como la diferenciación es su esencia, tampoco pueden formar 
unidades lógicas los artículos distintos ni las preposiciones di- 
ferentes, por lo que no es posible decir: el o la infiel, ni traduce 
.en y del italiano, ni un reloj con o sin cadena, y es forzoso de- 
cir: el imfiel o la infiel; traduce en italiano y de ese idioma; 
-un reloj con cadena o sin ella. 

Como el que relativo presenta su antecedente en calidad 
de sujeto de la oración subordinada que introduce, es indispen- 
sable anteponer a que la preposición correspondiente cuando 
“no representa el sujeto de esa oración sino el complemente de ella. 
La elipsis de la preposición en este caso no es recomendable por- 
que lleva a la obscuridad: nos vamos vestidos con los mismos 
vestidos que representamos; en el sitio que fué fundada Numan- 
cia. Mucho es ya que, por falta de preposición, el que comple- 
mento pueda ser tomado por sujeto, y la frase resulte ambigua: 
ha llegado el médico que pide la enfermera; confusión que po- 
«demos evitar cuando que es complemento, anteponiendo el su- 
jeto al verbo en la oración subordinada: ha llegado el médico 
que la enfermera pide, pero que no podemos salvar cuando que 
-es sujeto sino haciendo coordinada la oración subordinada: ha 
-Hegado el médico, y pide la enfermera. 

. 


- 254 - 


VICIOS EN EL USO DE LA PREPOSICIÓN 


La «a» inútil 


Con respecto al uso de la preposición, la primera dificul- 
tad que embaraza al escritor €. la duda sobre si debe o no po- 
ner la a al presentar el complemento material del verbo. Tiene 
nuestro escritor una subconciencia borrosa de que no debe po- 
nerla; pero, sin recursos para dilucidar la razón de esa resis- 
tencia instintiva, del secreto impulso que lo mueve a no po- 
nerla, resuelve la cuestión escribiéndola; prefiere pecar por 
carta de más y no por carta de menos. Nada salva con esto, 
porque, en buena teología católica, el pecado por comisión y el 
pecado por omisión pueden ser igualmente mortales: la gracia 
santificante no desciende a considerar tales bagatelas de forma, 
y el pecador va de cabeza al infierno, sin que le valga nada su 
carta de más o de menos. 

La consecuencia de esta práctica de nuestros escritores es 
que la a inútil pulula en sus escritos tan profusamente que les 
da el aspecto papilar de la piel de gallina desplumada. Feo as- 
pecto, grotesco y chocante, que conviene evitar. Y esto se logra 
con poco esfuerzo: basta recordar que la a debe intercalarse, o 
aplicarse al artículo, antes del complemento material del verbo, 
sólo cuando éste presenta una entidad autónoma o así conside- 
rada. En tal caso la a no puede suprimirse; como en el caso 
contrario no debe intercalarse o aplicarse, porque haría inútil- 
mente una entidad autónoma de lo que hay que presentar como 
cosa inerte. 

Cosa inerte es todo ser inanimado; pero podemos conside- 
rar como cosa inerte también al ser animado, para hacer de él 
la materia en que se concreta la acción del verbo: llevo EL PERRO 
a su casilla. Y esto es indispensable cuando la acción verbal, 
destinada a aplicarse a un objeto, exige una materia en qué con- 
cretarse previamente; preferir, anteponer, presentar, y muchos 
otros, son verbos que expresan acciones de esta naturaleza, y al 
usarlos hay que decir qué es lo preferido, lo antepuesto, lo pre- 
sentado, si se va a expresar luego el objeto con el cual se re- 
laciona esa preferencia, esa anteposición, esa presentación. De 
ahí la supresión de la preposición a delante del complemento 
que en tales casos presenta la materia en que la acción verbal 
se concreta: prefiero Pedro a Paco; antepongo Artosto a Tasso; 
presentaron Zenobio al vencedor; dejaron el conde en rehenes 
al enemigo; recomiendo mi sobrino al director; ¿a quién dejaré 
encomendada nuestra hermana? 

De la misma manera podemos considerar como entidad anu- 
tónoma también al ser inanimado, para hacer de él el objeto 
que recibe la acción del verbo, Este es un recurso tan corriente 


- 255 - 


que en nuestro lenguaje prepondera, más que la del hombre, 
la acción que atribuímos a las cosas, personificándolas vaga o 
definidamente, y a las ideas mismas, por abstractas que sean, 
suponiéndoles la capacidad de obrar. Nos hemos familiarizado 
de tal modo con el lenguaje figurado, en castellano y en toda 
otra lengua culta, que no sospechamos hasta qué punto nuestra 
manera usual de expresarnos está lejos de ser sencilla. Al de-- 
cir: la corriente desvió el arenal, creemos hablar en estilo llano ; 
lo llano sería suprimir la acción ideal que atribuímos a un ele- 
mento pasivo y exponer la situación real diciendo: el arenal 
está ahora a un lado porque, en lugar de él, está ahora la co- 
rriente, frase que, lo reconozco, tiene un fuerte tinte primitivo, 
indígena, antropoide... Pero, como las descripciones de estado 
no son breves ni pintorescas, preferimos atribuir capacidad de 
acción a las cosas para presentarlas de una manera animada, y 
dramática también, cuando el caso se preste a ello: un rayo la 
mató es infinitamente más expresivo que: murió ella porque le 
cayó un rayo encima, 

Ahora, volviendo al tema, diré que a este recurso de perso- 
nificar la cosa apelamos instintivamente, para salvar la situa- 
ción, cuando, al formular una frase, vemos que amenaza hacerla. 
ambigua la circunstancia de que la capacidad de obrar es co- 
mún al sujeto y al objeto, y la acción del verbo puede proceder 
de uno u otro, o recaer en uno u otro. Si decimos, en estilo lla- 
no: la corriente desvió el arenal, el orden directo basta para 
evitar la ambigúedad, porque lo ordinario es que el sujeto pre- 
ceda al verbo, y éste al complemento. Pero si queremos expre- 
sar eso en estilo artístico, invirtiendo el orden de los términos, 
fuerza es que, para no decir todo lo contrario de lo que desea- 
mos expresar, apelemos al recurso de convertir en entidad autó- 
noma la cosa inerte en que recae la acción del verbo, antepo- 
niéndole la preposición a, y escribimos entonces, sin la menor 
ambigiiedad : al arenal desvió la corriente; con lo cual, al inver- 
tirse los términos, no cambia el sentido de la frase. 

La cosa inerte en sí y la entidad autónoma por naturaleza 
no necesitan ser explicadas; tampoco requiere explicación la 
cosa inerte a la que en nuestro lenguaje figurado consideramos 
como entidad autónoma. Lo difícil es discernir el carácter de 
cosa inerte que solemos dar a la entidad autónoma; y ayudará 
a comprender esta diferencia sutil el examen ideológico compa- 
rado de estas dos frases: busco un criado, en la que «un criado» 
es la materia en que se conereta la acción de buscar, y busco al 
criado, en la que «al criado» es el objeto a que se aplica la ae- 
ción de buscar; y de estas otras dos: el padre perdió su hija, 
en la que «hija» es materia porque la pérdida se concreta en 
ella, y el padre perdió a su hija, en la que «hija» es objeto por- 
que la perdición pasa a ella. 


- 255 - 


La «de» inútil 


Es también una práctica corriente anteponer sin necesidad 
la preposición de a la conjunción que; para muchos que es una 
partícula desconocida, lo que existe es de-que. Los que así ha- 
.blan y escriben tiene horror a las cosas derechas y marcada afi- 
ción a las torcidas: cambian el complemento material en cir- 
«cunstancial, a fin de dar un rodeo que les parece garboso: le 
dijo de que...; me ha pedido de que...; todos han manifes- 
tado de que.... Hay quienes no pueden escribir nunca antes 
que, ni después que, ni con tal que; no advierten que antes, 
después y tal son adverbios, no modos prepositivos, como a-pesar 
-de, con-motivo-de, y en su carácter de adverbios sólo piden la 
preposición de cuando necesitan para sí un complemento: ¿iré an- 
tes de comer; y no cuando, en función de graduativos, dan al 
verbo por complemento una oración en modo personal : iré antes 
que él venga. Hay diferencia de sentido entre Juan llegó después 
de José (la idea es de sucesión : detrás de José) y Juan llegó des- 
pués que José (la idea es de comparación : más tarde que José) ; 
y el uso de las fórmulas incorrectas antes-de-que, después-de- 
que y con-tal-de-que sólo habría servido, si llegara a prevale- 
«cer, para recargar la elocución con ringorrangos inútiles y para 
echar a perder el valioso recurso de diferenciación que acabo 
de presentar, una de tantas delicadezas sutiles del castellano. 

La preposición de atiborra nuestra lengua hasta hacerle per- 
«der la lisura bajo una granulación de salpullido. Hace un siglo, 
«Clemencín clamó contra esta «molesta partícula» en su edición 
comentada del Quijote (1833-1839, t. 1, p. 75); estamos en las 
mismas todavía. Bueno sería aliviar un poco al castellano de 
«esa dolencia suprimiendo la de incorrecta en los casos ya indi- 
«cados, y la de ilógica en las formas tener-de, deber-de, dudar- 
«de-que; mediadora importuna en estas otras: echar de-menos, 
hacer de-cuenta; y puramente mecánica como régimen de los ad- 
verbios de lugar, y de tiempo y orden a la vez. No ignoro el 
significado especial de deber-de; pero hay recursos sobrados 
en la lengua para expresar la idea de probabilidad en forma 
más o menos dubitativa o asertiva. Una gran verdad ha procla- 
mado Selva, en su Guía del buen decir (1915), al escribir estas 
palabras como punto final de su capítulo sobre el abuso y mal 
uso de las preposiciones: «Hay que convenir en que la índole 
“sintáctica del idioma más tiende a suprimir que a sumar inne- 
.cesarias partículas... Abreviar, suprimir palabras inútiles, será 
“siempre una excelencia del habla». 

Es un vicio corriente en nuestro lenguaje familiar comple- 
tar un adverbio de lugar agregándole un adjetivo posesivo, en 
vez de darle por complemento la forma tónica del pronombre 
personal con la preposición de como nexo; se dice: delante mío, 


- 257 - 


detrás tuyo, enfrente suyo. Cito este hecho, aunque mi tema 
aquí es la lengua culta y no los vulgarismos, porque veo en él 
un efecto de la evolución actual que tiende a suprimir la de 
mecánica entre el adverbio y su complemento, como ya está casi 
totalmente eliminada después de bajo y tras; y no vacilaría en 
presentar ese vulgarismo como digno de entrada en la lengua 
culta si consistiera en decir: delante mí, detrás ti, enfrente él. 

La afición a la de parásita, excrecencia verrugosa del dis- 
curso, es una verdadera afección morbosa, que podríamos de- 
nominar «prepositivitis», y tiene carácter endémico, porque está 
en todas partes, especialmente en el círculo de los escritores 
que no saben escribir. En un diario bonaerense, cuyo nombre 
«evoca una brillante tradición política y literaria, he leído en 
estos días lo siguiente, en un suelto que, por el marcado inte- 
rés ocasional del tema que trataba, debió ser escrito con los 
cinco sentidos de su redactor: «Asegúrase — y la información 
ha podido ser verificada — de que don Hipólito Irigoyen, acom- 
pañado por el vicepresidente de la República, se presentó, en 
las primeras horas de la tarde, a la casa particular del doctor 
.Melo, con el objeto de interesarse por su salud». Observe el lec- 
tor lo inútil de la de en este caso inequívoco de prepositivitis, 
lo impropio de la a que hace de la casa una persona, y el des- 
carrilamiento semántico de interesarse, que significa tener in- 
terés y no significa manifestarlo. 

Federico Hanssen, en su Gramática histórica de la lengua 
Castellana (1913) — laboriosa compilación de los fenómenos fo- 
néticos, morfológicos y sintácticos que marcan la transforma- 
ción castellana del latín (a esto se limitan por el momento to- 
das las gramáticas de nuestra lengua que se engalanan presun- 
tuosamente con el comprensivo título de «históricas»),— dice 
que «abunda el uso de la preposición en el castellano de Tur- 
quía; ahí se agrega (la a) hasta a los apelativos que designan 
<osas». Si esto es así realmente, nuestro escritores deben un 
abrazo fraternal a los judíos balcánicos de origen ibérico, feli- 
ces poseedores de ese castellano de Turquía. 


VALOR IDEOLÓGICO DE LAS PREPOSICIONES 


He señalado ya los errores y vicios corrientes, de índole 
:gramatical, en el uso de la preposición; otro error importante 
es de carácter léxico: consiste en el trueque de la preposición 
cuando es régimen obligado de algún verbo, substantivo, adje- 
tivo o adverbio, o cuando es índice de complemento circunstan- 
cial. Es una razón gramatical la que impone el uso de la pre- 
posición en tales casos, razón que he expuesto ya en cada uno 
de ellos; pero con la elección de una u otra preposición nada 
tiene que hacer la Gramática, que explica la función de las pala- 
bras según su oficio en la oración; esa elección debe resultar 


17 


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del Léxico, que prescribe el uso de las palabras según su valor 
ideológico. 

No corresponde, pues, a la Gramática examinar la aplica- 
ción particular de cada preposición; pero voy a hacer aquí ese 
examen, como complemento de este capítulo, ya que éste trata 
de los errores en el uso de esa partícula, y parecería incom- 
pleto si no presentase también la faz lexicográfica del tema. 
Además, mi posición no sería airosa si callara la demostración 
de mi tesis, después de haber afirmado, heterodoxa o herética- 
mente, que cada preposición tiene su valor ideológico propio, 
aparte de su función lexicológica en las locuciones, y protética en 
ciertos complementos. Repito que la determinación de estos va- 
lores es indispensable para el acertado uso de ellas; y fuerza es 
que el escritor haga esa determinación por su cuenta, ya que 
las autoridades en la materia no han podido resolver el pro- 
blema todavía. 

Está visto que no lo resolverán nunca por el método exelu- 
sivamente analítico, y de análisis superficial, basado en el sig- 
nificado del término ora antecedente ora consecuente, que la 
Academia se obstina en seguir en su Gramática desde 17171, y 
en su Diccionario desde 1726, y que adoptan también por ru- 
tina los gramáticos filólogos (Araujo Gómez, en su Cid [1897], 
pp. 263 - 299; Lanchetas, en su Berceo [1900], pp. 952 - 962; 
Menéndez Pidal, en su Cid [1908 - 1911], 1, pp. 376-391), aun- 
que lo inconducente de tal procedimiento quedó bien demostra- 
do por las farragosas retahilas que informan el plan de Garcés, 
en su Fundamento del vigor y elegancia de la lengua castellana, 
ditirambo anacrónico (1791) a la gramática del siglo de oro; y 
por segunda vez cuando Salvá, en su Gramática de la lengua 
castellana según ahora se habla, necesitó 92 páginas para expli- 
car las preposiciones, aunque le habían bastado 65 para explicar 
los verbos (ed. Valencia, 1852) ; y por tercera vez cuando Cuer- 
vo tuvo que dedicar 57 columnas de su Diccionario (1886-1893) 
al análisis de una sola de ellas, la preposición a, y 80 colum- 
nas (¡5440 líneas!) a la de, siguiendo un método de disolución 
atómica que también adopta Peña en su Gramática teórica y 
práctica de la lengua castellana (1898) y que repite el fanático 
P. Mir, nieto espiritual de Garcés, en su Biblia del purismo 
erudo y rancio: Prontuario de hispanismo y barbarismo (1908) ; 
y por cuarta vez, en 1894, cuando Benot, en Arquitectura de 
las lenguas, interminable alegato en favor del análisis grama- 
tical ideológico, llevó al extremo el empeño en definir la prepo- 
sición por el significado de la palabra que la sigue (como sue- 
na, lector, como suena), para acabar declarando que «la agre- 
gación de las preposiciones no obedece a sistema alguno». De 
modo que, no obstante la enseñanza que podía haber sacado de 
los casos de Garcés, Salvá, Benot y Cuervo con sus adeptos, al 


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tratar la preposición la Academia está en el siglo xvi todavía, 
y con ella todos los que copian su Gramática. 

Y está visto, también, que tampoco va a resolver el pro- 
blema el tratamiento opuesto: la síntesis extrema, que tiende 
a atrapar a las preposiciones dentro de las redes de la Relación 
filosóficamente considerada. Sin elevarse hasta la metafísica 
en que se pierde el ideólogo sensualista Destutt de Tracy, en 
su Grammaire générale (1803), Wundt divide esta categoría 
lógica en relaciones de lugar, de tiempo y de condición, subdi- 
vidida esta última en causa, modo, fin y medio; y éste es el 
plan que adopta Rodolfo Lenz en La oración y sus partes 
(1920), la primera gramática comparada que se ha escrito en 
nuestra lengua, para intentar la clasificación de las preposicio- 
nes renunciando a la subdivisión en causa, modo, fin y medio. 
El resultado (fácil era preverlo) es que las preposiciones se 
escurren como anguilas por las mallas demasiado anchas del 
lugar, del tiempo y de la condición, se pasean por las tres re- 
des, y no quedan presas en ninguna. De lo vano de su tentativa 
da cuenta el autor en estos términos: «Así se explica que una 
clasificación sistemática, según el significado, tropiece con gran- 
des dificultades, porque todas las preposiciones expresan va- 
rias relaciones distintas, y las más usadas, como de, a, en, Con, 
ete., indican innumerables matices de significado, que en gran 
parte dependen de las infinitas variaciones de sentido que co- 
rresponden a los verbos que rigen la preposición» (p. 485)... 
Y agrega: «Como ya dijimos, las relaciones generales son tan 
múltiples y variadas que es imposible una clasificación siste- 
mática; y, por otra parte, las preposiciones más usadas tienen 
también el significado más variable e incierto» (p. 490). Te- 
nemos, pues, en definitiva, que este erudito lingilista, el más 
preparado con que cuenta hoy la América castellana, ve el fe- 
nómeno, no obstante las luces de su escuela científica, tan poco 
claramente como la empírica Academia con todos sus émulos e 
imitadores igualmente empíricos. 

¿Está el Cejador de La lengua de Cervantes (1905) entre 
los gramáticos empíricos o entre los científicos? Pongámoslo 
cortésmente entre estos últimos, y vamos al grano. En esa obra, 
Cejador es un caso curioso de desconcierto, por lo menos cuando 
trata la preposición; en lo demás no me meto por el momento. 
En la página 316 del primer tomo dice que las preposiciones 
«no tienen valor de por sí en el habla», y justamente en la 
misma línea de la página frontera dice que «cada preposición 
añadida a un nombre tiene su propio valor». Pero esto no es 
más que una contradicción preparatoria; el desconcierto, la 
perturbación, el trastorno aparecen cuando el autor pasa a de- 
mostrar que las preposiciones «expresan las relaciones del es- 
pacio, y por traslación las de tiempo y causalidad». Empieza 


- 260 - 


por prevenirnos que prestan tal servicio en montón y turba- 
multa: «cada preposición sirve para muchas relaciones y cada 
relación puede expresarse por varias preposiciones»; y con el 
ánimo así dispuesto a todo baturrillo, entra a analizar cada una 
de las preposiciones. En cuanto al espacio y al tiempo, su de- 
mostración no contiene novedad alguna, porque no especifica 
las particularidades de esos conceptos generales; pero, al tra- 
tar la causa, el autor revela una idiosincrasia excepcional: nos 
invita a considerar que la causa comprende estos conceptos: 
modo, semejanza, finalidad, instrumento, medio, materia, con- 
<ausa, comunicación, reciprocidad, causa moral, causa instru- 
mental, causa eficiente, causa y término, causa material, rela- 
ción de posesión, cualidad poscída o por poseer, idea partitiva, 
afectos, causa motiva e impulsiva, causa final y por venir, su- 
perioridad... A medida que nos enterábamos de esto nuestro 
respeto al autor iba creciendo, se hacía cuidado, luego inquie- 
tud, después miedo. Pensábamos: ¿qué hay en el cerebro de 
este hombre, en la cireunvolución donde en los demás tiene su 
asiento la lógica?... Y temblábamos. Pero conseguimos sere- 
narnos, y entonces advertimos que, para Cejador, «causa» es 
una palabra vacía que cada cual llena a su gusto, y vimos que 
esa retahila de incongruencias es perfectamente lógica, como 
consecuencia natural de que el autor, sumiéndose hasta la coro- 
nilla en el empirismo, clasifica las preposiciones según el sig- 
nificado de... la palabra siguiente. Con razón acaba el hombre 
por fastidiarse ante lo interminable de su catalogación sobre 
tal base, y en un rapto de desesperación exclama, sin reparar en 
que desacata a su ídolo: «En nuestros clásicos llegó a ser fu- 
ror el gusto por la preposición de, que muchas veces es pleo- 
nástica y no se ve a qué responda». Con esto el autor quiere 
despabilar su candil humeante, pero sucede que lo apaga. Y a 
obscuras otra vez, henos otra vez en nuestra eterna e inútil bus- 
<a de luces. l 

Debe ser por obra de natural telepatía, o por fortuita y 
estupenda coincidencia, por lo que, cuando Cejador está en 
Madrid haciendo su citado libro, en ese mismo momento (1905) 
Roberto Brenes Mesén, que escribe en San José de Costa Rica 
una Gramática histórica y lógica de la lengua castellana, sufre 
al tratar la preposición el mismo trastorno que este tema causa 
a don Julio. En la página 329 de su libro, el autor costarri- 
queño dice que los adverbios, las preposiciones y las conjuncio- 
nes son partículas que tienen por función propia expresar la re- 
lación; no admite que esos tres grupos desempeñen «funciones 
esencialmente distintas unas de otras», afirma que «constituyen 
un único grupo con una función fundamental»; y en la página 
335 dice que «los adverbios desempeñan funciones de conjun- 
ción y preposición; ésta, a su vez, desempeña las del adverbio 


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y la conjunción». ¿Cómo puede haber funciones de adverbio, 
funciones de preposición y funciones de conjunción para quien 
ha dicho que el adverbio, la preposición y la conjunción no 
tienen funciones esencialmente distintas? Pero esto no es más 
que una contradicción preparatoria. Después de declarar en la 
misma página que «la abstractitud (sie) de ciertas relaciones, 
así como la ausencia de un sentido definido para esas partículas, 
permite que se las pueda emplear, no ya sólo con diferente fun- 
ción, sino también para diferentes relaciones», el autor pasa a 
definir lo que acaba de declarar indefinible. En la página 345 
repite: «la significación contenida en las preposiciones es su- 
mamente variada, y a causa de su misma abstracción se hace 
difícil clasificarlas con verdadero rigor», y entra en materia 
diciendo que unas preposiciones «demuestran lugar y tiempo» 
y otras «explican la causalidad y finalidad, la modalidad y el 
instrumento»; que algunas de las «que demuestran tiempo y es- 
pacio sirven también para limitar la cantidad»; que «unas 
mismas partículas demuestran igualmente el tiempo y el lu- 
gar»; que a otras se las encuentra tanto «en la modalidad como 
en la causalidad o en el instrumento»; y que las «que signifi- 
can lugar sirven también para significar la causa y el fin» (p. 
347). Todos los síntomas de este caso clínico resultan ser, pues, 
idénticos a los del otro: las preposiciones prestan sus servicios 
en montón y turbamulta, y esto dispone el ánimo a todo batu- 
rrillo; por consiguiente, el desenlace es también el mismo: el 
autor se sume hasta la coronilla en el empirismo, clasifica las 
preposiciones según el significado de la palabra siguiente. 

La lógica del filósofo lucubrador de esta gramática es real- 
mente abrumadora: todo su libro es un traqueo incesante de 
palabras vacías, que van y vienen de acá para allá sin concepto 
fijo, y que al juntarse no se unen, manifiestan una tendencia 
invencible a la incoherencia, a la incompatibilidad y a la incon- 
gruencia. Cerramos los ojos para ver qué ha quedado de este 
libro en nuestra mente, y no vemos sino una caverna pavorosa 
cuajada de hendeduras y de cárcavas, con recovecos laberínti- 
eos, surcos de reptiles, estalactitas de ahorcados, estalagmitas 
de empalados, y cosas indefinibles que suben espirales, y bajan 
retorcidas, y se eruzan tortuosas, serpentinas... todo esto la- 
boriosamente fabricado con palabras minerales. La facultad 
reflexiva de este autor se manifiesta así: «en ciertas ocasiones 
instrumento y medio son ideas abstractas que suelen confun- 
dirse con la de causa» (p. 348) y «la causa nace del concepto 
de movimiento de proveniencia» (p. 349); su poder de ob- 
servación llega a esto: «la función particular de las preposicio- 
nes es la de convertir el substantivo que rigen en una palabra 
adjunta a otra» (p. 350); y su imaginativa brilla de esta 
manera en los ejemplos: «volaba (sie) un conejo por entre 


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unas matas» (p. 352)... ¡Gran Dios! ¡y lo que encuentra uno 
cuando anda en busca de luces! 

La solución del problema está evidentemente a mitad del 
camino entre ambos extremos: mucho más allá de la cataloga- 
ción acomodaticia y mucho más acá de las categorías lógicas 
Teóricamente el caso se resume en esta fórmula: clasificar las 
preposiciones, no por sus aplicaciones sino por la razón de és- 
tas, y no por la razón suprema sino por la inmediata. Planteado 
así el problema, su solución es ésta : 

El lenguaje es un medio de transmisión de las ideas, y ereo 
que esto puede tomarse al pie de la letra, visto que todas nues- 
tras ideas son objetivaciones, tanto las concretas como las abs- 
tractas; reconózease que no nos es posible concebir un atributo 
sino representándonos la cosa que lo posee, para concretar la 
abstracción en la conciencia que de esa cosa tenemos. Por tanto, 
podemos materializar imaginariamente todos los conceptos de 
la expresión, hasta los ideales, considerándolos como cosas que 
se mueven, que van de un lado a otro, que se manejan, que se 
colocan acá y allá. Veremos entonces con una claridad meri- 
diana que la preposición es el vehículo de esas traslaciones, el 
guía de esos movimientos y el signo de esas posiciones. Me re- 
fiero a la relación específica que la preposición establece; bien 
sabido es que las relaciones de los elementos de la clocución se 
expresan también con yuxtaposiciones, y también con flexiones, 
y también con el verbo, y también con las conjunciones y otros 
<conectivos. 

Objetivemos, pues, la función de las preposiciones; así nos 
será posible discernir y fijar el valor ideológico de cada una 
de ellas. 

El movimiento de las cosas puede ser considerado en su ini- 
ciación o en su conclusión; en el primer caso tenemos Una inci- 
piencia, con DESDE que anuncia la cosa originante, y en el se- 
gundo una desinencia, eon HASTA que anuncia la cosa finalizan- 
te: estoy aquí desde ayer; me quedaré hasta mañana. Puede 
consistir en la inclinación de una cosa hacia otra, aferencia que 
tiene A por signo anunciador de la cosa expectante: voy a casa: 
o al contrario, puede consistir en la separación de una cosa 
con respecto a otra, eferencia que tiene DE por signo anuncia- 
dor de la cosa provevente: salgo de casa. La inclinación puede 
ser propensión, y tenemos entonces una tendencia, con HACIA 
por sieno anunciador de la cosa atravente: parto hacia el bos- 
que; y puede llevar a la aplicación haciéndose transferencia, 
con PARA por signo anunciador de la cosa recipiente: trabajo 
para mis padres. 

La ensa puede ser considerada en su unión a otra, y CON es 
el sieno de esta coherencia, anuncia la cosa concurrente: estoy 
con emigos: o se la puede considerar en desunión con otra, y 


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SIN es el signo de esta incoherencia, anuncia la cosa abstinente: 
estoy sin dinero; o se la puede considerar en oposición a otra, 
y CONTRA es el signo de esta disidencia, anuncia la cosa reni- 
tente: estoy contra todo exceso, De una cosa puede considerarse 
su penetración dentro de otra, y EN es el signo de esta inhe- 
rencia, anuncia la cosa incluyente: estoy en casa; o su inter- 
calación en otra, y entre es el signo de esta interferencia, anun- 
cia la cosa cireundante: estoy entre amigos. Puede considerarse 
su presentación a otra, y ANTE es el signo de esta comparecen- 
cia, anuncia la cosa presenciante: culpable ante la ley; o su 
prosecución de otra, y TRAS es el signo de esta secuencia, anun- 
cia la cosa precedente: corro tras la verdad; o su dominación 
de otra, y SOBRE es el signo de esta eminencia, anuncia la cosa 
subyacente: escribo sobre papel; o su subordinación a otra, y 
BAJO es el signo de esta dependencia, anuncia la cosa domi- 
nante: escribo bajo techo. 

En fin, puede considerarse la concordancia de una cosa 
con otra, y SEGÚN es el signo de esta correspondencia, anuncia 
la cosa conformante: procedo según mis convicciones; o su de- 
terminación mediante otra, y POR es el signo de esta influencia, 
anuncia la cosa agente: hablo por usted. 

Así definidas en su valor ideológico, las preposiciones pue- 
den ordenarse en una serie de antítesis que se desarrolla en 
esta forma: 


POR: influencia y determinación; CONTRA: disidencia y oposición; 
ANTE: comparecencia y presentación; TRAS: secuencia y prosecución; 
SORRE: eminencia y dominación; BAJO: dependencia y subordinación; 
CON: coherencia y unión; SIN: incoherencia y desunión; 
DESDE: incipiencia e iniciación; HASTA: desinencia y conclusión; 

A: aferencia e inclinación; DE: eferencia y separación; 

HACIA: tendencia y propensión; PARA: transferencia y aplicación; 
EN: inherencia y penetración; ENTRE: interferencia e intercalación; 


SEGÚN: correspondencia y concordación 


CONCLUSIONES 


En la historia de la evolución del castellano, el uso ade- 
cuado de las preposiciones, tanto el gramatical como el léxico, 
es un proceso que se caracteriza por lo tardío. Al iniciarse el 
siglo de oro, Valdés critica, en Diálogo de las lenguas (1536), 
el empleo superfluo de a y de, y el uso impropio de de por en; 
pero este llamamiento al orden no fué atendido. Baralt con- 
signa, en Diccionario de galicismos (1855), muehos ejemplos de 
aplicación arbitraria de las preposiciones a, de, en, para y por 
en clásicos de los siglos XVI y xvi: santa Teresa, Granada, Ri- 
vadeneyra, Cervantes y Alemán. Más tarde. Galindo y de Vera, 
que estudia la lengua de los códices y códigos en Progreso y vi- 
cisitudes del idioma castellano (1863), hace constar que sólo 
en el siglo xtv pierde contra uno de los valores opuestos que 


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tenía al principio; que sólo en el siglo xvi (o en el anterior, 
según Monlau, en Rudimentos de etimología, 1856) consiguen 
para y por deslindar sus respectivas aplicaciones; y que en el 
siglo x1x continuaba aún la confusión en el uso de a, con, de 
y en. 

Este proceso aparece acabadamente expuesto (con 269 citas 
de 75 autores) en un opúsculo titulado: Canon gramatical vi- 
gente en el siglo de oro del idioma español, escrito por Tomás 
Ximénez de Embún y Val, e impreso en Zaragoza en 1899, li- 
bro muy útil como clave de interpretación de la lengua clásica. 
También encontrará el lector detalles al respecto en las citas 
que hace, acerca del empleo de las preposiciones en aquella 
época, el Arte de componer de Cortejón (1897), obra recomen- 
dable porque, no obstante su latinismo y escolástica, y su estilo 
acaramelado y garapiñado, prevalece en él una crítica juiciosa 
que hace de sus preceptos un preventivo eficaz contra los erro- 
res más generalizados en el uso literario del castellano. Pero, 
cuando se trate de simples incorrecciones gramaticales, mucho 
más provechoso será consultar Los nuevos derroteros del idioma, 
por Toro y Gisbert (1918) ; sobre la preposición, precisamente, 
trae este libro un capítulo de enseñanzas, el del régimen, en el 
que cada línea es un lingote de oro. 

Séame permitido decir, entre paréntesis, que veo en este 
curioso proceso de afinación automática de las cuerdas del len- 
guaje la más palmaria prueba de que hay en el hombre un sen- 
tido de la lengua, una lógica inconsciente para la elección de 
sus recursos, que se desarrolla cuando la literatura, al concre- 
tar y mostrar esos recursos eon mayor o menor gala, hace posi- 
ble y agradable el examen continuo de ellos. Sabido es que las 
lenguas que no tienen literatura están en delicuescencia perma- 
nente, y que las que pierden este único medio de fijación y refi- 
nación se relajan, degeneran y se dividen en dialectos que caen 
de nuevo en aquel estado natural. Y esa lógica instintiva es lo 
que salva a la lengua, desde que la literatura existe, de la an- 
quilosis que le proponen los lexicógrafos puristas y del desen- 
freno a que la incitan los gramáticos doctrinarios al pretender 
imponerle el tiránico regis ad exemplar, atentatorio contra su 
libertad de evolución. En castellano, el uso actual de cada pre- 
posición no es anárquico, aunque desde hace cuatro siglos los 
gramáticos están afirmando que esc uso no es materia de dis- 
cernimiento activo sino de memoria pasiva, no obedece a ningún 
principio fijo, y al respicto no pueden sino dictarse reglas in- 
finitas, seguidas de infinitas excepciones. No hay hipérbole; vea 
el lector el monstruoso desarrollo que informa el capítulo del 
régimen cn la citada gramática de Peña, la mejor que ha produ- 
cido América (dentro del vetusto orden latinista, escolástico y 
empírico) después de la obra de Bello, Cuervo y Suárez. Vamos 


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acercándonos así al ideal : las 3996 reglas de la empírica gramá-- 
tica sánscrita de Panini. No condeno tal tendencia... es na- 
tural y fatal la ley del retroceso; pero pregunto cuándo se va 
a cumplir, con respecto a la gramática castellana, el princi- 
pio formulado por Max Miller en sus Lectures on the Science of 
Language (1861) : «La necesidad de una clasificación no se hace- 
sentir sino cuando la mente se confunde ante la multiplicidad de 
los hechos». ¿No está la cosa bastante embrollada todavía ? 

Desde el punto de vista filológico, el uso arbitrario de las 
preposiciones en la época clásica se justifica porque el caste- 
llano no podía emanciparse inmediatamente de la influencia del. 
latín y del provenzal sobre los escritores antiguos, como des- 
pués no pudo substraerse a la influencia del francés sobre los- 
escritores modernos; pero el criterio gramatical didáctico, que: 
en todos los tiempos se inspira por fuerza en el estado contem- 
poráneo de la lengua (no es ésta la doctrina de los retrógrados: 
Garcés y Mir), considera siempre tales arbitrariedades como 
incorrecciones, y las cita sólo para descalificarlas. Y de ello re- 
sulta esta aparente antinomia: que los mejores modelos litera- 
rios de una lengua pueden ser malos maestros gramaticales de 
la misma; lo que se explica porque, en la eterna evolución de la 
naturaleza, la variación del lenguaje es mucho más rápida que 
la modificación de nuestros conceptos de la belleza, a tal punto 
que, en comparación, estos últimos parecen invariables en los 
diferentes tipos o grados de cultura. 

En América, como aquí no se rinde culto a la autoridad 
sino a la ley, no hemos esperado, para seguir esta tendencia a 
la fijación de los valores prepositivos, que llegue la orden de: 
España, cuyo pueblo necesita todavía, para hacer progresar su 
lengua, «que entrevenga el autoridad de vra. alteza», como pe- 
día Lebrija. Ciertos ejemplos que presenta la Academia espa- 
ñola en su Gramática y en su Diccionario revelan que en la. 
cuna de nuestra lengua persisten todavía, por excesivo apego a 
las formas clásicas, ciertos usos violentos de las preposiciones, 
de los cuales nuestro castellano se desprendió hace tiempo, y que 
por esto debemos considerar hoy día como hispanismos, poco en- 
vidiables, nada recomendables. Aquí no se dice, ni en el len- 
guaje culto ni en el vulgar tampoco: a (por) la cosecha pagaré; 
ni esta habitación está contra (al) el norte, etcétera; ni le han 
dado una pensión en (sobre) la renta; ni en aprobando (apro- 
bado) esto se pasará a otra cosa, etcétera; ni mira hacia (al) 
el norte, etcétera; ni llegaré hasta (llegaré a, o iré hasta) Bur- 
gos; ni llevaba hasta (no menos de) mil soldados; ni para (por) 
San Juan me embarcaré, etcétera; ni llevaba joyas de diaman- 
tes sin (fuera de) otras alhajas de oro y plata, etcétera; ni ha- 
blamos sobre (de) las cosas del día; ni Francisco tendrá sobre 
(unos) cincuenta años, etcétera. 


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Pero estamos lejos de la meta todavía. En esta rápida evo- 
lución del lenguaje hacia formas cada vez mejores (a juicio 
de cada nueva generación) las preposiciones andan, repito, a 
paso de tortuga: subsisten aún rastros de la confusión tradi- 
<ional en el uso, y de la tendencia tradicional al abuso. En cuan- 
to al uso, muchos de nuestros escritores no distinguen entre a y 
en, ni entre con y de, ni entre para y por; en cuanto al abuso, 
quedan señalados en este capítulo los casos en que hay que elimi- 
nar la a y la de parásitas; y a esos casos hay que agregar el de 
las preposiciones dobles o eompuestas, uno de cuyos miembros 
debe desaparecer en casi todas ellas, porque es generalmente (y 
presento el para con como ejemplo típico) una verdadera ga- 
rambaina, fea, inútil y molesta. 

Por consiguiente, visto que el desconocimiento del valor 
ideológico de las preposiciones constituye la más frecuente cau- 
sa de error en el uso de ellas, es de esperar que el autor del 
diccionario americano de la lengua castellana, que tarda ya de- 
masiado en aparecer, prestará la debida atención a las preposi- 
ciones; y además de indicar en su léxico el régimen obligado de 
los verbos, adjetivos, adverbios y locuciones que lo tengan, pre- 
sentará la definición satisfactoria de cada preposición, agre- 
gando al pie del artículo la lista de los modos gramaticales des- 
tinados a reemplazar las más traqueadas de esas partículas 
cuando queremos variar la expresión o darle un giro analítico y 
no sintético. 


La última gramática de la Academia 


La Academia española acaba de hacer una edición más de 
su gramática, que es una reproducción verbatim el literatim de 
la de 1920, en la cual ni siquiera se han corregido los errores 
palmarios de la anterior. Sin embargo, la Academia presenta 
esta reimpresión textual con el rótulo de «nueva edición refor- 
mada»... Algo se va a quebrar si nos detenemos a comentar 
esta muestra de probidad, y mejor será que, por respetos huma- 
nos, sigamos el consejo del poeta: glissez, mortels, n'appuyez 
pas... Limitémonos, pues, a considerar que esta reimpresión 
ipsissimis verbis demuestra una vez más que la gramática acadé- 
mica sigue todavía tan poco dispuesta a desprenderse del autori- 
tarismo que la informa, como está poco dispuesto el molusco a 
abandonar la concha que lo resguarda en su falta de armadura 
ósea o coriácea. Para la gramática académica corregirse es suici- 
darse, porque tiene a la infalibilidad por condición necesaria 
de la autoridad; de ahí que se encastille en el desacierto, con la 
esperanza de que, a fuerza de repetirlo, acabe por imponerlo 
como acierto. 

Una vez más también viene así a América esta gramática 
académica, a hacer ver a los americanos que la Academia espa- 
ñola no está dispuesta a cambiar de principio ni a reformar su 
método para dar a esa obra el fundamento y la estructura que, 
de acuerdo con las comprobaciones hechas por la lingiística, 
debe tener todo tratado que analice los elementos de una lengua 
y explique su mecanismo. Para la Academia, el concepto del 
uso de la lengua sigue siendo el concepto retórico de los hu- 
manistas del Renacimiento: un arte que, cuando no se tiene 
por don natural, debe adquirirse por imitación; aunque hace 
tiempo que sabemos que ese presunto arte es una técnica basada 
en leyes precisas. Para la Academia, además, la caracterización 
formalista sigue siendo el método más cómodo de exposición de 
los recursos de la lengua; aunque hace tiempo que sabemos que 
no es el empirismo el mejor medio de explicar los hechos. 

Por consiguiente, en esta nueva edición subsisten todos los 
vicios orgánicos que hacen de la gramática académica un libro 
insignificante como tratado de investigación científica y frus- 
tráneo como texto de enseñanza de la lengua, Subsiste en ella 


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el principio de autoridad, encarnado en «reglas, excepciones y 
licencias» y reforzado por la anacrónica cita clásica; y por eso 
su espíritu sigue siendo tradicionista, aunque hoy día el objeto 
de la Gramática es mantener la unidad de la lengua en el espa- 
cio y no su invariabilidad a través del tiempo; y por eso su mé- 
todo sigue siendo doctrinario, como el del catecismo, aunque la 
lengua no es una creencia sino una evidencia, cuya enseñanza 
debe ser descriptiva como la de toda otra realidad sensible; y 
por eso su criterio sigue siendo arbitrario cuando funda sus fa- 
llos de corrección e incorrección, no en las leyes propias de la 
lengua, sino en el testimonio de lo que llama «uso» sin definirlo, 
y «autoridades» sin haber demostrado que tales escritores tienen 
positivamente la idoneidad gramatical que les atribuye, esto es, 
«el sentido de la lengua», la facultad de discernir sutiles dife- 
rencias ideológicas entre palabras o giros al parecer equiva- 
lentes. 

Subsiste también en la nueva edición el carácter formalista 
de la clasificación, porque, en vez de presentarse cada función 
gramatical bajo todas sus formas, lo que sería claro, se acu- 
mula bajo cada forma todas sus funciones, lo que es turbio; 
mientras se trata de disimular con el análisis extremo y con el 
exceso de catalogación la falta de síntesis, que debe reducir a 
un grupo de fórmulas generales la infinidad de formas parti- 
culares. Subsiste asimismo el plan desordenado, que hace de la 
gramática académica un baturrillo de formas, funciones y sig- 
nificaciones entremezcladas, por división incompleta y clasifi- 
cación impertecta de la materia. Esta gramática sigue llamando 
a una de sus partes «Analogía», término que así aplicado es un 
enigma, porque nada tiene que hacer el análisis de formas con 
la «semejanza», significado actual de «analogía», ni con la «con- 
formidad con la razón», que es su significado histórico. 

Y falta en esta edición, lo mismo que en las anteriores, la 
exposición de buen número de particularidades de la lengua 
cuyo conocimiento es necesario para el acertado uso gramatical 
de ella. Falta una parte, la Taxología, que reuna y amplíe las 
nociones hoy dispersas e incompletas sobre clasificación de las 
palabras por su forma, su función y su significado lógico; falta 
otra, la Lexicología, que trate de la formación de palabras y locu- 
ciones por composición, derivación, combinación y adaptación ; 
falta otra, la Estilística, que exponga las condiciones de la co- 
rrección, del orden, de la concisión y de la precisión, de cuyo 
cumplimiento resulta la eficiencia elocutiva. Y en esta edición, 
lo mismo que en las anteriores, el método de subordinar las 
funciones a las formas lleva a los contrasentidos de adjetivos 
que son pronombres o adverbios, y adverbios que son conjuncio- 
nes, y pronombres que son adverbios o conjunciones. Es evi- 
dente que tales palabras en tales oficios no son, en resumidas 


- 269 - 


Cuentas, ni adjetivos ni pronombres ni adverbios ni conjuncio- 
nes; se trata de oficios especiales que, por tanto, requieren de- 
nominaciones propias; por ejemplo, las de numerales, verbales, 
enunciativos, graduativos y conectivos. Esta es precisamente 
una de las más graves causas de confusión y desorden en la 
gramática tradicional, sobre todo en el capítulo de los pronom- 
bres y en el de los adverbios, donde la Academia olvida que el 
pronombre no admite artículo y que las funciones respectivas 
del pronombre (como sujeto u objeto) del adverbio (como com- 
plemento cabal) y de la conjunción (como conectivo) son incon- 
fundibles. ' 

En fin, ni siquiera de la preocupación latina ha podido li- 
brarse aún la Academia al hacer su gramática. Todavía habla 
en ella de género neutro, de declinación y de voz pasiva, fun- 
ciones enteramente fantásticas en castellano, porque nuestra 
lengua no tiene formas especiales para ellas. Todavía habla tam- 
bién de complemento directo e indirecto, aunque es absurdo de- 
cir que, en «Luis ha dado una bofetada a'Lucas», la acción de 
Luis ha recaído indirectamente en Lucas, y en cambio ha re- 
caído directamente en la bofetada. 

Repito, pues, lo que he dicho en otras ocasiones : Que, mien- 
tras la gramática académica, y las de los que vacian en ese 
molde sus textos, no se reformen de tal modo que estos vicios 
«orgánicos desaparezcan, y con ellos el pesado lastre erudito que 
las tiene hoy con la borda a flor de agua, cargadas de sutile- 
zas analíticas, y de referencias históricas, y de definiciones ló- 
«gicas, y de prescripciones retóricas, no desaparecerán en las 
«aulas los factores que en todo tiempo y en todo lugar han cons- 
pirado y conspiran insidiosamente contra la enseñanza eficaz 
-de la materia, frustrando la acción de todo maestro, por com- 
petente y hábil que sea. Y paso a exponer ciertas particularida- 
des salientes de la gramática académica para demostrar que el 
error en el principio y en el método lleva inevitablemente al 
«error en todos los detalles de la obra. 


La impropiedad. — La gramática académica llama «reglas», 
-es decir, «modos de hacer», a lo que ya está hecho y no se puede 
cambiar, como el género de los substantivos (párrafos 14 y 15). 
Dice que la elle y la eñe no preceden a los diptongos o, te por- 
.que «no se presta a ello nuestra lengua» (108) cuando la ver- 
dad es que esas letras no preceden a esos diptongos, ni a otros 
con la misma inicial, porque el elemento + está contenido ya en 
ambas. E incluye tácitamente al participio pasado entre las 
formas de los verbos compuestos de decir que tienen las mismas 
irregularidades del simple, por cuanto no lo hace figurar en las 
excepciones (121); sin advertir que de esa inclusión tácita re- 
sulta que los participios pasados de bendecir, maldecir, etcétera, 
-serían bendicho, maldicho, etcétera. 


- 270 - 


La deficiencia. — La gramática académica omite la fun- 
ción pronominal de los numerales en la enumeración correspon- 
diente (65); y la mención de como entre los relativos de canti- 
dad (167) aunque el léxico académico consigna esa forma en la 
acepción 13 de «tanto»; y las letras c y q en la clasificación de 
las consonantes (486); y los triptongos ¿au, uau, ¿01, (miau, 
guau, hioides) en la lista respectiva (493); y los plurales de 
régimen y espécimen (501); y la división silábica de los voca- 
blos de tipo subarrendar, inútil, penúltimo, de los que hay que 
decir si la primera sílaba es su, 1, pe o sub, in, pen (553). Y al 
tratar de los derivados en -ivo (182) afirma que no los hay de 
verbos de la segunda conjugación, como si coercitivo y coercer 
no fueran palabras castellanas. 


La arbitrariedad. — La gramática académica llama pronom- 
bres personales a formas que pueden no representar personas, 
como éste, ése, aquél (69) y excluye de esa calificación a for- 
mas que no pueden representar sino personas, como alguien y 
nadie, para llamarlas «indefinidas» (76); y dice que hay nom- 
bres propios que llevan el artículo «por necesidad» (78) pero 
no declara qué necesidad es ésa... Esto recuerda la clásica eva- 
siva del catecismo: «Doctores tiene la Santa Madre Iglesia que 
os sabrán responder». 

La contradicción. — La gramática académica define el plu- 
ral como el accidente que «denota dos o más individuos» (11) 
y afirma, sin embargo, que vos es plural (70) aunque sabe que 
esta forma nunca denota sino un solo individuo. Dice que con- 
tra está usado «con valor de substantivo» en la expresión la 
contra (77) aunque lo cierto es que, en tal caso, como lo esta- 
blece el léxico en la acepción 7, contra es substantivo de por sí. 
Dice que el artículo un tiene plural (79) y esto está en contra- 
dicción con la verdad y con el léxico. Dice que «para que un 
vocablo sea compuesto es menester que se junten en la eseri- 
tura las voees que lo forman» (187) y poco después (inciso 6) 
dice que hay compuestos euyos elementos no se unen en la es- 
eritura. Empieza estableciendo que «predicado» es «un verbo 
atributivo» o «un nombre» (194) y acaba afirmando que «predi- 
cado» es «el verbo» (204). Dice que los verbos activos se divi- 
den en transitivos e intransitivos (240) y así contradice al lé- 
xico, para el cual verbo activo es verbo transitivo solamente. 
Llama principal a la primera oración en la frase «apenas pisé 
el puerto, cuando olvidé el peligro» (407) y en seguida (410) 
llama principal a la segunda oración en la frase «como vieron 
que nos acercábamos, huyeron en seguida»; y esto último es 
verdad, y lo otro es error, porque lo principal es la acción siem- 
pre, y lo aceesorio es la circunstancia. Dice que «determinadas 
voces, cuando se emplean separadas de aquéllas a quienes se re- 
fieren», llevan el acento ortográfico (540) y falta instantánea- 


- 2711 - 


mente a esta regla porque en esa frase no acentúa el aquéllas 
que está separado de voces. 

La insuficiencia. — La Academia deja ver la insuficiencia 
de su preparación gramatical cuando dice que «no es del caso 
exponer en la gramática las leyes del uso» (246) como si hu- 
biera otro libro para exponerlas; y cuando declara que la prepo- 
sición «no tiene valor de por sí en el habla» (257), lo que, si 
fuera cierto, haría inexplicable su existencia; y cuando no dis- 
tingue entre las formas facultativas y las formas imperativas 
de la derivación en el capítulo 1x; y cuando subordina la fun- 
ción gramatical al significado léxico, como en el párrafo 243 y 
en el capítulo xix; y cuando confiesa paladinamente que hay 
casos en que no puede decir si cual es adjetivo o adverbio 
(419); y cuando, en su desgraciada tentativa de análisis del 
valor ideológico de las preposiciones (265) dice que a se em- 
plea en otras construcciones «que enseñará el uso» (sin advertir 
que dice eso en un capítulo destinado a enseñar el uso de las 
preposiciones) y que de denota «sentido indeterminado» (sin 
advertir que dice eso en un capítulo destinado a precisar la sig- 
nificación de las preposiciones) y que para significa «relación 
de unas cosas con otras» (olvidándose de que no hay preposi- 
ción que no signifique relación de unas cosas con otras). 

La confusión material. — La gramática académica llama. 
«oficio» a la categoría gramatical (7) y «oficio» a la función 
oracional (213) de lo que resulta que las «partes de la oración» 
son oficios, y que «sujeto», «objeto», «cópula», «atributo» y 
«predicado» son también oticios. Imagine el lector la zarabanda, 
que baila por eso el término oficio cada vez que aparece en las. 
páginas de la gramática académica. En ella, la Academia no 
vacila en escribir «estos pronombres son generalmente adjeti- 
vos» (11) y «cste pronombre es siempre substantivo» (72) y 
eon eso deja a uno estupefacto, preguntándose por qué, enton- 
ces, se llama pronombre a lo que «generalmente» es adjetivo y 
a lo que «siempre» es substantivo. Declara que hasta es prepo- 
sición en casos de los que produce ejemplos (263), casos que 
son de la misma especie de otros que la llevan a decir más ade- 
lante (333) que hasta en tal función «deja de ser preposición». 
Empieza por clasificar a excepto y salvo como adverbios (169) 
luego dice que son conjunciones (344) y acaba llamándolos vo- 
cablos (470) ; después de lo cual excepto resulta ser participio y 
salvo adjetivo (470). Hay un medio infalible de ignorar en qué 
se distinguen unas de otras las partes de la oración, y este me- 
dio es consultar la gramática académica, que está hecha adrede 
para confundirlas. 


La confusión mental. — Esta gramática reconoce que la 
voz activa es la «única» en castellano, y en seguida agrega que: 
hay otra forma de conjugación, que se llama «voz pasiva» (101).. 


- 272 - 


Y uno se pregunta si escribir de esta manera no es burlarse del 
lector. Después dice, en la nota final del párrafo dedicado al 
acusativo (215) que «el acusativo con a es también comple- 
mento circunstancial»... ¡Qué maravilla! ¡un acusativo que 
-es también ablativo!... porque es la Academia misma quien, en 
el párrato del ablativo, dice que ablativo y complemento cir- 
cunstancial es lo mismo («a este caso le llamaremos ablativo o 
-complemento cireunstancial»). Y uno acaba preguntándose otra 
vez si es obra seria esta manera de hacer gramática. 

Puede verse por todo esto que no hay obra más deficiente, 
ni más arbitraria, ni más contradictoria, ni más confusa, ni me- 
nos científica, ni menos autorizada, que la gramática de la Aca- 
demia española. Si hay un texto que no sirve para enseñar la 
lengua, es ése, y todo otro que calque su plan y su desarrollo, 
-sus principios y sus conclusiones. 


Etimología 


Etimología y etimomanía 


Los cambios que en su sonido y en su significado han su- 
frido las palabras durante el período en que la escritura foné- 
tica era rudimentaria y restringida, son la materia de estudio 
de la Etimología, cuyo objeto es descubrir, a través de su forma 
primitiva, el significado original de las palabras. Esta forma 
primitiva no es la primera que revisticron las palabras al ser 
ercadas, ni es siquiera la que tuvieron más tarde, en las lenguas 
antiguas de cuya existencia no hay más dato que la mención 
histórica o una que otra inscripción indescifrable; para cono- 
cer esta forma nos falta la documentación correspondiente, y 
no hay medio de reconstruirla por inducción legítima. No pode- 
mos penetrar el pasado del lenguaje más allá de las lenguas 
conocidas y de la hipotética lengua madre indoeuropea; y entre 
este límite extremo de nuestro conocimiento y las formas pri- 
migenias del lenguaje se abre un abismo infranqueable. De modo 
que la forma primitiva que investiga la Etimología es apenas 
la que aparece en las lenguas que, dentro del período de la es- 
critura fonética, han precedido de inmediato a las actuales. 

En los primeros tiempos de su existencia, la Etimología 
tuvo un propósito ambicioso: descubrir el origen del lenguaje 
investigando la razón de ser de la estructura de las palabras a 
la luz de su significado; se afirmaba o se negaba entonces el 
origen simbólico de las palabras, porque había, o no había. una 
relación natural entre su forma y su concepto, es decir, porque 
la palabra era, o no era, una transcripción sonora de la cosa re- 
presentada. Tal es el carácter de las etimologías de Platón en 
Cratilo, y de las que aparecen en las obras de los filósofos pos- 
teriores cuando investigan también el proceso de formación del 
lenguaje. Pero luego, entre los gramáticos «de la antigúedad, el 
ohjeto de la Etimología se hizo más modesto: limitóse a expli- 
car las derivaciones, y también las variantes vulgares y dialecta- 
les, dentro de la lengua propia; de este género son las investiga- 
ciones de Varrón en De lingua latina, de Probo en su Appendizx 
gramatical, correctivo de barbarismos, y de san Isidoro cuando 
establece las correspondencias de ciertas voces del latín vulgar 
de España, a principios del siglo vi, con las del latín culto, 
más o menos clásico, de la misma época. 


- 276 - 


Las investigaciones etimológicas no desbordan el campo del 
propio idioma sino cuando los precursores del humanismo se es- 
fuerzan por referir al griego el origen de las lenguas románi- 
cas, del latín mismo, y del hebreo también. Una libertad omní- 
moda para descomponer la palabra en sus elementos, y para 
cambiar y transponer sus letras, a fin de adaptar su forma a la 
del presunto étimo, es la base de este método, cuyo artificio de- 
nuncia y critica Rogelio Bacon en el siglo x111; lo que no im- 
pide que tal método vuelva a surgir en el siglo xvn, cuando la 
preocupación teológica de la unidad de origen del hombre, se- 
gún la Revelación, lleva a proclamar que el hebreo, la lengua 
santa, es la madre de todas las lenguas de la humanidad, resu- 
citando la teoría de Orígenes y de san Jerónimo al respecto. Gui- 
<hard, que fué uno de los últimos apóstoles de ese evangelio, 
sentaba como fundamento de su método, en Harmonies étymolo- 
giques des langues, este estupendo principio: «En cuanto a la 
Jerivación de las palabras por adición, substracción, transposi- 
<ión e inversión de letras, es seguro que así se puede y se debe 
hacer si se quiere descubrir las etimologías; y no cuesta admi- 
tir esto cuando se considera que los hebreos escriben de dere- 
-cha a izquierda, y los griegos y otros pueblos lo hacen de iz- 
-quierda a derecha»... Entre nosotros, en la segunda mitad del 
«Siglo xIx, por influencia tal vez de la obra contemporánea del 
lingúlista italiano Dr. Bolza, tuvimos un paraninfo póstumo del 
«engendro teológico del hebreo, como lengua madre universal, 
«en el presbítero Miguel Angel Mossi; cuyo disparatado Diccio- 
«nario analítico-sintético- universal, fundado en la interpretación 
cabalística de las letras del alfabeto, acaba de publicar, como 
libro digno de estudio, la Universidad Nacional de Tucumán... 
para confirmar lo de video meliora proboque, deteriora sequor. 

Antes que se estableciera este dogma de la unidad primi- 
tiva de las lenguas, los filólogos del último siglo del Renaci- 
miento: Bembo, Valdés, Venegas, Sánchez, Périon, Estienne, 
«Castelveltro, Rosal y Aldrete, habían buscado el origen de las 
“voces italianas, castellanas y francesas relacionando estas voces 
entre sí, o con las de alguna lengua antigua, especialmente el 
latín clásico; y la analogía de estructura y de significado en la 
raíz, descartada la desinencia, era la base única de sus etimolo- 
.gías. En este método de investigación, que subordinaba la for- 
ma a la analogía del significado, se llegó en ese siglo XVI, y tam- 
bién en el xix, a dos extremos igualmente curiosos: el de la eti- 
miología parafrástica y el de la etimología sintética. La primera, 
que tiene su origen en los gramáticos latinos, consiste en des- 
arrollar la significación del presunto derivado de modo que, 
pari sensu o contrario sensu (la «catenantiosis» y la «catanti- 
frasis» de los gramáticos griegos) incluya el significado del 
presunto primitivo. Se la representa generalmente con la fór- 


pS 


- 277 - 


mula: LUCUS 4 NON LUCENDO, y sus principales creaciones son: 
BELLUM (4 BELLUS) quod res BELLA non sit; LEX (a LEGERE) 
quía LEGI solet; LIBERI (a LIBITUM) quía quod LIBET facere pos- 
sunt; etimologías que afirman, por la sola coincidencia de le- 
tras, que guerra se deriva de bello porque «no es cosa bella», 
y ley de leer porque «sucle ser leída», e hijos de gusto porque 
«pueden hacer lo que gusten»... La etimología sintética, no 
menos pueril, consiste en considerar las sílabas del presunto 
derivado como siglas de la supuesta frase primitiva; por ejem- 
plo, para san Isidoro (según García de Diego, en Problemas 
etimológicos, Avila, 1926, p. 9) vulpes era quod voLat PEdibus, 
es decir: la vulpeja debe su nombre a que vuela con los pies... 
y para Alfonso de Palencia (según Menéndez Pidal, en el mis- 
mo opúsculo, p. 42) se explicaba así bombarda: «de bon, en sa- 
liendo la piedra, y bar, mientras que va, y da, cuando ya fie- 
re»... y para Venegas (según Cuervo en Apuntaciones, París, 
1885, p. xvi) alquilar provenía de ALius QUI ILLAm habet, es 
decir, «otro que la habita»... y para De Maistre (en Soirées de 
Saint-Pétersbourg) o para Jauffret (según Roquefort en su 
Dictionnaire) cadáver era una contracción de CAro DAta VERmi- 
bus, es decir, «carne dada a los gusanos»... 

Esta preeminencia del sentido sobre la forma, caracterís- 
tica del método etimológico deductivo, se afirma en el siglo 
xvi por obra de Covarrubias, Vossio y Ménage, a quienes si- 
guen en el otro siglo Mayans, Brosses y Gébelin principalmente. 
Ménage, sobre todo, se muestra particularmente afecto a la de- 
ducción dogmática para sus derivaciones, como cuando, en Ori- 
gini della lingua italiana, extrae el italiano alfana del equus 
latino, intercalando entre ambas voces nada menos que tres es- 
labones hipotéticos continuos: fanacus < anacus < aquus; y en 
algunos casos estos eslabones artificiales son seis, como cuando, 
en su Dictionnaire étymologique, relaciona el haneton francés 
con el tabanus latino, que habría degenerado sucesivamente en 
tavanus > tavanetius > vanettus > vanetto > vanettone > ua- 
nettone... agregando que también podría ser que ese vocablo 
procediera del asilus latino por la vía de asilettus > asinettus 
> asinetto > asinettonis > asinettone > asnettone... No obs- 
tante estos lunares, tuvo gran valor en su época, y en mucha 
parte lo conserva aún, la enorme obra de investigación etimo- 
lógica que realizó este erudito filólogo, de quien Cristina de 
Suecia dijo que «sabía no sólo de dónde venían las palabras, sino 
también adonde iban». Con todo, esa obra se ha prestado siem- 
pre a la sátira; y Charles Nodier mismo, aunque respeta a Mé- 
nage, se burla de su método en Examen critique des diction- 
naires (1829, p. 72) cuando, al exponer la etimología de bon- 
chrétien, una variedad de «pera», dice: «Ménage habría deriva- 
do esta palabra a su modo, del latín pyrum cambiado en kyrum 


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por afistema (? ), de kyrum en crium por metátesis, de crium 
en christianum por epítesis, y de christiuanum en chrétien por 
metafrasis»... Vuelvo a los etimólogos. Mayans, a su vez, para 
explicar (en Orígenes, Madrid, 1873, p. 382) el nombre de «ca- 
mino de Santiago» dado a la Vía láctea, deriva Galicia de Ga- 
laxias, porque, como Santiago está en Compostela, y Compos- 
tela está en Galicia, allá donde está Santiago él ve Galicia, y 
donde está Galicia ve Galaxias, y de ahí la relación entre la Vía 
láctea y el apóstol. Pero la nota más alta, en este desconcierto 
etimológico, es la de la Enciclopedia por antonomasia, la de Di- 
«derot y D'Alembert; en este monumento aparece, firmada por 
el erudito caballero de Jaucourt, una exposición razonada del 
método de la etimología conjetural, que contiene, entre otros, 
los siguientes aforismos reveladores de la indisciplina cientí- 
Tica de los etimólogos de ese siglo, el de la Emancipación pre- 
cisamente: «El origen de una palabra es generalmente un caso 
de adivinación, un hecho ignorado, al que no se puede llegar 
sino por conjeturas basadas en algunos otros hechos conocidos. .. 
La fuerza de cada apariencia de verdad, de cada una en par- 
ticular, y el conjunto de estas verosimilitudes, son el principio 
único de certidumbre en materia de etimologías, como en cual- 
quiera otra»... No, por cierto; en buena lógica, lo que lleva a la 
certidumbre no es un haz de probabilidades convergentes sino 
una sola probabilidad tan grande que reduce la duda al míni- 
mum. Con razón Voltaire se burlaba de tales absurdos defi- 
niendo la Etimología como «una ciencia en la que las vocales 
no valen nada, y las consonantes muy poco»; y fabricaba equi- 
valencias chuseas de esta especie: «Es incontestable que el em- 
perador chino Ki tomó su nombre del rey egipcio Atoes, cam- 
biando por k la a, y por 1 el toes» (Histoire de la Russie sous 
Pierre le Grand, 1829, p. 8). 


A principios del siglo xix, con la obra de Grimm, Bopp y 
Humboldt principalmente, el método de la investigación etimo- 
lógica se invierte totalmente: a la deducción basada en el dog- 
ma se substituye la inducción fundada en el hecho: La razón 
recobra entonces su imperio sobre la imaginación, y a las crea- 
ciones de la fantasía suceden las demostraciones lógicas; es de- 
cir, el análisis fonético suplanta a la obsesión semántica, y la 
exploración histórica y geográfica reemplaza a la «caza sen- 
tada» a la etimología. El estudio de la estructura del vocablo 
se hace lo primordial, visto que el significado es siempre acci- 
dental, y precario por naturaleza; y ese estudio, realizado en 
diversas lenguas, es objeto de un examen comparativo, que 
lleva al descubrimiento de que, en la derivación etimológica, las 
alteraciones fonéticas, empíricamente catalogadas hasta enton- 


. 
- 279 - 


<es, siguen un proceso regular y no arbitrario, responden a 
normas fijas, a las llamadas leyes fonéticas. 

Estas leyes comprenden cinco categorías: a) las leyes de 
afinidad, que establecen la correspondencia, entre las lenguas 
de común origen, de las diversas formas que ha tomado, por 
desplazamiento de la base, una articulación primitiva; b) las 
leyes de evolución, que establecen los cambios que han sufrido 
los fonemas primitivos a medida que cada lengua derivada iba 
constituyendo su fonética particular; c) las leyes de normali- 
zación, que establecen las correcciones que ha causado en las 
formas gramaticales la tendencia a la uniformidad, o sea la 
mal llamada «ley de analogía»; d) las leyes de simplificación, 
que establecen las alteraciones de que ha sido objeto la estrue- 
tura de los vocablos por asimilación, desasimilación, metátesis 
y demás especies de metaplasmo; e) las leyes de adaptación, 
que establecen las modificaciones que la fonética propia de 
<ada lengua impone al vocablo advenedizo, y las deformaciones 
originadas por la mal llamada «etimología popular», que es la 
tendencia del vulgo a dar a un vocablo exótico, cuyo sentido 
primitivo ignora, la forma de algún vocablo autóctono que le 
asigna un significado literal ficticio. 

A esta institución de las leyes fonéticas sigue luego la de 
las leyes semánticas, o sea de evolución de los significados; y 
a fines del siglo Darmesteter y Bréal formulan sus conelusio- 
nes al respecto, que en lo esencial se reducen a que, originaria- 
mente, el sentido concreto ha precedido al abstracto, el especí- 
fico al genérico, el individual al colectivo, el positivo al rela- 
tivo, y el calificativo al nominal y al verbal. 

Sucesivamente Diez, Max Miiller, Littré, Whitney, Skeat, 
Hovelacque y Hermann Paul fueron sentando, en la segunda 
mitad del siglo pasado, los principios de la etimología cientí- 
fica, es decir, fundada en el desarrollo histórico de los hechos. 
Gracias a su esfuerzo «un método serio ha reemplazado al azar 
de las inspiraciones y a la libertad de las hipótesis» que carac- 
terizan a la etimología conjetural. Pero, para decir esto, hay 
que prescindir de España, donde, durante el siglo xIx, siguió 
practicándose el culto a la etimología formal de san Isidoro y 
Covarrubias, culto instituído por la Real Academia en su pri- 
mer diccionario, el de Autoridades. Es cierto que, a mediados 
del siglo, Monlau produjo su obra de recapitulación, bien ins- 
pirada porque aprovecha las investigaciones de Diez; pero en 
seguida vemos surgir a Roque Barcia con una teoría etimoló- 
gica viciada fundamentalmente por el concepto de que el cas- 
tellano procede del latín, y éste del griego, y éste del sánscrito, 
y que contiene, entre otras notas risueñas, las siguientes: «el pe- 
rro hace la la, y de ahí viene el nombre de ladrar o latir»... «el 
látigo se llama así porque late, porque hace la la como el la- 


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drido» (Sinónimos castellanos, 1870, n, 468). A Roque Barcia 
lo descalificó Navarro Viola a tiempo, cuando aparecieron las 
primeras entregas de su diccionario etimológico (Anuario, Iv, 
169; v, 167) diciendo de él que cuando no plagiaba a Littré dis- 
parataba; sin embargo, todavía hay entre nosotros quien tiene 
a Barcia por autoridad etimológica... y lo que es peor, a Eche- 
garay, su facsímile. 


En la serie siguiente se resumen en lo principal las con- 
diciones que, según el método científico, debe llenar la investi- 
gación etimológica. 


I. La primera condición necesaria de toda etimología es la 
doble afinidad, fonética y semántica, de los vocablos relacio- 
nados; afinidad que puede ser tan remota como la que une a 
tulipa con turbante, gemelos nacidos de la misma madre persa: 
la voz dulband. Pero la analogía de forma y de sentido no siem- 
pre prueba que un vocablo ha salido del otro, porque puede te- 
ner por causa la unidad de origen de ambos (blanco no provie- 
ne del francés blanc ni viceversa: uno y otro vocablo proceden 
del antiguo altoalemán blanch) ; o esa doble analogía puede ser 
simple coincidencia (como el bad inglés y el bad persa, voca- 
blos que significan «malo» en ambas lenguas) visto que hay 
ideas comunes a toda la humanidad y que, como los fonemas del 
lenguaje son limitados, muchos de ellos se repiten en diferentes 
lenguas. Por tanto. la segunda condición necesaria de toda eti- 
mología es la posibilidad de que, entre las lenguas relaciona- 
das, haya habido contacto directo o indirecto en el lugar y en 
la época de la aparición del vocablo que se investiga. La creen- 
cia en la unidad de las lenguas lleva al fracaso de la investiga- 
ción etimológica, porque impone como norma única de las co- 
rrespondencias el principio de la analogía de estructura y sig- 
nificado, supliendo la comprobación del contacto entre las len- 
guas con la afirmación dogmática de su presunta afinidad esen- 
cial. El arqueólogo chileno Barros Grez deriva gaucho de Cáu- 
caso mediante una sarta de presuntas transiciones, compuesta 
revueltamente de conceptos léxicos, geográficos y etnológicos : el 
aujas sánscrito, el augustus latino, el auqui quichua y aimará, 
los caucas de Colombia, la ciudad de Jauja, la región Cauque- 
nes, la rama araucana auca, todo ligado por la sutil telaraña 
del fonema au... 


II. La identidad de forma, aisladamente considerada, no 
basta para fundar una etimología. Esta identidad puede obser- 
varse entre vocablos de lenguas diferentes o de una misma len- 
gua: no hay relación etimológica, a pesar de la unidad de for- 
ma, entre el bog ruso (Dios), el bog nordanés (libro), el bog 


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húngaro (nudo), el bog sueco (proa) y el bog inglés (pantano) ; 
tampoco la hay entre el louer francés que en el sentido de «al- 
quilar» procede del' locare latino, y el louer también francés 
que en el sentido de «alabar» tiene otro origen, igualmente la- 
tino: laudare; y hasta hay casos de triple etimología, como el 
del castellano falla, y de etimología aparentemente contradicto- 
ria, como la de los nombres Austria y Australia, que, a causa 
de su distinta procedencia, teutona en uno y latina en otro, sig- 
nifican respectivamente «país del este» y «país del sur». En 
cambio, la disparidad de forma no obsta a la relación etimoló- 
gica: medula y meollo tiene en el medulla latino su común ori- 
gen; y aunque del dies latino no ha quedado una sola letra en 
su equivalente francés jour, este vocablo, que fué jorn en lo 
antiguo, procede del diurnus latino, derivado de dies. 


TIT. En cuanto a la identidad de sentido, es obvio que ésta, 
aisladamente considerada, no implica la relación etimológica : 
dicen la misma cosa el tornillo castellano, el parafuso portu-. 
gués, la helix griega, la cochlea latina, el burma turco, el csa-- 
var húngaro, el screw inglés y el vis francés, y sin embargo, 
ningún vínculo genealógico hay entre estos vocablos a pesar de 
la identidad de su significado. En cambio, la disparidad de sig- 
nificación no obsta a la relación etimológica: nada tiene que ha- 
cer hoy el carnicero con el cabrón, pero el boucher francés tuvo 
su origen en el bouc francés, porque en la edad media los car- 
niceros de Francia vendían principalmente carne de macho ca-- 
brío; y nada tiene que hacer hoy tampoco salar con salario, y sin 
embargo su origen es el mismo, porque con cierta cantidad de 
sal, el salarium latino, se pagaban antiguamente determinados. 
servicios; y fuera de los filólogos ¿quién es el qué sabe que cre- 
tino fué en su origen francés cristiano, hecho mote despectivo ?' 


IV. La determinación de la forma primitiva de la palabra 
dentro del propio idioma, y del lugar, la época y las circuns- 
tancias de su aparición, así como el conocimiento de los carac- 
teres de la cosa representada entonces por el vocablo, son las 
bases indispensables para establecer la doble relación fonética. 
y semántica entre el derivado y su presunto étimo. Esto quiere 
decir que en cada caso ha de investigarse la grafía, la geogra-- 
fía, la cronología y la historia del vocablo cuya etimología se 
busca. 


V. La investigación de la forma implica el examen crítico- 
de la grafía con que aparece, porque a la Etimología interesan 
los sonidos y no las letras, y a veces la grafía que se nos pre-- 
senta es una transcripción incorrecta de la dicción original, 
o impropia de la fonética castellana. La incorrección se ad- 
vierte en los textos analíticos de las lenguas indígenas estudia- 
das por los misioneros, quienes adaptaban grosso modo los so-. 


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nidos extranjeros a los de las letras del alfabeto romano, cada 
eual en su lengua materna y muchas veces sin precisar las di- 
ferencias; y la impropiedad resulta de copiar en castellano, sin 
modificarlas, las grafías artificiales que usan los franceses, in- 
gleses, alemanes, italianos y portugueses para suplir los sonidos 
de que sus lenguas carecen, pero que existen en otras y que son 
principalmente los que en castellano se representan con la che, 
la jota, la elle, la eñe y la ye. 

VI. Toda disparidad de forma o de sentido entre los voca- 
blos etimológicamente relacionados debe explicarse por las nor- 
mas fonéticas o semánticas, con exposición de los casos parale- 
los cuando no se trate de las alteraciones ya sistematizadas por 
la Lingúística. La prescindencia de las normas fonéticas sólo 
es lícita en los casos de irregularidad evidente en la evolución, 
como los que constituyen los cambios arbitrarios (Voltaire, de 
Volterra según Nodier, o de Veauterre según Coston), las lla- 
madas «etimologías populares», y las adaptaciones caprichosas 
hechas por los navegantes, los exploradores, los conquistadores, 
los misioneros, los traficantes viajeros. Pero el testimonio his- 
tórico que explique la alteración es imprescindible en tales 
«CASOS. 

VII. La coexistencia en el espacio y en el tiempo de casos 
paralelos es lo que hace una norma del proceso que éstos repre- 
sentan; por consiguiente, tal norma rige exclusivamente en el 
dominio lingiiístico en que se observa, y no es aplicable a los 
«casos en que obran otros factores, intervienen otros elementos y 
concurren otras cireunstancias. En una palabra, la norma no 
es aplicable fyera de su dominio lingilístico propio; y es domi- 
nio lingiiístico el territorio en que una lengua común influye 
sobre otra regional coexistente. 

VIIT. Sólo en alteraciones fonéticas comprobadas en un 
mismo dominio lingúístico puede fundarse la composición de 
un vocablo hipotético, que sirva de eslabón entre el derivado y 
su presunto étimo; y no es lícito fundar esta hipótesis en alte- 
raciones ad hoc, ideadas para explicar un solo caso, porque tal 
demostración equivale al sofisma de alegar como prueba de un 
hecho la desfiguración artificiosa del hecho mismo que se trata 
de probar. 


IX. Cuando el etimólogo se limita, como en el diccionario de 
la Academia española, a establecer que tal vocablo castellano 
procede de tal otro extranjero, cuyo sentido conereto no ex- 
pliea, lo que así ofrece es más bien una traducción que una eti- 
mología. Decir que el castellano manifiesto viene del latino ma- 
nifestus es no decir nada de lo que en el easo importa; hay que 
agregar que el sentido conercto de manifestus es «palpable, que 
se toca con la mano». El fin de la Etimolosía no es conocer la 


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genealogía del vocablo, sino descubrir por medio de ella cuál es 
el «objeto sensible» que la palabra investigada representó en su 
origen, aunque esta palabra sea hoy el término más abstracto 
o metafísico. 


La simple substitución de la palabra por su equivalente en 
la lengua antigua no lleva al conocimiento del sentido íntimo 
del vocablo; desde el punto de vista etimológico, este procedi- 
miento no es sino tautología. El que investiga una etimología no 
busca en realidad palabras sino hechos; si emprende la tarea 
no es para trasladar a otra lengua la incógnita que tiene por 
delante, sino para saber qué cosa o qué hecho llevó al hombre, 
dónde y cuándo, a crear la palabra cuyo significado actual en- 
cubre el original. ¡Cuán curiosos destellos del mundo anti- 
guo nos llegan por la etimología ! ¡Con qué ironía consideraban 
los latinos el cuerpo humano al llamar a la cabeza testa, es de- 
cir, tiesto, cacharro... si no es que tal era el nombre que en la 
lengua troglodita se daba a la calavera por razón de su uso!... 
¡ Y qué prestigio tenía entre los romanos el cocinero! tanto que 
al vocabulario de éste recurrió el pueblo cuando quiso dar nom- 
bre a la entraña que llamó hígado, sólo porque el cocinero le 
presentaba esa vianda aderezada con higos... ¡Y con qué fe- 
rocidad trataban entonces los acreedores a sus deudores! puesto 
«que el sencillo y cómodo acto que llamamos hoy pagarles signi- 
ficaba entre ellos la tremenda empresa de aplacarlos... ¡Y 
cómo se regalaban en la mesa los eruditos de la Galia románica ! 
tenían marrana rellena tan frecuentemente que acabaron por 
ver en ella, a causa del relleno, el caballo de Troya de la Odisea 
homérica, y ese nombre ilustre dieron al animal vivo, haciendo 
del troia latino el truie francés... También fué el ingenio fran- 
cés con su couard, o el italiano con su codardo, el que caracte- 
rizó al cobarde como «el que mete la cola entre las piernas»... 
¿Y qué era al principio el azar, concepto actual de la posibi- 
lidad ineserutable, de lo imprevisible y de lo inevitable, hijo 
pavoroso del Hado tiránico y de la caprichosa Casualidad? El 
azar, en su origen árabe, era simplemente la afortunada o infor- 
tunada aparición del as en el tirar de los dados... 

Repito que el objeto sensible, escondido detrás del signifi- 
cado actual de la palabra, es lo que interesa descubrir en las 
investigaciones etimológicas. Y esta revelación que se espera, 
-como resultado de tal esfuerzo, es lo que explica el misterioso 
atractivo de la etimología, atracción comparable a la del enig- 
ma, a la de todo lo que, envuelto en las sombras, intenta subs- 
traerse a la penetración de nuestro ingenio. De ahí que se piense 
generalmente que la solución de un problema etimológico es 
más bien una cuestión de sagacidad intuitiva que de acierto re- 


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flexivo; y de ahí que sean siempre tantos los que, sin prepara- 
ción suficiente, acometen la tarea de proponer etimologías con- 
jeturales. 

Me parece oportuno transcribir aquí, — para terminar con 
una nota de arte esta recapitulación un tanto inerte de la ma- 
teria etimológica, —lo que, contra la plaga de los etimólogos 
indoetos, ha escrito en francés y con desenvoltura francesa nues- 
tro Groussac (Une énigme littéraire, 1903, p. 250). Y voy a trans- 
eribirlo en francés, para que en la traducción no se pierda el 
garbo mosquetero del original, que en estilo epistolar dice esto: 


«Ce doit étre, Monsieur, une affection terrible que 1'éty- 
mologie, pour que l'illustre et doux Renan en ait écrit ceci, il 
y a un demi-siécle: «L'étymologie a été et reste parmi nous un 
véritable genre d'aliénation mentale». Je n'ai pas le droit d 'étre 
aussi sévére que ce grand indulgent; mais, devant certaines dé- 
couvertes de vos correspondants, qui ne sont pas tous des ama- 
teurs, je me dis que cette félure ouvre un jour bien eurieux sur 
l'état d'esprit des lexicographes et 1"emploi qu'ils font des mé- 
thodes philologiques. En sommes-nous toujours á dériver bef- 
froi de bel effroi et ancétre d'ancien étre? (Du moins, 1"étymo- 
logie classique de cordonnier = donneur de cors, s'appuyait- 
elle sur une longue expérience!). Ces enfantillages florissaient 
au temps de Joseph de Maistre, qui correspond au préraphaélis- 
me de la philologie. Enfin, Malherbe vint... c'est-A-dire Joseph 
Grimm. Mais non, j'exagére: pour vos correspondants person- 
ne n'est venu, pas méme M. Bréal. Leur étymologie est toujours 
un ars conjectandi, le casse-téte de syllabes, une variété du ca- 
lembour par á peu prés. C'est proprement la méthode physio- 
gnomonique appliquée au langage. Oui, Monsieur, faites ce réve 
fou d'un arbre généalogique établi sur les ressemblances exté- 
ricures d'individus ramassés au hasard, á Paris, á Stockholm, 
á Batavia, et dont on prouverait la consanguinité par la seule 
inspection de leur nez ou la couleur de leurs yeux! Voilá le pro- 
cédé courant des étymologistes! pour eux, le cliquetis des sous 
est tout; 1'historique et 1'anatomie verbale ne comptent pas. 
Cela est d'un absurde monstrueux qui semblerait ne devoir pas 
vivre une minute. Pas du tout, cette récréation déjá séculaire 
nous survivra, gardez-vous d'en douter. Elle a la vie dure des 
baguenauderies á faux nez scientifique, et réalise 1'idéal que 
le mari de Mme. Geoftfrin sollicitait de d'Alembert: «Un beau 
probléme qui ne soit pas difficile». 


La etimomanía es eso justamente : consiste en tratar la eti- 
mología como un lindo problema nada difícil. 


Treinta etimologías de «gaucho» 


Treinta son las etimologías propuestas hasta ahora para ex- 
plicar el origen del vocablo «gaucho», regionalismo ríoplatense 
profundamente incrustado ya en el castellano común por obra 
de la historia y de la literatura. Es posible, aunque poco pro- 
bable, que exista alguna otra por mí ignorada; si así fuese, 
«convendría que el que la conociera me comunicara el dato, a fin 
-de completar oportunamente esta exposición, cuyo objeto es su- 
ministrar todos los antecedentes del caso a los interesados en 
hallar la solución definitiva de tan interesante problema. 

El orden cronológico en que los etimólogos han ofrecido 
.sus diversas soluciones probables, publicando las conclusiones 
consiguientes, es éste: Vidal, 1820; Vicuña, 1856; Moussy, 1860; 
Mantegazza, 1867; Maspero, 1875; Daireaux, 1887; Daireaux, 
1888; Groussac, 1893; Barros, 1893; Oliveira, 1893; Leguiza- 
món, 1894; Pelliza, 1894; Lenz, 1895; Mossi, 1895; Leguiza- 
món, 1896; Lafone, 1898; Abeille, 1900; Groussac, 1900; Que- 
:sada, 1902; Lenz, 1905; Llanos, 1906; Calandrelli, 1911; Monla, 
1912; Rojas, 1917; Rossi, 1921; Lugones, 1924; Tiscornia, 1925; 
Lehmann-Nitsche, 1927; Altube, 1927; Sommer, 1927. 

Estas etimologías no son todas originales y distintas: algu- 
nas de ellas giran en torno de una raíz misma, y otras resultan 
.ser simples repeticiones, no confesadas, de una idea ajena; por 
tanto, no voy a presentarlas en orden cronológico sino clasifi- 
eadas por su afinidad en grupos, para que el lector pueda apre- 
-ciarlas en sus relaciones mutuas. 

Más de la mitad de los etimólogos ha preferido buscar el 
origen de «gaucho» en las lenguas indígenas; uno atribuye su 
derivación al hebreo y otro al latín, otro cree encontrarla en el 
francés, otro en el portugués y otro en el inglés, otro la saca del 
árabe, otro del vascuence y otro del gitano... Sólo una minoría 
ha pensado que no habríamos necesitado salirnos de nuestra ha- 
bla castellana, para buscar recursos en otra, cuando pusimos un 
nombre nuevo a la cosa nueva que surgía entre nosotros. 

En la serie de las etimologías indígenas, la araucana es la 
que más aficionados ha tenido, Le corresponde por eso el primer 
.sitio en esta exposición. 


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Del araucano gatchu o gachu o cachi 


VICTOR MARTIN DE MoussY, en Description géographique 
et statistique de la Confédération Argentine, 1860, t. 1, p. 281, 
dice: «Le mot «gaucho» vient, dit-on, du mot araucan gatchu, 
par lequel les Indiens de cette race ont 1'habitude de se saluer 
et qui veut dire: compagnon». 

En los vocabularios araucanos de Havestadt, Febrés y 
Schwarz («Augusta») el vocablo gatchu no existe; pero la idea 
de «compagnon» está representada en ellos por cachú. Puede 
asegurarse, por tanto, que gatchu es una forma incorrecta de 
cacht. 

Repite esta etimología PAaoLo MANTEGAZZA en Rio de la 
Plata e Tenerife, 1867, en la nota única del capítulo 1v, que 
dice: «Secondo aleuni la parola «gaucho» deriverebbe dall'altra 
gatchu, compagno, della lingua araucana». 

Se explica esta reproducción del vocablo incorrecto porque 
el autor declara que, para escribir su libro, ha tenido por de- 
lante, entre otras, la obra de Martin de Moussy. 

Repite también esta etimología Gasron MASPERO, en Sur 
quelques singularités phonétiques de l'espagnol parlé dans la 
campagre de Buenos-Ayres et de Montevideo, monografía pu- 
blicada en Mémoires de la Société de Limguistique de Paris, 
1875, t. 11, p. 52, diciendo: «La des mots indiens s'allonge par- 
fois en diphtongue: l'araucan gachu, camarade, ami, est de- 
venu «gaucho». 

Esta voz tampoco está en los vocabularios araucanos; gachu 
es seguramente, como gatchu, otra forma incorrecta de cacht. 

Por cuarta vez se repite esta etimología cuando RoDoLFO 
Lenz, en Estudios araucanos, 1895-1897, p. 28, dice lo siguiente: 
«Febrés: cachú o cathi, amigo, camarada... Creo que esta pa- 
labra es la que na dado orijen a la palabra «gaucho»; la epén- 
tesis de cachu, cauchu, es un fenómeno frecuente en araucano; 
la sustitucion de una c (k) indíjena por g es muy frecuente 
tambien». 

Lo segundo, el paso de la c gutural a y suave es un hecho 
comprobado igualmente en la evolución de las lenguas románi- 
cas, como consecuencia de la correlación de ambos fonemas en 
todo el vasto campo indoeuropco: está dentro de la primera 
fórmula de la ley de Grimm. Pero lo primero, la diptongación 
araucana de a en aru, no será una evidencia sino cuando alguien 
se tome la molestia de documentarla. 

Plagia esta etimología Luciano ABEILLE en Idioma nacto- 
nal de los argentinos, 1900, pp. 76 y 335, cuando, sin citar a 
Lenz, ni a Febrés siquiera, dice que «gaucho» procede «del arau- 
cano cachito cathit, amigo, camarada». Este pequeño hurto 


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está incrustado en otro garrafal: todo el capítulo x1 de ese 
libro disparatado, el Idioma nacional de los argentinos por Lu- 
ciano Abeille, es una transcripción solapada de la referida mo- 
nografía de Maspero, así como su capítulo 1v es un saqueo del 
Vocabulario de Granada. 


Del araucano cachú + cauchu + el quichuismo guaucho 


En 1905, RopoLro LENz modifica su primera etimología. 
cuando en su Diccionario etimolójico, pp. 346, 347 y 361, escri- 
be esto: «La voz cacha, por su significado (amigo, camarada), 
parece un excelente étimo... Hai que saber que los indios ac- 
tuales llaman a los gauchos cauchu... Esta voz, por su signifi- 
cado (empalicador, hombre fino, astuto) parece no ménos ade- 
cuada que cachú... Además se encuentra en Febrés cauchu, 
mucho, con exceso, demasiado... No seria imposible que hubie- 
ra fusion de esta voz cauchu con cachú... Me parece mui po- 
sible que tambien en otras partes haya existido la forma colom- 
biana huaucho, guaucho, i que esa palabra, si no es la fuente 
de la voz «gaucho», al ménos ha contribuido a trasformar cau- 
chu en «gaucho». 

Bien pudiera ser que el cauchu con que los indios chile- 
nos designan hoy al gaucho fuera una voz advenediza, la adap- 
tación mapuche de «gaucho». Por otra parte, para producir fo- 
néticamente a «gaucho», el vocablo cauchu no habría necesitado. 
fundirse con ningún otro, porque tiene en sí mismo todos los ele- 
mentos que esa transformación requiere. Y de esto resulta que 
si cauchu se ayunta con cachú es para apropiarse su sentido de 
amigo y camarada, y que si cachú se ayunta con cauchu es para. 
compartir su diptongo, y que si ambos se ayuntan con guaucho, 
venido para eso a Chile desde Colombia, es para aprovechar su 
inicial... Bueno, bueno; hacer esta clase de ayuntamientos aco- 
modaticios es, dicho sea con todo respeto, un artilugio. 


Del pampeano (sic) cauchú + cachú 


En su «Martín Fierro» comentado y anotado, 1925, p. 419,, 
ELEUTERIO F. TiscorNIA ofrece, con especial aderezo, esta se- 
gunda etimología de Lenz, transportada del araucano a «la len- 
gua de los indios pampas» mediante el vocabulario de Barbará.. 
Dice: «Nosotros vemos la voz «gaucho» como nacida en propia 
tierra, en la lengua de los indios pampas... sus voces cauchú, 
muchísimo, y cachú, camarada, han dado por natural acerca- 
miento y contaminación el nombre del campesino pampeano». 

Ante todo, el gaucho era el enemigo natural del indio; y 
eso de que el indio haya considerado al gaucho su amigo y ca- 
marada, y tan universalmente y absolutamente que resolvió 
llamarlo así por antonomasia... vamos, vamos... eso es algo: 
que, dicho por Lenz, hace pensar en Alemania, y que, dicho por 


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un argentino, hace pensar en Babia... Luego el Manual o vo- 
Cabulario de la lengua pampa, compuesto en 1879, «para los 
indígenas y para las familias a cuyo cargo han sido puestos», 
por el teniente coronel Federico Barbará, que no era como Cer- 
vantes hombre de armas y de letras, no es un libro de erudi- 
ción sino de uso doméstico, que copia demasiado a Febrés para 
que pueda ser tenido por original, y «cuyos apuntes gramati- 
«cales son mui incompletos i llenos de errores i erratas», según 
afirma Lenz en sus citados Estudios araucanos, p. v. Además, 
«pampa» es un calificativo geográfico, y por extensión seudo- 
etnográfico; «filológicamente no hay lengua pampa, sino el arau- 
cano más o menos adulterado, hablado por los indios pampas» 
está diciendo Juan M. Larsen desde 1882, en la página 52 de 
su apéndice en el Diccionario araucano-español; pero se explica 
que no conozca a Larsen quien con Barbará se contenta. Salta, 
pues, a la vista que la substitución de Febrés por Barbará, y 
del araucano por «la lengua de los indios pampas», tiene por 
objeto presentar con aderezo local, «de la propia tierra», la eti- 
mología que Lenz ha ofrecido al natural, sin adobo patriotero. 


Del araucano huachu o del quichua huák-cha 


MARTINIANO LEGUIZAMÓN, en La Nueva Revista, Buenos 
Aires, 1894, t. 1, pp. 82 y 103, dice: «En dos de nuestras len- 
guas indígenas se encuentra la palabra guacho con un sig- 
nificado idéntico: huácha, pobre, huérfano, en quichua; y huá- 
<hu, hijo sin madre, en araucano. ¿No será tal vez esta voz abo- 
rigen, que refleja admirablemente la existencia del hijo de los 
<ampos, lo que ha engendrado su nombre? La transformación 
de huáchu en «gaucho», por su semejanza ortográfica, por su 
valor fonético, y hasta por el triste simbolismo que encarna, me 
parece completamente natural y lógica». En Recuerdos de la 
tierra, 1896, p. 267, este escritor corrige su etimología, ofre- 
ciendo no ya una decisión sino una opción en estos términos: 
«Del quichua huák-cha, pobre, huérfano, o del araucano-pampa 
huachu, hijo sin madre». 

Puede admitirse, con Febrés, que el araucano huachu haya 
dado guacho; pero de esto no resulta «natural y lógico» que 
haya dado «gaucho». Si se quiere insinuar que es de guacho 
de donde ha salido «gaucho», esto plantea un problema con el 
cual la etimología araucana no tiene nada que hacer; y si el 
propósito de este etimólogo es relacionar directamente huachu 
con «gaucho», sin la forma intermedia guacho ¿dónde está la 
comprobación de que el diptongo araucano ua al pasar al cas- 
tellano invierte sus elementos y se transforma en au? Si esta 
norma existiera, podría verse en huachu el origen común del 
guaso chileno y del «gaucho» rioplatense... pero Midden- 
dorf, y con él Lenz, asignan a guaso otro origen. En cuanto 


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a la etimología quichua huák-cha, para hacerla viable habría 
que demostrar que esa lengua era corriente en la región del 
Plata a mediados del siglo xvHmi, cuando apareció el vocablo 
«gaucho»; y después habría que documentar la inversión de 
las vocales del diptongo al pasar de esa lengua al castellano. 

Esta etimología por partida doble evidencia el interés del 
etimólogo en hallar a toda costa en alguna lengua autóctona la 
solución del problema. Como manifestación de celo nacionalista 
tal empeño puede pasar... las debilidades amorosas no son con- 
denables, y cada cual es dueño de acariciar a la Patria a su ma- 
nera; pero, como esfuerzo de investigación, la cosa no vale. La 
proposición disyuntiva es una premisa, no una conclusión; por 
tanto, como construcción científica, esta etimología bifurcada es, 
«dicho sea con todo respeto, un artefacto. 


Del guaraní huachu 


Dice ViceENTE Rossi en El gaucho; su orijen y evolucion, 
1921, pp. 20 y 21: «En idioma guaraní, a un ser humaño o a 
un animal que se presenta solo, huído o sin procedencia cono- 
cida, se le llama huachu; por extension o por analojía es tam- 
bien huachu el que se aparta sin rumbo, hacia vida ambulativa. 
El guerrero nómade charrúa era, por lo tanto, huachu en la 
clasificacion y terminolojía usual de su tribu... Leyes e infle- 
xiones de evolucion fonética, segun lo indican los lingúistas y 
lo prueban los idiomas autóctonos, han hecho que el vocablo 
huachu pasara por las transformaciones de huacho, más tarde 
guacho y finalmente «gaucho». 

En la página 62 de su opúsculo este etimólogo declara que 
debe a Abeille la información de que existe en guaraní el voca- 
blo huachu con el significado de guacho. Ya he dicho que, 
en ese capítulo de su libro, Abeille ha plagiado impávidamente 
la monografía de Maspero. Ahora bien: no está probado que hua- 
chu sea un vocablo guaraní; aunque así lo declare Maspero 
(palmariamente equivocado en tanto otro detalle, y punto fun- 
damental, de su monografía) Montoya no autoriza tal afirma- 
ción en su Tesoro; ni está probado que el guaraní haya sido la 
lengua de los charrúas; ni está probado que el diptongo gua- 
raní ua se convierta en el castellano au. En cuanto a que los 
primeros gauchos fueron charrúas, esto es algo que está en la 
imaginación del etimólogo, pero no en la Historia. 


Del charrúa (sic) gauderio 
En su Tesoro de catamarqueñismos, de 1898, SAMUEL A. 
LAFONE QUEVEDO escribe esto en la página 136: «La explicación 
del misterio es muy probable que se encierre en una de esas 
lenguas perdidas del Río de la Plata, donde nació este apodo. 
De los charrúas es muy posible que se haya derivado el tal vo- 


19 


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cablo... y de su lengua puede decirse que nada sabemos. El 
gaucho es producto de nuestras Pampas y Chacos, y en éstos 
debió nacer también el nombre que se le da... Posible es que 
gauderio sea la forma plural de «gaucho» en charrúa... La 
ecuación d = r = ch es conocida desde las Antillas hasta el Río 
de la Plata». 

No es posible considerar seriamente este desvarío. Atribuir 
al charrúa la voz gauderio y asignarle el número plural; hacer 
esto aunque se confiesa que del charrúa nada se sabe; decir que 
el gaucho es producto tanto de la pampa como del Chaco; con- 
jeturar que en estas regiones debió nacer su nombre, aunque 
seis líneas antes se ha afirmado que nació en el Río de la Pla- 
ta; colegir que un plural puede tener su singular en otra len- 
gua; y formular la equivalencia fonética: d =r = ch... éstas 
son cosas que invitan, no al respeto, sino al titeo. 


Del quichua cauchu-k 


Matías CALANDRELLI, en su Diccionario Filológico-Compa- 
rado, 1911, t. 1x, p. 2765, dice: «Del quichua cauchu-k, hechi- 
cero, el que deshoja, brujo... Y como estos adivinos eran va- 
gabundos, desocupados, que recorrían largas distancias por si- 
tios desiertos, se llamó cauchu-k = gaucho al habitante de la 
campaña desierta, sin ocupación determinada, que no traba- 
jaba». 

Está probado que fué en la región del Plata donde surgió 
el vocablo «gaucho»; pero no está probado que en esta región 
se hablara entonces el quichua. Note el lector, de paso, la cu- 
riosa equivalencia en que se funda esta etimología: gaucho es 
cauchu-k porque el gaucho vaga y el hechicero vaga. Esto es 
como decir que águila es mosquito, porque el águila vuela y el 
mosquito vuela... 


Del caucano (?) cauca 


En 1897, DanieL Barros GREZ escribió en Quillota una 
composición lingiística y arqueológica, con el epígrafe de Gau- 
cho; origen probable de este nombre y su significación, que está 
incluída en la compilación titulada Primera reunión del Con- 
greso Científico Latino Americano, Buenos Aires, 1900, tomo v; 
y en el curso de ella se lee esto: «No es posible negar el paren- 
tesco del sánscrito aujas con el americano auca, con el latino 
augustus, con el quiehua y aimará auquí (p. 19)... El valor 
extraordinario desplegado por los caucas (de Nueva Granada) 
durante la conquista española, me hace comparar este nombre, 
en el sentido de atrevido, valiente, rebelde, etcétera, con el de 
Cáucaso... la alta montaña en donde el valiente, el atrevido, 
el rebelde Prometeo suírió el castigo de su sublevación contra 
Júpiter (p. 20)... Es un hecho el que el nombre de caucas se 


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encuentra en Perú, bajo la forma de Jauja... Por último en- 
contramos el mismo nombre de cauca en el de Cauquenes... 
Los antiguos indios que poblaron a Cauquenes pasaron de las 
Pampas argentinas a Chile, y lejos de ser originarios de dicha 
Pampa procedían de las zonas intertropicales, siendo muy po- 
sible que el origen de tal emigración estuviera en el valle del 
Cauca (p. 21)... Los caucas invasores de Chile existieron an- 
tes en las Pampas argentinas, en donde debieron haber dejado 
su nombre. Hemos visto antes modificado este nombre, y con- 
vertido en Jauja, con la relajación del sonido fuerte de la c. 
Esta misma relajación, y aun mayor, se ve en la g inicial del 
nombre de «gaucho» que, a mi entender, es el mismo nombre de 
cauca, desfigurado por la pronunciación. Cauca pudo muy bien 
convertirse en jauca, gauca, gaucha, gaucho» (p. 25). 

Cuatro años antes, en 1893, el autor había insinuado esta 
etimología en los siguientes términos: «Como la denominacion 
de cauca se encuentra en el nombre indíjena de Cauquenes con 
que, desde los primeros tiempos históricos, ha sido conocida la 
estensa i montañosa comarca en donde se hallan diseminadas las 
«piedras escritas», hai, a mi entender, razones suficientes para. 
creer que los escribas de las piedras de Cauquenes han podido 
mui bien venir del valle de Cauca, en Nueva Granada, pasar 
por Popayan, en donde hai otro pequeño valle llamado tambien 
Cauca, dar en seguida, mas al sur, su nombre a las comarcas 
de Cajamarca, Jauja, etcétera, pasar por Bolivia, en donde 
tambien dejaron su nombre bajo la forma de Cutco, proseguir 
hacia las pampas arjentinas, en donde vemos el mismo nombre 
convertido en «gaucho», i finalmente entrar en Chile por sobre 
la cordillera de los Andes, para dar al pais de las faldas occi- 
dentales en que se establecieron el nombre de Cauquenes»... 
(Actes de la Société Scientifique du Chili, uu, 127). 

La equivalencia auca = augustus = Cáucaso = caucas = 
Jauja = gaucho parece ser, más bien que una etimología, uno 
de esos juegos de ingenio, o artificios literarios recreativos, que 
se llamaban «laberintos» en el siglo xvi y que hoy se llaman 
«eruzadas». Pero un arqueólogo y a la vez lingúista, es decir, 
un Lafone Quevedo acoplado a un Calandrelli, puede descu- 
brir entre las cosas relaciones insospechadas para el común de 
los mortales. Supongamos, pues, que la equivalencia que el sa- 
bio chileno nos ofrece es una etimología, y no un logogrifo. 
¿Qué hay que decir sobre ella? Que el gaucho no fué indio ni 
surgió en la pampa; y que las letras y sus combinaciones no 
tienen en el lenguaje el valor definitivo, igmutable y univer- 
sal que caracteriza a los signos matemáticos, aunque Pitágoras 
y los cabalistas sostengan otra cosa: ni siquiera a es igual a a 
dentro de una misma lengua, y ésta es la cuarta vez que, en 
mis escritos, tengo que decir que bog significa Dios en ruso, 


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libro en nordanés, nudo en húngaro, proa en sueco y pantano 
en inglés. De modo que Daniel no viene de daño, aun cuando 
por ahí empieza; ni Barros sale de barra, aunque los barros 
embarran; ni Grez procede de Grecia, porque Quillota está en 
Chile... En fin, la analogía es una corteza de banana sobre 
la cual pone el pie el etimólogo que quiere sentarse en el suelo 
de golpe y porrazo. 


Del aimará chacha 


FRIEDRICH SOMMER, de Forst in der Lausitz, Prusia, en una 
carta publicada en O Estado de Sáo Paulo, de Sáo Paulo, Bra- 
sil, en julio 4 de 1927, dice: «A palavra aimará chacha = varáo 
(Vocabulario de voces usuales de aymara, etc. La Paz, 1905; 
Palza € C.) ao meu ver fica muito perto do brasileiro-argentino 
gaúcho e gáucho. Náo ligo importancia á mudanca de som (a em 
au ou ua) alteracáo essa que muitas vezes póde ser observada 
na evolucáo de palavras. O mesmo póde ser dito de formas de 
crescimento como gach > guach > guanche. Proponho, pois, 
de ler, para solver o enigma, gaucho, chacha (aimará), chadcho 
(cigano)»... 

En realidad este etimólog + no propone la derivación aima- 
rá de «gaucho»; se limita a preseritar analogías de esta palabra 
con otras del aimará y del gitano... y debemos felicitarnos de 
que haya reducido a sólo dos casos la formidable lista que po- 
dría hacerse de tales aproximaciones con todas las demás len- 
guas de la humanidad. Este paralelismo pueril, unido a la de- 
«<laración de que no se da importancia a los cambios de sonido 
ni a las epéntesis, marca el nivel de la preparación lingúística 
«de este compatriota y tocayo de Friedrich Diez. 

Aquí terminan las etimologías indígenas; consideremos 
ahora las que hacen proceder «gaucho» de alguna lengua euro- 
pea. La primera en este orden, y también en el tiempo, porque 
«data de 1820, fué la siguiente. 


Del inglés gawk o gawky 


E. E. VipaL en Picturesque Illustrations of Buenos Ayres 
and Monte Video, p. 89, dice: «All countrymen are called by 
the iuhabitants of Buenos Ayres «gauchos», a term, no doubt, 
derived from the same root as our old English words gawk and 
gawkey, adopted to express the awkward, uncouth manners and 
appearance of those rustics». 

La raíz de esas palabras inglesas es teutónica, y consiste 
en una onomatopeya que en castellano suena goc, con la cual 
diz que se denominaba al euclillo; hoy día el gawk o gawky in- 
elés significa principalmente estúpido, o torpe, o desgarbado. 
Es evidente que este etimólogo no había leído a Leibniz y per- 
sistía aún en la ercencia mística de la lengua madre univer- 


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sal, con la pequeña diferencia de que para él esta lengua no 
era la de los hebreos sino la de los teutones. Lógico es, pues, 
que pensase que esa raíz teutónica podía estar disponible para 
la formación de vocablos en todas partes simultáneamente, y en 
todas las épocas perennemente; de ahí que de ella saliera por 
un lado el «cuclillo» para los ingleses, escoceses, islandeses, sue- 
cos, daneses y alemanes, y por el otro el «gaucho» para los río- 
platenses... O si no, este etimólogo atribuía a los ingleses radi- 
cados a mediados del siglo xvii en las márgenes del Plata 
(¿hubo alguno?) la creación del vocablo castellano «gaucho»; 
en cuyo caso lo habrían derivado directamente de gawk o gaw- 
ky, porque no es posible que esos hombres de negocios conocie- 
ran la hipotética lengua de los teutones, que es un misterio para 
todo el mundo menos para los lingiiistas. Se habría producido 
así un hecho sin precedentes en la historia de las lenguas, por- 
que lo corriente es que el que inventa palabras se tome ese tra- 
bajo para enriquecer su propio idioma y no el ajeno... O si no, 
los criollos del Río de la Plata habrían adoptado, por singular 
fantasía, para denominar a un tipo propio, el calificativo que a 
ese tipo aplicaban los dichos problemáticos ingleses; en tal 
caso, el vocablo «gaucho» no habría existido nunca, porque las 
adaptaciones castellanas del inglés son siempre homófonas, y 
gawk o gawky habría dado goque, como beefsteak, meeting y 
trolley han dado bistec, mítin y trole. 


Del latín gaudeo 


En su Diccionario de chilenismos, 1875, p. 230, Zorobabel 
Rodríguez dice: «El señor Vicuña cree que «gaucho» viene del 
latin gaudeo i que se aplicó en el Plata a la jente alegre». 

Ante todo, esto de sacar del latín muerto un vocablo popu- 
lar para el castellano del Plata en el siglo xvii, me parece un 
solemne... anacronismo diré. En segundo lugar, si «gaucho» 
ha salido de gaudeo ¿cómo se explica el cambio directo de la 
dental d por la paladial ch? 

Durante cincuenta años hemos estado sin tener sobre esta 
etimología más datos que la forma incompleta e incorrecta en 
que la presenta el nombrado lexicógrafo chileno. He aquí al 
fin el texto genuino de ella, que he descubierto en Pájinas de 
mi diario durante tres años de viajes, por BeNJAMÍN VICUÑA 
MACKENNA, 1856, p. 422: «Sobre el orijen de la palabra «gau- 
cho» yo nada he podido averiguar de cierto, sin embargo. Un 
antiguo escritor español parece querer derivarla de la palabra 
gaudeos que se aplicaba en el siglo pasado a las jentes alegres 
de Buenos Aires por la etimolojía latina de este término; pero 
es mas probable que sea solo una espresion nacional, tan espon- 
tánea como esos nombres de colejio que todos adoptan i perpe- 
tuan sin saber como, a la manera que nosotros hemos bautizado 


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a los mas ladinos de nuestros huasos con el nombre jenérico de 
lachos». 

Los antiguos escritores españoles en quienes se lee algo 
parecido a gaudeos son eronológicamente : Henis, Concolorcorvo, 
Azara y Doblas, que escribieron gauderios (Espinosa, Alvear, 
Lastarria y Aguirre también, pero en 1856 sus manuscritos es- 
taban inéditos), y la diferencia entre ambos vocablos se expli- 
caría porque es evidente que la cita se hace de memoria. Si gau- 
decos se aplicaba a las gentes alegres de Buenos Aires, el voca- 
blo era necesariamente castellano, y por consiguiente lo de la 
etimología latina se refiere a ese vocablo y no a «gaucho». La 
friolera de cuatro errores hay, pues, en la breve frase del Dic- 
cionario de chilenismos : el escritor citado no dice que «gaucho» 
viene de gaudeo; ni que gaudeo es un vocablo latino; ni que la 
palabra aplicada a los jaraneros era «gaucho»; ni que se aplicaba 
«en el Plata». Ahora bien: la derivación gaucho < gaudeo es 
una atribución que el escritor chileno hace al anónimo escritor 
español antiguo; lo que presenta como suyo es la conjetura de 
que «gaucho» se haya formado tal como lacho salió de huaso, 
pero no dice cuál es el vocablo que se habría deformado en 
«gaucho». ¿Habrá estado en su mente la idea de generación es- 
pontánea cuando eseribió que lo más probable es que «gaucho» 
sea una expresión espontánea? Haya estado o no, lo cierto es 
que en la mente de su lector la sugiere. 


De la raíz hebrea gne > gau 


MIGUEL A. Mosst, en su Diccionario unalitico-sintético-unt- 
versal [1895] dice: «La raíz hebrea gnc = producto, es nombre 
análogo al ganado, que es un producto; de esta raíz viene gau 0 
go = la vaca y la leche, por ser un producto; viene también 
gaucho = ganadero (p. 11)... De la raíz gne viene gaucho = 
ganadero (p. 25)... De gau viene gaucho = alabancioso, ela- 
tus, superbus, impius, pues se toma en buen y mal sentido» 
(p. 193). 

La explicación y el comentario de esta etimología resulta- 
rán directamente de la explicación y del comentario de la obra 
que la contiene; y para explicar y comentar esta obra basta 
decir que tiene por base la serie siguiente de disparates: 

La letra, sea cual fuere su sonido, es signo ideográfico en 
la lengua primitiva, de la cual el hebreo es el representante 
perfecto. 

Pero en las lenguas derivadas, las dieciones y las grafías se 
han confundido, y por eso ya no corresponden a primera vista. 

La unidad de origen de las palabras no puede buscarse, 
pues, en la similitud de formas sino en la analogía de signifi- 
cados. 

Establecida así la relación entre las palabras, se las reduce 


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a la unidad radical, que debe confirmar esa analogía de signi- 
ficados; al efecto, se establecen equivalencias ad hoc entre las 
letras actuales y las de la raíz originaria. 

Estas raíces resultan de la combinación de las letras del su- 
puesto alfabeto ideológico primitivo. 

Este alfabeto consta de sólo diez letras: a, 1, u, c, l, m, n, 
r, s, t; las demás del alfabeto corriente no son sino variantes o 
combinaciones de ellas. 

Y los significados de las letras son : a = extensión, ¿ = atin- 
gencia, u = substancia, c = existencia, 1 = sutileza, m= unión, 
n = entidad, r = división, s = volumen, t = junta. 

Y el significado de la raíz se formula invirtiendo el orden de : 
sus elementos: alm significa «unión de sutileza de extensión». 

En mal lugar se ha puesto la Universidad Nacional de Tu- 
cumán al editar este trasunto anacrónico de grimorio medieval 
-«cabalístico. 


Del francés gauche 


ERNESTO QUESADA, en El «criollismo» en la literatura ar- 
gentina, 1902, p. 119, transcribe la etimología conjetural de 
Groussac: changador < échanger, y agrega esto: «La tal eti- 
mología es sugerente: changador, de échanger, tiene bastante 
parecido con gaucho, de gauche; ¿no serían quizá esos mismos 
filibusteros franceses, que cruzaban el litoral desde el Plata 
hasta las Antillas, los que así como gritaban a los criollos échan- 
ger, bautizándolos de changadores, hayan a su vez gritado 
gauche al paisano que se acercaba, convirtiéndolo por ello en 
gaucho? Repetiré con el referido autor: «doy la explicación por 
lo que es: una conjetura, pero infinitamente probable, dada la 
estructura latina de la voz». 

Gauche significa deforme, cohibido, torpe; ¿era ésa la ca- 
racterística de nuestro vaquero contrabandista: todo lo con- 
trario de esbelto, desenvuelto y diestro?... No lo pintan así 
los eronistas. Además, no está permitido fundar etimologías 
.en hipótesis no verificadas, y mucho menos en una hipótesis tan 
arbitraria como la de que échanger ha dado changador a causa 
de que los mentados filibusteros, para decir échanger, decían 
changa en su media lengua. Lo «infinitamente probable» es más 
bien que changador haya salido del jangada portugués; la 
idea general de «acarreo» habría prevalecido en este caso sobre 
la particular de «acarreo en balsa», como ha sucedido con la 
de «acarreo» mismo, que ya no implica necesariamente la de 
«carro». Pero volvamos al caso. La lengua de comunicación en- 
tre esos filibusteros y esos contrabandistas no era escrita sino 
hablada. Encandilado por la homografía de change y changa, 
el primer etimólogo no ha visto que entre shanye y changa no 
haya homotonía; de la misma manera, el segundo no ha adver- 


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tido que, si gauche y gaucho pueden confundirse en la escri- 
tura, goshe y gaucho son inconfundibles en el habla. De modo. 
que gaucho < gauche no es una etimología sino, dicho sea con 
todo respeto, una calcomanía... 

Erróneamente, Lenz y Tiscornia han atribuído esta etimo- 
logía a Monlau. Al tratar el vocablo «gaucho» en el diccionario 
de su padre, Monlau hijo no tiene en cuenta sino el término ar- 
quitectónico «en todas sus acepciones», como resulta del con- 
texto, y hace suya la etimología conjetural que a ese tecnicismo 
asigna Diez, quien en su Etymologisches Worterbuch no dice 
sino esto: «Span. gaucho, schief, von gauche?» Ni Diez ni Mon- 

“lau han considerado «gaucho» en su carácter de nombre de una 
especie humana. 


Del portugués *gauxo < *gaudeo < gauderio 


RicarDO RoJas, en su Historia de la literatura argentina,. 
1917, t. 1, pp. 125 y 126, dice: «Tal vez el rastro se halle más 
bien en guaraní o en portugués, ya que así se llamaron también 
los nativos de Rio Grande en el Brasil, donde el novelista José: 
de Alencar es autor de una novela regional titulada O gaucho. 
Pronunciada la ch con prosodia lusitana, podría «gaucho» ser 
corrupción de gaudeo, rústicamente pronunciado: gauzo = 
gaucho. Gaudeo es la primera persona del presente de indicati- 
vo del verbo gaudere... Gaudeo (gaucho) pudo muy bien ser 
la transición de gauderio... Prefiero pensar que «gaucho» 
viené de gaudeo». 

O yo no sé leer, o aquí se dice que gaudeo es una flexión 
del verbo latino gaudere; y luego que gaudeo es un vocablo por- 
tugués salido del gauderio castellano; y luego que este gaudeo 
portugués, rústicamente pronunciado, da un gauxo fonético 
(la ch portuguesa se transcribe con la x gallega y no con 2); y 
luego que este gauxo fonético (cuya x suena como en frouzxo) 
se escribe gaucho, como en la novela de Alencar; y luego que: 
este gauxo portugués origina el «gaucho» castellano... Esto es, 
más que obscuro, tenebroso; pero con un poco de paciencia. 
china resulta claro, y se explica así. Por lo pronto, el gaudeo 
latino es un personaje que no actúa en la escena, aunque ha 
sido traído a ella; quien actúa es el gauderio castellano. Luego 
hay que tener presente este hecho histórico: antes de la eman- 
cipación de estas provincias españolas, la línea de contacto de 
los contrabandistas de habla castellana con los de habla portu- 
guesa, en el indefinido deslinde territorial, fué necesariamente 
una zona común lingúística, en la que se mezclaban y contami- 
naban las dos hablas. A esa zona fué gauderio, en ella se hizo 
gaudeo y después gauzxo, y de ella salió gaucho, con la ch si- 
seante para el portugués y chicheante para el castellano. Com- 
prendida así la idea de este etimólogo ¿qué hay que decir sobre 


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ella? Que la precedencia de gauderio con respecto a gaucho es. 
una evidencia en la crónica, pero que sólo por presunción se 
puede trasladar esa precedencia del documento al habla; que 
el gaudeo portugués es hipotético; y que es otra hipótesis de- 
rivar de ese gaudeo al gaucho portugués. Ahora bien: la Eti- 
mología permite la hipótesis entre el derivado y su probable 
origen; pero no admite sino una, y es forzoso que se funde en 
la evidencia y que explique más de un caso. Eslabonar dos hipó- 
tesis, induciendo una de otra, intercalarlas entre dos voca- 
blos cuya sucesión es presunta, y destinar esta combinación a. 
explicar un solo caso, esto es, dicho sea con todo respeto, un ar- 
tificio. 
Del árabe washi o del castellano guacho 


En La Nación de marzo 9 de 1924, LeoPoLpo LUGoNEs dice : 
«La voz guacho o huacho constituye familia con los america- 
nismos gaucho, su metátesis, y guaso, su variación fonética, no 
menos que con los vocablos castellanos guácharo, guacho y gua- 
sa... Bestia salvaje, y por extensión, arisco, bravío, huraño, 
montaraz, es wash, washe, washi en árabe; y todavía washi sig- 
nifica, por extensión, individuo inculto. Añadiré que la pro- 
nunciación castellana de la voz sería guachi... La metátesis de 
huaso, huacho o guacho en «gaucho» me parece evidente... En 
la lengua occitánica, el bajo latín gaudir hizo gauchir; advir- 
tiendo que au sonaba abierto en el bajo latín de España... Con 
todo, me atengo al árabe washi, que debe ser el origen, si bien 
con la concurrencia de los latinos más arriba estudiados». 

Esta exposición no se distingue por su claridad, ni si- 
quiera tal como se la presenta aquí, limpia de todos los gru- 
mos con que, para darle consistencia, la recarga el original. Por 
eso, esta etimología es más bien, dicho sea con todo respeto, 
una criptografía... De su análisis resulta que puede interpre- 
tarse de dos modos: o el vocablo «gaucho» salió del árabe wash 
en combinación con el bajo latín (dos madres para un hijo...) 
o salió por metátesis del vocablo guacho. En el primer caso, 
«gaucho» con el significado de washi habría aparecido en Espa- 
ña antes que en el Río de la Plata, lo cual está en contradicción 
con la verdad; en el segundo caso, el diptongo ua se habría 
convertido en au dentro del castellano, fenómeno totalmente 
desconocido en la evolución de nuestra lengua. 


Del gitano gaudsho 


En La Prensa de febrero 6 de 1927, RoBERTO LEHMANN- 
NrTSCHE dice: «A los vocablos de origen gitano pertenece tam- 
bién «gaucho». Tal cual, por cierto, no corre esta voz entre los 
gitanos peninsulares; por lo menos, así no está anotada. 10 que 
hallamos en los vocabularios de esta lengua recopilados en Es- 


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pe es gachó... palabra con que los gitanos designan al in- 
ividuo masculino que no es de su nacionalidad... que a ve- 
ces toma, entre los gitanos, un carácter despreciativo... a ve- 
ces huele a gringo... La voz gachó, o mejor dicho, la voz así 
transcripta una vez y copiada tantas otras, no anima a combi- 
narla con «gaucho» del Río de la Plata y del Brasil austral; pero 
recurriendo a los diccionarios del idioma gitano apuntados en 
otros países y por otros autores, encontramos la solución del 
problema y la confirmación de nuestra etimología: ¡existe la 
variante gaudsho!... Y con esto creo que está aclarado el proble- 
ma: aplican los gitanos de todas partes del mundo, a los nati- 
vos del suelo entre los cuales moran, y sea donde fuese, el tér- 
mino de su lengua que significa «extranjero», o sea gachó, gad- 
shó, gaúdsho. En Andalucía hízose muy popular entre los mis- 
mos andaluces, que lo incorporaron a su propio idioma dando 
a la consonante central la pronunciación de ch, y llevando al 
mismo tiempo el acento de la última sílaba a la penúltima... Y 
de Andalucía, la palabra gitana arreglada a la andaluza, con 
los individuos a quienes fué aplicada, a veces despectivamente, 
llegó a las orillas del Plata no sabemos cuando, invadiendo de 
aquí, parece, el sur del Brasil... Los gauchos del Río de la 
Plata, según el criterio de muchos observadores tanto argenti- 
nos como ibéricos, por su mentalidad, sus modales y los modis- 
mos de su habla, eran una especie de andaluces ultramarinos; 
y andalucismo de origen gitano es también el nombre que lle- 
vaban y que los ha sobrevivido». 

Esta etimología se viene al suelo en cuanto tocamos con 
intención crítica los tres puntales precarios en que se apoya. 

El etimólogo empieza por reconocer que en el habla gitana 
de España sólo está documentada la existencia de gachó; luego 
hace notar que «en otros países» existen las variantes gadshó y 
gaúdsho; y esto le basta para afirmar que «los gitanos de todas 
partes del mundo» usan las formas gachó, gadshó y gaúdsho, y 
que esas formas están en el habla gitana de Andalucía (como 
si hubiera una lengua general gitana y no dialectos regionales, 
y tantos como núcleos de gitanería localizada hay en Europa) 
porque, si determinadas formas gitanas están en «otras» partes, 
es de presumir que estén en «todas»... Fallacia accidentis se 
llama al sofisma que da carácter general a un caso particular; 
y este primer puntal se ha venido abajo. 

El etimólogo afirma luego que los andaluces tomaron a los 
gitanos las voces gadshó y gaúdsho y las fundieron en una 
ereando el vocablo gaúcho... Pero ¿dónde está documentado 
este empréstito? ¿cuándo usaron los andaluces esa voz antes 
que apareciera el gaucho?... El silencio del etimólogo al res- 
pecto es una invitación tácita a que consideremos documentada 
esa voz, en el andaluz de España, por su existencia en el caste- 


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llano del Plata... Este sofisma se llama «petición de princi- 
pio»: se alega como prueba de la cosa, la cosa misma que se 
trata de probar; y el segundo puntal se ha venido también 
abajo. 

El etimólogo afirma, en fin, que los pobladores del Plata 
aplicaron el supuesto andalucismo gaúcho al tipo que desde en- 
tonces se llamó así. Pero ¿acaso el habla andaluza ha sido en 
algún momento la lengua general de los pobladores del Plata? 
¿y acaso los primeros gauchos fueron andaluces?... Nada de 
eso dice la Historia, sino que la lengua general era el caste- 
llano, y que los primeros gauchos fueron criollos o paulistas o 
españoles o portugueses; y el tercer puntal se ha venido tam- 
bién abajo. 


Del vascuence uaucho + castellano guacho 


En La Prensa de junio 13 de 1927, Severo ALTUBE Y LER- 
CHUNDI dice: «Es razonable suponer que el vocablo «gaucho» 
procede de guacho por simple metátesis vocálica en la primera sí- 
laba. La sílaba gua, de guacho, con su variante hua, constituye 
raíz importantísima en la composición de voces indoamericanas; 
no así, en cambio, la sílaba gaw, pudiendo decirse que aparece 
como radical extraña en un vocablo de origen americano, cual 
lo es, a nuestro juicio, «gaucho». Creemos, pues, que la transfor- 
mación de la palabra guacho en gaucho, con su correspondiente 
modificación significativa, fué producto exótico, o sea, provo- 
<ada por los europeos. Hay motivos particulares, de orden lin- 
gúístico, para suponer que estos últimos fueran vascos; y los 
motivos son: 1” la dificultad que debieron sentir éstos para pro- 
nunciar la sílaba inicial del vocablo indígena guacho a causa 
de que en euskera, su lengua, es ilegítimo el diptongo ua con- 
tenido en esa sílaba; 2% que el vocablo euskérico unucho, eria- 
turita, pudo inducir a los repetidos vaseos a pronunciar, por 
imitación, «gaucho» la palabra indígena y supuesta originaria 
suya. Resultaría, pues, según lo expuesto, el vocablo en cues- 
tión, «gaucho», derivado de la voz indígena guacho modificada 
fonéticamente, por acomodación a los hábitos lingiiísticos de 
los vascos. El propio fonema gaucho significa en euskera «no- 
checita»; gauchori vale por «pájaro nocturno», ete.» 

Poco familiarizado está con la Lingúística este etimólogo, 
para quien el cambio de significado es «modificación significa- 
tiva», y la adaptación fonética es «acomodación a los hábitos 
lingiísticos», y un vocablo es un «fonema»... Intriga, además, 
la afirmación de que el diptongo ua es ilegítimo en vascuence, 
cuando a renglón seguido se declara vascuence el triptongo uau, 
que contiene ese fonema... y sorprende realmente la otra afir- 
mación de que al vasco le es difícil pronunciar gua en guacho, 
<uando sabemos que no le es difícil pronunciar gua en agua, ni 


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cua en cuatro... Pero veamos lo que importa, que es la su- 
puesta influencia vascuence en la supuesta derivación gaucho 
< guacho. A esto hay que decir que habrá llegado el caso de 
considerar esa supuesta influencia vascuence cuando quede pro- 
bado que «gaucho» salió de guacho; por aquello de que es aven- 
turado relamerse imaginando el pollo en la sartén antes mismo 
que la gallina ponga el huevo. 

Ha llegado ahora el turno a las etimologías derivadas de 
nuestra propia lengua, Todavía hay entre ellas un híbrido, y 
habrá que empezar por salir de él para que el resto del grupo 
quede homogéneo. 


Del castellano gau + araucano che 


En El cacique blanco, 1893, p. 41, FILIBERTO DE OLIVEIRA 
CÉzARr escribe que «gaucho» es «argentinismo compuesto de gau, 
simplificación de «gauderio», y che, «hombre» en lengua arau- 
cana». Luego, en La Nueva Revista, Buenos Aires, 1894, t. 1, 
p. 104, atribuye esta composición a los indígenas, a quienes con- 
sidera enterados de la existencia del vocablo castellano «gau- 
derio». 

No cabe la menor duda de que «gaucho» tendría ese origen 
si este etimólogo hubiera sido de alguna toldería cuando apare- 
ció el vocablo; estando él entre los indios les habría enseñado 
a fabricarlo. Pero no estuvo entre ellos. 


Del castellano chaucho o del árabe chaouch 


EmiLio DAIREAUX, en El abogado de sí mismo, 1887, p. XI, 
dice: «El gaucho no es más que el pastor de los llanos, el con- 
ductor de ganados, cuyo nombre derivado de la palabra árabe 
chaouch, que significa propiamente «tropero», se cambió en Es- 
paña, donde todavía se usa en Andalucía, por la de chaucho, y 
se cambió en América por la de «gaucho», al pasar por el ha- 
blar rudo de los pampas. Pues desde tiempos antiguos, estos 
hijos de españoles, nacidos en la colonia, de la cruza de los euro- 
peos con la raza indígena, solían llevar al otro lado de la Cor- 
dillera, hasta los establecimientos españoles del Pacífico, tropas 
de ganado vacuno; los hacendados chilenos con quienes hacían 
este tráfico los denominaron chauchos, mientras los indios pro- 
nunciaban «gauchos»; denominación meramente profesional que 
abrazó pronto a todos los habitantes rurales de la pampa». 

Plagia esta etimología ALFRED MoNLAa FIGUEROA en El 
gaucho argentino, 1912, p. 13, al presentarla como cosa propia ' 
con esta variante: «Los españoles trajeron la palabra chaucho 
al Río de la Plata, donde se pronunció por los indígenas y mes- 
tizos: «gaucho». 

En otra obra del mismo EmMILE DAIREAUX titulada La vie 
et les mocurs a la Plata, 1888, t. 1, p. 31, la exposición de esta 


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etimología asume la siguiente forma: «A 1'époque des premiers 
établissements en Amérique, 1"Espagne était, depuis peu, vie- 
torieuse des Maures: beaucoup de ces vaincus émigrerent. 1ls 
trouvérent dans la pampa un milieu oú reprendre les traditions 
de vie pastorale de leurs ancétres; les premiers ils s'écartérent 
des fossés de la ville pour prendre soin des premiers trou- 
peaux... C'est un nom arabe défiguré que celui de «gaucho»... La 
parenté est facile á retrouver avec le mot chaouch... qui, en 
arabe, signifie conducteur de troupeaux... En Andalousie encore, 
á Séville, á Valence méme, le conducteur de troupeaux se nom- 
me chaoucho; ee nom est donné aussi á celui qui améne les tau- 
reaux du páturage á la plaza... Il est facile de comprendre com- 
ment... á étre prononcée para les indiens, la premiére syllabe 
est devenue gutturale». 

Dos derivaciones distintas es, pues, lo que ofrece este eti- 
mólogo, cuya expresión, dicho sea de paso, es buena muestra de 
confusión de ideas. Una de esas derivaciones es que la voz cas- 
tellana chaucho (aquí la etimología árabe, traída a colación, no 
tiene nada que hacer), pasó tal cual de España a Chile, y de 
ahí al Plata convertida en «gaucho» por la mediación indígena. 
A esta derivación se ha hecho el reparo infundado de que la 
voz chaucho no ha existido nunca; no sólo se encuentra esa voz, 
aunque con otro sentido, en el artículo «chaucha» del ya citado 
Diccionario de chilenismos, sino que también está en el caste- 
llano colonial de Chile, y justamente con el significado de «aven- 
turero agreste»: véanse la Contribución al folklore de Carahue 
por Ramón A. Laval (1916, 1, 150) y la Biblioteca de escrito- 
.res de Chile, cuyo volumen vi incluye un romance popular ti- 
tulado «El valiente chaucho». Si esta etimología no puede acep- 
tarse es por otras razones: porque, si chaucho fuera una voz 
«corriente en Andalucía y en Valencia, la inmigración de esas 
provincias la habría generalizado en el Plata antes que en 
«Chile; y porque no está comprobado el cambio por y araucana 
de la ch castellana inicial de sílaba tónica, ni tampoco que en 
.el castellano de América haya sido una norma el abandono de 
la forma tradicional de una voz propia para adoptar su defor- 
mación indígena: no hemos dejado de decir caballo porque ha- 
_yamos incorporado bagual a nuestra lengua. Ahora, si chaucho 
fuera un chilenismo y no un hispanismo ¿dónde está la ley de 
.que a la ch inicial de sílaba tónica en el castellano de Chile co- 
rresponde una g en el castellano del Plata ? 

La segunda derivación (y en ésta el chaucho español, traí- 
do a colación, no tiene nada que hacer) es que la palabra árabe 
.chaouch, introducida en la pampa por moros expulsados de Es- 
paña en los primeros tiempos de la colonia, pasó a nuestra len- 
gua convertida en «gaucho» por la mediación indígena. Ante 
«todo, la historia no confirma el aserto de que, entre los moris- 


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cos (no moros) expulsados de España a principios del siglo 
xvi, haya habido quienes llegaron al Plata, venidos libremente 
y por su cuenta... o trasladados a la fuerza con el gasto y el 
peligro consiguientes... Luego, esa filiación árabe-araucana de 
un vocablo castellano me parece una proposición muy poco eti- 
mológica: como habría que usar nada menos que el Diámetro 
de la Tierra, o un Círculo Máximo, para unir tales antípodas, 
la cosa tiene más bien el aspecto de una proposición cosmoló- 
gica imponente. 


Del castellano guanche o guancho 


En La Nación de agosto 22 de 1894 se lee, en una comuni- 
cación subseripta por MARIANO A. PELLIZA, lo siguiente: «A los 
antiguos habitantes de las islas Canarias... los historiadores lla- 
maron «guanches» y «guanchos»... (Que en) la fundación de 
Montevideo... como primer plantel se establecieron numero- 
sas familias procedentes de Tenerife y otras islas... (es un) 
hecho rigurosamente histórico... Como los españoles peninsu- 
lares siempre consideraron a esos isleños como inferiores... no 


sería extraño que los apellidaran de «guanchos»... de cuyo 
vocablo la corruptela a «gaucho» caminaría fácilmente por los 
campos». 


Si entre las familias fundadoras de Montevideo hubo ca- 
narios, como los hubo también entre los pobladores subsiguien- 
tes, estos colonos no por ser canarios eran berberiscos... Berbe- 
riscos hubo más tarde, a fines del siglo, en las poblaciones y 
en los campos próximos a Montevideo; pero ésos eran maraga- 
tos y no guanches. Ahora, pasando de la razón histórica a la 
lingúística, hay que decir esto. Aparte de que el vocablo guan- 
cho es ficticio, porque el real es guanche, y aparte de que la 
transformación de wa en au no es un hecho comprobado en la 
evolución del castellano, ¿cómo explicar dentro de esta evolu- 
ción la caída, como dicen los lingiiistas, de la tremenda conso- 
nante nasal plantada precisamente en la sílaba tónica del vo- 
cablo guancho? Habría que saltar 12 ó 15 siglos para relacionar 
este proceso con el románico de mensa > mesa, mensis > mes, 
etcétera. 


Del castellano guacho 


En 1893, Paun Groussac dió en Chicago una conferencia 
ante el Congreso Universal de Folklore; en el curso de la cual 
expuso lo siguiente, que puede leerse en El viaje intelectual de 
ese autor, 1904, p. 57: «La palabra guacho pertenece a la len- 
gua incásica y corre aún en nuestros dialectos: significa huér- 
fano, abandonado, errante, eon un sentido algo denigrativo; se le 
aplica sobre todo a los animales criados lejos de la madre. La in- 
versión silábica que los gramáticos llaman metátesis es muy fre- 


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cuente en los pueblos de habla castellana: de allí guacho trans- 
formado en «gaucho» por el más lógico de los procedimientos, 
que consiste en la precedencia y acentuación de la vocal más 
fuerte». 

En julio 12 de 1906, en el suplemento ilustrado de La Na- 
ción, Junio LLANOS plagia esta etimología; hay dos signos in- 
equívocos de esta peccata minuta: el primero es la coincidencia 
en el traspié de llamar inversión silábica a la transposición de 
letras. He aquí el texto: «Los uruguayos usaron la voz gaude- 
rio para significar el hombre suelto, de costumbres y moral 
propias, ducho en las tareas rurales. Más probable que esa dura 
contracción sería la metátesis, que hubiera invertido las síla- 
bas, y que la palabra guacho, con su significación de huérfano, 
desvalido, sin ascendientes notorios, haya originado el vocablo, 
que entonces encerraba un concepto desdeñoso»... Lo de «dura 
contracción» se aplica a la otra etimología de «gaucho» (<*gau- 
ducho < gauderio) que contiene El viaje intelectual; éste es. 
el segundo signo inequívoco del plagio, la prueba de que se es- 
eribe teniendo a la vista el libro ajeno, para presentar su con- 
tenido como cosa propia. En cambio, con toda probidad indica 
Carlos O. Bunge la fuente original de esta etimología cuando, 
en Anales de la Academia de Filosofía y Letras, t. 11, p. 6, dice 
de ella: «Contirma esta hipótesis filológica el hecho de que, 
hasta tiempos recientes, se consideraba dicterio en la campaña 
el epíteto de «gaucho». 

Ahora bien: en cuanto a la derivación gaucho < guacho 
hay que decir que la inversión de las vocales de ua, que da por 
resultado au, es un fenómeno totalmente desconocido en la evo- 
lución del castellano. 


Del castellano *gauducho < gauderio 


Probablemente Groussac mismo llegó a: ver esto porque, 
algunos años después de haber ereído encontrar en guacho 
el origen de «gaucho», nos invita a preferir, a esa solución del 
problema, la de que «gaucho» procede de gauderio por medio 
de un hipotético gauducho. Al efecto escrito esto en A propósito 
de americanismos (Anales de la Biblioteca, 1900, t. 1, pp. 405, 
408; y El viaje intelectual, 1904, pp. 410, 414) : «Respecto del 
vocablo «gaucho», lo primero que, por lo pronto, la historia nos. 
enseña es que no es aquélla su forma primitiva sino gauderio... 
Gauderio se dijo al principio y se escribió durante muchos años, 
hasta que la abreviación denigrativa «gaucho» entrara en compe- 
tencia con la voz originaria, coneluyendo por desalojarla en ab- 
soluto. La desinencia despectiva tiene tanto que ver con la eti- 
mología como en los casos de «calducho», «animalucho», ete. 
Los arrieros de las provincias llaman «marucho» al peón «ma- 
drinero»; y es sabido que los diminutivos «tlacucho», «teúcho», 


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ete., son de uso general, Entiendo que los orientales pronun- 
cian todavía gaúcho, no gaucho, como los argentinos. Es presu- 
mible una forma transitiva gauducho... De gauderio saldría 
gauducho, luego gaúcho, por una derivación natural, y esta 
forma triunfó por ser más breve y característica». 

Es ir demasiado lejos decir que la historia nos enseña que 
la voz gauderio ha precedido a la de «gaucho»; lo único que pue- 
de afirmarse discretamente es que, en la documentación históri- 
ca, la voz gauderio aparece en Henis, en Concolorcorvo y en Dá- 
vila antes que la de «gaucho» en Azara. Pero esto no significa 
orden de sucesión sino en ese campo, el de la documentación, 
que en aquella época está muy lejos de constituir una crónica 
continua y múltiple de los acontecimientos. Bien puede ser que 
«gaucho» haya estado entonces en el habla antes que gauderio, y 
que por falta de cronistas aparezca hoy en segundo término. 
Cualquiera que haya sido la realidad del caso, lo importante es 
que ni este ni aquel orden de sucesión autoriza para inferir 
que una de esas voces ha salido de la otra. Si la semejanza del 
primer elemento gau permite en principio esta inferencia, en de- 
finitiva la rechaza decididamente la imposible evolución de de- 
rio en cho o viceversa; por lo que la comparación lexicológica 
«de ambos vocablos invita a no ver más relación entre ellos que 
una probable comunidad de origen, como la que, a través del 
latín, ofrecen dicterio y dicho con respecto a dicción. De modo 
que, por una parte, la historia no nos enseña que gauderio ha 
existido en el habla antes que «gaucho», porque la escasez de do- 
ceumentos al respecto, tres apenas en treinta años, no permite 
afirmar eso; y por la otra, ante la formación independiente de 
dicterio y dicho, la Etimología no autoriza la conjetura de que 
gauderio haya engendrado directa ni indirectamente a «gaucho». 

Pasando ahora de la historia y del criterio etimológico al 
detalle de la derivación propuesta, hay que decir que la for- 
mación del hipotético gauducho es impropia, porque la termi.- 
nación despectiva absorbe una sílaba del radical a que se aplica, 
y esto deja al radical sin sentido, como si de «médico» hiciéra- 
mos «meducho» en vez de «medicucho». Bien sabemos que docto 
ha dado ducho, pero esie -ucho no es despectivo; ni siquiera es 
un sufijo. Se ve, pues, que esa formación impropia sirve para 
eliminar la r que estorba a ¡a demostración... Luego, si gaudu- 
cho hubiera existido ¿cómo habría podido producirse la for- 
midable síncopa de audú en aú, sin precedentes en la evolución 
del castellano? Sabido es que en la evolución latinocastellana 
se pierde la d en sílaba protónica (traditionis) postónica (ca- 
dere, credere, rodere, hodie) y tónica (crudelis, fidelis, medu- 
lla); pero aquí no se trata de esa evolución medieval latino- 
castellana sino de una evolución americana dentro del caste- 
llano mismo, y de un proceso que no habría sido secular sino de 


mm mm — 


- 305 - 


«dos o tres lustros apenas. Repito que esa síncopa de audú en aú 
no tiene precedentes en la evolución del castellano. Sin embar- 
go, el etimólogo no se detiene a considerar esto, y su gauducho 
se hace gaúcho sin explicaciones, con lo que queda eliminado el 
segundo estorbo... Escamotear los inconvenientes es cómodo, 
pero es también, dicho sea con todo respeto, una artimaña. 


Los términos del problema 


La exposición de las etimologías queda hecha; pero la erí- 
tica resultaría incompleta si no consignara aquí ciertas refle- 
xiones que han surgido y han estado bullendo en mi mente du- 
rante esta tarea. Voy a exponerlas porque, habiéndose hecho de 
este problema etimológico un terromontero, a fuerza de revol- 
ver el suelo en busca de raíces, si no trazamos senderos para 
asentar el pie en tales buscas no haremos más que tropezar sin 
fruto. 

Empiezo por decir que conspira contra toda etimología in- 
«dígena la circunstancia de que el gaucho no fué una cosa india: 
no fué una variedad india, ni una ocupación india, ni una in- 
«dustria india, nada en fin de lo que justifica la incorporación 
.al léxico castellano de un vocablo de filiación indígena. El ori- 
gen del gaucho es el vaquero que del poblado sale al despoblado 
en busca de carne, grasa y cuero, y que luego, a la vida sujeta 
y Tutinaria en poblado, prefiere la vida libre y aventurera en 
despoblado. Pues bien: las cosas toman nombre en la lengua 
del medio en que aparecen; y así como el rancho no fué una ex- 
pansión de la toldería, sino un desborde del caserío, así también 
«el gaucho, y por tanto su nombre, están dentro del medio lin- 
gúístico castellano y no en el ambiente indígena. De modo que, 
mientras no se pruebe la necesidad de salir de la recta vía, por- 
.que el desvío tortuoso y fragoso sea mejor, convendrá conside- 
rar que fué el criollo, o el español, o el portugués, quien, con 
recursos de su propia lengua, bautizó a un tipo nuevo de su 
propia sangre. 

De su propia sangre, repito. Ninguno de los catorce cro- 
nistas que forman la serie de los primeros descriptores del gau- 
-cho bajo sus diferentes denominaciones, atribuye al tipo rasgos 
de indio; cinco de ellos: Lozano, Henis, Concolorcorvo, Doblas 
y Lastarria, especifican su raza al llamarlo ora criollo o pau- 
lista, ora español o portugués; Dávila habla de gauderios mu- 
latos, y Lastarria de uno que era polaco. Adviértase que, en el 
vocabulario de esos cronistas, los términos «español» y «portu- 
gués» tienen siempre el sentido étnico y político, no el geográ- 
fico, porque aparecen aplicados indistintamente al peninsular 
y al americano, en contraposición al indio y al mestizo. Es cierto 
que en los primeros siglos de la colonia hubo infiltración indí- 
gena en la sangre española; pero en la región ríoplatense esta 


20 


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contaminación fué diluyéndose con el tiempo, hasta desaparecer 
totalmente como rasgo distintivo, según pudo comprobarlo Aza- 
ra (Descripción, 1, 293 y 294); y así se explica que, desde an- 
tes que apareciera el gaucho, al criollo no se le podía llamar 
mestizo, no obstante el cruzamiento de sus antepasados, porque 
«mestizo» quiere decir característica evidente y no linaje pro- 
bable. Y esto lleva a la conclusión de que al gaucho primitivo 
no se le habría definido indistintamente como criollo o paulista 
o español o portugués si hubiera tenido como rasgo distintivo. 
el tipo del mestizo. 

Pero sucede que, si al principio los gauchos fueron de tipo. 
caucásico, más tarde los hubo mestizos, y también indios. Y esta 
falta de unidad étnica hace que, cuando queremos figurarnos 
el físico del gaucho, surja una cuestión racial que complica la. 
etimológica. Voy a demostrar que esta cuestión racial no tiene 
fundamento. 

Nunca tropezamos con dificultad alguna para distinguir 
en nuestro medio histórico al español, al indio y al criollo, apar- 
te del negro con sus mezclas; la dificultad se produce solamente. 
con respecto al mestizo de blanco e indio. Cuando la naturaleza. 
procedía francamente en el cruzamiento de estas dos razas, el 
nuevo tipo no causaba ningún conflicto a nuestro entendimiento: 
los vocablos chino, tape y cholo representan variedades étnicas 
definidas; pero si el producto era indefinido, entonces le apli- 
cábamos el término genérico de mestizo, más bien para descali- 
ficarlo que para calificarlo. Luego tendimos a incluir también 
en la categoría de mestizo, por lo híbrido de este concepto, al 
tipo que, sin ser mestizo, más bien parecía indio que eristiano- 
por su género de vida bárbara. En esta transgresión semántica. 
está la causa de nuestra interminable controversia acerca del 
físico del gaucho; porque hay quien cree que el vocablo gaucho: 
implica la idea de mestizo, puesto que hubo gauchos mestizos... 
y hay quien no hace tal confusión de la clase con la raza, puesto 
que hubo gauchos no mestizos. Recapacitemos. Si el gaucho fué 
en su origen ora un criollo o un paulista, ora un español o un 
portugués, el nombre específico que se le puso nunca pudo te- 
ner por objeto presentarlo como mestizo, esto es, con una ca- 
racterística racial que no tenía; lo que distinguía al gaucho, y 
obligó a ponerle nombre, no fué su físico sino su género de vida 
particular, su condición social propia: de vagabundo agreste, 
merodeador y jaranero. Por consiguiente, una condición social 
específica es lo que, durante toda la existencia del tipo, ha sig- 
niticado el vocablo gaucho; nada de raza hay en este vocablo, 
nada étnico, pues, debe complicar el problema etimológico. 

Otra reflexión es ésta, Que el etimólogo extranjero, ave de 
paso por estas tierras, haya buscado la etimología de gaucho en 
las lenguas indígenas, se explica porque, en su visión panorá- 


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mica, el viajero no podía distinguir tonos; y al gaucho del des- 
poblado le asignaba el medio bárbaro, tanto el étnico como el 
lingiístico, contrapuesto a la civilización que sólo veía en el 
poblado. Que haya hecho lo mismo más de un etimólogo argen- 
tino, también se explica; unos habrían procedido así por erio- 
lismo (idiopatía endémica ocasionada por hipertrofia de la. 
medula patriótica) y otros por farolería, para alardear de fi- 
lólogos americanistas. De modo que, aunque por móviles distin- 
tos, estas tres especies de etimólogos han coincidido en atribuir 
al vocablo gaucho un origen indio, y de ahí la preponderancia. 
de esta clase de etimologías. A causa de ello la investigación en 
nuestra propia lengua ha sido escasa. En cuanto a gauderio se: 
han ofrecido estas soluciones, en orden cronológico: Groussac 
aparea el vocablo con goderio y lo deriva de gaudeamus; Lenz, 
del latino gaudeo; Garzón, en su Diccionario, del castellano an- 
tiguo gaudio o del latino gaudere. Esta última etimología es pre- 
ferible: las de gaudeamus y gaudeo importarían una inexpli-. 
cable transformación del morfema verbal, connotativo de perso- 
na, tiempo y modo, en un sufijo nominal, connotativo de espe- 
cie; mientras que el cambio de la desinencia de acción, -ere,, 
por la de clasificación, -erio, se habría producido lógicamente, 
esto es, entre dos flexiones del mismo orden nominal. Pero eso 
de que el castellano de América en el siglo xvi haya sacado- 
del latín muerto un vocablo de uso común, es algo que hace. 
fruncir el ceño a la Lingiística. Se dirá que gauderio fué tal 
vez un vocablo peninsular; pero entonces la etimología latina. 
no se aplicaría ya a la voz americana, que es la realidad, sino 
a la supuesta hispana, que es una conjetura; ¿y qué adelanta la. 
investigación con arrasar la evidencia para edificar sobre hi- 
pótesis? Volvamos a la evidencia, que es lo que importa. Ad-- 
viértase que no es una razón histórica, sino simplemente la ana-- 
logía fonética y «semántica de los respectivos vocablos en am- 
bas lenguas, lo que lleva a esos etimólogos a aplicar la evolu-- 
ción medieval a un hecho casi contemporáneo, para atribuir al 
gauderio americano la filiación latina. Es cierto que podría ser 
que se tratara de una creación artificial, de un cultismo, y que 
tendería a confirmar este alto linaje el medio erudito en que: 
aparece por primera vez ese vocablo: las misiones jesuíticas, 
porque es Henis quien lo da a luz en su Diario. Pero ¿acaso es. 
lícito considerar como origen de una voz en el habla su primera 
mención en un documento? Reconozcamos que no hay razón 
histórica para atribuir a gauderio la filiación latina... Dicho 
sea de paso, mueve al ánimo agradablemente la delicadeza de: 
expresión con que el citado cronista, al explicar el significado 
del vocablo, describe el tipo representado: «los que tienen pro- 
piedad y costumbre de vender lo que no es suyo». 

Ahora bien: nadic ha examinado la derivación gauderio < 


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vaquero. Esta etimología podría basarse en la correlación his- 
tórica del significado de ambas voces, y en la identidad de sus 
vocales fundamentales en el número, en el orden y en el acento; 
pero es imposible, porque importaría dos diptongaciones y dos 
cambios consonánticos enteramente anormales. En cuanto a 
gaucho, las derivaciones de gacho y del arcaísmo arquitectónico 
gaucho han sido descartadas sin examen, por Groussac la pri- 
mera, y por Lenz y Rojas la segunda; sin embargo, una u otra 
sería viable si se documentara la epéntesis en au de la a de ga- 
cho (tal vez mala ha dado maula) o si se demostrara que el 
tecnicismo gaucho era vulgar en el castellano ríoplatense del 
siglo xvi con el sentido propio y figurado de «ladeado». Otra 
derivación que nadie ha examinado ni propuesto es la de gaudio, 
«gozo», antiguo vocablo castellano y voz corriente en portugués. 
Esta dualidad de su existencia podría haber hecho de gaudio 
un término de uso común entre los mixtos contrabandistas río- 
platenses y ríograndenses, que lo habrían aplicado al jara- 
nero para caracterizarlo, como por traslación se usa «cuba» 
para zaherir al bebedor. Pero hay algo que hace inaceptable esta 
etimología: su punto de partida conjetural, la extensión se- 
mántica atribuída a gaudio, cuyo sentido de acción: gozo, se 
'habría hecho de agente: gozador, como la metonimia que aplica 
“al efecto el nombre de la causa, y al signo el nombre de la cosa. 
Por plausible que sea una conjetura, la lógica no admite que se 
deduzca de ella un supuesto; de ahí que en la Etimología la 
hipótesis sólo pueda ser una conexión, y no un cimiento. 

Otra reflexión más. No insistamos mucho en que el gau- 
«cho tuvo por cuna la banda oriental del Río de la Plata. Es in- 
«discutible que, cuando en nuestras investigaciones sobre su ori- 
gen examinamos la documentación histórica, las denominacio- 
nes gauderio y gaucho aparecen aplicadas ante todo en esa ban- 
da; es indiscutible que allá también es donde el gaucho aparece 
por primera vez en nuestra epopeya, al iniciar Artigas su cam- 
paña; es indiscutible que allá también es donde, con Hidalgo, 
aparece por primera vez el gaucho en nuestra literatura popu- 
lar. Pero pasemos de la denominación y de la actuación, que 
no son la cosa, a la cosa misma, que es el tipo. Veremos enton- 
ces que éste existía antes de ser llamado gauderio y gaucho, y 
por lo menos desde el primer tercio del siglo xvIH, porque al 
fin de este período es cuando Cattaneo (1730) que lo denomina 
«hombre», y después Lozano (1745) y Parras (1753) que lo lla- 
man «vaquero», lo presentan en su faena característica, la vaque- 
ría, a la cual también se refieren, al describir al gauderio o al 
gaucho, todos los cronistas posteriores menos Dávila, Haedo, 
Espinosa y Lastarria. Veremos igualmente que si Henis (1754), 
Azara (1784), Doblas (1785), Espinosa (1794), Alvear (1804), 
Lastarria (1804) y Aguirre (1805) localizan al tipo en el otro 


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lado del Plata, Coneolorcorvo (1773) lo sitúa tanto en ese lado 
(p. 29) como en éste, entre Luján y Buenos Aires (p. 147), en 
Córdoba (p. 61) y en otras regiones de lo que era entonces la 
provincia de Tucumán (p. 134); Dávila (1773|4) los localiza 
en el partido de Areco, y poco después Haedo (1777) confirma 
la existencia del gaucho en esta banda del Plata, al describir 
como «clase» a los vagabundos que merodeaban en las provin- 
cias de Buenos Aires, Tucumán y Cuyo. Por consiguiente, la 
documentación histórica no permite decir que el gaucho, tipo 
llamado sucesivamente vaquero, gauderio, gaucho y también 
guazo según Espinosa, y camilucho según Lastarria, apareció 
por primera vez en la banda oriental del Río de la Plata; más 
bien podría sostenerse lo contrario, puesto que Cattaneo, Loza- 
no, Parras, Concolorcorvo, Dávila y Haedo, seis de los siete pri- 
meros cronistas del gaucho, lo mismo que García (1816) que es 
el último de la serie, presentan al tipo en la campaña de Bue- 
nos Aires, donde, según afirma Lozano terminantemente, se ini- 
ciaron las vaquerías, para pasar más tarde a la de Montevideo. 
A pesar de esto será mejor limitarse a decir que el gaucho tuvo 
por euna «la región del Plata»; es arbitrario aseverar que sur- 
gió en aquella banda, es inseguro sostener que surgió en ésta, y 
es enteramente inútil hacer una u otra afirmación sin prueba 
decisiva. 

Por las mismas razones que anteceden no insistamos mucho 
tampoco en que los vocablos gauderio y gaucho tuvieron su ori. 
gen en la otra banda del Río. En cuanto a gauderio, ya hemos 
visto que, para Concoloreorvo, había tipos de ese nombre ¡junto 
a Montevideo, junto a Buenos Aires y ¿junto a Córdoba. En 
cuanto a gaucho, si esta denominación resulta aplicada en el 
otro lado del Plata por los cronistas posteriores, el hecho se 
explica porque las cosas de aquella banda tuvieron esos eronis- 
tas, mientras no hubo ninguno que, durante el mismo período, 
presentara el cuadro de la campaña inmediata a Buenos Aires. 
Gervasoni (1729) no ha visto más tipos campestres que los ca- 
rreteros que trajinan entre Buenos Aires y Córdoba; Cardiel 
(1747) describe sólo la pampa salvaje, lo mismo que Hernández 
(1770), Pabón (1772) y Pinazo (1778); FPalkner (1774) se eleva 
a tal altura en su vuelo explorador que no ve sino «españoles» e 
«indios», tanto en las tierras de Buenos Aires como en las de 
Montevideo; Aguirre (1805) no entra en detalles sobre los pobla- 
dores rurales de Buenos Aires, lo que se explica porque describe 
de oídas esta banda del Plata, y entre la ciudad econ sus vecinos, 
y la pampa con sus indios, no presenta sino los fortines con sus 
blandengues; luego, cuando con García (1816) surge el primer 
eronista que, después de Haedo y Azara, describe la campaña 
de Buenos Aires, reaparece el gaucho con sus inconfundibles ca- 
racterísticas, y se le llama gaucho. Para afirmar que antes de 


- 310 - 


esta fecha los nombres de gauderio y gaucho sólo se aplicaban 
en la otra banda del Río, habría que probar que antes de esa 
fecha el tipo tenía acá otro nombre; y esta prueba no existe... 
lo que existe es la contraria en Concolorcorvo. Lo juicioso, pues, 
será limitarse a afirmar que las denominaciones sucesivas del 
gaucho acompañaron necesariamente al tipo en su existencia, y 
por tanto tuvieron como él su origen en «la región del Plata». 

Los documentos a que se refieren las citas aquí hechas son 
éstos, en orden cronológico: CATTANEO en Revista de Buenos 
Aires, vin, p. 385 de la edición príncipe; Lozano en su Historia 
de la conquista, 1, pp. 274 a 276; PARRAS en su Diario, tomo Iv 
de Revista de la Biblioteca Pública de Buenos Altres, p. 255; 
HeEnis en su Diario, tomo v de la Colección de Angelis, p. 24 
de la edición príncipe; CONCOLORCORVO en El lazarillo, edición 
de 1908; DáviLa (comisionado Antonio Pérez Dávila) en co- 
municaciones de 1773 y 1774 al virrey Vertiz, en el Archivo Ge- 
neral de la Nación ; HaEDO en su Descripción, tomo 11 de Revista 
del Río de la Plata, p. 462; Azara en el tercero de sus Viajes, 
tomo v de esta revista, p. 463, y en su Descripción, 1, p. 311; 
DobBLas en su Memoria, tomo 11 de la citada Colección de Ange- 
lis, pp. 55 y 56; Espinosa en el Viaje de Malaspina, p. 560; AL- 
VEAR en su Diario, tomo 1 de Anales de la Biblioteca, p. 320; 
LASTARRIA en el tomo 1 de Documentos para la historia argen- 
tina, pp. 201, 202 y 245; AGUIRRE en su Diario, tomo 1v de los 
citados Anales de la Biblioteca, pp. 145, 147 y 152; García en 
su Nuevo plan de fronteras, tomo vi de la citada Colección de 
Angelis, p. 4. 

Hay que hacer constar, de paso, que ninguna información 
de primera fuente han suministrado hasta hoy nuestros vecinos 
brasileños sobre el origen de la voz gaucho, incorporada a su 
idioma (con el acento uruguayo de gaúcho y la dicción siseante 
de la ch) en el mismo momento, o poco antes o poco después, 
de su aparición en nuestra lengua (documentada por Azara en 
1784). Y hora es ya de que examinen las crónicas de sus viaje- 
ros. exploradores, misioneros y funcionarios de esa época en la 
región indicada; quizá aparezca en alguna de ellas una glosa di- 
recta o indirecta que aclare el origen del común vocablo. 

Discúlpeme el lector si he agitado el mundo de sus ideas 
<on motivo de esta simple cuestión de etimologías; pero, para 
mí, el hecho lingiiístico no es interesante sino como reflejo de 
nuestra sensibilidad, de nuestra razón y de nuestro gusto, tales 
como éstos se manifiestan en el lenguaje. De ahí que haya esta- 
do buscando en la Historia, esto es, en la psicología, en la 1ó- 
gica y en el arte de nuestros predecesores, la causa determi- 
nante de los fenómenos expuestos... y reconozca el lector que 
no hay cuestión árida si, para examinarla, hacemos convergir 
sobre ella las radiantes luces del alma. 


Linguística 


La lingúística al uso del arqueólogo 


Tremenda empresa es la de reconstruir históricamente la: 
vida de la humanidad en los tiempos anteriores a la escritura, 
es decir, al registro contemporáneo de los hechos; a falta de esta 
base el investigador de la prehistoria tiene que buscar sus ma- 
teriales de estudio en todos los terrenos en que existan reliquias 
de esos tiempos remotos, para tratar de descubrir, a través de 
ellas, la evolución psíquica de la humanidad en sus primeras 
manifestaciones. Por eso lo vemos deducir de la geología la con- 
dición del suelo en un punto dado del tiempo y del espacio, y 
comprobar con la paleontología la existencia del hombre en ese: 
punto, y discernir los caracteres del individuo mediante la an- 
tropología, y de las comunidades mediante la etnografía ana- 
lítica y la etnología sintética; y lo vemos también indagar la 
cultura material de los pueblos en la arqueología, y su cultura 
mental en las fábulas y leyendas de la mitología o protohistoria,. 
así como en las tradiciones del folklore; y lo vemos, en fin, em- 
peñado en confirmar la conexión entre los pueblos y entre las 
culturas por medio de la lingúística. Inmenso es, pues, el acer- 
vo de hechos y de indicios de hechos que acumula en su mente,. 
para relacionarlos y explicarlos, el investigador de este género, 
a quien llamaré aquí «arqueólogo» para simplificar su denomi- 
nación; aunque este término, tan comprensivo en lo antiguo, es 
insuficiente hoy día para significar la masa entera de omni re: 
scibili que caracteriza a estos émulos modernos de Pico de la 
Mirándola. Nada extraño es, por consiguiente, que cuando al- 
guno de ellos resuelve dejar entrever un poco de la erudición . 
desmenuzada que lo informa, su más leve esfuerzo en tal senti- 
do produce un libro de magnitud extraordinaria, tan vasto por: 
fuera y tan compacto por dentro como La esfinge indiana de 
Imbelloni, por ejemplo. 

Sin embargo, gracias a la vivacidad de estilo de su autor, 
este libro resulta de lectura fácil, y también entretenida a cau- 
sa del continuo oscilar del tema sobre la variedad de ramas del 
conocimiento que abarca. Llegamos a su última página sin can- 
sancio, aunque dehemos confesar que, como profanos en la ma- 
teria, hemos pasado apenas los ojos por las páginas en que el 
autor se engolfa en el análisis minucioso de particularidades; y 


- 314 - 


«en el curso de la lectura hemos visto que la obra establece las 
ventajas de las conclusiones de la razón y las desventajas de 
las creaciones de la imaginación en el campo de las investigacio- 
nes prehistóricas, es decir, hemos visto que pone el america- 
nismo «crítico» arriba del americanismo «lírico»; como hemos 
visto también que la crítica del método «histórico y filológico» 
es lo que constituye la medula de la obra, crítica que señala de- 
fectos en la observación del detalle, errores en la interpreta- 
ción del signo y desaciertos en la correlación del hecho, como 
vicios propios del método censurado. Pero esta demostración no 
ha conseguido poner nuestro ánimo contra la obra de los ame- 
ricanistas así descalificados, porque sabemos que la observación 
defectuosa es accidente inevitable en toda investigación, y que 
la interpretación errónea y la falsa relación son conceptos in- 
aplicables cuando se trata de ciencias inductivas que, como la 
prehistoria, admiten toda suerte de conjeturas, con la única li- 
mitación de que sobre el tembladal de las hipótesis no se debe 
basar nada, porque la hipótesis es una ficción y no una realidad. 

De modo que hemos llegado a la última página del libro 
con la impresión de que, si en el método seguido por Clemente 
Ricci para asentar su teoría americanista hay los defectos, erro- 
res y desaciertos que Imbelloni señala, esas insuficiencias y de- 
ficiencias son inherentes a toda obra de americanista, inclusive 
la de Imbelloni mismo, como acaba de demostrarlo Juan Beni- 
gar en El problema del hombre americano, libro al que podría 
hacer análogos reparos otro americanista que sometiera a exa- 
men sus afirmaciones, y entre ellas ésta por ejemplo: «Todo lo 
más seguro que sabemos de relaciones prehistóricas entre los pue- 
blos, lo debemos a la Lingiística» (p. 24); y también esta otra: 
«Entre todos los instrumentos de que disponemos para averi- 
guar el pasado obscuro del género humano, la Lingúística ocupa 
el puesto privilegiado» (pp. 24 y 25). A mí me parece que, 
como la prehistoria acaba justamente cuando surgen los pri- 
meros signos descifrables de las lenguas, la lingilística no tiene 
nada que hacer en una época que no ha dejado escrituras que 
examinar, interpretar y relacionar; «prehistoria» es una cosa, 
«historia primitiva» es otra. Ahora bien: insuficiencias y defi- 
ciencias como las que Imbelloni enrostra a Ricci, y Benigar a 
Imbelloni, serían graves si estuvieran en la obra científica que 
relaciona hechos; pero lo que distingue al arqueólogo entre los 
hombres de ciencia es su tendencia irresistible a deslizarse de 
trecho en trecho al campo de las conjeturas, ora por la vía de la 
relación probable, ora por la vía de la interpretación plausible, 
para entregarse en ese campo al muy divertido juego de combi- 
nar entre sí las conjeturas. Esta tendencia es lo que explica que 
el arqueólogo sea enciclopédico por definición; porque, cuanto 


- 315 - 


más espacio abarquen sus observaciones, tanto más amplio vue- 
lo podrá dar a su fantasía; de ahí, pues, que el investigador de 
este género, no contento con ser arqueólogo autorizado, intente 
ser una autoridad también como geólogo, paleontólogo, etnógra- 
fo y etnólogo, mitologista, folklorista y lingiista... suma sabi- 
duría que no siempre alcanza, por lo cual son inevitables en su 
<bra, no ya los defectos, errores y desaciertos propios del caso, 
sino las incorrecciones de carácter técnico. 

Incorrecciones de esta especie, lingúísticas por lo menos, 
hay en los dos libros citados: el de Imbelloni y el de Benigar; 
y de ellas voy a tratar aquí, empezando por declarar que no las 
atribuyo a ignorancia sino a la muy expliceble confusión de 
ideas que se produce por fuerza en todo cerebro henchido de 
conocimientos acerca de las infinitas particularidades de las co- 
sas. en no menos de una docena de disciplinas científicas. Y así 
procedo porque podría ser que a algún lector de tales obras, 
que son de indiscutible autoridad arqueológica, se le ocurriera 
considerarlas también de indiscutible autoridad lingúística, y 
hay que precaverlo contra eso. 


Con un acierto que un lingilista envidiaría, Imbelloni re- 
fiere en su libro (pp. 209 y sig.) algunas de las conclusiones 
absurdas a que lleva la práctica corriente de los arqueólogos 
que procuran corroborar con una supuesta comunidad de lengua 
una supuesta comunidad de raza; y después de recordar el apo- 
tegma de Luschan, esto es, la ingeniosa sentencia de que no 
hay lenguas dolicocéfalas ni razas aglutinantes, nos recuerda 
también que el método de la comparación de vocablos, usado 
-como prueba de la relación genealógica entre lenguas, es tan 
falso que por tal medio se puede demostrar el parentesco de 
una lengua cualquiera con cualquiera otra... por ejemplo, que 
el quichua procede del griego según Vicente F. López, o del 
hebreo según Miguel A. Mossi, o del sánscrito según Agustín 
Matienzo (p. 213). Pues bien: a pesar de que Imbelloni está 
así en guardia contra tamaño absurdo, es Imbelloni mismo quien, 
dando la delantera a Rivet con su teoría del doble puente lin- 
gúiíístico entre América y Oceanía (pp. 281 y sig.), aparece de- 
trás de él con un tercer puente (pp. 351 y sig.), asentado pre- 
cisamente sobre los pilotes precarios de la concordancia léxica, 
para establecer que el quichua procede del maorí y es por tanto 
una lengua polinesia... 

Así incurre Imbelloni en su primera incorrección funda- 
mental en materia lingiística, porque hace tabla rasa del mé- 
todo de clasificación genealógica de las lenguas, cuyo principio 
acaba de sentar Meillet en Les langues du monde (Paris, 1924), 
y que voy a transcribir aquí, como última palabra de la ciencia 


- 316 - 


al respecto, para que la tenga presente el arqueólogo que quiera 
dar autoridad a sus investigaciones en tal campo. Dice Meillet. 
(pp. 6, 7 y 11): «La clasificación genealógica se funda en la 
continuidad de la morfología... El sistema fónico, aunque mu- 
cho menos estable que el morfológico, tiene también cierta fi- 
jeza y suministra indicaciones útiles; en cambio, el vocabula- 
rio está sujeto a innovaciones repentinas y caprichosas... El 
parentesco entre lenguas pierde su significación cuando no se 
señalan continuidades en las formas gramaticales»... En otra 
incorreeción fundamental incurre Imbelloni al atribuir valor 
científico a la demostración de Enrique Palavecino (pp. 335 y 
sig.) sobre presuntas concordancias léxicas del quichua con las 
lenguas polinesias, porque no advierte que las analogías gráfi- 
cas que ese trabajo presenta tanto pueden ser como no ser ana- 
logías fónicas, y que las aproximaciones semánticas de los vo- 
cablos relacionados son, por lo general, demasiado latas para. 
que puedan ser tenidas por correspondencias. Y la tercera in- 
corrección fundamental consiste en que no se ha tenido pre- 
sente que las concordancias léxicas no prueban necesariamente 
la filiación entre lenguas, porque también pueden explicarse co- 
mo coincidencias fortuitas, o como efectos de la influencia cul- 
tural de una lengua sobre otra, caso en el cual habría entre las 
lenguas comparadas una afinidad accidental de intercambio, 
muy distinta de la afinidad esencial de parentesco que entraña. 
la relación genealógica. 

A estas incorrecciones fundamentales se agregan en el li- 
bro de Imbelloni otras de menor cuantía, imputables no ya a 
confusión de ideas sino a falta de hábito en el manejo de la. 
terminología lingiística. Esto es lo que hace que en ese libro se: 
llame paradigma a lo que no €s modelo sino simple muestra del 
desarrollo de un caso particular, y fonema a lo que es dicción, 
y glosario a lo que es vocabulario, y que se tenga a morfema por 
término aplicable a la flexión únicamente; de ahí también el 
curioso orden inverso en que ese libro presenta los diferentes: 
valores en la prueba de la afinidad lingúística: glosario, fo- 
nema, morfema, que es justamente todo lo contrario de la gra- 
duación probatoria que ha establecido la lingúística cuando pone 
a la morfología en primer término, a la fonología en segundo y 
al vocabulario en tercero, Pero éstas son minucias. Más grave 
es la incorrección que consiste en confundir el «sistema fono- 
lógico» con las «leyes fonéticas»; lo primero es el cuadro orgá- 
nico de los tonemas y modulaciones de una lengua, que com- 
prende el voealismo, el consonantismo, el acento y el ritmo que 
la caracterizan; lo segundo son los cambios de sonidos que, con 
el andar del tiempo, van transformando una lengua en otra. 
Y hace cosquillas ver que en este libro se quiere suplir la des- 
eripción comparativa de los respectivos sistemas fonológicos del 


- 317 - 


quichua y del maorí con la historia de una supuesta evolución 
fonética que habría convertido al maorí de ayer en el quichua 
«de hoy, a través de los siglos y del Pacífico... Como hace cos- 
quillas también ver que se considere valiosa prueba de la re- 
lación genealógica entre lenguas a la concordancia de voces 
culturales, elemento que es precisamente el primero que ex- 
cluye la lingiiística del cuadro comparativo, porque, como dice 
Meillet en su obra citada (p. 7): «Los términos de civilización 
proceden en mucha parte de grandes lenguas de cultura que 
funcionan en vastos dominios y que a menudo no pertenecen a 
la misma familia de las lenguas a las que dan palabras». 

En fin, yendo al fondo de la cuestión que trata esa parte 
del libro de Imbelloni, hay que decir que si este investigador, 
-en vez de ponerse a arrimar el puntal de la lingúística a su 
teoría de que la población aborigen de América vino a ella de 
Oceanía, hubiera procedido a comparar el quichua con el maorí 
-como lo hace el lingiiista, atento sólo al examen de las condicio- 
nes intrínsecas de las lenguas puestas en paralelo, Imbelloni 
mismo habría rechazado de plano todo paralelismo entre el qui- 
«chua y el maorí, al notar la falta de concordancia entre las ca- 
racterísticas fonológicas de ambas lenguas, y entre las partícu- 
las que les sirven de morfemas, y entre los vocablos con que, en 
una y otra de ellas, se enuncian los números y los parentescos. 

En cuanto a Benigar, este estudioso se muestra tan corree- 
to lingilista como Imbelloni cuando critica la obra ajena; pero, 
también como Imbelloni, se muestra incorrecto cuando expone 
lo propio. Por ejemplo, cuando atribuye valor científico a las 
-comparaciones lingiúísticas puramente empíricas de Rivet, de 
Imbelloni y de Palavecino; he aquí sus palabras: «El lector ya 
habrá notado cuanta importancia concedo a los hechos lingiiís- 
ticos que contiene el libro de Imbelloni, empezando por el voca- 
blo toqui, de su cosecha, y las concordancias establecidas por 
Rivet, y terminando por la contribución de Palavecino sobre 
las lenguas quichua y las oceánicas» (p. 112); y antes había di- 
«cho (p. 24): «Unos rudimentarios descubrimientos lingiísticos 
de Palavecino nos descubren con toda certeza deseable la depen- 
«dencia entre los neozelandeses y peruanos»; y «Rivet, con ante- 
rioridad, logró romper el aislamiento americano en dos puntos, 
echando un puente a la Melanesia y el otro hasta la misma Aus- 
tralia», No menos incorrecto se muestra cuando, aunque sabe 
«distinguir entre parentesco y contacto (p. 115) cree ver en las 
-concordancias léxicas una prueba de la relación genealógica, y 
nos invita a recurrir al cálculo de probabilidades para resolver 
la duda al respecto, afirmando que «la dependencia (sic) en- 
tre las lenguas es indudable cuando concuerdan en más de uno 
por mil de sus vocablos radicales» (p. 23)... ¡Dios bendito! 
:¡cómo tratan a la lingilística los arqueólogos americanistas!... 


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He aquí que le proponen que desbarate toda lógica en sus mé- 
todas para aplicar el criterio de cantidad a la determinación 
de la calidad; lo que la llevaría a declarar que, en virtud de 
cifras, el persa ha salido del árabe y el inglés del latín... por- 
que ésta resultaría ser la verdad verdadera si la dependencia 
entre lenguas, es decir, su relación genealógica, se cifrara en el 
número de sus vocablos comunes. Porque «dependencia» dice 
mucho más que «relación» o «afinidad»: es la relación que pre- 
senta a una cosa como «pendiente» de otra, de la cual proviene 
y en la cual se apoya su existencia o su modo de existencia. 
Está visto que la lingúística es en la obra de los americanis- 
tas un simple puntal de arrimo, que se alarga, se acorta, se 
tuerce y se endereza, para adaptarse al uso del arqueólogo. 


Una lengua curiosa: el papiamento 


Rodolfo Lenz, de Santiago de Chile, es el único lingitista. 
genuino con que cuenta la América castellana. Desde hace cua- 
renta años está ofreciendo a la ciencia del lenguaje una con- 
tribución valiosa, representada por estudios sobre las lenguas. 
cultas y las hablas indígenas, estudios que han producido obras 
de interés general, como el Diccionario etimolójico y La ora- 
ción y sus partes, y que están entre el centenar de publicacio- 
nes en que se condensa la laboriosa actividad de este investiga- 
dor, a quien también se deben compilaciones folklóricas, críti- 
cas pedagógicas y textos de enseñanza. Su último trabajo, un 
volumen de 342 páginas en octavo, es un extenso análisis de la 
lengua criolla de Curazao, llamada «papiamento», del portugués. 
«papear» = parlotear; se ha publicado en Anales de la Uni- 
versidad de Chile, y ha puesto en evidencia, una vez más, la eru- 
dición de este docto lingilista, su disciplina científica y su co- 
nocimiento cabal de las particularidades del caso examinado. 

Este caso es realmente interesante. Curazao no fué pose- 
sión española sino durante una centuria; y a mediados del si-- 
glo xvi, estando ya la isla bajo el dominio holandés, se hizo de 
ella el depósito central de los negros que los portugueses saca- 
ban de sus posesiones en Africa para venderlos como esclavos. 
en América. Esos negros traían su habla nativa considerable- 
mente alterada por el portugués; pero en Curazao perdieron el 
contacto con esta lengua, y bajo la influencia de los españoles 
y criollos de la isla y de la costa inmediata de Venezuela, su ne-- 
gro-portugués fué modificándose de generación en generación 
hasta castellanizarse en tal medida que en la actualidad, según 
Lenz (p. 323), «el papiamento es negro-español esencialmente».. 
En efecto, aunque la subordinación permanente de los curazo- 
leños a las autoridades holandesas, y su vinculación accidental 
pero frecuente con traficantes franceses e ingleses, han influído- 
en su lengua, la fonética de ésta y su sintaxis son de tipo cas- 
tellano, y la proporción de sus vocablos castellanos en los es- 
eritos es de 63 por ciento, mientras que la holandesa es de 30, 
la portuguesa es de 2, la francesa e inglesa es de 1.6 y la de ori- 
gen indeterminado es de 3.4; pero hay que advertir que en esa 
proporción del castellano están contenidos muchos elementos. 


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«comunes al portugués, y que la proporción del holandés se re- 
duce un 27 por ciento en favor del castellano cuando se analiza 
el vocabulario del habla y no el de la escritura. 

Hasta aquí el papiamento no sería sino un caso corriente 
de «lengua mixta», una de tantas lenguas intermedias, ocasio- 
nales y precarias, que surgen cuando una población autóctona 
e inculta alterna constantemente con una minoría exótica y 
culta que le habla en otro idioma. Pero dos circunstancias han 
concurrido a hacer del papiamento una lengua diferente de la 
instable y anárquica lengua mixta: su fijación y su desarrollo. 
“Y estas circunstancias curiosas, que no se observan en ninguna 
lengua mixta y que hacen del papiamento la primera «lengua 
criolla», es decir, mixta de América, fué precisamente lo que, al 
llamar la atención de Lenz, a su paso reciente por Curazao, lo 
indujeron a investigar el caso. 

De esta investigación ha resultado, ante todo, que el pa- 
piamento no es una jerga privativa de los negros curazoleños, 
quienes, junto con los mulatos, «componen casi toda la pobla- 
ción de la isla, fuera de la capital» (p. 48); esta lengua tiene 
más bien el carácter de un idioma nacional por cuanto es el ha- 
bla doméstica (familiar) de todo nativo o residente en Curazao, 
y en las islas adyacentes de Buen-Aire y Aruba, «desde los sa- 
lones más finos hasta las chozas más pobres» (p. 50). Ha re- 
sultado también que el papiamento es lengua escrita, con una 
escritura castellana que sólo oscila entre la castellana y la ho- 
landesa para ciertos fonemas; que en esta lengua popular hace 
el clero católico su enseñanza religiosa; que el holandés es sólo 
el idioma del gobierno y de la escuela pública, y que el idioma 
«del comercio es el castellano. Ha resultado, en fin, que el papia- 
mento es lengua fija porque cuenta con gramáticas y vocabu- 
larios, y que ha desarrollado una literatura en prosa y en verso 
que se expande en libros y periódicos: el semanario católico 
La Cruz, escrito en esa lengua, tiene ya 28 años de existencia. 
“Y encantado ante este panorama, Lenz afirma repetidas veces 
que el papiamento es «lengua de alta cultura»; pero es sabido 
que Lenz ve cultura en todas partes, al extremo de que acos- 
tumbra llamar «lengua de baja cultura» a cualquier habla indí- 
gena... y la verdad es que el calificativo apropiado para el 
papiamento sería más bien el de «lengua de media cultura», a 
fin de no ponerlo a la par del alemán, por ejemplo, que es len- 
gua de alta cultura, y también porque, en último análisis, el 
papiamento no representa sino lo que en castellano se llama 
«media lengua». 

A la luz de los cuantiosos datos que el autor va suminis- 
trando metódicamente en el curso de su obra, puede afirmarse, 
sin temor de errar, que el papiamento no está al nivel de las 
lenguas que es corriente llamar cultas. Su fonética, caracteriza- 


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da por un consonantismo gangoso y licuante, un vocalismo ati- 
plado y una modulación lánguida, es típicamente negra: su 
morfología, que no tiene flexiones de ninguna especie, es nula; 
su lexicología, que no distingue el concepto verbal del nominal, 
es paupérrima; su «sintaxis mínima» es la sintaxis del habla in- 
fantil y del chapurreo inculto; su léxico, que ignora las especi- 
ficaciones y las sinonimias, es elemental; sus gramáticas y vo- 
cabularios no son textos de selección unilingúes, como los de las 
lenguas cultas, sino catálogos bilingiies, como toda gramática 
y todo vocabulario de lengua indígena; y su literatura no con- 
tiene epopeya alguna, ni poema filosófico, ni antología lírica, 
ni crónicas, ni tratados, ni dramas, ni novelas, sino solamente 
catecismos y devocionarios, vidas de santos y almanaques,' tex- 
tos de enseñanza de la lengua autóctona para extranjeros, so- 
bre todo para holandeses, y colectáneas de cuentos simplemente 
folklóricos... «No hay que olvidar — previene el autor (p. 8) 
— que el papiamento, como lo dice su nombre, es sólo un len- 
guaje hablado y no una lengua literaria»... Sepamos, pues, 
aunque esto nos desconcierte, que puede haber lengua culta sin 
literatura... . A 

—— Probablemente Lenz llama al papiamento «lengua de alta 
cultura» porque la considera, no en acto, sino en potencia... 
es decir, capaz de producir con el tiempo una literatura com- 
parable con las de las lenguas clásicas y con las de los idiomas 
modernos, visto que tiene sintaxis, aunque sea mínima, y que 
su vocabulario puede ampliarse en cualquier momento, no por 
autogénesis sino mediante aportaciones de otras lenguas. Aun 
así, aunque se le valorase por lo que podría ser y no por lo que 
es, tampoco es posible llamar lengua culta al papiamento. Que 
esta lengua no tenga flexiones para nada, ya es pobreza; que 
carezca de afijos para las composiciones y derivaciones, y que 
exprese con una misma forma invariable conceptos gramatica- 
les tan distintos como el substantivo, el verbo y el participio, 
esto es indigencia; y que tienda a sincopar las palabras reba- 
nándoles ambas puntas, esto es miseria extrema; ¿y qué puede 
esperarse de una lengua que ha reducido así sus recursos mor- 
fológicos y lexicológicos, y en cuyo vocabulario no han entrado 
nunca términos que expresen las sutilezas del pensar y del sen- 
tir? No hay que confundir el interés científico con el valor cul- 
tural. Puede admitirse que son curiosidades lingiísticas las par- 
tículas aglutinantes con que el papiamento indica el tiempo del 
verbo: ta (residuo de está) para el presente, tabata (residuo 
de estaba + está) para el pasado, y lo (residuo del logo portu- 
gués) para el futuro; y la normalización lexicológica de los nú- 
meros de once a quince: dyesún, dyesdós, dyestrés, d yeskuáter, 
dyesinku; y el singular eufemismo engastado en el centro de 
la serie de los días de la semana: dyadumingu, dyaluna, dya- 


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- 322 - 


mars, dyarasón (! ), dyahuebes, dyabierne, dyasabra; y el hecho 
de que el pronombre tú no se use sino como vocablo injurio- 
so... Lo que no puede admitirse es que una curiosidad cientí- 
fica, como es en su totalidad el papiamento, sea un valor para 
la cultura cuando tal curiosidad no tiende a realizar ningún 
ideal de verdad, de bien o de belleza. 

Para la cultura, el papiamento no es más que el habla del 
negro acriollado, esa habla perezosa y descuidada que, como 
nos lo recuerda Lenz mismo, ha sido descripta por Pichardo en 
su libro sobre los regionalismos de Cuba, en estos términos : «Es 
un castellano desfigurado, chapurrado, sin concordancia, nú- 
mero, declinación, ni conjugación, sin ere fuerte, ese, ni de 
final, frecuentemente trocadas la elle por eñe, la e por t, la ge 
por ve, etcétera; en fin, una jerga más confusa mientras más 
reciente la inmigración, pero que se deja entender de cualquier 
español, fuera de algunas palabras comunes a todos, que nece- 
sitan traducción»... Para presentar una muestra de este poco 
conocido papiamento voy a transcribir aquí cien palabras de la 
mucha documentación que Lenz ofrece en su libro, acompañán- 
dolas con una traducción rigurosamente literal para que se vea 
hasta qué extremos han llevado los curazoleños la deformación 
del castellano, una deformación que denuncia a voces los facto- 
res psicológicos de la pereza y el descuido, y la reversión al 
lenguaje primitivo: incoherente, indefinido y homogéneo. 

El texto es éste: Mi no ta bisa ku mi tin muchu sabiduría, 
pero mi a core mundu inter i ku awor, después de bihesa lo mi 
por cunta algu di mundu; pero ya mi ta mira ku tur loke hende 
sabi i ku nan siña, ta pa ilusyon di mundu; pa motibu ku es 
mundu aki ta manera un bola rondó, 1 ku tur loke bo hasi i tur 
loke bo siña tox bo tin di murí un día. Enfín, señor, tur loke 
mi por bisa-bo ta ku loke ta mi speransa mi no ta perd-é sino 
te después ku mi muri. 

La traducción es ésta: Yo no está-avisar (digo) que yo te- 
ner (tenga) mucho (mucha) sabiduría, pero yo ha-correr (he 
corrido) mundo (el mundo) entero y que ahora, después de mi 
vejez, luego-yo-poder (yo podré) contar algo de (del) mundo; 
pero ya yo está-mirar (veo) que todo lo que gente (la gen- 
te) saber (sabe) y que ellos-aprender (se aprende) es para ilu- 
sión de (del) mundo; por-molivo-que (porque) ese-mundo-aquí 
(este mundo) es como un (una) bola redondo (redonda) y que 
todo-lo (por mucho) que usted hacer (haga) y todo-lo (por 
mucho) que usted aprender (aprenda) sin embargo usted tener- 
de (tendrá que) morir un día. En fin, señor, todo lo que yo po- 
der (puedo) avisar-usted (decirle) es que, lo que es mi espe- 
ranza, yo no está-perderlo (la pierdo) sino hasta después que 
yo morir (muera). 

Como se ve, la construcción es castellana y el vocabulario 


- 323 - 


es castellano: en las cien palabras no hay sino una holandesa : 
tox (toch) y una portuguesa te (até). Pero ¿puede esta carica- 
tura del castellano considerarse lengua culta ? 

Motivos de sobra hay, pues, para que, a medida que avanza 
uno en la lectura del libro, vaya acercándose al final de él cada 
vez más dispuesto a colocar al papiamento un poco arriba ape- 
nas del nivel más bajo. Por tanto sorprende ver que de pronto 
se aplica al caso la evanescente teoría de Jespersen : que la me- 
jor lengua es la que hace lo más con lo menos, la que concilia la 
mayor expresividad con el mecanismo más sencillo; y como pun- 
to final de su libro Lenz dice que, si Jespersen está en lo cierto, 
«el papiamento es una de las lenguas más perfectas del mundo». 

Lenz da así realce, aunque no para hacerla suya, a una 
de tantas reflexiones que Jespersen acostumbra hacer cuando, 
en el curso de su exposición de datos recogidos en el campo 
objetivo de la observación, se desliza al campo subjetivo de la 
apreciación buscando un alivio, y tal vez un justificativo, para 
su dura tarea descriptiva. De Jespersen hoy, lo mismo que de 
Max Miiller ayer, debemos cuidarnos; tenemos que habituarnos 
a distinguir entre el hecho positivo que nos ofrecen, siempre 
valioso en ambas fuentes porque es muestra concreta de la 
realidad, y la consideración especulativa que le agregan y que 
no representa sino una tendencia de su razón, y a veces una 
ocurrencia de su fantasía; muy interesantes son también estas 
consideraciones, pero no por eso son verdades. El citado apo- 
tegma de Jespersen equivale a declarar que el huevo es mejor 
que el pollo, porque realiza mucho con poco, porque el huevo, 
con una estructura más simple que la del pollo, presenta con 
suma eficacia la vida orgánica. Ante todo, el concepto univer- 
sal de perfección es otro: el de desarrollo pleno que realiza. 
un fin; luego, decir que lo más sencillo (término cuantitativo 
y relativo) es lo superior (término cualitativo y absoluto) es: 
atribuir a «sencillez» o a «superioridad» un significado incon- 
ciliable con la noción que expresa cada uno de esos términos.. 
Por todo lo cual he dicho que esa teoría de Jespersen es evanes- 
cente: se desmorona en palabras apenas intentamos penetrar: 
su idea. 

Un criterio francamente positivista es lo que dicta a Jes-- 
persen la afirmación de que la actividad ideal del hombre es la 
que lleva al máximum de eficacia con el mínimum de esfuerzo» 
(Language [1923] p. 324); y es una consecuencia necesaria de: 
esta posición filosófica subordinar la calidad de la obra a la 
cantidad de trabajo que requiere. Por eso, al comparar las len-- 
guas antiguas con las modernas, Jespersen declara (p. 364) que- 
estas últimas tienden a la perfección porque acortan las pala- 
bras, reducen su número, les dan formas más normales, un uso: 
sintáctico menos arbitrario, un orden de construcción más re- 


- 324 - 


gular, un carácter más analítico y abstracto, y porque se des- 
prenden de las «burdas repeticiones» que se llaman concordan- 
cias. Naturalmente, el criterio idealista invierte la posición de 
la balanza y proclama perentoriamente que tales condiciones 
són, por el contrario, verdaderas desventajas. Pleitos de esta 
naturaleza son insolubles; y de ahí que la actitud científica más 
firme sea la de limitarse a comprobar y relacionar los hechos, 
renunciando a valorarlos. 

Para mi idealismo, Jespersen no está en lo cierto... por- 
«ue lo mejor no es lo más simple y eficaz, sino lo más eficaz, ya 
sea simple o complejo; y de ahí que el piano supere al clavicor- 
dio, y sobre todo al xilófono. Por suerte, Lenz no ha escrito su 
libro para demostrar que el papiamento valga más que un xi- 
lófono; por el contrario, ha reducido el valor de esta lengua a 
su justo punto al decir que «no hay ninguna gramática de ne- 
gros tan sencilla y lógica como la curazoleña» (p. 328). Para lo 
que ha escrito Lenz su libro es para ofrecer a los lingilistas un 
análisis completo del interesante caso; y ese fin lo ha llenado 
<umplidamente, con tal acopio de datos y tal acierto en la de- 
terminación de las características y de las correlaciones, que su 
obra resulta ser un modelo entre las muy escasas del género. 


La pobre Hache, letra para todo servicio 


«Dadme un buen alfabeto y os daré una lengua bien he- 
cha; dadme una lengua bien hecha, y os daré una civilización 
cabal» ha dicho Leibniz. Esta verdad necesaria y universal ha- 
bía sido descubierta por la humanidad mucho antes que el fi- 
lósofo la formulara; pero hay que repetirla de vez en cuando 
porque, como toda verdad, es cosa más bien ideal que real. Lo 
que dice esa verdad en el fondo es que la elección de alfabeto es 
empresa difícil y está expuesta a errores. Por ejemplo: los in- 
gleses lamentarán eternamente haber optado por el alfabeto la- 
tino, que hace fonéticamente ilegible su lengua anglosajona ; los 
rumanos habían elegido primero el cirílico, y después prefirie- 
ron el latino, más propio de la filiación románica de su idioma; 
y los albaneses todavía están por resolver si adoptan el griego 
o el latino. Los servios y los croatas hablan la misma lengua es- 
lava; pero los primeros escriben con el alfabeto cirílico, y los 
segundos con el latino. En Alemania, unos usan en la escri- 
tura las letras romanas, y otros las letras góticas; pero ésta no 
es cuestión de alfabeto sino de caligrafía. 

Ahora bien: con el alfabeto latino no se ha conformado 
ninguna de las lenguas que lo han adoptado. Entre las euro- 
peas, unas le han quitado letras, otras le han agregado, y todas, 
menos la inglesa y la holandesa, lo han exornado con signos dia- 
críticos para acomodarlo a sus necesidades; porque estos sig- 
nos, al modificar el sonido de las vocales o la influencia de las 
consonantes a que se aplican, amplían el número de los fone- 
mas que representan las letras del abecedario. 

Los signos diacríticos son doce, y puestos en línea forman 
un collar vistoso, por lo muy variado de sus formas. La sarta 
empieza con el punto polaco, baja a la zedilla, signo común a 
varios idiomas, sube a los acentos agudo, grave, circunflejo e 
invertido, signos también comunes, pasa al doble acento hún- 
garo, vuela en las alturas como diéresis y tilde, signos también 
comunes, se cierne como corona sueca y checa, y como macro 
albanés, y remata en la diagonal polaca y nordanesa. El más 
general de estos signos es la diéresis, que existe en ocho len- 
guas; pero el que tiene más aplicaciones es el acento agudo, aun- 
que sólo figura en siete. En todos los idiomas los signos diacrí- 


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ticos alteran por lo común el sonido de las vocales; no así en 
croata ni en esloveno, donde cambian el valor de ciertas conso- 
nantes. Entre las vocales, la a y la o son las más modificadas 
por los signos diacríticos; entre las consonantes, son la c y la s. 

Las lenguas eslavas de alfabeto cirílico no conocen esta in- 
digencia de lós signos diacríticos; se han fabricado letras en nú- 
mero suficiente para prescindir de ellos. El ruso cuenta con 35 
caracteres, el búlgaro con 32 y el servio con 30. En cambio, el 
más cargado de signos diacríticos es el alfabeto griego, en el 
que no se escribe sino una lengua : el romaico o griego moderno. 


Pero, como suplefaltas del alfabeto, la letra h es el comodín, 
el recurso salvador por excelencia. No hay signo diacrítico que 
pueda rivalizar con ella en el número, ni en la diversidad, ni en 
la importancia de sus funciones. 

La hache fué en su origen fenicio una espirante gutural, 
de la que los griegos hicieron un signo diacrítico, el «espíritu 
áspero o rudo», para indicar, no ya una espiración, sino una 
aspiración que acompañaba a la letra a la cual se agregaba. De 
modo que los fenicios se servían de la hache para sacar aire de 
la cámara vocal, y los griegos, al revés, para introducirlo en 
ella. En consecuencia, desde los comienzos mismos del lenguaje 
escrito, la pobre Hache tuvo en él una función doble: la de 
bomba aspirante e impelente. 

De esta primera función servil hay todavía rastros en las 
lenguas europeas. La hache, como letra dirigente, capaz de re- 
gir a las vocales, marca una aspiración más o menos fuerte en 
doce idiomas: es siempre aspirada en rumano, albanés, norda- 
nés, holandés, polaco, croata, esloveno y finés; y lo es a veces 
en francés, inglés, alemán, sueco y húngaro. Sus meritorios ser- 
vicios en tal carácter podrían haberle valido uno que otro mo- 
mento de descanso; pero la infeliz ha nacido bajo mala estrella. 
En las últimas cinco lenguas se la obliga a hacer además el pa- 
pel de figuranta en sus ratos de ocio; y en castellano, portu- 
gués e italiano es siempre personaje mudo. Los filólogos y los 
gramáticos culpables de este abuso pretenden justificarse ale- 
gando el respeto debido a la etimología, y la necesidad de dis- 
tinguir homónimos. Pero no convencen a nadie; la injusticia 
no se justifica nunca. 

En algunos casos, como personaje mudo, la hache desem- 
peña más bien la función odiosa de Dueña Quintañona entre 
dos enamorados, Según Sweisthal, en su estudio sobre el valor 
fonético del alfabeto latino, ya en tiempos de Probo la hache 
en medio de una palabra había dejado de ser aspirada «y todo 
su papel se reducía a impedir que las dos vocales entre las cua- 
les se encontraba se unieran en un diptongo». 


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El lector convendrá en que esto de que la pobre Hache 
deba ser a la vez actriz, comparsa y tercera importuna, basta 
para hacerle infeliz la vida; pero más patético todavía se le 
hará el caso cuando sepa que, explotándose su buena voluntad, a 
esas funciones de actriz, de comparsa y de tercera importuna se 
le han agregado también las de apuntador, y aun de traspunte. 

He dicho ya que los griegos fueron los primeros que hi- 
cieron de la hache una esclava de sus hermanas, al reducirla a 
simple signo diacrítico. Luego, uniéndola en esa forma a alguna 
otra letra, formaron dígrafos para representar sonidos elemen- 
tales de su lengua, que los caracteres alfabéticos no alcanzaban 
a representar. En todas las lenguas modernas que han sacri- 
ficado la ortografía fonética a la etimología aparecen los dí- 
grafos griegos ch, rh, ph y th en voces transeriptas de ese 
idioma y de otros orientales. ¿Sabe el lector lo que esto significa 
para la pobre Hache? A la r y a la t tiene que acompañarlas 
en silencio; y si es cómodo ser mudo en la soledad es un suplicio 
callar cuando otro habla; a la c tiene que darle con el codo para 
que esa letra, que tan suave es en sus relaciones con la e y la 1, 
trate a estas vocales tan duramente como trata a las otras tres; 
a la p tiene que excitarla para que hable a las vocales, no con 
su labial dulzura propia, sino con el grosero bufido de la f. 

Pues bien : el mal ejemplo de los griegos ha eundido, y diez 
de las diecisiete lenguas europeas imponen hoy a la pobre Ha- 
che, aparte de las funciones ya descriptas, de actriz, de com- 
parsa y de tercera importuna, esas otras de apuntador o tras- 
punte. Las lenguas sueca, nordanesa, croata, eslovena, húngara 
y finesa son la excepción. No ya en voces griegas u orientales, 
sino en vocablos genuinamente vernáculos, hay en esas diez len- 
guas tiranas dígrafos con la h en segundo término. El más co- 
mún de estos dígrafos es la combinación ch; se la encuentra en 
eastellano, portugués, italiano, francés, inglés, alemán, holandés 
y polaco; la gh aparece en italiano, rumano, inglés y albanés; 
la 1h y nh en portugués; la sh y th en inglés; la zh en alba- 
nés; y el trigrama sch y el tetragrama tsch en alemán. 

Estas combinaciones no son más que nueve; pero, para la 
pobre Hache ¡cuántos oficios distintos!... Cuando acompaña a 
la c la hace explosiva en castellano (chal) y en inglés (church) ; 
dura para la e y la i en italiano (che, chi) y en rumano (chem, 
chiar) ; espirante en francés (chaise) y en portugués (chao) ; 
gutural en alemán (ich), en holandés (acht) y en polaco (cha- 
cha). Cuando acompaña a la g la hace dura para la e y la + en 
italiano (aghero, ghiaccio), en rumano (gheb, ghid) y en al- 
banés (ghego, yhiriz). Cuando acompaña a la l y a la n en por- 
tugués las hace líquidas (filho, ninho). Cuando acompaña a la 
s y a la t en inglés (she, thin) y a sc en alemán (schwarz) las 
hace espirantes. Cuando acompaña al trigrama tsc en alemán 


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(deutsch) lo hace explosivo. En fin, cuando acompaña a la z 
en albanés (zhiap) la hace vibrante. 

Podría pensarse que, con todo lo que antecede, se han es- 
tablecido de una manera precisa los diversos menesteres que la 
pobre Hache debe desempeñar en cualquiera cireunstancia. ¡ Qué 
error! En francés, la función de la hache en el dígrafo ch de 
origen griego es enteramente arbitraria : si la h hace de la c una 
paladial en archétype, archiépiscopal, chaos, etcétera, por el 
contrario, la h hace de la c una espirante en archevéque, bachi- 
que, chirurgien y otras voces, tan griegas en su origen como 
aquellas otras. Y los ingleses no han querido ser menos. Estan- 
do la pobre Hache entre ellos, para saber qué tiene que hacer 
cuando la ponen detrás de la t debe preguntarlo en cada caso, 
porque no le han dictado normas al respecto. Unas veces debe 
hacer sonar la t como d, otras como z, especialmente cuando la 
voz es de origen griego; y a veces, como en el vocablo thyme y 
en otros, debe hacer de personaje mudo. 


Al fin ha concluído esta enumeración pesada. De ella re- 
sulta que los dígrafos griegos y no griegos en que entra la ha- 
che, diez en total, imponen a esta letra, aparte de la aspira- 
ción y del silencio que son sus funciones especiales, doce oficios 
más, todos distintos. Y no puede negarse que los desempeña 
bien; nadie piensa en reemplazarla. Tampoco piensa nadie en 
aliviarla. La infeliz corre la suerte común a todo instrumento 
útil, animado o inanimado : es víctima de la codicia de su dueño. 
Es cierto que, en tiempos ya remotos, los españoles hicieron 
algo para descargarla de tan pesadas tareas: la suprimieron 
en los dígrafos de las voces transcriptas del griego, del latín y 
de las lenguas orientales; pero no menos cierto es que, si hi- 
cieron eso, fué sólo para echarle encima la obligación de subs- 
tituir a la f como inicial de una buena porción de voces de 
origen latino. Por su parte, nuestro buen Sarmiento, hombre 
de gran corazón, propuso en tiempos más próximos la elimina- 
ción de la hache como letra muda; pero tan humanitaria ini- 
ciativa no encontró eco en las almas empedernidas de los hom- 
bres, a quienes amedrenta todavía el dicterio de Covarrubias, 
para el cual los que no pronunciaban la hache en heno y en 
humo eran «pusilánimes, descuidados y de pecho flaco». 

Pesa sobre la hache un destino fatal, que se cumple tam- 
bién fuera de las lenguas latinas. Parece que el universo en- 
tero se hubiera conjurado para tratarla desconsideradamente. 
Puede decirse que casi no hay una lengua que no le señale una 
función distinta. Si por un lado los rusos le dan en su alfa- 
beto cirílico el sonido de n, por el otro los griegos... 

¡Ah, los griegos! En el alfabeto fenicio, la hache era el 


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dibujo de una barrera: dos jambas o montantes unidos por tres 
brazos o travesaños, uno arriba, otro abajo, otro en el medio. 
Los griegos empezaron por amputar a la pobre Hache los dos 
brazos extremos; después la partieron por el medio en su brazo 
único, para hacer de sus dos pedazos, como he dicho ya, los 
signos del «espíritu áspero» y del «espíritu suave». Pero luego 
se olvidaron de que la habían partido en dos, y la incorpora- 
ron al alfabeto en su forma anterior: dos piernas y un brazo. 
¿Con qué valor fonético? Eso es un misterio. Hace cuatro siglos 
Erasmo dijo que la eta griega había sonado en lo antiguo como 
e; pero Reuchlin sostuvo que había sonado como ¿, tal como 
suena hoy en romaico; y la cuestión está pendiente todavía. 

¡Pobre Hache! Ni siquiera los filólogos la compadecen; 
por el contrario, se burlan de ella. El maestro Venegas, allá 
por el siglo xvi, la hizo objeto de una broma inicua: la llamó 
«huelgo humano que sale de la garganta floxo y caliente para 
engrossecer la vocal o consonante a quien se allegare»... Eso 
era atribuir a la hache, por mofa, una función viril ajena a su 
sexo. Aunque la verdad es que el sexo de las letras es uno de 
los misterios de la naturaleza que el hombre no ha penetrado to- 
davía: unas lenguas las hacen masculinas, otras femeninas, 
otras neutras. Sin embargo ¿no está diciendo la figura misma 
de la h cuál es su sexo? ¿es acaso propio de los seres masculinos 
o de los individuos neutros el garboso desarrollo glúteo que ca- 
racteriza a la h cuando, libre de los ringorrangos de las mayús- 
culas, se ofrece a nuestros ojos en su sencilla forma minúscula ? 

Las burlas de los filólogos no se reducen a negarle o cam- 
biarle el sexo a la pobre Hache. Con cualquier pretexto se sus- 
citan. Por una parte, los fonologistas la llaman vocal y sorda; 
por la otra, los gramáticos dicen que es consonante y muda. Y los 
terceros en discordia, en vez de resolver el conflicto, lo agra- 
van: prefieren egregar una más a tantas mofas. Monlau ha di- 
cho: «La letra hache no es signo alfabético, porque en rigor no 
representa una vocal ni una consonante». De modo que, así 
como a la pobre Hache se le niega sexo, también se le niega el 
título de letra. Como se ve, hay quien propone que se la con- 
sidere signo ortográfico. El anónimo autor de la gramática lo- 
vaniense de 1559 la llama «ministro y criado de las letras vo- 
cales». En este terreno, la perversidad de los gramáticos no co- 
noce límites: Ben Jonson titula «espíritu» a la hache, y niega 
así en absoluto su materialidad. Un siglo antes Lebrija la ha- 
bía llamado «señal de espiritual soplo», y había resuelto qui- 
társela al hombre, escribiendo ombre... ¿Puede llevarse más le- 
jos el escarnio? Porque esto ya no es mofa, es befa. 

Sí; la befa no respeta ni siquiera su elegante y graciosa 
figura. El humanista doctor Rosal propuso que, para adap- 
tarla mejor a sus funciones fonéticas, se cambiara la forma a 


- 330 - 


la h cuando seguía a la c, pintándose en lugar de este dígrafo 
una equis partida en el medio por una barra horizontal. ¡ Ha- 
cer de la pobre Hache una especie de asterisco! ¡qué insulto! 
Eso sería relegarla a la condición más abyecta como signo or- 
tográfico. Porque, por sus funciones de mandadero, el asterisco 
es el esclavo vil en la familia de la escritura: un ente tan ser- 
vicial como infecto, puesto que no se le puede usar sino aislado 
siempre de los demás por los paréntesis. 

¡Pobrecita letra Hache! Siguiendo el mal ejemplo de los 
doctos, hasta el vulgo le tira piedras. Los italianos y los portu- 
gueses llevan su desconsideración al extremo de no usar la ha- 
che para denominar a esta letra: dicen respectivamente acca y 
agá; de lo que resulta que, según ellos, la hache no sirve ni si- 
quiera para entrar en su propio nombre. La Academia espa- 
ñola, en su reforma ortográfica de 1815, quitó también la ha- 
che inicial al nombre de esta letra; después, arrepentida, devol- 
vió a la pobre Hache su indiscutible derecho a usar, para nom- 
brarse, su propia figura antes que cualquiera otra. Pero ésta fué 
una concesión mínima, un acto de mera cortesía; en el fondo de 
su corazón, el español desprecia a la hache: la ha eliminado del 
nombre de su país, que para él ya no es Hispania, y lo que es 
peor: se la ha quitado al santo nombre de Cristo, no obstante 
la airada protesta del licenciado Gonzalo Bravo Grajera, quien 
oportunamente, en 1634, no vaciló en escribir como cristiano y 
como ortógrafo: «Esta novedad la tengo por indecente, porque 
en voz tan sagrada no es bien hazer mudanca alguna». En fin, 
el español es quien ha inventado la frase: «llámele usted ha- 
che», que es como decir: «no repare en pelillos», «no se fije en 
cosas de poca monta». Y para el italiano la hache es también 
la cosa más insignificante del mundo: «no vale una hache» es 
la expresión despectiva que tiene siempre en la boca. 


Apéndice 


Un libro afortunado 


Mi obra anterior, Nuestra lengua, ha sido un libro afortunado: 
encontró editor tan pronto como estuvo escrito, y un editor gene- 
roso, que para los gastos de impresión no requirió al autor la ayuda 
del Cirineo; fué unánimemente elogiado en la prensa, en la cátedra 
y en la epístola; y obtuvo uno de los premios nacionales a la pro- 
ducción literaria. 

Atribuyo esta suerte del libro a la variedad de sus temas en 
las cuatro partes en que se divide: las originalidades nuestras so- 
bre idioma nacional, las curiosidades de la traducción, las particu- 
laridades de los diccionarios y las singularidades de las lenguas; 
partes que se subdividen en capítulos, de la manera y en el orden 
siguientes: 

Los idiomólogos: Echeverría y la lengua — Alberdi y la len- 
gua — Sarmiento y la lengua — Gutiérrez y la lengua — La disci- 
plina académica y la lengua — La incultura popular y la lengua 
— El libro de Abeille y la lengua — El buen sentido y la lengua 
— La lengua misma. 


Los traductores: El traductor libre y el traductor de oído: los 
repentistas del arte — El traductor adornista: una de tantas Bellas 
Infieles — El traductor maníaco: hijo de uno de los deslices de la 
Crítica — El traductor grafista: la mecánica como recurso estético 
— El traductor inepto y el mal traductor: sus vicios mayores y 
menores — El traductor y sus enemigos naturales: los malos es- 
critores — La traducción de la poesía: posibilidades e imposibili- 
dades. 

Los diccionarios: El mal diccionario de la lengua: sus defi- 
niciones vagas, insuficientes y contradictorias — El diccionario 
ideológico de la lengua: necesidad de esta obra magna — El diccio- 
nario Benot de Ideas Afines: su inutilidad práctica — Los «diccio- 
narios» argentinos: un par de obras de bambolla y de impericia. 

Las lenguas: El valor comparativo de las lenguas: un paralelo 
imposible — La paronomasia en la traducción: una zancadilla del 
diablo — Un problemita de etimología: Santiago, Diego,- Jacobo, 
Jácome, Jaime — Nuestros clásicos franceses: sus incomparables 
enseñanzas. 

He aquí, en orden cronológico y en forma sucinta,.los juicios 
de que este libro ha sido objeto. 


Revista de Educación. — La Plata, octubre-diciembre 1922. 


. Nuestra lengua reviste, por muchos conceptos, un valor 
nuevo en los estudios de lingúística... El señor Costa Alvarez, 
con dominio pleno de las cuestiones que dilucida, una penetración 
aguda y fino ingenio que se deslíe en sutiles ironías, presenta a 
nuestra consideración un problema muy interesante para los estu- 
diosos que se preocupan de las cuestiones gramaticales y de la pu- 
reza de nuestro idioma... 


- 334 - 


La Prensa. — Buenos Aires, noviembre 1922, 


. . . Durante sus largos años de excursión por las lenguas prin- 
cipales, el autor ha estado haciendo acopio de singularidades de 
esas lenguas y de sus literaturas, y presenta estas singularidades, 
unas graciosas, otras curiosas y todas interesantes, en varios capí- 
tulos que cierran el libro con broche ameno. 


El Argentino. — La Plata, diciembre 1922. 


. . . Este libro tiene un valor triple: informativo por el copioso 
caudal de datos que contiene, didáctico por la autoridad profesional 
del autor, y literario por el arte con que el escritor ha logrado ha- 
cer amenas tanto la información como la crítica... Este libro, de 
350 páginas de texto compacto en amplia medida, promete al lector 
muchas horas de ocupación entretenida e instructiva. 


El Día. — La Plata, diciembre 1922. 


... El erudito autor de esta obra, fruto de muchos años de 
labor, desarrolla sus observaciones, análisis, juicios y crítica en 
forma tan acertadamente pulida, que ha sabido privarla de las ari- 
deces, de lo «seco» de esta clase de estudios... 


RICARDO ROJAS. — Buenos Aires, carta al autor, diciembre 1922. 


... He leído su obra; lo felicito por ella. Preveo que Nuestra. 
lengua alcanzará gran éxito entre nosotros... 


Revista de Instrucción Primaria. — La Plata, enero 1923. 


... El autor ha llevado a cabo, con la publicación del volu-. 
men titulado Nuestra lengua, un esfuerzo muy meritorio en defensa. 
y propaganda del castellano culto... 


Estudios. — Buenos Aires, enero-junio 1923. 


... La lectura de este libro nos ha sido tan atrayente como- 
la de una novela interesantísima... Sólo nos resta, después de feli- 
citar efusivamente al autor, desear que su libro se difunda como 
se merece, para bien del lenguaje y prestigio de la literatura na- 
cional... 


ERNESTO QUESADA, en Nosotros. — Buenos Aires, enero 1923. 


Valiente empresa la del veterano periodista que acaba de pu- 
blicar un nutrido volumen destinado a estudiar cuestiones correla-- 
tivas con la lengua castellana, volcando en esas páginas, sin es-- 
fuerzo visible, sus interesantísimos recuerdos sobre las andanzas 
del idioma nacional en nuestro país, los traductores en general, los. 
diccionarios allende y aquende los mares, y una serie de conside- 
raciones, un tanto picarescas, sobre las lenguas, sus trastrueques y 
traspiés!... Seguirle en todas las fases de su obra sería casi escri-- 
bir otra sobre lo mismo; por eso deseo concretarme principalmente- 
a la primera parte, que intitula «Los idiomólogos», y que tiene 
para mí un sabor marcadamente criollo, en la buena acepción del 
término, siendo ésta la primera vez que se escribe semejante ca-- 
pítulo de historia literaria argentina... En buena hora viene Costa 
Alvarez, con su libro, a historiar las luchas pasadas y a proclamar: 
el triunfo final de la sana doctrina. Tal libro merece, por lo tanto, 
ser aplaudido con ambas manos... Tocóme, en cierta época de mi 
vida, convivir con el autor de Nuestra lengua en la atmósfera de 
un diario; aprendí entonces a apreciarle como periodista y como- 
compañero; hoy le saludo como escritor, y, al aclamarle por dies- 
tro, predico gustoso con el aplauso que su innegable talento merece. 


- 335 - 


Jvan F. JÁUREGUI. — La Plata, carta al autor, febrero 1923. 


... En su interesante y valiosísimo libro, que he leído dete- 
nidamente, he aprendido más, mucho más, que en todos los que he 
leído durante mi vida sobre cuestiones que se relacionan con nues- 
tra lengua... 


JcsÉ M*. SALAVERRÍA, en A B C. — Madrid, marzo 1923. 


... Sería una suerte que en España dedicase un escritor como 
el argentino Arturo Costa Alvarez todo su cultivado y fino talento 
a tratar el tema del idioma con amenidad, con ingeniosa elegancia 
y sin la menor empalagosa pedantería... 


ANTONIO HERRERO, en Fray Mocho. — Buenos Aires, marzo 1923. 


... Pocas obras se publican entre nosotros que, como ésta, 
sean el fruto de largos años de observaciones, de meditación y es- 
tudio; y que estén tan bien escritas y tan cuidadosamente depura- 
das que puedan ofrecerse por modelo a la juventud estudiosa... El 
puro casticismo del lenguaje hace de este libro una obra maestra... 
Una lógica a la vez flexible y rigurosa constituye la dote principal 
del señor Costa Alvarez, unida a un amplio dominio de los resor- 
tes de la lengua. Además, tiene este autor, como característica, la 
depuración que ha efectuado en el idioma la modalidad argentina; 
estando libre, por lo demás, de las deformaciones y limitaciones 
que él mismo señala. Resulta así la suya, en mi concepto, un mo- 
delo de prosa argentina... En suma: el libro del señor Costa Al- 
varez es, por su factura, una obra cultural de primer orden, y cons- 
tituye, en cuanto al estilo, un sabroso deleite para quien sea capaz 
de apreciar las bellezas del idioma... Podemos, pues, regocijarnos 
por la aparición de Nuestra lengua, que hace honor al castellano 
argentino, sí se me permite esta expresión, y que asienta y sostiene 
los derechos más legítimos de los intereses culturales del idioma 
castellano en general, y en particular del habla en la Argentina. 
Asimismo, en consecuencia, hemos de declarar que es una obra de 
lectura, y aun de estudio, indispensable para toda persona que se 
halle en relación, más o menos directa, con las cuestiones del 
ídioma, tales como gobernantes, escritores, periodistas, traductores. 
y profesores, quienes podrán hallar en sus páginas muchas y diver- 
sas enseñanzas, y una clara y elevada orientación... 


JuAn R. SELVA, en La Obra. — Buenos Aires, abril 1923. 


Esta obra merece ser especialmente recomendada a los 
maestros, ya que éstos son, O deben ser, los más celosos, eficaces 
y fervientes cultores del buen decir, ya que ellos deben saber a. 
ciencia cierta cuál es nuestra lengua, cuál es el habla que han de 
enseñar... Termina el interesante libro de Costa Alvarez con una 
serie de artículos sobre materia filológica y literaria, que si bien 
no tienen mayor atingencia con el problema que tiende a resolver 
esta obra, resultan amenos, eruditos; especialmente el que se ti-. 
tula «La paronomasia en la traducción; una zancadilla del diablo», 
producción admirable, ingeniosísima, donde reaparece la pericia 
del traductor avezado. Caiga este libro en muchas manos para bien 
del habla y para bien de cuantos sepan leerlo con provecho. 


R. MONNER Sans, en Revista de Derecho, Historia y Letras.—Bs. Aires, abril 1923. 


Ñ Resumiremos nuestra opinión sobre Nuestra lengua di- 
ciendo que es lo más serio y razonado que se ha publicado en la 
Argentina. Su autor, según nos participan, es Criollo neto, ya que 
para buscar sus antepasados hispanos hay que recorrer un fron- 


- 336 - 


doso árbol genealógico, circunstancia que, por lo tanto, avalora 
en mucho el mayor número de sus opiniones en pro del estudio 
del lenguaje heredado. Ojalá la obra alcance la difusión que merece, 
y Ojalá sea provechosamente leída por profesores de enseñanza 
primaria y secundaria... 


GABRIEL S, MOREAU, en Renovación. — Buenos Aires, abril 1923. 


... Este libro encierra elementos críticos dignos de enco- 
mio... Todo el libro revela conocimientos profundos de la mate- 
ria que el autor trata en él, y es un eslabón más que se agrega en 
la cadena de los estudios lingúiísticos y literarios del Plata; esla- 
bón de mucha importancia, y necesario, en algunos puntos, para 
completar la obra de Rojas. 


Revista de la Facultad de Derecho y Ciencias Sociales. — Bs. Aires, abril-junio 1923. 


... La última publicación del doctor Quesada es, en realidad, 
más que un comentario, un necesario complemento del meritorio 
libro de Costa Alvarez... 


Revista de Derecho, Historia y Letras. — Buenos Aires, mayo 1923. 


La obra de Costa Alvarez llega en su hora, cuando la de- 
generación social y el desdén, aparente o real, de la obra mental, 
son características de esta época incierta, pero, por fortuna, de 
transición, y afectan también nuestro glorioso idioma. Es necesa- 
rio defender el carácter nacional, la moralidad de las familias he- 
rida a fondo por conocidas deformaciones de hogar, y las tradi- 
ciones de la patria, entre las cuales resplandece la lengua. Este 
libro, erudito y enérgico, es menos docevte que de polémica, y su 
eficacia es por ello mayor. Descubre el vicio y lo hiere a fondo. 
La juventud debe leerlo... 


JuLio PIQUET. — Buenos Aires, carta al autor, mayo 1928. 


Sus estudios, tan eruditos y tan bien pensados, han ve- 
nido a aclarar y a articular muchas ideas respecto de la lengua 
y el lenguaje, que andaban dispersas por mi magín. Si he de juz- 
gar, pues, por lo que a mí me ocurre, su obra va a concurrir efí- 
cazmente a que hablemos y escribamos algo mejor que hasta ahora, 
o siquiera a que nos empeñemos en ello, poniendo así término a 
deplorables extravíos, como el purismo de los gramaticalistas y el 
desdén que inspira el castellano a los ignorantes, que pretenden en- 
riquecerlo y tornarlo más maleable introduciéndole inútiles injer- 
tos y estropeando su sintaxis... 


JUAN TORRENDELL, en Atlántida. — Buenos Aires, mayo 1928. 


. . Nuestra lengua es una defensa lógica y brillante del cas- 
tellano... El libro del señor Costa Alvarez representa una mani- 
festación intelectual altamente seria, que los hombres preocupados 
del elemento expresivo y hasta discursivo de su pueblo no pueden 
dejar de considerar detenida y concienzudamente... Pocas veces 
sucede, como en este libro, que la teoría sea realizada en la prác- 
tica, porque positivamente es cierto que no siempre en un didacta 
o crítico se dan en idéntico grado la ciencia y el arte. No es cosa 
nueva que la palabra docente se divorcie de la expresión bella. En 
el señor Costa Alvarez no es así. Su afortunada pluma cumple mag- 
níficamente lo que va anunciando. Sus páginas han sido escritas 
con pulcritud, solidez, numerosidad, garbo y discreta elegancia. 
No por sobrio, sino por robusto, se impone el estilo de Nuestra len- 
gua. Labor de madurez, serán perdurables sus efectos en quienes 
lean y mediten tan severas enseñanzas, 


- 337 - 


-Caras y Caretas. — Buenos Aires, mayo 1923. 


... No puede ser más acertada la tendencia del tan intere- 
sante como útil libro del señor Costa Alvarez, en el cual el lector 
encontrará, junto con la historia de las polémicas suscitadas otrora 
por la cuestión del idioma nacional, muchas cosas dignas de sa- 
berse, y escritas en un estilo cuyo mejor elogio estaría en decir 
que se halla en perfecto acuerdo con la tesis del libro. 


La Razón. — Buenos Aires, mayo 1923. 


... Nuestra lengua, de Arturo Costa Alvarez, es una de las 
más vigorosas producciones relacionadas con el idioma que en la 
Argentina se habla. 


ADOLFO BONILLA Y SAN MARTÍN. — Madrid, carta al autor, junio 1923. 


... Su libro me parece muy útil y muy de actualidad, lleno 
de discretísimas observaciones. Coincido en absoluto con V. en 
«cuanto dice sobre los diccionarios de «ideas afines»... 


MARIANO DE VEDIA Y MITRE. — Buenos Aires, carta al autor, junio 1923. 


. Acabo de leer su libro, y de apreciarlo en todo su valor. 
La amenidad de su estilo corre parejas con la agudeza de su pen- 
samiento, cosa que, como todos sabemos, no sólo no es frecuente 
sino que es excepcional. De ahí su raro mérito. Lo felicito a V. 
cordialmente por su hermosa obra... 


PEDRO DE Muarca. — Berlín, cartas al autor, junio-agosto 1923. 


... Veo que le adorna a V. una gran cultura... ¡Bravo!... 
¡Bravísimo! Chóquela, compadre... ¡Bravísimo! Ese párrafo es 
de oro... 

. . . Estoy leyendo su magnífico estudio sobre traducciones... 

% Pensaba llevar su hermosa obra a Bansin para seguir 
.eestudiándola. Lo hago aquí... Es V. perito en la materia... Es 
un estudio magnífico el de V.... 

. Lo de las traducciones es magnífico... Un abrazo muy 
fuerte, compadre. Es V. extra. 


RoDOoLFO LENZ. — Santiago de Chile, carta al autor, junio 1923. 


... He leído su libro con mucho interés, desde la primera 
hasta la última palabra. Valía realmente la peña de dar un resu- 
men histórico de las teorías sobre el «idioma nacional argentino», 
tanto más porque esta cuestión, en cuanto sepa, no ha sido nunca 
ventilada entre las otras naciones hispanoamericanas... En todo 
lo esencial comparto sus puntos de vista; en los detalles se expli- 
can diferencias, porque yo los miro como filólogo naturalista y 
no como literato y traductor... 


Prometeo. — Paraná, agosto 1923. 


Es curioso observar cómo en toda su obra el autor con- 
cilia su espíritu argentino y americanista con las formas más cas- 
tizas y correctas de nuestra lengua; porque nada hay en este libro 
menos español ni más criollo que las ideas y sentimientos del 
autor, y al mismo tiempo nada hay en él más castellano ni menos 
hispano que su lenguaje... 


EmiLio M. OGANDO. — La Plata, informe oficial, septiembre 1923. 


El libro Nuestra lengua está destinado a crear nuevos 
conceptos sobre el asunto que aborda, con riqueza de antecedentes 
y prolija documentación. Su propósito confesado es de crítica. La 


22 


- 338 - 


lectura dice luego que se trata de una crítica razonada y cons- 
tructiva, de amplia base histórica, El libro mismo es ya un regalo 
para la inteligencia, por lo robusto de su factura literaria y por 
la pureza de la forma. La materia que lo llena es la esencia de un 
juicioso análisis desarrollado en la observación de hechos y épocas, 
para llegar a establecer la nueva conducta que nos impone la 
necesidad de resguardar el porvenir de nuestra leugua. La ten- 
dencia del libro es, pues, docente en cualquier sentido que se le 
considere. Ilustra en su método y en la finalidad que lo inspira. 
Es ecuánime, y lleva al espíritu una extraña sensación. de sereni- 
dad, no obstante aparecer en cada una de sus páginas un nombre, 
una cita, un error que se corrige, una verdad que se restablece, 
una opinión que se rectifica, una actitud que se fustiga, una repu- 
tación que se disgrega. No hay pasión de raza ni nacionalismo 
enfermizo. El equilibrio en la interpretación que dió vida a la razón 
histórica, la amplitud en la visión que penetró los archivos y las 
bibliotecas, mantienen en alto el tono de toda la obra, desde la 
introducción hasta la afirmación final, y caracterizan aquel pro- 
pósito, y robustecen aquella tendencia... 


JUAN LORÁN. — La Plata, informe oficial, septiembre 1923. 


. El líbro Nuestra lengua debe ser leído por todos los 
maestros; ellos recorrerán sus páginas con deleite y provecho, pese 
a la aridez que a priori se atribuye a toda exposición sobre mate- 
ria de lenguaje; porque el señor Costa Alvarez ha sabido verter 
en él, al par que acopio y profundidad de ideas, y justeza y nitidez 
en los juicios, encanto y amenidad, rebosante a veces, como en el 
artículo titulado «La paronomasia en la traducción», donde, de 
manera ocurrente y retozona, anota anomalías de unas y otras len- 
guas. En cuanto a su valor intrínseco, es un modelo de estilo, pro- 
piedad y riqueza de expresión, sana doctrina y pulcritud gramatical. 


A. P. DroccHi y J. F. JAÁurREGUI. — La Plata, informe oficial, octubre 1923. 


. +. . Libro medular, el de Nuestra lengua, a base de un ma- 
terlal acumulado paciente e inteligentemente durante un cuarto 
de siglo, con la suficiencia notoria en el autor, gestado amorosa- 
mente en largas vigilias y escrito con la castiza galanura del que 
posee a fondo el arte del bien decir, sus capítulos, interesantes 
todos, son estudios de fondo y de nutrida ideología, con trabazón 
lógica admirable, sobre cuestiones que se relacionan estrechamente 
con la índole y el genio de la lengua, así como con las causas que 
conspiran contra su pureza y eficacia, entendiendo que es menester 
cuidar con esmero su unidad y corrección para que realice la triple 
función de crear la solidaridad nacional, elevar la cultura y servir 
de instrumento para la instrucción y la educación. Sin penetrar 
en los vericuetos de las minucias lingúlísticas, hiere con certero 
criterio los problemas que conspiran contra el bien decir, escudri- 
fiando en nuestro medio étnico, social y literario con espíritu crí- 
tico y fino análisis. Resulta así una obra profundamente nacional, 
instructiva en grado sumo, pródiga en sugerencias, intensamente 
educadora y que se lee con hondo deleite; porque, si los asuntos 
que se dilucidan son de real importancia o de rigurosa actualidad, 
la forma es viva expresión de belleza literaria... 


JosÉ A. RODRÍGUEZ GARCÍA. — Habana, carta al autor, octubre 1923. 


Nuestra lengua es un libro admirable. Dos veces lo he 
leído, y no tengo la segunda por la última. El ingenio, la gracia 
delicada, saber amplísimo y otras cualidades estimables descuellan 
en el notable volumen colectivo... 


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La Nación. — Buenos Airzs, noviembre 1923. 


... La cuestión de la lengua argentina, que estaba resuelta 
en la opinión de los entendidos y en el sentir general de las per- 
sonas cultas, ha sido juzgada en forma interesante en un líbro 
titulado Nuestra lengua, de reciente publicación. Quizá son su- 
ficientes sus argumentos para demostrar que nuestro idioma na- 
cional es la lengua castellana... 


Crítica. — Buenos Aires, noviembre 1923. 


.. El libro Nuestra lengua, de Arturo Costa Alvarez, es 
meritorio por muchos conceptos, y es una vallosa contribución a 
los estudios a que su autor, desde hace muchos años, se ha de- 
dicado... 


FRANCISCO ORTIGA ANCKERMANN, en El Fogar. — Buenos Aires, diciembre 1923. 


... Y si a alguno de los lectores interesa esta cuestión de 
James-Jaime-Santiago-Jacques-Jacobo-Diego, etcétera, le recomien- 
do el capítulo «Un problemita de etimología» del excelente libro 
de Arturo Costa Alvarez, Nuestra lengua... 


C. CARROLL MARDEN. — Princeton (E. U. A.), carta al autor, diciembre 1923. 


... Acabo de leer Nuestra lengua... Este libro me gusta 
sobremanera, y su clara presentación histórica del problema del 
castellano argentino es una aportación muy plausible a lo que 
existe sobre el particular, y en verdad la más satisfactoria de las 
que conozco. Creo innecesario agregar que simpatizo cordialmente 
con sus vistas... Preveo el día en que tendrá V. que reformar la 
Introducción de Nuestra lengua, en la seguridad de que van a 
hacer falta más de tres ejemplares... 


ARTURO VÁZQUEZ CxEY, en La Razón. — Buenos Aires, enero 1924. 


. Sin reparos, este volumen debe ser estimado una de las 
más enjundiosas aportaciones argentinas al esclarecimiento de los 
asuntos del lenguaje castellano... No obstante su originalidad y 
seriedad, puede decirse que Nuestra lengua, obra de disciplina. 
científica, es un libro ameno... Obra escrita sin pedantería, de- 
jugoso y fluido lenguaje, Nuestra lengua será libro de uso para. 
quienes aspiren al dominio del idioma castellano... Costa Alvarez. 

ama la lengua castellana, y no con estéril amor platónico, a juzgar 

por este hijo de su fe intelectual, donde nos ofrece páginas en. 
que, si a veces se extrema el rigor de la crítica, siempre se des- 
cubre delicadeza estilística y erudición de buena ley. País el nues- 
tro que no posee la fuerte tradición idiomática y gramatical de 
otros de la comunidad hispanoamericana, ha menester quien se 
esfuerce en promover el advenimiento de la misma. En este sen- 
tido ha de reconocerse en Nuestra lengua un libro fecundo y sa- 
ludable. 


El Hogar. — Buenos Aires, enero 1924, 

Contra la tendencia de elevar a la categoría de idioma. 
nuestra jerga vulgar se han rebelado no tan sólo los españoles, 
como es natural, sino también nuestros compatriotas cultos, como 
el señor Arturo Costa Alvarez, y los señores miembros del jurado 
que acordaron el premio nacional de literatura a su notable libro 
Nuestra lengua... 


RAIMUNDO MORALES. — Santiago de Chile, carta al autor, febrero 1924. 
Estoy leyendo su libro y aprendiendo en él muchas cosas... 


- 340 - 


MANUEL TRIGO VIERA, en Revista de Educación. — La Plata, mayo-julio 1924, 


... El señor Arturo Costa Alvarez ha sabido producir una 
obra de positivo mérito, un estudio meditado y erudito, un trabajo 
de investigación y de crítica, sin duda interesante, orientador y 
valioso, un libro sapientemente escrito y oportunamente publicado 
con el nobilísimo propósito de restaurar la clásica cultura del len- 
guaje castellano en los países americanos... 


JOSÉ ALEMANY Y BOILUFER. — Madrid, carta al autor, febrero 1925. 


... Me complazco en felicitarle por la solidez con que trata 
Vd. los distintos asuntos que en su libro expone, y el acierto con 
que a mi juicio los juzga, desapasionadamente y con elevado cri- 
terio... 


PETER H. GOLDSMITH, en Inter-América. — Nueva York, junio 1925. 


No conocemos nada en la literatura que pueda compa- 
rarse con la lucubración siguiente, ingeniosa, jocosa y entretenida. 
(Alúdese al capítulo sobre la paronomasia en la traducción, que 
esa revista presenta traducido en inglés). 


ATILANO SANZ. — Tapia, España, carta al autor, noviembre 1925. 


He leído su libro Nuestra lengua. Ante ese ramillete 
de flores ¿qué voy a decirle yo? Nada, sino que lo felicito y me 
felicito por su libro... 


AKkTURO CAPDEVILA, en La Prensa. — Buenos Aires, diciembre 1925. 


El aplaudido libro de don Arturo Costa Alvarez, Nues- 
tra lengua, nos ahorra la tarea nada fácil de buscar por entre 
la enmarañada selva de las obras completas de Sarmiento y de 
Alberdi las opiniones que vertieran no ya sobre sino contra el idio- 
ma de Castilla... 


MARIO BARRETO. — Río de Janeiro, carta al autor, diciembre 1925. 


... Eu já conhecia e prezava intelectualmente V. Ex*., pois 
há já bastantes meses lí e guardo com muito cuidado o seu livro 
Nuestra lengua, que mandei expressamente vir de Buenos Aires... 


Davip Peña. — Buenos Aires, carta al autor, abril 1926. 


Al preparar mi programa de historia argentina para este 
año he escrito en mis apuntes el nombre de Vd., porque el tema 
que desarrollaré este año se refiere a Juan Ma. Gutiérrez. Como 
€s natural, Vd. figura en la bibliografía, al estudiar en su libro 
a Gutiérrez como escritor y crítico, frente a la Academia; y mis 
alumnos (profesores y profesoras normales y jóvenes abogados) 
tendrán que ir a beber en su fuente... 


RUDOLF GROSS8MANN. — Hamburgo, carta al autor, noviembre 1926. 

Siempre será para mí motivo de la más íntima satisfac- 
ción haber podido referirme en mi libro (Das auslandische Sprach- 
gut im Spanischen des Río de la Plata, Hamburg, 1926) a su 
admirable trabajo Nuestra lengua, al que tanto debo y que tanto 
aprecio... 


ÍENITO A. NazaR ANCHORENA. — Buenos Aires, carta al autor, agosto 1927. 


Con grande interés he leído su importante obra Nuestra 
lengua, que todos los universitarios deberían conocer... 


Temas tratados 


En las páginas de El castellano en la Argentina, que se indi- 
can en cada caso, se tratan los siguientes temas: 


academia: 
correspondiente ..........ooooooooo mo. o...» 21, 76, 79, 81-6. 
española .............. 76, 81-5, 117-8, 123-4, 131, 185, 267. 
castellano: 
denominación. +xocuvrrsssiararirnid ona 81, 118, 138. 
ENSCDADZER. coi ra ltda de a 21-2, 
55, 59-61, 66-8, 79-80, 172, 190, 207, 216, 269, 272. 
estudio ..... 18, 22, 52-6, 78-9, 101-2, 137, 172, 194, 197, 210. 
evolución ........ooooooooo.o.o. 27-30, 53, 66, 89-91, 94, 97-8. 
INDOVACIÓN: iii ia a in 42, 96-7, 185, 208, 233. 
Leyes nissan arias iaa 198, 204-5, 211, 233. 
A 18, 21, 55-6, 60, 75-80, 82-3, 99. 
crítica: 
ATECNÍÍIDÍSMO secre ds 17, 
52, 54-5, 75-7, 79, 82-3, 85-6, 93, 96-9, 102, 136-7, 233, 265. 
cientificisMO ..............oooo.oooo.. 43-4, 55, 90, 124, 191. 
dialectismo .................. 37, 81, 117-8, 124, 132, 135-6. 
dogmatismo ......... 26-7, 29, 100, 186-7, 193-6, 211-2, 268. 
escolasticismo ............. 10, 108-9, 186-7, 191-3, 196, 207. 
españolismo ......... 36, 97, 99-102, 137-8, 175, 178, 265, 267. 
formalisMO ............oooooo.. 12, 114, 186-7, 212-4, 267-9. 
TatinisMo ievrcss sia ads 186, 195, 215, 269. 
DUFÍSMO: .osirmsrorrrrr 28, 78, 182, 185-6, 188, 195, 209. 
tradicionismo ..........ooo.oooo.. 10-1, 18, 54-5, 186, 210-1. 
curiosidades: 
ALTADELICAS. sera ad E LAS IA ps fia o 326-30. 
enciclopédicas ........ooooooooooorm + onoosoororrns. 175-8. 
etimológicas .................... 33, 38-9, 122, 277-81, 283-4. 
lexiCOBTÁÍICAS. «¿umi ¿nes pate is 123, 129-30, 174. 
TEXICOLOBÍCAS 1000 ri e dol 203-4, 


Jingllsticas +0 .morpuriiscarrisia a 321-2. 


diccionario: 
CONCEDÍO: cerorarareaica rss RE na gs 24-5, 
37, 41, 43-4, 123-4, 135-6, 140-2, 157-8, 182, 184, 191, 266. 
ACACEMÍCO: ii A e a dieta 26, 
36-7, 81, 117-32, 138, 155-6, 178, 238, 251, 265, 282. 
CIONTÍTICO iure 54-5, 79, 116, 124, 132, 136-7. 
enciclopédico ..............oooooooooomo ono... 154, 173-5, 
IdeolÓBICO ixcrmrsrissas cs 23-4, 26, 144-9, 154, 156-72. 
tradicional ... 12, 18, 25, 53-4, 78, 112-4, 123, 142-3, 151, 156. 

estilística : 
eficiencia elocutiva ......oo on. o cossonisssorrs nia 13-4, 
61, 197, 204-5, 214, 230-2, 238, 252-3, 255, 268. 
Orden directo ....0o.cicon.cionice ra 205-6, 230. 
ds o A 205-6, 230. 
sentido de la lengua ................o...... 198, 212, 264, 268. 

etimología: 
CONCODÍO cosmo A 214, 275, 282-3. 
investigaciones ............o..oooooooo nooo. .oso 30-3, 39, 121. 
método científico ..2iw.o cisco nin ara 2738-82. 
E CMDÍTICO: sessions 30-2, 276-9, 284. 
origen de «gaucho» .........oooooooncoonoonr ooo. ooo 285-310. 

filología: 

CONDCEDÍO: sisi dE AA A A 51. 
e 30-3, 39, 51-2. 

gramática: 
CODCEDLO: revises tejidas e a AS bd EAT iii tada da e 23, 
25, 37, 136, 182-4, 190-4, 198-9, 207-9, 215-6, 265, 267-8, 271. 
ACACÉMICRA erica ir RAR EA 185-6, 
189-90, 195, 229-30, 238, 243-4, 251-2, 258-9, 265, 267-72. 
científica ..... 26, 54-5, 79, 189-90, 198-9, 207-8, 216, 233, 245. 
CIÁSICA. ciVsssrl a as ie e ES ia a 184. 
COMPATADA: ¿eine rro reis ias ds ia 183-4, 259. 
filosóOfÍca: c2iooicarissis reas 183-4, 187-8, 193, 202, 260-1. 
BORETÁL anar ar id 187, 190, 202. 
HIStÓTICA. iii ea dina 184, 191, 209, 257. 
tradicional escurrir as A a 11-2, 
18, 25, 33-5, 53-4, 78, 112, 114, 185-96, 211-6, 233, 244, 264. 
ADALOBÍ2: 0. AAA 268. 
LOné6tica: siii aia aaa aa 214, 219-21. 
TEXICOLOBÍAL 2incar ri as ia 214, 221-2, 268. 
DIOFLOLOBÍA: orar AI 214, 222-4. 
OTTOBTATÍA eercvrnia sins ae a 34-5, 64-5, 122, 185, 214. 
BIOCTAMIS: ari os e a a ea do 214, 224-30. 


AA O 213-4, 216-9, 268. 


- 343 - 


gramática (sigue): 


E 217-8, 233-44. 
preposición ............ooooooo omo.» 217-8, 229, 245-66, 271. 
complemento ................ 217, 226-8, 245, 248-9, 269, 272. 
ABTIVACIÓN 00. mii ie 120, 157-8, 214, 222, 271. 
LOCUCIÓN... ios 121, 191, 221, 237, 245, 251. 
modo gramatical .................... 217-9, 221, 245-7, 251. 
lengua: 
CONCOPÍO ....ooooooo ooo oo ooo. 54, 59, 63-6, 80, 97, 116, 181-3, 
189, 192, 196-200, 203, 207, 209-10, 233, 244, 262, 264, 268. 
COMÚN: eospuecado Aa dada 78, 81, 181-3. 
QUITA: Lic rea 28, 64, 78-80, 118, 158, 182-5, 196-7, 
O RN 184. 
Dachicha: vsimrriasrrian ia AA RA 46, 48. 
COCOMCO68: mirar A as 46, 48. 
LAUCHEECO: cuicos a aos ria e 19, 27-8, 44-7, 66. 
idioma privativo ......... 17-20, 42, 55, 64, 66, 78, 90, 93, 100. 
jergas gringocriollas .............. «<<... «.. 48, 90-1, 93-4. 
LODTATOO: a ia End 45-6, 48. 
¿Ortllero dsrscrntr cra as ais 19, 45-6, 48. 
lenguaje: 
«COTTecciÓN .....oo.ooooooo.o.. 25, 59-61, 64-5, 67-8, 89, 243, 264. 
incorrección ....... 27, 156-7, 234-8, 240, 251, 254, 256-7, 266. 
“ASOMALICO: essa as a o AE 109-10. 
literario ............. 61-2, 80, 95, 101, 158, 183-6, 192, 196-7. 
MEOCÁnICO. ecoriora a iv arras 79-80. 
lexicografía: 
o 112-5, 122, 126, 
DPUCACIÓN: 20 curar Da as ad A a A a a 115. 
"CONDNOLACÍÓnN: coria AR 114. 
Jefinición. s.svesmia iaa 111-2, 124-31, 140-3, 148, 156. 
¿ACÍCTIDCIÓN.. sii A SA A A As 112. 
denotación. +ieuoiiiascasicrn ar 114. 
SONTIO: irradia A RO a ia dic 113 
SIBDIICAÍO otura daa ia 110, 113, 115, 140 
TPANDSCTIDCIÓN: edi e a e lisa fact a a le a 38. 
transliter ación: vias dt st E NAAA 38. 
HOMODIMÍA. iii e de RdA ip 34, 113. 
¡SiDODÍ Mia esq iai s ds 114, 116, 125, 143. 
americanismO ........o.oooooooooo.o.. 36, 42-4, 53, 133-4, 136. 
¿ATCAÍSMO! sarita AD ÍS in ns da cd 62. 


¡ORTA TORSO... ica aaa ae di ci ci 90-1, 172. 


lexicografía (sigue): 


DISPADISIDO! caia ocios io ato de e e io 43, 138, 241, 265. 
DCOLOBÍSMO: vorrrcririan o cados 35, 62, 67, 90-1, 158. 
TOE1ODALSDO: aexorsiaaracnr rra atar a 43, 134. 
TOONICIEMO iia na dr io apa 115-6, 140. 
lingúística: 
ATLADELÓ: ¿irse aia 325. 
formas gramaticales .................ooooooo.ooo.. 200, 203. 
la letra: hache ..e.mssoiorrarariai a A 326-30. 
A 325-6 
HOMÓLOZÓS: “ocioteca ias ias antaras 201. 
DATODÍMOS: 00 rr id das 5 . 201, 280-1, 291-2, 
DPOlMÓNIMOS 5000043080 00 a ar 201, 281. 
clasificación genealógica ..........oooooooooo ooo.» 39, 315-8. 
evolución semántica ..ceoVoeroscosriarinaa as ara 279. 
leyes fonéticas ...........ooooooooomo omo... 279, 286, 316. 
sistema fonológicO ..........o.oooooooooooromoo morron... 316. 
lengua: IIMOBÓLÍCE. o a a a a 201-2. 
ie IDO RONDA: casinos 53, 288. 
dl MATE: civic pi a 200-1, 276, 292-5. 
2 MIXTA rip sa ae da ers 9:20. 
Daplamento ..excscioisrio rro side 319-24.. 
lógica: Ñ 
categorías gramaticales .............. 111, 200-3, 214, 217-8. 
” lexicográficas .................. 111-2, 143, 14-55. 
O 105-6. 
DAÍADIA cesiones 106-9, 114, 125, 200-1, 216, 2''5. 
vocabularios: 
A 44-5, 67. 
JUDLATA OB: ria at a a 45-6. 
MEtÓdIcOS isnrsidrnianria ana le is a 145. 
OOMAStICOS. “cocaina a ad e aaa dci 38. 
OPÍErO8. rra RI AA a 45-6. 
OFCOBTÁTICOS: eximir 34. 
regionales .............+ Earn 24-5, 40-1, 64, 78, 92, 134-7. 
tecnológicos: +sererasrraanta iaa ias re eee 37. 


TOPDONDOMÁStICOB cenoscsis raid di a ed 38. 


Autores citados 


En las páginas de El castellano en la Argentina, que se indi- 
can en cada caso, se citan los siguientes autores: 


Abéeille ........o.ooooo... 42, . 
92, 101, 285-7, 289, 333. 
ADEÍL. ovas ra 185. 
Academia Argentina ...... 40. 
Aguirre ........ 294, 308-10. 
ABUBLÍÓ voii ic do 163. 
ATA aran 100. 
AlbarracíN .............. 39 
Alberdi .........oooo.... 56, 
75, 77, 82, 92-3, 333, 340. 
Aldrete ............... 276, 
Aldrey .......... 39, 49, 66. 
AlemáN i..osoonconsnss. 263. 
AlemaNy .......... 190, 340. 
AlemMbert ....o..m.om....s 284. 
A 296. 
A 65. 
ATÍONDSO sirociasiniaiins 65 
Alonso Criado ........... 65 
Altube y Lerchundi ...... 29, 
285, 299 
AIVÁTEOZ. sa ón o iaa aja 48. 
Alvear ........ 294, 308, 310. 
SI 48. 
ANOTAdée mioninnna.ss 177. 
Araujo y Gómez .... 191, 258. 
AraquistajiQ ............. 23. 
ADO 00 arde 187. 
ArdissoNe .............. 39 
Argerich ........... 83, 100. 
ATÍOSÍO: orion as 178. 
Arreguine ....cooo..o 44, 47. 
ASCAagubl. ...mo.oo .»roocin.s 44, 


Atienza y Medrano, .. 26, 65. 
Avellaneda, F, F. .... 26, 41. 


Avellaneda, M. M. .... 84, 85 
Avendañ0 ............. 189. 
Ayarragaray ......:... 20, 26. 
Azara .. 294, 304, 306, 308-10. 
Bacon: werniosas as tems 276. 
Bally ........ 144, 146, 209. 
Balmes «..m.ms.arigaas a 187. 
Barabino ............... 37 
BABAÍt.: 106 caos 263. 
Barbará ....... 39, 53, 287-8. 
BATCÍA: 050 ici 279. 
Barreda ................ 65. 
Barrera Or0 ............ 39. 
Barreto ...oomoom.om=o. 340. 
Barros Grez, .. 280, 285, 290. 
Battistessa ......0.ooo.o. 44. 
A 40, 44. 
Beauzée .......... 187, 202. 
Beccar Varela ........... 38. 
BETO cuca ata 37, 
54, 92, 188-90, 195, 264. 
Bembo ........oooo.oo.. 276 
Benedetti .............. 1839 
BenejaM ............... 26. 
Benigar ...... 53, 314-5, 317. 
BenNot: viciosas ss 1445, 
175, 189-90, 258, 333. 
Bermúdez, S. W. ........ 41. 
Bermúdez, W. P. ........ 41. 
o A 37. 
BETTA vrai 83. 
Bertonlo. ++... cconiiócas 39 
BESSES: iaa 119. 
Blane corsa 144, 146-7. 
Boissiére ............. 144-5. 


- 346 - 


O 276. 
Bonilla y San Martín 337. 
O 146. 
BODD eii 12, 278. 
Borges ......... 20, 30, 95-8 
Bravo Grajera .......... 330. 
Bréal ..ospiorca 115, 279, 284. 
Brenes Mesén ...... 187, 260. 
o 277. 
BTUDO io 209. 
Bueno ............ 145, 175. 
BUDEOS: +eoninrrsiair o 303. 
BUBLO: uri ra 185. 
Caamaña .............. 187 
«Caballero ............... 36. 
Cabezas ............oo.. 34, 
o 37. 
CalandrelMi ............. 26, 
35, 169, 285, 290-1. 

Calzada. ....iura sia 65. 
«Calleja ................ 187. 
Camón Gálvez ........... 22. 
CaADÓ: exiriria ia 94. 
Cañaveras .............. 26. 
«Capdevila .............. 20, 
27, 29, 85, 99-102, 340. 
Capmany .......... 185, 236. 
¡Carballido .............. 21. 
o A 309. 
CATO eine 189. 
A 83. 
Carriegos ........ 46, 37, 41. 
¿CABATOB ocio da 93. 
«Castelveltro ........... 276. 
AS 26, 42. 
Castro, A, ... 20, 22-3, 36, 43 
Castro López ............ 42. 
Catarineu ......... 145, 175. 
¿Cattaneo .oscsioscnss 308-10 
Cejador . 186, 190, 259-60 
Cervantes ............. 194, 
211, 244, 263, 288. 

-ClenfuegoS ........... 185-6. 
ClemencÍN ............. 256. 
COLMO cervcrsirs ra 26. 
«Concolorcorvo .......... 294, 


304-5, 309-10. 


Condillaec .......... 187, 202 
Constantín ............ 189. 
COTTOaB arica 185. 
Cortejón .......... 236, 264. 
COBÍOM. ¿oceano ida ens 282. 
Covarrubias ........... 125, 
156, 277, 279, 328. 

A A 39. 
Cristina de Suecía ...... 277, 
CUT O ierrr 35, 
189, 194-5, 258, 264, 277. 
ChHd0. sissrrigrnni as . 36. 
Daireaux .......... 285, 300. 
D'AMICO ..........oooo.. 21. 
Darmesteter ........... 279. 
DIRFOE 000 bie o e 44. 
Dauzat sms va 209. 
De Amicis .............. 45. 
Delacrodx .............. 209. 
Dellepiade .......... 45, 48. 
Del Rosal ......... 276, 329. 
Del Solar ........... 83, 93. 
Del Villar css. 93. 
Destutt de Tracy, 187, 189, 259. 
Diaz, lí correr aa 85. 
Díaz Rubío ............ 189. 
AAA 279, 292, 296. 
Dionisio de Tracia ...... 202. 


Direc. de Aeronáutica Naval, 37. 


Doblas ... 294, 305, 308, 310. 
Dobranich ......... 65, 191. 
Domínguez, L. L. ........ 83. 
Domínguez, R. J, .... 36, 178. 
Donato .....coomocinss. 202. 
Drocechi ..........o.... 338. 
1 39, 
Echegaray ............. 280. 
Echeverría .. 56, 75, 77, 333. 
EgOZCUe. iniciar 65. 
o 130. 
ETAgMO corria 329. 
o A 211. 
Espinosa ........ 294, 308-9. 
Estlenne: sersvoriss ras 276. 
Estrada, A. de ........... 85 
Estrada, J.M. ........... 89. 
Estrada. sisas. 84. 


- 547 - 


Falkner .coom.mmmss. 39, 309 
o 191, 
Febrés .......... 39, 286-8 
Feijoo. msi 185. 
Fernández Cuesta .. 36, 175-6. 
Fernández Monje ....... 187. 
Figueroa Balcarce ....... 32. 
A 187. 
AA A 185 
POTS mirar e 65 
No A 22, 65 
Gabrlel carissurros css 35 
Galindo y de Vera ...... 263 
"QÁAÍVEZ" desire dama ela es 85. 
Garcés ....... 185, 258, 265. 
García, P. A. ........ 309-10, 
García, S. V. ........... 187. 
García de Diego, 31, 191, 277. 
García Luna ........... 187. 
García Medina .......... 26 
García Velloso, E. .... 26, 93. 
García Velloso, J. J. ...... 65. 
Garzollo sscmsririans 185. 
GATTÍZÓS. doncs is 41. 
Garzón ... 40, 42, 48, 92, 307. 
Gébelil: caororsinssinss 277. 
Geoffril .............. 284. 
Gervasodi ............. 309. 
O 22. 
Goldsmith ............. 340 
Gómez, Locvrrimniiin ias 21. 
Gómez Carrillo ..... 144, 146. 
Gómez Gayoso ......... 185. 
González, C. S. ......... 177. 
González, E. ............ 44. 
González, J. V. .......... 84. 
González Castro ......... 48. 
González Holguín ........ 33. 
Granada, D., 37, 40, 42, 49, 287. 
Granada, L. de ......... 263. 
GTOÑÓNA. ceo. 43, 53. 
Grimm ........ 12, 278, 284. 
Groebel secos 38, 49. 
GrossmanD .........o.o.o.o 20. 


43, 47-9, 89-94, 340. 
Groussac, 30-2, 39, 49, 92. 138, 
284-5, 295, 302-3, 307-8. 


Guichard .............. 276. 
Guido, Li Ti im.scisrariás 89. 
Guido y Spano ........ 83-4. 
Gutiérrez ....... 40, 56, 75-7, 
82-3, 89, 93, 174-5, 178, 333. 
Haedo .............. 308-10. 
Halperiíl ...iciosi...... 46. 
Hanssen .......... 191, 257. 
HardiSt uuroradis s 46. 
Havestidt .......... 39, 236 
Her asociada 150. 
Henis, 294, 304-5, 307-8, 310. 
Henríquez Ureña ........ 28. 
Herbart ................ 12. 
Hermosilla .... 185, 187, 195. 
Hernández ............ 309. 
Herrero, A. ............ 335. 
Herrero Mayor .......... 27. 
Hidalgo, B. ............ 308. 
Hidalgo Martínez ........ 65. 
Holmberg ......... 37-8, 92. 
Horne Tooke ........... 199. 
Hortelano .............. 65. 
Hovelacque ............ 279. 
Humboldt ......... 210, 278. 
Imbelloni ............ 313-7. 
ISAZA: wega aan 189, 251. 
Isidoro .... 32, 275, 277, 279. 
Jaucourt ............o.. 278. 
JQuttret ..cs.cciisa rs 277. 
Jáuregui .......... 335, 338. 
Jerónimo .......... 200, 276. 
Jespersen ... 12, 208, 323-4. 
TONSON.. it 329. 
Kortid8: moserisrares ia 32. 
La Barra .... 23, 27, 49, 169. 
Lacheller .............. 141. 
Lafone Quevedo ...... 27, 33, 
40-1, 53, 85, 285, 289, 291. 
Lalande ......... 139, 141-2. 
Lanchetas ......... 190, 258. 
La Peña 189, 195, 258, 264. 
Larden mVsvcociciaisur onda 44 
Larousse ............. 176-8 
Larsen ................ 288 
Lastarria .. 294, 305, 308-10. 
o 301. 


A A o 


- 348 - 


La Viñaza ........ 136, 185 
Leal + ocres cara 0D. 
Lebrija ..... 125, 136, 185-6, 
194, 196, 202, 265, 329. 
Leguizamón ........... 32-3, 
39, 44, 46, 48, 285, 288. 
Lehmann-Nitsche ........ 30, 


33, 42, 53, 285, 297. 
Leibniz .. 12, 201-2, 292, 325. 


Lenz ... 25, 39, 92, 190, 259, 
285-8, 296, 307-8, 319-24, 337. 
LEÓN escoria bs 195. 
A 110. 
Lizondo Borda ....... 33, 44. 
Littré .. 94, 132, 194, 279-80. 
LO TKS: iii 12. 
López, L. V, ...........- 77. 
AA 26, 
53, 56, 75-7, 82-3, 315. 

López Benedito .......... 65. 
López de Gomara ........ 65. 
López Lorenzo .......... 65. 
LOTáN viexiusinsrmi is 338. 
Lorente ......... 26, 48, 65. 
Lozano ........ 305, 308-10. 
Lugones, L. ........ 22, 26-7, 
31, 42, 44, 85, 285, 297. 
Lugones, S. M. ......... 44-5. 
Luschan ............... 315. 
LUZAD une tai de ica 185. 
o 48. 
Llanos s.:.c.«so 0... 285, 303 
MAagnastO .....oooooo.o.o.. 85. 
Maistre ........... 277, 284. 
MalagarrÍiga ¿cocos 65. 
Malamud ............... 44. 
NE 133. 
Malaspina ............. 310. 
Manrique ............... 35. 
Mansilla ............ 39, 83. 
Mantegazza .......... 285-6. 
MAaTrTassO wvescórpra nara 20. 
MAarded cuca cos 339. 
Matt asintasiniasas 65, 189 
Martin de Moussy ..... 285-6 
Martín y Herrera ........ 65. 
Martínez, B. T. ...... 40, 65 


Martínez García ........ 189. 
Martínez López .... 189, 195. 
Martínez Villergas ... 65, 174. 
Martínez Zuviría ......... 85. 
Maspero ...... 47, 285-7, 289 
Matienzo, A. ........... 315. 
Matienzo, ÑN. ............ 85. 
Mayands8 ...c.cico.o. o... 277-8. 
Meillet .......... 207, 315-7. 
Ménag€ ............ 32, 277. 
Menéndez Pidal ......... 93, 
á 191, 258, 277. 
Meyer-Lilbke ............ 12.. 
Middendorf ...... 33, 39, 288. 
Milanesio ........... 33, 38. 
MIIL 23.20.04 5x0 aras 12. 
MÁT: ais ara 258, 265 
MitTe socorro as sado 75, 83. 
MOBTÍA. dirias aia ar 43. 
Molina Nadal ........... 41. 


Monla Figueroa .... 285, 300. 
Monlau .. 264, 279, 296, 329. 
Monner Sans . 22, 26, 35-6,. 

44, 46, 49, 63-8, 189, 335. 


Monte8 ......o..o.o.oo.ooo... 34. 
Montolíu ............ 20, 24. 
MOTAleS. sucominaii ea 339. 
Moreal .......o.oo.oo.... 336. 
Morel-Fatlo ............. 92 
Moreno, F. P. ........... 39.. 
Moreno, M. ............. 75. 
Moreno Godínez ...... 26, 65. 
MOSSL: caigas 33, 

53, 276, 285, 294, 315 
MUBlca eos ica 191, 337. 
Miller ....... 265, 279, 323. 
MUÑIZ caco a 44. 
A 185. 
Muñoz Rivera ........... 26. 
Navarro Viola ... 30, 49, 280, 
Nazar Anchorena ....... 340. 
A 187. 
Nodier ............ 277, 282. 
Nonell vsrcritaeniasrss 189. 
Obligado, P.M. .......... 84. 
Obligado, R. ............ 21. 


64, 77, 83-4, 92. 


OCANÍOS: asirios 83-5 

Ogando ............ 22, 337 

Olascoaga .............. 39. 
Oliveira Cézar ...... 285, 300. 
A A 101. 
Orígenes .......... 200, 276, 
Orlandini .e.comosionid.s 26. 
Orsat Ponard ......... 144-5 

A 36, 65, 
'Ortiga Anckermann, 26, 49, 339. 
Ossip-Lourié ........... 209. 
QUÍES ociosa 53. 
Oyuela 46, 83-5, 99, 102. 
PADODR: curras redadas 309. 
Padilla. sisi da 189. 
Page cocer 44, 47, 92. 
Palavecino ........... 316-7. 
Palencia ....... 32, 125, 277. 
Palermo: susi njaiós 45. 
PAM. dure a 83. 
Palomero .......... 145, 175. 
E A 265. 
PATO Mascaró de 65. 
Parras .m.mmisisias 308-10. 
Paúl 2 iaa 279. 
PaulhaR cooomooronan..s 110. 
LAYTÓO sica 48. 
Pellegrini ............. 101. 
Pellicer ....0.oooomc.cinsss. 65. 
Pelliza ...... 100, 285, 302. 
Peña, De .ococounnmesos 340. 
Peralta L. iii. á 40. 
Pérez Barreiro ...... es 189. 
Pérez Dávila .. 304-5, 308-10. 
PETLON circos 276. 
Plcatoste viruses 36. 
Pichardo ...... 40, 136, 322. 
PÍREZO iia aero 309. 
Pinloche soirrVrsnican ss 145. 
PÍITETO minima e 85. 
¡A O 336. 
Pitágoras .............: 291. 
Platón dirias 275, 
PloetZ. soirccriorass a 145. 
Poleró Escamilla ........ 65. 
Premoll .c..««.¿.o<. 144-5. 
Prieto esca s 65. 


A 185. 
Quesada, E. ... 20-1, 77, 83-5, 
92-3, 285, 295, 334, 336. 


Quesada, V. G. ..... 21, 83-4 
Quevedo ........... 32, 211. 
RACIÑe: sesurcts ss 188. 
HKamus Mejía ............ 85. 
Renan. «..rrirasnai. ss 284, 
Reuchlin .............. 329. 
RIDE << aiii pe 12. 
o 314. 
A 26. 
HIVaTOÍA. ooo mcr 85. 
Rivadeneyra, M. ........ 194. 
Rivadeneyra, P. ........ 263. 
RAVEt 6 coin pits 317. 
Robertson ........... 144-5 
Robles Dégano ....... 186-7. 
Rodríguez, F. ........... 37. 
Rodríguez, Z. .......... 293. 
Rodríguez García ....... 338. 
Rodríguez Larreta ....... 865. 
1 144-7, 154-5, 
Rojas ....... 20, 28, 46, 49, 


85, 285, 296, 308, 334, 336. 


ROÍdÁN «simi a 84 
Romero, F. .......... 28, 32. 
Romero, R. ............ 48. 
Romero Jiménez ........ 65. 
Roquefort ............. 277. 
Rossi .... 33, 44, 46, 285, 289. 
A AA 144-5. 
Ruiz de Montoya ....... 289. 
Ruíz León, .. 144, 146-7, 158. 
SABATDA: sii. c.mmsrtas.s 22. 
Salaverría ... 20, 29, 44, 335. 
Salillas ............... 119. 
SATIETAS 240 an oncacals 189. 
SEWÁ erre 36, 123. 
132, 135, 188-90, 195, 258. 
Sánchez, E, T. ........... 26. 
Sánchez el Brocense ...... 32, 
187, 192, 201, 276. 

Sanders .........o..o.. 144-6. 
Sanín Cano .......... 24, 26 
San MartíA ........... 38-9 


- 350 - 


San Pedro ............. 185. 
Santa Ella ............. 125. 
Santa Olalla, 23, 34, 49, 65, 189. 
A 65. 
SA: iii is 340. 


Sarmiento, 34, 46, 49, 56, 65,75, 
77, 93, 177-8, 328, 333, 340, 


DASÍTE cimas 34, 49, 65. 
SQAyCe cirsinidaiinas 202. 
o 144-5. 
Schiaffino .............. 26. 
Schlessing ........... 144-5. 
Schneider .............. 26. 
Schopenhauer .......... 165. 
Schuller | coo.ccreser so 44, 
Sehwarz ........... 39, 286. 
Segovia ...... 26, 40, 42, 92. 
A 175, 177. 
SA ada 26. 
SEVA. ro. 22, 26, 37, 

42, 49, 93, 189, 246, 335. 
Senillosa ............... 34. 
SOTTADO coorocinin o 174. 
Serrudo Basaldúa ........ 44. 
SRCAÉ 00. ic 279. 
Smith ies mms 176. 
Sociedad de Literatos 174. 
SO 146. 
Sommer ........... 285, 292. 
Soto y Calvo .... 44, 92, 101. 
Spencer ............ 12, 205. 
Steinthal ...... 12, 189, 205. 
Suárez, D, Lo com... 22. 
Suárez, M, F. .. 189, 195, 264. 
SUDÍTADA. +00: 005mo si os 34. 
A 209. 
Swelsthal .............. 326. 
Tagle J. ............ 40, 92 
pr 211, 263. 
Terreros .............. 125. 


Tiscornia, 44, 49, 285, 287, 296. 


Toledano ............ 40, 48. 
o 48. 
Torio de la Riva ......... 34 


Toro y Gisbert .. 42, 47, 264. 
Toro y Gómez, 26-7, 49, 251. 
Torrendell .... 20, 22-3, 336. 


Torres, J. M. ............ 65. 
Torres Rubio ............ 33. 
Torres y Gómez ........ 191. 
Trelles ..... ce 40, 49, 136. 
Trigo Viera ............ 340. 
TTÍODCOS0 .....ooooooo... 65. 
TIODBÉ siosianiscsaomibs 26. 
TSCHUAE ico ia ica 33. 
TUTÁETA ...coricicniains 26. 
Udaondo <..civomi.cios.s 33. 
DBABLE: viii 85. 
Unamuno ........... 66, 92. 
UTÍO vecinas ira 93. 
Valbuena .............. 130. 
Valdés, A. J. ............ 34. 
Valdés. TJ. eoocorVsiis 136. 

185, 196-7, 263, 276. 
Vale. sisierinasaia es 26. 
Valladares .............. 42. 
Vallejo Rivero .......... 26. 
Vargas, J. de ............ 65. 
Vargas Ponce .......... 185. 
VAFTÓN sica 11, 202, 275. 
Vázquez Cey ........... 339. 
Vedia, A, O ion. 26. 
Vedia, M. de ... 83, 92-3, 101. 
Vedia y Mitre .......... 337. 
Vendryes .............. 209. 
Venegas, ..... 32, 276-7, 329. 
Vera y González ......... 65. 
Vicuña Mackenna, 77, 285, 293. 
Vidal cisnes 33, 285, 292 
Villamayor ............. 45. 
VITA ermano aid 185.. 
Voltaire ........... 2783, 282 
VMOSSÍO: sica 32, 277. 
Wagner .....cooom..o.ss. 28 
Webster ............ 54, 12? 
WelL caera ayas rojo oa 209 
Whitney .............. 271 
Wilde .comm.omspsaós .. 23, 84 


Wundt .... 12, 190, 206, 259. 
Ximénez de Embún y Val, 264. 
Ximénez Patón ......... 185. 
Zeballos, E. S. ... 21, 39, 83-4. 
Zeballos, M. .......o...... 34. 
Zerolo 176-7, 251. 


ESTE LIBRO 
EMPEZÓ A COMPONERSE 
EL DÍA 23 DE SEPTIEMBRE 
Y ACABÓ DE IMPRIMIRSE 
EL 4 DE DICIEMBRE DE 1928 
EN LOS TALLERES DE LA 
ESCUELA SAN VICENTE DE PAUL 
LA PLATA 
REPÚBLICA ARGENTINA 


KR A